Expedición Nordkapp 2004 - Más allá del Círculo Polar Ártico

Alberto Cacharrón Mojón

De nuevo la cita anual. Tocaba ejercer nuevamente de viajeros, que no turistas, para volver a experimentar “las mieles” de la aventura, esta vez en tierras del Ártico. El grupo, como siempre, cumplió a rajatabla los objetivos que se impuso antes de partir. A lo largo de los 12.800 km recorridos, alteramos nuestra adrenalina a base de rafting, motos de nieve, pesca de salmón, ascensión al Glaciar Briskal……., y por supuesto la satisfacción de llegar en nuestros 4x4 al punto más septentrional de Europa, el “Nordkapp”.

La fecha elegida para partir fue la primera semana de Junio, donde las muchas horas de luz de las que íbamos a disponer hacían más atractivo y aprovechable el viaje a la denominada “Tierra del Sol de Medianoche”. Los preparativos, como es habitual, listos desde unos meses antes: Dos 4x4, equipados esta vez para las bajas temperaturas, un remolque, tiendas de campaña adecuadas y una buena despensa de productos de la tierra, por aquello de si acaso no funcionaba el postulado que seguimos siempre: “donde fueres come lo que vieres”, y al mismo tiempo paliar los excesivos precios que rigen en los países Escandinavos.

El día 28 de Mayo, a las 16 horas, iniciábamos la “expedición”, con la idea de cubrir ininterrumpidamente en 36 horas una primera etapa de transición, de 3.500 km, entre Ourense y Estocolmo. Todo se fue cumpliendo según lo previsto hasta unos kilómetros antes de Burdeos, donde a eso de la 1,30 horas de la madrugada reventó una rueda del remolque en la autopista, sin más resultado que un pequeño susto, gracias a la pericia de nuestro compañero Manolo al volante. A partir de este momento “las meigas” decidieron compartir viaje con nosotros y vaya que lo hicieron: La llave para aflojar las tuercas de la rueda no aparecía, ningún alma caritativa paraba a echar una mano,…..y cuando por fin quedó solventado el problema, media hora después revienta la otra rueda a la altura de Poitiers, lo que nos obligó a dormitar en los coches hasta que los talleres iniciaron su actividad diurna. Nos facturaron, con toda naturalidad, 300 Euros por dos ruedas nuevas………, lo que parecía indicar que nuestras “amigas” no nos habían abandonado. Para que nos quedara claro que así era, después de un café que paramos a tomar diez minutos más tarde en un área de servicio para ayudar a digerir el “clavo” del taller, nada mejor que encontrarnos de bruces con dos coches de policía camuflados y ocho gendarmes, que comandados por una señorita, que hacía gala de una manifiesta aversión por todo lo español, nos dan el alto y proceden a revisarnos hasta los empastes de nuestras piezas dentarias. Después de hora y media en la que nos dedicaron el mas incorrecto de los tratos, amenazando incluso a uno de nosotros haciendo ademán de sacar el arma reglamentaria, el asunto se quedó en una multa de 150 Euros por “transportar”, en escandalosa abundancia, alimentos caseros sin etiqueta de envasado y vino. La conclusión a la que llegamos fue unánime; el “gabacho” del taller dio el chivatazo imaginando que el grupo no iba precisamente de vacaciones. Rematado el desagradable incidente, decidimos tranquilizarnos con un desayuno y de paso hacer un conjuro para librarnos de los malos espíritus que nos acompañaban. ¡¡¡ Funcionó ¡¡¡.

