Asturias, verde y sol. Aunque parezca mentira… (como dice la canción).

Carmen de Pablo

- Qué no podemos ir, qué en este momento nos viene fatal, qué tenemos que seguir con la mudanza, y además la rueda de repuesto está reparada de mala manera (nos la rajó un gracioso en el garaje de casa), de manera que esta Semana Santa nos quedamos en Madrid.

Eso me decía Rafa cuando nos plantearon un grupo de amigos ir a una ruta en todoterreno por Asturias.

Pero viendo el pronóstico del tiempo buenísimo que iba a hacer, las ganas que teníamos de salir otra vez al campo pues hacía casi un año que no salíamos por España y que nos apetecía invitar a mi hermana y a Alfred ya que sin su gran ayuda la nueva casa no estaría como está, decidimos llamar a Pepelu y decirle que contaran con nosotros.

Con la incertidumbre de no saber hasta el último momento si tenemos hotel o no (parece que media España ha decidido salir esta Semana Santa y encontrar una plaza de hotel a estas alturas es prácticamente imposible), sin saber que rutas se van a hacer, si hay que llevar comida, ni cuanta gente viene, recogimos a mi hermana y a Alfred a las 5 de la tarde en Majadahonda y salimos con destino: Villaviciosa (Asturias).

Paramos en la puerta de nuestra casa en Torrelodones para poner la “home” en el GPS. Al ver los coches parados en la autopista, pensamos que íbamos a tener un viajito en caravana y, efectivamente así fue pero nada mas pasar el túnel de Guadarrama, aunque con muchos coches, se circulaba con fluidez.

Durante todo el camino Alfred y mi hermana no pararon de hablar, no les entendí nada absolutamente, casi no se les oía, pero la charla que llevaban era incansable, se ve que Alfred está interesado por prácticamente todo lo que pasa a su alrededor y sobre todo, pregunta y, como él dice: lo que no sé, lo pregunto y si no lo entiendo, lo vuelvo a preguntar hasta que lo entiendo y una vez entendido ya lo he aprendido. Es impresionante la memoria que tiene, se nota que es joven. Parece que van a ser unos buenos compañeros de viaje, pues nunca habíamos viajado con ellos y aunque todos parecemos gente de fácil convivencia, nunca se sabe que puede pasar al tener que compartir un espacio tan pequeño como el habitáculo de un coche durante 4 días.

Llegamos a las 9,30 de la tarde. Nos esperaban en la terraza del bar del hotel Casa España. Hacía una noche maravillosa. Yo sólo conocía a Pepelu, a Fernando y a su mujer María y solamente de un día que nos invitó Pepelu a su casa este verano, Rafa los conocía de antes y mi hermana y Alfred, a nadie.

La primera impresión fue que eran de nuestra generación, bueno de la de Rafa y mía pues mi hermana y Alfred son mas jóvenes. Ya desde el coche reconocimos rápidamente a Pepelu con su coleta, su bigote y su porte de viejo rockero que hace honores a su tienda Marihuana del Rastro madrileño, Fernando y María no estaban. Nos presentó a Juan Pedro, un amigo suyo, a Miguel, a su mujer M. Carmen y a una niña de unos 6 años, que se llamaba Cristina, yo pensé que era la hija de María. Llegaron Fernando y María con su bebe de 8 meses: Javier mas conocido por “ratón” (cuando le llamas Javier no atiende, pero si dices: - ratón, sabe perfectamente que es él). Le pregunté a María si la niña era su hija, me dijo que no, que la suya se había quedado con su ex marido, que era de Miguel y M. Carmen, entonces me di cuenta de que efectivamente eran gente joven, que la primera impresión fue francamente engañosa, pues Miguel no tendría ni 40 años. Eramos los abuelos del grupo.

Ya estabamos todos, excepto los catalanes que llegarían al día siguiente. Como todo en este viaje, tampoco sabíamos cuantos tenían que llegar, siempre decían: los catalanes, sin especificar.

Nosotros y “los catalanes” teníamos reservado un apartamento con cuatro habitaciones. Cuando entramos en el apartamento pensé que “los catalanes” debían ser cuatro, dos pareja y acerté. Nosotros ocuparíamos dos habitaciones y las otras dos eran para ellos. Pero todo esto nos lo contó el del hotel al enseñarnos las habitaciones, nos dijo que tendríamos que compartir un baño entre nosotros cuatro, pues el otro era para las otras dos parejas que llegaban al día siguiente.

