Treinta horas: desde Ibarra hasta San Lorenzo

Gema Galván Delgado

Si de verdad quieres que te cuente la historia, lo que realmente nos ocurrió durante aquellos dos días de 1993, no vuelvas a preguntarme por qué lo hicimos, no insistas en conocer la razón por la que decidimos terminar un divertido y apacible viaje de vacaciones por Ecuador y las Islas Galápagos metiéndonos en aquel berenjenal. Los cinco, Pepe, Maite, Jaime, José y yo, después de leer varios libros de viajes y guías, lo tuvimos muy claro: se trataba de hacer un itinerario en gran medida inédito para el turismo, de visitar un territorio aislado del mundo exterior al que no se podía acceder por carretera, de llegar al corazón de la zona negra de Ecuador, poblada, según la leyenda, por descendientes de esclavos cimarrones, de entrar en contacto con la llamada cultura afroesmeraldeña y de utilizar y disfrutar un medio de transporte insólito: un autoferro que atravesaba 200 kilómetros de montañas y de selva, salvando un desnivel de más de 2.000 metros. Suficiente para nosotros. No podíamos dar por terminado nuestro viaje sin pasar por esa experiencia.

Por consejo de nuestro patrón, un chileno de antecedentes oscuros, pero capaz de servir magníficos piscos sour en la terraza de su hotel junto al lago Yaguarcocha, la tarde anterior bajamos a Ibarra en un taxi y, después de pasear indolentemente por sus blancas calles de pasado colonial, nos dejamos caer por la estación y preguntamos por el encargado. Don Juanito era un hombre de unos treinta años, de cara envejecida y cuerpo enjuto, que como único atributo de su cargo llevaba una gorra redonda y negra de visera corta. Escuchó en silencio nuestra petición de cinco billetes para el día siguiente, la confesión de que sabíamos que la taquilla no se abría hasta una hora antes de la salida, la justificación basada en nuestra condición de extranjeros en vacaciones y en el poco tiempo de que disponíamos. Sin decir una palabra aceptó los 300 sucres que le ofrecimos, y nos tendió los cinco billetes.

Después de tan fácil y eficaz gestión nos quedamos tranquilos y nos sentamos a tomar un refresco en los bancos de madera de la cantina. A los pocos minutos entraba en la estación el famoso trencillo, recién llegado de su viaje de vuelta desde San Lorenzo. Nos quedamos mirándolo fascinados mientras se desembarazaba de su colorista, abigarrada y alarmantemente numerosa carga humana y animal. El llamado autoferro era, como su nombre quería indicar, una criatura híbrida, formada por la carrocería de un pequeño y modesto autobús colorado instalada sobre el chasis y las ruedas de un vagón de ferrocarril y dotada de un motor diesel. Cuando quedó vacío nos asomamos a su interior y se empezaron a plantear en el grupo las primeras dudas sobre lo acertado de nuestra decisión: aparte del hecho comprobado de que había tardado casi doce horas en recorrer los 200 kilómetros que separaban Ibarra de la costa del Pacífico, por dentro, el trencillo era extremadamente pequeño, estaba dotado de dos hileras de asientos dobles en miniatura, muy poco apropiados para nuestras largas piernas de europeos y el fuerte olor acre que reinaba en su interior era un indicio cierto de la larga e intensa convivencia de los pasajeros durante el viaje. Por si fuera poco, un empleado de la estación estaba arrastrando hacia el exterior, con un largo escobón, montones y montones de basura orgánica e inorgánica de difícil identificación. Pero teníamos nuestros billetes en el bolsillo, don Juanito tenía nuestro dinero y la suerte estaba echada.

A la mañana siguiente llegamos a la estación con nuestro equipaje en las manos, a las seis en punto, media hora antes de la salida oficial del tren. Para entonces el andén ya estaba absolutamente abarrotado de hombres, mujeres y niños de diferentes razas y colores, así como de diversas especies del reino animal. Teniendo en cuenta que el único tren anunciado era el nuestro, parecía evidente que aquella multitud pretendía viajar hasta San Lorenzo, precisamente de la misma forma que nosotros. Nos felicitamos por nuestra previsión al sacar los billetes el día anterior y pensamos con cierto remordimiento por nuestra picaresca que, desgraciadamente, muchas de aquellas personas iban a tener que quedarse en tierra por falta de plaza en el tren.

A las siete y diez el autoferro hizo su aparición sobre las vías del fondo de la estación y lentamente se fue aproximando hasta el andén. La muchedumbre se empezó a compactar y avanzó decididamente hacia el borde, con lo que quedó clara la intención de todos y cada uno de sus componentes de subirse a aquél minúsculo vagón. Empujados y separados por la presión de la multitud nos gritamos unos a otros:

— ¡ El primero que suba que coja sitio para todos!

Y alguno más realista respondió:

— ¡Y sin alguien se queda en tierra, que lo intente en el tren de mañana! ¡Le esperamos en San Lorenzo!

Porque para entonces ya estaba claro que el procedimiento de ocupación de un tren al que estábamos habituados por las costumbres de nuestro país, no iba a ser seguido en aquel momento. Don Juanito y todos los demás integrantes del personal de la estación habían desaparecido y no contábamos con la presencia de ninguna autoridad dispuesta a proteger los derechos adquiridos por la compra de los billetes.

