En el país de los caballos de viento. Peregrinando a la montaña sagrada del Tíbet

Juan Miguel Ramos Escobosa

Corría el año 1.624. En un collado del Himalaya, a más de 5.000 metros de altura, hambriento, aterido, con mal de altura y medio cegado por la nieve, un jesuíta portugués creía entrever su objetivo. Antonio de Andrade había salido de la cálida Goa muchos meses atrás. Su viaje no era de turismo - que se inventaría varios siglos más tarde-, ni de exploración - a pesar de que el suelo que pisaba era desconocido para el mundo occidental-, ni siquiera tenía intereses comerciales. Su búsqueda era de almas cristianas que retazos de rumores, nunca completos, nunca confirmados, recogidos aquí y allá en los mercados de la India, situaban al otro lado de la gran cadena montañosa del norte. El azar de sus pasos le había conducido hasta un remoto rincón en el suroeste de la meseta tibetana y lo que podía vislumbrar, entre jirones de niebla y ráfagas de nieve, era un paisaje yermo, desolado, baldío en el que se asentaba el reino tibetano de Gugé cuyo origen se situaba en el siglo X. Sin sospecharlo, el jesuita iba a contribuir decididamente a su desaparición pocos años después de aquella visión desde el collado.

Antonio de Andrade fue el primer occidental del que se sabe con certeza que llegó al Tibet porque, además de ir y volver, lo dejó relatado en un libro publicado en Lisboa en 1.626.

La montaña sagrada

La historia geológica es bien conocida. Hace unos 60 millones de años, la placa de la corteza terrestre que contenía a la India chocó, en su deriva hacia el Norte, con la placa de Asia. El resultado fue que el suelo del mar de Tetys, que separaba ambas placas antes de la colisión, se elevó hasta formar la meseta del Tibet a 4.000-4.500 metros de altura. Y la placa de la India siguió empujando (y al decir de los expertos todavía sigue) y nacieron el Himalaya, el Karakorum y otras grandes cordilleras de la zona.

La otra historia es, quizá, menos conocida. En un remoto rincón del suroeste del altiplano tibetano, en un pequeño rizo de la corteza terrestre producto de las mencionadas colisiones tectónicas, desafiando los efectos de la erosión, dominando la meseta circundante, solitaria, esbelta, altiva, indiferente a la admiración que suscita, alza su cima de nieves eternas una montaña sagrada. No es notable por su altura (6.714 metros), pero su historia no pertenece a este mundo: el Kailas es, posiblemente, la montaña más sagrada de toda Asia, continente en el que la espiritualidad de los hombres, sin menoscabo de lo que ocurre en otras latitudes, alcanza, quizá, sus cotas de máxima expresión. Es imposible reflejar en unas pocas líneas el profundo significado religioso del Kailas para varias grandes religiones asiáticas. Para los hindúes, el Kailas es la morada de Shiva y su consorte Parvati, tiene interesantes asociaciones con el monte cósmico Meru, el pilar central del universo hindú, y es citado repetidamente en los grandes poemas épicos indios Ramayana y Mahabharata de antes de la era cristiana. Los budistas tibetanos asocian al Kailas con la deidad tántrica Demchog y su consorte Dorje Phangmo y, en tiempos históricos, con el gran poeta Milarepa que vivió en la zona al final del siglo XI y principios del XII. El Kailas se halla también presente en la religión jain y en la religión bon que era el credo imperante en el Tibet antes de la llegada del budismo.

En una práctica de la que se desconoce su origen, el principal propósito de cualquier peregrino a la región, sea hindú, budista o bon, es realizar la circunvalación completa de la base del Kailas. Se adquiere así mérito para la futura reencarnación.

Pero para ello hay que llegar primero a la montaña para lo que hoy en día hay pocas alternativas. La ruta que hemos escogido nosotros, enclavada en el vértice noroeste del Nepal –país limítrofe con el Tibet-, sigue los mismos senderos que siglos y siglos de peregrinos al Kailas han ido trazando en este rincón del Himalaya. La actualidad política hace que sea además la única ruta permitida a los occidentales desde el sur de la gran cadena montañosa (el Kailas está situado al norte del Himalaya) ya que las otras rutas situadas algo más al oeste, en la frontera chino-india, están abiertas solamente para ciudadanos indios. El azar de la historia ha jugado en contra de los devotos indios: toda la sagrada región del Kailas está en el Tibet, hoy gobernado con mano de hierro por China. Como es sabido, los dos colosos asiáticos mantienen relaciones difíciles y China aplica una dura política permitiendo el acceso a la montaña sagrada a un muy pequeño cupo de ciudadanos indios anualmente.

Por los caminos del Himalaya

Un paso,... una inspiración, otra inspiración. Otro paso,... una inspiración, otra inspiración.

Llevamos ya un buen rato ascendiendo por las laderas de un collado, el último antes de cruzar la cadena central del Himalaya, abandonar el Nepal y entrar en el Tibet. Allá abajo, al comienzo de la cuesta, con el optimismo, la ingenuidad y la excitación de la partida una sola inspiración me servía para más de un paso. Aquí arriba la relación se ha invertido y necesito más de un jadeo por paso. Estamos a más de 4.000 metros de altura y no confío todavía en mi aclimatación. La niebla nos envuelve tenaz, espesa, apaga los ruidos, esconde el paisaje,... pero también nos evita conocer los repechos que nos faltan...y la depresión consiguiente. Mis compañeros se van adelantando y me quedo sólo con la niebla y mis pensamientos.... Un paso,... una inspiración, otra inspiración.

Nuestro acercamiento a la montaña sagrada comenzó hace unos días en Simikot, pequeña población situada en una terraza sobre el valle del Karnali, uno de los cuatro grandes ríos que nacen en la región del Kailas, y que cuenta con una pequeña pista de aterrizaje de tierra. Luego hemos ido caminando en dientes de sierra, conquistando collados, descendiendo valles, para volver a empezar, río Karnali arriba. Éste era una poderosa corriente de agua color chocolate, producto de las lluvias monzónicas propias de esta época. Las montañas que nos rodeaban se perdían en las nubes y el azar del camino nos hacía descubrir, aquí y allá, al doblar un recodo, nuevas laderas, nuevos collados, nuevas cumbres que enmarcarían nuestro continuo deambular.

A lo largo de la ruta, varias veces al día, nos cruzamos con peregrinos, hindúes o budistas, nepalíes o tibetanos, que iban a o venían de la montaña sagrada. Este año estos senderos están particularmente concurridos ya que se celebra el año del caballo de agua según el calendario tibetano y los budistas conmemoran el aniversario de la primera khora (peregrinación) histórica al Kailas instituida por un monje tibetano en el s.XIII. Esta celebración tiene lugar cada doce años y el mérito alcanzado al realizar la circunvalación al Kailas es mucho más importante que en un año normal.

