Cuaderno de viaje: Costa Rica 2003

José Antonio García Moreno

02 de Septiembre

Tras una grata noche con los amigos, llena también de emociones de compartir por unos momentos y en una pequeña estancia todo lo bueno y lo malo de la vida, empieza el viaje.

En Barajas consulta a Internet para ver si han localizado a algún guía para hacer la travesía a pie de la Cordillera de Talamanca. Se trata de recorrer a pie, durante unos ocho o diez días, y a través de una montañosa zona de bosque tropical húmedo, el camino que usaban antiguamente los indígenas para pasar de la vertiente atlántica a la pacífica o viceversa. Es quizá el principal objetivo que me he marcado en este viaje. ¡Al fin llega el O.K.! Buen comienzo. Sólo queda por concretar donde nos vemos y ¡a patear!

Primer tramo, Madrid-Caracas con Santa Bárbara Airlines, una compañía venezolana. Buenas referencias. El avión lleva unos cuantos años encima, pero también yo lo llevo y no me quejo. Controlando, se puede llegar. Otro pequeño buen detalle: el avión no va lleno y ¡oh milagro! el asiento de mi lado (sólo son dos en cada fila) va vacío. Puede ser más aburrido, pero las necesidades a realizar en un vuelo largo se hacen a gusto y sin molestias. O.K.

Mi gozo en un pozo. Una chica joven que sólo habla inglés, se sienta a mi lado porque no soporta el humo de los fumadores un poco más atrás. Debo de reconocer que eso me predispone un poco en contra. Sigo sin entender esa fobia al tabaco de muchas personas, y me parece que hay algo de dogmatismo y exageración en ello. En cualquier caso me siguen gustando más las zonas de fumadores. Bien está la salud, pero sin neuras.

Llegada al tránsito de Caracas sin novedad. Primer y familiar encuentro sensorial con el trópico: calor, humedad y ese aroma inconfundible, denso y ácido, de la vegetación y el agua que te hace tomar conciencia de que estás en otra de tus casas en este planeta. Parece que la naturaleza contacta contigo, con tus sentidos, de forma física, táctil. Pequeña espera, y el último tramo: vuelo a San José; ya me he preparado para la presumible lucha con el taxista de turno a fin de que no me time demasíado en el trayecto hasta el albergue. Veremos.

En el embarque se vuelve a notar que estamos fuera de Europa. Desorden, gente abigarrada, embarque de tres vuelos a la vez por una sola puerta por la que prácticamente no cabemos mientras las de al lado permanecen vacías... Lo bueno: más calor, más humanidad que en nuestros asépticos y fríos aeropuertos. Lo malo: síntoma de que el desarrollo no acaba de llegar a estos pueblos.

Llego a San José a la caída de la tarde. Lluvia, nubes de tormenta y temperatura muy agradable. Estamos en la estación de lluvias, que hace honor a su nombre. Sin muchas peleas y en un taxi oficial llego al albergue que será mi cuartel general durante mi estancia en este país: el Costa Rica Backpackers. Por los ocho dólares que cuesta la habitación compartida, está muy bien: café y té gratis, Internet gratis, piscina, salas, cocina, servicio de lavandería y ambiente mochilero. Hay poca gente. Es temporada baja y supongo que esa va a ser la tónica del viaje, lo cual creo que es una ventaja en un país ya muy turístico como es Costa Rica. A ver si el clima no se pone muy duro.

Me dan una habitación compartida en la que estoy yo sólo. Cierta decepción, porque cuando no se viaja en compañía tienes más expectativas con otras personas. Bueno, ya estoy aquí y muy tempranito, a las nueve de la noche, me voy a dormir. No hay que olvidar que para mi cuerpo son ya las cinco de la madrugada del día siguiente.

Una última impresión: a primera vista se percibe que es un país más desarrollado que otros de su entorno: el tráfico, el urbanismo y el aspecto general en este primer contacto así lo delata. Pero en el primer semáforo se te hiela el corazón por vez primera cuando un niño de la calle te pide limosna. Soy duro y no le respondo para que no insista, pero una vez más ¡no hay derecho!

03 de Septiembre

No he dormido del todo bien, quizá por la excitación de todo comienzo de viaje. Tomo un café en el jardín y charlo un rato con el chaval de la recepción. Peruano, hijo de española, y con deseos irrefrenables de emigrar a Europa. Una vez más la tragedia latinoamericana: todo el mundo se quiere ir y no se acaba de despegar económicamente.

Salgo a desayunar y primer encuentro con la gastronomía tica: contundente desayuno a base del plato nacional, el gallopinto, o sea, arroz con frijolitos negros, y chicharrones. Por cierto, tras los recuerdos terroríficos del “pinto” que tuvimos que comer a todas horas en un anterior viaje a Nicaragua, éste parece que está un poco más sabroso. Además, y a diferencia de aquél viajes, hay una gran variedad para elegir. Precio razonable: dos euros y medio.

La mañana la dedico a algunas compras y gestiones, a cambiar dinero y a pasear por San José. Cambio euros a colones en el Banco Nacional de Costa Rica. También se puede hacer esta operación en las casas de cambio pero no, sorprendentemente, en el resto de los bancos. Atraco a mano armada como siempre que se topa uno con la banca en cualquier parte del mundo: 10 % de comisión. Ahí queda eso. Menos mal que después descubriré que las casas de cambio realizan esa operación con unos costes más razonables.

Sigue sin arreglarse o cerrarse el asunto de los guías para la travesía transcontinental. Mejor será que mañana mismos me vaya a Puerto Viejo, que es el sitio de contacto, a terminar allí los trámites. Por otra parte, tengo la intuición de que esa zona, en la costa sur del Caribe costarricense, me va a enganchar y a lo mejor me hace cambiar de planes.

Callejeo por el centro de San José: el teatro Nacional. La Catedral, las zonas peatonales llenas de comercios... Pocos turistas. Es una ciudad pequeña, o mejor dicho, asequible, que descansa sobre una verde meseta rodeada de montañas, y agradable para callejear. No tiene grandes monumentos ni hitos urbanos, pero es una buena base para recorrer el país. Tiene de todo, es agradable, está en el centro de Costa Rica y es el centro neurálgico de comunicaciones.

Entro en la catedral en la que asisto a la celebración de la eucaristía, y en alguna otra iglesia. Contraste absoluto con España. Es un día laborable por la mañana, y las iglesias están llenas de gente que entra un rato a orar y se va. No hace falta que estén cerradas. Se guardan a sí mismas porque nunca están vacías. Veo gestos que rozan el fanatismo, pero creo que debo de respetar una religiosidad que es profunda, y que parece compatible con una sociedad democrática y relativamente liberal como es ésta.

Bien es verdad que las plazas públicas están llenas de charlatanes que golpean sin misericordia a los ciudadanos con sus soflamas religiosas que anuncian grandes catástrofes, y para las que todo está mal y parece que irá a peor. De todasformas, no parece que la gente les haga mucho caso.

Como corresponde a la estación en que estamos, la mañana es muy agradable. Hay nubes, pero todavía no llueve. Puedo cumplir tranquilo un rito que nunca falta en mis viajes: sentarme en una plaza a leer el periódico (hoy ha sido así) o algún libro, y ver pasar los retazos de vida delante de ti. Estoy en la plaza del Teatro Nacional: bullicio, gente de todas clases que se sienta un momento a hacer un alto en sus trajines, mientras que un organillo tocado por un par de abuelos pone un fondo de música de la tierra. Todo apacible hasta que aparece el vocero de turno anunciando el fin del mundo por capítulos, que precede a relatarnos uno a uno y a voces,

Como un poco de ensalada y fruta y, cuando empieza la tarde, hago una visita detallada al Museo Nacional. Está situado en un antiguo cuartel militar, y bien podría ser un símbolo de lo que tanta gente soñamos: que el lugar de las armas, del ejército, del símbolo del miedo y de la falta de concordia entre las personas, pase a albergar la cultura, la historia, eldiscurrir de un pueblo. A Costa Rica tenemos que agradecerle que haya dado un paso que en muchos otros lugares parece que es completamente irrealizable: desde la Constitución de los años cuarenta del siglo pasado, este país no tiene ejército, y, curiosamente, en todo este tiempo ha sido el país más estable, más desarrollado y con mayor nivel cultural de toda Centroamérica.

Esto me hace pensar un poco: soy muy condescendiente con la presencia militar y agresiva cada vez mayor de mí país. Creo que para ser importante hay que estar en todos los ajos y asumir las contradicciones, como por ejemplo amar la paz y reconocer que a veces sigue siendo necesario el ejército. Costa Rica me puede, nos puede hacer reflexionar a los que pensamos así. Es verdad que en España hay problemas y peligros potenciales que aquí no existen, y que en el contexto europeo la cosa es mucho más complicada. Pero se trata de ver en qué dirección caminamos: no podemos ser Costa Rica, pero quizá tengamos que seguir luchando, y creando opinión pública, para acercarnos más a una Irlanda o a una Islandia, que curiosamente está en la OTAN pero tampoco tiene ejército, que a la belicosa e imperialista actitud del gobierno de Estados Unidos. Y si hay problemas potenciales, tratemos de resolverlos, intentemos dialogar y crear confianza con nuestros vecinos. Ojalá asumamos las personas que caminar hacia la paz y el desarme es un imperativo ético ineludible de nuestro tiempo.

Por cierto, el Museo Nacional, su contenido, me ha impresionado muy gratamente. Repaso exhaustivo a la historia de Costa Rica a través de sus expresiones culturales. Espectaculares los metates de panel colgante, especie de esculturas que “cuelgan” desde una base plana, hechas en piedra volcánica con motivos variados y casi abstractos. Parece que están relacionados con la religiosidad y el culto a los muertos y proceden de los primeros quinientos años después de Cristo. Bueno, a veces uno de pronto se emociona ante una obra de arte; sin saber por qué parece que te ayuda a verte en equilibrio y armonía contigo mismo y en sintonía con el universo. Precisamente eso me ha pasado con los metates, como me pasó hace un par de meses con los cristos románicos en miniatura de la exposición de las Edades del Hombre en la catedral de Segovia.

Termino la visita con otra pequeña joya, esta vez natural: la instalación temporal de un jardín de mariposas de las especies que son más propias del valle en el que se asienta San José. Otro pequeño “éxtasis”. Puede que se a exagerado, pero creo que, además de con las pastillas, también podemos volar un poco, aunque sea un momento, con cosas pequeñitas, que está ahí, y que nos pueden hacer gozar porque son parte de nosotros y nosotros de ellas.

Ah, se me olvidaba. Me impresiona también en el Museo una sala muy sencilla con esculturas que son fotografías a tamaño natural de las diversas razas y orígenes de las personas que forman Costa Rica, y que se resume en una palabra: mestizaje. No mera coexistencia cultural, si no mezcla, convivencia que ha dado lugar a una nueva identidad, en que, se aprecia en las calles, las multiplicidades étnica y cultural son una realidad que no impide esa convivencia. Desde luego que ha habido y sigue habiendo tensiones, pero creo que también en eso este país ha avanzado mucho y nos puede enseñar a los que estamos acostumbrados a vivir en sociedades más “puras”.

Cae ya la tarde, y, no mucho, pero vuelve a llover.

Termino la jornada en el albergue, y me acuesto temprano. No he podido concretar el pateo. Mañana veremos.

Día 04 de Septiembre

Me levanto temprano, a las seis de la mañana. En las zonas tropicales el sol sale rápidamente en torno a esa hora, y se pone igual de deprisa en torno a las seis de la tarde. Se hace vida con el sol mucho más de lo que la podemos hacer en Europa..

Salgo a desayunar algo, empezando por tomar un jugo de pipa (parecida al coco) que compro en un puesto callejero. Después me siento a desayunar en una calle peatonal que está en una zona de edificios oficiales, cerca del albergue: instalaciones del Poder Judicial y sede de la Universidad a Distancia entre otras. La existencia de esta Universidad quizá delata una mayor facilidad de acceso a la cultura de los ticos que de los ciudadanos de otros países de su entorno. Detalle: rebajas en las aceras para que puedan pasar las sillas de los minusválidos. El ambiente es el de un día laborable en zona de oficinas en cualquier ciudad europea: señores encorbatados o vestidos formalmente, y mujeres bien elegantes y bien guapas la mayoría de ellas, o, al menos, así me lo parece. Noto que se usa mucho el perfume, con aromas y fragancias bien fuertes, muy al gusto latino. El desayuno es contundente, a base de un plato combinado con gallopinto, plátano frito y huevos revueltos. Además, tostadas y natilla, una salsa de leche salada que se usa para untar en el pan y en el gallopinto. Todo por un euro y treinta céntimos. Agradable charla sobre la gastronomía tica con la mujer que atiende el local.

Amanece como ayer: apacible, con nubes y con una temperatura de unos veinte grados. Por cierto, me dejé en el baño el colgante con el podomorfo majorero que me acompaña últimamente en mis viajes y pateos. Me parece que me tengo que despedir de él hasta que lo reponga en la próxima feria de artesanía. Las manos largas son como las moscas: no hay forma de librase de ellas allá donde uno esté.

Tras esto, me dirijo a la estación de guaguas “Caribe” para tomas el bus a mi siguiente destino: Puerto Viejo de Talamanca, en el sur de la provincia de Limón y del país, en la costa caribeña y ya muy cerca de la frontera con Panamá. Se supone que emplearemos entre cuatro y cinco horas de viaje, cruzando la Cordillera dorsal que recorre el país de noroeste a sureste, para descender a la gran planicie central que mira al Mar Caribe. Estación de autobuses del Caribe: limpia, con todos los servicios y cómoda. Las guaguas en la misma tónica: se viaja con reserva de asiento y con comodidad.

