Expedición del "Club Xeixo Aventura 4x4 Ourense" a la sabana venezonana: La ruta de los Tepuy y ascensión al Roraima

Alberto Cacharrón Mojón

El Club Xeixo Aventura 4x4 Ourense lo componen un grupo de diez personas, a las que define perfectamente el calificativo que en su día les dio Concha Puntilla, en el que les trataba de viajeros incontrolados. En lo que al ocio se refiere, tienen una filosofía de vida común, en la que prima la aventura, el riesgo, el gusto por los viajes extremos en 4x4, el intercambio cultural con otros pueblos y la amistad. Les gusta saberse viajeros y no turistas, además de disfrutar intensamente de la vida. “La vida son cuatro días y nos quedan dos”, aseguran con frecuencia. ¡¡¡ No les falta razón !!!.

El grupo acumulaba ya diversas expediciones a los sitios mas dispares del planeta: cinco viajes al Desierto del Sáhara, uno a las tierras norteñas de Alaska, dos al Gran Atlas, una al lago Inari, en Tierras de Finlandia, una a tierras de Irlanda y otra a Sicilia, en plena erupción del Etna, y esta vez el siguiente destino era una incógnita. Había que dar un enfoque distinto a la próxima aventura, pero no acabábamos de decidirnos por ninguna de las opciones que se habían barajado. La ocasión se presento en breve, quizás más por buscarla que por casualidad, cuando charlando con mi entrañable amigo Fermín Ferreño, un gallego de Montederramo (Ourense) afincado en Caracas desde hace 28 años, me hablaba de un viaje que había realizado por la Gran Sabana Venezolana, años atrás. Nos dieron las tantas, cuando me di cuenta que le había estado “fusilando” con una interminable ráfaga de preguntas, que irremediablemente remataron con un “nos vemos en Caracas en el plazo máximo de un año”. El asunto no se quedó en un mero “calenturón” y me puse a trabajar sobre él. Son muchos los detalles a tener en cuenta, para que ningún detalle se quede en el “tintero” y puedas partir con unas mínimas garantías de que todo va a salir bien. Detalles importantes, como saber exactamente las personas que conformarán el equipo, documentarte para conseguir la mayor información posible de la ruta, reserva de billetes de avión, vacunas, material individual, material de campaña, medicamentos, víveres, y otros no tan importantes, necesitan de un buen margen de tiempo para prepararlo todo a conciencia.

En lo que respecta al enfoque de este viaje, en esta ocasión difería bastante de lo que lo que habíamos hecho hasta la fecha en otras expediciones; recorrer largas rutas en todoterreno. Esta vez se trataba de convinar lo que mejor sabíamos hacer, usar los 4x4, para atravesar la Sabana Venezolana de norte a sur, hasta Brasil, con cinco largas jornadas de treking, que nos llevarían a nuestro principal objetivo: la ascensión al Roraima.

La logística…….

Fijada la fecha de partida para el día dos de Febrero del 2003, nos pusimos manos a la obra para preparar, ultimar y cerrarlo todo; y aunque contábamos con ocho meses por delante, el reto marcado era novedoso y requería una atención diferente a la que veníamos prestando a nuestras clásicas rutas saharianas en todoterreno. En esta ocasión, nos “enfrentábamos” a la primera “convinada” que íbamos a llevar a cabo: una dura travesía 4x4 y una práctica montañera que rondaría los 100 km en 4 días, y en la que se incluía el ascenso al Roraima, el mas alto de los Tepuy de la Sabana y Amazonas, con sus casi 3.000 m de envergadura .

Para conformar el equipo, contaba inicialmente con tres acompañantes de mi grupo habitual, no obstante la propuesta fue lo suficientemente atractiva como para que al final fuéramos siete las personas decididas a tomar parte en esta nueva aventura. Mi primera preocupación, la composición del grupo, estaba ya disipada. Viajar con gente a la que no conoces, compartiendo situaciones incomodas y a veces extremas, puede dar al traste con un viaje. En este tipo de expediciones, hace falta un temple especial para con los compañeros, un saber morderse la lengua en determinadas ocasiones, para facilitar la convivencia, pues muchas veces un simple detalle, como un sorbo agua de una botella compartida, hacen que afloren nuestras mas primarias formas y todo salte por los aires. Con la gente que iba a compartir mi experiencia, era jugar sobre seguro: Fermín Ferreño, Alberto Secada, Manuel González, Martín Amaro, Guillermo Díez, Miguel Bermejo y José Antonio G. Gallego; son gente maravillosa, sencilla, “dura”,; de aquellos que, como cantaba Victor Manuel, “ …..se bien donde están, nunca piden nada y siempre dan….”; y lo mas importante, mis amigos. En fin, armonía y entendimiento estaban asegurados.