Cuando el tren paró definitivamente, aquello fue la hecatombe. La gente empezó a gritar y a luchar a brazo partido por alcanzar la pequeña y única puerta delantera. Los más audaces, combatían por encaramarse a una pequeña escalerilla lateral y asegurarse un sitio en el techo del vehículo. Sorprendentemente, cuando ya pensábamos que la batalla estaba perdida y que íbamos a ser pisoteados y abandonados sobre el andén, Maite y yo, que por azar habíamos quedado muy cerca de la puerta, fuimos violentamente empujadas por las masas de gente que estaban detrás de nosotras y, antes de que nos diéramos cuenta, estábamos dentro del tren, sin haber perdido nuestra bolsas y con casi todos los asientos libres para elegir. Todavía al borde del pánico, pero ya con una sonrisa de triunfo, nos instalamos en las dos filas delanteras, reservando sitio para los demás y preguntándonos si la suerte protegería también su subida. Cuando lo hicieron, uno a uno, sudados y temblorosos, los recibimos con alegría, pero también con un leve gesto de suficiencia femenina, exigiendo el reconocimiento de nuestra superior habilidad.

Pronto, el interior del tren estuvo abarrotado de personas, animales y paquetes que ocupaban todo el espacio disponible: los minúsculos asientos, el estrecho pasillo, las frágiles rejillas para el equipaje, y hasta el aire, parecían estar llenos, completamente llenos. El equipaje de todos los viajeros, que incluía bolsas, mochilas, maletas, sacos de cebollas y patatas, gallinas y hasta un televisor propiedad de una mujer diminuta que se colocó a su lado y no lo abandonó durante todo el viaje, fue amontonado sin contemplaciones al fondo del vehículo, ocupando las dos últimas filas de asientos. Arriba, en el techo, oíamos el ruido de voces y de numerosas pisadas y, asomando la cabeza por la ventanilla y estirando el cuello nos pudimos hacer una idea de lo que estaba sucediendo. La situación era muy parecida a la de dentro por lo que se refiere a aglomeración y lucha por el espacio, sólo que ellos iban a la intemperie y apenas protegidos por una diminuta barandilla metálica que recorría todo el perímetro del cochecillo.

Antes de que nos diéramos cuenta, el conductor subió al vagón, cerró la puerta empujando a los que todavía intentaban entrar, ocupó su asiento tras el gran volante de camión con el que había de dirigir la máquina y puso el tren en marcha. En el andén quedó, enfadada y gritando, por lo menos la mitad de la multitud que pretendía subir. Aquella gente tendría que esperar hasta el día siguiente y repetir la misma pelea.

Ya iniciado el viaje, pudimos dedicarnos a observar a nuestros compañeros de vagón. Los únicos blancos éramos nosotros cinco, una familia de turistas alemanes - padre, madre y dos hijas adolescentes - y el conductor, que como pronto supimos, respondía al nombre de don Cruz. El resto del pasaje estaba integrado por población local de dos tipos básicos. Por una parte, indios de la región de Otavalo, de pequeña estatura, delgados, serios y silenciosos, que no se habían quitado sus característicos sombreros ni en el fragor de la batalla, ni al subir al tren. Y por otra, negros y mulatos ecuatorianos de grandes ojos, más altos que los indios y tremendamente habladores. Si indios y turistas habíamos optado por guardar un prudente silencio, los negros hablaban entre sí a voz en grito y una algarabía parecida provenía del techo.

Justo delante de nosotros, sentada en el suelo en un diminuto hueco libre en el que había conseguido embutir su inmenso trasero, estaba Violeta. Era una mujer negra, gorda y de ancha sonrisa que viajaba con tres niños, unos diez bultos esparcidos a su alrededor y, sobre sus rodillas, una inmensa cesta llena de aguacates que, según nos dijo, pretendía vender en San Lorenzo. Mujer de naturaleza comunicativa, nos preguntó de inmediato de dónde éramos y el motivo de nuestro viaje. También nos contó, exultante, que hacía ese viaje a menudo para vender aguacates y que estaba muy contenta de que viajaran turistas, porque desde que habíamos empezado a aparecer, ellos ya no pagaban. Como si hubiera estado esperando esta confesión, un muchacho negro que actuaba de ayudante del conductor y se sentaba junto a él se levantó y se acercó a nosotros pidiéndonos los billetes. Lo mismo hizo con la familia alemana. Y con nadie más. Violeta sonreía beatíficamente.

Mientras tanto, el tren había comenzado su espectacular recorrido, atravesando altas montañas y profundos barrancos. En ocasiones, la pendiente era tan pronunciada que el vehículo abandonaba su habitual paso de carromato, para tomar una velocidad de vértigo, mientras se balanceaba peligrosamente en lo que tenía todo el aspecto de una caída libre. Desde el techo nos llegaban los gritos de excitación y de miedo de los viajeros allí encaramados; pronto llegamos a averiguar que cuando esos gritos se volvían más fuertes y más agudos era porque nos acercábamos a alguno de los numerosos túneles del camino. Desde dentro, totalmente hacinados y sudorosos, los escuchábamos con una mezcla de envidia y de alivio por no estar en su lugar.

A la hora aproximada de haber abandonado Ibarra, el tren realizó su primera parada en Salinas, una pequeña población enclavada en un entorno fértil de cafetales y campos de caña de azúcar, cuyos habitantes parecían haberse concentrado, en ese preciso momento, alrededor de la vía. En efecto, la población de Salinas en pleno, en la forma de centenares de vendedores y curiosos, nos dio la bienvenida. Al bajar para estirar las piernas confirmamos nuestras intuiciones sobre el estado del techo del tren: estaba totalmente abarrotado de bultos y de gente, entre los que destacaban unos seis o siete jóvenes europeos y numerosos niños y hombres negros. También aprovechamos la parada para obtener información de otros viajeros y de alguno de los mirones sobre los datos técnicos de esa primera etapa realizada: en una hora habíamos recorrido apenas 30 Km., pero habíamos salvado un desnivel de más de 500 metros.