Salimos en punto y, enseguida, dejamos atrás San José para introducirnos de golpe en el color de Costa Rica: el verde. Salimos hacia Guápiles, al nordeste, para luego girar al sureste hacia Puerto Limón, donde alcanzaremos la costa. Seguimos la carretera 32, asfaltada, bien señalizada y en buen estado. Limón está a unos 150 kilómetros de San José. Estamos en la meseta entre campos de cultivo y camino de cruzar la Cordillera Central, atravesando el parque Nacional Braulio Carrillo.

Multitud de grandes camiones cargados de enormes troncos. La deforestación también es un problema en este país. Esperemos que crezcan más árboles de los que cortamos. Entramos en el Braulio Carrillo y cruzamos la divisoria continental a unos 2000 metros de altitud. Valles y montañas de perfiles más bien suaves. El bosque nuboso lo cubre todo. Pasamos a la vertiente caribeña, y, enseguida, vamos dejando atrás la cordillera. Vuelven a aparecer campos de cultivo y prados para la ganadería. Hay vacas y también caballos, muy abundantes en Costa rica. El cuerpo nota que hemos bajado: más humedad, más calor, atmósfera más densa, es el trópico.

Antes de llegar a Puerto Limón, comenzamos a pasar entre grandes haciendas bananeras. Nos cruzamos también con muchos camiones de la compañía Chiquita, la antigua United Fruit Company, que sigue controlando gran parte de la distribución del banano que, junto con el café, es la base de la agricultura tica. A medida que nos acercamos a Limón empiezan a aparecer las preciosas palmeras cocoteras. También se percibe que nos encontramos cerca del puerto más importante del Caribe costarricense, lo que quiere decir que por todas partes vemos grandes depósitos de contenedores a la espera de ser recogidos por los camiones.

Parada en las afueras de Limón de diez minutos para necesidades y tomar algo, momento que aprovecha el descuidero del autobús para llevarse una mochila de mano que una pareja de alemanes había dejado en el portabultos. Podía haber sido la mía. A uno le gustaría pasear confiado por el mundo, pero no puede ser. Recordatorio de una de las cosas más incómodas que hay cuando se mueve uno por ahí: continuamente hay que estar pendiente de que no te choren las cosas, y más si se viaja sólo. No te puedes dar un baño en el mar porque tienes que vigilar tus pertenencias. En fin, así son las cosas y así seguirán siendo mientras unos no tienen nada y otros tenemos suficiente e incluso bastante más de lo que nos hace falta. Recorremos los últimos cincuenta kilómetros hasta Puerto Viejo ya por la costa. Playas de arena negra, palmeras cocoteras hasta la orilla y pequeños hoteles jalonando el recorrido.

Llegamos a Puerto Viejo. A primera vista cliché caribeño: marco muy bello, junto a un entrante en el mar, no muy frecuente en esta costa casi rectilínea. Cabañas junto al mar y lugares donde escuchar y bailar música reagee en la playa. No obstante no me enamora. Es un pueblo turístico. Obviamente estos sitios tienen que existir, yo mismo vivo en uno de ellos. Quizá uno sueña en paraísos perdidos que son difíciles de encontrar si siempre se va a los lugares que están indicados en las guías, aunque sean menos convencionales. Quizá tenga que plantearme hacer un viaje en el que me dedique a deambular, sin preparación, parando donde se me ocurra o en esos lugares que las guías dicen que no tienen ningún interés. Recuerdo ahora lo bien que expresaba Javier Reverte su experiencia, en su último libro africano, de su estancia en Wadi Haifa, en el norte de Sudán. Un sitio perdido, en mitad de ninguna parte, fue capaz de atraparle más que las fuentes del Nilo. Puerto Viejo me parece que no va a ser mi Wadi Haifa. La presunción a que aludía un poco más atrás creo que no se va a cumplir. Más extranjeros que ticos, surferos, hippies y fauna de ese estilo es lo que abunda, y nunca he sido muy afín a ese personal. De todas formas, el lugar es bello y además, a pesar de ser por la tarde y aunque todo está lleno de nubes, no llueve.

Por otra parte, siguen sin conectar con el guía que me tiene que llevar al otro lado. Mi primer encuentro con los encargados del contacto, Atec (Asociación talamanquesa de ecoturismo y conservación), tampoco es muy entusiasmante. Lo lleva una inglesa que se llama Alaine, con la que me comuniqué desde España por Internet, y que, para mi gusto, no es el colmo de la amabilidad. Supongo que la sensación de rechazo es mutua. Espero que al menos cumpla con su trabajo y me consiga el guía de una puta vez.

Esperando, paso feliz y tranquilo la tarde en la playa tomando una copa de un espléndido ron nicaragüense llamado Flor de Caña, y que no probé desde aquellas botellas diarias que cayeron cuando Fer, Chana, Alfredo y yo estuvimos en Nicaragua. Bueno, lo de la tarde feliz y tranquila es un decir: cuando pido la cuenta veo que, habiendo bebido dos me cobran cuatro. Lo dicho, los lugares turísticos son cada vez más odiosos. Timar al viajero es parte de lo habitual. De todas formas han pinchado hueso. Exijo la hoja de reclamaciones que naturalmente no me quieren dar. Amenazo con ir de inmediato a la policía a denunciar, y oh milagro, se me devuelve en el acto el dinero.

Para terminar el día una excelente noticia: al fin se ha concretado el pateo a través de la divisoria continental. Será no mañana, ni pasado, sino el domingo. Por cierto, llegar a este último acto ha sido posible gracias a las múltiples comunicaciones vía Internet, en España y aquí. La verdad es que las famosas nuevas tecnologías son una joya que facilitan mucho las cosas.

Me acuesto temprano. Este pueblo no parece precisamente un dechado de vida nocturna. Bueno, a lo mejor cuando empieza la marcha yo ya estoy sobando, pero de todas formas, ok.

Día 5 de Septiembre.

Comienza un día funesto. Me han desaparecido 300 euros que ya había cambiado a colones de la faltriquera en que los llevaba. Inexplicable. Es posible que se me hayan caído en algún cambio, pero era un tocho grande de billetes y los habría oído caer. Por otro lado, la faltriquera la llevo siempre dentro del pantalón y sin acceso directo a sus compartimentos. El único momento en que no lo he llevado es en la ducha, y salvo que en ese momento haya entrado alguien... En fin, llevo una temporada de puta pena en esto de los robos: 600 euros en casa en Enero y ahora estos 300 en el viaje. Parece obvio que tengo que extremar las precauciones. Además es una putada. Este es el primer viaje en mi ya larga vida en que me movía holgado de dinero. Pues se acabó. De todas formas hasta ahora nunca he gastado el presupuesto diario que me queda tras la desaparición, pero es un inconveniente de cara a contratar excursiones y demás. La verdad es que la impotencia y la rabia me joden el ánimo. El timo de ayer y el robo de hoy. Bueno, voy a agar a ATEC la excursión y a alquilarme una bici, a ver si el aire me despeja.

Escribo de nuevo a la caída de la tarde. He ido con la bici desde Puerto Viejo hasta un pueblito pequeño llamado Manzanillo, a unos 14 kilómetros de distancia. Prácticamente en su totalidad el recorrido está comprendido en la Reserva Nacional de Vida Silvestre Gandoca-Manzanillo, que ocupa el extremo sureste de la vertiente Caribe, hasta el río Sixaola que hace frontera con Panamá. Los ecosistemas terrestres mejor representados en el Refugio son humedales y bosques aledaños, con una enorme riqueza biológica. Riqueza que se incrementa con los ambientes marino-costeros: arrecifes de coral, playas de arena, manglares...

Verdaderamente las playas son espectaculares: arena clara, no muy anchas, con el bosque tropical hasta la misma orilla. Solitarias en extremo. En fin, una delicia. Aprovecho para tomar un baño, el primero de este viaje en el Caribe. Hay zonas de la Reserva en que se permite la edificación: pequeñas casas unifamiliares en medio del bosque, muchas de ellas convertidas en hoteles y casa para alquilar. Hay otras en que el bosque se mantiene intacto desde la misma orilla, sólo “violado” por la pequeña carretera asfaltada que llega hasta Manzanillo. Tengo ocasión de ver y sobre todo oír a los congos o monos aulladores. Como su nombre indica, pegan unos berridos bastante notables y no especialmente agradables, pero siempre es una alegría y un espectáculo gratificante ver a los animales en libertad. Vuelvo por el mismo camino a primera hora de la tarde. No veo muchos más animales, en la selva no es fácil verlos, pero sí empiezo a escuchar un adelanto del concierto que tendré oportunidad de escuchar en los próximos días.

Ceno en un restaurante de la avenida principal en el que soy el único comensal. Estamos en temporada baja y, como en todas las zonas turísticas, la competencia es quizá excesiva. Por cierto, que mientras ceno me veo envuelto en una desagradable nube: una persona está fumigando con gases todas las calles. Es para prevenir el dengue. Se trata de otra enfermedad tropical causada por un mosquito y que no tiene vacuna. Puede ser grave y a veces mortal. Me recuerda que, aunque sea molesto y uno tienda a bajar la guardia, no hay que descuidar las precauciones, como la loción antimosquitos, el ventilador en la habitación, no andar por la calle semidesnudo en la noche, a pesar de que el clima lo permite y muchos lugareños lo hacen.

Hablando del clima: hoy es el primer día en que no ha llovido nada. Cielo más bien nublado, algo, poco de brisa y calor, pero soportable. Físicamente he llevado muy bien el pedaleo. Espero que sea un buen presagio para la caminata.

Quizá hablo demasiado de esa caminata, pero es que me pasa un poco como el año pasado con el Kilimanjaro. Me da un poco de aprensión e incluso de miedo. Voy yo solo por fin, bien acompañado por dos guías locales indígenas que conocen la zona y la selva perfectamente. Pero enfrentarse a la naturaleza virgen y salvaje es algo que siempre impone a los que vivimos en una naturaleza domesticada. Y más cuando se trata de la selva tropical que a los europeos nos es especialmente extraña. Ya lo describiré más adelante: pero se trata de una serie de Reservas Indígenas y del Parque Nacional de la Amistad, fronterizo con Panamá, donde continúa el espacio protegido, y donde la virginidad natural, la ausencia de caminos, la imposibilidad de recibir ayuda en un corto plazo en caso de ser necesario, e incluso la presencia de contrabandistas y narcotraficantes, hace que esta experiencia se trate, y creo no exagerar con ello, de una auténtica aventura. La verdad, me hubiera gustado contar con más compañía en esta experiencia. Se supone que elegí Costa Rica por tratarse de un país asequible y civilizado, pero luego el gusanillo de la aventura me pudo al fin. Bueno, ya lo iré contando.

Pensé salir esta noche, pero no lo voy a hacer. Ante la dureza de lo que me espera voy a descansar bien. Y mañana espero tomármelo incluso con más calma que hoy, sin bicicleta, para empezar la aventura pasado mañana domingo. Un detalle curioso es que en este pueblo de Puerto Viejo mucha gente camina descalza, lo que me permite disfrutar de dos o tres días sin ponerme calzado en ningún momento, cosa que no es fácil de hacer en otras partes.

De todas formas es posible que me tenga que poner tapones para dormir. Aquí, por el clima, todo está abierto, y las voces, y la música que sale de los múltiples chiringuitos caribeños, hacen que el silencio sea un artículo que no está en venta. Ésta es una zona de reagee, y conserva algo del halo y del encanto de ese mundo, aunque muy domesticado. Una sola vez un colega me ha ofrecido marihuana, y a algún otro lo he visto durante el día con un peta. No parece que haya un consumo excesivo, pero también es verdad que como soy un pureta con una evidente pinta de señor mayor y respetable a pesar de mi desaliñado aspecto externo, pues es normal que no me ofrezcan muchos productos ni me inviten a fiestorros.

Bueno, me voy a dormir, cosa que hago en un hotel pequeño, frente al mar, el Maritza, que funciona como albergue juvenil (youth hostel), con una balconada hacia el mar desde la que escribo en este momento. Las instalaciones son muy básicas, y la habitación espartana: cama, una estantería y un ventilador y ventana con mosqutera que da a la calle. Servicios fuera de la habitación. Ducha más básica todavía con agua fría, por supuesto. Limpieza relativa. Claro que por siete euros que me cuesta, tampoco es fácil pedir mucho más. Peores sitios desde luego ha frecuentado este cuerpo. Como en san José, el hotel está semivacío. No sé muy bien por qué, pero esta noche se ven más mosquitos que las otras. Están en su salsa: calor, humedad, manglares, ríos y lagunas, vamos, un festín. Así que, a la habitación con el ventilador a todo motor.

Día 6 de Septiembre

Me levanto temprano. Hoy voy a estar todo el día en Puerto Viejo con actividad mínima. Empiezo curándome una pequeña heridita bajo el dedo meñique del pie. No parece tener importancia y espero que no será un gran incoveniente. Veremos. Tras un desayuno tranquilo en una soda (casa de comidas) frente al mar, dedico un par de horitas a la lectura en la terraza, o más bien en el corredor abierto del hotel. De nuevo a la casa de cambio para ir con colones suficientes a la travesía. En definitiva, tranquilidad. Aquí parece que la estación de lluvias no se lo está tomando demasiado en serio. Amanece casi despejado y el día apunta más caluroso que ayer. Bueno, pues no. En torno a las dos de la tarde tormenta y lluvia fuerte.

