La Arabia feliz: viaje a Yemen

Teresa Peñafiel

El Cairo, 4-5 de Julio

No sé qué fue lo que me hizo decidir por este viaje. Puede que fuera el desconocimiento absoluto sobre el país y su fama de integrista. Quizás fue sólo la necesidad de viajar para romper con les esquemas mentales del resto del año. O quizás el imaginar mil y una aventuras en el desierto. Sea cual fuere el motivo, estoy de nuevo en camino buscando, como cada vez que parto, respuestas a preguntas que ni siquiera he formulado. Voy hacia Yemen y en viaje organizado. No se como me sentiré, acostumbrada a las soledades y a la libertad que permite viajar en solitario.

En grupo: Somos 16 desconocidos agobiados con esa angustia típica de caer bien a la gente con la cual debes convivir de forma obligatoria. Podría describir la primera impresión que me han causado pero seguramente sería muy injusta, con lo cual prefiero simplemente citar de donde son: 5 navarros, un vasco, 10 catalanes incluida yo, un madrileño y un ¡¡inglés!! Claro que yo preferiría un poco mas de intimidad, pero por lo que sé, es difícil viajar por Yemen a tu aire; quiero decir que seguramente necesitas mas tiempo y más dinero de los que dispongo. No se como me adaptaré a esta situación, en todo caso será interesante comparar los motivos que tiene gente tan heterogénea para viajar a países tan recónditos y crípticos como este.

Ayer, y un poco a nuestro aire, visitamos el Cairo. La jornada empezó con una obligada excursión a las pirámides. Cuando las ves, la primera impresión es de incredulidad. En medio del desierto y encima de una pequeña colina dominan el Cairo actual. Después, cuando has entrado en la explanada el calor convierte el rito turístico en una tortura casi insoportable. La gran pregunta sigue siendo ¿por qué se construyeron? ¿Por qué este esfuerzo colosal si las dimensiones humanas son tan pequeñas? Y entonces comprendes que se dispare la imaginación y que se busquen todo tipo de respuestas. Hay quien gusta de explicar como la ciencia pudo levantar estos monumentos con el sacrificio de miles de esclavos. Hay quien prefiere ver en las pirámides respuestas esotéricas de la antigua sabiduría perdida por el hombre y también, como no, hay quien cree ver en ellas la impronta de seres extraterrestres comunicándonos sus más ansiados secretos. Quizás esa sea su magia, la no-respuesta lógica a su desproporción, y por eso dejan esa huella imborrable a todos los que se acercan hasta ellas.

Cuando llegamos a la esfinge nos encontramos con un grupo de escolares egipcios. Los niños, como en todas partes, pasaban olímpicamente de sus pobres profesores y del valor cultural de la visita. Su gran descubrimiento fuimos nosotros: ¡turistas, extranjeros y encima sudando la gota gorda!. Sus risas nos acompañaron todo el trayecto de subida hasta donde nos esperaban los taxis. Al llegar, estaba tan fatigada que me senté en el suelo y esperé a que alguien me sacara de allí.

Más tarde, por la noche, intenté confraternizar con el resto del grupo. Me encantó la respuesta de Robert (el vasco) cuando le pregunte su impresión sobre el Cairo: - Pues a mí el Cairo, por el tamaño y tal me recuerda Barcelona- Su ingenuidad y su ternura me conmovieron.

Sana’a, 6 de Julio

Nos hemos pasado el día en los aeropuertos. Finalmente, ya de noche, aterrizamos en la capital de Yemen: Sana’a. Llegábamos del Cairo todavía como turistas occidentales, pero solo bajar del avión el guía nos avisó de la necesidad de vestirnos correctamente. Avergonzada, he tenido que abrir mi maleta para buscar unos pantalones largos. Mientras conseguía ponérmelos, he intentado pasar desapercibida y no mirar a ningún hombre. Evidentemente no había una sola mujer yemení en toda la sala de espera. Ya nos habían advertido de la dificultad de verlas y sobretodo de poder conversar con ellas aunque ese es uno de los enigmas que me ha traído hasta aquí.

Luego, en el taxi, intentábamos imaginarnos cómo es este país o como mínimo la impresión que da. Pero, ¡es tan difícil!. De entrada es mucho más tranquilo que Egipto. No hay tránsito y las calles están tenuemente iluminadas. No se ve demasiada gente y todo parece sereno. Tendremos que esperar hasta mañana para hacernos una idea más clara.

Sana’a, 7 de Julio.

Hoy tenemos el día libre para visitar la ciudad, pero ya nos han advertido que el itinerario del viaje ha cambiado. Las tribus del norte están en pie de guerra debido a la falta de atención por parte del gobierno; por lo menos, esa es la explicación que nos han dado para no viajar hasta allí. Parece que uno de los deportes favoritos de esta gente es secuestrar turistas y luego pedir rescate por ellos. Hemos insistido sin éxito alguno. Parece que no están dispuestos a correr ningún riesgo a pesar de nuestras quejas y de las típicas expresiones de "quien puede querer secuestrar a un español, si no tenemos dinero ni embajada que pague por nosotros". Tampoco vamos a hacer la travesía del desierto, da la sensación que los problemas se multiplican y por fin deciden un nuevo itinerario que atraviesa la zona conflictiva en avión. La verdad es que yo me lo tomo con mucha tranquilidad, de hecho no me importa los lugares a visitar sino la experiencia que saque de todo esto.

De noche, en el hotel

Sana’a es una maravilla arquitectónica, pero está tan sucia y polvorienta que da pena. En el zoco hemos empezado a acercarnos a los yemenís y, a pesar de su amabilidad, se adivina una cierta agresividad ambiental, supongo que por el hecho de que todos ellos llevan el típico puñal, la jambia, en la cintura y no parece que les cueste desenfundarla. Los que sí impresionan son los niños. Viven en unas condiciones físicas durísimas pero no parecen todavía tocados por esa rabia que producen las heridas psicológicas tan frecuentes en nuestros adolescentes. Es como si todavía no fueran conscientes de su propio sufrimiento. Son primarios, aferrados a la tierra y no conocen la maldad en su sentido más cruel. En cambio, sus padres parecen auténticos bárbaros, salvajes. 0 quizás sienten rabia por todo lo que han sufrido y nada más. Sufren y sufrirán sin ir mas allá, sin que el dolor sea una liberación, porque lo consideran hasta cierto punto consubstancial con la vida. Son muy distintos a nuestra gente que lo que hace es huir del dolor, buscar salidas mas o menos fáciles para intentar ser felices. Todo esto evidentemente no hace referencia a las mujeres, que sólo hemos visto vestidas de negro de pies a cabeza, con ese terrible pañuelo que les cubre toda la cara y acompañadas siempre por un hombre o un niño.

Hadja, 8 de Julio

Primer día de recorrido en el viejísimo todo terreno que nos han adjudicado. Vamos cuatro catalanes y el conductor. Su nombre real es demasiado difícil para nosotros así que nos dicen que le llamemos Mosquito. Es un hombre relativamente joven y a pesar de que no habla ni una palabra de inglés no es molesto viajar con él, al contrario, parece adivinar nuestros deseos y hace lo posible para que estemos contentos.

