Togo, Benin, Burkina Faso, Mali y Ghana

Manuel Guillén

Esta vez escribo desde una pequeña empresa de telecomunicaciones en Accra, capital de Ghana, en el Oeste de Africa. Es sábado por la tarde y he llegado por primera vez a esta oficina, donde no conozco a nadie. Al entrar he gritado "¡¡hola!!" varias veces pero parece que esta vacío.  Ahora estoy solo en este edificio, rodeado de varios ordenadores, libros, material de oficina y otras cosas. Si fuera un chorizo me habría llevado impunemente varios millones de pesetas en material. Pero soy bueno y lo único que haré es utilizar este ordenador y juguetear con Internet.

Eso sí, no me va a costar un duro.

AFRICA OCCIDENTAL

En el territorio que aquí conocen como Afrique D´Ouest o West Africa se agrupan multitud de pequeños países. La mayoría son francófonos, y se extienden como dedos, con formas verticales y alargadas, con su extremo sur bañado por una entrada profunda del Atlántico; algunos lo llaman Golfo de Guinea y otros Golfo de Nigeria.

Hace algo más de un mes aterricé en Lome, capital de Togo, procedente de Johannesburgo. He recorrido Togo, Benin, Burkina Faso, Mali y Ghana. En pocos días partiré hacia Costa de Marfil. Después, termino mi periplo alrededor del mundo.

Africa Occidental tiene poco que ver con Africa Meridional. Africa Meridional (o los países que forman el cono sur africano) están dominada económicamente por una minoría blanca, en su mayoría de origen ingles. Una minoría que no pasa de un 5% a 10% en Zimbabwe, Botswana, Namibia y Sudáfrica. La influencia europea es latente. Se disfruta de una  infraestructura mas desarrollada. Por ejemplo, hay mas carreteras pavimentadas y mas turistas gritones que mascan chicle y visten camisas hawaianas y buscan una hamburguesa para almorzar. El transporte publico es mas cómodo, la corriente eléctrica funciona mas regularmente, el agua del grifo es (casi) potable, existen menos aglomeraciones en los servicios públicos, etc. Pero hay mas odio en la mirada de los nativos negros...

En Africa Occidental, sobre todo, en las ex-colonias con fuerte influencia francesa como Togo, Benin, Burkina Faso y Mali, me he sentido en contacto muy cercano con lo mas profundo del continente negro. El hombre blanco escasea o no se deja ver, los olores y la suciedad impregnan el ambiente, la infraestructura turística esta poco desarrollada y los elementos esenciales para vivir con dignidad son más difíciles de conseguir. Físicamente he sufrido más, y no por este calor húmedo que amuerma los sentidos, sino también porque he sufrido múltiples diarreas, vómitos, fiebre, mientras alguna garrapatas se emborrachaban a costa mía. No he disfrutado de la comida y el apetito se me escurría entre los dedos. Una dieta muy homogénea a base de arroz, fideos, salsa picante, algo de carne, acompañada el agua caliente y sucia hacían que temiese la hora de la comida. Este mes creo que he rebajado mi peso hasta los 65 kilos. "Si quiere adelgazar, pregunteme como".

A pesar de todas las incomodidades, es en esta tierra donde he sentido Africa como una verdadera experiencia que te impacta hasta los huesos.  Es contradictorio, pero mientras más sufres por adaptarte, más valoras lo que te está pasando. Este Africa queda lejos  de la disneylandia de Victoria Falls, del extraño implante de Alemania en el desierto Namibio y de los rascacielos de vidrio de Johannesburgo y Harare. Mantengo mi teoría de que no hay países mejores ni peores. Solo son diferentes.  Estas diferencias positivas y negativas se equilibran y compensan para hacer de cada cultura, civilización y poblado algo novedoso y no comparable.

Cuando regrese a casa más de un amigo me va a a preguntar que es lo que más me ha gustado de este inolvidable continente. La respuesta es: he disfrutado más en Tanzania, Namibia y Mali. Los dos primeros, por sus paisajes, el ultimo, por sus gentes.

