Salvador de Bahía
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Probablemente sea ésta la ciudad más carismática de Brasil, que conquista al visitante por su simpatía y su alegría de vivir.
San Salvador de Bahía de Todos los Santos es su nombre completo, aunque sus habitantes prefieran llamarla simplemente “Bahía”. Es una ciudad negra de alma y piel. Se dice que en estos parajes late el corazón africano de Brasil. Y es que su historia está ligada a la época de esplendor de la caña de azúcar, en cuyas plantaciones trabajaban esclavos. Decenas de miles de esclavos africanos fueron traídos por los portugueses durante la colonia.
“Todo empezó en Bahía, donde las razas se encontraron y se mezclaron. Después nuestra receta se extendió a todo el país. Pero aquí es donde nació la alegría brasileña, porque aquí África nos salvó para siempre de la tristeza del fado”, afirmaba Jorge Amado, el escritor que fue capaz de construir mejor que nadie la imagen de la ciudad y de sus habitantes.
Bahía es un escaparate vivo de gentes, de músicas y de ritos. Allá donde uno mire hay algo que resuena, desde los berimbaus en alguna ‘rueda de capoeira’, a los tambores de los ensayos del grupo Olodum. Allá donde uno mire encuentra una Iglesia, ya que son 365 en total, una para cada día del año. Allá donde uno vaya sentirá en aroma del aceite de palma (elemento esencial de la cocina bahiana) que recubre suavemente los callejones de la ciudad. Allá donde uno vaya siente el fervor del candomblé.
Conocer Bahía es perderse por las calles adoquinadas de su centro, entrar en sus iglesias para deslumbrarse con una expresión sublime del barroco, admirar las fachadas de colores que recubren las casas de arquitectura colonial. Es dejarse hipnotizar por los movimientos de brazos y piernas de las ruedas de capoeira y dejarse embalar por el ritmo musical de su ambiente. Siempre con un libro de Jorge Amado bajo el brazo (¡claro!) y sin miedo a que parezca cliché.
[editar] Para conocer el centro histórico
El centro de la ciudad se divide en dos niveles: ciudad alta y ciudad baja. La aparatosa diferencia de altura (aproximadamente unos 75m en vertical) entre una y otra se salvan mediante un funicular o un gigantesco ascensor.
La ciudad baja es una estrecha franja de tierra a la que se le llama coloquialmente de ‘barrio del comercio’. Aquí está el puerto, los mercados, torres de edificios de oficinas... Es donde viven su día a día buena parte de los trabajadores de la ciudad.
Cualquier visita a la ‘cidade baixa’ incluye pasar por el Mercado Modelo. Situado en los edificios de la antigua aduana del puerto, en los últimos años se ha convertido en un verdadero ‘templo’ de souvenirs, collares, artesanía, berimbaus, pantalones de capoeira… todo lo que el turista pueda querer llevarse de recuerdo de Bahía. Sin embargo la calidad y los precios no siempre son coherentes.
Los aficionados a los mercados disfrutarán más en el Mercado de Sao Joaquim, situado un poco más al norte, cercano a la terminal de ferries. Puestos de objetos de candomblé, mostradores de frutas, verduras y todo tipo de pimienta, bares llenos de locales consumiendo su querida cachaça… Más desordenado, más popular, más real que el que se dice ‘modelo’.
Después de un paseo por el cuerpo, se debe subir a la ciudad alta. Desde aquí, lo más práctico es coger el afamado ascensor. Aunque de estética dudosa, el Elevador Lacerda es ya todo un símbolo de Salvador. Inspirado en el Elevador do Carmo de Lisboa (no tan bonito cuánto este) fue inaugurado en 1873, se mantiene en perfecto estado tras sucesivas reformas y revisiones. Tras un recorrido de treinta segundos de duración por cinco céntimos de real (lo que no llega a dos céntimos de euro) se llega a la Ciudad Alta.
Un elemento omnipresente en la ciudad de Salvador son las pulseritas de telas de colores, o las fitas de Nosso Senhor do Bonfim da Bahía. Según la tradición, hay que ponerse una en la muñeca y atarla con tres nudos, siendo que cada nudo ‘da derecho’ a un deseo. Cuando la pulsera se rompa por el uso, los deseos se cumplirán.
Consejo de viajero: cómprese una fita cuánto antes y átesela a la muñeca -con derecho a deseos y sin perder el entusiasmo- caso contrario, el enjambre de niños ofreciéndoselas no le dejará pasear tranquilo.