A lo largo del día hemos abandonado la planicie donde se encuentra Sana’a y nos adentramos en las montañas. El paisaje ha cambiado y parece un poco más fértil, aunque el suelo esta terriblemente roturado y erosionado. Todos los pueblos están en la cima de las montañas, como construidos expresamente en el lugar de más difícil acceso. Es lógico si se considera la estructura tribal que rige en estas montañas; las disputas son continuas y hay que estar a salvo de los enemigos y no facilitarles la conquista. El conocimiento de su historia y de los distintos intentos de invasión que han sufrido explicaría esta curiosa manera de edificar.

Lo más interesante del día ha sido la conversación con el guía, sentados tranquilamente en las escaleras de acceso al hotel mientras la mayoría de gente, incluidos los choferes, miraban la retransmisión de la final de fútbol Francia Brasil. El guía, Ramsi, es un yemení del sur que habla perfectamente español porque estudió en Cuba durante 5 largos años y saboreó la libertad. Por eso sorprende aun más oír sus opiniones. Según nos dice, el país se rige por la ley islámica y en las montañas del norte son las tribus y no la justicia las encargadas de aplicarla. La interpretación de esta ley da como resultado conceptos tan extraños para mí como el honor, simbolizado en la daga que los hombres llevan en la cintura. Este honor siempre está relacionado con cuestiones sexuales y siempre se castiga con la muerte; y aunque él intente justificarlo como una tradición cultural totalmente respetable, el resultado son estas pobres mujeres vestidas de negro que solo aspiran a no ser demasiado maltratadas. En definitiva, este es un país para visitar y nada más.

El Manaba. 9 de Julio.

Nos adentramos aún más en las montañas. Esta mañana hemos cruzado un puerto y luego hemos descendido hacia el valle. En medio de un paso entre dos picachos vemos a dos hombres armados con ametralladoras Kalasnikov vigilando. Cuando lo comentamos, Ramsi nos habla de la facilidad para conseguir armas en el país. De hecho, en el mercado del siguiente pueblo encontramos un tenderete dedicado a vender todo tipo de rifles, ametralladoras y pistolas. Preguntamos por el precio y resulta ser ridículo para nosotros. Bromeamos sobre la posibilidad de comprar algún que otro rifle para defendernos de los posibles secuestros aunque la verdad es que todos estamos un poco sorprendidos.

Seguimos pasando pueblos y más pueblos colgados de los picos. Todos me recuerdan a los belenes de Navidad pero sucios, polvorientos y llenos de niños que nos persiguen, a veces bromeando y cogiéndonos de la mano, a veces tirándonos piedras porque creen que somos el intruso. Las mujeres encerradas en sus preciosas casas de piedra, cierran los postigos de las ventanas en cuanto se dan cuenta de que las miramos. Tengo la sensación de que aquí sobramos.

Llegamos a Thulla. Parece un poco más limpio que los anteriores pueblos. Está puesto de cara al turismo pero hemos llegado a la hora de comer y todo está cerrado. Mientras descansamos, nos ofrecen un té y aprovechan esos breves momentos para abrir todas las tiendas. Luego envían a sus niños para que nos cojan de la mano y nos paseen por el pueblo. Lógicamente, al final acabas siempre en una u otra tienda comprando collares de plata que imitan antiguos diseños judíos. Esos símbolos hebraicos también se pueden ver en las puertas de algunas de las casas antiguas que muestran la estrella de David en la entrada. Y es que los judíos habían convivido con los yemenís durante siglos sin ningún problema hasta la aparición del estado de Israel. Después, en los años sesenta, habían sido expulsados, pero antes debieron enseñar sus técnicas de orfebrería a los que les expulsaban. Para quitarme de encima a los niños decido comprar un pañuelo que resulta ser made in India. La cría que me lo ha vendido me lo pone en la cabeza como si yo fuera una mujer yemení. Pasa una anciana y me sonríe haciendo gestos de aprobación con la cabeza. Así que a fin de cuentas, quizás las mujeres están de acuerdo con el papel que representan y no se sienten víctimas de sus hombres.

En la fonduk, por la noche-

¡Ya sabemos lo que es una fonduk!. En las guías se describen como hoteles del país, tradicionales pero muy limpios. De esta concretamente se mencionaba que había sido hospedaje del gusto de Antonio Gala, por lo que el interés en conocerla es grande. La situación geográfica no puede ser mejor. En la cima del lugar domina el pueblo que tiene a sus pies. Es una antigua casa fortificada que destina la planta baja al comedor, el primer y segundo piso a habitaciones y el ultimo piso es el "mafrash" o sala de reunión de los hombres. Las habitaciones son comunitarias y consisten en salas alfombradas con unos pocos colchones tirados por el suelo. Solo hay un cuarto de baño en cada piso y todos queremos ducharnos con agua caliente. Empiezo a necesitar un poco de intimidad. Estoy harta de escuchar conversaciones inútiles y chistes sin gracia, debo dormir con ocho personas más y la idea no acaba de seducirme. Añoro la libertad de moverme a mi aire. ¡Qué difícil me resulta ser sociable!

- Más tarde la misma noche-

Comer en este país resulta una experiencia curiosa. En el suelo del centro del salón nos sirven la cena en unas grandes bandejas y los comensales deben intentar coger su comida con las manos. Después de los primeros remilgos atacamos sin piedad excepto la buena de Teresita, una navarra novata en esto de los viajes, que decide no comer nada en vista del panorama. Una vez devorados los huevos y el pollo, empieza realmente la función. El propietario y todos los hombres de la fonduk se ponen a bailar danzas tribales con la jambia en la mano. Los tambores marcan un ritmo fácil de seguir y entre bromas y risas nos invitan a bailar. ¿Por qué no? Acabamos haciendo más o menos según habilidades el ridículo, pero ciertamente nos hemos divertido. ¡Y todo sin una gota de alcohol!

-Yemen y las drogas-

En este país no hay drogas. No-alcohol, no-marihuana, no-cocaína. Pero sí la droga nacional, el quat. Todo Yemen es un inmenso cultivo de esta planta. La agricultura tradicional de café y viña ha desaparecido y los plantadores de quat hacen grandes negocios. Se puede comprar en cualquier mercado, en cualquier pueblo y se consume en grandes cantidades. La hora adecuada para adquirirla es al mediodía. Puedes gastar mucho dinero. Mosquito consume una tercera parte de su sueldo en ella. La compra cada día y a partir de la una empieza a masticarla. Mastica y mastica formando una bola que conserva en el carrillo. Dice que le quita el hambre y el cansancio y que le tranquiliza. Esta noche la hemos probado y francamente nadie ha notado nada especial. Puede ser que no tengamos la técnica correcta de hacer bola o que se nos haga difícil tragar solo el líquido que desprenden las hojas. Me pregunto si las mujeres podrán masticarla o no.

Al Mahwa, 10 de Julio.

