Una pincelada en la historia de Portugal
De WikiDeViajes
En la pequeña población de Vila Nova de Foz Côa se encuentran los vestigios de los antepasados portugueses más remotos. Se trata de una serie de pinturas rupestres del Paleolítico. Declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1990, estos signos confirman que la región lleva habitada desde el Paleolítico Superior, de entre 10 000 y 40 000 años atrás.
Hacia el año 700 a.C. los pueblos celtas empezaron a llegar a la Península Ibérica y ocuparon las regiones norte y oeste de Portugal. Más al sur, mercaderes fenicios, seguidos por griegos y cartaginenses fundaron asentamientos costeros y abrieron minas de metales hacia el interior.
Los romanos también entraron en Portugal por el sur. Invadieron el país cerca del año 210 a.C., pero se encontraron con la fuerte resistencia de los lusitanos –tribu de guerreros celtas que habitaban las tierras entre el Tajo y el Duero- que lograron frenarles durante medio siglo. Sin embargo, la resistencia no fue suficiente para contener el avance de los romanos y en el 19 a.C. éstos ya habían eliminado todo rastro de lusitano.
La capital, Olisipo (Lisboa) se fundó en el 60 a.C. y fue en esta época en la que el Cristianismo empezó a arraigarse firmemente. Cuando cayó el Imperio Romano en el siglo V, Portugal llevaba seiscientos años bajo su poder. De esta época proviene su nombre, que deriva de Portus Cale, nombre que los romanos dieron a una población cercana a Oporto, más concretamente en la orilla opuesta del Duero.
Invasores bárbaros provenientes del norte de Europa, ocuparon el espacio dejado por los romanos. Vándalos, alanos, visigodos, suevos… fueron los visigodos arios de fe cristiana los que terminaron por asentarse en estas tierras.
Los visigodos fueron obligados a abandonar estas tierras cuando llegaron los musulmanes desde norte de África en el año 711, que pronto ocuparon grandes extensiones del litoral meridional de Portugal. Los húmedos parajes del norte de Portugal tuvieron poco atractivo para ellos que concentraron sus esfuerzos en el próspero valle del Tajo, en las ricas tierras del Alentejo y, sobre todo, en el Algarve.
Mientras tanto en el norte, las tropas cristianas fueron cobrando fuerza y conquistaron Oporto en 868. Fue desde aquí que Afonso Enriques lanzó su ataque hacia el sur para expulsar a los “infieles”. La victoria portuguesa en Ourique en 1139 fue un gran golpe para los musulmanes; en 1148 Lisboa estaba en manos de los cristianos y el título de Afonso Enriques como primer rey de Portugal había sido ratificado mediante el Tratado de Zamora.
Durante los 150 años siguientes, la principal preocupación de Portugal fue la poderosa vecina Castilla y sus grandes ambiciones territoriales. La guerra y los problemas con la corona de Castilla no tardaron en llegar. Durante las décadas siguientes se sucedieron una serie de alianzas, matrimonios y traiciones que llevaron largos años de batallas. La independencia de Portugal del reino castellano no se consolidó hasta el final de 1385, con una estratégica y brillantes victoria de las tropas portuguesas.
En 1415, Portugal dio su primer paso hacia su edad de oro con la conquista de Ceuta. A partir de entonces, el reino portugués dio ‘rienda suelta’ a la conquista de territorios en ultramar, empezando su fructuosa etapa colonizadora. Con Enrique, El Navegante a su frente, las extraordinarias exploraciones marítimas transformaron el pequeño reino portugués en un enorme poder imperial.
Entre 1419 y 1497, los portugueses descubrieron Madeira y las Azores, exploraron la costa oeste africana, rodearon en Cabo de la Buena Esperanza y encontraron una ruta marítima hacia la India y más allá, por lo que Portugal se convirtió en la principal potencia comercial del mundo.
La llegada de miles de judíos expulsados de España por los reyes Católicos en 1492, también supuso un pequeño impulso a la economía y al comercio portugués.
