Un invierno en Kandahar, ed Laertes

Ana Briongos

(Nota : Ana Briongos es autora de un excelente libro de viajes -Negro sobre Negro, ed. Laertes- que trata de Irán. De su nuevo libro centrado en Afghanistán, nos envía un fragmento del primer capítulo).

Fragmento del primer capítulo

A pesar de lo que suponía la gente que me iba conociendo en Kabul, yo no era una recién llegada a aquel país de los misterios, tierra de las sorpresas y reino de las situaciones imprevisibles. Llegaba a la capital de Afganistán después de haber vivido durante el invierno en lo más profundo del país, en una ciudad muy diferente de la que ahora me alojaba. Había pasado un invierno en Kandahar, capital del Baluchistán afgano, al sur del país, no muy lejos de la frontera con Pakistán. Llegué a Kandahar por tierra en mi camino hacia el Este, después de haberme detenido una semana en Herat. En Kabul, donde trabajé en la oficina de Air France, se abriría ante mí otro mundo nuevo y sorprendente, y los meses de invierno en Kandahar quedarían olvidados. Treinta años después recuerdo que fueron días felices, tiempos de reflexión y de búsqueda en los que me desembaracé de todas las preocupaciones, y por fin tuve tiempo para pensar, observar y aprender.

De Afganistán no conocía nada más que su situación en el mapa y el nombre de la capital, Kabul. Hasta aquel invierno no empecé a saber algo de su historia: leyendas de caballeros de las estepas algunos de cuyos nombres había oído alguna vez, cuentos de príncipes renacentistas asiáticos y de reinas viajeras y mecenas, historias de destrucción, de horda y nomadismo.

No las leí en ningún libro: me las contaron siempre bajo las estrellas en jardines escondidos detrás de paredes de adobe, junto a minaretes solitarios erguidos en mitad del desierto, bajo una tienda negra alrededor de la cual se extendía la estepa inmensa, a la puerta de una yurta a más de tres mil metros de altitud y rodeada de montañas.

En Afganistán se encuentran "el techo del mundo", como llaman a la meseta del Pamir, la gran cadena montañosa del Hindu Kush, las extensas estepas del Asia central, los desiertos de sal y los desiertos de arena. Afganistán es país de caravanas de camellos, fue también tierra de elefantes, por allí pasó la ruta de la seda y sus montañas refugiaron a bandidos y contrabandistas. Afganistán fue, en otro tiempo, el centro de un imperio que se extendía desde el Éufrates hasta el Ganges y es hoy tierra de nómadas, crisol de razas y babel de lenguas. Por todo ello es por lo que allí quise abandonar lastres y correr en pos de nuevos e insospechados conocimientos que no busqué en libros, ni en museos, ni en monumentos. Intuía que, rechazando temporalmente estos fríos mediatismos, adquiriría el conocimiento que podría brindarme cualquier piedra colocada a propósito en un camino, cualquier pared de barro levantada en medio de un desierto, cualquier comida cocinada y saboreada en compañía bajo una tienda perdida en la inmensidad de la estepa.

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La suerte me acompañaba el día en que llegué a Herat, porque la ciudad me recibió con todas las puertas abiertas. Era una mañana de invierno soleada y los habitantes de Herat celebraban el fin del Ramadán. Por esta razón estaban abiertas las puertas de las casas, hendiduras rectangulares casi escondidas en las paredes de adobe que amurallaban las estrechas e irregulares calles de la ciudad. Los vecinos y conocidos iban de casa en casa y en ellas se les recibía y agasajaba. Nada más llegar, Herat me abría el cofre de los tesoros, antes de que hubiera podido conocer su aspecto exterior, cuando estaba, como era costumbre los demás días del año, cerrado a cal y canto. Entré en todas las casas, me senté sobre las almohadas de todos los salones, sorbí por tres veces el té que me ofrecieron y tomé dulces y fruta de los platos y platillos distribuidos sobre las alfombras que cubrían la sala. Y aún tuve el privilegio de conocer los entresijos mismos del festejo, puesto que, como mujer, mis huéspedes me franqueaban la entrada al lugar donde se obraban todos los preparativos de aquel día: el reducto de las mujeres, donde los hombres ajenos a la morada no entran nunca. Como extranjera que ignoraba aquella cultura, no podía sino estar a la mira de los comportamientos y maravillarme de su hospitalidad.