Los valles nepalíes que hemos atravesado no disponen de pistas para camiones, ni siquiera de electricidad, ni tampoco tienen los lodge para turistas tan habituales en otras zonas más frecuentadas de este país. El gobierno nepalí sólo recientemente ha abierto esta región para el trekking y los grupos de occidentales son muy escasos. La economía de los valles es de subsistencia, los campos arables pocos y pequeños, los campesinos humildes pero, en honor del gobierno, hasta en el último pueblo antes de cruzar al Tibet, formado por diez casas apiñadas a 3.600 metros de altura, hemos encontrado una escuela. No nos fue posible sin embargo entablar conversación en inglés con los niños y tuvimos que recurrir a los gestos.

Las caravanas de cabras han sido otro encuentro constante. Transportan la sal del Tibet a los valles nepalíes para cambiarla allí por cereales, arroz y otros productos propios de las tierras bajas. Ha sido un comercio tradicional (en el Tibet abunda la sal debido a los muchos lagos salados, restos de cuando la meseta tibetana era el fondo del mar de Tetys), realizado a todo lo largo de la cordillera del Himalaya y, por lo que se puede deducir por los grandes rebaños que encontramos, todavía boyante. A la vuelta, leeré sin embargo, un documento en el que se mantiene la tesis de que el comercio de la sal está amenazado en esta parte de la cordillera debido a los cambios introducidos por los chinos en el Tibet.

A lo largo de estos días pasados en caminar entre las montañas del Himalaya, dentro todavía del Nepal político, imperceptiblemente atravesamos la difusa frontera de la religión dominante: del hinduismo de los comienzos de nuestra marcha al budismo a partir del tercer día. En un collado como cualquier otro de los muchos que cruzamos, nos topamos con el primer montón de piedras y las primeras banderas de oración (caballos de viento como les llaman los tibetanos). De aquí en adelante, tierra budista. Pero las relaciones han sido siempre cordiales: no existe ningún antagonismo entre las dos religiones, un ejemplo digno de encomio visto lo que ocurre en tantas otras partes del mundo.

Un paso, ... una inspiración, otra inspiración, tercera inspiración.

La zona del Himalaya que hemos atravesado es la cuna de una anacrónica guerrilla de corte maoísta que surgió en el Nepal hace algunos años y cuyo tiempo en la historia parece ya pasado en estos albores del siglo XXI. La guerrilla ejerce su control total en esta zona, ha expulsado a los estamentos oficiales nepalíes y, de hecho, desde que salimos de Simikot hace varias jornadas, aunque nominalmente estábamos bajo la jurisdicción del gobierno nepalí, en la práctica sobre el terreno era la guerrilla la que imponía su autoridad. Con el paso del tiempo, los guerrilleros han ganado en audacia, se han extendido a otras zonas del Nepal y las escaramuzas con las fuerzas de orden se han hecho más frecuentes. Aunque la guerrilla nunca ha atacado a viajeros occidentales y parece ser que, según rumores no confirmados, ha manifestado públicamente que no lo hará, sus actividades han tenido unas repercusiones muy considerables en el turismo, principal industria y principal fuente de divisas del Nepal. Antes de salir, me aseguraron que podría viajar tranquilo pero la duda sobre lo que podría ocurrir (y sobre todo sobre lo sano de mi juicio al meterme en semejante avispero) fue siempre mi compañera.

Ayer comprendí la razón de esta aparente tranquilidad. El "comandante" guerrillero local vino a cobrar el impuesto revolucionario. El chico era el estereotipo habitual: jovencísimo, pobremente equipado, con una granada al cuello, inflamado de ardor revolucionario ("...hace dos días mataron a mi hermano, sé que a mí también me matarán, pero no importa, muchos más vendrán que continuarán nuestra lucha..."). Luego, nos dejaron seguir en paz.

Otro paso, ...una inspiración, otra inspiración, tercera inspiración, formas confusas entre la niebla, un montón de piedras, banderas de oración, por fin el collado, el Nara La, 4.600 metros de altura, ¡Lha gyalo, so, so so ! (¡los dioses han triunfado!, ancestral grito de alegría de los tibetanos al alcanzar un collado -la en tibetano- de los que su país está lleno).

El país de las nubes blancas

Me detengo muy poco en el Nara La. La niebla me envuelve, hace frío y abajo me espera el Tibet. De pronto, oigo pasos a derecha e izquierda y me encuentro en medio de un grupo de peregrinos que han aparecido súbitamente de entre la cortina de niebla. Nos saludamos con la cabeza y una sonrisa, las palabras sobran, el gesto, el momento, el lugar no mienten. Todos sabemos que hacemos allí. Camino al Kailas, fundido en un grupo de peregrinos, me siento un humilde eslabón de la inmensa y ancestral cadena de fé que me ha precedido por estos senderos y sobre este mismo polvo y que en este caso no mueve montañas sino que la montaña es la misma esencia de la fé. ¡ Yo también soy peregrino al Kailas ! La magia del encuentro es fugaz. En un recodo de la ruta desaparecen como habían llegado. La niebla apaga prontamente sus pasos.

Pero el Nara La aún me proporcionará otro momento inolvidable. Un poco más abajo, la niebla se descorre y aparece ante nuestros ojos el paisaje pardo, yermo y seco del Tibet. Como un enjambre de refugiados ante la tierra prometida encuentro a mis compañeros agolpados contemplando el espectáculo. Por extraño que parezca, esta tierra, alta, fría, estéril, sin árboles, donde el verde vegetal es una noción casi alienígena, pero de cielo profundamente azul y nubes intensamente blancas ha fascinado siempre a los occidentales. Hoy, aquí, en este momento, somos de los pocos afortunados que podemos pisarla.

La primera población tibetana de importancia es Taklakot (Purang en chino). Aquí, los peregrinos de siglos pasados, tras cruzar los pasos del Himalaya, recuperaban fuerzas antes de proseguir viaje hacia el Kailas. Otros se encerraban en las cuevas del acantilado que domina el poblado tibetano y no abandonaban su retiro (de días, meses o años) hasta que no se consideraban suficientemente purificados para acercarse a la montaña sagrada. Y para todos los viajeros occidentales que a partir del s.XIX exploraron con mejor o peor fortuna esta parte del Tibet, Taklakot era un nombre mítico. Voy pensando en ellos cuando me doy de bruces con una horrorosa construcción china que parece ser un centro comercial con cristales de espejo y luces de neón parpadeantes. Huyo de semejante atentado a la memoria histórica de este pueblo y me refugio en las cuevas del acantilado intentando comprender si un urbanita de la tecnificada y materialista civilización occidental está en realidad preparado para enfrentarse a la montaña sagrada.