Era una casa nueva, fuera del centro de Villaviciosa, con un prado enfrente. Además de las 3 habitaciones, pues en la que durmieron mi hermana y Alfred era el salón acondicionado como dormitorio, tenía una cocina perfectamente amueblada y una terraza que daba la vuelta a toda la casa, con vistas a los prados cercanos. Nos sorprendieron los muebles, todos antiguos, el que más nos gustó fue un armario de rinconera que era una maravilla, los cabeceros de todas las camas eran de madera maciza tallada, había en la entrada un perchero chulísimo, en fin una preciosidad. El dueño del hotel nos comentó que eran muebles viejos pero que de momento hasta que pudieran cambiarlos los habían puesto allí pero sin embargo parecía que a la gente les gustaban mucho (lo que son los distintos criterios sobre las cosas, lo que para unos es viejo para otros es antiguo y la diferencia es tan abismal entre estas dos palabras, que hace que unos quieran deshacerse de lo viejo y los otros siempre prefieran lo antiguo. Pero estoy segura de que a pesar de todos los comentarios, el dueño del hotel, en cuanto pueda, va a poner unos muebles nuevos, funcionales y que a su parecer serán mucho más bonitos que estos. Una pena no saber cuando se va a producir este cambio, pues sería una lástima que acabaran en un zaguán con lo bien que quedarían en nuestra casa de Torrelodones).

Que gusto poder deshacer el equipaje y tener un sitio fijo donde residir, aunque sólo sea para cuatro días. Los últimos viajes siempre han sido de cada noche en un sitio y no poder sacar las cosas de la maleta, teniendo que buscar los calcetines limpios entre la bolsa de aseo, la cámara de fotos.. y eso, si sabes en que bolsa están, pues para poder estibar los bultos mejor en el maletero del coche, hay casi tantas bolsas como clases de objetos tenemos que transportar. En fin parece que estas vacaciones van a ser muy agradables.

Nos cambiamos y salimos en busca del resto para ir a cenar. Estaban un tanto impacientes, eran mas de las 11. Fuimos a una sidrería que hay detrás de la plaza del Ayuntamiento, El Roxu, cenamos muy bien, cosas de picar, pero sobre todo lo que más me gustó fue un revuelto de erizo que me recomendó Rafa, era exquisito. Empezamos a conocer un poco más a nuestros compañeros de ruta. María con su bebe Ratón (Javier), la dulzura y tranquilidad que transmite esa mujer son envidiables, Fernando, su marido, más serio pero siempre colaborador, de buen gesto, con un sentido del humor muy fino y escaso que hay que entender y, sobre todo oír, pues entre que habla muy bajo y la voz tan profunda que tiene o estás muy atento o te pierdes el noventa por ciento de lo que dice y no te imaginas ya por la emisora, ahí, si que no se le entiende nada. Juan Pedro, el amigo de Pepelu, con un aspecto campechano que esconde a un hombre inteligente, con la gracia por arrobas y una simpatía especial. Y Pepelu que como se decía en mis tiempos: es el alma del guateque. Ese si que tiene la voz rota y gracia para aburrir, y entre que sólo dice la mitad de la frase que piensa, que están en un argot muy sui generis y entre risa y risa, a parte de morir del dolor de estómago que producen las carcajadas, poco se le entiende.

Tras las copas y recopas que tomaron en el mismo restaurante, nos despedimos hasta el día siguiente a las 10, ya desayunados, para salir a hacer algún paseito por alguna pista y esperar que vinieran “los catalanes”.

Amaneció un día precioso, con una leve neblina que, a las 10 cuando llegamos a desayunar, ya se había despejado. Estabamos todos, eso si, sin desayunar. Compramos pan para la comida y nos pusimos en marcha dirección Ribadesella. Al salir a la carretera nos encontramos un atasco considerable, tras las distintas reflexiones que todos hicimos por la emisora decidimos darnos la vuelta y hacer una ruta alternativa que salía de Infiesto.

Cogimos el desvío a Espinaredo, que según decía una guía que llevaba Miguel, es el pueblo con más hórreos de Asturias. Efectivamente lo es, hay mas hórreos que casas y en buen estado de conservación. La carretera aunque estrecha estaba asfaltada, paramos un rato para hacer las pertinentes fotos y admirar el paisaje y seguimos camino hacia Río Favar siempre por carretera. Saliendo del pueblo había una señal que indicaba “Área recreativa”. Había bancos de madera a la orilla del río Infierno, el cual cruzamos en varias ocasiones por puentes pequeños con una mínima protección. El paisaje ya era verde. En el área hay muchos coches aparcados, pero nosotros seguimos por una pista que era la continuación de la carretera y a un kilómetro, más o menos, encontramos una barrera con un cartel que decía: “sólo vehículos autorizados”. Nos dimos la vuelta. Paramos en una de las zonas con bancos y sacamos nuestra nevera con comida, María un chorizo de León exquisito, pan, los termos con agua y café y algunos bocadillos que habían pedido en el bar del hotel. Eran las 12. Nos pusimos malos a comer. Visto lo visto nos dimos la vuelta y volvimos a Espinaredo y paramos en un bar a tomar una cerveza. A mi hermana le parecía fenomenal aquel tipo de excursión, pues era la primera vez que salía en todoterreno y tenía sus miedos con respecto al peligro que se podía correr.