El resto de la mañana lo empleo en Atec, cerrando los últimos detalles de la excursión de mañana y consultando el correo electrónico. Envío un mensaje a Javier y Lili, unos amigos en Costa Calma, con los detalles de la caminata, y la dirección de correo de los organizadores. Caso de algún percance, siempre viene bien que alguien me pueda seguir el rastro. Comida en la soda de la mañana: pescado fresco y un batido de leche y piña. Todo sencillo. Todo un lujo. Ya en la tarde, duermo una siestita arrullado por el ruido de la lluvia al caer. Me quedo en la galería del hotel disfrutando de esa lluvia y leyendo otro rato.

A las dos horas, como casi siempre por aquí, cesa la lluvia. Son las cuatro de la tarde y aprovecho para dar un paseo por la playa. De frente y a mi derecha el mar, a la izquierda la Península de Cahuita, una punta verde que se interna en el Atlántico. No hace calor, suave brisa, nubes grises de color plomo, del mismo que el mar. El verde del monte suave, pálido y oscuro por la poca luz. Jirones de nubes entre el verde que allí son niebla. Nadie en la playa. La belleza de nuestro planeta una vez más ofrecida como un regalo. Guau.

Antes de salir, sentado en la galería del hotel, entablo conversación con tres chicos jóvenes norteamericanos, de Tejas. Creo que les extraña un poco verme solo. Les cuento mis planes inmediatos y uno de ellos, Hudson, me cuenta que quiere vivir un año en Costa Rica, y que quiere ver el mundo. Ojalá se cumplan sus sueños y deseos y no caiga como casi todo el mundo en la rutina. El gris es bello en las nubes, pero triste en las personas.

Se ve en el hotel y en la playa que es fin de semana. Muchos ticos disfrutándolo. Buen síntoma: hay clase media en este país y, por tanto, desarrollo. Un paseo y tras la cena charla en el hotel con los norteamericanos. Hablamos un poco de todo, de España, de Estados Unidos, de nuestros proyectos. Hablamos en español, en el que con dificultades se expresan. Me invitan a ir con ellos a una fiesta que hay por aquí cerca, pero ya es un poco tarde y no sé lo que me espera en los próximos días, así que, declino la invitación y a descansar.

Día 7 de Septiembre

Al fin llega el día de ponerse en marcha y, tras desayunar, a la parada de guaguas a esperar el primer bus que debo de tomar hoy para llegar al punto de encuentro con Zenón y Agapito, los guías. Hace el trayecto de media hora entre Puerto Viejo de Talamanca y Bri-Bri. Mientras espero la guagua me invade una sensación de desasosiego, de miedo, casi de angustia, y me apetece incluso abandonar la empresa. ¿Qué coño se me ha perdido a mí en la Cordillera de Talamanca? Me meto en una aventura que no sé si me va a superar. Soy un patoso, no sé si me va a dar vértigo, si me voy a agotar. No sé si con los guías voy a tener un buen rollo o me voy a encontrar solo. ¿Realmente me gustan estas cosas, o es que me empeño en que me tienen que gustar? Los aventureros de la naturaleza asumen los retos, gustan del vértigo, suben una montaña porque está ahí. Pero leche, yo soy más bien torpe, tengo el espíritu pero no las cualidades, y además cincuenta y dos años. Quizá lo que pasa es que tantos días de espera, han contribuido a que le dé demasiadas vueltas. Bueno, de todas formas no me voy a volver a atrás. Aunque parezca tonto, rezo un poquito, me encomiendo a Dios y ¡Adelante!

El primer tramo me lleva hasta Bri Bri, un pequeño pueblo con aires de frontera, y que efectivamente está junto al río Sixaola que marca la linde con Panamá. Recorrido corto, pero bellísimo: vegetación exuberante, alguna plantación de plátanos, y zona ya montañosa. Valles y montañas forman un decorado espléndido, que contribuyen a pacificar un poco mi desasosiego. A partir de aquí el ambiente cambia bastante. Voy a entrar en la Costa Rica profunda, en un sitio en el que oh milagro, no hay turistas. Tras una hora de espera, tomo un segundo bus con dirección a otro pueblo que se llama Suretka, a unos 25 kilómetros. En el autobús soy yo el único extranjero, y hay viajeros que al entrar te dan los buenos días y la mano. Es verdad que los sitios en que la vida es más dura, hacen que la gente se ayude más y sea más solidaria.

Nada más arrancar termina el asfalto, y la pista, en no muy mal estado para lo que se ve por ahí, se adentra en el purito bosque tropical. De vez en cuando casas construidas en madera y tejados en general de lata, elevadas como palafitos para tener lugar para el ganado, y evitar visitas molestas de culebras y demás vecinos de la zona. Son viviendas sencillas, pero no hay sensación de miseria. El bus nos deja en las orillas de un río, el Teliré. Hay que cruzarlo en una pequeña canoa, y en el otro lado caminar unos quinientos metros hasta una caseta donde tomaremos la última guagua del día hasta Amubri. Hay suerte y un camión nos para y nos deposita en media hora en mi destino motorizado final de hoy.

Desde que salimos de Bri Bri he entrado en la Reserva Indígena Bri Bri de Talamanca. Después, iniciaremos el pateo en la Reserva Indígena Cabecar de Talamanca. Los bri bri y los cabecar son de las pocas comunidades indígenas que perviven en Costa Rica. Me encuentro en el sistema de espacios naturales y antropológicos protegidos más grande de Costa Rica, que continúa al otro lado de la frontera, en Panamá, formando el parque Internacional de la Amistad. Zona de bosque tropical lluvioso muy bien conservada, y con nulo desarrollo turístico.

Bueno, pues en este pueblo y en “el camino que lleva a Coroma” se supone que he quedado con Zenón y Agapito. Nada más bajar del camión un señor con un machete me conduce a la casa que se encuentra primero: la de Agapito. El machete es parte de la indumentaria de los hombres en las zonas rurales, y tiene una gran importancia tanto para circular por los senderos como para limpiar los campos. Llego a la casa y están la mujer y sus hijos, supongo, niño y adolescentes respectivamente. Me dicen que si hemos quedado, pues que les espere en la casa que ya vendrán. Se trata, como muchas de las de por aquí, de una casa de madera con una especie de porche donde está la televisión, una banqueta y un par de hamacas colgadas e las vigas. La situación es un poco extraña. Nadie me dice una palabra, ni me pregunta nada, ni me ofrece agua. Me siento sin que nadie me invite a ello y aprovecho para escribir estas notas. Supongo que se tratará del proverbial mutismo de los pueblos indígenas latinoamericanos. La situación es un poco violenta. Es la una del mediodía. Voy a hacer tiempo leyendo el periódico, y si después no hay nada, volveré a preguntar. Se supone que hay que hacer las compras y prepararlo todo para la caminata.

Bueno, por fin aparece el tal Zenón. Estoy escribiendo esto la tarde del día ocho, después de un desastre total, así que quizá no exprese las cosas tal y como las percibí en ese momento. De entrada, el señor Zenón no me cae especialmente bien, y me da que el sentimiento es recíproco. Muy seco y con muy pocas explicaciones. Lo normal es que me contara un poco el plan que vamos a llevar, pero se lo tengo que sacar con sacatapas. Lo primero que hago, naturalmente, es pagar, y después distribuimos las cosas en tres lotes para las mochilas de las personas que vamos. Zenón viene, pero Agapito, que es su hermano, no. En su lugar viene el yerno de Zenón, cuyo nombre es Jesús. Hacemos la compra que en principio es para seis días, si bien en el contrato estaba estipulado que el pateo duraría entre siete y diez. Confié en el buen hacer de Zenón, y eso fue un craso error en dos sentidos: primero supuse que si él decía que en seis días se podía hacer es que no había problema. Y luego, anduve corto de reflejos porque la compra, para ahorrar peso, era muy escasa y poco variada para marchas de larga duración, lo cual podía a la larga pasar factura.

Esa misma tarde hacemos una “etapa prólogo” de hora y media desde el pueblo en que estamos hasta el que constituía el teórico punto de partida. Zenón desaparece a caballo y yo continúo con Jesús y con un sobrino de Zenón que se nos une. Aquí empiezan las dificultades. Es época de lluvias y los ríos bajan crecidos. Bueno, pues tenemos que atravesar por lo menos cinco, con el agua hasta más arriba de la cintura, la mochila y corriente fuerte. Lecho lleno de piedras, pies descalzos y botas al cuello. Ellos llevan botas de goma sin calcetines, como casi todo el mundo por aquí, que están perfectamente adaptadas, por ejemplo, al cruce a pie de ríos.

Al fin, prácticamente de noche, llegamos a la casa de Jesús, que está junto a la de Zenón, y de nuevo me dejan en el porche y se van. Absoluta falta de hospitalidad. Después comprobé que en estos grupos indígenas existe la misma costumbre que en muchos pueblos árabes: te quedas en la primera estancia de la casa, y no sólo no te presentan a la mujer, sino que ésta físicamente se esconde. Ante estas costumbres tan frecuentes en nuestro planeta, no me queda más remedio que decir que es lamentable y bárbaro. Menos mal que el sobrino que nos acompañaba se queda conmigo en el porche charlando de lo divino y de lo humano. Cada vez me convenzo más de la pureza de la adolescencia y primera juventud, a pesar de todo lo que se dice de ellos. A medida que nos vamos haciendo adultos vamos siendo más retorcidos, menos espontáneos, y, como además mandamos más, vamos jodiendo el mundo. Al menos en general.

Ante mi estupor, pasa el tiempo y allí no se cena. Debo de añadir que cuando llegué a la casa primera, desde el bus, a las 12.20 horas, tampoco tuvo nadir la delicadeza de preguntarme si había almorzado. Entre bromas y veras comento que cenar me parece una costumbre civilizada que sería interesante no perder. Al final me hacen pasar a la cabaña de Zenón donde me sirven la cena a base de arroz con arroz como es normal. Duermo allí mismo, sin que por supuesto nadie me invite a pasar al interior de la casa, donde está la sacrosanta mujer y un niño chico por los lloros que se oyen. He de decir que la única estancia en la que estoy es una amplia, ciertamente cubierta, que sirve de secadero de ropa.

Pronto a dormir ya que al día siguiente nos levantamos a las tres de la mañana para empezar a caminar hacia las cuatro en la primera etapa entre Coroma, que es donde estamos, y una pequeña aldea situada en el quinto coño llamada San José de Cabecar. Y efectivamente, está a doce horas andando desde donde nos encontramos. Nuevamente comento la estupidez de no pedir un plan detallado de lo que vamos a hacer al día siguiente, y que necesariamente pasará factura y precipitará las cosas, como veremos después. Así que, a dormir.

Día 08 de Septiembre

Como estaba previsto, salimos a las cuatro de la mañana, después de un estupendo y energético desayuno consistente en un café negro aguachinado y, adivínenlo, arroz blanco con un trocito de salchichón.

Las dos o tres primeras horas transcurren por un camino razonable ya que se trata de una zona en la que hay bastantes viviendas. Huelga decir que ya en el pueblo del que hemos partido y en todas estas casas no hay luz eléctrica ni teléfono, y que las condiciones de vida son muy precarias. Estamos en la otra Costa Rica. Son reservas indígenas, pero en cualquier caso es el subdesarrollo. Más adelante reflexionaré un poco sobre este tema. Hoy tengo bastante con estos acontecimientos.

El camino pronto se hace muy duro. En teoría seguimos río arriba la ribera del río Cohén, hasta cerca de su cabecera, para desde allí llegar a la divisoria continental. Pero el “camino” tiene un trazado infernal a `pesar de que es el único que puede ser utilizado por algunas comunidades pequeñas situadas junto al río para acceder a la “civilización”. Tenemos que cruzarlo una y otra vez, el río, con el agua hasta la cintura, como antes. Tiene por lo menos treinta metros de ancho, con lo cual, descalzo provoca un destrozo de pies que puede ser un serio problema. Los guías no lo tienen por las botas de agua a que hemos aludido. Así que tomo la decisión, que no sé que tal saldrá, de cruzar el río con las botas y los calcetines puestos, además de ajustarme los guetres que algo ayudarán. El riesgo es que al caminar con las botas y los calcetines empapados, si aparecen rozaduras y ampollas la cosa puede ser patética. El camino, cuando no consiste en cruzar el río va siguiendo su margen más o menos pero con continuas subidas y bajadas dentro de la selva, con barro, tramos casi verticales y muy escurridizos. Hay que poner la mano en la maleza para no caer, porque no hay que olvidar que vamos muy cargados, con el riesgo de que en esa maleza haya algún residente no deseado. Esto en medio de un continuo sudor a chorros que se me mete en los ojos y me empaña las gafas. Mis acompañantes, bien adaptados a la zona y sin un gramo de grasa, apenas sudan.

Menos mal que no hay, al menos en teoría, problemas de agua. La cantimplora la relleno directamente del río grande, que baja marrón por la tierra, o de arroyos más claros que salen por los laterales. Asimismo, desde ayer, en las chozas en que estuve, bebo tal cual el agua que me sirven, sin saber muy bien de donde viene, o sea, hago exactamente lo contrario de lo que se supone que se debe de hacer cuando uno está por los trópicos. Todo esto sin haber comido el día anterior y con una muy deficiente alimentación.

