Nápoles

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Galería Umberto I
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[editar] A favor de Nápoles

A quien le guste el Mediterráneo, sus ciudades antiguas llenas de cultura, a veces desvencijadas porque hoy el centro del mundo está en otras latitudes, con su sabor acogedor, aunque desordenado a menudo, humildes y ricas al mismo tiempo y con una vitalidad que les viene de siglos hay que decirle que no se pierda Nápoles. Así de simple y sin más matices al principio. Porque un primer mensaje debe ser claro ante el hecho de que Nápoles tiene mala prensa. Una mala prensa que echa para atrás a quien desea disfrutar de su tiempo en un ambiente agradable y libre de problemas.

Como tantas veces, los titulares de la prensa reflejan una realidad. Pero la simplifican tanto que acaban por alejarse de ella. Por supuesto en Nápoles hay barrios y barrios. Los hay más ricos y más pobres, más ordenados unos y rematadamente desordenados otros. Pero el caso es que la ciudad está llena de atractivos que cautivan al visitante y que a lo mejor exigen una cierta adaptación.

Por población, por cultura y riqueza, Nápoles fue la tercera ciudad de Europa en el siglo XVII. Tampoco hace tanto tiempo. Fue la época en que Carlos III, que luego sería rey de España, lo fue de Nápoles. Iglesias, teatros, palacios se acumularon en la ciudad. Y lo hicieron amontonándose entre calles estrechas y en solares complicados en medio de otras casas. La ciudad medieval acogió a la ciudad barroca. Y en ese hermanamiento se produjo un lío que hoy puede sorprender.

¿Sólo sorprender? A lo mejor puede incluso ofender porque contradice a todas las leyes del urbanismo a las que estamos acostumbrados y porque mantener una ciudad así, tan parcheada y en desorden resulta casi imposible.


[editar] Los barrios

(Ver mapa)

Nápoles se extiende por un llano al borde del mar. Sin embargo, un poco tierra adentro el suelo se eleva hasta el punto de hubo que construir unos funiculares para hacer cómodo el acceso. En estos espacios elevados –pero en plena ciudad- hay dos monumentos que atraen a los visitantes: la Cartuja de San Martino y el Castel Sant’Elmo, que están rodeados de barrios ‘residenciales’, de construcción reciente, aireados y agradables que ocupan lo que se llama colina del Vomero.

Certosa di San Martino
Castel Nuovo

Pero vayamos al llano. Ahí es donde se desarrolla el grueso de la ciudad. En la fachada que mira al mar hay claramente dos zonas. Una a la derecha (via Colombo y via Nuova Maritima) es puro tráfico y tiene un aire portuario. Autobuses, camiones, coches y edificios de oficinas y viviendas componen un paisaje tan ajetreado como poco inspirador. A la izquierda, en cambio, (via Partenopee, via Caracciolo) se han instalado buenos hoteles, casas elegantes, el ambiente se nota más despejado. Pasear junto a mar es aquí una delicia y da la impresión de que la ciudad se ha reconciliado con el Mediterráneo que la baña.

En el punto de encuentro de ambas fachadas marítimas se sitúa el que podemos llamar centro, centro, el centro de la ciudad barroca, con la enorme Plaza del Plebiscito, el Palacio Real, el Teatro de San Carlo que maravilló a Europa y las célebres Galerías –de cubierta acristalada- de Umberto I.

De ahí arranca –en dirección opuesta al mar- la via Toledo, comercial, muy popular y animada. Muy cerca del principio, a la izquierda está el Barrio de los Españoles, una cuadrícula muy modesta que conserva tiendas parecidas a como debieron ser hace cincuenta años y con una población humilde en muchas de sus callecitas. El origen del barrio fue de acuartelamiento de tropas españolas que se establecieron allí y dieron lugar a una ciudad dentro de la ciudad.

Siguiendo por Toledo, a la derecha se extiende el centro histórico, lo que se conoce como Spacca-Napoli. Ocupa el cascarón de la ciudad grecorromana, con sus calles estrechísimas, llenas de movimiento, con ropa tendida en los balcones, tiendas y talleres artesanos, restaurantes minúsculos, contenedores de basura, desperdicios… Es el corazón de Nápoles y contiene, en su desorden, iglesias y palacios para aburrir.