Pocos días antes de emprender viaje, los violentos sucesos sociales que tenían lugar en Caracas, cuyo final era incierto, hicieron que por prudencia, desistiéramos en el último momento a indicaciones de la embajada. Ya calmada Venezuela unos meses más tarde, decidimos partir el día dos de Octubre del . Para entonces todo estaba planificado y coordinado con nuestro acompañante en Venezuela. Equipos individuales y conjuntos estaban completos y revisados, las diferentes vacunas en nuestro cuerpo y la ilusión del grupo, por las nubes.

La llegada a Venezuela………

La llegada a Caracas coincidió con los disturbios que originó el cierre de la cadena televisiba Globovisión, por parte del Gobierno de Chávez. El camino desde el aeropuerto a Caracas, nos dejo claro en pocos minutos la situación actual del país. Los dos días siguientes, sirvieron para completar los equipos, poner a punto los todoterreno, que amablemente puso a nuestra disposición Fermín Ferreño, y por supuesto disfrutar de una ciudad, que a pesar de todo, no ha perdido su encanto.

Iniciamos la Ruta……………

La madrugada del día cinco de Octubre partíamos de Caracas a las 4,30 horas. Nos esperaba una dura jornada de coche, en la que tendríamos que cubrir los 800 km que nos separaban de Upata. Recorrimos una difícil carretera, con un maravilloso paisaje, dejando atrás una tras otra, poblaciones de diverso encanto: Barcelona, El Tigre, Soledad, Ciudad Bolívar, lugar en el que atravesamos el río Orinoco a través del famoso Puente Angostura, Puerto Ordaz…..….etc. Ya en Upata, considerada como la entrada oficial en la Gran Sabana, después de acomodarnos en una sencilla posada, decidimos dar un paseo y cenar de “restaurante”, dado que ello sería imposible en los próximos trece días. Pero sin duda, lo más espectacular de la noche fue el regreso al hotel. No teníamos medio de transporte y ello hizo que tuviésemos que recurrir a los servicios de un lugareño, que amablemente nos permitió a todos acomodarnos en la caja de su vieja Ford de época.

El madrugón del día siguiente hizo que algún perezoso pusiera el grito en el cielo, pero se quedó únicamente en eso. Un abundante desayuno típico, con arepas y otros ricos yantares, y las ganas de entrar en la Gran Sabana, hicieron que los ánimos se pusieran al cien por cien. Poco a poco, utilizando una ruta en la que por veces la espesa vegetación de la selva invadía el camino, alcanzamos Guasipati, El Callao, donde alguno aprovechó para adquirir pepitas de oro recién llegadas de la montaña, y Tumeremo. En este poblado decidimos hacer la comida del mediodía, en la que inicialmente íbamos a utilizar nuestros víveres; no obstante, para disfrute de todos, uno de mis “curiosos” acompañantes descubrió un pequeño local donde se ofrecía “carne en vara de res y cochino”. Ante el hallazgo, se procedió a almacenar de nuevo las latas y nos encaminamos al lugar. ¡¡ Todo un acierto !!. Por pocos bolívares, nos dimos un banquete de carne y tripa de res cocinada en vara, aderezada con una salsa picante denominada Bachaco, que está hecha con hormigas (“las de culo rojo”), a las que se les machaca y se les deja macerar, hasta que adquieren el picazón necesario. Ya por la tarde, recorriendo una ruta donde te podías encontrar baches del tamaño de una piscina, puentes de dudosa resistencia, sobre maravillosos ríos como el Carrao, fuímos dejando atrás El Dorado, La Claritas, ……etc, hasta alcanzar San Isidro, punto donde iniciamos el ascenso de la zona denominada “La Escalera”.