El paisaje, de vez en cuando, es espectacular: la cordillera, cascadas, pájaros... Pero realmente no lo disfruto. El agotamiento va haciendo mella, y cuando llevo siete horas estoy al límite. No doy un paso a derechas, me fallan las fuerzas, cada paso es una tortura y además, como me suele pasar en estos casos, me voy poniendo nervioso y cabreándome.

El guía tiene una actitud absolutamente negativa. Ni una sonrisa, ni una palabra de ánimo, se limita a ir indicando el camino, empleando el machete en muchas ocasiones, y hablando a veces con su yerno en la lengua bri bri. Camina y de vez en cuando se tumba a esperar que llegue el estúpido paquete que le ha tocado y que soy yo, acompañado por el yerno, que hace el chaval lo que puede.

Decido que es suicida seguir las doce horas previstas, y ordeno acampar en el primer sitio que podamos y replantear la excursión. Lo hacemos efectivamente, y mientras Zenón corta unas ramas para hacer un chamizo sobre el que colocaremos unos plásticos que nos servirán de tienda, yo charlo con Jesús. Le cuento que me parece indignante, que la excursión la han montado en función de sus necesidades y no de las del cliente: pocos días porque así cobran lo mismo y están antes en casa, parada el primer día a doce horas de camino porque así saludan a los colegas, total falta de solidaridad que es inaudita en la montaña, y mucho más cuando ésta es dura. Presunta “profesionalidad” que consiste en mantener las distancias y en soportar malamente el “paquete” que les ha tocado. Naturalmente le digo que si sólo son “`profesionales”, y no compañeros de camino, pues a cumplir el contrato, que habla de siete a diez días y no de seis. Pero no llevamos comida suficiente, con lo cual estoy atrapado. Mientras hablo con Jesús me pongo a punto de llorar de rabia e impotencia. Decido hablar todo esto con Zenón, aunque no me apetece en absoluto. Hay que ver como reacciona y replantear el tema: seguir, pero más días, viendo que hacemos con la comida; retornar y suspender la excursión y ya veremos que pasa con el dinero que he pagado (500 dólares); o hacer ruta alternativa.

Paso la tarde en donde acampamos y Zenón desaparece todo el rato, lo cual me indigna todavía más. A la hora de escribir estas letras todavía no volvió. El paraje, a orillas del río, y con la vegetación selvática cayendo sobre sus riberas es excepcional. Lástima no poder disfrutarlo por la situación.

Hablando de otra cosa, el invento de las botas para pasar ríos durante esta jornada ha resultado, y lo del agua pues parece que por el momento no es un problema. Ahora mismo he levantado la cabeza y descubro a Zenón tumbado. Estoy tan nervioso que no sé si estaba allí y no le he visto, o si acaba de llegar y tampoco le he visto. Por cierto, algo ha funcionado: día espléndido en que no ha caído la tormenta vespertina de rigor.

A la caída de la tarde aparece de no se sabe dónde un chaval que va de visita a una casa que se supone que queda por los alrededores. Se baña en el río con jabón, y sigue adelante. Después, y antes de cenar, hablo con Zenón y Jesús en los términos en que ya lo había hecho sólo con Jesús. Resultado nulo: se excusa y se queda realmente cortado. Le pregunto por su opinión sobre lo que tenemos que hacer y él sugiere que regresemos al día siguiente, porque con el ambiente que se ha creado le parece muy difícil seguir. Lo pienso un poco y no estoy de acuerdo. Tendría que pelearme en Puerto Viejo para que me devolvieran el dinero, y seguir perdiendo días, a lo que no estoy dispuesto. Así que decido que hagamos una ruta alternativa, en que en lugar de nueve horas de caminar al día, lo hagamos entre cinco y siete y que cumplamos al menos los seis días.

Dormimos prácticamente al raso en mitad de la selva: un plástico abajo y otro arriba por si llueve y ya está. En este sentido sigue todo de lo más asilvestrado. Tras una buena noche y ya más calmado, amanece el día siguiente. Digo que ya más calmado, porque a lo hecho pecho. Me da una rabia enorme no hacer la transcontinental, pero eso no quiere decir que no vaya a disfrutar estos días. Advierto a mis acompañantes que vamos a intentar como mal menor ser profesionales y educados estos días.

Día 09 de Septiembre

Nos levantamos como hacemos todos los días a las 5.30 de la madrugada con idea de salir a las siete. Desayuno frugal con intento de que sea energético: arroz con salchichón frito y un vaso de Tang de naranja. Es curioso, cuando hay escasez, hasta una bazofia como Tang sabe estupenda. Por cierto, durante el desayuno y al empacar las cosas, decenas de tábanos no dejan de revolotear, afortunadamente sin intenciones agresivas. Hoy seguimos un camino similar paisajísticamente hablando al de ayer y supongo que al de los próximos días. De nuevo entrar y salir de ríos y subidas y bajadas, eso sí, más suaves y a ritmo más tranquilo que ayer. La diferencia es que vamos por zona menos transitada y Zenón se tiene que emplear a fondo con el machete para despejar el camino y en ocasiones para abrirlo directamente. El ambiente, agradable y correcto. El día, bueno como los anteriores. La caminata, en líenea con lo que les había dicho: cinco horas con paradas para disfrutar del paisaje o contemplar una flor. Por el camino recogemos una especie de plátanos pero que son otra fruta que tomaremos con la pasta del mediodía. Menos mal, porque la fruta no figura en nuestra dieta estos días, así que algo es algo.

Llegamos al lugar de acampada temprano, montamos el artilugio, y a pasar la tarde. Primero me doy un baño vestido con pantalón y camiseta. Como llevo las mismas prendas toda la excursión, las lavo así y las dejo secar, haciendo mi cuerpo de secadora. Suena un poco cutre, pero en las condiciones en que vamos, si no se hace así, a los dos días estaría todo igual. Comida frugal y baño en el río. Sólo entonces me pongo la camiseta limpia que es la que uso hasta la hora dormir.

Zenón consigue pescar un pequeño pez. Hay que tener en cuenta que no llevamos ni fruta, ni huevos, ni carne ni pescado. Pero me da que un pescado del tamaño de una trucha pocas proteínas nos va a aportar a los tres. Amistosa charla con Jesús sobre las posibilidades del turismo rural y de naturaleza en zonas como ésta de la Cordillera de Talamanca

Estoy contento con la excursión, es desde luego aventurera, pero no me llega hondo ni me emociona. La frustración del primer día sigue pasando factura. Observo otra cosa un poco extraña: no vemos casi ni aves, tan abundantes por estos pagos, ni otros animales en teoría tan fáciles de ver como los monos. No sé por qué será, porque la zona está prácticamente deshabitada, y la vegetación es muy densa. Otra cuestión: esta vez me traje una pequeña cámara de fotos. Me sigue dando una pereza enorme utilizarla. Me parece que luego es bonito verlas y tenerlas de recuerdo, pero no tiene nada que ver el resultado final con la realidad de verdad. Así que les he dejado la cámara a los guías para que hagan las fotos que quieran. De forma que sacan los paisajes que les gustan, a lo mejor para hacer después publicidad. Yo solo he salido hasta ahora en una, pero en realidad me da igual.

Son casi las cinco. Dentro de una hora cenaremos así que voy a aprovechar para leer un poco, en concreto “Poirot en Egipto” de Agatha Christie, que es el que me estoy trajinando de momento en este viaje, en el que por cierto estoy encontrando menos ocasiones para hacerlo que en otros.

Tras la cena un espléndido regalo: junto al río en el que acampamos y detrás del bosque, aparece una preciosa luna llena, bueno casi porque es llena mañana; hacía tiempo que no la veía tan guapa ni tan brillante, lo cual es más raro teniendo en cuenta la humedad que hay. La contemplamos los tres un buen rato. Zenón dibuja unos objetos estelares en una piedra con otra que deja su rastro. Ya lo ha hecho en muchas ocasiones. Algo de artista tiene. Recuerdo otra luna llena en el último septiembre, justo hace un año, en la cima del Kilimanjaro, y solo se me ocurre dar gracias a la vida por la belleza y porque nos depara momentos como estos. Descansemos porque parece que mañana hay una dura jornada.

Día 10 de Septiembre

Jornada extenuante y durísima. Ocho horas de caminata, de las cuales casi siete de subida ininterrumpida. La verdad es que la subida es indescriptible, hay que vivirla. Para empezar no hay camino en absoluto. Hay que ir abriéndolo con el machete, y además los guías no lo conocen muy bien, y ya se sabe que en esta selva una equivocación significa una cuesta más. El desnivel es tremebundo, rozando en muchas ocasiones la vertical, todo es puro barro por lo que fácilmente das un paso para adelante y dos para atrás, con peligro continuo de perder el equilibrio y rodar ladera abajo. Cuando tratas de amarrar una rama para ayudarte en la subida, caben tres posibilidades ordinarias y una excepcional. Las tres posibilidades ordinarias son: que la rama esté medio podrida y se rompa al agarrarte a ella; que esté llena de pequeños pinchos invisibles que se te clavan en la mano; y que esté habitada por voraces hormigas que se abalanzan sobre tu mano a pegarte picotazos. La posibilidad extraordinaria es que sea una rama normal y te ayude a subir. Además el suelo es un auténtico compendio de cosas que pueden terminar de completar la tortura: ramas caídas y entrelazadas que te sujetan el pie, pequeñas lianas que te parece que se rompen con un leve tirón, pero de increíble resistencia, que hacen que caigas directamente sobre el barro, hoyos escondidos entre las hojas... Esto, junto con el clima, provoca que sude como un pollo, con lo cual las gotas de sudor empañan las gafas, con la incomodidad que ello conlleva. De manera que se tiene una sensación continuada de agobio y agotamiento que hace que la marcha sea francamente penosa.

Y además, me encuentro como un perfecto gilipollas: nada de esto parece pasarles a mis acompañantes. Suben como si tal cosa, no sudan, y yo creo que ni tropiezan. Sé que ellos están adaptados y que yo soy torpe, pero nunca pensé que estuvieran tan adaptados ni me sentí tan torpe. Un último detalle: normalmente te acompaña en el recorrido un pequeño enjambre de tábanos y otros insectos con evidentes intenciones y así durante horas.

Es agobiante, pero también un privilegio ver y sentir en directo un bosque lluvioso; todo eso que son incomodidades me indican que estoy hollando un bosque lluvioso virgen, sin caminos y en perfecto equilibrio. Toda la riqueza biológica que hay está entrelazada y vinculada íntimamente. Todas esas varas y árboles caídos que molestan son los que hablan del equilibrio del bosque: las plantas viejas o más débiles caen, se convierten en hogar de otros seres, y enriquecen el suelo que a su vez, con ese humus alimenta al resto del bosque. En el momento de pasarlo mal quiero desaparecer de aquí, pero inmediatamente que me siento en la “tienda” y descanso, pienso en el privilegio que es sentir en mi piel este ecosistema, y en que estoy seguro que voy a salir de ésta, por cierto si salgo, amando todavía más este planeta tan rico y tan hermoso que es nuestro hogar en el universo, y que voy a seguir tratando de poner mi granito de arena para conservarlo.

Cuando todavía no hemos terminado de subir la pendiente, surge un nuevo y grave problema: íbamos a subir a lo alto del cerro y a dormir arriba en la seguridad de que no habría problema con el agua. Pues bien, el agua no aparece y la situación empieza a hacerse angustiosa. (Paréntesis: en el momento en que esto escribo, al anochecer del día doce, estoy siendo arrullado por el canto de un tucán). Con lo que sudo necesito beber al menos cuatro litros diarios, y la cantimplora que llevo comienza a escasear. Empiezo a racionar el agua y definitivamente no encontramos más. Es increíble la irresponsabilidad del guía Zenón. Supongo que él, y su acompañante, tienen capacidad de salir del apuro bajando corriendo a por agua donde sea, pero no parecen en absoluto conscientes del riesgo que puede correr una persona no habituada.

Ante la situación, comenzamos a bajar en busca del agua, pero la noche se empieza a echar encima y no hay más remedio que montar el campamento. No he comentado que durante el camino vamos encontrando huellas de tapir, y durante un buen trecho seguimos las huellas claras y recientes del jaguar, el tigre americano. En realidad, las trochas que seguimos casi siempre han sido holladas por estos grandes animales en su deambular por el bosque. Es maravilloso saber que estás caminando al lado de uno de esos felinos míticos, pero también se puede pasar mal. En un momento dado, Zenón y Jesús creen poder encontrar agua un poco más abajo y van en su búsqueda, dejándome sólo durante quince o veinte minutos que parecen una eternidad. Hacía tiempo que no lo pasaba tan mal, y creo que sentí realmente pánico. La posibilidad de que les ocurriera algo al bajar, y por consiguiente de quedarme sólo en la selva, me produjo una situación angustiosa. Estoy casi seguro de que yo sólo no habría podido salir de aquél laberinto. Si a esto se le une el miedo a que apareciera el cercano tigre, se puede entender lo que sentí en aquél momento: pánico, impotencia, parálisis, aceleración del corazón, maldiciones a media voz, todo a la vez. Muy fuerte. Obviamente, volvieron. Decía que decidimos montar el campamento porque la noche se nos echaba encima. El campamento, la verdad, es que es rústico pero muy bonito. Se busca una de las escasas zonas en que la vegetación no lo inunda todo, se aclara con el machete, se cortan unos palos, y se coloca un gran plástico negro como tejado y otro como suelo. En principio cualquier bicho puede entrar y salir a su antojo pero normalmente respetan a las personas. Todos menos los tábanos. Al anochecer y al amanecer decenas de ellos runrunean constantemente alrededor, poniendo seriamente a prueba los nervios y consiguiendo romperlos en ocasiones.