Sin saber muy bien por qué, la parada que había sido anunciada como de diez minutos empezó a prolongarse de forma alarmante. Al principio agradecimos la oportunidad de curiosear por los alrededores, de comprar algo de comida y bebida y de charlar con los centenares de niños y adultos que nos miraban con la misma curiosidad que nosotros a ellos. Pero cuando aburridos quisimos preguntar al conductor o a su ayudante sobre las razones de la tardanza, descubrimos que ambos habían desaparecido. Don Cruz, con una larga experiencia en el servicio del autoferro, demostró durante todo el viaje una habilidad muy especial para desaparecer en los momentos comprometidos. El parón duró casi dos horas y terminó de forma insólita. Por una polvorienta carretera llegó a toda velocidad un vehículo todo terreno del que se apeó un grupo de extranjeros que luego supimos era de nacionalidad belga. Entonces, como por arte de magia, apareció de nuevo el conductor, subió con los belgas al tren y obligó a levantarse a algunos de los viajeros locales para que los extranjeros pudieran sentarse. Nadie protestó. Los belgas, tres hombres y tres mujeres de unos veinticinco años, subieron al tren con una sonrisa triunfal y se instalaron como pudieron. Sólo uno de ellos hablaba un pobre castellano y a través de sus entrecortadas explicaciones los demás viajeros, de boca en boca, fuimos reconstruyendo de forma fragmentaria lo que había sucedido. Menos afortunados o menos hábiles que nosotros, habían sido incapaces de subir al tren en Ibarra, pero lejos de resignarse a repetir la intentona al día siguiente, habían conseguido a través de su Embajada, y no se supo nunca a través de que misteriosas influencias, telegrafiar a Salinas la orden de que el tren les esperara, alquilar un coche y alcanzarnos por carretera. Sin que ellos se dieran cuenta, la versión empezó a correr por el tren y ocasionó los primeros comentarios agresivos, todavía mezclados de admiración por su inmenso poder para detener el curso de los acontecimientos, sobre los gringos. Alguien, con buena voluntad, dijo:

— Serán hijos de algún embajador. Y además, ellos sí han pagado.

El viaje continuó durante toda la mañana sin mayores incidentes ni tropiezos. Después de atravesar la cordillera, el autoferro entró en el valle del río Mira y asentándose ya en un ritmo cansino de marcha que no abandonaría en el resto del trayecto, cruzó sus numerosos afluentes por puentes increíblemente estrechos y alargados.

Poco a poco, en las distintas paradas que el tren efectuó, se fueron apeando los pasajeros indios con sus bultos y sus chiquillos y subieron con los suyos viajeros de raza negra. Cuando llegamos a Río Blanco, a 80 kilómetros de Ibarra y a 900 metros sobre el nivel del mar, habíamos superado lo más duro del descenso, nuestro reloj marcaba casi las dos de la tarde y el pasaje del tren había cambiado completamente de color. Aparte de los turistas alemanes, belgas y españoles, todo el resto del pasaje, tanto de dentro como de fuera, tanto de arriba como de abajo, pertenecía ya a la famosa etnia afroesmeraldeña y sus derivados, por lo que el nivel de ruido se había incrementado notablemente.

En el vagón el calor era asfixiante y el escaso aire que entraba por las estrechas ventanas era totalmente insuficiente para la respiración confortable de todos los que lo ocupábamos. El agua se nos estaba acabando y habíamos conseguido alcanzar la poco esperanzadora media de 15 kilómetros a la hora.

Dormitando, charlando, bajando en las cortas paradas a recuperar nuestra verticalidad, siguieron pasando las horas y fuimos acercándonos lentamente, muy lentamente, a nuestro destino en la costa del Pacífico. Pronto el paisaje cambió totalmente y el tren se metió de lleno en la verde y húmeda mancha de la selva. Como si hubieran interpuesto entre el sol y nosotros un gran filtro polarizador, la luz se modificó por completo, se volvió menos blanca, menos abrasadora, menos agresiva y los espectaculares colores de la vegetación se ofrecieron a nuestra vista en todo su esplendor, intensos, plenos, saturados. Para alivio de los viajeros, por las ventanillas empezó a entrar una brisa fresca y húmeda y el aroma de cien plantas, de mil flores diferentes. Las gallinas, en sus jaulas, recibieron el nuevo ambiente con un alegre cacareo.

A las cuatro de la tarde estábamos todavía en plena selva. La vegetación era tan espesa que parecía formar un túnel alrededor del tren. El camino que seguíamos era una estrecha galería verde y oscura, horadada en el corazón de la jungla para tender la única vía de la linera ferroviaria. De repente, el motor del autoferro que durante todo el viaje nos había amenizado con un ronroneo persistente, empezó a emitir unos ruidos nuevos y alarmantes, parecidos al estertor de un enfermo moribundo, que se prolongaron por espacio de diez minutos, hasta que súbitamente se extinguieron. Y, entonces, se paró. Don Cruz perdió su habitual compostura, soltó una blasfemia y seguido de su ayudante y de varios acompañantes espontáneos, salió del coche de un salto. Durante algunos minutos deliberaron apasionadamente sin contestar las preguntas que los viajeros formulábamos desde nuestras ventanas. Al cabo, se alejaron todos del tren avanzando por la vía en la dirección de la marcha, entre las paredes de vegetación, hasta que detrás de una curva los perdimos de vista. Aquello fue como una señal. Todos los viajeros, los de dentro y los del techo, nos precipitamos al exterior ansiosos de descubrir qué estaba sucediendo. La palabra avería estaba en el aire.

