Madurai
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El paisaje que precede y rodea a Madurai posee ya el toque del trópico. Bosquecillos de palmeras y cocoteros van ganando presencia y muestran un suelo frondoso. Las cabañas de campesinos con sus techos de palma se van haciendo habituales lo mismo que grandes macizos de piedra que se asientan sobre la llanura formando elevados montículos y anuncian un paisaje mucho más montañoso. El campo se reparte en parcelas que, inundadas en época de lluvias, se convierten en campos de arroz. Y ve aparecer también plantaciones de plátanos que sitúan al viajero en un espacio de agricultura más fértil que en el norte.
Madurai es la capital de las tierras de sur y el corazón de la región tamil. No es que Madrás no lo sea, es que separada del mar recibió menos influencias exteriores y conservó el espíritu y la tradición más puros.
Madurai tiene una historia larguísima. Dicen que comerció con la antigua Roma y debe ser verdad. Y hoy es una ciudad viva y enorme. Tiene industria y es un potente centro comercial. Pero no hay que asustarse. Al viajero le interesará el viejo centro y sobre todo el templo de Sri Meenakshi, alrededor del cual aparecen mercados, comercios, calles y callecitas llenos de interés. Y se mueve -alrededor del templo- una enorme población local y forastera de devotos, peregrinos, comerciantes y paseantes que convierten el lugar en una feria a ojos del visitante extranjero.
Aunque el templo es lo más relevante y justifica por sí solo una visita a Madurai, hay que prestar atención a otros puntos de interés que merecen también la pena y conviene no perderse.
El mercado de flores. Es un espectáculo tranquilo y laborioso a la vez. El protagonista es el jazmín y todos los que giran a su alrededor para comprar y vender. No hay desorden aunque sí mucho movimiento. En pequeños espacios, modestamente instalados, aparecen comerciantes y trabajadores de mirada y gestos expertos que anotan, vigilan, pesan, ensartan y ensacan. Unas mesitas, un teléfono, unos libros de cuentas y una calculadora son el instrumental de los comerciantes, situados en sus puestos abiertos al público, con paredes pintadas de vivos colores y pulcramente instalados. Aunque el mercado no es grande, lo es el interés que despierta y entretendrá un buen rato la atención del visitante.
Palacio de Thirumalai Nayak. Si hay alguna duda de lo importante que fue Madurai en el pasado, el palacio que mandó construir en el siglo XVII su gobernante la despeja totalmente. Hoy se conserva solamente una parte del antiguo complejo de edificios. Pero lo que permanece en buen estado y se visita muestra la grandeza y una calidad de la arquitectura y habla de la riqueza de la antigua ciudad.
Tras cruzar la puerta principal, se entra directamente a un patio de proporciones regias, rodeado de sólidos pilares de 20 metros de altura que dan al conjunto una poderosa elegancia. Al fondo se encuentra la sala del trono con una enorme cúpula octagonal. Y a su derecha se llega a la sala de baile convertida hoy en un pequeño museo. Decoraciones en yeso, esculturas y murales dan cuenta de la opulencia en que vivió la corte de los Nayak.
Templo de Sri Meenakshi. Dedicado a la diosa Meenakshi y a su esposo Siva, es uno de los lugares culminantes para la religiosidad de la India en el sur. Y también lo es para la arquitectura religiosa que ve en el templo una obra maestra e insuperable.
La pareja cósmica de Meenakshi y Siva atraen la devoción de miles de personas y dan al lugar un tono especialmente sagrado. Por ello aquí los visitantes además de quitarse los zapatos -y dejarlos en un puesto antes de entrar- deberán quitarse también los calcetines, llevar falda o pantalón largos y deberán también cubrirse los hombros en señal de discreción en el vestir.
El templo es inmenso. Rodeado de un elevado muro que lo cierra del exterior, ocupa una superficie de seis hectáreas dentro de la cual se distribuyen templos, edificios, santuarios, galerías, salas y patios diversos. Y por supuesto, se alzan hasta 12 gopurams que dan relieve a la arquitectura y sobre todo color y vida, con sus muros tapizados de figuras de dioses y diosas, ángeles y demonios y un sin fin de personajes míticos de las formas y tipos más diversos y de un colorido deslumbrante.
En la India, la religiosidad no está reñida con el comercio. Una vez en el templo, se abre una enorme sala cuyo techo se soporta mediante una legión de pilares esculpidos. En ella, tenderetes de recuerdos, de objetos religiosos, pero también de ropa y de artículos varios se despliegan y llaman la atención de los peregrinos que se detienen a comprar o simplemente a mirar.
Brillantes pinturas en techos, pilares y muros y dibujos en el suelo dan al templo una belleza singular. Su estanque le da igualmente vida,
Una buena parte del templo está reservada al culto y no admite a visitantes. Será cuestión de aproximarse solamente a estos lugares y mirarlos desde fuera. Pero la parte de 'libre circulación' tiene jugo suficiente para satisfacer la curiosidad y las ganas de mezclarse con la gente y de vivir la atmósfera del lugar.
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Dos cosas a tener en cuenta:
Una. Frente a la puerta de entrada al templo -simplemente al otro lado de la calle- se encuentra un edificio con aspecto de 'mandapa' -una gran sala soportada por columnas. Hoy es un mercado lleno de tenderetes donde comprar bisutería, telas, ropa y recuerdos de todas clases. Vale la pena entrar y dedicarle un momento.
Dos. La fachada norte del templo -mirando de frente la entrada a mano derecha- da a una calle con unos cuantos comercios de recuerdos y antigüedades diversas. Un par de ellos permiten subir hasta el terrado -tienen entrada libre- y asomarse desde lo alto al templo para verlo en una perspectiva que no es aérea pero casi.
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