Bilbao

Jesús de la Fuente Hidalgo

Viajar a Bilbao es, en cada visita, un nuevo descubrimiento. Especialmente si esto se hace de vez en cuando, uno parece sorprenderse de la metamorfosis continua en la que esta ciudad vasca por excelencia, ahora cosmopolita, antes inhóspita, se encuentra inmersa. A pesar de tanta modernidad acumulada, Bilbao sigue siendo la misma de siempre, eso si, abierta al futuro y rescatada de un pasado tan negro y oxidado que la hacían ser, según cierta socarronería guipuzcoana, “el barrio obrero de San Sebastián”, y es que las comparaciones y rivalidades sociales entre estas dos ciudades, traspasan todos los límites, avivados por el tema futbolístico. Estos piques entre ciudades vecinas son muy comunes, también los ovetenses dicen lo mismo de Gijón...

El viejo Bilbao de los altos hornos, los astilleros y la industria pesada, ha dado paso a una urbe de servicios y turismo, cuyo principal exponente es, como todos ya sabemos, esa mole de titanio que se adapta idílicamente al terreno como si recién surgida del Nervión se tratara, ay el Nervión!, esa fosa en la que se comentaba que podías morir, si te caías, de cualquier enfermedad menos de ahogamiento...

Pero no sólo es el “Guggui”, sino también el Palacio de Congresos Euskalduna, como barco varado a orillas de la ría, o las fachadas recién remozadas de las calles del ensanche que le dan un aspecto muy inglés, o el metro...-“¿Dónde se coge la estación para ir a Anoeta?”-, dice con ironía un vizcaíno del Athletic.

Y de sus gentes decir que, al contrario que en mi Madrid, se nota un arraigo ostensible a la tierra típico de una población orgullosa, dura, que a veces roza la “farolada”, en una ciudad que parece encontrarse a sí misma en cada rincón. Como muestra, un botón, la semana grande de Bilbao (que rivaliza, como no, con la de Donosti), y que destaca por su colorido, la masiva participación de los ciudadanos, su movimiento...

Por último, la GASTRONOMÍA con mayúsculas, atemporal, ajena a todo atisbo de modernidad, cuyo máximo exponente son, a mi modo de entender, los “pintxos”de cualquiera de sus bares-“Etxeas”- en los que te cobran según el número de palillos que tengas en el plato y que se caracterizan por estar recién hechos.

Con éste último aliciente, me prometo un temprano regreso a esta metrópoli de cara recién lavada y de alma indestructible.