Esta mañana seguíamos dando vueltas y más vueltas por los valles y las montañas de este país cuando, de repente, en la entrada de un pueblo, nos han sorprendido una serie de detonaciones:

- ¡Están disparando!-

Después de los primeros momentos de confusión los choferes nos han indicado que eran las celebraciones de una boda. Preguntamos si podemos hacer fotos y no sólo acceden a ello sino que nos invitan a comer. Bajamos del todo terreno e inmediatamente nos rodean todos los hombres del pueblo. Empiezan a bailar, siempre con la jambia en la mano y escogen a dos o tres de los nuestros para que les acompañen. No puedo dejar de sonreír cuando les veo. Todo lo que tiene de varonil esta danza en los yemenís lo tiene de ridículo cuando lo intentan los europeos. Creo que debe de ser una cuestión de convicción más que alguna cualidad genética desconocida. No tengo tiempo de pensarlo porque un hombre armado comienza a gritar. Nos aclaran que las mujeres no debemos estar allí aunque seamos extranjeras. Nuestro sitio está con las otras mujeres. Nos llevan hacia una casa y nos indican que entremos. Una vez cruzada la puerta de piedra, una mujer nos hace señas para que la sigamos. Entramos en una habitación alfombrada. Hemos dejado los zapatos en el dintel, aunque todo está bastante sucio. Al fondo vemos a la novia. Lleva un vestido blanco lleno de puntas y una especie de tiara. Cuando los hombres han desaparecido se ha quitado el velo negro que la cubría y ahora podemos verle el rostro. Está maquillada como una muñeca, con los labios muy rojos, colorete en las mejillas y una raya en los ojos. Es bastante fea y debe de tener unos 20 años. Todas las demás mujeres están ahí pero siguen con las caras tapadas. Ríen y intentan explicarnos lo que están haciendo. Al fin comprendemos que, en realidad, son dos novias. La muchacha sentada al lado de la del vestido blanco también se casa. Les pido si se pueden destapar y entre muchas risas lo hacen. Muy tímidamente, al principio y luego con mucho más atrevimiento, se nos acercan. Nos tocan y nos preguntan si estamos embarazadas. Todas ellas lo están excepto las novias. Muchas no deben de tener más de 15 o 16 años y ya tienen más de un hijo. Son hermosas e inteligentes. Se hacen comprender aunque no hablen mas que su lengua. Intuyen mi curiosidad hacia el velo que les tapa toda la cara y una de ellas se me acerca y me enseña a ponérmelo. Ahora solo se me ven los ojos y parece que así es como debería ir para ser una mujer respetable. Traen la comida en unas bandejas. No hay cubiertos ni servilletas ni agua para lavarse pero aceptamos su comida. Ellas no comen, solo miran y ríen, se ríen de nosotras, europeas prepotentes. Observo a las novias. Las dos están muy nerviosas, pero en la cara de la más pequeña se lee un sentimiento de terror. Posiblemente no conoce a su marido y no tiene ni la más remota idea de lo que le espera en su noche de bodas. O quizás se lo han contado. ¿Pero qué le habrán dicho? ¡Es tan hermosa y tan joven! No tengo tiempo para más, el banquete ha acabado y debemos regresar con los hombres. La lluvia que antes amenazaba ahora se ha convertido en una realidad. Bajo un diluvio abandonamos el pueblo.

Mas tarde nos relataron la experiencia masculina. Fue un banquete bárbaro. Rodeados por hombres armados que literalmente se arrojaban sobre los platos de comida, nuestros compañeros se sentían intimidados y intentaban pasar desapercibidos. Todo fue muy rápido y les dejó, como a nosotras, muy confusos. ¿Somos tan distintos de esta gente o en el fondo no es así? Es como si hubiésemos retrocedido a la edad media pero con coches y armas de fuego. Pero a pesar de todo no tengo una sensación real de peligro. Una u otra forma de control deben de tener. Cuando lo hablamos con Ramsi, los choferes nos aseguran que nadie realmente peligroso va armado. El control lo establece la propia familia y cuando un muchacho da síntomas de inestabilidad le prohiben llevar puñal. En algún caso llevan puñal pero sin empuñadura. Eso significa que un hombre ha perdido su honor, lo que lo convierte a ojos de todos los demás en indigno de su apellido y toda su tribu lo rechaza y se mofan de él. ¿Por qué? Porque ha sido incapaz de vengarse matando al presunto ofensor de su familia, es un cobarde que tiene miedo de derramar sangre o de perder la vida y por lo tanto ha dejado de ser un hombre. ¿Y la justicia? Concluyen que la justicia es lenta y corrupta, es más efectiva la ley islámica. No vale la pena seguir discutiendo, este es su país y allá ellos. Pero me siguen intrigando.

El viajero inglés

Chatwin, Stanley, Livinsgtone, Barnes…. ¡Tantos y tantos viajeros ingleses como han recreado mis sueños y hete aquí que ahora me encuentro con uno!

El primer día que lo vi me pareció un tipo extraño. Solo llegar se empezó a quejar por todo. Luego fui observando la manera en como trataba a los yemenís y pensé que se iba a buscar problemas. Los choferes no lo podían ver ni en pintura y a Ramsi le hacia la vida imposible cada vez que variábamos el itinerario. Con nosotros tampoco se llevaba bien. No comía en ningún restaurante pero luego devoraba nuestras sobras. Cada vez se volvía más y más huraño. Todo le parecía caro o sucio, o poco ecológico. Había viajado por medio mundo apuntando en una libreta todos los sitios que visitaba y las fotos que hacia. Era y es un tipo despreciable, seco, introvertido, despectivo, meticuloso y intolerante. No le interesa en absoluto la gente, parece que observa el mundo a través de un microscopio después de haberlo troceado en fracciones milimétricas. No se da cuenta de la irrealidad de aquello que cree ver. En resumen, un miserable. Adiós romanticismo.

El wuadi, 11 de Julio.

Wuadi significa agua, concretamente río. Muy temprano, y avisados sobre el calor que sufriríamos, nos hemos adentrado en un wuadi. El paisaje era extraordinario, los todo terreno circulaban por el centro del cauce prácticamente seco de lo que debía haber sido en otros tiempos un gran río. Durante todo el trayecto teníamos una visión deformada de la realidad. No se parecía en nada a todo lo que habíamos visitado. Los coches iban cada vez más rápidos y solo en las escasas paradas podíamos contactar con la gente del lugar. Entonces, y como un cuchillo que se te clavaba en la conciencia, te dabas cuenta de la terrible miseria en que vivían. Recuerdo unas niñas sentadas cerca del agua con unos potes. Me he acercado para verlas y la más pequeña temblaba con la cara llena de mocos. Parecía enferma y terriblemente desvalida. Había perdido esa característica infantil de sonreír y pedir regalos. No he sabido qué hacer y después de unos momentos a su lado me he ido. He pensado en cuántas veces debe haber visto europeos que la saludan y se hacen fotos con ella. Pero luego, inevitablemente, se van. Desaparecen de su vida sin haberle dejado nada, utilizándola como un simple objetivo fotográfico, sin sentir su miseria. Si fuera ella los odiaría. No puedo evitar el comparar a esta gente con los pobres de la India. Me parecen muy distintos. Allí reina una cierta atmósfera de paz, aquí el ambiente es tenso como una cuerda de violín. Al final del recorrido se encontraba una carretera. Antes de continuar hemos parado para limpiar los coches. He aprovechado para andar por esta agua con los pies descalzos a pesar de las advertencias en contra de todo el grupo. Se me han acercado una vez más unas niñas pidiendo jabón. No se me había ocurrido llevarme las pastillas esas que se encuentran en los hoteles así que no he podido satisfacer su petición. Afortunadamente, Paco y Jesús si llevaban y se las han regalado.

Me siento mal y me pregunto sino sería mejor ser un poco más pragmática y un poco menos sensible.