El descubrimiento de América por Cristóbal Colón dio lugar a un nuevo brote de rivalidad con el reino de Castilla y Aragón, las dos grandes potencias navegantes de la época que ansiaban por repartirse el ‘nuevo mundo’. La situación se resolvió con un decreto papal de 1497, el “tratado de Tordesillas”, según el cual el mundo se dividía en dos grandes partes a partir de una línea trazada a 370 leguas a partir de Cabo Verde. Portugal ganó las tierras situadas al este de la línea, Brasil incluido y oficialmente anexionado en 1500.
Sin embargo esta época de bonanza no duró demasiado. El alto coste de las expediciones y de la manutención del Imperio, unidas a una ambición incansable por conquistar nuevos territorios marcó el estrepitoso declive del imperio portugués. Tan debilitada estaba la Corona, que el rey español Felipe II no tuvo demasiados problemas en hacerse con el territorio y el trono portugués. Se terminaban así siglos de independencia del reino portugués y su época áurea.
Aunque lograron volver a independizarse en 1640, el imperio portugués se desvanecía. Su salvación vino de Brasil con la descubierta de cantidades ingentes de oro y diamantes en sus minas. Las arcas portuguesas volvieron a llenarse. Tan rápido como entraba el dinero, volvía a salir. El rey despilfarraba a riqueza de la corona en lujos y palacios.
En esta época, Portugal tuvo la suerte de tener como primer ministro al Marquês do Pombal, hombre que creía en el Despotismo Ilustrado e impulsó una gran campaña de modernización masiva en Lisboa tras sufrir ésta el terrible terremoto de 1755.
El ascenso de Napoleón al poder supuso una nueva gran amenaza para el país. Los franceses ocuparon Lisboa en 1807, y Joao VI y su familia se vieron obligados a huir a Brasil, dejando a Portugal sumida en la Guerra de la Independencia. Fueron los ingleses quienes acudieron en su auxilio y lograron expulsar a los franceses en 1811. En ausencia de la corona, los liberales portugueses redactaron una nueva constitución. El rey la aceptó, pero la reina y su hijo menor, Miguel, lideraron un movimiento reaccionario haciendo que éste llegara al poder que instauró, otra vez, la monarquía absolutista.
A su vez, Pedro I, príncipe regente en Brasil encabeza un golpe de Estado y declara la Independencia de Brasil y se autoproclama su nuevo emperador de la ex-colonia.
La segunda mitad del siglo XIX fue un periodo extraordinario para Portugal y se dio a conocer como una de las sociedades más avanzadas de Europa, época de un gran crecimiento industrial. Sin embargo, hacia 1900 el descontento general entre los trabajadores -fruto de las consecuencias de la Revolución Industrial- llevó a las clases medias y bajas a aspirar hacia un nacionalismo republicano. En 1908 se dio un golpe de Estado fallido, sin embargo, al cabo de un mes el rey Carlos I y su heredero Luis Filipe fueron brutalmente asesinados en Lisboa.
El 5 de octubre, tras un levantamiento militar, se declaró la República. Sin embargo, el país cae en el caos, y en los 16 años siguientes se sucedieron 45 gobiernos diferentes.
En 1926, un golpe de estado instauró a António de Oliveira Salazar como primer ministro. Se iniciaba así la dura dictadura a la que Portugal fue sometida en los casi 50 años siguientes. Curiosamente, y como ya había sucedido anteriormente, su caída estuvo asociada al afán de no abrir mano de las Colonias africanas. Estas expediciones militares eran cada vez más costosas y menos populares, hasta tal punto que los propios comandantes del ejército se volvieron en su contra.
Salazar no murió antes de ver la caída de su régimen. Fueron esos militares a favor de la libertad en África quienes lideraron el golpe que derrocaría la dictadura, el 25 de abril de 1974. Más tarde la llamaron “la revolución de los claveles”, porque los soldados victoriosos enarbolaban claveles en los cañones de sus escopetas.
Una vez tranquilizados los ánimos revolucionarios, Portugal se entregó a un gobierno moderado, comprometido con una mezcla de socialismo y democracia, con Mário de Soares como el primer jefe del Estado Civil en sesenta años.
En 1986, Portugal entra en la Comunidad europea junto con España.
Regresar a la entrada Portugal