Donde los ojos se quedan con la boca abierta………

Os podeis imaginar el por que del nombre de “La Escalera”. Son 37 kilómetros de infernal subida, entre una frondosa vegetación de selva , que te deja en su punto mas alto (1.440 m) a merced de una vista donde los ojos se quedan con la boca abierta. El paisaje se abre de repente hacia el horizonte en una extensión interminable de terreno llano y despejado, a la que se conoce como la “Gran Sabana”. Esta zona, habitada exclusivamente por comunidades de indígenas Pemones, comprende una extensión de 75.000 Km2, que abarca aquella parte de la altiplanicie que se desarrolla en la cuenca alta del río Orinoco, dentro del sector oriental del Parque Nacional de Canaima (3 Mill. de hectáreas), y dentro del Estado de Bolivar. Enmarcada en la zona geológica conocida como el “Escudo Guayanés”, está bañada por importantes ríos, todos ellos afluentes del Orinoco; pero sin duda su mayor atractivo son los Tepuy; montañas con las paredes verticales (declaradas monumentos naturales en 1994) y la cima plana, consideradas las mas viejas de la tierra. Formadas en el Período Precámbrico, sus superficies, son pródigas en ejemplares de flora y fauna desconocidas, considerados como supervivientes de épocas geológicas extintas.

La parada en este alto era obligatoria y la foto de grupo también; por supuesto, delante de un significativo monumento dedicado a los primeros expedicionarios que se adentraron en estas tierras, conocido como “Monumento al Soldado Pionero”.

Comienza la aventura……………………………

Después de hacer manifiesta nuestra inicial y generalizada euforia, excitados por lo que teníamos ante sí, el silencio se apoderó de todos nosotros una vez que subimos de nuevo a nuestros 4x4. Cada unos de nosotros llevaba su propia conversación consigo mismo, y aunque nadie exterioriza nada, creo adivinar en el rostro de cada uno de mis compañeros el mismo sentimiento de alegría y preocupación al mismo tiempo. A partir de este momento nos íbamos a adentrar durante trece jornadas, en un terreno inhóspito, sin comunicación telefónica posible, con nuestros propios víveres, un pequeño pero completo botiquín, y sin más ayuda posible, en caso de accidente, que recurrir a algún remoto destacamento de la Guardia Nacional. Os puedo asegurar que es un momento muy especial y emocionante, que se me ha repetido en todas aquellas ocasiones en las que me he adentrado en el Desierto del Sáhara. Te pasan por la cabeza muchas cosas, y como siempre, rematas diciendo, ¡¡ quien me mandaría meterme en esto !!. Son décimas de segundo, hasta que el espíritu de aventura se adueña de nuevo de tí, y mandas a “freir puñetas” hasta la mismísima prudencia.

Apuramos la marcha, para tratar de llegar con luz a la zona donde instalaríamos nuestro primer campamento, Suruape, un pequeñísimo poblado Pemón localizado a la orilla de un hermoso río, repleto de pequeñas cascadas que dejan caer sus batidas aguas en un sin fin de pozas. Antes de montar nuestras tiendas corremos a asearnos, pues está a punto de caer la tarde y en breve harán su aparición nuestros peores enemigos a lo largo de todo el viaje: los “zancudos” y los “puri-puri”. Sabedores de su “poderío”, nos habíamos armado hasta los dientes, de repelentes varios (españoles y venezolanos), prendas de algodón (es lo único que no perforan) y utensilios varios, pero es tal la disciplina de ataque de la que hacen gala que, con paciencia franciscana, esperan hasta que les dejas un resquicio y te dejan la zona lo suficientemente sensible como para que te acuerdes de ellos en los próximos diez días. Solventado el primer ataque con éxito, procedimos a hacer frente a un estupendo plato de arroz y carne de cochino. La sobremesa fue exquisita y la noche parecía de fiesta, pues a la luna llena, a mis ojos más brillante que de costumbre, se le añadió el espectáculo de cientos de luciérnagas voladoras que salpicaban el aire con chispazos de color verde. Como remate, no se como, media hora más tarde estábamos todos disfrutando del baño nocturno mas reconfortante que me he dado en mi vida. Agua calléndote sobre la espalda, como si de un jacuzzi se tratara, y la luna llena dándole al espectáculo, justamente la luz tenue que necesitaba. El resto de la noche transcurrió, sin más novedad que experimentar en directo lo que iba a ser la tónica común en las próximas jornadas; los inhumanos ronquidos de Ignacio y Alberto Secada, de suficiente calidad como para poner en pié días más tarde a todo un campamento.