[editar] Basura y desperdicios

Los hay en Spacca-Napoli, pero también en el resto de la ciudad. Acaban por hacerse compañeros habituales del paseante. Lo mismo que se convierten en naturales los rótulos grandes y pequeños en fachadas que debieron ser gloriosas y la maraña de cables que descienden desde las azoteas a ojos vista y que desde cualquier antena entran por el balcón a las viviendas. Esas viviendas de las que cuelgan todavía un cesto y una cuerda con que tirar de él para subir la compra desde la calle.

Antes de acostumbrarse a ello, el espectáculo es estremecedor. Ni siquiera es agresivo, porque tiene un toque tan asentado y cotidiano como exótico. Pero seguramente no hay otra ciudad en Europa que mezcle talento y decrepitud en tales proporciones.


[editar] La mafia

Vendedor de lotería en Sccapanapoli

¿Qué ha podido pasar para que ninguna norma se cumpla? O mejor dicho, para que se cumplan unas normas que a buen seguro no son las del ayuntamiento. El estacionamiento en muchos lugares está regulado por personajes que colocan por la mañana un par de sillones de plástico en la calle y administran durante el día y con eficacia el espacio disponible para el aparcamiento. Seguramente, muchos otros servicios –la limpieza de la calle para el que quiera pagársela- se gestionan igual.

La mafia –con el nombre local que quiera dársele- está detrás de todo ello. No encontrará el viajero a un primo de Totó Riina, atravesando furtivamente un callejón con barba de meses huyendo de la justicia. Buena parte de los mafiosos fueron ya a la universidad, reciben tratamiento de ‘dottore’ y llevan vida ordenada. Han infiltrado el ayuntamiento y las instituciones, adjudican contratos o los ganan y lo hacen todo de acuerdo con una ley que es su ley, que ha envuelto a la ciudad y que la ahoga.

Ver 'Paredes que hablan' en la Galería de Fotos


[editar] Seguridad

Maradona es casi un santo

Pero en medio de este descalabro público y notorio, Nápoles es para el visitante tan o tan poco segura como la mayor parte de capitales europeas. El centro, por la noche, tiene sus bares y restaurantes abiertos a los que acude la gente con normalidad. Durante el día la ciudad es luminosa y animada, llena de gente por la calle. Por supuesto, habrá que echarse la mano al bolso o la mochila y llevarlos con precaución en los sitios aglomerados. Pero quien ande por las calles de Nápoles no sentirá la incomodidad de andar por una ciudad poco segura.


[editar] Cuántos días

Nápoles tiene un montón de cosas que ver. Menos de un par de días van a saber a poco. Y después de un par de días, el viajero descubrirá que se ha perdido tal o cual otra cosa y que hubiera merecido la pena dedicarle a la ciudad un poco más.

Pero atención, porque las inmediaciones de Nápoles tienen tantas cosas y tan interesantes como la ciudad misma. (Ver más adelante: Alrededores). Así que ver esas otras cosas –si se visitan haciendo base en Nápoles- querrá decir que habrá que sumar más tiempo al previsto inicialmente.


[editar] Cómo moverse

San Gregorio Armeno, la calle de los belenes

Por la ciudad

  • El taxi es la opción más cómoda y también más cara. Pueden reservarse por teléfono desde el hotel o desde un restaurante. Los hay pequeños y grandes, para cuando viajan más de cuatro personas. Llevan taxímetro y tienen autorizados algunos suplementos.
  • Los autobuses y tranvías. Recorren la ciudad en todas direcciones. Los billetes se compran en los estancos y kioscos de periódicos, además de las estaciones de funicular y de metro. Hay billetes de un solo trayecto que permiten viajar y hacer trasbordos durante 90 minutos. Los hay también de día entero.
  • Tres funiculares unen el centro -1) el inicio de la via Toledo, 2) Chiaia y 3) Monsanto- con el barrio alto de Vomero. Y otro funicular une el barrio marítimo de la Mergellina con la colina de Posillipo. Los billetes se compran en la misma estación.