Nos contaron la ruta que íbamos a hacer el día siguiente y no se si exageraban mucho, pero lo cierto es que, al parecer, había una “V” que a un lado tenía un cortado y al otro el monte y que pasarla no parecía fácil. Por lo visto siempre tenía barro y si te quedabas en la parte de abajo parecía imposible remontarla. Pero esto es lo que más les gusta a los ruteros. Los únicos que la conocían eran Fernando y Pepelu. Esto a mí me dejó bastante tranquila, pues si el Pick-up de Pepelu la había pasado, a pesar de dar con la caja en el suelo al iniciar la subida, como nos contaron, nosotros con nuestro Montero no tendríamos ningún problema, además hay que contar con la experiencia que tiene Rafa en conducir estos coches. Pero mi hermana no estaba tan convencida, también, por lo que contaban, la solución de bajarte del coche e ir andando no parece posible, a no ser que quieras ponerte de barro hasta las narices trepándola a gatas. Lo cierto es que hasta ese momento, para mi hermana y para Alfred, la nueva experiencia rutera estaba siendo magnífica.

Después del paseito por el pueblo y coger una pista que estaba cortada, bajamos hacia Infiesto para comer. Miguel y familia se habían adelantado y habían reservado en un restaurante. Llegamos y nos sentamos. Eran las 3 de la tarde. Nos tomaron la nota después de media hora y empezaron a traer los platos alrededor de las cuatro y media. Total que dio tiempo a que llegaran “los catalanes” y se sentaran a comer con nosotros.

Eran dos parejas, Jordi y Angels y Javier y Maribel, parecían agradables y Miguel los recibió muy efusivamente, se veía que le hacía ilusión encontrarlos otra vez y compartir con ellos esa ruta. Tenían cada uno un perro, el de Jordi y Angels era una perra blanca sin raza que se llamaba Eura y que no dejaba que se acercara nadie al coche. Y Javier y Maribel un fosterrier llamado Max. Los pobres bichos se pasaron, casi toda la excursión, metidos en el coche o en el apartamento. A nosotros nos daba mucha pena pensar que traes perros al campo y que sólo lo vean en algún momento muy concreto, pero el miedo de sus dueños a que se ensucien o a que molesten es superior a las ganas que tienen ellos de correr.

Salimos del restaurante cerca de las 7 de la tarde, se decidió ir a Villaviciosa para que los catalanes se acomodaran en sus habitaciones del apartamento. Al salir de Infiesto encontramos una pista que parecía que llegaba a Villaviciosa por los montes y como tenían un “mono” de campo que no podían resistir decidieron cogerla. Antes de entrar en ella había unos troncos cortados que sirvieron para mostrar las habilidades de Jordi, Fernando, Miguel y Rafa. Jordi los subió y bajó sin problemas, Fernando también aunque perdió la matrícula delantera que tuvo que atarla con unas bridas para que la policía no le parara, Miguel, con su Toyota, por mucho que lo intentó no lo consiguió, el terreno ya estaba muy resbaladizo y se quedaba todas las veces. No se si tuvo que ver que en uno de los intentos, Fernando le sacó un muelle de la suspensión de una rueda trasera, nosotras nos quedamos impresionadas, pero a ellos les hacía mucha gracia y al parecer lo colocaron sin demasiados problemas. A continuación Rafa probó suerte y aunque le costó varios intentos, pues el suelo ya era impracticable y resbalaban las ruedas de mala manera, lo consiguió. Yo pensé: “éste es mi chico”.

La pista se iniciaba con una fuerte subida, corta, pronunciada, con roderas y llena de piedras. Mi hermana preguntó:

- ¿Y vamos a subir por ahí?

Tuvo la respuesta rápidamente, Miguel la subió sin ningún problema y nosotros, ¡faltaría más!, y así todos. Eran pistas forestales y no llevaban a ninguna parte, todas rodeaban la cumbre del monte y volvían a salir donde se iniciaban. Pero vimos un paisaje precioso desde arriba.

