Cuaderno Deviaje 8

Sugerencias

Estos 30 años de trayectoria de Deviaje nos han permitido vivir experiencias insólitas y singulares, y siempre hemos vuelto a casa con la retina llena de nuevos rincones y de momentos inolvidables.

En el relato de hoy abordamos la séptima etapa de nuestra vuelta al mundo en 33 días, descubriendo el amazonas peruano.

7ª ETAPA. HACIA EL AMAZONAS PERUANO: IQUITOS.

El vuelo que nos llevaba desde nuestro anterior destino, la isla de Rapa Nui, en el Pacífico, a la selva Amazónica de Perú fue el único en el que tuvimos un retraso de todo el viaje. El motivo: un avión ambulancia que venía de Santiago de Chile para recoger a una persona enferma  que nos obligó a esperar su llegada.

La norma es no permitir ningún despegue sin que el avión que está en camino llegue a la Isla y esto es para evitar que el avión que va a despegar tenga un incidente en la pista,  la inutilice y provoque que el avión que tiene que aterrizar no pueda hacerlo. Si eso ocurriera, si el avión no pudiera aterrizar, no tendría carburante para regresar al aeropuerto de origen. Esta espera nos permitió visitar la pintoresca capital de la Isla, Hangaroa que tiene 7.000 habitantes y que es una ciudad muy coqueta y diferente.

Tras casi seis horas de vuelo, comenzamos la aproximación al Aeropuerto de Iquitos sobrevolando la cuenca Amazónica con su impresionante verdor y la puesta de sol reflejada en los meandros del Amazonas.

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Iquitos es la ciudad más grande del Amazonas peruano. Situada en la confluencia de los ríos Amazonas y Nanay, tuvo su esplendor en la época de la fiebre del caucho y  aunque no es  especialmente bonita, mantiene aún algún edificio de la época de su esplendor económico. Visitamos un mercado muy interesante, el de Belén, donde pudimos ver verduras, frutas y pescados muy exuberantes y desconocidas para nosotros.

Nuestro crucero, con solo 12 habitaciones, nos introducía en un mundo natural absolutamente virgen... en esos cuatro días no vimos ningún otro barco de modo que nos sentíamos realmente especiales. 

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Hicimos también excursiones por esta selva verde, poblada por enormes lianas, ficus gigantescos e increíbles bromelias.

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Pudimos ver bandadas de loros y guacamayas que atravesaban el cielo con potentes chillidos, monos ardillas jugando entre las ramas y los peculiares y únicos delfines rosados que navegaban alrededor de nuestra embarcación. 

Además, compartimos algún día con  distintas comunidades que habitan la zona y que nos dieron otra perspectiva de cómo se puede vivir con lo que te ofrece tu entorno cercano.

Fueron realmente 4 días muy inspiradores que enriquecieron mucho nuestro viaje.

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Continuará...

Antonio Villanueva

Nueva Orleans: Beignets, penaut butter & sabor latino

En abril de 2013 emprendí un viaje de los más divertidos y animados que recuerdo en mi vida: Nueva Orleans. Como en la mayoría de mis viajes, conté con los magníficos servicios de mi estimado Paco Gude y el extraordinario equipo de De Viaje.

Cada vez que vuelo a los EE.UU., y cuando tengo que hacer escala previa a mi destino final, siempre hago noche en el aeropuerto al que llego en el vuelo internacional desde Madrid. Y en esta ocasión, como íbamos a Nueva Orleans (en adelante N.O.), volamos a Dallas FortWorth, aeropuerto donde decidimos dormir.

La razón de hacer esto es porque, generalmente, me suelen retener en inmigración al llegar a los EE.UU. No me pregunten porqué. Una vez se lo pregunté al agente de aduanas y por respuesta obtuve un “Si no quiere que le embarque en el próximo avión de vuelta a España no haga preguntas…”, así que decidí asumir sin más mi confinamiento temporal cada vez que aterrizo en los EE.UU.

NUEVA ORLEANS – EL HOTEL

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Nos alojamos en el Hotel Le Pavillion; un clásico, con una construcción que recuerda el estilo de edificios de la época de las plantaciones, la Guerra de Secesión, etc. Pero, como todos los clásicos, al menos por aquel entonces (2013), necesitaba una actualización interior urgente. Especialmente en sus habitaciones. Pero, en fin, para gustos, los colores.

De mi estancia en Le Pavillion, me gustaría recordar dos anécdotas de este hotel:

La 1ª: tuvimos como compañera de habitación una braguita tipo tanga de alguna cliente anterior, que descubrimos por casualidad debajo de la cama y que pese a nuestras repetidas advertencias, no conseguimos que retirasen, con lo que nos hizo compañía durante tres días y noches…

La 2ª: la de la mantequilla de cacahuete. Ya sé que puede parecer algo raro que empiece hablando de un tanga usado y continúe con la mantequilla de cacahuete. Pero no busquen ustedes la connotación “picante” al asunto…

Le Pavillion tenía una tradición cuando menos curiosa: todas las noches se montaba una mesa larguísima en el hall del hotel a partir de las 22:00 horas, una barra libre de rebanadas de pan de molde, botes y botes de mantequilla de cacahuete y frascos y frascos de mermelada de arándanos…

Y sean o no clientes, personal del hotel o simplemente gente que pase por la calle pueden servirse a gusto hasta reventar…en fin, surrealista.

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NUEVA ORLEANS – LA CIUDAD

Nueva Orleans es una ciudad fascinante, viva, llena de energía y en cierto modo, como los murciélagos, se despierta cuando anochece, y se va a descansar (que no dormir) cuando el sol levanta.

Las noches las pasamos recorriendo el Barrio Francés con sus múltiples locales de jazz, de música en vivo, auténticos restaurantes de cocina cajún, bares infinitos donde no se alcanza a ver el fondo del local y, sobre todo, la Bourbon Street.

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Por el día, lo mejor es pasear por la orilla del río, el Riverwalk y probar los fabulosos beignet en Café Du Monde.

Pedro Martínez, amigo de Deviaje.

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