El lago sagrado

Junto al Kailas existen unos hermosos acompañantes: dos grandes lagos. Uno de ellos, el Manasarowar, es también sagrado. Para los hindúes fue creado por un esfuerzo mental de Brahma y demuestra que su veneración por él no ha disminuido un ápice con el paso de los siglos el hecho de que algunas de las cenizas de Mahatma Gandhi fueron esparcidas en el lago tras su muerte y posterior cremación. El otro lago, Rakas Tal, por contraposición es el lago maldito. En la zona nacen además 4 grandes ríos de Asia: el Indo, el Sutlej (poderoso afluente del primero), el Karnali (afluente del Ganges) y el Brahmaputra (llamado en Tibet Yarlung Tsangpo), que riegan todo el norte de la gran llanura indostánica. Posiblemente, esta notable particularidad hidrográfica no pasó desapercibida para los pueblos que habitaban la planicie india siglos antes de Cristo y quizá por ello mencionaron al Kailas en las grandes epopeyas indias Ramayana y Mahabarata. La importancia del agua y de sus fuentes ha sido siempre un elemento fundamental en todas las religiones y más, si cabe, en la hindú en la que el agua del Ganges es la fuente de vida por excelencia. Aunque son conjeturas, de aquella asociación entre Kailas y agua surgió, quizá, el carácter mítico de la montaña que ha llegado hasta nuestros días.

Para los geógrafos y exploradores occidentales que visitaron la región a partir del s.XIX, el conjunto de Kailas, lagos y ríos constituyó un enigma geográfico de primer orden. Dadas las dificultades de acceso que la naturaleza presentaba, y que los propios tibetanos exacerbaban con su política de aislamiento a ultranza, no se llevó a cabo una exploración sistemática de la región ni se resolvió completamente el misterio del nacimiento de los grandes ríos hasta el comienzo del s.XX.

Desde Taklakot, unos desvencijados vehículos todo-terreno nos acercan hasta la pareja de lagos. Este paisaje ha sido descrito por multitud de visitantes como el “más bello del mundo”: las aguas purificadoras del lago Manasarowar y el Kailas resplandeciente como telón de fondo. En nuestro caso es algo menos bello porque la montaña se esfuerza en ocultarse tras nubes monzónicas.

Montamos el campamento a orillas del lago sagrado junto a Chiu gompa (Chiu significa pájaro y gompa monasterio), un muy apropiado nombre para una pequeña construcción en un espolón rocoso situado en la franja de tierra que separa ambos lagos. Asciendo con dificultad (los lagos están a 4.500 m. de altura) a una pequeña colina situada enfrente del gompa para apreciar mejor uno de los varios quebraderos de cabeza con los que los geógrafos europeos se tropezaron. A los pies del monasterio corre, mejor dicho, ha corrido en el pasado porque ahora está seco, un curso de agua que conecta al Manasarowar (el lago sagrado) con el Rakas Tal (el lago maldito). El curso seco recibe el nombre de Ganga Chu. Chu es río en tibetano y el nombre de Ganga se confundió en el pasado con el Ganges, el sagrado río de los hindúes. Durante algún tiempo, los geógrafos europeos, con las enormes dificultades para acercarse a esta región ya mencionadas, llegaron a pensar que el Ganga Chu (y por extensión el Manasarowar de donde nace) era en realidad el origen del sagrado Ganges. Como adicionalmente los testimonios de los escasos exploradores que conseguían llegar hasta esta zona resultaban contradictorios -el Ganga Chu unas veces llevaba agua y otras no-, este humilde cauce seco que tengo delante se convirtió en el centro de una importante controversia geográfica. Hasta que no se conoció fehacientemente que las verdaderas fuentes del Ganges están más al sur, al otro lado de la barrera del Himalaya, y se exploró adecuadamente este rincón de la meseta tibetana (sobre todo por el gran explorador sueco Sven Hedin en 1.907), no pudo establecerse con certeza que el lago sagrado no es la fuente del Ganges y el Ganga Chu no forma parte, por tanto, del curso alto del río sagrado. De hecho, los dos lagos y el cauce que los conecta pertenecen al sistema fluvial del Sutlej.

Inspirado por mis ilustres predecesores, me adentro por el altiplano tibetano siguiendo el curso seco, salvo algunos grandes estanques que parecen de agua de lluvia. El cauce está claramente marcado, con unos 10-15 m. de ancho. Al poco, me encuentro completamente aislado en este mundo mineral: no hay nadie, el campamento queda lejos, el pueblo que he dejado a mis espaldas está fuera de mi vista y además no he visto a persona alguna al cruzarlo. Delante de mí y a derecha e izquierda, no hay nada salvo la tierra parda del Tibet salpicada de un escasísimo verde. No hay caminos, ni rodadas de camiones, ni postes de teléfono, ni perros, ni caballos, ni yaks. Sólo el ulular del viento y un enorme montón de nubes negrísimas que me acaban por rodear por todos lados. Decido, por tanto, abandonar mi intento de seguir el curso sin agua y, en cambio, me encaramo al peñasco del monasterio desde el que claramente se vislumbra la cicatriz de los meandros del Ganga Chu atravesando la altiplanicie conectando los dos lagos. La razón de que ahora, como en otras ocasiones, no corra agua tiene que ver, casi con toda seguridad con el régimen de lluvias monzónicas. Si los monzones transportan mucha agua, el Manasarowar sube de nivel y el agua empieza a fluir por el Ganga Chu hasta el Rakas Tal. De hecho, para los locales, la ausencia prolongada del fluir del agua es señal de mal augurio, adecuadamente reflejado, se podría añadir, en la situación actual de dominio chino en el Tibet.

Los misioneros

Dejemos por un momento la exploración geográfica y la peregrinación religiosa para ir a conocer la historia y las raíces del budismo sin las cuales es imposible entender el mundo tibetano. En el s.VII, el budismo llegó por primera vez a estas regiones, principalmente alrededor de la capital, Lhasa, en el centro del país. Tras una primera época de expansión rápida, disturbios con los defensores de la religión bon preexistente desembocaron en una era de persecución religiosa, caos y destrucción generalizados. Algunos defensores del credo budista se refugiaron en Gugé, una remota región del suroeste del Tibet, y, desde allí, reavivaron su fé. Un personaje clave fue el monje Ringchen Zangpo, que vivió a caballo de los siglos X y XI y que fue enviado por el rey de Gugé a la India a estudiar las escrituras budistas. A su vuelta, se convirtió en un gran misionero y propagador hasta el punto de que se dice que en su larga vida llegó a fundar 108 monasterios (el número 108 es sagrado para los budistas).

Parece que la asociación histórica entre Kailas y budismo tibetano empezó algo más tarde, en el s.XIII, pero curiosamente, en toda la inmensa altiplanicie tibetana de más de 2 millones de kilómetros cuadrados, el Kailas y Gugé se encuentran a poco más de 100 km. en línea recta.

Cuando Antonio de Andrade, el misionero jesuita portugués al que hemos abandonado en el collado al principio de estas líneas, llegó a Tsaparang, capital del reino de Gugé, en 1.624, fue recibido por el rey con los brazos abiertos. El permisivo monarca le dejó predicar su fé, traer más compañeros e incluso fundar una capilla. Sin embargo, las conversiones fueron mínimas y los lamas y monjes, que veían con creciente preocupación las veleidades del rey con la nueva religión, acabaron sublevándose y llamaron en su auxilio al rey de Ladakh, el cual conquistó Tsaparang y se llevó prisionero al rey de Gugé a Leh donde terminó sus días. Para 1.650, el reino de Gugé, tras más de seis siglos, había dejado de existir y Antonio de Andrade, había contribuido, involuntariamente, a su desaparición. Poco después, Tsaparang fue abandonada y, debido a lo remoto de su ubicación, ha permanecido prácticamente intacta hasta nuestros días. Se conoce de un puñado de viajeros occidentales que la han visitado, entre otros, el oficial británico Young en 1.912, el gran tibetólogo italiano Giuseppe Tucci en 1.933 y el lama Anagarika Govinda en 1.948, probablemente el último occidental en explorar las ruinas de Tsaparang antes de que los chinos cerraran el Tibet a cal y canto en 1.950. Hoy, ante la necesidad de divisas, China ha entreabierto tímidamente el velo del misterio.