No recuerdo exactamente cuando subimos hacia una ermita de un pueblo, por una carretera mal asfaltada y en la que sólo cabe un coche. Cuando llegamos al pueblo, preguntamos a un paisano que como se subía a la ermita y nos señaló un camino que era tan estrecho que no cabían los coches, de manera que nos dimos la vuelta. El paisano no salía de su asombro, todo su afán era que dejáramos los coches y subiéramos andando, que estaba a veinte minutos de marcha, nada más. No podía entender ese afán de llevar los coches hasta allí. Explicarle a alguien como aquel hombre que, la gracia está en llegar en coche y no andando, es algo que nos pareció tarea inútil y le dejamos atendiendo a una vaca que no paraba de reclamar su comida a base de mugidos, al principio no sabíamos que la pasaba a la pobre, pensábamos que estaba asustada por lo coches, nos miraba a los ojos con esa mirada que tienen las vacas asturianas, pero en el momento en que su amo dejó de darnos palique y fue a atenderla, corrió como una loca al establo y dejó de mugir.

Al llegar a Villaviciosa recorrimos varias sidrerías para cenar pero todas estaban llenas. Terminamos a las 11 de la noche otra vez en El Roxu, ya que encontrar un sitio que pueda dar de cenar a 15 personas en estas fechas, no es fácil y parece que en El Roxu no tienen tantos problemas. Repetimos el revuelto de erizos y en esta ocasión probamos otras raciones, la verdad es que estaban buenísimas todas.

Era Viernes Santo y empezábamos, como aquel que dice, nuestro primer día de ruta. Quedamos otra vez a las diez, ya desayunados, cosa que sólo cumplieron los catalanes y Miguel, pues el resto llegamos alrededor de esa hora, eso si, a desayunar. Pero lo cierto es que en ningún momento se hizo notar malestar por parte de nadie hacia los otros. También es verdad que el bebe de Fernando y María tenía que cumplir un horario mucho mas estricto que el nuestro y, era él quien, sin querer, marcaba el ritmo.

Esta ruta sólo la habían hecho Fernando y Pepelu. Iba desde Villaviciosa a Colunga y era la de la famosa “V” por lo que, de momento, empezaron nuestras preocupaciones. La primera viñeta del rutómetro estaba en un precioso templo románico, el de San Juan de Amandi, y ya en la primera nos equivocamos y después de recorrer 1 km., más o menos, y ver que no coincidía con lo marcado nos dimos la vuelta para estudiar exactamente el rutómetro y empezar dejando el templo románico a nuestras espaldas.

Pronto llegamos a un camino estrecho con grandes roderas y trialeras y que, por lo que decía la fotocopia que nos habían dado sobre la zona junto con el rutómetro, suele estar “invadida por el río, junto al que baja paralelo”. En esta ocasión sólo había charcos para aburrir, pero el río discurría a su lado, maravilloso, con fuerza, lleno de troncos caídos invadidos por el musgo. La trialera era bastante dura, ver como el coche que llevabamos delante subía y bajaba de las piedras que formaban el camino era impresionante, y pensabas que ahora te toca a ti, y cuando lo pasas, los brincos, los golpes en los bajos, el crujido de la carrocería, en fin casi todo, hace pensar que te lo dejas allí, que en uno de los saltos te has cargado el carter o una rueda, no se, pero chico… estos coches son otra cosa, aguantan lo que les eches y también es verdad que Rafa le ha puesto unas planchas por debajo que lo protegen. Para mi hermana y Alfred fue la primera experiencia cuatrera fuerte y como me pasó a mí la primera vez, el subidón de adrenalina te hace estar eufórico y dar algún grito que otro. Cuando todo ha pasado, sales del coche a mirar por donde te has metido y, el que no de un salto o haga alguna manifestación eufórica, una de dos, o no tiene sangre en el cuerpo o se quiere hacer el duro.

Seguimos por el barrizal, admirados de lo que nos rodeaba, según la información que teníamos es una “de las zonas más frondosas que podemos encontrar en España …bien puede hacer pensar que nos encontramos en una compacta selva amazónica” y es verdad.

- Primer problema que nos encontramos.

Oímos decir a Jordi por la emisora. Iba el primero y nosotros los cuartos, de manera que no podíamos ver que pasaba para que hubiera problemas. Su coche un Land Rover con una baca tipo africana pero más pequeña, no pasaba por debajo de un árbol caído. Las raíces, medio arrancadas, las tenía al borde del río, a la derecha, y la copa apoyada en una cerca de tela metálica que había encima del talud que servía de margen al camino en la parte izquierda, y no era un sólo tronco, eran dos los que formaban el árbol caído, aunque el que molestaba era sólo uno.