En el exterior, el único espacio para estar de pie, sentado, o para caminar, era la propia vía. A sus dos lados, la selva virgen era tan densa que no se podía pensar en adentrarse en ella, ni en encontrar un lugar abierto dónde instalarse. Algunos pasajeros empezaron a alejarse, paseando por la vía en las dos direcciones; otros se quedaron sentados sobre los raíles, junto al tren. De entre los pasajeros del techo que no conocíamos, descubrimos a una pareja de Gijón con la que entablamos conversación y de la que ya no nos separaríamos durante el resto de la aventura.

José, Jaime, los dos asturianos y yo, para matar el tiempo y la incertidumbre nos unimos a los que andaban por la vía siguiendo las huellas del conductor y su grupo. A unos doscientos metros del tren nos encontramos con ellos. Don Cruz y su ayudante estaban peligrosamente encaramados a un frágil poste telefónico al que habían conectado un rudimentario aparato con el que intentaban, sin conseguirlo de momento, ponerse en comunicación con alguna de las estaciones del trayecto. Un pequeño grupo de hombres negros sentados sobre los raíles seguía desde tierra sus esfuerzos, haciendo comentarios jocosos y burlones sobre la situación, pero sin atreverse a interpelarle de forma directa. De repente uno de ellos, el más gallito, le espetó a gritos:

— ¿Qué pasa, don Cru, no sabe hacer funcionar ningún cacharro, ni el tren, ni el teléfono?— Los demás le corearon la gracia con grandes carcajadas.

— Tú, cállate, jediondo.— Contestó el conductor de muy mal humor, mientras nosotros conteníamos la risa.

El Jediondo, que se tomó muy deportivamente el insulto, era un hombre negro de unos 35 años, de estatura media y de cuerpo elástico, de rostro patibulario y ojos inyectados en sangre. Vestía un pantalón gris, una camisa de cuadros que llevaba totalmente desabrochada enseñando el pecho y el vientre y, sujeto a la cintura, un largo machete de los utilizados para abrir camino a través de la selva. Parecía haberse convertido en el líder de todo el grupo que le rodeaba, uno de los cuales, con el que al aparecer le unía una estrecha relación, era una especie de Hércules alto y musculoso, de manos y pies enormes, gran cabeza y expresión feroz. También llevaba a la cintura un machete que a nosotros nos parecía descomunal. Poco tranquilizados por el aspecto y las armas de los mirones, los gringos nos sentamos un poco alejados contemplando la escena y esperando ver el resultado de las gestiones de don Cruz. Mientras, el Jediondo, súbitamente inspirado por el amplio auditorio que había logrado aglutinar, empezó a contar la historia de su vida:

— Aquí donde me veis, yo he sido mucho tiempo una autoridad y estoy acostumbrado a los uniformes. Era policía en Esmeraldas, pero me echaron porque me cargué a uno, que bien muerto se quedó, la puta que lo parió.— Aquellas confesiones parecieron consolidar su autoridad moral sobre todos los demás, que asentían sonriendo a cada frase suya.

Don Cruz parecía haber logrado comunicación y bajó del poste dándonos una escueta explicación a los europeos, pero sin mirar siquiera a los negros:

— Van a intentar mandarnos el otro autoferro, pero no saben cuando llegará. Hay que esperar.— Y se largó.

A las seis de la tarde seguíamos en mitad de la selva, vinculados a un tren que no se movía, esperando a otro tren que no sabíamos de donde venía ni cuanto tardaría en llegar. La lógica nos llevaba a pensar que San Lorenzo era el único lugar del que podía partir el rescate, puesto que nuestro tren estaba bloqueando la vía en dirección a Ibarra. Afortunadamente no hacía calor y todos los españoles nos sentamos juntos sobre los raíles para compartir nuestros últimos restos de comida y bebida. Algunos belgas y alemanes se acercaron para pedirnos información en francés y en inglés sobre lo que estaba ocurriendo. Desgraciadamente, nosotros no éramos precisamente una fuente fiable ni rica de noticias. A nuestro lado, Violeta repartía entre sus hijos, en una improvisada merienda de emergencia, los aguacates que había pensado vender en San Lorenzo. Nos miró con un cierto rencor y soltó:

— La culpa de que estemos aquí tanto tiempo la tienen los gringos que nos han hecho esperar dos horas en Salinas. Si no, estaríamos mucho más cerca de San Lorenzo y el tren de rescate hubiera llegado en seguida. Ahora se nos va a hacer de noche, aquí, en plena selva.

Hasta entonces no habíamos pensado en esa posibilidad. Ingenuamente habíamos dado por supuesto que el tren iba a llegar, que estaba a punto de llegar. Pero ¿y si no llegaba? Empezaba a oscurecer y cabía plantearse cómo íbamos a pasar la noche allí todos los pasajeros, ya que era materialmente imposible que nos metiéramos todos en el vagón. Intentamos buscar a don Cruz, pero había desaparecido de nuevo. ¿Cómo había conseguido evaporarse allí, en la selva? La única posibilidad es que hubiera seguido avanzando por la vía y eso quería decir que a una distancia accesible a pie existía algún sitio dónde ir. Pero ¿por qué narices no nos lo había dicho y nos tenía allí esperando durante horas y horas sin informarnos?