Cuando me refiero a la gente, me refiero a los habitantes de Africa Occidental. Rara vez (exceptuando Tailandia) he visto un pueblo tan pacífico y amigable. Pocas veces he sentido temor al caminar en los sitios mas recónditos a las horas menos indicadas. Solo tuve un incidente al cazar a un tipo con la mano en mi bolsillo, en la entrada a un partido de fútbol, en la capital de Burkina. No llego a mayores y salve por los pelos mi documentación y dinero. Solo en las aglomeraciones humanas como Accra o Ouagadogou tenía que caminar con cuatro ojos. En la mayoría de los lugares podía dejar mi mochila (con el escudo del Betis y la bandera de España bien visibles) apoyada en una pared, sin preocuparme demasiado por un eventual robo. Ante tanta falta de recursos materiales, casi todos están muy por debajo de la línea de pobreza absoluta. Donde no hay desigualdades, no hay envidia. Sin envidia, no hay violencia. 

Ideas: 

1. Al salir de las ciudades, uno choca frecuentemente con tradiciones ancestrales que aún se conservan intactas. 

2. Es fácil pasar días o semanas sin ver a otros blancos. Cuando los encuentras, suelen ser europeos que trabajan en proyectos de ayuda internacional, se dedican al tráfico de objetos antiguos o pertenecen a alguna ONG. 

3. Mis caprichos se satisfacían con solo pedirlos. Solo tenía que pedir algo alcanzable.

Estoy en un Africa donde el hombre blanco es percibido como un benefactor. Es una gran contradicción… las barbaridades que los europeos hemos cometido en los últimos doscientos años me hacen tiritar. Sin embargo, muchísimos proyectos que ayudan a elevar los paupérrimos estándares de vida de estos países (casi todos están entre los 20 mas pobres del mundo), están financiados por Europeos, Norteamericanos y Japoneses. En algunos casos he notado que la piel blanca significa para los africanos negros un estadio intermedio entre lo humano y una entidad superior. Te saludan sonríen y saludan cuando caminas por la calle, te toman de la mano, te quieren sacar de paseo, preguntas una dirección e inexcusablemente te acompañan hasta el destino, haciendo auto-stop espere muy poco, comparten contigo lo poco que tienen (mi rechazo a un ofrecimiento equivalía a ofensa), los hombres te presentan a sus hijas con la esperanza de que ella puedan acceder a una "mejor" vida, se recrean con tu compañía, te ceden los lugares mas privilegiados… todo a cambio de estar cerca tuya durante unos escasos minutos o de intercambiar direcciones, para que algún día pueda ayudarlos a salir de su país y acceder al paraíso que ven a través de las películas de Hollywood.

Estos africanos son conscientes de su pobreza y retraso. Casi siempre esperan que compartas con ellos algunas de tus "ilimitadas" riquezas.  Para ellos, todos los blancos somos multimillonarios. Piden dinero con tanta ingenuidad y candidez que te hiere el alma. Hace muchos años que le arrancaron la dignidad. Hasta los mas viejos y orgullosos sienten el derecho de participar y reclamarte parte de las riquezas que al blanco le sobran.

Por todo esto, a pesar de las incomodidades, las enfermedades, el agobiante calor, el polvo, las tediosas gestiones para obtener visados, la terrible comida, la suciedad y las infernales infernales, la experiencia de Africa Occidental ha sido la más autentica que todas mis correrías por Africa

LOME, TOGO

Llegue en avión a Lomé el 12 de Enero desde Johannesburgo. Air Afrique vuela desde Sudáfrica hasta Togo con escala intermedia en Abidjan (Costa de Marfil). Cuesta mas barato terminar el viaje en Togo que bajarse en Abidjan. Aún no lo entiendo. Lome es una ciudad costera entre Benin y Ghana, a aproximadamente doscientos km de Nigeria. Es capital del apretado y alargado reino de Togo. Al contrario que muchos países del Oeste Africano, para entrar en Togo puede obtenerse el visado en el Aeropuerto.

La noche me recibió con un calor pegajoso y húmedo. En esta época, el "Armattan" o arena y polvo del desierto sahariano permanece  suspendido en el aire durante tres meses, ocultando el sol y bajando algo las insoportables temperaturas durante el día.