Dada la poca experiencia que tengo todavía, en estos menesteres, pensé que había que dar la vuelta, aunque parecía complicado también, pues sólo cabía un coche y hacer la maniobra no parecía tarea fácil. Pero no se me ocurría otra solución.

La solución: un serrucho. Jamás pensé que dentro de las herramientas que se llevan en un coche pudiera haber un serrucho, pues estos cuatreros lo llevan, dentro del equipo de rescate: hay un serrucho. Y efectivamente es una herramienta fundamental cuando se hacen rutas por zonas con mucha vegetación, aunque también es verdad, que yo pensaba que esto sólo pasaba en el Camel Tropic. Seguro que si viéramos todo lo que llevan encontrábamos un machete como el de los exploradores de la selva. No dejan de sorprenderme. Porque llevar planchas para el barro y la arena, gatos hidráulicos, slingas, arneses, poleas, cadenas, cabestrantes, mosquetones y por supuesto toda clase de destornilladores, alicates y martillos, puede parecer normal, pero un serrucho…. Pues fue la solución.

Cortaron el tronco turnándose para no cansarse. Ser los abuelos de la panda tiene sus ventajas, debían pensar Rafa y Pepelu, aunque “mi” Rafa le dio al serrucho como el que más, siempre ha sido muy colaborador y además le gusta meterse en todas las salsas y ésta no se la iba a perder.

Quien disfrutó de lo lindo en este sarao fue Alfred. No paró de subir y bajar de los troncos. En un momento dijo que tenían que sujetar, de alguna manera, el tronco que no iban a cortar, pues al quitar el que estaban serrando caería sobre el camino y nos volvería a cortar el paso, ya que su única sujeción era el que estaban cortando, y cuando Alfred dice algo así es: palabra de Dios, seguro que se cumple. Recuerdo que montando la cocina de Torrelodones, el mueble de la esquina tenia una puerta en ángulo recto, y las bisagras que venían eran muy raras, ninguno sabíamos como se tenían que poner, después de un rato analizándolas, dijo:

- Esta une las dos puertas y esta otra es la que va al mueble.

A lo que mi hermana apostilló:

- Si él lo dice, ya lo puedes jurar que es así.

Después de mucho analizarlas, yo decidí ir a Ikea y ver como se montaban las dichosas bisagras. Efectivamente era como Alfred había dicho. Y esto es una anécdota nada más, pues cosas parecidas nos han pasado continuamente con respecto a los razonamientos de Alfred.

Como parecía que no le hacían mucho caso, buscó varios troncos pequeños y los puso de apoyo. No se si fue eso o que estaba lo suficientemente enraizado, pero lo cierto es que cuando terminaron de cortarlo, el otro tronco del árbol no cayó.

En ese momento lo teníamos apoyado en el medio del camino, encima de un charco. Había que quitarlo. Después de ver lo del serrucho ya no nos sorprendió nada, sacaron un slinga corta pero ancha, un mosquetón gigante y una polea. Jordi puso en marcha su cabestrante y pasaron el cable por la polea que estaba sujeta en la slinga que a su vez, rodeaba otro árbol que servía de poste para el mejor arrastre. Y fue coser y cantar lo que tardaron en retirar hacia un lado el famoso tronco. Por fin pasamos todos aquel tramo.

Mientras estabamos en todos estos quehaceres pasaron algunos caminantes que hacían el camino hacia Covadonga a pie, lo habíamos visto anunciado en carteles de los que proliferan ahora por todas partes, como los del Camino de Santiago. Mas de uno protestó al encontrar seis coches en medio de su ruta. Hay mucha gente que esto del todoterreno no lo lleva muy bien, creen que es una manera de estropear la naturaleza. Al principio de empezar con esta actividad, yo pensaba algo parecido, pero descubrir paisajes que no se verían nunca a no ser que te dieras caminatas de muchos días, me hacía claudicar de mis ideas. Ahora que ya llevo dos años practicándolo, me he dado cuenta que los cuatreros estos, son muy respetuosos con el entorno, sólo utilizan pistas que ya existen, nunca van campo a través. Es mas, normalmente los mismos guardias forestales agradecen que pasen todoterrenos por sus pistas, pues son los que se las mantienen limpias de arbusto que puedan crecer en medio, y así su labor de corta fuegos es efectiva, además de facilitar el acceso a las zonas, que la gente del campo necesita para su subsistencia.