Nos disponemos a dormir y a guardar energías para el día siguiente. Tenemos un cuarto de litro de agua para los tres, no podemos por tanto cocinar, y tampoco podemos comer unas galletas hediondas que llevamos que dan más sed. Una vez tendidos, el azar se alía con nosotros: comienza a llover, y el agua a escurrir por el plástico, con lo cual conseguimos cenar y, primero de todo, tomar un café que nos sabe a gloria.

Después de eso a descansar entre los rumores del bosque y a esperar loque nos depare mañana.

Día 11 de Septiembre

Este día en principio promete ser un poco menos duro, porque se supone que vamos a bajar todo el rato hacia un río donde acamparemos y podremos por fin aprovisionarnos de agua. Pero como sabemos, no hay bajadas ni subidas puras. Siempre es un continuo subir y bajar. El día transcurre como siempre. Disfrutando de la joya natural que estoy recorriendo y sufriendo lo indecible por las condiciones.

Paréntesis. Escribo estas líneas finalizada la excursión, ya en Amubri, esperando el primer autobús que me devolverá a San José. Y charlando con un chaval de aquí me cuenta de la última vez que acompañó a un extranjero en la travesía de Talamanca: era un holandés, eran cinco personas con él, tardaron diez días y antes de llegar no quería continuar porque estaba destrozado. ¡Y estos querían que lo hiciéramos tres personas y en solo seis días!

Volviendo a lo anterior, la bajada final al río en que tenemos que acampar se hace tremenda: superembarrada, casi vertical, y con el agotamiento de cinco horas anteriores de marcha. Al fin llegamos al río, a un paraje de ensueño. Desembocamos justo donde confluyen dos pequeñ

Día 15 de Septiembre

Día de descanso y recuperación en el albergue. Lavado de ropa, algunas compras en la pulpería, que está abierta, buena alimentación y preparación de la siguiente etapa. Ya he reservado el Trinidad Lodge, un hotelito que tiene muy buena pinta en el noreste del país, en la ribera del río San Juan que es frontera con Nicaragua y que tuve ocasión de surcar en la visita a este último país. Allí espero descansar unos días y hacer algún recorrido en canoa. Para llegar hora y media de bus hasta Puerto Viejo de Sarapiquí, y tres horas de barco por el río de este mismo nombre hasta su confluencia con San Juan, donde se halla Trinidad.

Bueno, a un placer cotidiano siempre que es posible: leer el periódico. Hoy es la Fiesta Nacional de Costa Rica, 182 años de independencia. Tras una horita botado en una hamaca colgante voy a comer. Hoy estoy todo el día como cansado y atontado. Todavía es evidente que no me he recuperado de la paliza de estos días. Hago la comida en un restaurante cercano de comida típica tica que está repleto. Es festivo y la calle está vacía, pero el gusto por la buena mesa también está en este país, como entre nosotros.

De vuelta al albergue, dedico la tarde a la lectura en el primer rato largo en que disfruto de ella en el viaje. Termino “Poirot en Egipto” y comienzo la segunda novela de Agatha Christie que viene en el mismo volumen: “Cita con la muerte”. Como de costumbre, los acontecimientos suceden en lugares exóticos, en este caso Petra, en el contexto de un viaje y entre gente de clase acomodada. La escritora, un clásico del género, no deja de tratar de penetrar en el mundo complejo de las relaciones interpersonales, de las personas, de la continua presencia de nuestras contradicciones que hacen que tantas veces el amor y la muerte, el deseo y la repulsión, se encuentren tan cerca. Esta mujer trata estos temas con un distanciamiento aparente muy británico, quizá manifestado en el cierto cinismo y complejo de superioridad de Poirot, pero creo que en el fondo hay una perspectiva ética un poco contradictoria: los personajes que salen indemnes, que mantienen los principios, lo hacen a fuerza de no implicarse demasiado en ese mundo de pasiones que es la vida misma. ¿Debe de ser así? Posiblemente no hay respuesta.

El albergue está bastante vacío y no es fácil pues comunicarse con nadie. Esta tarde estaba pensando si no debo de replantearme estar tan desubicado. En estos albergues el ambiente es lógicamente juvenil, y es evidente que, al menos en un primer momento que es el único que suele existir en los viajes, se hacen muy difíciles los encuentros.. Mientras pienso esto sale un señor más mayor que yo, creo, con intentos evidentes de entablar conversación: pero surge el eterno problema, y es que solamente nos podríamos entender en inglés, como lo hace el 80% de los trotamundos. Mi desconocimiento de esta lengua es un enorme inconveniente que corta de raíz encuentros y enriquecimientos humanos en mis viajes. La verdad es que en Pájara no tengo nada fácil aprenderlo, pero es una cuestión que me debo de platear en serio de una vez, y no sólo acordarme de santa Bárbara cuando truena.

Por cierto, he visto las Noticias de Antena 3 de las nueve cuando aquí era la una del mediodía. Nada nuevo bajo el sol. Bueno, mañana, después de San José-Puero Viejo y Talamanca, empieza la tercera parte de este viaje. A ver qué tal.

Día 16 de Septiembre

De nuevo a la terminal del Caribe a tomar la guagua que me llevará en algo menos de dos horas a Puerto Vieja de Sarapiquí. Salimos por la ruta que va a Limón y, tras atravesar de nuevo el espléndido bosque nuboso que constituye el Parque Nacional Braulio Carrillo, giramos hacia el norte. El paisaje es sumamente agradable y está muy humanizado. Siempre verde, es una sucesión de fincas no muy grandes con su casa, y dedicadas al cultivo o a pastizales de ganado vacuno. En esta guagua no viajan turistas, y a la zona a la que voy, con pocos me voy a encontrar.

Llego a Puerto Viejo. Se nota que estamos en la llanura norteña y que hemos dejado atrás los 1150 metros de altitud de San José, donde estos días hacía bastante fresco. Aquí se vuelve a sentir el calor tropical. Todos estos días seguimos con el clima típico: soleado por las mañanas y lluvias, generalmente fuertes, por las tardes. El pueblo se encuentra a orillas del río Sarapiquí. La misma sensación de vida sencilla y tranquila, mucho comercio, y un aroma de autenticidad que se encuentra en todos los sitios que no están invadidos por el turismo y conservan su identidad. En tiempos, este pueblo fue un importante centro comercial. Siguiendo el Sarapiquí y después el Río San Juan, se salía al Océano Atlántico. El muelle donde tomaré el barco hasta Trinidad es un mero embarcadero con unos pequeños accesos de madera y una soda que está cerrada, a las afueras del pueblo. Unas ocho lanchas de madera, preparadas para llevar viajeros y probablemente turistas, permanecen amarradas.

Por cierto, sigo sin recuperar mi tono vital. Me encuentro como convaleciendo de una enfermedad, con cierto atontamiento. Arrancamos como a las 12.30 del mediodía, mientras comienzan las lluvias de la tarde. El bote de transporte público es una pequeña embarcación de madera, cuyos asientos son tablas transversales y con capacidad para dieciocho personas. Suelo plano, para poder navegar con poca y mucho agua. Se llama “Torito”. Vamos nueve viajeros, todos menos yo trabajadores de la zona. El barquero es bastante mayor y viaja con nosotros un agricultor o ganadero también mayor. Me llama la atención lo curtido de sus cuerpos. Los brazos del barquero tienen los músculos perfectamente marcados y las manos del señor mayor son imponentes: gruesas, sólidas, firmes... Años de duro trabajo se reflejan en ellas. Solo puedo sentir un inmenso respeto para tanta gente en el mundo que trabaja duro, que produce lo que nos comemos, que gana poco, y que sin embargo tiene una alegría de vivir que para sí quisiéramos muchos. El abuelo se pasa el viaje charlando amistosamente con una pasajera y contando viejas historias sobre sus correrías con el aguardiente.

Vamos río abajo hacia la confluencia con el San Juan, encajonados en un pequeño talud. Se ve que lo que antiguamente fue bosque tropical, hoy es una sucesión de fincas bananeras y ganaderas, que en ocasiones incluso han acabado con la vegetación de ribera, llegando hasta la misma. De vez en cuando se ven unas entradas más preparadas con aspecto de ser accesos a instalaciones turísticas. Escribo en la misma barca. Nos hemos cruzado con dos lanchas llenas de turistas que, cómo no, aprovechan para fotografiarnos como posesos. Más adelante haré consideraciones sobre las fotos que no puedo hacer y sobre el impacto ecológico de los bananeros.

El cielo es una obra de arte: ha dejado de llover, nubes con todos los tonos del gris y de todas las espesuras posibles forman un mosaico que no te cansas de mirar.

Estamos acercándonos a la frontera nicaragüense. Dada la enorme diferencia de desarrollo económico de Nicaragua y Costa Rica, la inmigración de los nicas hacia este país es muy grande. Son residentes legales más de 250.000, es decir, el 5% de la población total costarricense, y la inmigración clandestina es muy grande. Estamos en zona de paso, y esta situación provoca fricciones entre ambos países pero es inevitable: aquí como en todas partes, las personas buscamos ir donde pensamos que podemos encontrar una vida mejor, y sobre todo con horizontes y esperanza.

Al cabo de unas dos horas, el bote me desembarca en el Hotel Cabinas Trinidad. Está situado exactamente en la margen derecha del Río Sarapiquí, en la misma esquina en que confluye con el Río San Juan. El lugar es realmente de ensueño. Me recuerda a algún que otro hotel, sencillo pero privilegiado, como aquél en que estuvimos en la reserva de Periyar, en la India. Un edificio grande que es vivienda y pulpería. Detrás un comedor en forma de choza redonda. Luego, alineadas frente al río, a unos veinte metros de él, seis cabinas o pequeñas cabañas, con tres camas y baño completo cada una. De frente, un pequeño jardín y la confluencia de los ríos. Pegadito al río un cobertizo que protege del sol y de la lluvia, alberga unas hamacas colgadas de los árboles para tumbarse a contemplar sin más. Todo lo que se ve enfrente es territorio nicaragúense, un bosque lluvioso absolutamente virgen que se extuiende por toda la vertiente atlántica de Nicaragua. Río abajo, entraríamos en el lado tico en la Reserva de Fauna Silvestre de Barra del Colorado, que por el sur se une con el Parque Nacional de Tortuguero.

Está en proyecto la creación de un Parque internacional a ambos lados del río llamado “Sí a Paz”. Sería una iniciativa formidable. Hay que tener en cuenta que, hasta hace pocos años, y debido a la guerra civil entre sandinistas y contras esto era una zona turbulenta. Paradójicamente, ellos contribuyó a su mejor conservación. Como curiosidad, la frontera entre los dos países no pasa por el centro del río como sería lo habitual. Todo el río es nica, y Costa Rica empieza en su propia ribera. A cada lado del río se ven asimismo los puestos de inmigración de ambos países. Es posible desde aquí adentrase en Nicaragua, pero teniendo en cuenta que el transporte por el San Juan es muy irregular.

Me voy a quedar aquí relajado por lo menos dos días completos. El precio de la habitación para uno sólo es de 7.5 euros. La pensión completa no pasa de los 20 euros diarios. Naturalmente, aunque el hotel tiene veinte plazas, soy el único huésped. Así que, todo para mí. Ventajas o inconvenientes, según cada cual, de la temporada baja.

Por cierto, antes decía que iba a hacer unas consideraciones sobre las fotos. La máquina se estropea continuamente, y en este momento no hay manera de hacerla arrancar. Si a esto le sumo el colgante del podomorfo que desapareció, los 300 euros que siguieron el mismo camino, y los prismáticos que según Jesús el guía se dejó olvidados en el monte, y según yo se quedó directamente, se comprobará que, desde el punto de vista material este viaje está siendo un poco ruinoso. En fin, solamente son cosas.

También quería hacer un comentario sobre el cultivo del banano: transcribo literalmente una nota al respecto encontrada en la primera edición en español de la guía Lonely Planet de Costa Rica: “Durante décadas se ha criticado a las compañías plataneras por causar serios daños: se han sustituido los bosques lluviosos por plantaciones, ensuciado y atascado los arroyos y los ríos con los sacos, contaminando con insecticidas y fungicidas, y causando daños a la salud, incluso esterilidad a miles de trabajadores. Estos problemas han sido ignorados durante mucho tiempo debido a que las plantaciones proporcionan vivienda y salarios a los trabajadores, siendo los plátanos la principal fuente de ingresos extranjeros junto con el café. Sin embargo, poco a poco se están considerando los aspectos medioambientales y de salud. Aunque el daño ocasionado sea difícil de revertir, últimamente se están desarrollando acciones para minimizar la futura polución, degradación y enfermedades, que aunque en su mayor parte son insuficientes y tardías, son mejor que nada”.

Tarde tranquila y lluviosa esperando la cena. Estamos en la Provincia de Heredia. Cena casera y charla con uno de los hijos de la señora que regenta el hotel sobre los problemas que se crean en la conservación de espacios naturales cuando chocan con los intereses personales y vitales de las gentes que viven de la tierra. Problema universal.