La primera noche en Africa Occidental fue especial: a la una de la mañana, después de encontrar desde al aeropuerto que las pensiones de mi lista estaban llenas o nadie descolgaba el teléfono, hice caso a un negrito que me insistía para que le acompañase al Hotel Robinson, al Este de Lome, cerca de la playa y a pocos metros de la frontera con Ghana. Llegue al hotel/pensión a las dos de la mañana. Era este un lugar peculiar habitado por europeos cuarentones, con aspecto de desahuciados o de haberse quedado atrapados en un lugar al que no pertenecían ni les gustaba pero del que no les faltaba la voluntad de huir. Pase rápidamente por la terraza-restaurante y un par de ellos me saludaron con desgana, mientras varias almas solitarias se emborrachaban silenciosamente en la barra. Las prostitutas merodeaban y mendigaban una cerveza francesa a los "habitués". Fuí inmediatamente a acostarme. Fue una noche larga. El calor era asfixiante y los mosquitos que se colaban en tropel por los minúsculos huecos de mi mosquitera no paraban de zumbarme en los oídos.  Daba vueltas en la cama, sudando bajo las enormes y ruidosas aspas de madera de un enorme ventilador. 

A la mañana siguiente, tras matar varias cucarachas en mi habitación y comprobar que la ducha no funcionaba, baje a la barra del bar para preguntar como llegar a la frontera con Ghana (a menos de 2,000 metros del hotel) y para informarme sobre los visados de entrada y como cambiar dinero en el mercado negro. Me acompañó a los trámites una "negrita" (me sacaba 5 cm) peluquera que se ofreció en el hotel. Me mostró donde podía cambiar dólares americanos por CFAs, la moneda que usan la mayoría de los países del Africa Occidental. Me llevó a un grupo de hombres arrugados vestidos con viejas y coloridas túnicas. Para mi sorpresa, todos tenían en las manos enormes pero ordenados fajos de billetes de 100 dólares y de 10,000 CFAs. Tras la operación de cambio, en la que uno tiene que andar con cuatro ojos para que no te la peguen, obtuve un 15% más que el cambio Oficial (610 CFAs por un dólar). El resto del día me paseé por Lome usando los taxi ciclomotores y con la Togolesa como guía de lujo. En Lomé no tuve problemas para hacer amigos africanos. Caminando el  13 de Enero por la Avenida 13 de Enero, una de las arterias principales de la ciudad, en lugares donde no se ve a un hombre blanco ni en pintura, divisé una construcción tipo andaluz que se destacaba entre la desordenada arquitectura de esta capital africanas.  Mi curiosidad crecía mientas me acercaba. Terracota blanca, ventanas con arco de ojiva, tejas, rejas andaluzas... Mi ansiedad crecía mientras apresuraba el paso. Cuando llegué leí sobre la puerta: "La Bodega". Me asomé y me llevé una sorpresa mayúscula. Miraba atónito un restaurante donde en las paredes cuelgan banderillas, capotes, fotos de la Maestranza y de las Ventas, carteles que con letra gruesa dicen "6 bravos toros 6", en las mesas, manteles amarillos cruzados sobre manteles rojos, de fondo, música del Camarón de la Isla, y para cerrar este panorama propio de una película de Fellini, las camareras. Jóvenes negras tizón, con el pelo recogido y un culo respingón, se movían con parsimonia entre las mesas, VESTIDAS DE TRAJE DE LUCES. Pregunté a una de ellas quien era el gerente. Lo llamaron y apareció un hombre blanco de mediana edad, enjuto, con la cara chupada, una camisa de flores y el pelo negro, largo y lacio sobre los hombros. Se presentó como Manolo, de León. Gitano de pura cepa, Manolo llevaba recorriendo el mundo desde muy joven. Sentado delante mía mientras me miraba como comía un (su) gazpacho, que sabía a rayos, Manolo me narraba con gravedad que durante su vida había montado restaurantes típicos españoles en Lisboa, California, Australia, Bélgica y ahora probaba con Africa. Se jactaba que en su nomadismo buscaba algo que aún no había encontrado. Se alegraba de recibir la visita de un español. 