Las ruinas de Tsaparang

Mientras me voy acercando al espolón rocoso donde se asientan los restos de la ciudad, voy reflexionando sobre el hecho de que en este entorno desolado arraigó la fé budista que luego se extendería por todo el Tibet y que hoy ha llegado a Occidente, viviendo los momentos de mayor esplendor de toda su historia. Gracias a las circunstancias que se dieron en Gugé en el s.X, se puede asegurar que hoy existe la figura del Dalai Lama, Premio Nobel de la Paz, a quien reciben los poderosos de este mundo, las estrellas de Hollywood rivalizan en su adhesión al budismo tibetano y los monasterios budistas se han extendido por casi todos los países occidentales. Tengo ante mis ojos el humilde lugar, en un remoto rincón de la meseta tibetana, físicamente árida pero espiritualmente rica, en el que arrancó un impulso religioso que luego ha llegado a ser tan poderoso. Aunque en realidad, ¿no han nacido en lugares humildes y sin pretensiones las grandes religiones de este mundo? ¿No será que los hombres, cuando nos enfrentamos a lo espiritual, buscamos precisamente la imagen opuesta a la de poderío terrenal?

Dejo para otro momento mis reflexiones y me enfrento a la montaña en la que aparece esculpida una ciudad con altivos castillos, torres y torrecillas que resaltan sobre el profundo azul del cielo tibetano, con muros poderosos y almenas sobre peñascos perpendiculares en los que destacan las bocas negras de multitud de cuevas. El polvo apaga mis pasos mientras me aproximo a los dos templos situados al pié del acantilado. Provienen originalmente del s.X, fundados por el gran impulsor del budismo Ringchen Zangpo y guardan entre sus tesoros los mejores frescos que se conocen -junto con los de la cercana Tholing- de un estilo particular de arte budista tibetano con notables influencias de la cercana Cachemira. Frescos que desde la época de Antonio de Andrade pocos occidentales han tenido la oportunidad de contemplar hasta tiempos recientes.

El interior del Templo Blanco es una gran sala soportada por numerosas columnas de madera. En las paredes, los enormes frescos de los siglos X-XII cubren desde el techo hasta el suelo y se encuentran en un sorprendente excelente estado de conservación. Sus colores están en claro contraste con el árido y yermo entorno de los cañones del valle del Sutlej que nos rodea. Delante de las paredes, rodeando la estancia, algunas estatuas de bodishatvas que han sufrido los ataques de los guardias rojos chinos durante la revolución cultural. Hasta este remoto lugar llegó su orgía destructora. Se dice que únicamente debido a que los templos estaban ya inactivos para el culto se salvaron con sólo modestos desperfectos y no corrieron la misma suerte que el cercano monasterio de Tholing, también fundado en el s.X y que sufrió de pleno las iras de los ideologeizados jóvenes chinos de la época.

En el Templo Blanco no hay las habituales hileras de asientos para los monjes, ni las lámparas de manteca ardiendo delante de las estatuas, ni tangkas, ni el abigarramiento habitual de los templos tibetanos. Se visita como un museo pero no debe estar muy cambiado de como lo vió por primera vez Antonio de Andrade en 1.624. Al fondo, donde en un templo católico se situaría el altar, se encuentra un pequeño estrado y en la pared de la derecha la genealogía completa de los reyes de Gugé; cada príncipe tiene su nombre junto a él.

Lo que sí ha desaparecido de los templos son las tres grandes estatuas de Sakyamuni, el Buda histórico, que los tres viajeros antes señalados mencionan en sus relatos. En el Templo Rojo, con frescos del Siglo XV, los artistas describieron las escenas principales de la fundación del templo con tal realismo que es fácil reconocer los turbantes de los musulmanes de la cercana Cachemira o las caravanas que transportaban los troncos que se utilizaron para la construcción de los edificios sagrados (en el Tibet, debido a la altitud, escasean los bosques y, por tanto, la madera para la construcción ha de ser traída desde muy lejos).

Al salir del templo, el sol nos saluda con fuerza, el entorno es seco, yermo, sólo se ve algo de verde en la orilla del Sutlej a una cierta distancia de las ruinas. A lo lejos se divisan los acantilados y cañones del curso alto del río. El cómo pudo crearse y mantenerse durante más de 600 años una civilización, un reino, una población fija y una cultura en este secarral es un buen enigma.

En la parte baja de la ciudad hay numerosas casas en ruina sin mucho interés. Al ir ascendiendo, llegamos a la zona intermedia dominada por las cuevas. Son aberturas negras en la roca amarillenta del acantilado. Me introduzco en una de ellas. Es baja, pequeña, hecha de polvo. No se ven pinturas ni signos de ocupación ni reciente ni pasada. Mis ojos, sin embargo, descubren al poco en una repisa al fondo, cubiertas de polvo, podría decirse que abandonadas pero, si se miran con otros ojos, en realidad delicadamente colocadas, unas estatuillas tsa-tsa (1). Mi imaginación se desboca ¿Será posible que puedan provenir de cuándo esta ciudad bullía de vida y era el centro del budismo, de los tiempos de Antonio de Andrade? No lo creo, aunque el interior está oscuro se encuentran demasiado a la vista. Pero para quien las haya dejado, este lugar sigue siendo importante.

Salgo al exterior reconfortado de haber encontrado esta señal de que a pesar de los 350 años transcurridos desde el abandono de la ciudad, de la destrucción que nos rodea, de las penurias y vicisitudes vividas por el pueblo tibetano, de la revolución cultural y sus excesos, la fé budista sigue prendida a este acantilado. Ringchen Zangpo estaría contento.

Sigo ascendiendo y, de pronto, me encuentro en medio de una escalera encastrada en una cueva, con peldaños pequeños, gastados e irregulares. El equilibrio es difícil, una de las paredes de la cueva casi no existe, meto la cabeza por un agujero y me sorprendo asomado al vacío dominando desde una altura sorprendente el cauce seco de algo que en un tiempo muy pretérito debió llevar agua. En realidad, estoy subiendo por el único pasadizo que se conoce que comunica la ciudad en la parte baja del acantilado con la pequeña meseta superior en donde asoman las ruinas del palacio real. El lama Govinda lo descubrió por casualidad y muy a pesar del jefecillo tibetano de la zona que hizo todo lo posible por impedírselo. Hoy han puesto una escalera y, quién sabe, dentro de unos años quizás instalen luz y sonido...