Las siguientes jornadas tuvieron todas el mismo patrón: Tocaba ponerse en pié a las 5,30 horas, al objeto de aprovechar el día al máximo, dado que a las 18 horas caía el sol, aseo en le río de turno, desayuno, lavado de menaje de cocina (siempre los mismos), recogida de campamento, e inicio de ruta para adentrarse en los más bellos paisajes, poblados, ríos y saltos de agua (conocidos por los indígenas, como los “merú”) que nunca pude imaginar; acercándonos a ellos, unas veces en los 4x4, otras en “curiana” (canoa hecha de un único tronco de árbol, utilizada por los indígenas) y otras caminando. Ferreño, nuestro guía y compatriota y ya por segunda vez expedicionario en estos territorios, inteligentemente nos hizo llegar sucesivamente desde el de menor altura (50 m.) al de mayor (600 m.), lo que provocó la sensación de ir descubriendo paulatinamente la conmovedora belleza de estas maravillas. El “Kama Merú”, fue el primero de ellos, y en él nos sobrecogió el observar como los niños del poblado Pemón, ubicado en su margen izquierda, se bañaban sin ningún tipo de temor, unos metros antes de la caída de agua. Posteriormente fue La “Quebrada de Pacheco”, el “Torón Merú”, al que pudimos acceder después de una larga caminata, descendiendo por un sendero impracticable que nos dejaba a los pies de la estruendosa caída de agua; pero sin duda el “rey” de todos ellos fue el “Aponwao Merú”. Para llegar a él, recorrimos una sinuosa pista de tierra, cuya dificultad se acentuó por la lluvia caída durante la noche, lo que motivó que los 4x4 se atascaran mas de una vez. Después de tres largas horas, avistamos Aponwao, una comunidad pemón asentada a orillas del río, punto final del tortuoso camino y desde el que para acceder al salto de agua, hay que hacerse con los servicios de una “curiana” para desplazarte río abajo. Después de la negociación de turno, teníamos el medio de transporte y el piloto a nuestra disposición. Se trataba esta vez de una canoa lo suficientemente larga como para que nos pudiéramos acoplar todo el grupo, pilotada por un “heavy” lugareño, calificativo del que se hizo merecedor al aparecernos al mando de la embarcación con unas irritantes gafas de sol amarillas. El viaje río abajo se alargó por espacio de una hora, hasta que poco a poco se fue haciendo mas perceptible el estruendo del agua del río precipitándose al vacío. Una vez desembarcados en la orilla, observamos como cien metros mas abajo, y posteriormente a igual distancia, también río abajo, existían gruesas cuerdas firmemente atadas de orilla a orilla. Preguntado nuestro piloto al respecto, nos indica que su función es evitar que en caso de despiste, en el que irremisiblemente la canoa se precipitaría por el salto de agua, les daría tiempo a lanzar un garfio a la cuerda y frenar la mortal marcha. Nos relata con tristeza, como hacía dos años, ni este remedio pudo salvar de la muerte a cuatro expedicionarios ingleses y un miembro de su comunidad, que al igual que nosotros, se acercaron al Aponwao. Después de una caminata en la que descendimos, bajo un abrasador sol, por un cortado prácticamente vertical, quedamos a los pies del “Aponwao Merú”. Es imposible describir la grandeza y salvaje fuerza de la masa de agua que caía justamente delante de nosotros, desprendiendo una fina lluvia que en segundos nos dejó totalmente empapados. Por prudencia no nos “homenajeamos” con el obligado baño que nos habíamos dado en los anteriores “merú”, pues la corriente era excesivamente fuerte y peligrosa; así que dejamos que transcurriera el tiempo contemplando una estampa que posiblemente no se repita muchas veces ante nuestros ojos. El regreso al poblado pemón coincidió con la hora del yantar de los indígenas, lo que propicio que en esta jornada no recurriéramos a los abrelatas. El menú que estaban cocinando, resultó ser carne de lapa, una rata de agua del tamaño de una liebre, considerado por los lugareños como uno de los manjares mas exquisitos de la sabana. Después de la consiguiente mentalización, y no pocas ganas de comer, todos compartimos el mismo plato. En honor a la verdad, tengo que reconocer que estaba realmente deliciosa.