Minutos después, se levantó para atender una urgencia: Me quedé solo. Al fondo del restaurante observé a otro hombre blanco que comía sin compañía. Me acerqué para saludarle. Era un hombre de unos cincuenta años, con poco pelo, algo gordo y vestido de manera sencilla. Le pregunté en inglés. Me contesto en inglés. Notamos que ninguno hablábamos nuestro propio idioma. Le pregunté su nacionalidad. Me dijo: "spanish". Yo dije con alegría en español: "¡¡ yo también !!". Parecía el chiste de los dos leperos que se encontraron en Londres. Hablamos animadamente durante un rato. En un largo monólogo le conté parte de mis correrías por el mundo. Interesado me escuchaba. Le trate con mucha confianza, como a un amiguete. Hasta que se me ocurrió preguntarle, "y tú, ¿que haces en Lomé?". Con toda sencillez me contesta "soy el embajador español para Ghana y Togo". Me quedé frío. Diego, nuestro embajador, estaba basado en Accra, Ghana, pero se encontraba de visita en Lome. Estaba almorzando en la Bodega antes de retornar en coche hasta su residencia en Accra.

Me disculpé por mi naturalidad y desparpajo. Se rió y me contestó "Cuando pases por Ghana, no dejes de llamarme; te invito a almorzar en casa" Más de un mes después cumplí con la invitación. Pero eso es otra historia.

Togo -igual que la mayoría de los países del Oeste Africano- me pareció una república bananera: Eyadema, el dictador de turno, hace lo que le viene en gana, y lo hace desde hace muchos años. Este cruel general rige los destinos de Togo con mano de hierro. Al día siguiente de mi llegada (13 Abril) se celebró la Independencia en todas las poblaciones del país. Dudo que 1 de cada 10 togoleses supiera de quien se habían independizado. Destartalados buses llenos de campesinos habían llegado del norte del país con la promesa de recibir 6000 CFAs por desfilar delante de su Presidente. Delante del podio principal que se levantaba en el bacheado "paseo marítimo", se agolpaban miles de personas para ver un espectáculo grotesco: el desfile de una soldadesca y armamento que bien parecía recién sacado de la Segunda Guerra Mundial. Detrás pasaron los niños y mujeres, ataviados con sus trajes de fiesta y mostrando al presidente su mejor sonrisa, desfilando bajo estridentes marchas militares que sonaban desde docenas de cascados altavoces. Esta parodia duro toda la mañana. Ese mismo martes 13 de enero, después del desfile, Eyadema declaró festivos los tres próximos días. Al cuarto día comenzaba el fin de semana.

Este, entre otras, es una de las muchas evidencias por las que hace tiempo que he abandonado la ingenua idea de que Africa tiene un brillante futuro económico y político a corto o medio plazo.

CEREMONIA "VOUDOO" (BENIN)

Pocos días después viajaba hacia Benin por la carretera de la costa, en un vetusto taxi compartido con cuatro africanos en el asiento trasero y tres en los delanteros.

Benin y Nigeria son la cuna del vudú. De aquí se exporto al Caribe. En esta excursión a Benin deseaba experimentar de cerca estas ceremonias en la que aldeas enteras se reúnen para reclamar a los dioses buena fortuna o para, en secretos y discretos grupos de varias personas, desear maldades a otros o invocar espíritus ancestrales.  Buscaba evitar las zonas visitadas por hombres blancos, y por recomendación del taxista partí a Adokonou, una pequeña aldea cerca de Abomey, en el interior del país. En Adokonou se celebraba en breve el aniversario de una conocida familia local, y durante tres días todo el pueblo o colectividad se reunía para pedir buena suerte a sus dioses animistas.