Por fin, cumplidas casi las 48 horas de viaje ininterrunpido, en el que dejamos atrás Francia, Bélgica, Holanda, Alemania y Dinamarca, llegábamos a Estocolmo. Allí nos esperaba nuestro amigo Fidel Rivera, un Orensano que reside en esta ciudad desde hace 30 años regentando uno de los más bonitos y elegantes restaurantes de la ciudad, que amablemente nos dio alojamiento durante una jornada de descanso en una confortable casa de madera que posee en una de las múltiples islas cercanas a la ciudad, de nombre Sollen Kroka. Estocolmo es una bonita ciudad escandinava, enclavada en un conjunto de varias islas, en la que se funde la belleza de lo antaño (Gamla Stan o ciudad vieja) con lo más vanguardista, a orillas de múltiples canales que tuvimos la suerte de recorrer en el barco de nuestro paisano. Sus gentes son como el clima, fríos, excesivamente ordenados y con un sistema social que dista mucho de parecerse al nuestro. Su hobby, por encima de cualquier otro, es el mar (conviven 800.000 habitantes y existen 600.000 barcos de recreo), la cerveza, a la que dedican una gran parte de su tiempo libre los fines de semana, y la sauna. Evidentemente una jornada no nos llegó a nada, por lo que antes de la partida decidimos prometerle a Fidel que volveríamos antes de regresar a España.

A las 5,30 a.m. partíamos con destino a la ciudad Finlandesa de Rovaniemi. La ruta elegida fue la que recorre la costa este de Suecia. Es una ruta aburrida, en el sentido de que la carretera discurre entre una gran masa forestal que impide ver el paisaje. No obstante si te desvías de ella, te puedes encontrar con hermosos pueblos pesqueros como Norfallsvike, declarado actualmente patrimonio de la humanidad, o agrícola-ganaderos, como Skellefteá, donde la gente se preparaba frenéticamente para afrontar en el corto período estival todas las tareas que el deshielo permite. Nada mas llegar a Rovaniemi, ciudad de un tamaño similar a nuestra Ribadavia, buscamos un camping para alquilar una cabaña de madera. Este sistema de alojamiento es muy práctico, cómodo y barato, y existe en todos los campings de Dinamarca, Suecia, Finlandia y Noruega, oscilando el precio entre los 50 y 80 Euros por noche, dependiendo del tamaño de la misma. Salvo tres noches que pasamos en nuestras tiendas de campaña, esta alternativa resultó la más cómoda y económica para pernoctar.

A las 23,30 h. iniciábamos nuestra primera “aventura”. Una ruta nocturna en moto de nieve, que se alargó hasta las 8,00 h. del día siguiente. Bueno, lo de nocturna no es exactamente así. El sol en esta época no llega a ponerse y la luz permanece durante las 24 horas del día. La experiencia fue de las que dejan huella por la belleza de los paisajes y por la sensación de velocidad que te transmiten estos vehículos. Ya de vuelta, repusimos unas horas de sueño en la cabaña y de nuevo apuramos el día que nos quedaba en la ciudad para visitar el “Artikun”, un completísimo museo en el que puedes hacerte una perfecta idea de cómo es la vida en el Ártico.

¡Al atardecer la anécdota de turno!. Un joven se acerca a Ignacio y le “espeta” en perfecto castellano: ¿Tú eres español o italiano, verdad?. ¿Por qué lo dices?, replica Ignacio. ¡ Por tus zapatos!; los de aquí son unos horteras que te cagas (palabras textuales). El “personaje” en cuestión, maño de nacimiento, respondía al típico patrón de estudiante universitario, al que su padre, harto de que no acabe su periplo universitario, le envía lejos del vicio para que remate sus estudios. Después de conocerle un poquito más a fondo (nos tomamos unas cervezas con él), nos dimos cuenta que bien podría haber sido un digno protagonista de “la Casa de la Troya”.