Alrededores

  • En tren. La línea Circunvesuviana conecta Nápoles con Herculano y con Pompeya en aproximadamente media hora. Además continúa hasta Sorrento. Tiene salidas cada 30 minutos y parte de la estación de Corso Garibaldi.
La línea Cumana va en dirección contraria. Sale de la estación de Piazza Montesanto cada diez minutos, llega a Possuoli, continúa por el litoral y regresa a Nápoles por el interior.
  • En barco. Hay multitud de combinaciones (transbordadores, barcos rápidos…) que salen del puerto de la ciudad hacia Isquia, Capri, Sorrento y las poblaciones de la Costa Amalfitana. Desde los muelles de Mergellina y de Pozzuoli, un poco más alejados del centro, hay posibilidad de embarcarse también hacia los mismos destinos.


[editar] Historia

Cuenta la leyenda que la sirena Parténope dio nombre a la ciudad que creció alrededor de su tumba. Pero en realidad Nápoles nació de una colonia griega que fue anexionada por Roma en el 326 a.C. Pronto destacó por su clima y sus paisajes –hoy arrasados por una desalmada urbanización- y en época de Augusto se convirtió en lugar de residencia estival de patricios y poetas.

Durante la Edad Media se la disputaron godos y bizantinos, cayendo por fin en manos normandas. Bajo Federico II de Hohenstaufen (1194-1250), que fue nieto de Barbarroja y se le conocía por sus cualidades por el sobrenombre de ‘asombro del mundo’, la región vio florecer un verdadero “renacimiento meridional” que combinó influencias árabes y cistercienses.

A su muerte, los papas apoyaron a Carlos de Anjou, hermano de San Luis de Francia cuyo hijo, Roberto, llamó a su corte a los mejores artistas y poetas: Giotto, Simone Martini, Boccaccio y Petrarca. El hecho de trasladar la capital del reino de Palermoa Náples provocó gran descontento entre los sicilianos, circunstancia que aprovechó Pedro II de Aragón para aspirar a la corona tras el exterminio de los franceses en las famosas ‘vísperas sicilianas’ (1282). Expulsados éstos a su vez de Nápoles, Alfonso V de Aragón, el Magnánimo, entra triunfal en la ciudad en 1442.

La victoria de Fernando el Católico en Cerignola (1531) asegura, frente a las pretensiones francesas, el gobierno español sobre los reinos de Nápoles y Sicilia que se prolonga hasta Carlos III. Los virreyes hispanos intentan luchar contra los abusos de la aristocracia local y contra la piratería. Sin embargo, la corrupción, la falta de iniciativa y sobre todo los impuestos abusivos darán lugar a explosiones de descontento entre las que destaca la encabezada por el célebre Masaniello en 1648. La larga decadencia sólo cambiará de signo con Carlos III y Fernando IV de Borbón, bajo cuyo reinado se producirá un resurgimiento que convertirá a la ciudad en una gran capital barroca.

Las ideas de la Revolución francesa permiten a los jacobinos instaurar la llamada República Partenopea que no llega a prosperar y que da paso, durante el período de Napoleón, al reino de José Bonaparte y más tarde al gobierno de Murat.

A su caída volvió a instaurarse la dinastía de los borbones, contra la que Inglaterra maniobró activamente promoviendo en Europa una imagen de terror y de corrupción que favoreciera a las ideas revolucionarias. La situación de Nápoles cambiaría finalmente de rumbo con la llegada de Garibaldi (1860) y la Unificación Nacional.


[editar] Visita a la ciudad

[editar] Los Museos

(Ver mapa)

Certosa de San Martino
Palacio de Capodimonte
Museo Arqueológico Nacional

Antes de empezar, conviene situar los principales museos. Son de visita más que recomendada y conocerlos puede ayudar a planificar el recorrido por la ciudad.

  • Museo Nazionale di San Martino.