De nuevo otra fonduk

Cuando hemos llegado me dolía considerablemente la cabeza y, con esta excusa, he podido quedarme a solas con mi diario. Reflexiono sobre este tipo de viajes organizados. Realmente son mucho más cómodos y no es necesario preocuparse por nada pero se empobrecen en experiencias personales. El país pasa ante tus ojos como visto y no visto y no tienes tiempo de asimilar tanta información, sobre todo en mi caso. Cada persona tiene un sentido u otro más desarrollado. En la mayoría de las ocasiones es la vista, pero yo no funciono así. No logro recordar ninguna sensación visual lo suficientemente intensa como para que se me grave perennemente en la memoria y eso hace que todo me parezca irreal, como si no estuviera aquí. Por otro lado me parece difícil integrarte en un grupo en el que todos llevamos máscaras sociales. Nadie hace preguntas personales y nadie habla del porqué de su viaje. Entre otras cosas se me ocurre que el viaje, en muchas ocasiones es una búsqueda de la soledad exhaustiva para encontrarte a ti mismo, pero, ¿cómo se logra con 16 personas más?. Y que conste que no son mala gente, simplemente no logro conectar con ellos. Mañana regresamos a Sana’a y abandonamos Yemen del Norte.

Fatma. 12 de Julio

Fatma traducido es Fátima.

Valía la pena el viaje aunque solo hubiese sido por conocerla.

Fatma tiene 28 años y trabaja de cocinera en la fonduk que regenta su hermano en un pequeño pueblo cercano a Sana.

Con sólo verla notas que es diferente de las otras mujeres yemenís. Te sirve ella misma la comida y te pregunta si te ha gustado. Sus movimientos son ágiles como los de un gato y no intenta esconderse. Incluso se permite el lujo de gritar y golpear amablemente a un camarero poco diestro. Cuando ya ha dispuesto la comida sobre la estera, se sienta y nos muestra las pinturas de las manos y de los pies que se ha hecho ella misma con henna. Me parece tan atrevida que le pido que se baje el velo y nos enseñe la cara. Sin dudarlo lo hace y aparece un rostro precioso del cual, habitualmente, sólo muestra sus enormes ojos verdes.

Entonces me hace señas para que la siga y empieza a hablar. No entiendo nada de lo que dice y pruebo con el inglés. Nada. No lo habla. Intento en francés y entonces, balbuceando me explica su historia.

Fatma es una mujer yemení divorciada. Por lo que he entendido su marido la maltrataba y ella pidió ayuda a su familia. Su hermano consintió en acogerla y de esta forma Fatma pudo deshacerse de su contrato matrimonial. Tiene un hijo de ocho años y ninguna oportunidad de rehacer su vida. Pero, en cierta manera, ha recuperado la libertad. Parece que el hecho de ser repudiada por la mayoría de la sociedad le permite esas frivolidades de hablar con extranjeros.

Me coge las manos y sin soltármelas me asegura que es mi amiga. Intento explicarle que la comprendo pero dudo que ella lo entienda. Cuando debo irme me da dos besos y me pide que la lleve en mi pensamiento.

Partimos y mi ánimo queda turbado pensando lo miserable que soy por no poder hacer absolutamente nada por ella. Nos alejamos y atrás queda la pequeña figura vestida de negro. No la olvidaré jamás.

Reflexión nocturna

¿Pero son realmente tan diferentes las mujeres españolas de las yemenís? La respuesta depende del punto de vista o del tipo de mujer que comparemos. Conozco muchas españolas que están supeditadas a sus maridos y mantienen unas pautas de comportamiento totalmente tradicionales. Este prototipo de mujer se casa con hombres de más edad, que ganan más dinero que ellas; intentan acomodarse a las aficiones de sus maridos y no se separan jamás de ellos. Entonces, ¿ la gran diferencia está en la forma de vestir? Evidentemente, aparte de la moda, existen unas leyes que las protegen, pero en muchos casos no las liberan de la jaula de oro en la que ellas mismas se han metido. ¿Y si retrocedemos en la historia? Mi abuela o incluso mi madre, ¿no eran como estas mujeres? De la autoridad paterna pasaban al marido y, bien o mal casadas, aguantaban al que era su hombre. Y luego el luto, ¿ cuantas mujeres españolas iban siempre vestidas de negro y se pasaban la vida rezando en las iglesias? Quizás solo sea cuestión de tiempo que las cosas cambien también aquí. Depende de la rapidez con que la parabólica se introduzca en Yemen. De hecho no se ven demasiados televisores en el país y la programación estatal es de lo más aburrido, con continuos discursos del presidente y muestras de folclore interpretadas siempre por hombres. Solo los anuncios muestran mujeres vestidas a la europea fregando platos o anunciando compresas. Algo es algo. Confiemos en el poder de la televisión.

Seiyun, Yemen del Sur, 13 de Julio

Otro país, otro clima, otras gentes. De las montañas hemos volado hacia el desierto. El calor es terrible pero todo se ha vuelto más dulce. Incluso el aire abrasador es más fácil de respirar, sobre todo cuando el hotel cuenta con una piscina para nosotros solos. Nos bañamos y jugamos como niños mientras los yemenís nos contemplan con rostro ceñudo. Creo que les debemos de parecer el colmo del descaro con nuestros bañadores occidentales. ¿Cómo serán los bañadores de aquí?

Después de chapotear alegremente en el agua bajamos a comer. Ramsi se ha cambiado y ahora lleva la típica falda masculina de Yemen del Sur. El hombre se siente en casa y no para de repetirnos que aquí es otra cosa. Nos comenta que aunque el Sur perdió la guerra y luego se reunificó con el Norte, las costumbres siguen siendo mucho más liberales, y que la mayoría de gente tiene una educación a la europea. No sé si acabar de creérmelo.

Los choferes

Seis hombres yemenís son los encargados de velar por nosotros. El que lleva nuestro jeep es Namésh, también conocido por Mosquito y es uno de los más respetados por el resto. Creo que lo consideran un hombre de pocas palabras pero con un elevado sentido de la responsabilidad. El hecho del que sea el único que tiene el jeep en propiedad le da un cierto carácter de hombre que ha sabido solucionar las cuestiones económicas de la vida. Entre los demás destacan Abdul, Hussein y Mohamed. Abdul conduce el jeep de los solteros, Josep María, Gonçal, Joan y Marta. En este coche, el que manda es Abdul que siempre va impecablemente vestido de blanco y se dedica a bromear con su jambia. Es un hombre bajito y nervioso pero del que cuentan maravillas. Hussein viaja con Lionel, nuestro inglés; Paco, Robert y Jesús. Él y Jesús se han vuelto inseparables y se pasan el día insultándose en español. Es un hombre atractivo, muy moreno y de ojos enormes. Los rumores apuntan a que tiene más de una mujer y aunque posiblemente sea cierto no le gusta hablar de su poligamia. Está hasta las narices de Lionel y creo que en más de una ocasión le ha hecho pequeñas trastadas en réplica a las quejas constantes del otro. Mohamed es el menos popular. Se declara musulmán estricto y es el único que reza por las noches. Lleva en su guantera una pistola y disfruta enseñándola. En una ocasión se le ocurrió la brillante idea de dispararla para indicarnos que la visita había acabado. Viaja con las dos parejas de navarros de más edad y todos están de acuerdo en que es un hombre inestable y en cierto modo peligroso. Los tres choferes restantes no tienen demasiadas ganas de confraternizar con los europeos y no hemos llegado a intimar con ellos.