Día 17 de Septiembre

Noche un poco incómoda. Tengo el estómago un poco revuelto y he tenido algunas arcadas bastante molestas. Duermo acompañado por los gritos de los cercanos monos aulladores. Me levanto y afortunadamente el servicio es bueno, y en lugar del gallopinto, desayuno fruta y unos huevos revueltos. Antes de desayunar, sentado un momento a la puerta de la cabina, un colibrí de color azul metálico y oscuro pasa libando de flor en flor.

Después, doy un paseo de una hora por las riberas y campos de los alrededores, y consigo ver en los árboles a unos cuantos monos carablanca. Me acompaña como guía un joven inmigrante nicaragüense sin papeles que trabaja en el hotel. Sólo lleva un mes y está yo creo y por lo que me cuenta, en plena depre. Me suena, porque sus sentimientos son muy parecidos a los que yo tuve cuando llegué a Fuerteventura: desarraigo, soledad, dar vueltas a las cosas en la cabeza, precariedad laboral... Como el negocio del hotel no va muy boyante le renuevan de mes en mes. Me cuenta que se está pensando si seguir aquí o ir con su madre a la zafra del café, también en Costa Rica, que dura al menos seis meses y en que el ambiente es más fácil: compañerismo, relaciones...

¡Qué distintos somos, y sin embargo que cerca estamos unos de otros en nuestros problemas vitales! Una vez más descubro que viajar me ayuda a reforzar los lazos de solidaridad con toda la gente. Nos despedimos deseándonos buena suerte y con un sincero apretón de manos.

Tras charlar un rato después con la señora que lleva el hotel, que también me cuenta sus problemas para sacarlo adelante y un poquito de su situación familiar, me voy derecho a la hamaca a reposar y a leer un rato. Durante la tarde termino de leer el libro de Agatha Cristhie y comienzo “Un mundo para Julius” de Alfredo Bryce Echenique. No he leído hasta ahora nada de este autor. Veremos. El nica de la mañana me ofrece una pipa (especie de coco) que corta del árbol, y yo le ofrezco por mi parte el ron Flor de Caña que me estoy tomando. Compartimos sonrisas. Siempre me pasa igual. Me siento más cerca de esta gente sencilla y con nobleza que de los de mi “clase” o estilo, lo cual realmente no me favorece porque esta falta de sintonía con los “míos” naturales me aisla a veces más de lo deseable.

Por lo demás, a última hora decido no ascender el cerro Chirripó, el más alto de Costa Rica. El tiempo está muy revuelto e inestable, todavía me noto algo cansado, y no me apetece acometer otra empresa que puede ser dura yo solo o acompañado por un guía que siempre es una lotería.

Termino con una buena cena a base de gambones un día en el que por cierto no ha llovido.

Día 18 de Septiembre

Me levanto temprano y tras un buen desayuno a base que queso y fruta, emprendo con el hijo de la dueña una excursión a pie por el bosque lluvioso ribereño del río San Juan. Camino bien acondicionado y cómodo. El bosque es menos denso que el de la Cordillera de Talamanca, ya que se trata de una zona menos húmeda. Avistamos huellas de tapir, y monos carablanca y araña. Veo también una preciosa rana negra y verde intenso. Esta intensidad del color suele anunciar a otros animales que es venenosa y por consiguiente es mejor dejarla en paz.

Por el camino, el guía me cuenta que quiere terminar secundaria y hacer una carrera corta, y de las enormes dificultades que existen en estas regiones remotas para cumplir esos propósitos. La totalidad de los chicos y chicas de esta zona terminan primaria y no siguen estudiando, pasando a integrase en los negocios o fincas familiares. ¡Qué diferencia con nuestras zonas rurales! Por muy aisladas que estén siempre hay una carretera y un transporte escolar que permite que el que quiera seguir estudiando lo pueda hacer. Me sugiere que vuelva a San José pasando por Fortuna, junto al volcán Arenal. Me lo voy a pensar. Es un volcán que lleva treinta años activo y que hace unos diez o quince días tuvo una erupción significativa. Así que, efectivamente, mañana a Arenal y después seguramente a Monteverde.

Tarde tranquila de lectura que termina como casi siempre en tormenta y lluvia. Escucho en la radio “Let it be”: emoción por los recuerdos y evocaciones que me trae. A descansar temprano: el bote a Puerto Viejo sale a las cinco de la mañana.

Día 19 de septiembre

Tras un te y unas galletitas, a las cinco de la mañana vuelvo a tomar el bote camino de Puerto Viejo. Recorrido tranquilo, con la neblina que casi siempre se forma al amanecer en los ríos de las zonas tropicales. Al poco rato de llegar enlazo con el primer bus del día que me ha de llevar a San Carlos, también llamado Ciudad Quesada. Son dos horas de trayecto, la primera mitad por terreno llano, y la segunda `por un precioso paisaje de colinas que constituyen las estribaciones orientales de la cordillera de Tilarán. Todo el recorrido está bastante poblado, con una continua sucesión de fincas cultivadas, prados y pequeñas o medianas viviendas unifamiliares. Se sigue viendo un nivel de vida aceptable, y, además, supongo que las habrá, pero desde que estoy en este país no he visto ningún poblado de chabolas. Alguna casucha de vez en cuando pero nada más, lo cual me parece estimulante. El viaje se hace un poco pesado, ya que la guagua para continuamente para recoger gente que va y viene seguramente a trabajas, y multitud de escolares que se distribuyen por las escuelas del recorrido. Por lo que sé no existe el transporte escolar como entre nosotros, lo cual es un gran problema para las familias más humildes, ya que aquí, como en casi todas partes, el coste diario de ese transporte es muy gravoso para las familias.

Llegamos a San Carlos, una muy agradable ciudad situada en un valle entre las colinas, pero de la que no puedo disfrutar porque en media hora sale la siguiente guagua rumbo a mi destino final en Fortuna. Me quito de en medio a un plasta que se me pegó al final de este trayecto, y que pretendía continuar en el siguiente. Este último tramo discurre entre características y paisajes similares al anterior. Un poco antes de llegar a Fortuna veo, envuelta en nubes, la silueta del volcán Arenal, del que ya comenté que está en perpetua actividad desde hace más de veinte años.

Me instalo en el hotel, modesto y céntrico como de costumbre, y tras el chaparrón de todas las tardes, se quitan las nubes bajas y veo el cono perfecto del volcán, echando un poco de humo por el cráter. Me recuerda la silueta del Monte Meru, en Tanzania, que pude subir el año pasado, si bien la altura de éste es mucho más modesta: algo más de 1600 metros. Fortuna es una ciudad de las que no me gustan: pequeña, pero llena de agencias de turismo y volcada en la visita al volcán y alrededores.

Las autoridades del Parque Nacional de Arenal tienen prohibido subir a la montaña por razones obvias. No hay más remedio que apuntarse a un tour turístico para aproximarse un poco al monte y ver, si es posible, la emisión de rocas incandescentes por la noche. Hacemos un pequeño recorrido a pie por un bosque lluvioso, y terminamos el pateo con una espectacular vista del volcán desde una colina cercana. Ahí, cuando cae la noche, y aunque la cumbre no está del todo despejada, vemos caer por la ladera las rocas iluminadas de rojo. De inmediato nos dirigimos a un nuevo observatorio para tener una mejor visión. Este “observatorio” está situado junto a una carretera y en una zona llena de luces de hoteles y restaurantes. Es increíble, pero no hay habilitado ningún lugar ni mirador nocturno en que poder gozar en silencio y en la oscuridad del espectáculo de un volcán activo emitiendo lava en la noche. Aún así, vemos caer las rocas por la ladera, lo que hace que, a pesar de todo, merezca la pena.

Pero han convertido esto en un circo. Todo está pensado no para amantes de la naturaleza, sino para apresurados turistas cámara en ristre, y ávidos de emociones fuertes que poder fotografiar y contar luego a sus amigos. A medida que pasan los días me parece que ese “paraíso natural” que prometía ser Costa Rica, no es más que un fiasco y, en cierto sentido, una estafa. Espacios naturales como el volcán Arenal y muchos de los más conocidos están domesticados, orientados al consumo de ese tipo de turistas. Y, por otra parte, los espacios naturales más salvajes o menos domesticados no tienen ni infraestructura ni guías profesionales que ayuden a saborearlos. Nada que ver con Perú, o Bolivia o Tanzania o Nepal en que te puedes meter en la naturaleza de verdad. No digo con esto que no está conforme con la estructura conservacionista de este país, sino con la orientación casi exclusiva al turismo convencional. En fin, de todas maneras, en lo posible, creo que estoy disfrutando del país.

El fin del tour es un horror: unos baños en unas aguas termales atestadas de gente y decoradas estilo imperio romano. No consigo soportarlo, y afortunadamente me bajo al pueblo con un chófer y consigo librarme de semejante esperpento. Supongo que soy un poco raro o elitista o lo que se quiera, pero a estas alturas de la película, paso de soportar lo que me parecen idioteces, independientemente de que lo sean o no.

Mañana quería ir caminando a una catarata que hay a cinco kilómetros de aquí, pero me lo repensaré, porque miedo me da. Consultando en Internet encuentro entre otros un mensaje de respuesta a una consulta que hice a un hotel cercano al cerro Chirripó en el sentido de cómo está el tema de la ascensión. Me dan un teléfono para pedir la información pero sólo responde un contestador. Mañana lo intento. Todavía hay alguna posibilidad de que decida subir. Había decidido ir a Monteverde, una reserva de bosque nuboso bastante conocida y visitada, pero después de lo visto aquí, me entran muchas dudas. Bueno mañana veré. Bueno, voy a leer y a descansar un rato, que entre viajes y tour ha sido un largo día.

20 de Septiembre

El día en Fortuna amanece lluvioso desde primera hora. Tenía previsto un paseo para ver una catarata que está a unos cinco kilómetros de aquí, pero como tampoco es un plan que me entusiasme, decido marcharme a Tilarán, ya en la provincia noroccidental de Guanacaste, bordeando el lago Arenal, y una vez allí ya veré si sigo a Monteverde o a San José. Todo el mundo lo llama lago Arenal, pero en realidad no es propiamente un lago, ya que es artificial. Tiene 88 kilómetros cuadrados, es el más grande del país y suministra una parte importante de la producción de energía eléctrica. Además, alguno de los vientos más uniformes del mundo soplan en esta zona del país, lo que ha convertido este lago en uno de los mejores lugares del mundo para practicar el windsurf. Similar a nuestra Fuerteventura, pero aquí terminan los parecidos.

El paisaje es el habitual en este último tramo: colinas suaves y verdes hasta los mismos bordes del lago. Durante la primera parte del viaje no logro ver nada, ya que la niebla y la lluvia lo impiden, pero poco a poco va abriendo, y la tranquila belleza del lago se va presentando al viajero. Hasta llegar a Tilarán, que es el destino de hoy, bordeamos la casi totalidad del lago, y el entorno es netamente turístico. No hay casi fincas de labor, y sí cada cierto tiempo cabinas, hoteles, lodges y toda la variedad posible de ofertaalojativa con los consiguientes complementos de “aventura”: kayak, aguas bravas, senderos, canopy... Aclaro que el canopy consiste en deslizarse en tirolina a través del bosque. Ni que decir tiene que, dada mi conocida afición por las alturas, no he probado tan acreditada atracción.

Aunque en uno de los tramos la carretera está muy mal y lleno de baches, sigo constatando que la red de carreteras costarricense es muy buena para los parámetros latinoamericanos. Y una mención también a la red de autobuses: excelente. Son bastante cómodos, llegan a todas partes, funcionan con puntualidad y además son muy baratos. El recorrido más largo, que puede durar más de cuatro horas, no llega a los seis euros. Y otro dato más a tener en cuenta: los conductores son prudentes, por lo que, además de todo lo anterior, viajar en guagua en Costa Rica es seguro. Quien haya viajado en bus en otros lugares de América Latina, entenderá la importancia de esta última afirmación.

Y ya que estamos hablando de servicios públicos, éste es un lugar como cualquier otro para hacer un doble comentario: sobre los taxis y sobre las telecomunicaciones. En cuanto a los taxis, soy de la opinión de que, en todo el mundo, es uno de los gremios con más desaprensivos y con tendencia innata a engañar al cliente. Por eso, allá donde voy, huyo de ellos como de la peste. Sin embargo, en Costa Rica estoy totalmente sorprendido. He tomado bastantes taxis, y no han intentado engañarme ni una sóla vez. Es evidente que soy extranjero, y por lo tanto fácilmente timable para un taxista al uso, y sin embargo todos han puesto el taxímetro como corresponde y no me han dado cuarenta vueltas antes de llegar a mi destino. Así que mis felicitaciones, y una vez más la constatación de que en cualquier aspecto de la vida, generalizar o juzgar en masa a un colectivo es una injusticia.

El segundo punto son las telecomunicaciones. Para comunicarme con España utilizo Internet. No hay problema. En cualquier núcleo de población de un cierto tamaño es posible conectarse a la red por un euro la hora más o menos. Por otra parte, gratutito o pagando son cada vez más los hoteles que incluyen este servicio a sus clientes. Las comunicaciones interiores las hago por teléfono: reserva de hoteles, contacto con guías,gestiones varias. En todas partes, hasta en las más alejadas, hay teléfonos públicos que funcionan con tarjetas numeradas que se pueden comprar en cualquier parte. Las llamadas internas son extremadamente baratas, y, además la gente no las destroza: siempre que he tenido que utilizar una funcionaba bien y estaba en perfecto estado. Son pequeños detalles que hacen que sea muy fácil viajar por libre a este país.