Llegué a Adokonou en el asiento trasero de un ciclomotor taxi conducido por un joven africano con una norme cicatriz en la cara. En esta zona de Africa, los bebes sufren monstruosos cortes en las mejillas para identificarlos con su tribu. La cicatriz permanecerá el resto de sus vidas. Los aldeanos de Adokonou, aun sorprendidos por la llegada de "le blanc" (así llaman a los blancos), me ofrecieron alojamiento en la casa de barro de Da-Ravivi, uno de los jefecillos o reyes de la familia que iba a ser homenajeada. Así como en los bancos de inversiones todos casi todos los empleados son vicepresidentes, es las tribus de Benin casi todos los hombres maduros son reyes. Da-Ravivi (Da: rey) es chofer, no muy inteligente, gordo y bonachón. El día de mi llegada se paseaba orgulloso por la aldea, tomándome de la mano. La choza de Da Ravivi es de cemento y barro (un lujo en Adokonou) y vive cerca de sus tres esposas, que cocinan y limpian todo el día, con sus pechos secos y fláccidos al aire, y sus hijos desnudos, churretosos, con la panza hinchada y enormes cabezas, pero siempre mostrando una sonrisa.  Da-Ravivi me cede su cama, el único mueble importante que posee. Sus esposas viven en chozas separadas, a las que visita o no por la noche según estuviera la comida. Me asigna como guía inseparable a Justine, su hija mayor. Justine tiene 18 años y complexiones muy africanas: piernas cortas, pechos grandes, piel muy oscura, ojos saltones, pelo estropajo, culo respingón, labios muy gruesos, y mucha vitalidad. Su vestido es, como todas la mujeres de esta zona, un paño de vivísimos colores.  Justine se arrodilla para servir a su padre y otros familiares varones.  Da Ravivi se ocupa de gestionar mi asistencia al gran evento. Me cuenta en un francés chapurrero que los blancos no visitan nunca estos lares, y menos como yo, para tomar fotografías. Durante el resto del día aldeanos y familiares se acercan a la choza para saludarme. Muchos me miran como el que mira a un marciano.

La gran ceremonia vudú empieza esa misma noche. Tomado de la mano, Justine me conduce hacia el centro de la aldea, donde al aire libre cientos de personas hacen un enorme circulo en una explanada de tierra y polvo, a la luz de la única lampara eléctrica de Adokonou. Tras una larga espera, donde muchos me observan con curiosidad pero con respeto, se escucha un murmullo, se abre el círculo en uno de sus extremos y se introduce un desvencijado Peugeot 504  (un coche!!). Expectación y silencio. El chofer abre la puerta y desciende un enorme negro enrollado en telas muy lujosas, blandiendo un bastón y joyas estridentes que se derraman sobre su poderoso tórax. El tipo es imponente. Se acerca con paso grave hacia las sillas de plástico instaladas para él y su séquito (esposas y familiares). Su nombre es Da-Da o Rey-Rey. Solemnemente toma asiento, hace un gesto, y comienza el rosario de reverencias: aldeanos bien vestidos se arrodillan a los pies de Da Da, tocan el suelo con la frente y se echan polvo por encima. Es un saludo. El rey de reyes ignora olímpicamente la procesión de súbditos que se tira a sus pies, mientras escudriña a los numerosísimos niños revoltosos que se acomodan con impaciencia en el suelo en espera del inicio de la ceremonia.  Da-Da me ve entre la multitud y me hace un gesto para que me aproxime.  Cuando estoy delante suya comienzo una genuflexión, pero me toma del hombro mientras me dice con un correctísimo francés y una sonrisa que no es necesario que "le blanc" le reverencie. Me ofrece una silla al lado suya, desplazando a algún cortesano, y me da permiso para tomar fotografías y moverme libremente. Por unos momentos, me siento un tipo muy importante. De nuevo estaba en una situación propia de una película de Fellini.

Se hace el silencio y empiezan a redoblar los tambores. El círculo de gente se vuelve a abrir y lentamente se introducen hacia el centro los "fetiches"; aldeanas con status semidivino que representan el nexo entre los dioses animistas y el mundo. Cuento más de doscientos fetiches. La mayoría son mujeres viejas. Van ataviadas con telas blancas bordadas y enrolladas, descalzas, con muchos kilos de quincallería barata colgando de la cintura y extremidades, una cimitarra en el costado, un turbante en la cabeza y muchos adornos que me es difícil recordar. Se desplazan en filas de dos con aire muy solemne. Durante la mañana y tarde del día de la ceremonia, grupos de fetiches pasean en fila por la aldea al son de unas campanillas. A su paso todos tenemos que inclinarnos, y cuando algún aldeano se tira al suelo, ellas interrumpen momentáneamente su caminar y tocan las palmas para traspasar fortuna al aldeano devoto.