(Puede accederse a él en funicular o en autobús)

Se sitúa en la Cartuja de San Martino, en lo alto del peñasco que domina la ciudad. Sólo por su emplazamiento, merece la pena dedicarle un rato. Pero la realidad es que la Cartuja ofrece mucho más. La iglesia, con mármoles y filigranas es de gran belleza y una muestra del mejor barroco napolitano. La capilla del tesoro, la sacristía con sus preciosos trabajos en marquetería, el claustro blanco y de proporciones elegantes, los miradores sobre el llano… están llenos de atractivos. Además, la cartuja guarda una excelente colección de pintura y escultura (Ribera, Luca Giordano, Bellini), una magnífica muestra de figuras de pesebre tan características del arte de la ciudad y una singular selección de embarcaciones reales de líneas estilizadas y gráciles.

  • Museo de Capodimonte

Está situado a las afueras de la ciudad en un gran palacio rodeado de un parque. Por supuesto, la manera más cómoda de llegar hasta él es en taxi, pero existen autobuses que acceden a él desde el centro.

El palacio, enorme, fue construido en el siglo XVIII y Carlos III de Borbón lo convirtió en museo privado para guardar las colecciones heredadas de su madre Isabel de Farnesio. Luego sirvió de residencia a José Bonaparte y a Murat y a los duques de Aosta que lo abandonaron al término de la Segunda Guerra Mundial. Diez años después se abría al público como museo.

Su pinacoteca posee obras de primerísimo interés (Boticelli, Rafael, Tiziano, El Greco, Ribera), sus salas dedicadas a la cerámica constituyen una delicia por su exquisita elegancia lo mismo que las piezas de artes decorativas y que las salas de los apartamentos reales.

  • Museo Arqueológico Nacional

(Piazza Museo, 19, en el borde del centro histórico)

Es seguramente el museo más visitado de Nápoles y uno de los museos de escultura más importantes del mundo. Levantado en 1777 por Fernando IV, fue aquí donde se depositó la célebre colección Farnese iniciada en 1547 por el que sería el papa Pablo III en plena fiebre del Renacimiento. Y sirvió también para guardar lo mejor de los descubrimientos (esculturas, mosaicos, pinturas) que a lo largo del tiempo se harían en Pompeya y Herculano, además de las piezas de otras grandes colecciones (Medici, Borgia) que contribuirían a dar a los fondos del museo un valor excepcional.

  • Museo Nacional de Cerámica Duca di Martina

(Via Cimarosa, en la colina de Volmero) Nápoles brilló por su producción de cerámica. Las porcelanas de las fábricas de Capodimonte y de Nápoles (s. XVIII) se codearon con las grandes fábricas francesas y sajonas.

Fue Fernando I quien a principios del XIX construyó la Villa Floridiana para su mujer, en estilo neoclásico, en medio de un bello jardín y con las mejores vistas sobre la ciudad. En esta mansión se aloja ahora el Museo Nacional de Cerámica cuyas 6.000 piezas representan, además de la producción napolitana, los trabajos en porcelanas, esmaltes, cristales y marfiles de distintas procedencias tanto europeas como orientales.


[editar] El centro, centro

Plaza del Plebiscito
Palacio Real
Galería Umberto I

Lo compone la Piazza del Plebiscito y sus alrededores. Es la parte más solemne de la ciudad, de espacios más abiertos y la más monumental. Es de visita obligada porque en sus inmediaciones hay numerosos lugares de interés.

Palacio Real. Es un edificio enorme, de arquitectura clásica con mármoles y dorados en su interior -muchos de ellos de cartón piedra. Fue construido en el 1600 y debió restaurarse a conciencia en 1837 tras un incendio. El interior es monumental y se visita. Como tantos palacios tiene una entrada y una escalera monumental, aposentos diversos, un pequeño teatro de corte, capilla... y tiene decoraciones de frescos, pinturas y muebles de valor acumulados a lo largo de la época borbónica y de los gobiernos de Napoleón.

Teatro de San Carlos. Está abierto al público en visitas organizadas. Interesará a los amantes de la ópera que verán en él uno de los famosos teatros de Europa. En su época fue considerado una maravilla y lo siguió siendo después de la reconstrucción de 1817 tras un incendio también. Quienes no sientan un fervor intenso por el género lírico y por sus mitos lo más probable es que encuentren la visita guiada y las explicaciones demasiado largas.