Arriba, las ruinas de lo que fue el palacio real son extensas. En los bordes de la meseta se levantan paredes hechas por el hombre, continuación perfecta de las paredes a pico del acantilado. En la parte de atrás, un delgado y curvo nervio de roca une el espolón rocoso de la ciudad a la montaña. Tsaparang, como algunos de nuestros castillos, parece inexpugnable y su único punto débil debió ser la desunión entre sus habitantes.

Finalmente me acerco al sanctum sanctorum, un templo donde estaba un mandala tridimensional de Demchog que ya en tiempos de las visitas del tibetólogo Tucci y del lama Govinda estaba destruido. Del mandala no queda nada y su lugar está cubierto de khatas (trozos de tela para demostrar respeto), pero las paredes todavía conservan los frescos descritos por Tucci y Govinda. Sólo alguna filtración de agua parece amenazarles. Según Tucci, “es aquí donde en tiempos de los reyes de Gugé, se confería por maestros ahora desconocidos el bautismo de la iniciación”. Me sorprendo cuando el guarda del recinto, un chino que no habla inglés, toma un espejo y utiliza el reflejo de la luz solar para iluminar la estancia y permitirme sacar fotos que, en teoría, están prohibidas, oficialmente porque pueden dañar las delicadas pinturas, pero probablemente porque a los chinos no les ha dado tiempo todavía de estudiar en profundidad el lugar, sacar ellos las fotos, publicar un hermoso libro y venderlo a los turistas como han hecho con el cercano monasterio de Tholing. A la salida, tengo que aliviar mi cartera de unos cuantos yuanes para descargar la conciencia del guarda.

Abandono con tristeza este lugar en ruinas en el que por primera vez se oyó el tañido de una campana cristiana en el Tibet. Como dice Tucci, "es como si el pedregoso desierto fuera ascendiendo por la colina desde el valle, en un lento e inexorable avance, y fuera tragando en su amarillenta garganta los últimos vestigios de un gran pasado".

Sábado por la noche en Tholing

Tholing es un pequeño pueblo en ebullición. Situado en una terraza, unos 50 metros por encima del cauce del Sutlej y a unos pocos kms. de Tsaparang, fue la otra capital del reino de Gugé. Hoy es un poblado chino en el que se construyen viviendas frenéticamente, como si también aquí hubiera llegado la fiebre de la especulación. En realidad se construyen por decreto. Se está levantando una presa en los alrededores -hemos podido oir las explosiones. La presa cubrirá el puente tradicional tibetano, abigarradamente engalanado de banderas de oración, y el nuevo puente de carretera chino edificado unos metros más arriba, sin ninguna bandera. La fé budista enseña la impermanencia de todas las cosas... Las viviendas de tres pisos se construyen para albergar a los obreros que levantarán la presa. No hay demanda, sino instrucciones del Partido.

El atardecer es un espectáculo. El sol poniente incendia los acantilados que rodean Tholing y las formas erosionadas de sus paredes rocosas que semejan torres, murallas, almenas, fortalezas y castillos. En medio de tanta intensidad lumínica, el ojo se detiene en las manchas negras de las bocas de las cuevas, colgadas de la pared, de acceso imposible, que sirvieron de retiro a generaciones de anacoretas entregados a la meditación. Los muñones de lo que en su día fueron 108 chortens que rodeaban a Tholing brillan en la distancia frente al fondo del valle donde el sol ya no llega. La oscuridad va subiendo y, al poco, lo envuelve todo.

El "hotel" chino en el que nos albergamos está en construcción, sin agua corriente y sin servicios pero con teléfono que nos permite hablar ¡oh maravilla tecnológica! con nuestros seres queridos. La familia china está frente a la televisión como en el resto del mundo, en esta ocasión acompañada por unos cuantos militares. La estancia es amplia, luminosa y bien amueblada. No parece importunarles nuestra presencia. La breve conversación telefónica es un salto enorme en el espacio y en nuestras circunstancias personales actuales y supone casi romper un hechizo.

Fuera, la fiebre del sábado por la noche se ha instalado en Tholing. Con las calles pobremente iluminadas -la presa vendrá a solucionar esta carencia- nos dirigimos hacia el bullicio. Por el camino pasamos frente a unas luces de neón que anuncian una discoteca. Mientras compramos algo de alimentación, dos fornidos tibetanos no nos quitan ojo. Por su vestimenta parecen nómadas, posiblemente muy poco acostumbrados a la presencia de occidentales. La conversación es totalmente imposible. Les saludamos con una inclinación de cabeza a la que no responden, absortos en la contemplación de humanos con barba y humanas rubias.

El gran espectáculo del Himalaya

Conocidos los lugares originales del budismo tibetano, nos atrevemos a acercarnos al Kailas, la montaña sagrada por excelencia. Pero para ello, en primer lugar, debemos retornar al altiplano (Tholing está “relativamente” bajo a 3.600 m. de altura frente a los 4.000-4.500 m. de media de la meseta tibetana). Por el camino recibimos nuestra recompensa por haber viajado hasta este remoto rincón del mundo. De pronto, al azar de una curva, directamente hacia el sur, hacia el Himalaya, se descubre una enorme montaña majestuosa, blanca, con una inmensa ladera helada que domina altivamente el contorno: el Kamet, 7.761 metros, la segunda cima en altura de la India, casi un ocho mil, situada a unos 70 km. de donde nos encontramos.

El camión que nos transporta tiene una oportuna avería que nos permite disfrutar largamente de este espectáculo del Himalaya desde el norte. Todo aquel que haya leido Kim, del Premio Nobel Rudyard Kipling, relator por excelencia de la India inglesa victoriana, recordará sin duda al lama tibetano que viaja a la India buscando el río que lava los pecados de todos los seres que se bañan en él. Cuando este delicioso personaje, tan cautivante por su ingenuidad y su bondad natural, observa desde las llanuras de la India septentrional el encendido, una a una, de las cumbres nevadas del Himalaya con el sol naciente, exclama: "Sin duda es aquí donde moran los dioses. ¡Éste no es lugar para hombres!".

En este país de los grandes espacios, me siento igual de privilegiado que el entrañable lama. Desde el norte, nuestra vista alcanza casi 180º del inmenso espectáculo de la cordillera y lo único lamentable es la obstinación y las mezquinas disputas de los hombres que hacen imposible recorrer actualmente estos parajes fronterizos entre China e India y reconfortar la vista y el espíritu con tan formidables paisajes. A nuestra derecha, hacia el oeste, los picos y cadenas montañosas de Ladakh, Lahoul y Spiti; directamente hacia el sur, las montañas de Garhwal y Kumaon dominadas por el Kamet y el Trisul y, algo más al este (a unos 100 km.), por las cimas gemelas del Nanda Devi a punto de ser ahogadas por las nubes monzónicas; y todavía más al este, completamente a nuestra izquierda y ya oscurecidas, las montañas del oeste del Nepal.

