Isfahán
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Las guías aseguran que sobrepasa por bastante el millón de habitantes. Y la conclusión del viajero es que o bien al censo iraní se le han descabalado los ceros o bien Isfahán ha conseguido la milagrosa fórmula de crecer sin parecerlo.
El hecho es que es una ciudad moderna, de casas bajas, aireada, con una agradable vegetación, animada y limpia, y atravesada por un río que le da vida y frescor.
Y, por supuesto, con los más bellos monumentos para el goce de cualquier visitante. Dice el refrán que Isfahán es 'la mitad del mundo'. Aunque lo repite también la oficina de turismo en su publicidad, lo cierto es que los elogios a Isfahán son más que merecidos. El visitante disfrutará de la ciudad, de los paseos por ella y casi seguro se marchará pensando en regresar en algún momento.
¿Cuánto tiempo hay que estar en Isfahán? Dos días es lo mínimo. Dos días dan para ver lo más importante a un ritmo moderadamente tranquilo. Tres días permiten disfrutar con un poco más de sosiego la ciudad. Hay que pensar que uno de los rituales casi obligados consiste en entrar en una tienda de alfombras y que ello exige parar el reloj, ponerse en sintonía con una velocidad más lenta en el uso del tiempo y dejarse llevar de la mano del vendedor por un recorrido de dibujos, colores, lanas y procedencias que es en sí mismo un universo entero. Casi una tarde se consume volando, incluso para quienes menos inclinados pudieran estar hacia este tipo de comercio.
[editar] ¿Dónde alojarse?
Sin duda, en un hotel del centro de la ciudad para salir a pasear por el río, por la famosa plaza de Naghsh-e Jahan o simplemente por las calles con tiendas por donde pasean también los iraníes.
El hotel Abbasi es un clásico. Muy céntrico, ocupa el espacio de un antiguo caravanserai, junto a una bella madrasa, con un lujo tradicional que los españoles asociaríamos a nuestros célebres Paradores.
Menos lujoso pero con más encanto y con trato familiar está la Dibai House, junto a la mezquita de Alí, instalada en una casa tradicional restaurada con gusto -www. - Y un poco mayor, situado en el barrio del bazar, y también resultado de la recuperación de un palacete antiguo, se ha inaugurado el Isfahan Traditional Hotel.
Pero hay muchos más hoteles de todas las categorías y precios.
[editar] ¿Qué ver?
El corazón del Isfahán monumental es la plaza Naghsh-e Jahan (llamada también Meydan-e Imam o plaza del Imán). Rectangular, de dimensiones inmensas y de bellas proporciones, está toda ella ajardinada y es un lugar de paseo y de descanso en los días de fiesta de los iraníes.
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Alrededor de la plaza se alzan tres joyas de la arquitectura que hay que visitar:
Una es el palacio de Ali Qapú, desde cuya terraza se divisa la plaza y los terrados de la ciudad.
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Otra es la mezquita del Imán (Masjed-e Imam) extraordinaria, enorme, con sus divanes, su madrasa, las salas de oración, decorada profusamente.
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La tercera, frente al palacio mismo, es la mezquita del Sheikh Lotfollah, una mezquita palaciega con la cúpula más bella y la decoración más refinada de Irán.
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Los bajos que rodean la plaza están ocupados en buena medida por el bazar. Pero la entrada al antiguo bazar se efectúa por una gran puerta monumental que se abre en el último de los lados de la plaza.
Desde esta puerta arranca el bazar tradicional con sus joyerías, tiendas de ropa y de toda clase de mercancías. Andando por él y con cuidado de no perderse, se llegaría al antiguo bazar y a la Mezquita del Viernes.
La Mezquita del Viernes (Masjed-e Jame) es un hito en la arquitectura islámica. Enorme y con un gran patio central, resume en sus distintos espacios y salas de oración los diversos estilos que a lo largo del tiempo han definido el gusto y la forma de construir en Irán. Ladrillo tratado de diversos modos, arcos y bóvedas de dibujos y formas distintas, naves de alturas diferentes según el uso o la época en que fueron levantadas, decoraciones en piedra o en mosaico con motivos y colores propios, luces vivas o más tamizadas según las aberturas al exterior... un abanico de soluciones que conjugan la estética, la espiritualidad y la arquitectura enriquecen esta mezquita extraordinaria. Dicen que las partes más antiguas datan del siglo XI y las más nuevas del XIX, aunque las intervenciones más recientes -aparte de las obras de restauración que la mantienen en excelente estado- fueron las que repararon los desperfectos que causó un misil iraquí que alcanzó al vecino bazar.