Shibam

Al atardecer hemos visitado Shibam. A esta ciudad la llaman el Manhattan del desierto, quizás un poco exageradamente para atraer el turismo, pero no cabe duda que su arquitectura impresiona. Los edificios están construidos con adobe y son torres unidas entre sí que pueden llegar a los diez pisos de altura. Las calles son estrechas y permiten que se pueda pasear agradablemente sin tener un extremo calor. Impregnados por la languidez que suele acompañar a los climas desérticos, nos hemos dedicado a callejear regateando con los artesanos y observando a los hombres jugando al dominó y sorbiendo té mientras mascaban quat. De repente en un callejón hemos oído risas de mujer, y dejando atrás a nuestros compañeros hemos entrado a ver qué ocurría. Era una fiesta femenina. Un grupo de unas diez mujeres de distintas edades cantaba y tocaba el tambor. Se reían y hacían comentarios jocosos sobre nosotras. Marta llevaba la cámara fotográfica y por señas les ha pedido si se dejaban retratar. Inmediatamente se han cubierto con el velo y su negativa era fácil de comprender. No hemos insistido. Fotografiar a una mujer es quitarle la honra y posiblemente les acarrearía muchos problemas. Como el ambiente se había puesto un poco tenso, partimos sin insistir en el tema.

El sol amenazaba con ponerse y velozmente hemos trepado a la colina que domina la ciudad. Desde allí, los aficionados han disparado una y otra vez sus cámaras para conseguir el tan preciado recuerdo. Otros nos hemos limitado a admirar e intentar guardar en las retinas ese instante mágico en que todo se sume en tinieblas. La última visión ha sido la carrera cuesta debajo de Robert. Saltando como una cabra daba la impresión de ser totalmente feliz.

Cena y propuesta de dominó.

La gastronomía también me parece mejor. Nos han servido unas berenjenas asadas que recuerdan a los platos egipcios o marroquíes. Poca carne y fruta en abundancia. Me siento más alegre.

Dentro del grupo destaca Jesús, un navarro soltero y cuarentón que derrocha simpatía. Todos los choferes lo adoran, y eso que solo les habla en español. ¡Y que español! Tacos y reniegos para todos los gustos e incluso palabras en euskera. Hay algo de niño desvalido en él que enternece los corazones. Es hipercinético y procura esconder sus momentos malos. Entonces se recluye en su habitación diciendo que va a leer y desaparece durante unas horas. Hoy, después de la visita, ha estado hablando con Ramsi sobre el dominó. Según nuestro guía es el pasatiempo nacional y nadie, ni tan siquiera los españoles pueden ganarlos. Esto ha supuesto para Jesús un desafío en toda regla. Así que en cuanto pueda comprar un dominó empezará un campeonato por parejas a vida o muerte.

Seiyun, 14 de Julio

Hemos dedicado el día a visitar los palacios de Seiyun y Tarim. Los dos fueron edificados a principios del siglo veinte por sultanes a los que les gustaba la pomposidad. Por fuera tienen ese aire decadente tan propio de la arquitectura colonial inglesa pero por dentro son auténticos laberintos de pasillos y más pasillos conectados por escaleras empinadas. Parece que durante la revolución comunista de los sesenta fueron expropiados y transformados en museos. En su interior se exhiben muestras de cómo vivían los sultanes, sus armas, sus objetos personales y sus colecciones particulares. En el palacio de Al Mansura, en Seiyun, hay un piso dedicado a la fotografía. En él se pueden observar las fotos hechas por un inglés que viajó por Yemen a inicios de siglo. La obra es de gran calidad y refleja las pocas diferencias con la situación actual. Aunque en el interior de los palacios se está fresco, estamos todos empapados de sudor y en cuanto salimos al exterior nos precipitamos como obsesos hacia un puesto de refrescos. Hasta ahora solo bebíamos coca cola, pero hoy Jesús se ha atrevido con las limonadas hechas de jugo de limón, agua y azúcar y muchos hemos seguido su ejemplo por curiosidad. Veremos si tendrá consecuencias para la salud.

Después de comer dátiles y fruta en un hotel de Tarim, nos han llevado hasta la tumba de un hombre santo. Está excavada en la roca en medio del desierto y como todas las cosas importantes aquí, Ramsi nos dice que es del siglo dieciséis. La entrada a los extranjeros está prohibida, así que solo la podemos ojear desde fuera. Nuestros choferes, en cambio, entran y rezan. Me parece entender que este hombre santo fue un anacoreta dedicado al estudio del Corán que en vida resolvía las diferencias entre vecinos mal avenidos y una vez muerto obraba milagros. Se parece por tanto a cualquier santo católico, solo que no hay imágenes ni reliquias ni una iglesia o en su caso mezquita dedicada a su culto. Solo la tumba. La sencillez del lugar a la puesta del sol me ha impresionado, quizás después de todo tengamos unos prejuicios demasiado negativos sobre esta religión. Cuantos más días transcurren más va desapareciendo la sensación de intranquilidad que me provoca Yemen. Hasta el hecho de que la gente vaya armada me parece lógico y no me escandaliza. Además, como ellos dicen: - ¿no van armados los ciudadanos de Estados Unidos y es el país más desarrollado del mundo?. Entonces, ¿de qué nos quejamos?. Mirado desde esta perspectiva tienen razón. No veo yo que pasear por las ciudades yemenís sea más peligroso que hacerlo por Nueva York. Francamente me voy adaptando.

Wuadi Hadhramut, 15 de Julio.

Fiebre.

En ocasiones la fiebre produce cambios en el cuerpo y lo vuelve capaz de sentir con mayor intensidad cualquier experiencia. Por lo menos esto es lo que hoy me ha ocurrido. Al cabo de media hora de viaje me ha entrado una modorra acompañada de ganas de llorar que no era normal. Marta, nuestra médico, se ha dado cuenta enseguida que tenía una aguja de fiebre y me ha hecho tragar dos aspirinas. No me dolía nada especialmente, sólo que no podía moverme. Hacia las doce debíamos ascender a pie hasta un pueblo e imposibilitada para ello me he quedado con los choferes. Estabamos en el porche de una carnicería. Enroscada a la sombra de una pared intentaba dominar los sentimientos de pánico. Estaba sola con seis hombres yemenís armados que no hablaban ni una palabra en mi lengua ni en ninguna otra que yo conociese. Pensaba en que debían despreciarme por ser mujer y por estar enferma. ¡Qué absurdo! Me han cuidado como a una niña chica. Me abanicaban, me traían agua con zumo de limón y no me han dejado sola ni un instante. Estos hombres serán machistas por su religión, pero también son misericordiosos y pacientes.

Mientras transcurría el tiempo, el carnicero ha aparecido con dos cabritos. Ha empezado un regateo feroz para conseguir un precio justo. ¿Para qué querrán comprarlos? Por señas he averiguado que Jesús había decidido cocinar esta noche un plato típico vasco: la caldereta de cordero. El carnicero ha empezado a afilar un cuchillo y yo rezaba para no presenciar el degollamiento. Afortunadamente debía hacerse de cara a la Meca y me he ahorrado el espectáculo.

Cuando el resto del grupo ha vuelto los pobres cabritos estaban ya troceados. Emprendemos de nuevo la ruta a través de uno de los wuadis más importantes de Yemen.

El wuadi Hadhramut es un valle fluvial profundamente excavado entre dos altiplanicies. Debe de tener medio kilómetro de ancho y conserva restos de vegetación en el centro del cauce. Son palmerales similares a los de los oasis que imprimen un toque de verdor a la aridez ambiental. Si se observa sobre un mapa, parece un árbol seco lleno de ramificaciones. En sus tiempos debía de ser un río enorme. Hoy en día los pueblos siguen el trazado del antiguo valle aprovechando al máximo la humedad. Seguía adormilada y he agradecido la parada para comer. He tomado otra aspirina y parece que después de una siesta me he despejado un poco.

