Siguiendo la Ruta de la Seda

Uzbekistán

La Ruta de la Seda fue una red de rutas comerciales que unían China con Europa a partir del siglo I a.C. Se piensa que uno de sus precursores fue el emperador Wu (que gobernó desde el año 141 al 87 a.C.), que oyó hablar de pueblos civilizados en las regiones occidentales más allá de las tribus bárbaras. La ruta lleva su nombre por las sedas que se comerciaban desde China, que eran muy valiosas para los romanos y las subsiguientes civilizaciones occidentales.

 

SAMARCANDA: el cruce de culturas 

Samarcanda se encuentra en el valle del río Zerafshan, y es una ciudad tan antigua como las míticas Roma y Babilonia. Su historia abarca unos 2.500 años, y en ese tiempo ha sido testigo de la agitación que provocó Alejandro Magno, la conquista árabe, la de Gengis Kan y la de Tamerlán, que la convirtió en la capital de su imperio. Desde su nacimiento, Samarcanda ha sido un lugar de encuentro y mezcla entre culturas tales como la iraní, la india, la mongola, y con influencias tanto del Lejano Oriente como de Europa en el Occidente.

La ciudad de Samarcanda, majestuosa y enormemente bella, tiene un poder atractivo enorme. Los poetas e historiadores del pasado la llamaban “la perla preciosa del mundo musulmán oriental”, “la Roma de Oriente”, y otros muchos nombres bucólicos que demuestran su importancia y belleza en el pasado. Su emplazamiento único en el valle de Zerafshan hizo que se convirtiera en parada obligatoria a lo largo de la Ruta de la Seda, y ocupó durante siglos una posición de suma importancia en Asia Central.

A lo largo de la historia, esta ciudad de ensueño en la Ruta de la Seda vivió épocas de esplendor y de decadencia, sufrió invasiones de gobernantes forasteros y volvió a resurgir, una y otra vez, a cual más bella. Por Samarcanda cruzaban las rutas hacia Persia (por el oeste), China (al este), y la India (al sur).

Hoy, la ciudad de Samarcanda es un tesoro testigo de otra era y esplendor, y posee un espíritu único que le ha garantizado su lugar entre los monumentos del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, tanto por la abundancia de material arqueológico como por la calidad del mismo y su significancia simbólica.

 

BUKHARA: la ciudad sagrada y noble

Puede que Samarcanda siga siendo la ciudad más conocida de este país, pero para sumergirse en la vida e historia del lugar también debemos prestar atención a esta maravilla. Por encontrarse en un oasis en el desierto, Bukhara fue una de las ciudades sagradas de Asia Central. Se convirtió en la Edad Media en un centro de referencia para intelectuales, científicos, arquitectos, artistas y otros pensadores. Era, en esta época, la Ciudad de la Luz y se consideraba un centro glorioso al que todos los intelectuales soñaban con acudir para participar de su fulgor. Uno de los grandes sabios del mundo musulmán, para nosotros conocido como Avicena, nació en una pequeña aldea cercana y, en cuanto pudo, se trasladó a esta ciudad de las artes y las ciencias, donde comenzó su prestigiosa carrera.

Dentro de Bukhara, el espectador se quedará maravillado con la Ciudadela de Ark, del siglo V de nuestra era, con su aspecto de fortaleza que abarcaba el complejo de la residencia de los emires de la ciudad. Esta residencia se mantuvo casi ininterrumpidamente ocupada hasta el año 1920, fecha en que fue bombardeada por el Ejército Rojo durante su revolución.

Aunque la ciudadela quedó devastada en buena parte, ha sido posteriormente reconstruida, y la visión de sus muros inexpugnables y sobrecogedores a la caída del sol es un espectáculo que, por sí solo, merecerá el viaje.

 

KHIVA: el último oasis

Esta ciudad, que te dejará boquiabierto por mucho que te la describamos, era el último oasis en la Ruta de la Seda antes de entrar de lleno en el desierto de Karakum (arenas negras), de camino hacia Persia, y fue, a lo largo de la historia, una población enormemente rica, como queda constancia en los restos que podemos ver a día de hoy.

Khiva fue la capital de una antigua civilización que se encontraba en el delta del Amu Darya llamada Khoresma. La monumental muralla que la rodea y que forma la fortaleza Ichan Kala tiene una longitud de dos kilómetros, una altura de ocho metros y un espesor de seis, y está construida con barro cocido y ladrillos. Su origen se remonta al siglo V d.C., aunque a lo largo de la historia ha sufrido multitud de cambios y ha vivido numerosas reconstrucciones.

Pero lo verdaderamente impresionante se encuentra tras los muros, al acceder, a través de la enorme puerta, al interior de la fortaleza. En este espacio de 600 metros de largo por 400 de ancho se aloja un verdadero laberinto donde, a lo largo de los siglos, se creó lo que hoy parece un museo al aire libre, sembrado de magníficos conjuntos arquitectónicos decorados de azulejos. Pasear por las callejuelas y rincones, a los pies de los bellos minaretes, transporta al visitante a los cuentos de “las mil y una noches”.

¿Quieres realizar, como se ha hecho durante milenios, el camino de la Ruta de la Seda y sentirte extasiado con el esplendor de antiguas civilizaciones monumentales? Descubre la apasionante historia de Uzbekistán a través de sus restos arqueológicos. 

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