Siguiendo el rutómetro, salimos a la carretera y pasamos por Fuentes, Coro y Pandu. Son pueblos muy pequeños, perdidos en las laderas de los montes y sus gentes, al ver pasar seis todoterrenos se quedan a mirar, incluso te saludan con la mano y una sonrisa, como en Marruecos. En este último pueblo un paisano que llevaba un tractor, nos dijo que el camino estaba cortado un poco más abajo, por un castaño que con las últimas lluvias se había caído, que ellos habían intentado quitarlo y que no pudieron. Como somos más chulos que un ocho y nos pasa lo que a Santo Tomas que “si no lo veo, no lo creo”, seguimos camino.

Seguía el primero Jordi, detrás Pepelu, a continuación Miguel y luego nosotros. Empezamos a subir por las estribaciones de Picos de Europa y al iniciar una bajada había una curva muy pronunciada y con una pendiente tremenda, ante la posibilidad de que, por cualquier circunstancia no se pudiera dar la vuelta, Jordi, Pepelu y Miguel se adelantaron para investigar.

Mi hermana y yo, aunque sin decir nada, pensamos que nos estabamos acercando a la famosa “V” y agradecimos mucho que Rafa no les siguiera. Al momento oímos por la emisora:

- Chicos aquí está el castaño. Efectivamente no se puede pasar.

Bajamos todos, incluidos los perros que era la primera vez que salieron de los coches ese día, excepto María y Fernando que se quedaron dando de comer a Ratón. El camino era precioso, el verdor lo invadía todo, se oía el rumor de un arroyo a lo lejos y sólo se podía ver el color azul del cielo a través de los pequeños resquicios que dejaban las copas de los árboles. Llegamos abajo y cruzamos el arroyo saltando de piedra en piedra con el consabido miedo a resbalar y mojarte, además de torcerte un tobillo. Alfred descubrió un puente hecho de troncos, que estaba cubierto por el musgo y la maleza, pero ya era demasiado tarde para poder aprovecharlo, estabamos al otro lado.

Los comentarios que se producen en una situación conflictivas son dignos de ser grabados, cada uno opina una cosa y para poner a todos de acuerdo, y eso que este grupo es de gente magnífica y nunca ha habido el mas mínimo roce, se necesita un director de orquesta. Esa función la asumió Juan Pedro que, aunque para él también era la primera vez que hacia rutas todoterreno, tiene un sentido común que merece la pena destacar.

El famoso castaño tendría mas de un metro de diámetro. Un tercio de sus raíces estaban al aire y el resto enterradas en uno de las márgenes del camino, que como en el tramo anterior, era un talud de unos dos metros de alto. Alguien lo había cortado y del tronco solo quedaban un par de metros, los suficientes como para ocupar la mitad de la trocha. Tenía otro corte iniciado que si quien lo inició, lo hubiera terminado habrían quedado resueltos todos nuestros problemas y los de todos los que quisieran pasar por allí en algún vehículo de cuatro ruedas. Las primeras opiniones se decantaron por el serrucho, pero era tan gordo que ni se intentó. La siguiente fue arrastrarlo, teniendo en cuenta que había que correrlo un buen trecho hacia el lado donde estaba enraizado, ya que la otra margen del camino era una pendiente llena de zarzas, de unos cinco metros de caída, que acababa en el agua. Hacia ese lado no lo querían tirar pues cortaría el curso del río.

Sacaron las slingas, los mosquetones y pusieron en marcha el cabestrante del coche de Jordi, y gracias que iba Jordi el primero y llevaba ese artilugio, porque si llega a ir uno que no lo tuviera, sólo con el motor no se si se habría movido, al menos eso pensaba yo. Lo pasamos divinamente viendo todos los esfuerzos que hacían, es un espectáculo como otro cualquiera. Cuando empezaron a tirar, hubo que poner el coche en marcha pues la fuerza del motor del cabestrante no era suficiente. A pesar de todo, el coche resbalaba en el barro y el tronco no se movía. Juan Pedro dijo que había que levantarlo, pues al estar clavado en el barro era imposible moverlo, sacaron dos gatos que parecían para quitar ruedas de tractores, medirían alrededor de metro y medio cada uno, los ajustaron en el castaño y empezaron a dar a las palancas. Aquel tronco pesaba tanto que en lugar de subir, lo que hacía era enterrar a los gatos en el barro. Tras colocar sendas piedras como base de los gatos, empezó a moverse, lo subieron como medio metro y aprovecharon para meter trozos de madera y un tronco mas fino que sirviera de raíl cuando empezaran a correrlo.

En plena faena pasó un matrimonio mayor con un perro que se paró para ver que hacíamos y nos comentaron que estabamos haciendo una labor muy útil para todo el pueblo, que ellos tenían una finca un poco mas allá y que no podían pasar con el coche desde que se cayó el castaño. Vamos que si éramos capaces de quitarlo, casi, casi nos pondrían una placa en el pueblo.