Preguntamos a Violeta y a otros viajeros que parecían habituales si había algún pueblo o apeadero cercano, pero no supieron o no quisieron contestarnos. Para colmo de males empezó a llover, o más bien a diluviar con la furia propia de las regiones tropicales. Los europeos sacamos impermeables y chubasqueros de nuestras bolsas. Los locales cortaron grandes hojas de arboles y las usaron como paraguas o se metieron a toda prisa en el tren. Entonces nos dimos cuenta de que no sólo había desaparecido don Cruz, sino todo el grupo del Jediondo y algunos otros viajeros, por lo que empezamos a madurar el proyecto de una expedición hacia lo desconocido. Era mejor andar por la vía con la esperanza de encontrar algún cobijo, que permanecer en medio de la selva, empapados, con el único refugio de un vagón atestado y pestilente. La idea se fue extendiendo también por el área francófona del pasaje que angustiadamente se dirigía a nosotros buscando una información que apenas teníamos. Cuando conseguimos estar preparados, con todo nuestro equipaje rescatado del fondo del autobús y las pocas linternas disponibles listas para prestar un servicio esencial, se nos había hecho de noche. Y seguía diluviando.

Maldiciendo a los ferrocarriles ecuatorianos y muy especialmente a su representante ante nosotros, don Cruz, por no habernos aconsejado hacer aquello tres horas antes, a plena luz del día y sin lluvia, formamos un largo gusano peregrino, agrupados por nacionalidades y con las linternas estratégicamente intercaladas cada tres o cuatro caminantes. Algunos locales se unieron a nosotros los que nos animó, haciéndonos pensar que la decisión adoptada no era tan descabellada como temíamos. Andábamos pisando las traviesas de madera de la vía porque el agua había convertido el resto del suelo en un terrible barrizal. Cargados de bultos y empapados empezamos una marcha en la oscuridad que había de durar dos horas y que no íbamos a olvidar en nuestra vida.

La vía seguía atravesando la selva que, al llegar la noche, una noche sin cielo, sin luna y sin estrellas, se había convertido en un telón negro y amenazante, y, en ocasiones, salvaba ríos y barrancos, convirtiéndose de improviso en un puente estrecho, resbaladizo y sin barandillas, sobre un abismo cuya profundidad sentíamos a nuestros pies, pero no podíamos ver. En esos lugares, la falta de una traviesa de madera no suponía un charco de barro, sino un agujero negro sin fondo. En muchos momentos la cadena humana fue real porque todos nos cogíamos de la mano del anterior y del siguiente para combatir el vértigo, el miedo a una caída que sería fatal. Los gritos de alarma y las instrucciones advirtiendo de los peligros recorrían la larga fila desde el principio hasta el final, en francés y en español.

— ¡Cuidado, faltan traviesas! ¡Hay un madero roto, no lo piséis! ¡El centro está muy resbaladizo, pisad por la derecha!

Y las maldiciones, los gritos de dolor por los golpes inesperados en tobillos y espinillas, los murmullos del miedo, atravesaban también toda la columna.

De repente, sin saber muy bien de dónde habían salido, la fila formada por los adultos estuvo flanqueada por un grupo de niños de unos doce o trece años, que sin bultos que cargar, mucho más ágiles que la mayoría de nosotros y sin duda acostumbrados a situaciones parecidas, andaban y corrían a nuestro lado, descalzos, adelantándose y retrocediendo sin ningún miedo. Uno de ellos, se juntó a nosotros, nos dijo que se llamaba Jaime, como nuestro Jaime, y se ofreció a ayudarnos con el equipaje si le dábamos alguna propina al llegar. Cuando se la prometimos nos quitó una bolsa de las manos, se pegó a nosotros como una lapa y ya no nos abandonó. Le preguntamos qué estaba haciendo allí, dónde estaban sus padres y, después de dar algunos rodeos, nos confesó que tenía once años, que vivía en San Lorenzo con su familia, que viajaba sólo y que lo hacía a menudo para ver si salía algo de interés. Situaciones como la que estábamos viviendo, en las que podía ganar algún dinero.

Mojados hasta el alma, cansados y con los nervios destrozados por las dificultades del camino, al cabo de dos horas de marcha vimos a lo lejos una débiles luces que parecían indicar la presencia de un lugar habitado. En la oscuridad, bajo la lluvia y en la confusión creada por la llegada de tal masa de gente, aquello parecía un poblado provisional y precario en mitad de la nada, apenas formado por cuatro o cinco cabañas de madera iluminadas por la luz de mortecinas bombillas que brillaban bajo la cortina de agua. De las cuatro casas de aquella población, una era un bar. Y en ese bar, sentados a una mesa protegida por una techumbre de madera y hojas secas estaban, en un extremo don Cruz, su ayudante y un hombre desconocido que supusimos del pueblo; en el otro extremo, el Jediondo, Hércules y el resto de lo que ya constituía su banda. El conato de motín entre los gringos que se inició en castellano, francés y alemán al ver al responsable máximo del tren a resguardo, mientras había abandonado a sus pasajeros en mitad de la selva, se abortó rápidamente al constatar que los negros habían invertido las horas que nos habían sacado de ventaja en beber con gran aplicación y que se encontraban francamente borrachos y en un estado de exaltación y agresividad tal, que dadas las armas que llevaban al cinto, generaron una cierta inquietud, por no decir un franco pavor.

Don Cruz, hermético como siempre y posiblemente también algo bebido, no abrió la boca en ningún momento. El Jediondo, al vernos, exclamó con su voz cavernosa lo que empezaba a ser la versión oficial de los hechos entre la población afroecuatoriana:

— Hombre, aquí están los gringuitos, que han abandonado el tren. Tienen que estar contentos, si no fuera por ellos, no estaríamos en esta situación, aquí tirados. Maldita sea, no sé por qué no se quedan en sus casas.

Y al ver al pequeño Jaime a nuestro lado, le propinó un sonoro golpe en la cabeza mientras le gritaba:

— ¡Mira el Pelao, ya ha encontrado protectores y negocio!

El niño se escabulló como pudo mientras nosotros, bajo la lluvia, no sabíamos qué decir ni a quién mirar, si a don Cruz en petición de una ayuda improbable, si a los negros borrachos para recuperar nuestra dignidad o si a los belgas manipuladores de horarios de trenes para afearles su conducta y, de paso, desmarcarnos de ellos.

