Gorilas en la niebla. Uganda

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Pablo Strubell e Itziar Martínez-Pantoja llevan mucho tiempo viajando por África y contando sus andanzas en el blog África de cabo a rabo, cuya lectura os recomendamos porque es un placer. Hoy os traemos uno de sus artículos, en el que Pablo nos relata su visita a los gorilas en el bosque impenetrable de Bwindi, en Uganda.

Pablo e Itziar.jpgEquipados con palos para ayudarnos a caminar; con chubasqueros, por si llovía; algo de comer y agua, por si la travesía era larga; y con los calcetines por dentro de las zapatillas ,contra las hormigas, partimos en busca de los gorilas. A los 24 guiris que estábamos allí nos repartieron en grupos de 8.

Aunque nunca se sabe el lugar exacto donde van a estar, nosotros pedimos ir a alguna familia que estuviera alejada de la zona de la entrada: estando en un bosque húmedo tan espectacular como era aquel, tampoco era plan caminar una hora y encontrarlos fácilmente, sin poder disfrutar apenas de uno de los bosques más impactantes en los que habíamos estado.

La naturaleza se alió en nuestro favor. En vez de la lluvia habitual en esta época, lucía un bello sol que hizo que los senderos no estuvieran llenos de barro, lo cual nos per mitió disfrutar más del recorrido. Y cuando llevábamos apenas media hora de recorrido, el guía se puso en contacto con dos rastreadores que partieron al amanecer para saber dónde estaban. Resultó que estaban allí cerquita, a la vuelta de la esquina como quien dice.

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Cuando nos lo comentó me dio mucha rabia: te dejas 350 dólares y casi ni disfrutas del bosque, de estar en aquel lugar tan remotamente salvaje. Yo buscaba la aventura, el trepar por laderas embarradas, ir lejos en su búsqueda… no sentir como si estuviera en un zoo o algo parecido. Pero la naturaleza es así: resultaba que el grupo de gorilas que íbamos a buscar, ayer eran los más lejanos, pero hoy estaban ahí mismo. En una hora habíamos llegado ante ellos.

Lo cierto es que en ese momento me emocioné: aunque aún no podíamos verlos, podíamos oír cómo arrancaban y movían las hojas; estábamos apenas a diez metros de unos bichos tres veces el tamaño de un humano y, aunque son tremendamente pacíficos, estábamos en su territorio. La sensación de miedo, de incertidumbre y de estar en un lugar único se conjugaron para que nuestros corazones se pusieran a mil. 

Los dos rastreadores quitaron la maleza que había, despejaron las ramas y hojas para que pudiéramos ver lo mejor posible a los gorilas. Y ahí estaba el macho de espalda blanca. El líder del grupo. Cronómetro en marcha, teníamos 60 minutos para estar allí, a 7 metros, para verlos, escucharlos, olerlos. Y eso hicimos, mientras ellos pasaban de nosotros con normalidad.

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La oportunidad era sensacional: el estar así de cerca y observarlos es el final de un proceso de habituación que dura, al menos, un año. Una vez detectada una familia que se quiere habituar, se empieza a seguirla día tras día. La reacción inicial de los gorilas es huir. Pasado un año más o menos, empiezan a ver que esos humanos no hacen nada contra ellos, se relajan y ese es el momento en que se empiezan a acercar y observarlos más de cerca. Suele pasar otro año antes de que se considere que los turistas podemos acudir a visitarlos a ellos también, gracias al trabajo de los rastreadores y habituadores. Por eso, esa experiencia es tan sensacional. Estar allí es la culminación de un largo proceso.

Pero la hora pasa volando. Entre ver cómo come el macho, luego cómo duerme, luego aparece una hembra y se esconde detrás, y finalmente un gorila de un año, ya ha pasado la hora y nos tenemos que ir. Seguramente es la actividad más cara que he llevado a cabo en mi vida, pero no permiten extenderla más para limitar el riesgo de transmitir enfermedades humanas a los gorilas, algo que podría ser devastador.

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Así que apaga y vámonos. Fin de las fotos, regresamos al punto de partida. En total, habían sido tres horas. Pero a día de hoy, dos semanas después, aún no se si ha sido una de las experiencias más decepcionantes en la naturaleza que haya tenido en África. Seguramente porque iba cargado de expectativas, ayudado por el hecho de que conseguir los permisos no resultó fácil, por lo leído y escuchado de otros viajeros, por lo que sea. Esperaba que fuera algo sensacional, espectacular, único. Y fue, ni más ni menos, la naturaleza en estado puro, sin trampa ni cartón. Y creo que yo esperaba otra cosa. Una pena, porque creo que es una de esas experiencias que uno hace una vez en la vida. Y tal vez ya sea demasiado tarde para repetir.

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