Ramsi está preocupado y no para de preguntarme cómo me siento. Esta noche debemos acampar al aire libre y no es plan tener una turista enferma.

Caldereta y conversación nocturna

Hacia las seis de la tarde hemos remontado los escarpados márgenes del wuadi. Contrariamente a lo esperado, al llegar arriba nos encontramos con un paisaje totalmente plano. No logro entender la geología del lugar. Aunque parezca el valle de un río no lo es. Ningún río excava sobre un lugar llano, deben haber pendientes para que el agua pueda buscarlas y ahondar el curso. ¿Cómo se habrá generado este paisaje? Me parece difícil que pueda encontrar la respuesta aunque quizás lo importante sea el disfrutar de su belleza y no interrogarse con cuestiones científicas.

Hemos instalado el campamento alrededor del fuego. Mientras Jesús designaba a sus ayudantes en la cocina, los demás hemos construido unas rudimentarias cercas de piedra para protegernos del viento. La cocción de la caldereta ha durado un par de horas y ha sido la primera vez en muchos días en que se podía ver a Teresita, la navarra, interesada en algo para comer. Incluso nuestro Lionel parecía más comunicativo de la habitual. Cuando la cena ha estado lista todos nos hemos lanzado sobre el pobre cabrito. Milagrosamente ha aparecido una botella de whisky y las bromas se han disparado. Se lo han ofrecido a los yemenís y curiosamente a pesar de sus convicciones religiosas, todos excepto Mohamed han aceptado el alcohol. O sea que en este país no hay alcohol, pero si pueden beber lo hacen. Y es que las drogas son atractivas para todos, sobre todo si están prohibidas.

La gente ha empezado a desfilar hacia los improvisados dormitorios y los choferes se han situado con sus coches alrededor del campamento para protegerlo de sorpresas nocturnas. Después de tanto dormitar, yo no tenía sueño y me he acercado al acantilado. Allí estaba también Marta y Joan, su amigo, contemplando el valle a sus pies. Si mantenías la vista fija en el horizonte solo podías ver un paisaje lunar y pétreo. Si la bajabas hacia el valle veías las luces de los pequeños pueblos del wuadi que se extendían zigzagueando a nuestros pies. Era precioso. Luego ha llegado más gente. Entonces se me ha ocurrido hablar sobre porque viajábamos y cada uno tenía su respuesta. Visitar tierras extrañas. Conocer formas de vivir distintas a las nuestras. Impregnarse de cultura árabe. Todas y cada una de estas respuestas es válida pero pienso que hay algo más. La posibilidad de volver a ser uno mismo, sin trabas, sin máscaras. Exponiendo nuestros temores y todas esas cosas ocultas que la sociedad nos obliga a enterrar en lo más profundo. Quizás aquí y ahora seamos auténticos. Por eso cada viaje es una experiencia única y por eso el que contrae la enfermedad de viajar no puede dejar de hacerlo. Yo la llamo "la viajera" y la heredé de mi padre. Recuerdo la sensación de libertad proporcionada por nuestros viajes familiares a Mallorca. Cada año cuando llegaba el verano, cogíamos el barco y nos íbamos de la gris Barcelona. Mi madre y mi hermano se mareaban en cuanto ponían los pies en cubierta y mi padre y yo los dejábamos en el camarote bajo los efectos de la biodramina y nos dedicábamos a curiosear por toda la embarcación. Lo mejor de todo era la llegada a Palma. Sobre las seis de la madrugada pasábamos delante de la isla Dragonera y ya se intuía la luz de Mallorca. Cuando al fin aparecía en el horizonte la catedral era como si hubiésemos llegado a un mundo nuevo. Todo estaba por descubrir. La lengua, la comida, el paisaje, las playas, las gentes, todo. Y a mi padre se le iluminaba la cara. Murió pocos años después sin haber conocido otras tierras y por eso siempre que viajo es como si él también lo hiciera.

Joan es un tipo curioso. Cuando le conocí, me cayó como una patada en el trasero. Estaba siempre explicando chistes y como soy de esas que no los entienden, al cabo de media hora de risas forzadas le odiaba. Luego me contó que era profesor de filosofía y que se había autoexiliado a la Cava. Abandonar Barcelona para ir a un pueblo perdido en el Delta del Ebro indicaba que no era una persona corriente. Había vivido en Costa Rica unos años y luego había vuelto a España. No explicaba los motivos de tales decisiones pero cuando hablaba en serio te dabas cuenta que era una persona extremadamente culta y respetuosa con los demás. Sospecho que debe haber sido cura y lo esconde por vergüenza o para que no nos riamos de él. Esta noche, mientras opinábamos sobre el sentido del viaje, se mantenía en un segundo término pero no cesaba de sonreír. Me parece que si lograra romper su coraza encontraría una persona realmente completa pero no se como hacerlo. Estoy en baja forma.

Al Mukalla, 16 de Julio

Esta mañana muy temprano hemos recogido nuestras pertenencias y los restos del banquete de la noche anterior. Entonces Lionel ha hecho una de las suyas. Razón tiene al decir que Yemen es un basurero, ¿pero como deshacerse de los residuos de una acampada en medio de la nada? Abdulla, Mosquito y los otros pretendían llevarse las botellas de plástico y tirarlas en algún pueblo cercano. Pues no. Lionel ha decidido incinerarlas y de esta forma hemos contaminado el aire con dioxinas, mientras los demás pensábamos que estaba loco. Que se le va a hacer, el hombre es así. Un día, mientras comíamos, intenté darle conversación y se me ocurrió preguntarle si había estado en Cataluña. La pregunta pareció destapar antiguos recuerdos y me contó que su peor experiencia había sido en un museo. Parece que las explicaciones sólo se daban en catalán y eso le indignó.

- ¡Como es posible que en un sitio civilizado no se emplee el inglés! ¡Inadmisible! Les puse una denuncia pero ni tan siquiera me han contestado. Ustedes, los catalanes, tienen complejo de inferioridad -

Por educación nos callamos, el silencio y las caras de repulsa fueron la respuesta adecuada.

Toda la mañana hemos viajado en dirección al mar. Durante el largo y caluroso trayecto sólo ha sucedido una anécdota digna de ser destacada. Nos hallábamos detenidos en una gasolinera polvorienta para refrigerar el motor del todo terreno cuando un coche ha frenado bruscamente. Ha bajado un yemení armado con una kalasnikof y vociferando se ha dirigido hacia nosotros. Un poco asustados nos hemos arracimado alrededor de Mosquito. ¿Qué ocurría? ¿Acaso le habíamos ofendido?. Nada, nada, tranquilidad, sólo quería hacerse una foto. Debían ser los primeros extranjeros que veía en su vida. Nos ha dispuesto a su alrededor como un trofeo de caza y nos hemos dejado inmortalizar por su cámara. Él, su ametralladora y seis caras estúpidas que intentaban sonreír.

Llegamos al hotel justo a tiempo para comer. Y esta vez nos hemos puesto las botas. Al Mukalla es uno de los mayores puertos pesqueros de Yemen y el marisco es de buena calidad y económico. Todos nos hemos atracado de langosta fresca, bien, todos excepto a Lionel que no se permite estos lujos, y Teresita que a pesar que sea langosta ya no come nada más que quesitos porque la suciedad ha podido con ella.