Retomado de nuevo el camino, nos encontramos con el “una y otra vez aplazado” problema de que nuestros “chevrolet” necesitaban repostar gasolina, lo que motivó que no tuviéramos mas remedio que solventar el contratiempo, ya a última hora, en un puesto militar cercano a la frontera con la Guyana.

El Roraima a la vista………….

Nuestro próximo destino era el punto de partida para llegar a nuestro objetivo principal: El Roraima. Conocido también como “La Montaña de Cristal”, debido a la gran cantidad de cuarzo que se observa en su superficie, se llega a él recorriendo inicialmente en 4x4 una pista de tierra de 25 kilómetros, que, contando con las condiciones en las que te la puedas encontrar, supone el emplear dos o tres horas de lenta marcha en recorrerla. El final del trayecto nos deja en Paraytepui, poblado pemón a partir del cual, para llegar al Roraima, la ruta se ha de seguir a pié. Una vez que bajamos de los vehículos, ya con la majestuosa montaña al fondo e intentando descifrar la ruta de acercamiento, cada cual se hizo su composición de lugar de lo que nos esperaría los próximos cinco días. Evidentemente el subir a aquella montaña de 3.000 m, era algo que se escapaba de nuestra práctica habitual en nuestros últimos viajes, el 4x4 recorriendo las rutas más inverosímiles del Sahara, y la primera vez que íbamos a hacer algo así; pero a eso veníamos y eso íbamos a hacer. Mientras nos mentalizábamos de lo que nos esperaba, Ferreño contactó con el “Cacique” de la comunidad, algo obligatorio para cualquier persona que llegue al poblado, a los efectos de solicitar permiso para instalar nuestro campamento y contratar un guía y un porteador. Ambos eran indígenas pemones, comunidad autóctona de la Gran Sabana, De estatura baja y complexión fuerte, los rasgos faciales de sus miembros recuerdan más a un vietnamita que a un venezolano. Se trata de una comunidad pacífica, respetuosa y hospitalaria, en la que su modo de vida no difiere mucho de la de antaño; sus viviendas siguen siendo las “churuapas” (cabañas circulares construídas con madera y barro, y techo de paja), su medio de vida la caza y una pobre agricultura de subsistencia,….., y como única excepción se puede mencionar que han abandonado el taparrabos y que actualmente se ganan un salario, cuando tienen la suerte de que una de las expediciones que allí llegan les contraten para hacer de guía o porteador, lo que supone un alivio económico para las muchas familias que viven sumidas en una extrema pobreza.

El Roraima es un Tepuy (montaña de cima plana) de casi 3.000 m. de altura, que está considerado como el Tepuy por excelencia, no sólo por ser el de mayor altura de todos ellos, sino por razones históricas, al ser el primero que fue conquistado por el hombre (Harry Perkins en 1884). Se localiza justo en la confluencia de las fronteras de Venezuela, Brasil y la Guyana.

Montamos el campamento antes de nada, con la intención de acomodar cuanto antes a un compañero que acarreaba importantes trastornos físicos desde hacía tres días, lo que nos hizo pensar en una posible solución si no podía tomar la salida al día siguiente. Terminada la cena, compartimos una breve pero amena tertulia con una expedición de Alemanes, que también partía al día siguiente, antes de acomodarnos en nuestras tiendas, con la pretensión de descansar el cuerpo lo máximo posible antes del inicio de nuestra tan “temida” marcha. La noche fue el acontecimiento más infernal que recuerdo desde que nací. A las tres de la madrugada, los huracanados ronquidos de Ignacio y Alberto Secada, habían conseguido levantar a la totalidad del campamento, que fuera de sus tiendas comentaban y consensuaban las posibles soluciones a aplicar a tan “irritante” problema. Ante la imposibilidad de acallarles, a pesar de despertarles en varias ocasiones, cada uno se buscó su propia solución: tapones de cera, dormir dentro del coche, o llevarse el saco a trescientos metros y dormir al raso. Este episodio, hizo que se ganaran la enemistad de la comunidad pemón, nuestros vecinos alemanes y la nuestra propia, por supuesto. Dadas las “circunstancias”, no hizo falta madrugar y todos los preparativos se iniciaron antes de tiempo. Recogido todo el equipo personal, pasamos a repartir los víveres, en partes equitativas, así como encargarle a nuestro porteador el transporte del material de cocina necesario para preparar el rancho los próximos cinco días. Fijada la salida para las nueve horas, y materializada ya la imposibilidad de que nuestro compañero iniciara la marcha, nos apresuramos a coordinar su “evacuación” . El todoterreno que había acercado a nuestros vecinos alemanes a Paraytepui, lo transportaría hasta Santa Elena de Uairen, pequeña población localizada a 10 km de la frontera con Brasil, donde aguardaría nuestra llegada en una de las posadas que allí encontrase.