Tras varios intentos el Land Rover de Jordi cada vez resbalaba más y era imposible moverlo. Maribel comentó que por qué no unían el coche de Jordi con el de Pepelu con una slinga y así los dos harían mas fuerza. Entre la prudencia de Maribel y que a los hombres, en materia de coches y más de este tipo, no admiten consejos de mujeres, se desestimó la enmienda de Maribel sin el menor comentario y desistimos de quitarlo, lo que significaba que teníamos que volver atrás.

Pepelu estaba decepcionado, no paraba de decir que era la primera vez que tenía que abandonar en una ruta, que jamás se había encontrado con una situación igual y aunque quiso presionar para ver si había otras alternativas para mover el tronco, el resto no hizo caso y nos volvimos, andando los que habíamos bajado andando y en coche los que llevaron sus coches. Llevábamos un buen rato esperando y los coches no llegaban. Pepelu al dar la vuelta se había quedado encajado al cruzar el arroyo sobre el puente de troncos que estaba oculto en la maleza. Como siempre pasa en estos casos la culpa es de quién te ha guiado, o al menos eso decía Pepelu cuando todos le tomaban el pelo sobre su quedada.

Hicimos el camino de vuelta y volvimos a pasar por los mismos pueblitos y nos volvimos a encontrar con el del tractor que dijo que ya nos lo había advertido. María había reservado en un restaurante en Villaviciosa que le había recomendado y allí nos fuimos a comer, magníficamente por cierto. Acabamos muy tarde y nosotros decidimos ir a dormir la siesta. Los catalanes y Miguel se fueron otra vez a la ruta pero empezando por el final para ver si había alguna otra posibilidad de hacerla sin toparse con el castaño.

Quedamos con Pepelu y Juan Pedro en Tazones para cenar unas nécoras, pues estar en Asturias y no comer una necorita es casi pecado. El resto se quedó en Villaviciosa. El camino a Tazones tiene una vistas maravillosas de la ría de Villaviciosa y del mar Cantábrico. Entramos en un bar de los miles que hay y pedimos: una tónica, una coca-cola, sal de frutas y aguita fresca, estabamos estragados todavía de la comida. Además no tenían nécoras de manera que después de un paseito por el puerto nos fuimos al hotel hasta el día siguiente, que esperábamos fuera un poco mejor la ruta.

Empezaba en el Mirador del Fito. Es una especie de púlpito de hormigón sobre el vacío, desde donde se puede ver el mar a la izquierda y Picos de Europa al frente, si el tiempo lo permite y, a nosotros nos lo permitió. Es impresionante. Cogimos una pista que salía a la izquierda y fuimos bajando por una bosque de acebos y robles, pasamos por Tusienes, la pista era preciosa, acababa en un campo de golf. Desde allí, ya por carretera, llegamos hasta la playa de Vega. Antes de llegar, Javier no llevaba casi gasolina y le acompañamos hasta una gasolinera en Ribadesella. Tuvieron un pequeño percance con un coche que les dio un golpe por detrás al salir de la gasolinera, aunque como es natural él no se hizo nada, pero el otro quedó bastante abollado.

Nos encontramos con todos en la playa, tomamos el primer aperitivo del día y decidimos comer allí. Buscamos una pradera verde al borde del mar, abrimos la Pick-up de Pepelu para que sirviera de mesa y sacamos la comida que llevábamos nosotros preparada, algunos fueron a por cervezas, vino y pan y todos nos alegramos de no haber perdido el tiempo en un restaurante como nos pasaba casi todos los días, además de comer en el campo que es lo que le pega a estas escursiones. Después seguimos la ruta. Nos encontramos el camino cortado al salir de una playa y tuvimos que encontrar la forma de poder seguir, pero con los GPS, los mapas y toda la información que llevaban nos hubo problemas.

Ya no recuerdo exactamente por donde pasamos, sólo se que terminamos en una cala maravillosa en la que desembocaba un río. Lo cruzamos como pudimos, muchos nos mojamos los pies, pues aunque no cubría nada y estaba lleno de piedras, era imposible evitar el meter el pie en el agua entre piedra y piedra. Hicimos un montón de fotos, merecía la pena dejar plasmado aquel paisaje. Las rocas hacían un arco maravilloso sobre el horizonte, había cuevas que con la marea baja se pueden visitar, el acantilado era impresionante. Los conductores se quedaron al otro lado del río y lo cruzaron sin problemas con los coches. Los que estabamos en la otra orilla, los mirábamos con la mirada perpleja al no darnos cuenta de lo fácil que hubiera sido esperar un poco y no mojarnos.