En la ciudad alta se teje un entramado de callejuelas empinadas flanqueadas por iglesias y casarones coloniales. Es aquí donde se materializan todos los clichés de Bahía y donde se concentra todo su fervor. Si uno quiere comenzar a internarse en la realidad local debe empezar por la Plaza da Sé (poco después de la salida del Elevador Lacerda a la izquierda, en dirección al Pelourinho), allí tradicionalmente se reúnen los grupos de capoeira. Observar la concentración de los participantes de una 'rueda de capoeira', sus movimientos impresionantes, su ritmo, sus palmas y sus cantares es tomar contacto con el ‘ser’ de la mayoría de los bahianos.
Próxima parada: el Largo do Terreiro de Jesús, plaza donde se encuentra (entre otras) la Basílica da Sé, la catedral de Salvador. Construida entre 1657 y 1672. Tanto su fachada como su interior están recubiertos con mármol de Portugal, que servía como lastre de los barcos que venían vacíos de la metrópoli.
Desde el lado opuesto a la Catedral sale el Largo de Sao Francisco, donde se encuentra, otra vez en frente al cruzar el largo, la Iglesia y el Convento de San Francisco. Es la iglesia más rica de Brasil, de un lujo impresionante. Su exterior es austero, pero su interior está completamente cubierto de oro. Construida en 1708, poco después del convento, refleja el ideal del barroco de finales del siglo XVII, tan recargado que hacen falta algunos minutos para acostumbrar la vista antes de poder fijarse en los detalles. El claustro del convento merece una visita por sus paredes cubiertas de murales de azulejo.
Justo al lado se levanta la pequeña iglesia de la Orden Tercera de San Francisco. Si la primera destaca por su deslumbrante interior, esta juega con 'otras armas'. Espléndida es su fachada. De estilo plateresco, luce una interesante profusión de ángeles, santos y motivos florales. Lo curioso es que esta fachada permaneció durante más de un siglo oculta por una capa de argamasa, hasta que un obrero la descubrió en 1932.
Desde aquí se sigue dirección al Pelourinho. Puede ser demasiado populoso y artificial por ser el atractivo más turístico de Salvador; puede que la remodelación sufrida en los últimos años le haya hecho perder bastante autenticidad; puede ser que los antiguos habitantes -en su gran mayoría bastante pobres- hayan sido expulsados hacia barrios satélite; pero también puede ser que haya sido éste el precio a pagar por transformar el corazón de la ciudad en un espacio limpio y seguro.
El Largo del Pelourinho es un armonioso conjunto de casas coloniales de diferentes colores pastel, donde vivían antiguamente los señores del azúcar. Más de seiscientos edificios han sido restaurados a lo lardo de los años, gracias a un ingente esfuerzo de las autoridades y de la municipalidad, empujados por el hecho de que fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1985. El resultado, lograr poner el Pelourinho en el mapa de los atractivos turísticos nacionales.
De aquí dos interesantes visitas, o tres. La primera, la Fundación Jorge Amado que reúne diferentes colecciones y objetos personales del autor. Las otras dos tienen hora y fecha marcada. Los martes, a las 18hs, en la Iglesia de Nossa Senhora do Rosário dos Pretos (la única a la que podían acudir los esclavos africanos de las plantaciones) la misa es acompañada por cánticos negros (afoxés) e instrumentos de percusión, generando un ambiente único. El momento más emocionante es la bendición del pan. Los fieles, casi todos negros, traen de casa sus panes para que sean bendecidos y distribuidos al final de la misa. Tomar un trozo de alguno será considerado un amable acto de acercamiento. Al atardecer, el sol ilumina directamente la fachada de la iglesia, el azul parece convertirse en dorado y la imagen es realmente bonita.
La segunda cita de los martes: asistir a los ensayos de Olodum. El famoso bloco, grupo y escuela de percusión cuya fama y ritmo han conquistado el mundo.
Salvador de Bahía no se acaba en el Pelourinho, ni mucho menos. Hace un par de años, el vecino barrio de Santo Antonio (além do Carmo) le hace una competencia feroz. Para llegar hasta aquí, aunque esté a pocos metros del largo del Pelourinho el viajero debe hacer una especie de ‘penitencia’, ya que las calles de acceso suponen una cuesta bastante abrupta. Todo esfuerzo será recompensado.
La transformación del antiguo Convento del Carmo en un hotel de lujo ha traído consigo la rehabilitación de sus alrededores y la consecuente revitalización del barrio. Las calles y casas reformadas son tan bonitas cuanto las de su vecino Pelourinho, aunque aquí el ambiente es aún un poco más auténtico. Las reformas de las casas ocurren poco a poco y no expulsa a sus moradores, con ello, el barrio conserva su ambiente residencial.