De vuelta a la ceremonia: la percusión asciende lentamente en su estruendo hasta adquirir un nivel molesto y sin ritmo perceptible.  Entran los primeros fetiches al centro del círculo y empieza el baile.  Se van turnando en grupos de dos hasta diez fetiches, y patean el polvo en el centro del círculo, mientras ondulan los codos moviéndose como gallinas y manteniendo las palmas abiertas mirando a hacia el suelo.  Avanzan y retroceden con la mirada fija al suelo. Un minuto después el grupo se aparta y entra otro grupo. La estruendosa "música" no se interrumpe y el show continua durante horas. Varios fetiches masculinos (el diablo, el bufón, el coordinador, etc.) ss mezclan con los grupos del centro para coordinar y amenizar. Da-Da observa, apoltronado y con cara de aburrido. Le pido que me deje hacerle una foto me dice que espere. Da Da se reacomoda en la silla, se pone nuevos paños alrededor, toma el bastón con las dos manos y adopta una posición regia, con la barbilla alta sin dejar de mirar a la cámara. 

Me interesé por el sentido y orígenes de la ceremonia, pero sólo encontré evasivas.

Después de otra noche completa de ceremonias y tres días más en la Adokonou, llegó el momento de la despedida. Diplomáticamente rechacé el ofrecimiento de toda la familia de Da Ravivi para llevarme conmigo a Justine. La noche anterior había cometido el error de defenderla en una discusión familiar. Como consecuencia de esto, todos pensaron que estaba enamorado de ella.  Esta situación, además de mi negativa a abonar todo el dinero que Da Ravivi me reclamaba por la estancia en su casa y los derechos de asistencia a la ceremonia, crearon una atmósfera tensa en mi despedida. El adiós no fue amigable y dejé Adokonou sin recibir un "au revoir" o un abrazo. Casi todos los que me recibieron con los brazos abiertos, escudriñaban mi paso agazapados detrás de las puertas y ventanas de las chozas. Fue uno de los momentos más tristes de mi viaje.  Al día siguiente estuve postrado en una cama con fiebre, diarrea y vómitos. ¿Casualidad o vudú?

PAIS DOGON (MALI)

Tras la experiencia en Benin y recuperado de la breve pero intensa enfermedad, me encaminé hacia una misión católica cerca de Dapaong, en el Norte de Togo, a 700 km de Lome y muy cerca de la frontera con Burkina Faso. Las doce horas de furgoneta desde Lomé hasta Dapaong (por 500 pesetas) fueron un auténtico suplicio. Viajé encerrado en un trasto con más de medio millón de kilómetros, por una carretera llena se hondos pozos, a temperaturas asfixiantes y con sobrecarga humana (todos nativos africanos) y de mercancías. Además, el africano que se apretaba a mi costado derecho estaba absolutamente seguro que sería el próximo presidente de Togo. Y nos tuvo a todos atrapados bajo su mensaje político durante estas interminables horas. Como en el resto de Africa Occidental, estábamos obligados a parar cada veinte minutos para sobornar al soldado de turno encargado del control de carretera. Pasamos del paisaje tropical al africa desértica Subsahariana. En una jornada, de la riqueza y exuberancia de la vegetación y bajo un calor tórrido y húmedo en el Sur, pasamos a los parajes calurosos, secos e inhóspitos del norte del país. 

El padre Pepe regenta la misión católica de Dapaong con una autoridad derivada del enorme respeto que muestran todos los aldeanos, religiosos o no. Pepe es un granadino de 35 años, estatura media, vestido de civil, campechano y con una energía y ganas de vivir envidiables. Llegó hace un año y aún tiene dificultades con los dialectos locales. Pero no importa, porque todos los días hace auténticos milagros entre cientos de pobrísimos nativos.

Pepe tiene bien entrenado a su cocinero Umbu: nada más llegar, me pregunto en francés (no habla español): 

Umbu: cést quoi finco? 

Contesté: finco? 

Umbu: por el c... te la hinco. Ja Ja Ja Ja !!! 

Poco después yo le enseñé... 

Umbu: je suis mones 

Padre Pepe: mones? 

Umbu: no me toques los c.... Ja Ja Ja Ja !!! 