Antes de comer, llego al pueblo al que me dirigía: Tilarán. Muy grata sorpresa. Nada más bajar del bus noto una atmósfera superagradable que me invita a quedarme más de un día. Calles anchas, limpias, situada a 500 metros sobre el nivel del mar, con una brisa que se agradece y un ambiente muy familiar en la calle. Están en fiestas, y entre hoy y mañana hay un raid a caballo alrededor del lago. En toda Costa Rica, pero sobre todo en esta zona noroeste, el caballo se sigue utilizando y es parte de la identidad del pueblo. Se usa y se festeja, al estilo de los rodeos norteamericanos. En la calle veo a alguna mujer y muchos hombres luciendo el palmito mientras cabalgan. Sus rostros lo dicen todo: satisfacción, orgullo y yo diría que la conciencia de su propia dignidad, que anclada en viejas raíces sigue viva hoy. Botas de montar, pantalón vaquero, camisa amplia, sombrero de ala ancha y porte de quien ha mamado cabalgar desde hace generaciones. Es la identidad campesina de Costa Rica que, afortunadamente, parece que va a sobrevivir y a convivir con los vehículos todo terreno y las nuevas tecnologías.

Tengo la impresión de que ya estoy físicamente recuperado del palizón de la reserva bri bri, y para celebrarlo, me permito un agradable hotel en el centro del pueblo: jardín interior, galería con vistas a los volcanes Tenorio y Miravalles, habitación con baño privado, agua caliente, ventilador y televisión por cable. Muy limpia. Y todo ello sin tirar la casa por la ventana: tras un regateo me sale por doce euros y medio.

Por la tarde al fin conecto con los contactos que tenía de antes para que me informaran de cómo estaba el Cerro Chirripó. Hablo con un guía y con el responsable de un hotel de la zona y ambos coinciden en que el tiempo no es excesivamente malo, en que el camino se encuentra bien, no tiene pérdida ninguna, y por consiguiente no se necesita guía para subir. Además, puedo contratar un porteador que me dejaría toda la carga más pesada en el refugio que está antes de la cumbre. Esto me anima mucho, y por enésima vez vuelvo a cambiar de opinión y decido subir al cerro. Iría mañana a San José y pasado a San Gerardo de Rivas, que es el pueblo en que comienza la caminata. De todas formas quedo en confirmarlo definitivamente mañana.

Por la tarde asisto a la eucaristía en la catedral de Tilarán. Mucha gente, de todas las edades. Parece claro que a este país no ha llegado la secularización que tenemos en Europa. La gente mantiene un sentimiento religioso muy grande, independientemente de la iglesia a la que pertenezcan. Hay templos por todas partes. Se ha hablado mucho de la evidente penetración de las iglesias protestantes en la antaño exclusivamente católica América Latina. Se dice, y parece que en gran parte es verdad, que esta penetración ha sido impulsada y financiada por Estados Unidos, para tratar de frenar la influencia que grandes sectores de la iglesia católica, impulsados por la teología de la liberación, han tenido en los movimientos populares de emancipación y en las mismas guerrillas que surgieron en los diversos países. Es evidente la influencia de los sectores católicos progresistas en pueblos y movimientos como Brasil, Colombia, el sandinismo en Nicaragua o los movimientos emancipadores en América Central...

Si a la mayor implantación de las iglesias protestantes, que ponen el acento en Dios, el individuo y la comunidad, pero no tanto en la liberación del pueblo y en la lucha por la justicia, unimos los aires conservadores que desde hace años vienen de Roma, se entiende la desmovilización que se ha producido en los últimos tiempos. Todo esto requiere un análisis más complejo cuyo lugar no es precisamente un cuadernode viaje como éste. Queden simplemente estas anotaciones y la constatación de que, con una u otra orientación, el sentimiento religioso del pueblo tico parece una realidad.

Hay dos detalles que me llaman la atención. Dije que esta zona tiene vientos muy constantes, y por eso se ven por las colinas gran número de generadores de energía eólica, si bien tienen poca importancia en el conjunto de la producción de energía de este país. Y el otro detalle es que por primera vez veo contenedores para la recogida selectiva de residuos urbanos: los azules, verdes y amarillos. No parece que esta recogida selectiva sea todavía algo realmente significativo, pero es gratificante que vaya naciendo y haciéndose realidad la necesidad de reciclar para conservar el planeta.

Para terminar el relato de este día cometar que aprovecho que tengo televisiónen la habitación para ver en directo el Barcelona Osasuna de la liga. Es curioso, pero es posible ver aquí más partidos en abierto de la liga de las estrellas que en España. Cosas que pasan.

Día 21 de Septiembre

Me levanto de un excelente humor. A ello contribuye creo esta ciudad, y también el sol radiante que luce por la mañana. Ayer se me olvidó hacer un comentario: el ambiente festivo de la plaza pública de Tilarán es exactamente igual que el de cualquiera de nuestros pueblos en fiestas: atracciones, chiringuitos, música.... Siguen existiendo enormes afinidades de cultura y contumbres entre todos los pueblos latinoamericanos. Me hubiera gustado quedarme a ver la llegada de los jinetes del raid que empezó ayer, pero tengo que salir temprano a San José para preparar todo para la caminata del Chirripó, y el viaje dura cuatro horas. Me despido con pena de esta ciudad, y hasta sus perros me parecen especialmente entrañables, y eso que en Costa Rica hasta los perros son tranquilos y afables, pero aquí más. Evito acariciar a un perrillo que se me ha pegado porla mañana para no darle pena cuando me vaya.

En el camino vamos bajando suavemente hacia el oeste, dejando las colinas para llegar a una zona más llana, cercana a la costa del Pacífico, y desde ahí girar al sur para luego subir a la meseta valle donde está San José. El paisaje es parecido: verde y fincas, como hasta ahora. Esta es una zona de bosque seco.

Realmente, simplificando un poco, hay tres tipos de bosques: el lluvioso, el nuboso y el seco. En cuanto al lluvioso su propio nombre indica su origen. El nuboso se debe más bien a la presencia de nieblas o nubes bajas parecido al fenómeno que tenemos en Canarias, y el seco es de lluvias más estacionales y dispersas.

Bueno, llego a San José y me empiezo a debatir conmigo mismo si subo o no al famoso cerro. Tras horas de duda, tomo la decisión definitiva y es que NO. Llamo y cancelo los compromisos que tenía. Razones: subir era más una cabezonada que otra cosa. No me apetece subir solo en estas condiciones. Aunque los lugareños digan que es fácil, no me fío mucho de ellos teniendo en cuenta las anteriores experiencias. El tiempo sigue siendo muy inestable con continuas lluvias y tormentas. No creo que el sendero, y más en día laborable, esté muy concurrido que digamos. Son casi cuatro mil metros y eso siempre entraña un cierto riesgo, y no parece que haya guía que le apetezca demasíado. En esas condiciones, cualquier contratiempo que se produzca puede ser muy desagradable. Si contara con alguien lo haría,pero así no. En realidad no hago más que seguir con mi habitual política senderista: hacer lo complicado siemrpe acompañado, y recorridos más sencillos para cuando voy solo. Así que, decisión tomada, y a reorganizar la última semana del viaje, que voy a dedicar a actividades menos asilvestradas. Mañana más.

Día 22 de Septiembre

Me levanto temprano como casi siempre. Voy a dedicar el día en San José a hacer gestiones y visitas varias. Empiezo cambiando dinero en una casa de cambio, que parece que roban menos que en los bancos, y después me persono en las oficinas de las Líneas Aéreas de Costa Rica a reconfirmar el vuelo de vuelta... Y, oh sorpresa, no parece posible. Mi billete lo emite la compañía venezolana Santa Bárbara y el vuelo de vuelta es San José-Caracas-Madrid-Fuerteventura. Pues bien, Lacsa me confirma sólo el primer tramo, porque dicen que su sistema no es el de Santa Bárbara, a pesar de que en la oficina de esta compañía en Madrid me habían dicho que sí. Intento en Internet en la página de Santa Bárbara: no es posible porque la reserva no la hice en Internet, sino en Agencia de Viajes. Llamo a la Agencia, al teléfono que aparece en la web: resulta que es un fax. El problema es que a veces, si no reconfirmas, ocupan tu plaza. En este caso es culpa de ellos, pero entre que te dan la razón y no te puedes quedar botado en Caracas. Envío dos correos electrónicos: uno a la compañía y otro a un amigo para que se ponga en contacto con la Agencia. Y a esperar a ver qué pasa.

Entro en una buena librería del centro a husmear y ver como anda la cosa por aquí. Agrada ver que está muy bien surtida, y que no es la única ni mucho menos en la ciudad. La literatura costarricense en una gran desconocida en España, así que me dejo asesorar por una librera y compro dos libros de autores ticos: Joaquín Gutiérrez y Carlos Luis Fallas. Siempre que viajo a algún lado me gusta profundizar en la cultura de ese pueblo, ya que entiendo que viajar no es sólo ver cosas, sino sobre todo abrirse a nuevos paisajes y nueva gente, tratando de que te enriquezcan, de que amplíen tu horizonte y en definitiva, tratando de conocer más a fondo aquello que se visita. Creo que es la forma de respetarlo y quererlo más, y de que el patrimonio de los diversos pueblos pase de alguna forma a ser parte de ti.

En esta misma línea visito una tienda de artesanía que recoge obras de distintos artistas de pueblos indígenas. Hoy compro una preciosa máscara de madera, empleada por los indígenas boruca de la Cordillera de Talamanca, antigua de doce años, en una fiesta Curré/yimba. Curré/yimba renace, año tras año, en el Juego de los Diablitos o Cagrú Rojo en el idioma boruca. En la primera semana de febrero, el jueves en la noche, es “la nacencia”. Al sonido del caracol, los jóvenes suben a una colina cercana y exactamente a las doce, entre los retumbos de la pólvora, nacen los Cagrú Rojo, que según la tradición, representan a la etnia boruca.

Ataviados con máscaras y vestidos con trajes de fiesta, los cagrú rojo, los diablillos, bajan al pueblo, donde se dedican a gastar bromas, beber chicha y comer tamales (especie de enchiladas envueltas en hojas de banano) en medio de la alegre música del acordeón, la flauta y el tambor. Pero el viernes en la mañana, hace su aparición otro personaje: el toro, que se empeña en embestir a los cagrú rojo, quienes entre gritos y bromas, le hacen suertes y lo evaden, sin dejar por ello de divertirse. Por tres días, el toro y los cagrú rojo se desplazan luchando alrededor del pueblo, en medio de la música y la algarabía del pueblo que los sigue. Los vecinos los esperan en sus casas, con chicha y tamales, y en sus patios, debajo de los grandes árboles de mango o aguacate, continúan los juegos.

Los mayores enseñan que esta lucha perenne es simbólica y representa el enfrentamiento histórico entre borucas y españoles. Don Rodolfo Rojas, estudioso del tema escribe: “fiesta simbólica de origen poscolonial, significa la lucha incansable entre los españoles y los nativos. Todo el proceso de enfrentamiento que tuvieron nuestros tatarabuelos de ese entonces, además de ser en defensa de los valores culturales étnicos, se defendía también el tradicional sistema de vida de los aborígenes, su cultura, su forma de organización comunal; pues se sabía de antemano que la nueva ideología y metodología inspirada por los colonizadores iba en total detrimento de nuestros medios de vida, nuestro ambiente y nuestros recursos originarios, como lo estamos hoy sufriendo los descendientes de esa población nativa; así, la eliminación de nuestros bosques, reducción de nuestra aguas, extinción de nuestra fauna, extracción de nuestra arqueología, contaminación de las tierras y las aguas...”

El domingo en la tarde, esta lucha simbólica tiene un desenlace: por fin el toro, el “Sikua” logra tumbar a los cagrú rojo y al Cagrú Mayor y huye hacia el monte. Es entonces cuando ocurre algo mágico y maravilloso: los cagrú rojo logran reponerse. Algunos dicen que esto ocurre por la acción de una mujer dadora de vida, que reposa sobre ellos mientras yacen en el suelo. Lo cierto es que se desata una intensa cacería en donde, acompañándose de perros (actores improvisados) los cagrú rojo logran dar con el toro. Entonces los cagrú rojo, los borucas, lo matan, lo despiezan, venden sus pedazos y queman sus restos. Todo esto transcurre en medio de la algarabía y en gran camaradería, en una fiesta en la que participa toda la comunidad.

No se sabe desde cuando se celebra esta fiesta, pero probablemente no hay ningún otro momento en que se viva tan intensamente la identidad indígena de curré yimba como en estas fiestas. En cada juego de los cagrú rojo, como en un ritual de renovación étnica, curré yimba vuelve a nacer, más indígena y más boruca cada año. Durante esta fiesta el pueblo se muestra orgulloso de su ancestro indígena y se invita a todo aquél que quiera llegar. Se hacen bailes y un turno y cuando el visitante llega a presenciar el juego de los cagrú rojo, los curreseños le preguntan: ¿Vas a nacer con nosotros? No he podido asistir a esta fiesta, pero cuando esta máscara luzca colgada en el salón de mi casa, será para mí y para quien lo quiera entender, algo más que un recuerdo turístico. Será el símbolo de que, en la lucha continua entre el poder y el pueblo, entre los que piensan que todo vale en la vida y los que creen que hay unos valores humanos que son irrenunciables, será el símbolo digo de que, en esa lucha quiero estar con los que pierden, con los que las pasan putas, con los que no forman parte de la gente guapa, pero no por masoquismo, sino por convicción de que, como los borucas expresan en esa fiesta, las derrotas del pueblo no son más que aparentes, y al final el toro, el “Sikua”, será derrotado. No es revancha, es seguir luchando, y no con amargura sino con la alegría de la fiesta, por la colaboración y el respeto mutuo entre todas las personas y todos los pueblos.