La actividad se reanudó de nuevo a las 6,30 h del día siguiente, con el objetivo de tratar de llegar a última hora de la tarde a Inari, una pequeña población cercana ya a la frontera con Noruega, escogiendo para ello una ruta que, escapando de la recomendada, discurre paralela a la frontera con el país vecino y en la que la mayor parte del recorrido se hace por pistas de tierra (son las utilizadas en una famosa prueba del Mundial de Rallies) en las que hay que extremar las precauciones, dada la abundante existencia de manadas de renos que irrumpen en la carretera de manera repentina. Esta circunstancia propició un pequeño incidente cuando una de las crías provocó que el 4x4 de Ignacio acabara en la cuneta al tratar de esquivarla. Por suerte todo se quedó en un susto para todos, reno incluído. Al poco de iniciar la jornada sobrepasamos el Círculo Polar Ártico, momento a partir del cual entramos oficialmente en la llamada “Tierra del Sol de Medianoche”, que no es otra que la Región Ártica. La ruta es abrumadoramente bonita y son parada obligatoria poblaciones como Lohiniva, Kittila, Levi, donde visitamos una granja destinada a la cría de perros husky, y por supuesto Njurgulahti, a la que se llega después de internarse en el parque Nacional de Lemmenjoki. Cansados, y con un total de 4.600 km en nuestro haber, entramos en Inari. Este pequeño pueblo es sin duda uno de los sitios más atractivos que jamás he conocido. Ubicado al lado de un enorme lago, sus pobladores viven aislados prácticamente la mayoría del año. Su medio de transporte más habitual son las hidro-avionetas, que utilizan el lago como aeródromo. En invierno aterrizan con patines y durante el deshielo con flotadores. Nos cobijamos en una preciosa cabaña al lado del lago y mientras Ignacio y Miguel se encaminaban a la pesca del salmón, en uno de los ríos que allí desembocaban, el resto iniciamos una ruta a pié por el bosque de Inari, que nos llevó hasta una curiosa iglesia de madera, de confesión luterana, del siglo XVIII (San Silvestre de Pielpaljarvi). Los diferentes paisajes que se pueden observar a lo largo de los 16 kilómetros del sendero, son difícilmente descriptibles: pequeños lagos, riachuelos, gigantescos árboles, rocas……….., que inevitablemente nos invitaron a caminar en silencio como si de tres monjes tratásemos. Regresamos a nuestro refugio con gran satisfacción, que aumentó sustancialmente cuando a la puerta del mismo nos encontramos con dos enormes salmones que había capturado Ignacio. Su cara lo decía todo. A la vuelta iba a callar muchas bocas en Ourense. Para celebrarlo no le quedó más remedio que invitar a unas cervezas en el bar del pueblo, donde la estampa de los lugareños recordaba enormemente la serie de televisión “Doctor en Alaska”.

La jornada siguiente fue madrugadora. Nos esperaba un duro trayecto en el que deberíamos llegar al principal objetivo de nuestro viaje, el “Nordkapp”. La ruta elegida atraviesa el Parque Natural de Kevo y llega a Karigasniemies, lugar en el que dejamos Finlandia y entramos en Noruega. A los pocos kilómetros, pasada la frontera, se llega a Karasjok, población que tiene gran importancia en la cultura Lapona, por estar allí ubicado el Parlamento Lapón y el “Museo Sami” (Sápmi), un curioso e ilustrativo parque temático en el cual se puede observar como era la vida, historia y cultura del pueblo Lapón o Sami (minoría étnica asentada a lo largo del norte de Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia). Estas comunidades, que aún hoy siguen manteniendo sus tradiciones, han cambiado sus trineos por motos de nieve y quads, pero siguen manteniendo ese férreo espíritu que les ha hecho “domar” una tierra inhóspita. Hasta aquí todo transcurrió perfectamente, pero de repente, ya camino de Nordkapp, las cosas se torcieron y el resto de la jornada se convirtió en un verdadero infierno. Una carretera extremadamente estrecha, renos en la carretera, nieve, niebla, planchas de hielo y un terrorífico cambio de tiempo, en el que se sucedían sin cesar rachas de ventisca con nieve, nos hicieron parar en varias ocasiones y sopesar la posibilidad de retroceder hacia alguna población, a refugiarnos y esperar que amainara. Al final pudo la cabezonería general y a las 17 horas llegábamos a Nordkapp (Cabo Norte), geográficamente considerado como el lugar más septentrional de Europa (71º10´21´´), donde la temperatura nos permitían únicamente salir del coche para hacernos las fotos de rigor y poco más. Más de uno pensará que es de dudosa cordura el recorrer 12.800 km para llegar a un lugar escarpado, sin otra cosa que unos vistosos acantilados, si el día es soleado, y como dice mi amigo Pepe Álvarez, “onde o vento da a volta”. A los que nos consideramos ”viajeros”, que no turistas, nos llena y nos hace exclamar llenos de satisfacción un ¡mereció la pena!. De esta manera llegábamos al ecuador de nuestra expedición. Helados, retrocedimos hasta Havstua, un pequeño pueblo de pescadores de bacalao, donde arrendamos la cabaña de turno y repusimos fuerzas en una especie de pub, dando cuenta de una copiosa cena a base de guiso de reno y cerveza al lado de una chimenea. Los lugareños no dejaron de observarnos y cuchichear acerca de nosotros; entiendo que más que por las “pintas” que llevábamos, por la gran cantidad de platos que el mesonero transportó hasta nuestra mesa. Alargamos la tertulia hasta que nos lo permitieron, por que el sitio lo merecía y el clima no invitaba a salir del local.