Resultó que otra de las cabañas del poblado también era algo parecido a un bar y, sin ganas de preguntarnos si se trataba de un pueblo fantasma de propietarios de cantinas, nos protegimos en él de la lluvia y pudimos comprar cerveza, pan y latas de sardinas con tomate, lo que constituyó nuestra cena. Jaime, el Pelao, volvió a aparecer a nuestro lado, no nos aclaró su relación con el Jediondo y compartió con nosotros la comida. Si en el bando español la situación era difícil, en los bandos belga y alemán que no entendían a nadie y conseguían todavía menos información que nosotros, debía ser dramática. Estuvimos allí, comiendo, bebiendo y descansando hasta pasadas las once de la noche. Y entonces, se oyó un ruido, se vio una luz y en mitad de la estación apareció un autoferro, otro autoferro, que nuestra desorientación absoluta nos impedía saber de dónde venía, pero que sólo podía proceder de San Lorenzo.

Todos, turistas, mujeres, niños y hombres de la tierra, nos precipitamos hacía el vagón con nuestros equipajes para coger sitio y no tener que permanecer el resto de nuestras vidas en aquel desolado pueblo bar; empresa bastante azarosa puesto que de noche y lloviendo era bastante improbable que nadie quisiera viajar en el techo y debíamos apiñarnos todos en el interior. Una vez más y como si fuéramos parientes de algún magnate del ferrocarril, la suerte nos quiso compensar de los diversos avatares del día y Maite y yo conseguimos entrar de las primeras en el vagón. El espectáculo que allí nos encontramos fue sorprendente. Violeta y sus tres hijos estaban cómodamente instalados en los que habían sido nuestros asientos en el tren anterior. Era evidente que, a pesar de venir desde San Lorenzo, el autoferro se había desplazado hasta el vehículo averiado para recoger a los pasajeros y a los equipajes que en él habían quedado. La mujer al vernos subir y curándose en salud nos arrojó un

— Este es otro tren y aquí ya no hay reservas para los gringos. Ahora nos sentamos nosotros, que ya está bien.

Alguien había trasladado todos los fardos que estaban al fondo del autobús averiado, incluido el televisor, las jaulas de las gallinas y los sacos de cebollas, y los había colocado en la parte delantera del nuevo vagón, obstruyendo el paso y ocupando todo el pasillo. El Jediondo se había convertido en la nueva autoridad del momento y con su machete desenvainado y en la mano, desde el asiento del conductor, dirigía la operación de embarque. Al verme poner los pies sobre los bultos que había en el suelo, único modo que se me ocurría de desplazarme por el autobús y llegar a alguno de los asientos, aulló con voz de trueno, llenando el ambiente de violencia y olor a ron:

— ¡No pises los sacos, maldita sea, no se pueden pisar, que se estropean! ¡A ver si la tenemos!

Murmuré para mis adentros “lo que usted mande don Jediondo” y no me explico cómo, agarrándome a las barras del techo y colocando los pies sobre los apoyabrazos de los asientos, conseguí llegar a un sitio libre en mitad del vehículo sin tocar la preciosa mercancía del suelo. Maite me siguió con igual agilidad felina y pronto nos encontramos sentadas con las bolsas sobre nuestras rodillas. Poco a poco el vagón se fue abarrotando hasta extremos insospechados. El Jediondo y su banda, completamente borrachos, se distribuyeron estratégicamente a lo largo de todo el vehículo para controlar la situación.

Antes de ponernos en marcha, en la confusión de la multitud hacinada que éramos, se difundieron dos noticias. La primera, que una chica alemana se había roto una pierna al caerse, en la oscuridad, en una zanja abierta en el suelo. La otra, que a uno de los belgas le habían robado la máquina de fotos durante la subida. Así empezó una oscura negociación en la que el belga que hablaba castellano, seguro de que el ladrón estaba en el tren, ofrecía a voz en grito y en nombre de su amigo recomprar su propia cámara al precio que fuera. La banda del Jediondo reaccionó con la turbulencia y el espesor de los ebrios. Primero, se ofendieron, negaron que en su tierra hubiera ladrones, juraran con lengua de trapo que el gringo la habría perdido en la selva y amenazaron al que se atreviera a mantener lo contrario. Luego, ante la insistencia del belga, uno de ellos, Hércules, empezó a acusar del robo al Pelao, a Jaime, a nuestro Jaime negro, que empequeñecido y sin atreverse a hablar intentaba volverse invisible en un rincón del autobús. Entonces Pepe, nuestro Pepe blanco, tuvo un gesto heroico que nunca olvidaríamos. Cogiendo a Jaime por el cuello gritó con todas sus fuerzas dirigiéndose a Hércules y a quién quisiera escuchar:

— Mentira, este niño es inocente. Él no ha robado nada. Puedo asegurarlo porque no se ha separado en toda la noche de mí.

El niño agradecido se apretó contra Pepe y no dijo nada. Aquello fue la señal para cambiar de tercio y empezar la negociación en serio. Quizás ellos pudieran encontrar a quien se había encontrado por casualidad la máquina tirada en el suelo y, sin querer perjudicar a nadie, la había recogido. Alguien que claro, merecía por ello una recompensa. El belga, al que empezamos a admirar, aceptó el envite y tras consultar con su amigo ofreció al Jediondo una cantidad de dólares que no llegamos a captar. El dinero cambió de manos y la máquina apareció.

