Uzbekistán, descubriendo la Ruta de la Seda

Sugerencias

Uzbekistán, el país de las grandes mezquitas y madrasas decoradas con finos mosaicos en tonos azules, alberga las ciudades más míticas de la legendaria Ruta de la Seda: Samarcanda, Bujara y Jiva. En nuestro viaje comprobamos que se trata de un país seguro para los viajeros y nos enamoramos de este enclave histórico habitado desde hace milenios, con una arquitectura de ensueño y un amable y hospitalario pueblo uzbeko.

 

Tashkent 

Nuestro viaje comienza en Tashkent, la “Ciudad de piedra”, el corazón económico y cultural de Uzbekistán y una antigua capital soviética con grandes edificios y avenidas donde viven 2 millones de habitantes. 

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Empezamos visitando el más popular de sus mercados, el bazar Chorsu, cuyo edificio principal está cubierto por una gran cúpula de color turquesa inspirada en la arquitectura persa y timúrida.

Paseamos entre la Plaza de la Independencia y la Plaza Amir Timur, unidas ambas por un gran parque con una bonita arboleda y numerosas fuentes, donde contemplamos el Monumento al Dolor de las Madres. Una llama perpetua recuerda a los 400.000 soldados uzbekos que murieron en la II Guerra Mundial.

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Conocimos también el Museo de Bellas Artes, la Biblioteca Moyie Mubarek (que conserva el que se considera el Corán más antiguo del mundo, del siglo VII), y la madrasa Barak Kan situada también en la Plaza Jast Imom.

Samarcanda

La ciudad más famosa de Uzbekistán es uno de los enclaves de Asia Central habitados desde más antiguo. En ella casi todos los grandes imperios de la antigüedad dejaron su huella, desde los griegos de Alejandro Magno hasta los persas, los seléucidas y distintas tribus túrquicas.

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Claramente dividida entre los barrios antiguos, tradicionales, y la zona nueva, la ciudad es mucho más que su famosa Plaza del Registan, el lugar por donde pasaban todos los caminos de la Ruta de la Seda y punto de encuentro del conocimiento. Visitamos sus 3 impresionantes madrasas o escuelas coránicas, del más puro estilo timúrida. la arquitectura timúrida se caracterizado por sus fachadas de azulejos de colores, cúpulas azuladas y el “pishtak” o arco sobre la puerta principal de entrada a los recintos. De izquierda a derecha se encuentran la madrasa Ulugh Beg, la Tilla-Kari y la Sher Dor.

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La madrasa Ulugh Beg: es la más antigua de todas pues data del año 1420, construida por orden del sultán Ulugh Beg y destinada al estudio de la ciencia, la astronomía, la filosofía y la teología. En su época de esplendor había unos 100 estudiantes viviendo en sus estancias.

La madrasa Tilla Kari: se edificó para cumplir tanto la función de madrasa como de mezquita. En ella destacan su elegante patio arbolado y la increíble cúpula dorada de la pequeña mezquita, además de la profusa decoración de motivos geométricos dorados y azulados.

La madrasa de Sher Dor: conocida también como madrasa del León, es al igual que la madrasa de Tilla Kari, una imitación de la Ulugbek y en su fachada resaltan dos grandes mosaicos de leones dorados sobre el fondo de azulejos añil.

Otro de los imprescindibles de Samarcanda que visitamos fue el Mausoleo de Tamerlán o de Gur-e-Amir, que alberga la tumba del gran conquistador, uno de los personajes más temidos y también admirados de la historia pues creó un imperio que conquistó, en el siglo XIV, la mayoría de los países que forman Asia Central. Sin duda el mausoleo es el lugar con más magia de toda la ciudad, por la belleza de su arquitectura, los colores y detalles y su impresionante cúpula azulada.

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En Samarcanda conocimos también los mausoleos Ak Saray y Rujabad, la Mezquita Hazrat-Hizr y la Mezquita Bibi-Janym y el Observatorio Astronómico de Ulugh Beg. Finalmente visitamos la necrópolis de Shah-i-Zinda, que nos impresionó porque reúne en un solo espacio un conjunto de 18 magníficos mausoleos.

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Partimos de Samarcanda con la sensación de haber estado en un lugar vivo de la Historia, donde sus enormes dimensiones, la cuidada arquitectura y su propia historia te dejan sin aliento.

Bujara

La ciudad cuenta con una rica historia de más de un milenio, desde Alejandro Magno y Gengis Kan hasta la época soviética, y aunque está bastante enfocada al turismo su conjunto monumental es digno rival en belleza del de Samarcanda.

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Comenzamos a conocer Bujara por la Plaza Lyabi-Hauz, el corazón del centro antiguo, con la madrasa Nadir Divanbegi y la madrasa Kukeldash, y después nos dirigimos a la Plaza Ulugbek donde se encuentran las madrasas de Ulugbek (construida en 1417, resulta ser la más antigua de Asia Central) y Abdul Aziz Jan, ambas con tiendas de souvenirs en su interior.

Paseando descubrimos los bazares (Taki-Sarrafon, Taki-Telpak Furushon, y Taki-Zargaron), con su artesanía, joyas y alfombras, y tras dejarnos llevar por su bullicio llegamos al complejo Po-i-Kalon, donde destaca el minarete Kalon, icono de Bujara.

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El intrincado laberinto de callejuelas del centro histórico nos transportó a una época pasada donde el tiempo parecía haberse detenido, una sensación que nos acompañaría durante todo el viaje.

Jiva

Habiéndonos desviado de la ruta principal de las grandes urbes, y tras un largo recorrido en coche, llegamos a esta pequeña y tranquila ciudad-museo. Atravesar las imponentes murallas de adobe de esta Ciudad Vieja es adentrarse en una ciudad islámica de hace más de cinco siglos.

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Jiva es sobre todo su ciudad amurallada, Itchan Kala, Patrimonio de la Humanidad desde 1990. Caminamos por sus estrechas calles admirando las madrasas y mezquitas, subimos al mirador del fuerte de Kukhna desde donde tuvimos las mejores vistas de la ciudad, conocimos el antiguo bazar de esclavos y visitamos alguno de sus museos.

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La paz que transmite Jiva fue el punto final perfecto para este gran viaje por Uzbekistán que nos permitió sentir y conocer de primera mano las espectaculares ciudades de la antigua Ruta de la Seda, mezclarnos con su gente y saborear su esencia milenaria.

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Iñigo Martín

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