Relato desde el fondo de la tragedia

Yelitza Linares

(Nota de la redacción: hemos recibido este relato desde Venezuela, escrito al borde mismo de la tragedia que asoló parte del país como consecuencia de las inundaciones que se produjeron en el mes de diciembre. Lo publicamos tal como llegó, como un testimonio dramático de la situación que se vivió)

Yelitza Linares, coordinadora de Información Genérica de El Nacional, escribe el testimonio de las angustias vividas por ella, su familia y otras 40 personas, desde las 10:30 pm del 15 de diciembre hasta el sábado 18, en uno de los tantos edificios del 

litoral que sufrieron los embates de las lluvias y del lodo que bajó del Avila, el poder natural que se lo llevó todo. La periodista, todavía afectada, narra lo que le tocó sufrir en carne propia.

"Siempre dije que Macuto me parecía el sitio más lindo para vivir y sigo creyendo que, incluso, era el lugar más hermoso 

para morir. Sigo creyendo que no valía la pena cambiar la vista de mi balcón por una vivienda en Caracas. Lo sigo 

pensando, aunque sé que no volveré, así como ahora sé que creo en Dios"

Todos pensamos lo mismo cuando escuchamos aquellos gritos y toques de corneta: "No puede ser que los defensores del "Sí" estén celebrando el triunfo después de los 37 muertos que han dejado las lluvias". Eran las 10:30 pm del 15 de diciembre y Chávez acababa de hablar en cadena sobre la victoria del referéndum a favor de la nueva Constitución. Desde las ventanas del edificio Taguapire comenzó a verse gente correr calle abajo en pantalones cortos y sin franelas, bordeados de vehículos que, en caravana y con las luces encendidas, se desplazaban de manera atropellada, tratando de cruzar hacia otras vías. De repente, una familia con una bebé en brazos nos gritó desde abajo: "Abrannos la puerta, por favor, que viene el río". No había terminado de hablar cuando comenzamos a ver cómo una ola de agua marrón perseguía a un montón de 

personas que corrían despavoridas. Se fue la luz en el sector y con el olor a hierba, a verde, se instaló el pavor en todo el pueblo. Así comenzó ante nuestros ojos el desbordamiento del río Macuto.

En la primera media hora, el caudal de las aguas disminuyó y un vecino se atrevió a sacar su carro cuatro cuadras más abajo. Otros lo dudaron y hasta pelearon con sus mujeres antes de imitarlo. Pero, en el fondo, todos confiamos en que aquel fenómeno no iba a pasar de allí y que las rejas del estacionamiento resguardarían nuestros vehículos. Ilusos. Vimos minutos después cómo vino otra avalancha de agua, ahora un poco más fuerte. Se nos dificultaba la visión y apenas lográbamos divisar y escuchar los troncos y piedras que arrastraba el río a su paso.

A las 11:30 pm, la lluvia arreció y se escuchó algo así como un trueno, pero el sonido venía de abajo. Las aguas habían tomado mayor fuerza y comenzaron a arrastrar un microbús que chocó contra un tarantín de venta de hamburguesas y el apamate que iluminaba mi ventana en los días de mayo. Otros carros le siguieron, dando tumbos con las luces encendidas. El olor a gasolina invadió el ambiente.

De allí en adelante observamos con linternas cómo aquel poder natural acabó con las rejas de la edificación, se llevó nuestros carros e iba adueñándose de calles y casas. Hombres y niños salieron por el techo de la Escuela de Música Pablo Castellanos. Pedían ayuda. "Bomberos, bomberos, rescaten aquí a esta gente", gritamos impotentes, mientras los escasos 3 efectivos hicieron lo suyo para resguardarlos.

Cuando el río se llevó la carpintería que estaba frente al edificio, empezó a atentar contra la Panadería Apolo 8 y a entrar en 

la planta baja del Taguapire. Todos los vecinos (unos 40) decidimos subir al sexto piso y al penthouse.

Allí pasamos la noche en vela, escuchando aquel ruido tormentoso de las aguas revueltas y la lluvia que no cesaba. Algunos, masoquistas, se atrevían a asomarse al balcón con las linternas para ver el estacionamiento convertido en una profunda laguna de lodo. "¿Hasta cuándo va a llover, Dios mío?", se escuchó más de una vez.