La visita a la ciudad ha resultado decepcionante. Después de la guerra entre los dos Yemen, fue reconstruida y no conserva ningún vestigio de arquitectura tradicional. Tampoco sus edificios modernos tienen nada de particular, por lo tanto decidimos regresar al hotel tras pasear por el puerto y el pequeño zoco adyacente. Durante el paseo, Jesús ha conseguido encontrar un juego de dominó, así que esta noche empieza el campeonato.

Dominó

Cuando he llegado, el desafío había empezado. Por parte española jugaban Jesús y Paco, mientras que el equipo yemení estaba formado por Ramsi y Hussein. La suerte no nos era favorable y el gusanillo de participar me ha picado. No soy una mala jugadora. Aprendí de pequeña con un tío materno bregado en estas lides tabernarias. Por lo tanto, y viendo como iban las cosas, me he ofrecido como pareja de Jesús. Con una sonrisa condescendiente, los yemenís han aceptado el cambio y tal como yo suponía, la fortuna ha cambiado de signo. Primero hemos conseguido el empate y en la partida final el triunfo. Hussein se ha enfadado mucho y ha atribuido su desastre al azar. No es posible que una mujer sea capaz de ganarle. La cosa ha quedado en un nuevo reto en cuanto sea posible y entonces, ya veremos quien muerde el polvo.

Playa de Bir Ali, 17 de Julio

Desde Al Mukalla hasta Bir Ali, la carretera discurre al lado del mar en medio de las ruinas abandonadas de tanques y restos de la contienda de los ochenta. Cada dos por tres los jeeps eran interceptados por hombres armados que decían pertenecer al ejército. Lo curioso es que cada grupo llevaba un uniforme de distinto color y a cada uno de ellos debíamos pagarle una tasa. Ramsi nos explica que son soldados que ya no estén en activo pero que, debido al paro existente, no saben sobrevivir de otra manera. Finalmente una de estas patrullas armadas nos ha acompañado hasta el lugar de acampada. Es una playa desierta sin ningún signo turístico a su alrededor. Hace calor y aunque ya son las cinco de la tarde nos metemos en el agua. Las olas son potentes y no es demasiado recomendable nadar. Poco después empieza un partido de fútbol playa y me dejan sola a la orilla del mar. Contemplando el océano pienso en el último año y en las pérdidas que han ocurrido. Me invade una gran tristeza recordando a Emilio, mi compañero de trabajo que murió ahogado o se suicidó hace 2 meses, cuando se enteró de que padecía un cáncer terminal de páncreas. Miro al mar y por primera vez en mi vida lo veo como un enemigo y no como un confidente. Puede ser que haya llegado hasta aquí buscando una respuesta y de momento no sé encontrarla. Debo reunirme con el grupo, sus conversaciones y sus chanzas me distraen.

La sonrisa de Emilio

Es una noche sin luna y me he buscado un lugar entre las dunas para dormir. Estoy ya en el saco cuando llega Josep María y me dice que me levante, que va a avisar a los demás para que nos reunamos en la orilla. Voy hacia allí remoloneando y me dicen que entre en el agua, que hay pláncton fosforescente. Jamás lo había visto. Es fascinante. Increíble. Miras hacia el mar y cada vez que una ola rompe contra los acantilados, aparecen millares de pequeñas estrellas refulgentes. Si introduces los pies en el agua ves como estallan cientos y cientos de luces producidas por la bioelectricidad de los microorganismos. Mueves las piernas y las espurias fosforescentes te siguen en tu caminar. Si por casualidad levantas la vista y observas el cielo, entonces ves que encima tienes, también, las estrellas. Es tan reconfortante que me parece que Emilio me está enviando un mensaje en forma de sonrisa. No puedo dejar de imaginar que él está en medio de toda esa belleza y que, sin duda, es el mejor lugar de reposo que uno puede elegir para morir.

Rada, Taiz, del 18 al 20 de Julio

Hemos regresado a las montañas. Rada es una ciudad poco amistosa con los forasteros. Llegamos de noche y Ramsi nos advirtió que no abandonáramos el hotel mientras señalaba los cristales rotos de las lunas del bar. Las caras hoscas y hostiles nos han quitado las ganas de dar una vuelta por las calles, esperemos que a la luz del día resulten un poco más agradables.

De compras

La visita de Rada fue breve. Rodeados por nuestros choferes como escudo protector, paseamos por la ciudad vieja. Entramos en una mezquita y el imán nos explicó el funcionamiento de las escuelas coránicas. Se nos permitió contemplar una clase impartida por un maestro a casi una cincuentena de niños. Repetían las estrofas del Corán hasta memorizarlas y nadie movía un dedo. Claro que el profesor iba armado con una vara para golpear a los alumnos poco atentos, lo cual recordaba el famoso dicho de la letra con sangre entra. Y seguramente el método funciona en el sentido de que les impregna para el resto de sus vidas. Todo el sistema de comportamiento social se rige por el tipo de educación recibido y en este caso queda gravado a sangre y fuego. Lo curioso es que no había ninguna niña entre el alumnado, lo que significa que la mayoría son analfabetas y toda la cultura que reciben es de transmisión oral a través de sus madres. ¡Pobres mujeres yemenís!

Llegamos a Taiz al anochecer. Es una ciudad importante y cosmopolita. Incluso se ven mujeres con la cara destapada. Afortunadamente nuestro hotel está situado en la parte vieja muy cerca del zoco. Ramsi nos ha dicho que este es el mejor sitio para comprar artesanía de plata y objetos de recuerdo. ¡Vaya cosa fue a decir! Se ha desencadenado la furia compradora. Todos los viajeros como aves de presa, nos hemos lanzado al regateo feroz de collares, pulseras, cajas y todo tipo de trastos que seguramente no servirán de nada y quedarán olvidados en cualquier rincón de nuestras casas. Ha habido quien ha llegado a comprar 15 jambias. En medio de la fiebre consumista se ha desencadenado una lluvia torrencial. Me hallaba refugiada en una tienda de ropa cuando ha pasado un niño que, sabiamente, vendía paraguas. Pero todos los que tenía eran de tamaño pequeño, así que le he dicho que no me servían, entre otras cosas porque yo no quería un engorro semejante. Se ha ido y pensaba que me había deshecho de él, solo que al cabo de dos minutos ha vuelto con un paraguas masculino inmenso y ya no he tenido excusa para no comprarlo. El crío ha sido más listo que yo.

La gran final de dominó

Por la noche, después de cenar, hemos disputado la revancha pactada con anterioridad. Volvíamos a ser las mismas parejas. Ramsi y Hussein contra Jesús y yo. Esta vez todos han presenciado el juego. El torneo se disputaba al mejor de cinco partidas. De nuestra parte teníamos a todo el grupo y muy especialmente a las mujeres. Me decían:

- No nos hagas quedar mal, demuéstrales que los hombres no son superiores.

Las primeras partidas han sido igualadas y hemos llegado al dos a dos, de modo que nos lo jugábamos todo en la última. Me he concentrado y gracias a un error absurdo de Hussein hemos triunfado. ¡Qué satisfacción! ¡ Y que enfado han pillado los yemenís! Hussein se ha negado a estrecharme la mano, creo que está confundido y afligido. Es difícil para él encajar una derrota de este tipo, sobre todo porque es muy posible que se lo recuerden durante largo tiempo. Un hombre vencido por una miserable mujer y, además, extranjera.