El día siguiente estuvo clasificado como “etapa maratón”, al tener que recorrer cerca de 1.000 km, para llegar a Storforshei. El recorrido es extremadamente duro, por tener que circular por una infernal carretera costera que bordea todos los fiordos del norte y tener que usar en varias ocasiones los servicios de los ferry para poder enlazar y seguir ruta. A pesar de ello fue muy gratificante, al tener la suerte de contar con un espléndido día de sol que hizo que pudiéramos disfrutar de una de las mayores riquezas de la zona en esta época, la luz. A lo largo del recorrido fuimos descubriendo una zona plagada de archipiélagos, profundos fiordos, cumbres nevadas, interesantes aldeas agrícolas y extensas mesetas, que nos obligaban a parar cada poco para hacer fotografía (entre los cinco componentes del grupo sumamos mas de 600 estampas). Por su interés son parada obligatoria las poblaciones de Alta, famosa por sus pinturas rupestres, Narvik, ciudad que sufrió grandes batallas en la II Guerra Mundial por el control de sus minas de hierro y cuenta hoy con un interesante Museo de la Guerra, y Kjerringoy, donde existe una estación comercial de madera, del siglo XIX, pegada a un brazo de mar, que la convierte en un auténtico museo al aire libre. Esta noche acampamos al lado de un bonito remanso, en uno de los múltiples fiordos de la zona.

El madrugón del día siguiente fue obligado por la necesidad de llegar lo antes posible a Kristiandsun, no sin antes visitar Trondheim, una hermosa ciudad donde te puedes deleitar con su preciosa Torvet (plaza mayor), la Catedral de Nidaros, considerada la mayor construcción medieval de Escandinavia, y “El Stiftsgarden”, considerado el palacio de madera mas grande de Escandinavia. Una vez alcanzada Kristiandsun, calificada como la capital del bacalao seco, nos dirigimos a tomar la “Atlanterhavsvegen” (Carretera del Atlántico), una increíble sucesión de tramos de carretera que unen varios islotes a través de puentes de diferente diseño. A medida que la vas cubriendo, te da la impresión de que vas adentrándote más y más en el océano. El recorrido remata en la ciudad de Molde, desde donde es interesante acercarse a un bonito pueblo pesquero llamado Bud, en el que pudimos degustar diferentes platos de fresco pescado. 

