Puntos filipinos

Juan M. Feliz

Me gusta ir a Intramuros en domingo. Exijo al taxista que me lleve por el Boulevard Roxas para ver el mar y llenarme con la luz daliniana de la Bahía, siempre cambiante. Al pasar por Luneta Park miro a la derecha para ver el Monumento a Rizal, rematado por la estatua del famoso héroe de la independencia filipina y custodiado por guardias uniformados que, en el más puro estilo Buckingham, aguantan sin pestañear bajo el tórrido sol tropical.

Me consuelo suponiendo que los soldados que realizan las guardias de mediodía estén redimiendo pena carcelaria y recuerdo el chiste del taxista José Lito Angustias: "¿Sabe por qué la estatua de Rizal está custodiada día y noche? Para que no se baje del pedestal y se vaya a los nightclubs."

Allí mismo fuí testigo un mediodía de la refinada técnica que un conductor de "kalesa" utilizaba para captar clientes. Vio a una pareja de turistas, quizás en luna de miel, con la cámara; frenó el caballo, saltó del carruaje y se ofreció a tomarles una foto a los dos juntos; así lo hizo y después regresó corriendo a la "kalesa" con la cámara; los turistas corrieron tras él y para recuperarla tuvieron que subirse, momento que aprovechó el conductor para arrancar y llevárselos de tour obligado por Luneta Park.

Un poco más allá me giro a la izquierda para ver el emblemático Hotel Manila, la "Gran Dama de la Bahía," y no puedo evitar acordarme de la respuesta que dió el pesado y prepotente Hemingway cuando le preguntaron como se distinguía una buena novela: "Es buena si está construida como el Hotel Manila", contestó. ¿Es que ni en el Lejano Oriente puede uno librarse de la presencia de ese yanqui? En la calle de la Estafeta de Pamplona, en la Cervecería Alemana de Madrid, en La Bodeguita de Enmedio de La Habana, en la Kenia de "las verdes colinas de África", y ahora en Manila con esa frasecita. Me solidarizo con la taberna madrileña de la Plaza Mayor que colocó un cartel a la entrada: "Hemingway never ate here".

¡Qué buena idea el Club de Golf de Intramuros! Es el primer campo de golf que conozco en el casco antiguo de una ciudad histórica. Ocupa lo que antes era el foso alrededor de la muralla, permitiendo que la podamos observar en toda su belleza como si fuese una joya engarzada en un "green" y evitando que los "squatters" hagan de la muralla una de las paredes de su casa.

Me apeo en el extremo de Intramuros más cercano al río, en el Fuerte Santiago, para desde allí ir caminando sin prisas, siguiendo siempre la dirección de la Calle Real de Palacio, tambien llamada General Luna, hasta el Bastión de San Diego. En ese recorrido, con pequeños desvíos, se pasa por los hitos más importantes de Intramuros: la Plaza Roma (antes Plaza Mayor), el palacio del Gobernador, la Catedral (reconstruída en el ‘58), Casa Manila, la Iglesia de San Agustín (único edificio de Intramuros que sobrevivió a los bombardeos americanos durante la II Guerra Mundial) y la Puerta Real por la que se sale de las murallas. ¡Pobre Manila! Lo que levantaron los españoles a lo largo de tres siglos y sobrevivió a los terremotos, lo arrasaron los americanos en dos semanas de bombardeos en febrero de 1945. (La fecha no se me olvidará porque cuando ésto sucedía en Manila nacía yo en Asturias).

Lo mejor de ir a Intramuros en domingo es que hay menos tráfico en la ciudad y más bodas en la Catedral y en San Agustín. Lo menos bueno de ir en domingo son los turistas japoneses. Un grupo de 40 turistas japoneses equivale a un "hemingway". Lo peor de los domingos son los "puntos filipinos".

Las bodas de la Catedral son todo un espectáculo al que contribuye en primer lugar el marco: la piedra, la cúpula, las vidrieras, el altar, los adornos florales… y todo envuelto en la música del órgano de 4500 tubos, el mayor de Asia. Pero lo que hace únicas a estas bodas es el elemento humano, impecable y tradicionalmente engalanado, desde los novios hasta los invitados pasando por los padres de los novios, los padrinos, la Dama de Honor (Maid of Honor), el Varón de Honor (Best Man), las damas de la novia, el niño de las arras, la niña del ramo de flores, los padrinos menores (el de la vela, el del velo y el de la cuerda que ata por siempre al matrimonio). Ellos visten su "barong tagalo" bordado a mano, completamente calado y hecho de fibra de piña o "jusi" (fibra de hoja de plátano). Ellas estrenan "ternos de jusi", también bordados a mano, con encajes y mangas de mariposa y zapatos hechos a la medida; en sus cuellos lucen perlas de Sulú. Y lo más sorprendente es que en algo tan exclusivo como una de estas bodas se pueda entrar con la cámara y fotografiar sin problemas a novios y acompañantes que posan encantados con la mejor de sus sonrisas, conscientes de que el fotógrafo es un intruso y de que nunca verán las fotos. Les encantan las fotos!