Volvimos a Villaviciosa para cambiarnos e ir a cenar a Tazones y comernos la famosa nécora que no nos comimos el día anterior. En esta ocasión fuimos todos. Era el sábado por la noche y estaban todos los bares a tope, no conseguimos una mesa donde pudiéramos sentarnos juntos. Los catalanes y Miguel se marcharon sin tomar nada y el resto nos quedamos sin muchas ganas de cenar. Mi hermana y yo nos pedimos la nécora. Era como un cangrejo de pequeña, se les habían acabado todas y no tenían mas marisco

Por fin se quedó una mesa libre donde nos pudimos sentar los que quedabamos. Y como “el comer y el rascar es todo empezar”, que si un poquito de queso, que si un pulpito a la gallega, que si una ensalada, cenamos muy bien, animados por un camarero malagueño, que se turnaba en los chistes con Pepelu y Juan Pedro.

El día siguiente era el de vuelta y Rafa nos quería enseñar el desfiladero de los Beyos de manera que decidimos volver por ese camino. Después de despedirnos de Javier, Maribel, Jordi y Angels, nos montamos en los coches y salimos con dirección a Madrid. Al final se vinieron con nosotros todos, hasta los catalanes, aunque esta vez no íbamos en caravana. Ellos salieron antes y nosotros después, pero por la emisora nos contaron que estaban comiendo en un restaurante un poco más allá, pero por la misma carretera, pues no estaban dispuestos a hacer el camino de vuelta por la costa, como habían hecho a la venida, por lo visto los atascos son fenomenales.

Nosotros paramos en uno que hay en la parte más estrecha de la garganta, con una cascada de más de veinte metros que se podía ver desde el comedor, la verdad es que es impresionante. Yo estaba malísima de los excesos de comida de los días anteriores y no probé bocado y eso que tenía todo una pinta buenísima. El desfiladero tiene más de veinte kilómetros de largo y todo él es igual, paredes verticales de más de cincuenta metros a cada lado, un río en el fondo y una carretera estrecha que hizo que ingenieros ingleses y alemanes, grabaran una placa en homenaje a los españoles que la construyeron, pues la dificultad que entrañó el hacerla es digna de elogio.

Acaba en el famoso embalse de Riaño. Le contamos a Alfred la historia del embalse, cómo inundaron un pueblo entero para hacerlo y que el pueblo que ahora veíamos era nuevo, pues todas las casas del auténtico Riaño están bajo el agua. Es un embalse precioso, con varios puentes que lo cruzan. Entiendo perfectamente a los habitantes de ese pueblo que se manifestaran como lo hicieron cuando el gobierno decidió inundarlo y enterrar o mejor dicho anegar toda su historia, pero lo cierto es que a mi que no me afecta personalmente, tengo que decir que el paisaje que ha quedado es maravilloso y pienso que incluso a los nativos también les debe de encantar.

Entramos en Castilla con su inmensa llanura, tan distinta a todo lo que habíamos visto en Asturias, y con la desilusión de que se acababan nuestras vacaciones y temiéndonos una entrada en Madrid de horas ya que esta Semana Santa han salido más de ocho millones de coches en toda España.

Nos despedimos de Miguel, M.Carmen y de su hija Cristina, pues Miguel iba con fiebre y prefirieron no parar nada más que a echar gasolina. Seguimos viaje, Pepelu y Juan Pedro, Fernando, María y Ratón y nosotros.

Al pasar por Valladolid, nos encontramos un atasco importante y nos hizo pensan en lo que nos esperaba, pero al momento nos dimos cuenta de que todo tenía que ver con la salida del partido de fútbol que se celebraba en esa ciudad. Y una vez cruzada, el tráfico se volvía fluido. Fuimos oyendo la radio y el canal 19 de la emisora, que es el de los camioneros, para ver que decían de cómo estaba la autopista de la Coruña y parecía que estaba despejada. A pesar de ello, decidimos no cogerla hasta Villacastín.

Paramos para despedirnos de Fernando y María. Llegamos al túnel de Guadarrama en una patada. En las Matas Juan Pedro se pasó a nuestro coche, ya que Pepelu vive allí, bueno en los Peñascales y nosotros llegábamos hasta Madrid. Paramos en Majadahonda para dejar a mi hermana y a Alfred que, según decían, fue una de las mejores vacaciones que habían tenido y llegamos a la Cava, después de dejar a Juan Pedro en la glorieta de Marqués de Vadillo, a las once de la noche.

Por cierto, mi hermana se llama Luisa y Alfred es de Congo.

 

Madrid, mayo de 2001