La marcha durante esta primera jornada fue realmente dura. Cubrimos los 25 Km del serpenteante camino que nos separaban del primer campo base, conocido como “Campamento Militar”, con una temperatura que oscilaba entre 32 y 35º C. la ruta es dura en el sentido de que salvo 4 km de terreno llano, el resto lo haces ganando altura gradualmente. A todo ello, hay que sumarle que se ha de atravesar descalzo los ríos Tek y Kukenán, por no existir paso alguno, y que la tormenta de turno, nos dejo totalmente empapados. Pasada la noche en el mencionado campamento, amanecimos con otro contratiempo. Otro de nuestros compañeros se despertó con un tobillo totalmente inflamado. Una torcedura al cruzar el río Kukenán el día anterior, le pasó factura y le imposibilitaba el seguir con nosotros. Decidido que iniciara el regreso acompañado por nuestro porteador, la suerte hizo que a los pocos minutos hiciera su aparición en el campamento un grupo de belgas que regresaba de la cima del Roraima. Gustosamente se prestaron a llevarle con ellos, y además le acercarían hasta Sta Elena de Uairén, donde se reuniría con “la otra baja”. Hecha la despedida, fotos incluídas, en la que asomó alguna furtiva lágrima en algún que otro rostro emocionado, reemprendimos la marcha; esta vez ya seis compañeros el guía y el porteador.

Alcanzado el segundo campamento base, localizado a los pies de la montaña, después de 5 horas de camino a través de una ruta muy similar a la de la jornada anterior, se acordó unánimemente el reponer fuerzas por espacio de una hora, y sin más iniciar la ruta de ascenso al Roraima, antes de que la caída de la tarde nos trajera la oscuridad y la tormenta. Se eligió el acceso de la pared suroeste, denominado el “Muro Dorado”, lugar por el que discurre la ruta denominada “La Rampa”, que fue el camino de ascenso utilizado por los pioneros ingleses, que no es otro que el cauce por donde discurren los torrentes de agua que bajan de la cima cuando hay tormenta. Lo de “La Rampa”, os puedo asegurar que hace honor a su significado en el diccionario. En este último tramo de 2,5 Km, salvas un desnivel de 1.500 m, hasta llegar a la cima. El ascenso fue lento, sin pausa y muy cuidadoso, dada la dificultad del terreno, tocando cima a las 17 horas, con una satisfacción enorme por parte de todos y el sentimiento de habernos superado a nosotros mismos, lo que motivó que uno tras otro nos fundiéramos en abrazos de felicitación, dando paso a una merecida cena a base de pastas, y un reparador sueño.

A las 5,30 horas del día siguiente todos estábamos equipados y preparados para otra dura jornada en la que recorreríamos la planicie de la montaña. En sus 35 km cuadrados, no dejas de asombrarte a cada momento de lo que ves. Formaciones rocosas de las más dispares formas, simas, fosas de agua cristalina, ríos, un valle cuyo recorrido es totalmente de cuarzo (conocido como el “Valle de los Espejos”), flora y fauna que no se ven en ninguna parte del mundo, y para rematar el “Punto Triple”, marca que señala la división fronteriza entre Guyana, Brasil y Venezuela. Fue la primera vez que en pocos segundos me pude hacer una foto en tres países diferentes. Sin duda, el tocar la montaña, hace que formes parte de su belleza.