Me encontré con los "puntos filipinos" cuando iba de las bodas de la Catedral a las de San Agustín, que tampoco se quedan a la zaga. Una de las chicas, Perla, hizó un comentario sobre mi t-shirt y al decirle que tanto la camiseta como el que la vestía éramos españoles se estableció entre nosotros una corriente de simpatía y me presentó a sus compañeros, Reggie, Boy y Cora. Eran de Mindanao pero no musulmanes, habían venido a Manila a comprar ropa para su tienda de Zamboanga y, como era domingo, aprovecharon para visitar Intramuros. En Zamboanga mucha gente habla chabacano, pero ellos no, aunque sabían muchas palabras: "lamesa", "silya", los días de la semana, los números, guapo, "negosyo". Nos hicimos amigos, y además Perla era mona y coqueteaba. De los otros, el más chicharachero era Reggie, que tenía cara de enano, edad indefinida, voz entre chillona y afeminada, y pechos de treceañera; desde un principio dudé si era hombre o mujer, hasta su nombre era equívoco.

No quisieron entrar conmigo en San Agustín, donde había otra boda y donde siempre me paro a contemplar el sepulcro de Legazpi y las lápidas en español de los Ayala, Zóbel, Roxas y otras muchas familias españolas asentadas en Filipinas en el siglo pasado. Me esperaban a la salida. Cosa rara: a estos "puntos filipinos" no les gustaban las fotos.

"Interesante de verdad es", me dijeron, "la Iglesia de San Sebastián", en la Plaza del Carmen de Sampaloc, construída en acero según el diseño de un arquitecto filipino, en 1890. Debido a la humedad de Manila "hay que darle el mismo mantenimiento que a un barco". Así que tomamos un "jeepney" y nos fuimos para allá. Mis nuevos amigos se santiguaban cada vez que el "jeepney" pasaba por algún altar callejero con velas encendidas al Santo Niño. Para ser de Zamboanga conocían muy bien la ciudad. La popular iglesia de San Sebastián no me defraudó: había tal bullicio y fervor religioso que me dio la impresión de que se iba a producir un milagro en cualquier momento.

Cuando venían a Manila se quedaban en casa de sus primos porque "los hoteles son muy caros en Manila" y me invitaron a ir con ellos para "conocer a nuestros primos, para que veas como viven los filipinos de clase modesta". Esta vez viajamos en moto con sidecar (triciclo) que cabía por las estrechas y sucias calles de una barriada a la que no sabría volver de nuevo a pesar de mi buen sentido de la orientación. Dimos muchas vueltas.

Dentro de su modestia, la casa estaba muy limpia; los primos nos agasajaron con un gran plato de mango, ya pelado y cortado, y cerveza San Miguel en litrona. Después de un día caminando bajo el sol, aquello entraba sólo y tras varios vasos me entraron ganas de mear. Reggie, el hermafrodita, dijo, "Aquí no tenemos ‘comfort room’ pero Perla te dará unas friegas con alcohol y quedarás como nuevo". ¿Cómo negarse a despejar la incógnita de lo que podría pasar entonces? La tentación de caminar por el filo de la navaja me arrastró de nuevo.

Perla y yo subimos a la habitación abuhardillada del piso de arriba por una escalera de gallinero; había un camastro con una sábana limpia en la mortecina habitación. "Quítate la ropa". Me quité la camisa. "No, toda, para que no se te moje", y me dió una toalla para taparme. Así lo hice y, tumbado en la cama, me refregó por la cara, brazos, pecho y piernas. Su delicadeza y la evaporación del alcohol me produjeron una sensación de placer oriental.

De nuevo en la sala nadie parecía tener prisa, pero algo pasó. De repente noté una descarga de adrenalina y se me encendieron los sensores de peligro. Quizás fue que Boy, que no había abierto la boca en todo el día, no paraba de hablar mirándome fijamente a los ojos; o que ví erectos los pezones de Reggie bajo su camiseta.

Bruscamente me levanté y dije: "En 40 minutos me llaman por telefono al Hotel desde España". Nadie se opuso. Habían notado que yo estaba alerta y mi repentina reacción los pilló desprevenidos.

Tomé un "triciclo" para salir de la barriada y un taxi para ir a Robelle House. Cuando llegué casi no podía subir las escaleras que conducían a mi habitación. Pensé que estaba deshidratado. Desperté 13 horas después con la sensación de tener la tensión por los suelos. Me habían drogado.

-oooooo-

Dos semanas más tarde, por un sendero que conducía a las terrazas de arroz de Batad, en la Cordillera Central, encontré a una simpática pareja de catalanes, Alex y Anna. Conocieron a unos "puntos filipinos" en Intramuros y después de tomar mango y cerveza en su casa se quedaron atontados; hasta que no llegaron a su pensión de Malate en el taxi en que los abandonaron no se dieron cuenta de que les habían robado 800 dólares.

Según Manu Leguineche en "Yo te diré. La verdadera historia de los últimos de Filipinas", se llamaba "punto filipino" al peninsular que vivía en Filipinas sin oficio ni beneficios conocidos, pero dándose mucho postín. En Filipinas, sin embargo, un "punto filipino" es un mujeriego. Para mí, un "punto filipino" siempre fue "un elemento de cuidado", más bien pícaro que delincuente, el conductor de la calesa, por ejemplo. Los "puntos filipinos" de Intramuros ya habían traspasado la barrera que separa la picaresca de la delincuencia.

Manila, 12 de Octubre de 1998