El Valle de la Muerte

Santiago Casas

En forma de diario, El Valle de la Muerte relata una de las etapas del viaje que el autor hizo por el Oeste Americano y Polinesia)

* Día 21 de Agosto (Viernes)

Por la mañana seguimos viaje pero hacia el noreste. Al sureste está la Edwards Air Force Base (Base de la Fuerza Aérea de Edwards), pero nosotros fuimos en dirección a uno de los lugares que más me ha impactado en mi vida, y hoy en día se mantiene.

Tomamos luego una carretera más secundaria que deja a ambos lados el Weapons Center y un poco más al este, el Fort Irwin Military Reservation y a medida que avanzábamos poco a poco el paisaje se iba haciendo cada vez más inhóspito. Llegamos a un pueblo cerca de la entrada, y ante posibles imprevistos, llenamos de nuevo el depósito de gasolina pese a que había más de tres cuartos. Entramos en el parque por el oeste, por una carretera que avanza en dirección noreste, estábamos en El Valle de La Muerte (California, Estados Unidos).

Por fin entramos oficialmente en el parque, si bien el paisaje ya nos estaba indicando lo que nos íbamos a encontrar. Había carteles anunciando que se tomaran precauciones: Llevar el depósito de gasolina lleno (ya lo habíamos hecho), llevar agua (la llevábamos), apagar el aire acondicionado en determinados momentos (alguna que otra cuesta) para evitar calentones en los motores de los coches (también lo hicimos), en fin, toda precaución era poca, pues una avería allí podría resultar muy difícil de solventar, pese a ser una carretera más o menos concurrida y no separarnos ni un metro de ella.

Llegamos a un sitio donde una carreta recordaba el lugar donde fueron encontrados muertos unos colonos que intentaron atravesar el valle. El calor era ya agobiante, tal era, que incluso con el aire acondicionado al máximo, se empezaba a notar el calor exterior. El paisaje era desértico a más no poder. No un desierto como siempre hemos imaginado llevados por el del Sáhara, por ejemplo, sino pedregoso, ni una planta, por muy baja que ésta fuera.

Continuamos despacio, pues no había ninguna prisa y no queríamos forzar el coche. Además, queríamos disfrutar de esta irrepetible excursión, pues aunque se vuelva, la sensación que se pueda tener nunca será igual a la que se experimentó la primera vez.

Paramos en un lugar de dunas en que el viento era muy fuerte. No tuvimos la precaución de abrir las puertas por el otro lado, y se nos llenó el coche de arena.

Cuanto más nos adentrábamos, más desértico era el paisaje, si cabe, y más nos gustaba. Había también letreros que indicaban tanto el nivel del mar como la profundidad a la que estábamos, pues uno de los muchos atractivos de este desierto es que gran parte se encuentra por debajo del nivel del mar. Se veían antiguos lagos que se habían secado por completo y sólo quedaban restos de sal.

Por fin llegamos al punto culminante de la travesía: Badwater. Está a 86 metros bajo el nivel del mar. Al otro lado de la carretera, había un cartel indicando “Sea Level” (nivel del mar) para que uno se diera buena cuenta de la diferencia, del contraste.

Obviamente nos bajamos del coche y ya el calor era insoportable. Había un cartel que indica la profundidad a la que nos encontrábamos. Me hice una foto, me apoyé en el letrero y no podía aguantar el calor, quemaba literalmente.

El paisaje era desolador. Al fondo, a lo lejos, una cadena de montañas aunque desgraciadamente no recuerdo la altitud de las mismas, a qué distancia se encontraban de nosotros, ni el nombre.

"¿Alguien me acompaña un poco al interior?", dijo uno de mis amigos. "Yo", contesté sin pensarlo dos veces. Y es que avanzando aproximadamente cien metros, se llega a la sal, la que queda de un antiguo lago. Por el camino, le dije: "¿Te das cuenta de que no sudamos?, qué extraño". "Pues es verdad, tienes razón", comentó entre extrañado y absorto por el paisaje que estábamos contemplando.

Cuando ya pisamos la sal, nos hicimos las correspondientes fotos para inmortalizar el hecho. No estuvimos más tiempo del necesario, pues el sol y el calor aconsejaban volver lo antes posible a guarecernos en una sombra. Cuando llegamos al coche, nuestros amigos nos esperaban en la única sombra que había, y es que nos habíamos llevado las llaves del coche y no podían entrar.

Fue entrar en el coche y ponerme a sudar. Pero no a sudar normalmente, parecía que me había metido en la ducha vestido. Más y más sudor, no paraba. Afortunadamente llevábamos agua, ya lo habían aconsejado claramente. (Nota: La explicación del no sudar cuando estábamos a pleno sol, no es que no se sude, es que hace tanto calor que las gotas de sudor se evaporan casi antes de salir de los poros. Es una situación engañosa y por lo tanto muy peligrosa. Se corre el peligro de la deshidratación. El Valle de La Muerte es uno de los lugares más calurosos del mundo, sólo superado por el desierto de Libia y no sé si por algún sitio más, según leí años después).

Emprendimos camino de vuelta. Es curioso, a partir de ese momento, lo que veíamos parecía ya poca cosa después del espectáculo que acabábamos de contemplar. Pocos kilómetros después se puede, o bien seguir recto, o bien girar noventa grados hacia el norte. Son dos carreteras secundarias. La principal gira noventa grados hacia al sureste, hacia el estado de Nevada.

Salimos del “infierno”. ¡Qué penalidades debieron pasar los colonos con sus carretas teniendo en cuenta que nosotros estuvimos sólo unas horas, sólo unos minutos al sol, en nuestro coche con aire acondicionado y nuestras botellas de agua!