La Iglesia del Carmo (junto al hotel/convento) tiene una sacristía de lujo desmesurado, representa el delirio desaforado del barroco llevado a su máxima expresión. Otra joya del arte y de la arquitectura bahiana.
Junto al complejo del Carmo (iglesia, convento y hotel) se encuentra el Largo da Cruz do Pascoal, presidido por un oratorio de mediados del siglo XVIII cubierto de azulejos. Aquí una visita ineludible, el Bar da Cruz do Pascoal. Es un bar muy sencillo (aquellos a los que en Brasil se les llama ‘buteco’), pero desde su terraza se tiene una vista de la bahía impresionante. El dueño, un español que emigró a Brasil hace más de dos décadas. El plato estrella, ‘carne al sol’ con ‘pirao de aipim’.
Tras un agradable paseo por la Rua Direita de Santo Antonio, el más reciente nido de hoteles y pousadas, se llega al Largo do Santo Antonio de Além do Carmo. Otra plaza, con otra Iglesia, con otro convento. Pero es que Salvador es así: una iglesia para cada día del año.
Además de unas bonitas vistas de la bahía (que no tienen las demás plazas), aquí se encuentra el Fuerte de Santo Antonio Além do Carmo. Se ha rehabilitado el edificio del fuerte para transformarlo en una especie de parque temático de la capoeira, ya que desde los años 80, el fuerte es sede se la escuela del Mestre Joao Pequeño, que a sus 88 años, es el capoerista más antiguo aún en actividad de Salvador.
Por las callecitas que salen del Largo dirección a la calle de los Quinze Misterios, se descubre aún el día a día de muchos bahianos: en panaderías que venden sus tradicionales y enormes panes de maíz o vecinos jugando al dominó en plena calle, por ejemplo.
Antes de decidir cambiar de aires e ir a la playa, el Museo de Arte Moderna da Bahía en el Solar do Unhao merece una parada. Junto a la ciudad baja, pasando el Mercado Modelo y la orilla del mar se encuentra este antiguo complejo colonial que comprendía un casarón, una iglesia de la propiedad, la casa de los esclavos y una fábrica de azúcar. Hoy, el edificio acoge un restaurante de lujo y el museo, reservado grandes pintores del siglo XX. Si se visita en verano, los sábados por la tarde se hace un concierto gratuito de jazz al aire libre en sus jardines.
Aún antes de las playas, otra iglesia. Nosso Senhor do Bonfim da Bahia. Situada más al norte que el centro. Es la más popular de Bahía y de ella nació la tradición de las pulseras de colores. Comprobar la cantidad de fitas que hay atadas a las barras de hierro que protegen la iglesia, es tomar contacto con la intensidad de la fe de los bahianos (y de los no tan bahianos).
[editar] Las playas
La más cercana al centro de Salvador es la agradable playa de Porto da Barra. Una pequeñísima bahía que está abarrotada los fines de semana, pero que tiene aguas muy tranquilas y que está flanqueada por dos fuertes a cada extremo de la bahía, el Fuerte de Sao Diogo y el Fuerte de Santa Maria.
Poco después de esta playa, rumbo al norte, se encuentra Rio Vermelho. De cierto modo, el barrio bohemio de la ciudad, reducto de artistas. Con ambiente selecto en algunos lugares, es por lo general bastante popular. Una buena opción de paseo para tomar contacto con el cotidiano de Salvador, lejos de los atractivos turísticos. Aquí, en el Largo Santana, junto a la playa, está la Barraca da Dinha, un kiosco donde dicen vender el mejor acarajé de toda Bahía. Sólo le hacen competencia el acarajé 'da Regina' (en un kiosko también en Rio Vermelho) o el de Cira, en la playa de Itapua. La próxima parada.
Por la avenida que bordea la costa se irán sucediendo las diferentes playas de Salvador. La primera, Itapua, famosa por Dorival Caymmi y Vinícius de Moraes que la hicieron célebre con su canción “Tarde en Itapua”. De escaso oleaje y flanqueadas por sutiles dunas y una infinidad de cocoteros. Siguen las playas de Stella Maris (también llamada Catussaba) y Flamengo. La más frecuentada es la Playa de Aleluya, y su famosa Barraca do Lôro, el chiringuito de playa con mejor infraestructura de Salvador y el más codiciado, por supuesto.
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