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Más allá de las mezquitas, los puentes son el orgullo de Isfahán. Y son el lugar al que acuden familias, parejas, amigos y paseantes a pasar el rato los días de fiesta en un ambiente de bullicio junto a las plácidas aguas del río, en un entorno ajardinado y cuidado con mimo.
El puente de Sahahrestan, el más pequeño, es también el más antiguo y alejado del centro. Por su tamaño y sencillez está lleno de encanto. Habiendo cambiado el curso del río, se ha mantenido una derivación para que las aguas sigan pasando bajo sus arcos y mantenga su uso lo mismo que cuando se construyó.
El Pol-e-Khaju es el mayor y más bello de los puentes. Con dos alturas, cuidada decoración a los lados de la calzada que lo atraviesa y con los discretos pasillos que se abren a los lados y corren retirados del camino de paso para detenerse en ellos y gozar con tranquilidad de la vista del agua, es un ejemplo de sofisticación y equilibrio.
A poca distancia, está el tercero de los puentes, el Sio Seh pol, conocido como el de los treinta y tres arcos, siempre animado y en cuyos bajos, casi al nivel del agua, se cobija una de las casas de té más queridas y conocidas de la ciudad.
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Además de plazas, mezquitas y puentes, los palacios recuerdan que Isfahán fue capital del país y los reyes construyeron ahí sus mansiones. A unos pocos minutos de la plaza Naghss-e Jahan, rodeados de jardines están los palacios de Hasht Behesht y de Chehel Sotun decorados ambos -aunque sobre todo el último- con pinturas y espejos que realzan el gusto iraní por los brillos y el lujo.
Si hay una atracción que los guías no perdonan al visitante es la de los minaretes basculantes (Menar Jomban). A muy pocos kilómetros del centro, el mausoleo de un santo (Abu Abdollha) se construyó en forma de pequeña mezquita rematada por dos graciosos minaretes. Su particularidad es que a su estructura de ladrillo se le añadieron traviesas de madera para darle flexibilidad y resistir los terremotos. Que la solución era buena lo demuestra el hecho de que después de siete siglos la construcción sigue en pie. Pero lo que atrae a numesosos visitantes que pagan religiosamente la entrada para acercarse al lugar no es la devoción al santo, sino el espectáculo que se produce cuando cada cierto tiempo, asciende hasta lo alto de uno de los minaretes un encargado de su custodia y a base de movimientos rítmicos consigue hacer cimbrear la torre y con ella comunicar al minarete gemelo la misma oscilación.
Demostrado que el santo no ha expresado sus quejas, es más que seguro que las autoridades encargadas de velar por la conservación del patrimonio acabarán aconsejando -y no tardarán mucho- dar descanso a los minaretes si han de sobrevivir siete siglos más, pero hoy, su danza es apreciada con júbilo por los que pagan la entrada y por los chavales que sin pagarla se asoman desde la calle a las tapias para ver los minaretes danzantes.
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Isfahán fue destino y refugio de emigrantes armenios que constituyeron en la ciudad una sólida comunidad. En el barrio armenio se visita la catedral Vank, una pequeña agrupación de edificios construidos en un estilo y con decoraciones que mezclan los gustos y modos iraníes con los propios de la comunidad armenia -cristinana- en una combinación curiosa y atractiva. Los iraníes acuden al lugar con el interés de aproximarse a una especie de rareza histórica y cultural como corresponde a una comunidad en regresión pero arraigada en el país e integrada desde hace mucho tiempo en la ciudad. El interior del templo está profusamente decorado con pinturas que representan escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento y que cubren paredes y techos. En otro de los edificios del conjunto se halla un museo que sorprende por la curiosa mezcla de lo que en él se expone pero que sobrecoge por las fotografías que dan testimonio de la persecución de que fue objeto la comunidad armenia a principios del siglo XX a manos de Turquía.
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[editar] De Compras
Las alfombras son famosas en Isfahán. La tienda Nomad, al lado mismo de la plaza Naghss-e Jahan, en la calle a la izquierda del palacio de Ali Qapú, es atendida por Hussein que habla perfecto español y que conoce bien el mundo de las alfombras.
Quienes busquen las célebres miniaturas persas las encontrarán en el taller/tienda de Hossein Fallahi, a unos pocos metros de Nomad, en la misma calle Saadi.
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