Durante los días que estuve en la misión, Umbu no paró de pegárnosla con 

palabras que terminaban en "ones"

Pepe y las dos ancianas monjitas francesas que le ayudan, administran una diócesis de miles de fieles en muchos kilómetros cuadrados a la redonda. Pero también hace de médico y cura/venda/desinfecta/extirpa por las mañanas los problemas de una larga fila de aldeanos de todas las edades que se agolpan frente a su puerta. También es profesor en varias escuelas y coordina la actividad educativa de su diócesis, organiza ferias en las tórridas extensiones de tierra seca para recolectar dinero y con él reconstruir el techo de la escuelita que se inunda cuando caen las torrenciales lluvias de la estación húmeda, cuyas primeras gotas se evaporan con un sshhhhhh al tocar el ardiente suelo. Pepe financia con su exiguo presupuesto parroquial numerosos  proyectos locales, como la creación de una escuela de costura para elevar el miserable status social de las mujeres y jóvenes de Dapaong. O la construcción de un albergue para proteger el inexcusable apaleamiento hasta la muerte a algunas ancianas viudas, cuando son condenadas al azar por el brujo de la aldea porque a varios cientos de metros un bebe ha nacido maldito, esto es, con las piernas por delante. O la construcción de un albergue para alojar y proteger a las jóvenes que escapan de un matrimonio arreglado por las familias cuando ellas aun no han nacido. En muchos casos, jóvenes de 15 o 16 años se convierten en la tercera o cuarta esposa/esclava de un rico anciano que paga una generosa dote a la familia de la desafortunada. Etc.

Al observar a Pepe, me acordaba de Indiana Jones… 

Después de tres días en la misión, dejé Togo y entré en Burkina Faso (antiguo Alto Volta) camino hacia Mali, en el corazón del Africa Subsahariana. Su capital Ouagadougou (Ouaga) no tiene nada de interés.  Como muchas capitales africanas, es grande, fea, sucia y calurosa.

La llegada a Ouaga fue anecdótica. Típico ejemplo del transporte privado en Africa Occidental: después de pasar otras doce horas a mas de 40 grados para recorrer solo 250 km, con 19 personas apretujadas hasta lo indecible en una pequeña furgoneta, que se averiaba y pinchaba cada pocos kilómetros (arreglar una avería consumió tres horas), y parar a sobornar en mas de 20 controles de carretera, llegamos a Ouaga a medianoche. Soltamos al primer pasajero en los suburbios de la ciudad.  Después descargamos en el Mercado Central durante una hora y media las 80 cajas de chocolate (??) de 15 kilos -cada una- que iban ilegalmente sobre el techo de nuestro vehículo (aun me pregunto como se mantuvieron arriba todo el viaje). Yo sufría para ir a dormir. Pero ocurrió lo que no había previsto: una pasajera descubrí que el pasajero que se apeó en los suburbios le había robado un zapato de una bolsa. La furgoneta volvió con todos sus pasajeros a los arrabales de la ciudad para buscar al ladrón. Tras muchas vueltas conduciendo por callejones inmundos el chofer decidió que el caco se había esfumado. Entonces, la furgoneta, con sus 18 pasajeros y yo, inicio la búsqueda de una pensión económica para mi, "le blanc". Primer tugurio, no hay cama, segundo, tercero y cuarto, tampoco. En cada parada todos se bajaban para acompañarme a la recepción. En la quinta pensión: !aleluya!. Todos se despidieron de mi con sonrisas y abrazos. Don’t worry, be happy. 

Ouaga-Mali es un trecho de varios días de carreteras de tierra y polvo en estepa semidesértica. La distancia es corta pero los transportes son escasos. 

En el camino paré en Ouayghia, un pueblo burkinabés sucio y sobrehabitado. Paseando antes de acostarme me enteré que esa misma noche televisaban el amistoso de Fútbol España-Francia. Pague 10 pesetas por un lugar en la azotea del club del pueblo. Durante el partido, fui el único que gritó a favor de España entre 150 burkinabeses (francófonos).  Por desgracia España perdió y no pude hacer mi desfile triunfal.