Galería Umberto I. Se construyó alrededor de 1890, en la época en que las galerías comerciales con techos acristalados y decoración opulenta se pusieron de moda en Europa y no podían faltar en ninguna capital que se preciara. Era un lugar de encuentro donde se instalaban pastelerías de lujo, las mejores tiendas y cafés elegantes donde ver y ser visto. La estudiada decoración, la unidad arquitectónica, el mármol en el suelo, la altura de la gran bóveda central y el conjunto de cristaleras de la cubierta mantienen todo el interés de la galería, sin duda muy bella y animada siempre.

Café Gambrinus. No tiene, la arquitectura de los monumentos señalados hasta ahora. Pero para la ciudad es un clásico y entre sus clientes se recuerdan todavía los nombres más sonados de la música y la literatura italianas y europea -Maupassant, Oscar Wilde... Aún ahora, tomar en sus salones un café con avellana y chocolate -una especialidad del local- o unas 'sfogliatelle' típicas de Nápoles es un ritual que merece la pena.

Via Chiaia. Alargada y tortuosa, arranca del mismo Café Gambrinus. Es una calle animada, comercial, con tiendas elegantes y con algún edificio -como el teatro Sannazaro- que ha quedado como lo mejor de la arquitectura napolitana del XIX.

Castel Nuovo. Se encuentra al otro lado del Palacio Real. Conocido también como Maschio Angioino, fue construido por Carlos I de Anjou y transformado en época de Alfonso de Aragón por el catalán Sagrera. Aquí se alojó Boccaccio, invitado por el rey francés, aunque es poco probable que fuera el lugar donde escribió el Decamerón, como sugieren algunos. El hermoso Arco de Triunfo que ennoblece la entrada destaca entre las dos potentes torres de la fachada. Sobre el arco inferior se representa la entrada triunfal de Alfonso el Magnánimo en Nápoles.


[editar] El barrio antiguo

Via Toledo. Hay que empezar hablando de ella porque arranca desde la misma Galería Umberto I y penetra en la ciudad vieja cumpliendo el papel de 'calle mayor'. Por supuesto es una calle comercial y al mismo tiempo popular. Bancos, instituciones y tiendas se suceden y justifican la animación que la caracteriza. Pero no hay que buscar en ella a las grandes marcas o al lujo venido de otros lugares. Lo que hay aquí es puro napolitano. Por cierto la calle se llama via Roma, pero mantiene para todo el mundo el nombre que recuerda al que fue -en el sXVI- virrey de la ciudad D. Pedro Álvarez de Toledo.

Via San Biagio ai Librai
Gesú Nuovo
Claustro de Santa Clara

Spaccanapoli. Es a la derecha de via Toledo donde se encuentra la parte principal del barrio viejo. Y es la llamada Spaccanapoli la calle que la atraviesa de lado a lado.

El verbo "spaccare" (hendir) sirvió para nombrar una de las vías más pintorescas de la ciudad antigua. Aunque ahora es difícil encontrarla por este nombre en los mapas porque a medida que discurre adquiere denominaciones distintas por las que se la conoce hoy: via Benedetto Croce, via San Biagio ai Librai, via Vicaria Vecchia ...

Es el corazón de la primitiva población romana, compuesta hoy por calles estrechísimas e irregulares. La actividad comercial, la vida familiar, todo se hace en plena calle, que viene a convertirse en un continuo espectáculo: el limpiabotas, el vendedor de números de lotto (uno de los juegos más apreciados por los napolitanos), el puesto de limones y de zumos, las minúsculas pizzerias, los talleres de artesanos, la famosa ropa tendida o el chiquillo que venderá cualquier cosa que tenga a mano son algunos de los personajes y de los elementos del decorado que no pueden faltar.

Iglesia del Gesù Nuovo. Preside la plaza del mismo nombre, el único ensanchamiento amplio y que merece el nombre de plaza en todo el barrio. La iglesia, con una llamativa fachada de almohadillados, perteneció al palacio Sanseverino (1470). Si el exterior no pasa desapercibido, el interior es todavía más sonado y vale la pena detenerse un momento en él. La decoración en mármoles de colores tanto en suelo como en pilares, los dorados y los frescos componen un bello espectáculo. La iglesia empezó a construirse en 1584 y no se terminó hasta el s.XVIII.