Con la esperanza de que el amanecer borraría las angustias, esperamos el nuevo día, pero una neblina nunca vista en Macuto, con un aguacero nunca vivido en Macuto, acabó con nuestras ilusiones. "Lo mejor de la noche es que no se ve nada", dijo un vecino. Y era cierto: observar desde un sexto piso cómo a nuestro alrededor iban cayendo, por la inclemencia del agua, la panadería -"ahí van las neveras"-, la perfumería, la peluquería -"ujmm, ya no se ve"-, el abasto, el hotel, la casa vieja, la de Agustina, la de los Marchena... era muy doloroso. Doloroso, ver morir aquella hermosura de pueblo que fue Macuto.

Los niños se asomaban curiosos mientras los padres los llamaban: "Ven, no te mojes". No queríamos que vieran aquellas dramáticas escenas. "La vida es bella", qué oportuna la historia fílmica de Benigni.

Unos veían atónitos por el frente, la fuerza del agua golpeando inclemente a un árbol, levantando una ola y chocando contra el edificio; otros, por la retaguardia pensaron lo mismo cuando vieron caer una casa de 3 pisos: "Asimismo puede llevarse al Taguapire", y alguien dijo: "Subamos al penthouse; el agua llega al primer piso". Más arriba sí creímos que íbamos 

a morir. Sentíamos los golpes en las bases de la edificación, la estructura vibró varias veces mientras las familias, en llanto, 

se fueron tomando de las manos. Todos mudos, hasta que una señora creyente nos invitó a rezar, y comenzó el rosario más largo, intenso y sentido de mi vida. En voz alta y casi gritando, implorando, oramos con la manos extendidas por más de media hora. Mi hijo repetía, convencido, los rezos que nunca le hice aprender y me levantaba las manos cuando el cansancio 

me las iba bajando. "Sigamos rezando -dijo Humberto-, el cauce del río se ha desviado", y era cierto, seguía lloviendo pero ya no escuchábamos los golpes en las bases. Las aguas formaron una sedimentación de fango frente al edificio, y el río tomó otro rumbo. Subimos a la azotea para tratar de irnos en helicóptero, pero la lluvia y el poco espacio de la platabanda no lo permitieron. "Entonces bajaremos -señaló mi esposo- y caminaremos por el fango, que se ha secado, hasta aquel terraplén para que nos rescaten y si no pueden, nos meteremos en el edificio Cantaura, que es más alto y resistente". Y así fue. En el Cantaura vivimos dos noches sin sueño, con poca agua y comida -que logramos sacar de nuestras casas y de un abasto destruido-, con el olor a orine rancio en los baños; dos noches viendo cómo entraban a saquear uno de los apartamentos, dos nuevos intentos fallidos de abandonar aquello en helicóptero y muchos minutos compartiendo 6 latas de atún y la incertidumbre de nuestras vidas. El viernes a las 6:00 pm, convencidos de que nadie vendría a buscarnos con tanto herido y desvalido que había, decidimos que nos iríamos al día siguiente, caminando.

A las 7:00 am salimos con lo poco que logramos rescatar de nuestros hogares. "Cómo meter 18 años de vida en un morral", 

dijo llorando Marcos, mi vecino. Decididos a no pasar otra noche bajo aquel tormentoso ruido del río, emprendimos camino en un grupo grande, armados hasta los dientes para repeler a los vándalos que -según decían- podrían atracarnos en la vía. "Ahí viene el río, viene el río, métanse en el seminario", gritaron efectivos de Defensa Civil y corrimos despavoridos, 

empujamos a una joven que no nos quería dejar pasar, y la crecida no lo fue tanto, nunca será tanto como la del 15 de diciembre. Una hora después, cuando aclaró, y al ver que un grupo de ancianos eran la prioridad de un posible rescate aéreo, retomamos nuestro rumbo a pie entre escombros, barro, animales muertos, cadáveres y un intenso hedor a muerte. Tres horas después, sedientos y bajo un pesado sol, llegamos a Maiquetía, donde me rescataron mis ángeles de la guarda: unos amigos que fueron en mi búsqueda.

Siempre dije que Macuto me parecía el sitio más lindo para vivir y sigo creyendo que incluso era el sitio más lindo para morir. De todo el desastre, allí quedó la iglesia incólume, la pensión Guanche, La Guzmania tapiada, los techos rojos incrustados en el lodo, cerca de 6 edificios sentidos, algunos árboles que resistieron y el mar revuelto con el imponente Avila de fondo. Sigo creyendo que no valía la pena cambiar la vista de mi balcón por una vivienda más cercana en Caracas. Lo sigo creyendo aunque sé que no volveré, así como ahora creo en Dios.