Pronto se hizo patente que el nuevo autoferro que nos habían enviado no era precisamente un vehículo en el esplendor de su juventud. Apenas podía con todos nosotros y su velocidad era poco más rápida que la de una recua de mulas. Durante la siguiente hora se esforzó y se esforzó por continuar y cumplir su cometido, con continuas paradas y agónicas vueltas a arrancar animadas por las blasfemias de Don Cruz y los gritos de los borrachos, hasta que se quedó definitivamente parado. Entonces se oyó la voz del Jediondo gritar:

— Este bicho no puede con todos nosotros en las subidas. Si queremos seguir, los hombres, todos los hombres, tienen que bajarse y empujar.

Despedimos a Pepe, a Jaime el blanco y a José, reclutados como siervos de la gleba para un trabajo comunal, con lágrimas en los ojos. Todos los hombres, turistas y locales, menos don Cruz y el Jediondo, amos de la situación, se bajaron del tren, empujaron el vagón bajo la lluvia y sobre el barro, consiguiendo con esfuerzo, tenacidad y no sin peligro, subirlo a lo alto de la cuesta. Una vez allí, embarcaron corriendo y el trencillo aprovechó la pendiente para deslizarse en punto muerto a una velocidad que no había alcanzado desde los años cincuenta. Aquella operación se repitió cinco veces, cinco largas veces, hasta que la última cuesta abajo nos condujo a un llano y con su último aliento el autoferro llegó, finalmente, al andén de una especie de apeadero en mitad de la selva, donde se acabó el viaje por esa noche.

Eran las dos de la madrugada y cuando nos apresuramos a abandonar el antro maloliente en que se había convertido el tren, las mujeres íbamos blancas de miedo y verdes de asfixia, pero los colores de los hombres eran el rojo del esfuerzo y el negro del barro. El lugar hasta el que nos habíamos deslizado estaba integrado, además de por la vía, por una caseta que servía de estación y tres o cuatro chozas de ventanas sin cristales que permanecieron a oscuras y en silencio a pesar de la algarabía producida por nuestra llegada. Afortunadamente había dejado de llover, pero el barro, un barro oscuro y denso, mezclado con excrementos humanos y animales y con desperdicios de todo tipo, cubría la escasa extensión de terreno que los habitantes de aquel poblado espectral habían ganado a la selva.

Acercándonos a la cabaña de la compañía ferroviaria, escuchamos a don Cruz decirle a un hombre negro que parecía el encargado:

— Si llamo a esta hora a Ibarra para pedir ayuda y despierto a don Pascual, el Supervisor, me corta los cojones y me quedo sin trabajo. Hay que esperar a la mañana. Así que vamos a dormir.

Y se retiró hacia el interior de la caseta. Por una vez el Jediondo aportó una luz de sensatez, y protestó:

— ¡A dormir! ¿Dónde vamos a dormir todos los que somos?

Pero una sombra se acercó a él y a Hércules, su lugarteniente, los cogió por el hombro y se los llevó hacia dentro, donde desaparecieron también.

Los españoles, con esa información privilegiada, evaluamos nuestra situación. No teníamos agua, nos repugnaba volver a entrar en aquel vagón nauseabundo en el que algunos de los viajeros, entre ellos Violeta y sus niños, ya estaban durmiendo. No teníamos más remedio que pasar la noche allí y encontrar un lugar donde pudiéramos sentarnos todos o mejor todavía, tumbarnos. Una somera inspección ocular nos llevó a seleccionar como habitáculo una especie de escabel o poyete de piedra que rodeaba la fachada de la caseta de la estación. Nos pusimos los impermeables para protegernos de la humedad, pero sobre todo de la suciedad y, medio sentados, medio tumbados unos sobre otros, como mejicanos de tebeo durmiendo la siesta en una calle de Jalisco, nos dispusimos a pasar la noche lo mejor posible. Y cuando hablo en plural es porque me estoy refiriendo a todos nosotros: José, Maite, Jaime, Pepe, los dos asturianos, el Pelao y yo.

Nos despertó la voz del Jediondo que, ya sobrio pero todavía espeso, gritaba monótonamente:

— Don Cru, don Cruuu, despierte que son las siete y ya podemos llamar. Don Cru, don Cruuu, despierte que se nos hace tarde. Llame usted por teléfono que el jefe ya se habrá levantado. Don Cru, don Cruuu, despierte, despierte. Don Cru, don Cruuu...

Finalmente don Cru se levantó y telefoneó. La operación rescate estaba en marcha. Amanecía y la luz creciente nos permitió contemplar que estábamos en un lugar bellísimo, de vegetación exuberante, en el que los árboles, las flores y los frutos crecían de forma llamativa y caprichosa. Un lugar verde, fértil y esplendoroso que hubiera sido como el mismísimo paraíso terrenal si no fuera por la presencia del tren y de sus viajeros y por el fétido olor que todos desprendíamos. En silencio fueron saliendo de las chozas parejas de hombres y mujeres negros, muy jóvenes, altos y delgados, rodeados cada una de ellas de numerosos chiquillos de ojos grandes y vientres abultados. Una de aquellas mujeres, con la cara llena de asombro y sin hablar, accedió a vendernos un inmenso racimo de plátanos que distribuimos entre los pasajeros hambrientos como desayuno.

