Aran
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Las islas Aran se encuentran en la bahía de Galway, en la costa occidental de Irlanda. Se divisan desde los famosos acantilados de Moher y desde otros lugares de la bahía. Las componen Inishmore (Inis Mór, en gaélico), la mayor de las tres, Inishmaan (Inis Meáin) y Inisheer (Inis Oírr).
Poco pobladas, batidas por el viento, erosionadas, con muy escasos recursos que no fueran la pesca en barcas muy precarias, vivieron apartadas del mundo y conservaron rasgos culturales propios hasta hoy. Por eso, se convirtieron en lugar de destino de quienes buscaron la inspiración y la emoción que resultan del más absoluto aislamiento y también de quienes ahora tratan de asomarse a la tradición y a cómo pudo ser la vida de Irlanda en el pasado.
En las Aran el gaélico sigue siendo lengua oficial, muchas casas conservan las tradicionales barcas de pesca hechas en madera -los curragh-, cubiertas de piel o de lona negra alquitranada y resistentes para soportar las fuertes envestidas de un mar bravío las más de las veces, y las mujeres continúan haciendo calceta para producir los famosos jerseys de lana con los que se protegían del frío y que son ahora un auténtico reclamo -que dejó de ser barato- para todos los visitantes.
[editar] Llegar
Se llega a las islas en transbordador desde Galway, desde Rossaveel (www.aranislandferries.com)o desde Doolin (www.doolinferries.com). Como orientación, desde Rossaveel el trayecto hasta Kilronan, la capital de Inishmore, cuesta aproximadamente 20 euros en viaje de ida y vuelta (2009) y dura unos 45 minutos. La opción entre barcos más rápidos y más lentos modifica este tiempo de forma notable. También puede llegarse a ellas en un pequeño avión que conecta con Galway y con Londres, entre otras ciudades.
La vista, hay que planificarla de acuerdo con los horarios de los ferries. Por ello, lo habitual es visitar una sola de las islas, Inishmore, por regla general, y a lo máximo otra.
[editar] Inishmore
Para hacerse una idea, Inishmore, de forma alargada, tiene unos 15 km de longitud. No es gran cosa. A la llegada, unas pocas tiendas de bicicletas las ofrecen en alquiler para la visita. Pero hay que saber que el relieve y la condición de los caminos hace en ocasiones complicado llegar a los lugares que se desea. Hablando claro: hay que desmontar y llevar la bici del manillar cuesta arriba. Y no ayuda tampoco la falta de señalización para orientarse y para alcanzar el destino previsto.
El viaje en barco es ya un atractivo para visitar las islas Aran. La llegada a Kilronan conduce a la única población de una cierta entidad de las islas. Es la que más ha cambiado y donde se organiza la recepción a los turistas para que compren un recuerdo, alguno de los apreciados jerseys, o para que alquilen una bicicleta o se apunten a un circuito que les llevará por los lugares de mayor interés.
La única calle del pueblo arranca del muelle, reúne unos poquísimos pubs y lleva a Ionad Arann, un centro de interpretación donde se puede ver la famosa película de Flaherty. En efecto, el director norteamericano fue premiado en 1934 en la Mostra de Venecia por su drama-documental Man of Aran que rodó en las islas y las dio a conocer al mundo. La película es hoy una especie de monumento, como también lo es el libro del que partió la inspiración del guión: Las islas Aran, del célebre John Synge, que cuenta cómo era el lugar y la durísima vida que llevaron sus habitantes hasta bien entrado el siglo XX.
La casa donde se rodó la película todavía se conserva, sobre una colina en el centro de la isla que mira a la playa de arena blanca de Portmurvy, lo mismo que la cabaña de pescadores que se construyó para escenificar algunos de los pasajes y que hoy se ha convertido en un pequeño hotel.
La dureza del suelo no ayudó a los pocos habitantes de las islas a cultivar ni lo más imprescincible, Para sobrevivir, tuvieron que machacar piedras y recoger arena mezclada con algas y así crear un suelo para pequeños espacios donde poder plantar. Estos precarios huertos, protegidos del viento con muros de piedra, realimentados año tras año, se conservan aún como recuerdo y forman parte de un paisaje que aparece ahora como una cuadrícula de pared y piedra.
Lo mismo que los viejos huertos se conservan también restos de antiguos monasterios donde recalaron los primeros monjes que evangelizaron Irlanda y que hoy se han convertido en ruinas que se guardan para la historia. Seven Churches, al norte de la isla, muestra algunos de los viejos edificios.
Pero lo que tiene de más sobresaliente Inishmore son las ruinas celtas que hablan de antiguos habitantes establecidos en comunidades desarrolladas y numerosas. Nunca formaron un imperio, sino reinos y feudos, con una cultura mucho más refinada de lo que su aislamiento hacía suponer. Los celtas dejaron grandes construcciones megalíticas de trazado circular que rodean y protegen, como si fueran anillos, un patio central. Dun Eochla es un singular ejemplo de este tipo de construcción. En Dun Aonghasa -o Dun Angulosa- se encuentran los restos más completos y de mayor entidad de la antigua cultura, datados de alrededor de 2000 años a.C. Son los vestigios de una espectacular fortaleza rodeada de muros de defensa y colocada en un paisaje de extraordinaria belleza, al borde de acantilados de vértigo. Dólmenes, piedras e inscripciones se dispersan alrededor de conjunto.
Y hablando de acantilados hay que señalar que los de Dun Aonghasa son una de las grandes atracciones de Inishmore. Menos elevados que los de Moher, alcanzan sin embargo los 150 m de altura y tienen entidad suficiente para encoger el ánimo de cualquiera que se aproxime a su borde.
[editar] Inishmaan y Inisheer
Son más pequeñas todavía que Inishmore y mucho menos visitadas. Es decir, más auténticas si por ello se entiende que han vivido más alejadas de la influencia del mundo exterior.
En Inishmaan se conserva la casa donde vivió Synge, el autor de Las Islas de Aran. Y tiene fama el pub Teac-Osta, minúsculo y de ambiente casero donde no es raro escuchar la música más tradicional del lugar. Las tradiciones se conservaron aquí como signo de identidad con especial empeño. Cuando Flaherty, el director de cine, visitó la isla en los años treinta buscando la casa donde vivió Synge la describió como "uno de los lugares más primitivos y fascinantes que quedan en Europa".
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