Pero es que además, entre nosotros y los gigantes nevados se extienden los cañones del curso alto del Sutlej. Nos sorprendemos atónitos ante el espectáculo de este país tibetano de gargantas, cañones y paredes extendiéndose muchos kilómetros cuadrados. ¿Cómo es posible que este paraje tan extraordinario no sea conocido como una de las maravillas del mundo? Si estuviera situado en Occidente en lugar de en este lejano rincón del Tibet, cada esquina, cada ladera, cada formación rocosa, cada garganta, cada pared tendría nombre y toda una floreciente industria turística se habría desarrollado a su alrededor.

Nos encontramos en una enorme ladera como si fuera una de las dos caras de un gigantesco tejado de dos aguas. Entre nosotros y el Himalaya y por debajo de nuestra posición, se extiende un laberinto de cañones formados por el Sutlej, sus afluentes y la erosión. Se puede adivinar que el curso principal es este-oeste pero existen mil cañones laterales cuyas paredes están rotas a su vez en cientos de cortes y formas de una regularidad y simetría asombrosas. El conjunto es vasto, yermo y de paisaje lunar. Pocos viajeros han descrito estos cañones como el lama Govinda en su libro “El camino de las nubes blancas”:

“el escenario ... es más que mero paisaje. Es arquitectura en el más elevado sentido. ...la palabra bello lo definiría demasiado débilmente .... Cadenas enteras de montañas han sido transformadas en hileras de templos gigantescos, coronados de espirales, cúpulas, pináculos, y adornados con nichos, galerías de columnas, manojos de abultados conos intersectados por delicadas cornisas y muchas otras formas arquitectónicas, todo ello minuciosamente esculpido.”

La peregrinación

De vuelta en el altiplano, llegamos a Darchen. Es el lugar desde el que comienza la peregrinación alrededor del Kailas. La efemérides budista de este año del caballo es la primera que se celebra tras la tímida relajación de las duras medidas policiales que el gobierno chino aplica en el Tibet y la primera ocasión en la que los peregrinos tienen a su disposición los potentes y omnipresentes camiones chinos para desplazarse por el altiplano tibetano (en los anteriores años del caballo que se celebraron en libertad -antes de 1.950, cuando China invadió el Tibet- el automóvil no existía en estas regiones). En consecuencia, el número de peregrinos es muy alto y Darchen está rodeada por campamentos improvisados de centenares de las grandes tiendas blancas tibetanas.

La población está situada al sur de la montaña sagrada de la que sólo es visible la cima. El lugar es de una suciedad indescriptible, lleno de inmundicias pestilentes de todo tipo, clase y condición, acrecentadas este año debido a la gran afluencia de peregrinos. Es bien conocido que históricamente los tibetanos no eran muy propicios a lavarse, lo cual es comprensible dadas las inclemencias de vivir a 4.000 m. de altura, pero la civilización china ha sido una de las más refinadas, cultas y sofisticadas de la historia. Cuesta creer que sus descendientes vivan en semejante decadencia, en un estado de indolencia y dejadez. Y no pueden presentar excusas: los chinos gobiernan el Tibet desde hace 50 años y han tenido tiempo suficiente para haber aportado e introducido algo de higiene y salubridad pública en las costumbres locales.

Darchen domina la gran planicie de Barkha, situada a unos 4.500 m. de altura entre el Himalaya al sur y el Transhimalaya al norte, a su espalda. Todas las tardes de esta época de monzones, las tormentas aparecen como trenes celestes por el suroeste, riegan la llanura intermedia y descargan sobre el poblado, antes de proseguir su camino hacia el Norte. Gracias a las lluvias, la planicie de Barkha tiene en esta época un tenue manto verde. El resto del año es sólo un mundo mineral pardo.

A pesar de ser una montaña alpinísticamente muy atractiva, el Kailas no ha sido ascendido nunca. Hace algunos años, la administración china concedió permiso para ascenderlo al famoso alpinista Reinhold Messner, pero éste, tras viajar a la zona, renunció a ello conmovido por la fé del pueblo tibetano. Confiemos en que nunca haya montañeros que por un prurito de fama, siempre pasajera, violen el inmenso carácter sagrado del Kailas y decepcionen a muchos cientos de millones de personas.

Al amanecer del día del inicio de nuestra peregrinación, en la distancia hacia el sur se vislumbra la sábana de agua del Rakas Tal y, al fondo, los nevados del Himalaya, láminas blancas, purísimas, incendiadas con el sol naciente, majestuosos, lejanos y enigmáticos. El Gurla Mandata, más cercano, enorme masa montañosa totalmente opuesta al Kailas por su falta de esbeltez, nos domina, perdido entre las nubes, desde sus 7.730 metros.

La khora (peregrinación) alrededor del Kailas consiste en recorrer el camino que circunvala la base del grupo de montañas cuya cima dominante es el Kailas (budistas e hindúes lo hacen en el sentido de las agujas del reloj; los adeptos a la religión bon en sentido contrario). Con cada una de las circunvalaciones completadas se adquiere mérito que servirá para cuando el espíritu, tras la muerte del cuerpo físico, se enfrente a la reencarnación. En un año del caballo como en el que nos encontramos, el mérito adquirido es más importante. La mayoría de la inmensa cantidad de peregrinos tibetanos recorre los 52 km. del total de la circunvalación en un día, saliendo de Darchen de madrugada y regresando al anochecer, para, al día siguiente, volver a empezar. El punto culminante del recorrido es el Dolma La, collado situado a 5.470 m., nombrado en honor de Dolma (la diosa Tara en sánscrito). Los occidentales, mucho menos aptos a movernos por estas altitudes, necesitaremos 2 días y medio.

Pero para los tibetanos realmente piadosos hay otra manera mucho más meritoria de recorrer este circuito: midiéndolo con su cuerpo realizando postraciones. La postración es una antigua práctica tibetana en la que los peregrinos se arrojan al suelo cuán largos son, tocan el suelo con su frente, extienden sus brazos hacia adelante, se incorporan, avanzan unos pasos hasta donde habían llegado con sus brazos extendidos y vuelven a empezar arrojándose al suelo, etc. No es inusual encontrar grupos de peregrinos recorriendo el altiplano realizando postraciones. Para hacer el circuito del Kailas de esta manera se necesitan unas tres semanas y el mérito adquirido es, consecuentemente, mucho más importante. No es posible entrar aquí en consideraciones sobre el significado de esta costumbre: baste decir que tiene que ver con la propia potenciación espiritual.

Sin embargo, el verdadero espectáculo lo ofrecemos nosotros, habitantes de las llanuras. Somos todo un compendio de la tecnología moderna: forro polar ligero y cálido, ...capa exterior impermeable a la lluvia pero transpirable al sudor, ...calzado ultra ligero, ...pantalón super resistente, ...bastones telescópicos para caminar, ...máquina fotográfica “último aullido”, .... y también un compendio de la mayor debilidad: sombrero para prevenir la insolación, gafas de sol, crema protectora para la cara y los labios, pastillas para el mal de altura... Y por no hablar de la indumentaria que nos arropa al llegar al campamento y que, gracias a Dios, transportan los yaks y acondicionan los porteadores: tiendas de altura, sacos de dormir de plumón, cocina de gas, olla a presión.... Los tibetanos viajan, en general, humildemente, con lo puesto, el hatillo y su inseparable molino de oración. Muchas veces me he preguntado que pensarán de la frágil raza blanca ante tamaño despliegue de parafernalia protectora y utensilios.