Sana’a, del 20 al 22 de Julio.

Estamos en la recta final. Como el itinerario se varió desde el principio hemos regresado a la capital antes de lo previsto. Tenemos dos días por delante y debemos llenarlos con alguna excursión alternativa fuera de las rutas tradicionales. Ojalá que esto nos permita contemplar el Yemen real, aquello que se oculta a los ojos demasiado sensibles de los occidentales. Posiblemente será más sucio y más feo que lo visto hasta el momento, pero sin duda mucho más auténtico.

Intento de secuestro.

¡Por fin nos hemos alejado de los circuitos turísticos!. Pocos kilómetros después de Sana’a, hemos abandonado la carretera principal y nos hemos adentrado en una pista forestal sin asfaltar. Mosquito había traído consigo a uno de sus hijos varones y habíamos parado a hacernos fotos con el chaval cuando han empezado a sonar disparos. Como ya estamos habituados no le habíamos prestado atención, pero Ramsi se ha puesto muy nervioso y nos ha hecho subir a los jeeps precipitadamente. Al salir del desfiladero, el ambiente parecía más tranquilo y en el primer pueblo nos hemos detenido para pasear. En la cima de la montaña, como siempre, se hallaban las ruinas de una antigua fortaleza y parte del grupo se ha dirigido hacia allá. Otros hemos preferido quedarnos con los niños que, una vez más, nos rodeaban. En esta ocasión eran muy numerosos y especialmente interesados en los extranjeros. Las niñas estaban encantadas con nuestra indumentaria y los muchachos con las cámaras de fotos. No cesaban de intentar hablarnos y preguntarnos cosas. Cada vez eran más y más, y empezábamos a sentirnos angustiados. Finalmente el resto del grupo ha regresado y hemos vuelto al pueblo. Era la hora de comer y Ramsi nos ha propuesto quedarnos en una casa particular. Parecía un poco raro pero como no había ningún tipo de hotel o restaurante en los alrededores hemos aceptado. Al decir que sí, los hombres nos han rodeado y en volandas se nos han llevado hasta una de sus casas de piedra. Un torreón con una sola puerta de entrada y cuatro pisos de altura. Al llegar al tercero nos han metido en una habitación y nos han dejado solos. A los pocos minutos ha empezado a llegar la comida. Platos y más platos. Ninguno de nosotros había pedido nada y aquella abundancia se hacía sospechosa. Cuando ya no podíamos ingerir nada más hemos pedido un té. El propietario nos ha indicado que subiéramos a la terraza a tomarlo. Ésta no era otra cosa que un terrado sin barandilla rodeado por todas partes por más terrados desde los que cientos de niños y adultos nos contemplaban. Jesús, bromeando, ha dicho que nos habían secuestrado y la verdad, no estaba claro que no fuera así, sobre todo teniendo en cuenta el importe de la factura. Una comida en un buen restaurante no supera las 300 pesetas y en este sitio alejado de cualquier ruta turística hemos pagado más de 1000 pesetas por cabeza. Ramsi ha permanecido extrañamente silencioso hasta salir del pueblo y aunque luego nos ha asegurado que eran imaginaciones nuestras, lo cierto es que los tiros que habíamos oído por la mañana correspondían a las disputas entre dos bandas locales, una de las cuales era la tribu del pueblo donde habíamos comido. Hasta el final del día no nos explicó la verdad. Parece que un coche nos había estado siguiendo desde el desfiladero y cuando llegamos, los caciques del pueblo habían decidido dejarnos marchar porque éramos demasiado numerosos. No tuvieron la misma suerte los cuatro franceses que pasaron media hora más tarde. Fueron retenidos durante veinticuatro horas mientras la tribu negociaba con el gobierno el intercambio entre turistas y jóvenes detenidos.

Dhafar: el pueblo perdido de la reina de Saba.

Para finalizar nuestra última salida nos han propuesto una visita a Dhafar, pueblo del que se dice que era la residencia de la reina de Saba. Se encontraba muy alejado de la carretera principal y el atractivo residía en un pequeño museo y en ciertas paredes que conservaban capiteles antiguos. No dudo que en sus tiempos fuera efectivamente la capital de Saba, pero actualmente es un pueblo perdido en medio de la nada. El museo contenía algunas muestras de escritura y unos pocos objetos de alabastro. Era diminuto y en cinco minutos se podía visitar. Después hemos recorrido el lugar. Entonces ha empezado la pesadilla. Todos los habitantes estaban tarados, incluso los niños eran especiales, distintos de los demás. Agresivos, aullaban y nos seguían tocándonos y tirándonos de la ropa. Querían regalos, cualquier cosa, y si les dabas algo, se desencadenaba una cruenta batalla por el festín. Nerviosos, con sudor en las manos, intentábamos no provocarles. La angustia se iba apoderando de nosotros y rezábamos por partir. El último recuerdo ha sido espeluznante. Los coches han arrancado a toda velocidad mientras una jauría de caras enloquecidas nos perseguía montaña abajo. La explicación de la abundancia de deformidades se debe posiblemente al aislamiento, que genera una endogamia de grandes proporciones. Eso implica que sea muy raro que algún forastero quiera casarse con ellos, lo que en definitiva agudiza el fenómeno.

Al regresar a Sana’a, nos hemos despedido de nuestros amigos yemenís. Ha sido una ceremonia solemne en la cual se han pronunciado discursos y hecho fotos de recuerdo. Con una gran dignidad han aceptado el sobre que contenía la tan anhelada propina y nos han estrechado las manos. Parece que Hussein me ha perdonado, aunque no estoy muy segura. Sus últimas palabras han sido:- Ah, caprina, caprina- que para él, es el femenino de cabrón, palabra que, como no, había aprendido de Jesús.

Sana’a, 23 de Julio, fin del viaje

¿Cómo se podría definir un país como Yemen? Una tierra de hombres armados hasta los dientes, agresivos y generosos al mismo tiempo. Drogados con quat, a partir del mediodía dejan de ser violentos. Tienen tu vida en sus manos pero la respetan. Hay algo en ellos que inspira confianza y que hace que, a pesar de las barreras culturales y religiosas, te sientas a gusto.

No se puede decir lo mismo de las mujeres. Esas momias vestidas de negro siguen siendo un misterio. Solo Fatma ha dejado una pequeña estela de luz en mi opinión sobre ellas. Continuo teniendo un sentimiento contradictorio de lástima y de rabia por la forma en que aceptan su situación. Me entristece pensar en las niñas, algunas de ellas tan inteligentes y espontáneas. Recuerdo sus caras enmarcadas con los pañuelos de colores y pienso que en unos años serán como sus madres, figuras negras perpetuamente sometidas a la voluntad de sus hombres, pariendo criaturas que luego educaran de la misma manera y negando cualquier posibilidad de cambio para sus hijas.

Ha llegado el final del viaje y el grupo se dispersa. En el aeropuerto las sensaciones son distintas. Nadie habla y el pensamiento de cada uno retorna a su ciudad, a su familia o a su trabajo. En esos instantes sobra el trayecto en avión, las esperas para recoger el equipaje, las frases tópicas de – Ya quedaremos para cenar y enseñarnos las fotos - cuando es obvio para todos que ya nada nos une. Pero en el interior de cada persona queda uno o más instantes mágicos que forman parte de él mismo y que le han hecho más rico en experiencia y también en comprensión que cuando partió. Ninguno de nosotros olvidará este viaje.