Un criado o un niño de la familia, apostado en la calle frente a la puerta, daba la bienvenida y corría a avisar al dueño de la casa de la llegada de nuevos visitantes. No tardaba en aparecer el anfitrión en el umbral de la puerta, y con la mano en el pecho y haciendo una profunda reverencia, decía una perorata incomprensible para mí, a la que el recién llegado respondía con otra tan de inmediato que se engarbullaba con la del primero. Los dos hablaban bajito y al mismo tiempo, con la mano en el pecho y muy cerca, como si se explicaran secretos: "Salam aleicom. Jub astí? Chetor astí?…" Yo no podía responder más que devolviendo las reverencias y agradeciendo su acogida en mi propio idioma, en la expectativa de que mi anfitrión entendería que le saludaba y reconocía su hospitalidad con toda gratitud.

El dueño de la casa invitaba al recién llegado a que entrara y le conducía una estancia alfombrada y rodeada de almohadones distribuidos a lo largo de las paredes. El centro del salón estaba repleto de bandejas con dulces y frutas. Los niños y los criados servían el té a los invitados y el anfitrión conversaba con cada uno de ellos interesándose por su vida y por su familia. Me fijé en que ningún invitado aceptaba que le llenaran la taza de té más de tres veces, y que todos se despedían al cabo de un tiempo prudencial. Así que hice lo propio. Visité por lo menos diez casas. Alguno de mis anfitriones me habló en inglés.

Todos los hombres que abrían sus casas vestían al estilo tradicional afgano: pantalón bombacho y camisa de largos faldones con una abertura en un lado del pecho para poder pasar la cabeza; los visitantes también vestían así, todo el mundo en Herat vestía al estilo tradicional y sólo los policías y los soldados iban vestidos de otra manera. Si primero me había sorprendido por la imponente prestancia de los hombres afganos vestidos con su atuendo tradicional, el aspecto que tenían con uniforme me parecía, por el contrario, ridículo. Las mujeres que pude ver en las cocinas llevaban vestidos de colores de cuyo cuerpo ajustado salía una amplia falda que les llegaba hasta los tobillos. En una de las casas tuve una sorpresa. Las mujeres, una madre y una hija, vestían traje de chaqueta y collar de perlas.

Su cocina y salón anejo en la zona de las mujeres tenía mesas y sillas, aunque el salón donde recibía el marido estaba decorado con cojines y alfombras como los demás que había visitado. Todos los invitados eran hombres, ninguna mujer los acompañaba. Empecé a darme cuenta de que sólo una mujer extraña al ámbito cultural de aquellas gentes podía tener acceso a su mundo masculino a la vez que al espacio de las mujeres, que los hombres mantenían en celoso recaudo. También vi que los hombres que abrían su casa y me recibían como recibían a los hombres se interesaban por mi vida igual que por la de los demás. Tanto el dueño de la casa, como luego las mujeres en sus cocinas, me hacían preguntas a las que yo no podía contestar con una simple frivolidad. Podía notar que su interés era sincero y que daban importancia a mis respuestas. Yo tenía veinte años y los pájaros de mi cabeza consistían en cuatro consignas que explicaban todo mi mundo y todo el Mundo en general. Ante sus preguntas no tenía respuestas.

Ni tan siquiera me había planteado qué hacía allí, sola, tan lejos de mi país y de mi casa. Si hubiera podido formular una respuesta, como, por ejemplo, que estaba de peregrinaje en busca de mí misma, quizá lo habrían entendido, pero decirles que viajaba por viajar, por ver mundo, porque no me gustaba lo que había dejado allá en mi tierra, eso no lo podían entender de ninguna manera. Ahora creo que casi les daba pena y que en cualquiera de aquellas casas me habrían adoptado y cuidado de buen grado hasta que se me pasara la enfermedad viajera y alguien de mi familia viniera a buscarme.

Pero seguí mi destino y regresé al hotel donde me alojaba después de desandar el camino a través de calles flanqueadas por altas paredes, cuyas sombras se recortaban sobre otras paredes de adobe. Detrás de las paredes monocromas se escondían casas tapizadas de alfombras, algunas de las cuales acababa de visitar. No sabía todavía que compartir una alfombra con té o con dulces, o con arroz, nos ofrece la oportunidad de recibir y también la de ofrecer. Recibir y ofrecer conocimientos, ideas y sentimientos. No sabía que en Afganistán sobre una alfombra se habla pausadamente, se pregunta y se escucha, y que el tiempo entonces importa poco. No sabía que la comunicación oral es importantísima en un país aislado como aquel, que es la base de todo conocimiento y que son los nómadas, los viajeros, los comerciantes, y por qué no, las mujeres que llegan de lejos como yo, quienes traen las noticias, los que hablan de países lejanos, de otras maneras de vivir y de otras costumbres. Sabía tan poca cosa.