Arrancamos en nuestro caminar por la circunvalación del Kailas, donde cada paso es un acto sagrado, cada plegaria es una llamada al cielo, cada accidente del terreno, cada piedra tienen un hondo significado religioso y están cargados de un poderoso simbolismo y asociaciones saludables. Nuestro paso es lento, marcado por nuestras propias limitaciones, algunos accidentes de la ruta y sobre todo por nuestro deseo de dejarnos empapar de la fuerza y del espíritu de este santuario y transformarnos en personas mejores (¿para qué se hacen las peregrinaciones si no?), más abiertas a la compasión hacia los demás, regla de oro del budismo tibetano.

Durante la mayor parte del recorrido de la circunvalación, el Kailas está oculto por las montañas circundantes, pero hay unos pocos lugares desde los que se puede vislumbrar su parte superior. En uno de ellos se encuentra el gran mástil de Tarboche, erigido cada primavera en la festividad de Saga Dawa: ha de quedar exactamente vertical para que los próximos 12 meses no traigan desastres al Tibet.

El Kailas, que ha estado jugando con las nubes toda la mañana, decide ocultarse definitivamente cuando asciendo al monasterio de Chukku gompa, al pié de una pared rocosa, en el que un fervoroso grupo de peregrinos tiene prisa en adquirir mérito haciendo khoras a un paso vivo alrededor del mismo. Una anciana de las de antes de la revolución cultural se me acerca y señalando con su mano huesuda a las nubes que esconden la montaña sagrada exclama ¡Kang Rimpoché¡ ( “la preciosa joya de las nieves”, el nombre que los tibetanos dan al Kailas).

Tras dejar el monasterio, voy ascendiendo por el valle del Lha Chu, el río de los dioses, situado al oeste del Kailas. Las paredes lisas, verticales que lo encajonan y por las que se descuelgan jirones de agua denotan que, en tiempos pasados, un glaciar esculpió este valle. Me cruzo con una pareja de ancianos, fieles bon, que realizan la circunvalación en sentido contrario. Algo más arriba, un trío de budistas, esta vez vestido con sus mejores galas, me alcanza. Al poco, llego a uno de los cuatro lugares de postración, así llamados porque desde ellos se divisa la cima sagrada. Un monje que mide el camino con su cuerpo, protegido con un largo delantal y las manos embutidas en unos guantes con la parte inferior de madera para que puedan soportar la infinidad de postraciones necesarias para recorrer el circuito completo, está realizándolas en un lugar particularmente pedregoso. Reconozco mi admiración ante semejante práctica que no deja de recordar a las penitencias y ascetismos cristianos.

Porqué son bonitas las montañas

Voy rodeando la base del Kailas que me muestra su arista noroeste. Ardo en deseos de contemplar la mítica cara norte, un paredón vertical de 1.800 m., representante genuino de la gran belleza física de esta montaña. Voy justo de fuerzas. Hace ya muchas horas que salimos de Darchen y hace ya bastantes que he consumido toda la comida y bebida que transportaba. El macuto, aunque casi vacío, pesa y las piernas poco pueden hacer por levantar las botas por muy ligeras que sean. Estoy a unos 4.700 m. La dichosa falta de aclimatación. Al avanzar un poco más, al doblar un recodo, me encuentro contemplando de pleno la pared norte de la montaña. La emoción me embarga, me asalta, me sorprende con su intensidad, me arrastra, me dejo llevar, quiero disfrutar de este momento con todas mis fuerzas, aunque sean escasas. Han sido tantos años esperando ver esta pared, tantas fotos estudiadas, tantos relatos de viajeros leídos con avidez, tantas horas preparando, soñando con el viaje, tantos pasos dados.....

De golpe, las fuerzas me vuelven, la sangre me bulle y aunque son las 5 de la tarde y el sol no tardará en ocultarse, decido ascender al collado que oculta la parte inferior de la cara. De todos los cientos de fotografías que he visto, ninguna ha sido de la cara completa en toda su altitud. Y de los numerosos diarios de viaje consultados, solamente recuerdo uno en el que se acercaron al collado. Decido ir a conocerlo yo mismo.

Al poco, con las fuerzas reencontradas no sé muy bien como, me encuentro cerca del collado al que, por supuesto, le sigue otro collado y luego otro y otro más. Una tormenta llega, esconde el Kailas, me moja y se va. El sol poniente vuelve a salir sobre las tiendas del campamento allá abajo en el valle, pero yo estoy en sombra, hace frío, no tengo ropa de abrigo y no he comido ni bebido nada desde hace bastantes horas. Estoy a cerca de 5.000 m. y mañana me espera la jornada más dura de todo el circuito. Reconozco que he sido bastante imprudente. Aquí no hay camino, hay que ir saltando de roca en roca y cualquier accidente sería tremendamente problemático para mí y para mis compañeros. Y otro collado más. Varias veces, desanimado, estoy a punto de dar la vuelta, pero en todas las ocasiones continúo hacia arriba, siempre pensando que ese-collado-al-que-ya-estoy-llegando-seguro-que-es-el-último. Empiezo a ver pequeños montoncitos de piedras deliberadamente apiladas por piadosos budistas que me han precedido, pienso que no puedo estar lejos, incluso acelero el paso. Y al poco, con la luz mortecina de un día que termina, contemplo finalmente la cara norte del Kailas completa. Un glaciar se extiende a sus pies y recibe los aludes de nieve y piedras escupidos por la pared vertical. El momento es corto pero intenso. Tras unas pocas fotografías, yo también dejo mi sencillo homenaje de piedras a la belleza de las montañas, sea física o espiritual (en realidad, ¿importa?).

Y me zambullo hacia el campamento donde llego justo para la cena. Íntimamente agradezco de corazón a los porteadores que se preocupan de nosotros, nos montan las tiendas y nos sirven la comida, al cocinero que la prepara, incluso a los yaks que transportan toda nuestra impedimenta. La cara norte del Kailas queda envuelta en la sombra.

Pero la noche trae tormentas y aguaceros que en la montaña son nieve, y el despuntar del siguiente día nos descubre una montaña transformada, cubierta de un manto blanco, radicalmente diferente. Enmarcada por las dos masas oscuras de Changa Dorje y Chenrezig, los dos montes que la rodean, la pared norte del Kailas no parece de este mundo. Es una sábana blanca vertical que el sol naciente va descubriendo al arrojar al azar sus dardos luminosos. La atmósfera es clara, el aire frío, sereno, estable. La pared se reinventa a cada instante. Ahora se enciende la parte baja, mientras la cima aparece envuelta en una vaporosa cabellera blanca que apenas deja adivinar su contorno. Al momento siguiente, la franja iluminada se asienta en medio de la pared; al poco, hace resaltar los hielos de la cumbre mientras que, ahora, la niebla oculta su base. Permanecemos largos minutos hipnotizados, hechizados más bien, ante semejante belleza.