Ya por la tarde nos encaminamos a otro de nuestros objetivos, el Glaciar Briskal. Como de costumbre elegimos, a sabiendas y como de costumbre, la peor de las rutas, convencidos de que todos los datos apuntaban a que merecería la pena. Y así fue, una vez alcanzada la población de Andalsnes tomamos una carretera en dirección sur, llamada “Trolstigen” (sendero del duende o carretera del Troll), que nos llevó hacia lo alto de la montaña por un trazado increíblemente enrevesado, que descubre en cada curva una cascada de agua cada vez más impresionante. A medio camino no tienes más remedio que hacer un alto para deleitarte con la vista de la más espectacular de ellas, la “Cascada Stigfossen” (180 m de altura). Alcanzada la cima, la carretera nos llevó a nuestro punto de destino descendiendo por una vía paralela a un espectacular río. Al poco de iniciar el descenso nos encontramos con un centro de deportes de riesgo, en el que se anunciaban emocionantes descensos en rafting. No hizo falta ponerse de acuerdo, los coches se pararon automáticamente sin consenso previo. En menos de una hora, ya habíamos contratado el viaje, nos habíamos enfundado los trajes de neopreno y habíamos recibido las instrucciones correspondientes, de nuestro piloto Jarnet. La bajada fue espectacular y cargada de emociones, en la que no faltaron momentos de apuro, entre los que contamos con alivio la caída a las gélidas aguas de nuestro compañero Miguel, que se solvento con una rápida maniobra de nuestro piloto noruego, que evidenció una gran experiencia en este tipo de lances. Una taza de café (Miguel se tomó dos) puso fin a esta vivencia, para sin más encaminarnos a dormir a los pies del Glaciar Briskal, a donde llegamos pasada la medianoche, pudiendo aún observar el glaciar entre nubes. La cabaña que nos tocó en suerte esta noche nos pareció un palacio: chimenea, sauna, cocina, amplias habitaciones….., y un porche orientado al cañón por el que desciende el glaciar, lo que nos animó a celebrarlo preparando una sabrosa cena caliente que se prolongó, con una no menos sabrosa tertulia, hasta las 2,30 h de la madrugada. Por la mañana contratamos un guía para el grupo, al que se sumó una pareja de alemanes, y prestos nos dirigimos al glaciar. El Glaciar Jostedalsbreen está considerado como el mayor glaciar de la Europa Continental, con una superficie de 478 km2, y de su cumbre descienden varios brazos, entre los que destaca el mencionado Briskal. Iniciamos el camino de ascenso hasta el pie del glaciar a las 8 horas, por un sendero que va subiendo gradualmente a lo largo de 4 km. Una vez llegados a ese punto hay que equiparse con arneses, casco, crampones, piolets, cuerdas,… y por supuesto recibir con atención las instrucciones del guía. El grupo tiene que subir unido por una cordada durante cuatro horas, hasta que se alcanza la cima del brazo, momento en el que ya se accede a la meseta helada del glaciar. Hicimos cumbre a las 14,00 horas, encontrándonos de repente con una basta extensión de hielo de un tenue color azul y unas sobrecogedoras e increíbles vistas. El descenso se hizo mas pausadamente, motivado por el cansancio que acumulaba la pareja del alemán que nos acompañaba, llegando por fin al campamento a las 2l,30 horas, aprovechando el disfrute de la sauna del camping para relajar músculos antes de darnos un merecido descanso.

La mañana siguiente amaneció soleada, lo que nos permitió disfrutar plenamente de las estupendas vista del Sognefjorden (Fiordo de los Sueños), considerado como el más espectacular de todos ellos. Después de recorrerlo de oeste a este, pusimos punto final a nuestra estancia en Noruega, un país excesivamente caro para el que quiera pasar en él una estancia vacacional ejerciendo de turista, que no de viajero. A media tarde emprendimos camino a Estocolmo vía Oslo, donde hicimos una breve parada por antojo de Miguel y Guillermo, cumpliendo así la palabra dada a nuestro paisano Fidel, de que volveríamos para asistir a una fiesta que organizaba como celebración de una tradición sueca. Esta circunstancia nos obligó a hacer el regreso a Ourense sin parada nocturna, pero eso si, no evitó que cumpliéramos con el alto obligatorio en Arcachón, para degustar las más famosas ostras de la Costa Atlántica Francesa.

Sin duda el viaje es tremendamente enriquecedor pero muy exigente, tal como lo hemos llevado a cabo. A pesar de ello, todas las incomodidades se ven compensadas al poder vivir de cerca paisajes, que da la impresión de existir únicamente en fotos trucadas, y poder sumergirse en un modo de vida social y cultural modélico, pero que por unanimidad hemos decidido no cambiar por nuestro “modus vivendi” latino. Los gastos hay que minimizarlos utilizando la tienda de campaña y el alquiler de cabañas de madera, además de contar con un completo arcón de víveres, que te permitan escapar lo más posible de las casas de comida. De esta manera se puede equilibrar el elevado nivel de vida que rige en toda Escandinavia y disfrutar más de la estancia.

Como siempre, satisfacción y ganas de repetir.