Unas tres horas mas tarde, cuando ya nos habíamos habituado a un lánguido dejar pasar el tiempo sin hacer nada, llegó a la estación un nuevo vehículo a recogernos. Pero esta vez ya no se trataba de un flamante autoferro. Al parecer, habíamos agotado todas las existencias de la compañía. Nos mandaron un estrecho vagón de ganado hecho de tablas, sin ventanas, con una ancha puerta corredera y un banco de madera atornillado a las paredes como único asiento. Ayudé a subir el alto escalón a la mujer que desde el principio de esta historia cargaba con un aparato de televisión. Me ayudó a subir a mí una Violeta otra vez llena de bultos y de niños, pero ya sin un solo aguacate puesto que su precioso cargamento había perecido víctima del hambre de la familia y posiblemente de otros viajeros. Nuevamente simpática y amistosa, parecía haber olvidado su animadversión hacia los gringos y nos dedicó la sonrisa sincera de quien se dirige y reconoce a unos compañeros de aventuras. Nos alegramos sinceramente de volverla a ver. A fin de cuentas, a esas alturas, éramos todos supervivientes y no se podía negar que habíamos intimado.

No me preguntes cómo conseguimos meternos todos, todos, en aquel vagón de animales, ni cómo conseguimos superar las tres largas horas de viaje que quedaban hasta San Lorenzo, allí, hacinados, sin apenas aire, sin nada de agua. No lo sé. Pero puedo jurar que llegó a reinar un ambiente de bromas y de buen humor y que alguno de nosotros incluso se durmió. El Pelao, viendo próximo el final del viaje, no se separaba de nosotros y nos recordaba que le habíamos prometido una propina. Nosotros le tranquilizamos asegurándole que tendría propina y que sería sustanciosa. No puedo hablar del paisaje de esa etapa, porque me temo que no lo vi.

Cuando finalmente el tren se paró, estábamos en la estación de San Lorenzo y alrededor de la vía, viéndonos bajar de ese camión de deportados, había como un millar de negros silenciosos que nos miraban con curiosidad. Violeta y sus niños nos dieron besos, nos desearon suerte y desaparecieron. La mujer del televisor se alejó cargada con él hacia unas casuchas y desapareció. El Jediondo y su banda desaparecieron. Don Cru y su ayudante ya habían desaparecido en la última parada. Nos quedamos solos y desconcertado los europeos y el Pelao. Juntos, como en una procesión, — la fuerza de la costumbre — iniciamos el camino hacia el centro de la ciudad. La chica alemana de la pierna rota era llevada en volandas por dos amigos. Desde las puertas y las ventanas de las casas de San Lorenzo, la gente nos miraba pasar, nos miraba y no decía nada. Me enorgullece decir que con nuestra ropa sucia y arrugada y nuestras cabezas desgreñadas, fuimos todo un espectáculo para aquellos honrados pescadores. El aire de la ciudad olía a mar.

Nuestro paso por San Lorenzo fue fantasmal, todo sucedió como en un sueño. Recorrimos una larga y destartalada calle principal sin pavimentar, en la que el barro empezaba ya a convertirse en polvo. Ansiosos por tomar una ducha, por comer, beber y descansar, pedimos habitación en todos y cada uno de los cuatro pequeños y decrépitos hostales de la ciudad. La respuesta fue la misma en todos ellos: no había habitaciones libres. Todas las plazas hoteleras disponibles estaban ocupadas por los viajeros que habían decidido hacer el mismo viaje que nosotros pero en sentido inverso. El tren que les correspondía era el que habían comprometido en nuestro rescate y nosotros habíamos abandonado averiado en el apeadero en el que pasamos la mitad de la noche. Ese día no había habido tren a Ibarra, y dada la situación de crisis que nosotros involuntariamente habíamos creado, se ignoraba cuándo estarían otra vez los vehículos reparados y la vía despejada. La cosa iba para largo y mientras tanto no se podía dormir en San Lorenzo, ni abandonar la ciudad si no era por barco. ¡Nos habíamos acumulado los viajeros de dos turnos y eso no estaba previsto por el sector turístico de la ciudad!

Ante esa situación, medio zombis y guiados por el Pelao, entramos de forma clandestina en los servicios de uno de los hoteles que nos había rechazado, donde pudimos lavarnos someramente. Después, fuimos a una pequeña tienda de comestibles en la que compramos fruta, dos botellas de agua, cuatro cajas de galletas y con nuestro botín nos dirigimos hacia el mar. No nos encontramos, como habíamos esperado, con el Pacífico abierto y salvaje. San Lorenzo, encerrada en una bahía muy bien protegida por una cadena de islas, es un puerto natural muy seguro y su costa es la prolongación de unas extensas marismas y zonas pantanosas interiores. En el puerto, en una de las dos empresas dedicadas al transporte de viajeros en barco, compramos siete billetes para ir a La Tola, el pueblo desde el que pensábamos alcanzar Esmeraldas por tierra. Podíamos elegir entre un barco que partía una hora más tarde, o esperar hasta media tarde. Nos decidimos por el primero. Vista la situación, ¿qué se nos había perdido a nosotros en San Lorenzo?

La gran canoa con motor fuera borda partió puntualmente. En ella nos instalamos los siete españoles, seis alemanes y seis belgas, junto con algunas gentes de la zona. Mientras el barco se alejaba del muelle de San Lorenzo y empezaba a adentrarse en los manglares que rodean las islas de su bahía, todavía podíamos ver a nuestro Jaime negro, al Pelao, despidiéndonos con la mano. Tenía motivos para estar contento. En su bolsillo tenía la sabrosa propina que le habíamos dado entre todos los españoles. En nuestro caso, y por un sentido de la proporcionalidad y de la simetría, habíamos decidido que la cantidad más apropiada para recompensar sus inestimables servicios y su compañía eran 300 sucres, la misma que habíamos utilizado para sobornar a don Juanito dos días antes, hacía un siglo. Lentamente, la ciudad que tanto nos había costado alcanzar y que apenas habíamos llegado a conocer, se iba volviendo borrosa, escondida entre la calima. Cuando ya no la pude distinguir más, volví la cabeza y dejé de mirar atrás.

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GEMA GALVÁN DELGADO