Con la pared totalmente iluminada, el entorno emana una fuerza colosal. No es de extrañar que los primeros visitantes de estas tierras no pudieran quedar inmunes a visiones como ésta y allá, cuando la historia todavía no existía, atribuyeran a esta montaña propiedades especiales que han perdurado en la conciencia de millones de seres humanos, siglo tras siglo, hasta nuestros días. Íntimamente les agradezco lo inmensamente acertado de su elección. Sin ellos, hoy no estaríamos aquí disfrutando de estas visiones tan enaltecedoras.

El Dolma La

Pero el sol también descubre una riada de nekar (peregrinos) que han salido de Darchen de madrugada y a los que se les unen los que emergen de las pequeñas paredes del cercano Diraphuk gompa. Con ellos nos fundimos también nosotros. Estoy algo temeroso ante la jornada que se avecina. Todos los relatos de los viajeros que me han precedido hablan de la dureza de la subida al Dolma La (5.470 m.) y de la larguísima bajada por el valle situado más allá. Algunos de mis compañeros de viaje que ya han realizado esta ascensión me tranquilizan.

Tras cruzar un arroyo junto al que los nekar han encendido varias hogueras para consumir las últimas vituallas antes de atacar el collado, comenzamos la subida todavía en sombra. La cara norte va poco a poco escondiéndose tras uno de los contrafuertes que la enmarcan. El camino está bien marcado, pronto se acaba la hierba y empieza el terreno pedregoso y la nieve caída durante la noche poco después.

El flujo de nekar es incesante. Acierto a diferenciar a gentes de la región de Dolpo en el centro del Nepal, a khampas de la región de Kham y a nómadas golok de la región de Amdo, ambas regiones situadas al este del Tibet, a un par de miles de kilómetros de distancia. Peregrinos de todas las edades y clases sociales, desde pastores quemados por el sol hasta los privilegiados que pueden mostrar algún trofeo occidental como anoraks o botas tecnológicas. Los hay con el vestido tradicional tibetano, otros protegidos con enormes sombreros blancos que recuerdan a los de los cosacos rusos, alguno incluso vistiendo la guerrera del ejército chino.

Otros caminantes, que pueden llevar ya semanas o meses de viaje simplemente para alcanzar este lugar, concentran todas sus ideas y afanes en avanzar haciendo girar incesantemente su molino de oración o pasando las 108 cuentas del rosario budista recitando mantras. Otros me dirigen largas peroratas a las que respondo con el saludo ¡Tashi Delek!, sonrío y gesticulo sobre la dureza de la subida (para lo cual, además, no tengo que hacer muchos aspavientos porque no hay más que verme jadear). Otros me sonríen, me piden que les fotografíe, alguno hasta se ofrece a llevarme la mochila, pero no, el Dolma La lo conquistaré yo y mis circunstancias, entre ellas la mochila. Decididamente, un extranjero es un personaje popular en la subida al Kailas. Aparte de mis compañeros a los que ya he perdido de vista hace tiempo y de una piadosa japonesa que cada pocos pasos se detiene para recitar unas oraciones, no veré a ningún otro extranjero ni hoy ni, de hecho, en los tres días de peregrinación. Con el único con el que hoy cruzaré unas palabras es con un maestro nepalí de religión hindú. Pero la conversación fue corta: yo podía hablar o andar, pero no las dos acciones al mismo tiempo. Y tenía que escoger la última.

Algo más arriba, la magnífica cara norte del Kailas ya se ha ocultado. La nieve de la noche cubre el cementerio de Siwatshal, un lugar sagrado en el que los peregrinos dejan algo propio (ropa, sombrero, un mechón de pelo, un diente) para crear un enlace sutil con este lugar que ayudará al espíritu en su viaje después de la muerte. El paisaje es ya totalmente de montaña: piedras y nieve. Pero sigue la incesante corriente de nekar e incluso de caballos y de yaks. Una gran travesía por el flanco de la montaña, una gigantesca roca (la roca de Dolma) embadurnada de manteca de yak por los peregrinos y adornada de una extraña colección de ofrendas: banderas de oración, enseres personales, billetes, monedas, fotos de peregrinos, oraciones...

Y, finalmente, el Dolma La, el punto más alto de la khora, 5.470 m., el objetivo supremo, el fin mismo de los peregrinos, de todo este viaje y uno de los lugares más sagrados de Asia.

Dejo al lama Govinda la descripción de estos últimos metros:

“....Durante la ascensión el peregrino se ha enfrentado a sus hechos pasados,... al juicio de su propia conciencia recordando sus actos anteriores. Y con ellos, recuerda a todos los seres queridos que murieron antes que él, a todos aquellos cuyo amor fue incapaz de devolver; y reza por su felicidad cualquiera que sea la forma en la que han renacido. ..... Después de haber hecho así las paces con el pasado y atravesado las puertas de la muerte, el peregrino cruza el umbral de la nueva vida en el paso nevado de la misericordiosa madre Dolma”.

El momento es mágico. El collado es estrecho y el paso está aún más limitado por las ingentes cantidades de banderas de oración. El paisaje es escaso, los montes circundantes y las nubes lo ocultan, el Kailas tampoco se ve. La lengua de un glaciar se estira en la ladera de enfrente. El lugar está totalmente cubierto de banderas de oración, montoncitos de piedras, cuernos de yak, huesos, basura, nieve y ... de una inmensa e invisible fuerza espiritual. Quiero dejarme impregnar por la atmósfera del lugar, quiero aspirar por todos los poros la intensidad de la situación, me esfuerzo por grabar en la memoria y en la retina estos momentos, necesito atesorar, mucho y deprisa, los recuerdos de esta cumbre física y espiritual.

Se me hace dolorosamente corto el tiempo en el que, sentado a la vera del estrecho camino, observo respetuoso la inmensa demostración del incesante fluir de nekar –últimos eslabones de una ancestral cadena de más de dos milenios de existencia- que rezan, prenden banderas de oración, comen, hablan o ríen, se postran, se inclinan o simplemente continúan su camino. Algunos se han puesto sus mejores vestidos de seda, otros son un muestrario de remiendos; unos pasan solos, concentrados, con su molino y su rosario, otros han venido en grupo o en familia con sus niños y se instalan para comer y celebrarlo. Otros han subido incluso con yaks o caballos. Todos están alegres. El ambiente es festivo. Aquí el peregrino se despoja de su yo, de su ego y renace como un hombre nuevo al otro lado.

El cielo encapotado amenaza lluvia, hace frío y la corriente de peregrinos se hace más espaciada. No tengo más remedio que partir. Dejo una pequeña ofrenda y abandono el collado. He alcanzado mi propósito en este caminar físico y espiritual; como todo humilde peregrino me he despojado de mi pasado y parto reconfortado y confiado; la bajada es el comienzo de la nueva vida, el retorno a nuevas metas, nuevos objetivos, nuevos Dolma La, ....

Juan Miguel Ramos Escobosa Madrid, Septiembre 2004

(1) Pequeñas figuritas hechas de arcilla y cenizas provenientes de la cremación de un monje notable