Tras hacer muchos pequeños trayectos en autostop (para un hombre blanco es fácil) y tragar mucho polvo, llegue a Bankass,  en Mali (uno de los 5 países mas pobres del mundo, 20% del PIB son donaciones externas).  Bankass es el punto de partida para entrar en el universo Dogon, mi próxima visita. Los dogones son una tribu de 30,000 nativos que viven en pequeñas aldeas,  manteniendo una religión, arte y costumbres autóctonas. Su habitat es una aislada zona desértica a lo largo de los 140 km de la  Falla de Bandiagara. La cultura y tradiciones dogón resisten heroicamente los embates de la arrasadora expansión del Islam en el Africa del Norte y Occidental.

Una francesa, un guía y yo llegamos con un carrito tirado por una vaca a la primera aldea, Ende. En los días siguientes caminamos a Yabatalu y Benigmato. Son aproximadamente 15 aldeas que componen esta burbuja de civilización. Con temperaturas muy por encima de los 40 grados caminamos durante varios días a lo largo de la Falla, aprovechando el "fresco" de las primeras y últimas horas del día. Dormíamos bajo las estrellas en los tejados de las casitas de barro de las aldeas dogón que nos acogían.

La etnia Dogon fue expulsada de sus asentamientos hace 1000 años.  Buscaron refugio mas al sur, llegaron a Mali y establecieron sus asentamientos suspendidos en los bordes de la gran Falla, escapando de los pueblos y animales hostiles que vivían en el llano. Crearon una espectacular arquitectura colgante, una agricultura en terrazas y un sistema de enterramientos y tumbas muy particulares.

Da la impresión que viven estancados hace 300 años. Hace un siglo descendieron de la escarpada  falla y hoy viven en tierra firme y plana, absolutamente dependientes de los escasos pozos de agua subterránea. Sus extravagantes ritos y ceremonias animistas hacen que sea un lugar interesante para el turismo. Dada las inclemencias del sol, por suerte, aun no son muchos los turistas, pero la afluencia se ha incrementado en la última década. El País Dogon, al igual que otros lugares fabulosos como China, Tíbet y Chile, es uno de esos tesoros que hay que darse prisa por ver antes de que terminen sucumbiendo ante los objetivos de las hordas japonesas y los "cultivados" comentarios de algún jubilado de Florida. 

Desde la Falla continué en otra odisea de locomoción sobre cuatro ruedas hasta otra de las maravillas de Africa, Djenne (Mali). Djenne es una ciudad 100% musulmana, situada en el delta del Niger y con una arquitectura de casas y mezquitas de adobe y barro con esquinas redondeadas, calles estrechas, y un impresionante mercado todos los lunes. Junto a Zanzíbar, es uno de las ciudades más mágicas de Africa.

Durante los días siguientes desande el camino y regresé a Ouagadougou, Capital de Burkina. Justo comenzaba la Copa Africana de Naciones (algo parecido a la Copa de Europa o Copa América). Mientras hacía gestiones ante el comité organizador para  obtener una acreditación de periodista  (que me fue denegada por mentiroso) conocí a un africano camerunés, sobrino del ex primer ministro de Camerún. Gracias a él me pase tres días almorzando y cenando con los jugadores de la selección nacional de Camerún (y hablando de Boca y Argentina con el ariete del equipo, Tchami). Asistí a la ceremonia de inauguración y a varios partidos. Animé los partidos con los Burkinabeses como si fuera uno más de ellos.

Llevo tres días en Ghana. Hoy me ha invitado Diego, embajador español en Ghana, a almorzar en su casa con su esposa. En tres días salgo hacia Abidjan en Costa de Marfil. Viajaré bordeando la playa y aprovechare para visitar algunos de los numerosos fuertes que los europeos construyeron hace un par de siglos para hacinar a 15 millones de esclavos africanos antes de embarcarlos para América y el Caribe. Desde Abidjan, a casita.

Por ultimo, momento de homenajes. Quiero mencionar el trato que he recibido de algunas  africanas. Por el único hecho de ser blanco es muy fácil establecer una excelente amistad con ellas. Shariffa en Tanzania, Diane en Malawi, Joyce en Botswana, Fidele en Togo, Fatima y Mandina en Burkina, Gladys en Ghana y una mas en Kenia de cuyo nombre no me acuerdo. Casi todas tenían unos cuerpos de ensueño y me sacaban un palmo de altura. El problema surgía cuando en la despedida les decía que no podía llevarlas a Europa.