Iglesia de Santa Clara. Forma parte de las visitas obligadas en Nápoles y lo cierto es que resulta agradable dar un paseo por ella y sobre todo por el claustro que padece, sin embargo, la excesiva aglomeración de turistas.

El aspecto actual de la iglesia corresponde a la primitiva construcción gótica. No siempre fue así. Los bombardeos de 1943 la despojaron de los aditamentos barrocos que en el s.XVIII pretendían embellecerla de acuerdo con los gustos de la época. El interior es amplio y majestuoso, pero es el claustro lo que más llama la atención con sus emparrados y los bancos y columnas cubiertos de mayólicas con escenas campestres y populares de lo más campechanas.

Basílica de San Domenico Maggiore. Se sitúa en un plano alto respecto a la calle y en una posición desencajada. La verdad es que invita poco a subir la escalinata que le da acceso y que el interior no despierta grandes emociones. Pero fue el templo predilecto de la nobleza napolitana en el Renacimiento, como prueban los enterramientos de algunos nobles aragoneses que se conservan en la sacristía. Con todo, lo más importante, a la izquierda del altar mayor, es una flagelación de Caravaggio, también una anunciación de Tizziano y, en la tercera capilla a la derecha de la nave, un crucifijo que la leyenda asegura habló a santo Tomás de Aquino.

Capilla de San Severo. Es otra de las atracciones de Nápoles a la que acuden masas de turistas. Está en la via De Sanctis, 19, a muy poca distancia de la via San Biagio. Tiene el sabor morboso de la muerte -fue la capilla funeraria de la familia Sangro- y juega con la leyenda de que uno de los Sangro era masón y andaba envuelto en oscuros experimentos científicos. La capilla fue ricamente decorada por escultores napolitanos del settecento. Ninguna de las piezas es una obra maestra, aunque alguna de ellas es de un virtuosismo sorprendente. El caso es que el conjunto vale la pena por su efectismo y por la bella combinación entre los colores ocres y negros de muros y suelos y el blanco marmóreo de las estatuas.

Más iglesias... Las hay. Las guías recomiendan entre otras San Lorenzo Maggiore, el complejo dei Giromamini y unas cuantas más. Pero nada como pasear por el barrio y tomar las callejuelas que van cortando a la calle principal. Entre ellas hay que destacar una: via San Gregorio Armeno. Es la calle de los artesanos y tiendas de los pesebres. La vieja tradición de figuritas y demás elementos de los belenes tiene en esta calle su mejor representación. Y muestra una artesanía viva en la que el plástico se ha mantenido a raya y el buen oficio destaca por su excelente calidad. Vale la pena dedicarle un rato.

Duomo di San Gennaro. Via Duomo. Por supuesto los mitos son los mitos y una visita a San Genaro parece obligada. Construida en el s.XIV, la catedral parece un poco pastiche. Además de los restos originales en el portal central, la fachada es del XIX y el interior barroco. La suntuosa capilla de San Genaro, obra típica del barroco napolitano posee una magnifica puerta de bronce, varios frescos de Domenichino y el busto del santo en plata. En el sagrario, detrás del altar, se conservan las ampollas con la sangre de San Genaro, que se licúa cada año en mayo y en septiembre, constituyendo un gran acontecimiento religioso en la ciudad.

La malas lenguas cuentan que cuando Napoleón impuso a Nápoles su gobierno, los franceses, más racionalistas y menos creyentes que los napolitanos, colocaron las ampollas ante un cañón y aseguraron que dispararían si la sangre no se licuaba. Parece que el Santo obró el milagro de licuar la sangre y satisfizo a todos. Los napolitanos dejaron a los franceses con las ganas de llevarse por delante a su venerada reliquia y los franceses pusieron a las claras quién llevaba el mando en la ciudad.


[editar] Al borde del mar

Menos monumental, menos intensa, más abierta y distendida se muestra Nápoles en su fachada marina cuando se discurre hacia el oeste.

El Castel dell'Ovo marca el inicio de este recorrido que pone de relieve que existe otra ciudad y que ofrece al visitante la oportunidad de dar un agradable paseo.

