Roma y la Costa Amalfitana

Te gustará

Pasear por Roma, monumental y cercana, que nunca cansa y ofrece buenos planes para todos.

Explorar Nápoles, controvertida y llena de historia y situada en un golfo espectacular.

Descansar en Positano, un pueblo de pescadores que mantiene su sabor.

 

Día 1. Salida de Madrid con destino Roma. Alojamiento en la ciudad.



Días 2 y 3. Estancia en Roma.
Pocas ciudades tienen el encanto de Roma, su majestuosidad, su carga de historia, tanta belleza en edificios, esculturas, monumentos, plazas, calles... Roma es una fiesta para los sentidos y un espectáculo continuo al que contribuye la particular vitalidad de los romanos.

Dos días enteros darán tiempo para disfrutar de cuanto ofrece, aunque no de agotar todos los planes y visitas posibles. Recorrer la Pizza de Spagna, la Piazza Navona o la del Campidoglio, acercarse al Vaticano y entrar en la basílica de San Pedro y en sus extraordinarios museos, caminar por los Foros, visitar el Coliseo, dejarse sorprender por la cúpula extraordinaria del Panteón ... serán algunos de los planes posibles para gozar de la capital de Italia.



Día 4. Un coche de alquiler dará la libertad necesaria para organizar el viaje al gusto y al ritmo de cada cual. Por la mañana, será cuestión de dirigirse hacia Nápoles. Y merecerá la pena desviarse en el camino para detenerse en Caserta y visitar su Palacio Real. Su localización, en medio de elegantes jardines y el lujoso aparato de sus decoraciones, en un entorno alegre y luminoso, justifican de sobra la visita. A poca distancia se llegará a Nápoles, donde se hará noche.



Día 5. Estancia en Nápoles.
Nápoles es una joya, aunque a primera vista aparezca desordenada y en muchos aspectos decrépita. Pero es que es una capital donde el Mediterráneo parece concentrar todas sus esencias y sus sabores más populares, destilados en el correr de la historia. Nápoles es una gran ciudad que el viajero debe aprender a vivir olvidando los agobios, las solicitudes de chicos y grandes, el trajín a veces exagerado de la calle.

Iglesias, palacios, museos, el centro histórico -declarado Patrimonio Artístico de la Humanidad- y la gente no pararán de sorprender al visitante, atento a esa belleza tan italiana y tan presente en todos los rincones, que la ciudad ha ido acumulando a lo largo de los siglos.



Día 6. Las ruinas de Herculano y, sobre todo, de Pompeya se encuentran cerca de Nápoles y son visita obligada para cualquier viajero. Pompeya, destruida por la erupción del cercano Vesubio, sigue siendo el mejor ejemplo de una ciudad romana casi viva. El volcán, con sus 1.277 metros de altitud, es el destino de una agradable excursión. La extraordinaria panorámica que ofrece sobre Nápoles y su bahía merece realmente la pena.

A última hora de la tarde se llegará a Sorrento, una localidad tradicional en el veraneo de los italianos, con vistas admirables al golfo de Nápoles, donde hoteles y villas se ocultan entre exuberantes jardines. Multitud de naranjos y limoneros alegran la ciudad y los campos que la rodean. Noche en Sorrento.



Día 7. Estancia en Sorrento.
Sorrento es un buen punto de partida para visitar la península sorrentina. En su recorrido el viajero descubrirá impresionantes paisajes en los que se suceden acantilados, profundas quebradas cruzadas por puentes de vértigo y torres sarracenas encaramadas sobre espolones de piedra. Noche en Sorrento.



Día 8. Desde aquí es casi obligada una visita de la Isla de Capri. La suavidad de su clima, la variedad de su exuberante vegetación, lo cuidado del entorno, a pesar de la gran cantidad de visitantes, han hecho de esta pequeña isla un mito que merece la pena conocer. Noche en Sorrento.



Día 9. La costa amalfitana es un lujo de paisajes, de clima y de belleza. Habrá que tomarse el día para recorrerla y para perder el tiempo en sus pueblos, siempre de moda entre los italianos más sofisticados. Positano puede ser la primera parada. Sus pequeñas y blancas casas cúbicas se pierden entre jardines frondosos que descienden hacia el mar formando terrazas. Tras Positano se llega a Amalfi, con sus altas y blancas casas encaramadas en las paredes rocosas frente a un mar profundo, y con su espectacular duomo. 

Ravello, por su lado, aparece colgado entre el cielo y el mar, ofrece un paisaje inolvidable con callejas, escaleras y pasajes abovedados que parecen trepar por las laderas de las colinas. Finalmente, un poco más lejos, no puede faltar una visita a Paestum cuyos templos devuelven al viajero al equilibrio clásico de la antigua Grecia. Noche en Sorrento.



Día 10. Es hora de regresar. El avión espera en el aeropuerto de Nápoles, a donde habrá que acudir para devolver el coche y luego tomar el vuelo con destino a Madrid.

 

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