Es digna de mención la anécdota protagonizada por nuestro guía Omar, cuando una tormenta más fuerte de lo habitual, nos dejó calados hasta los huesos. Viendo que no remitía, acordamos cobijarnos debajo de un saliente rocoso a la espera de que escampase, lo que propicio una amena tertulia entre nosotros. De repente nos dimos cuenta que Omar seguía bajo la lluvia, en la misma posición en la que le recordábamos hacía ya unos diez minutos. De pie y mirando al horizonte, nos daba la espalda como si su extrema humildad le impidiese compartir techo con nosotros. Alberto Secada se acercó a él para invitarle a compartir techo, a lo que con esa voz que denota una calma interior envidiable, le “espeto”: “ es agua, solo agua, no hace daño”. El silencio se apoderó de cada uno de nosotros, e inmediatamente me di cuenta que todos estábamos intentando descifrar el mensaje que nos enviaba.

La siguiente jornada, también con madrugón incluído y ya de regreso, nos llevó en ocho horas hasta el campamento del río Tek. La bajada fue igual de sufrida que la subida, por lo mucho que sufren los gemelos; pero al mismo tiempo más llevadera, sabiendo que lo más duro había quedado atrás. Por ello, quizás nos dio tiempo a reparar en la fauna de la zona: un oso hormiguero, alguna que otra serpiente, una cría de puma muerta, y al pasar por las zonas frondosas, un perezoso y gran cantidad de pájaros que con sus cantos hacían del bosque un auditorio extraordinario. Pasada la noche en el mencionado campamento, a las 13 horas del día siguiente llegábamos a Paraytepui, donde después de asearnos convenientemente, partimos a Sta Elena de Uairén, al encuentro de nuestros compañeros.

El regreso…………..

Localizarlos no fue difícil, dado el tamaño del pueblo, y el encuentro indescriptible y emocionante. Aunque pueda parecer extraño, por ser únicamente cinco días los que hacía que no nos veíamos, circustancias como ésta, en un territorio extraño y peligroso, hacen que los sentimientos afloren de manera espontánea y diferente. Sta Elena de Uairen, localizado a 10 Km de Brasil, es un pueblo peligroso. Dada su condición de zona aurífera, su vida diurna tiene un frenético movimiento de buscadores de oro que suben a las montañas y ríos a primera hora de la mañana, para regresar a media tarde.La nocturna es fácilmente imaginable, en ella los enfrentamientos armados, por cualquier estupidez, están a la orden del día.

Nuestra estancia allí fue corta. Una cena de confraternización, una escapada al primer pueblo de Brasil tras la frontera y la compra de alguna pequeña pieza de oro, antes de partir de nuevo hacia Caracas.

Cansados pero congratulados con todo lo que habíamos vivido, fuímos dejando atrás poco a poco la Gran Sabana, con aquella sensación interior, pienso que en todos nosotros, de saber que habíamos hecho algo diferente, algo grande para el ego de cada una, algo maravilloso…... Por delante nos quedaban 1.500 Km hasta Caracas, lo que suponía dos duras jornadas de coche, sin prácticamente tiempo a descansar. La primera noche la hicimos en Ciudad Bolívar. Nuestros huesos dieron esta noche por fín, con una blanda y reponedora cama, lo que propició que la jornada del día siguiente fuese más llevadera.

Acertadamente, Ferreño decidió hacer un alto en el camino, en la ciudad de Puerto la Cruz. La ocasión se presentaba que ni pintada para pasar unas horas en el Caribe. Dicho y echo; alquilamos una lancha y nos hicimos a la mar hasta la isla Tortuga, donde nos dimos el correspondiente baño en las cristalinas aguas que la circundan y una comida a base de pescaditos y cerveza fría, muy fría. De regreso a puerto, pocas horas mas tarde llegábamos a Caracas, eso sí, con tiempo suficiente para acercarnos a la Hermandad Gallega, a dar cuenta de un cocido que nada tiene que envidiarle a los de nuestra tierra.

La mañana siguiente sirvió para hacer las compras de turno y sin más, encaminarnos al aeropuerto, donde llegada la hora de la despedida de nuestro compatriota y amigo Fermín Ferreño, afloraron los más sinceros sentimientos de amistad. ¡¡¡ Gracias Fermín !!!.

Reunidos de nuevo en Ourense, vistas las fotos y comentadas las anécdotas, la mente la tenemos puesta en “la próxima”………………………, Islandia nos espera.

Alberto Cacharrón Mojón.