Castel dell Ovo

El Castel dell'Ovo, de época normanda, se sitúa en un islote unido a tierra. A su lado, se encuentra un pequeño puerto -el de Borgo Marinaro- donde conviven -en el agua- los barcos de pesca y -en tierra- los cafés y restaurantes que ofrecen la posibilidad de tomar unos espaguetis o un buen pescado. Tiempo atrás, la proximidad al barrio de Santa Lucía hacía de estos establecimientos un lugar predilecto de los napolitanos. Hoy siguen acudiendo a ellos familias de la ciudad o grupos de amigos que dan un toque de ambiente local, aunque buena parte de la clientela la aportan los turistas.

Bordeando el mar, se encuentra muy pronto el puerto de la Mergellina, y siguiendo el paseo se llega al pie de la colina de Posillipo, una pequeña elevación llena de historia. En ella construyeron sus villas los nobles napolitanos y en las orillas se abrieron los balnearios más selectos.

Pero atención, quienes en lugar seguir la línea de mar prefieran los ambientes más urbanos, podrán verse satisfechos derivando hacia la Riviera di Chialla, donde Nápoles recupera su condición barroca en versión elegante y dedicándole un momento a la Pizza dei Martiri, llena de bares y de restaurantes, y a las callejuelas de sus alrededores.


[editar] Alojarse y comer

[editar] Hoteles

Hay en Nápoles hoteles en las localizaciones más diversas y para todos los gustos. Frente al mar, en la via Nazario Saurio y la via Partenope hay unos cuantos de corte moderno y de ambiente internacional. Pero los hay también en el barrio antiguo con sabor más de época

El Hotel Decumani (Via San Giovanni Maggiore Pignatelli 15), es quizás el más lujoso. Ocupa el suntuoso Palazzo Ricario Sforza y conserva alguna sala realmente espectacular.

El Hotel Constantinopoli 104 (en la calle Constantinopoli 104) se sitúa en una mansión palaciega del finales del XIX y presume de piscina y jardín, cosa poco habitual en el barrio histórico.

El Albergo Palazzo Decumani (Piazzetta Giustino Fortunato, 8) está en el meollo del barrio antiguo. Es pequeño, cuidado al detalle y pertenece a esa categoría que podemos llamar hoteles con encanto. (Ver en el blog de Hoteles singulares).

[editar] Comer

Las callejuelas que rodean la piazza dei Martiri están llenas de bares y pequeños restaurantes a los que acuden los napolitanos.

También aparecen cafés y restaurantes de corte local en las proximidades de la piazza Bellini


[editar] Alrededores

La Costa Amalfitana. Amalfi, Positano, Ravello y Sorrentro.

Paestum. Algo más de cien kilómetros separan Nápoles de Paestum. Merece la pena recorrerlos para ver las magníficas ruinas griegas y romanas que se conservan.

El propio Vesubio y todo el área que lo rodea están llenos de interés. Las ruinas de Pompeya, de Herculano o la Villa Popea en Torre Annunziata figuran con justicia en cualquier excursión por los alrededores de Nápoles.

Caserta está a unos 30 km de Nápoles. Tiene un enorme palacio que mandaron construir los borbones, con un jardín espectacular.


[editar] Una propuesta de viaje

Visitar Nápoles y los alrededores puede hacerse en cinco días, pero vamos a proponer un viaje un poco más largo, pensando que siempre habrá la ocasión de acortar. ¿Más largo? Pues sí, porque quien disponga de diez días podría empezar por visitar Roma y aprovechar para dedicarle un día a la isla de Capri, que está muy cerca de la costa y que tiene todo el encanto. Todo ello conduciendo un coche para darle al viaje el ritmo que cada cual prefiera.

La propuesta Roma y la Costa Amalfitana


[editar] Leer e informarse

Una buena guía, ilustrada y completa es la Nápoles y la Costa Amalfitana de la colección de Guías Visuales de El País/Aguilar.

Mucho más corta, en formato de revista aunque muy informada, amena y útil es Nápoles, de la revista Traveler.

Finalmente, una selección de libros, mapas y guías que tienen que ver con Nápoles y su entorno puede encontrarse haciendo clic aquí.



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