Compro también una cadenita con una máscara de plata de la cultura huétar. Sustituirá al podomorfo majorero que me birlaron. Es igual de bonito y, además, significa lo mismo.

Tras un buen rato en esta tienda de artesanía, visita al Museo del Jade. Se trata del único museo que existe del jade precolombino americano que se trabajó desde el año 500 antes de Cristo hasta el 800 después de Cristo, y aún después de que se extinguió el jade en Costa Rica, hasta la llegada de los conquistadores españoles.

De la importancia que los antiguos pobladores americanos daban a este material, dan fe las palabras de Moctezuma, emperador azteca, al conquistador español Hernán Cortés, refiriéndose a los dones que éste enviaba a Carlos V, Rey de España: “Te daré algunas piedras muy valiosas que enviarás en mi nombre. Son calchihuitls y no son para dar nada más que a él, vuestro gran príncipe. Cada piedra vale lo que dos cargas de oro”.

Disfruto de los colgantes, las esculturas, en fin, del jade hecho belleza, mientras pienso, muy en línea con lo que acabamos de decir hace un rato, del grado de desfachatez e ignorancia que había que tener para llamar salvajes a estos pueblos que eran capaces de expresar su cultura a través del arte de esa manera. Otro aliciente de este museo es que se encuentra en lo más alto de un edificio desde el que se contempla toda la ciudad de San José, extendida a los pies de las montañas. Unos pocos edificios altos, y lo demás construcciones de no más de dos o tres alturas. Una ciudad agradable, como dije al principio de este cuaderno.

Por cierto, al salir, la tormenta de todas las tardes: un solo trueno de tal potencia que hace saltar las alarmas de los coches aparcados.

He dicho que este país está bastante mejor que muchos de su entorno, pero eso no significa que haya que situarlo en el mundo desarrollado. Para muestra este botón: leo en el periódico “La Nación” la siguiente noticia: “Sólo un porcentaje muy pequeño de las aguas residuales que se producen en el país, es tratado antes de ser descargado en ríos y mares. El Segundo Informe sobre Desarrollo Humano en Centroamérica y Panamá, hecho por el Programa de las Naciones Unidas para el desarrollo, revela que en Costa Rica sólo se trata un 4% de las aguas de desecho generadas por las personas que tienen sistema de alcantarillado (35% de la población). Esa cifra es mucho menor si se tienen en cuenta el 65% de la población que no dispone de alcantarillado sanitario, ni de tanques sépticos o letrinas de hueco. Aunque el Instituto Costarricense de Acueductos y Alcantarillados tiene varios proyectos para aumentar la cobertura, la falta de dinero hace imposible ejecutar las obras...Costa Rica es el segundo país de Centroamérica y Panamá que más contamina el Océano Pacífico”. Comparación: en Fuerteventura, en el primero mundo, en el pueblo de Pájara de mil habitantes en el que vivo, tenemos una depuradora de aguas residuales. Sobran los comentarios.

De vuelta al albergue de San José, de nuevo me toca en el dormitorio compartido con un señor norteamericano mal encarado, desagradable y hediondo. En fin, problemas de los alojamientos baratos.

Mañana, al pueblo y Parque Nacional de Manuel Antonio, en la costa del Pacífico, que visitaré por primera vez en este viaje. Bosques y playa.

Día 23 de Septiembre

Viaje muy pesado de casi cinco horas a Manuel Antonio. No llegué a tiempo del primer express y el que he tomado para continuamente.

Esperando esta guagua leo en la prensa, que por cierto tiene una excelente distribución en todo el país, sobre los graves incidentes que se están produciendo en Bolivia, entre la población indígena quechua y aymara y la policía y el ejército, con varios muertos y gran tensión e n la revuelta. Enlaza con lo que decía ayer. Hace unos años, tuve ocasión de comprobar en vivo, en viaje a Bolivia, la situación de desamparo, la dureza de la vida de estos pueblos y su marginación durante siglos, a pesar de que fueron y siguen siendo la mayoría de la población. Lo raro es que esta gente aguante tanto.

Ya en el último tramo de este viaje, puedo hacer una constatación: este es un país que se puede recorrer perfectamente en coche alquilado, y desde luego trae mucha cuenta si se viaja en grupo. Las carreteras son buenas y llegan a casi todos los sitios de interés, están bien señalizadas, y la forma de conducir de los ticos no es exactamente europea, pero es bastante acptable.

La primera parte del viaje a Manuel Antonio, en la costa central del Pacífico, transcurre por una muy bonita y revirada carretera montañosa, que atraviesa valles angostos, quebradas profundas y laderas empinadas, a medias repartidas entre bosque y prados donde pacen las vacas. Un poco antes de llegar al Pacífico, la carretera pasa junto al Parque Nacional Carara. Rodeado de zonas de cultivo y pastoreo, es un oasis para la fauna salvaje. Es el bosque lluvioso tropical más septentrional de la costa pacífica, en plena zona de transición a los bosques secos tropicales situados más al norte, y que no he podido ver en este viaje.

Desembocamos en la costa, en una zona verde y abrupta con pequeñas playas. Poco a poco la costa se hace más plana y aparecen grandes plantaciones de palmeras de vez en cuando. Y en seguida se ve que estamos en lugares turísticos. En este sentido, esta infraestructura está mucho más desarrollada en la costa pacífica que en la atlántica: villas, apartamentos, cabinas, hoteles, actividades lúdicas... La última población grande antes del Parque y del pueblito de Manuel Antonio es Quepos. Costa de nuevo montañosa, islotes, y seis kilómetros que parecen Jandía no por el paisaje sino por la ocupación turística.

Llego a Manuel Antonio lloviendo a cántaros y localizo las cabinas en que me alojo. La mía tiene siete camas y, naturalmente, estoy yo solo, tanto en la cabina como en el hotel. Me siento en la galería a la que dan las habitaciones. Son las cuatro de la tarde y cae el diluvio universal sobre el jardín, muy guapo por cierto, y sobre toda la zona.

Paseo bajo la lluvia y ceno un pescado muy rico frente al mar. Afortunadamente el dueño me deja un paraguas. Consulto Internet y buenas noticias: la compañía me confirma el vuelo de regreso en todos sus tramos.

Día 24 de Septiembre

Como amanece casi despejado, desayuno temprano, hago compra en una pulpería, y me dedico a recorrer los senderos del Parque Nacional de Manuel Antonio. Es un pequeño espacio protegido con bellas playas tropicales, en una costa escarpada, y a cuyas orillas llegan los bosques. Tiene también promontorios con vistas al océano y una abundante vida salvaje. Posee además dos cosas que hacen cómoda e interesante la visita: por un lado una estupenda red de senderos, bien acondicionados y señalizados; por otra, es visitado por mucha gente, con lo que los animales están más habituados a la presencia humana y, por consiguiente, se dejan ver con más facilidad.

Comparo con el recorrido mucho más salvaje de las Reservas Indígenas Bri bri y Cabécar de la sierra de Talamanca. Comparo por ejemplo la sensación de estar solo en el bosque: aquí agradable, relajada, pendiente de si un mono se deja ver. Allí la sensación era sobrecogedora. La naturaleza imponente, salvaje, se mostraba en todo su esplendor pero también en todo su misterio, que, como dije entonces, me causó hasta pánico. Se veían menos animales, ellos te ven antes y se escabullen, pero se sentía su presencia, se seguían sus huellas. Es curioso que aquí no hay tábanos. En Talamanca sí. El motivo es que cuando en el bosque tropical abundan estos insectos, es que hay mucha vida animal, y en especial grandes mamíferos. ¿Con cuál de las dos experiencias me quedo? Obviamente con las dos, pero creo que Talamanca fue un auténtico lujo y dejará una huella más profunda.

Hoy veo aves, monos carablanca, un lagarto muy grande y otors más pequeños de colores muy bellos, un pequeño venado llamado cabro de monje y un par de coatíes, eso creo que son. Parece ser que pasé al lado de un perezoso, pero no lo vi, lo cual tampoco es de extrañar, teniendo en cuenta mi extraordinaria agudeza visual.

Por la tarde doy una vuelta por la playa del pueblo. Me ofrecen amablemente un poco de coca, que declino. Esas cosas son para disfrutarlas, en su caso, en buena compañía y con buen rollo. Resto de la tarde tranquila. Por cierto, sigo teniendo el cuerpo acribillado por todo tipo de picaduras. Ceno en el sitio de ayer: buena cena pero ya me da el atraco a mano armada. Mucho compadreo y Zas! Manos arriba! Se soluciona no volviendo.

25 de Septiembre

Yo no sé de donde salen, porque no se les ve, pero la habitación debe de encontrarse entre las zonas con más biodiversidad del planeta. Y estos seres vivos aprovechan los pocos trozos de piel que todavía están intactos. Por supuesto, me dejé el repelente de insectos en San José.

Desayuno en un sitio con una muy buena relación calidad precio. Como en toda zona turística que se precie, aquí está todo mucho mas caro que en las partes que podríamos llamar normales del país. Dentro de eso es el mejor sitio de por aquí, que, como no podía ser menos, he encontrado en el último día de mi estancia. Por la mañana voy al pueblo de Quepos, a nueve kilómetros. Nada de especial, pero me sirve para tapar algunos agujeros: compro una nueva correa para el reloj, un paraguas, ya que el mío está roto en San José, y aprovecho para reservar el billete de bus para mañana, ya que en este lugar puede haber problemas con las plazas. El camino entre Quepos y Manuel Antonio es ese tan turístico que describí al llegar. De todas maneras, son hoteles pequeños, bien concebidos y en general bastante integrados en el medio. Se ha respetado al máximo el bosque. Los carteles está prácticamente todos en inglés. Es una lengua muy presente en Costa Rica. Estados Unidos tiene una gran influencia en esta zona, y, además, es uno de los destinos predilectos del no muy abundante turismo exterior norteamericano.

En varios hoteles ondea la bandera arco iris, que como se sabe, significa que los clientes homosexuales son bien recibidos. En toda América Latina, las personas con orientación sexual distinta a la convencional, lo tienen todavía muy difícil. La mentalidad machista, la ideología conservadora y la nefasta influencia de las iglesias, hace que todavía la libertad de opción y práctica sexual sea una asignatura pendiente en el continente. Afortunadamente, Costa Rica es uno de los países que está abriendo espacios de libertad, y en que las personas homosexuales, lesbianas o bisexuales pueden vivir y expresarse sin esa asfixia. Como detalle al respecto, la Corte Constitucional ha admitido un recurso por el que va a pronunciarse sobre la constitucionalidad o no del matrimonio para parejas del mismo sexo. No se sabe obviamente cual será el resultado oficial, pero el hecho de haber sido admitido a trámite ya es un dato positivo. ¿Cuándo aprenderemos las personas a vivir y dejar vivir, a disfrutar de lo que la vida nos ofrece, a aceptar a los otros y a aceptarnos tal como somos? Qué fácil se formula, pero qué lejos estamos de ello en la sociedad y en nuestra propia mente. De todas maneras, también en el terreno de la libertad sexual, cada pequeña conquista en cualquier lugar del planeta, nos hace a todos un poco más libres.

Estoy escribiendo estas líneas al mediodía, en la playa de Manuel Antonio. Enmarcada por dos verdes promontorios y con cinco islotes a unos cientos de metros de la orilla. De todas formas, no me decido a meterme en el agua: primero, hay que tener bastante cuidado con dejar las cosas solas en la playa y, segundo, estoy muy mal

acostumbrado a la joya de playas que tenemos en Fuerteventura. Además, no me acaba de convencer ponerme en remojo a unos pocos metros de los desagües por los que salen las aguas fecales. Estar acostumbrado a la limpieza de las playas majoreras tiene su importancia. Hay que señalar que las costumbres playeras son universales, como tantas cosas: tablas de body surf, de surf donde hay suficientes olas... Pasa un untraligero sobrevolando la costa. En definitiva, si andas bien de dinero, aquí tienes todas las atracciones que quieras.

Ya he averiguado la razón de las grandes plantaciones de palmeras que vi antes de llegar aquí. Se trata de palmeras africanas de las que se extrae el aceite de palma, para uso alimentario entre otros. Este cultivo ha sustituido en esta zona al banano que al parecer era muy caro de transportar. El día transcurre y, por primera vez en mucho tiempo no llueve. Ciertamente este acontecimiento era de esperar, ya que hoy me compré el paraguas. Eso me permite contemplar un atardecer como hasta ahora no había podido disfrutar, debido a las nubes, la lluvia o el bosque. Calma absoluta. Sobre el Océano Pacífico una sinfonía de colores, rojo, azul pálido y gris. Más tarde las estrellas, de las que me había despedido en la luna llena de la cordillera de Talamanca. Serenidad. Un último regalo de la jornada: el sonido nocturno del bosque tropical que escucho por última vez en este viaje.

26 de Septiembre

Regreso de nuevo y final a la base de operaciones en San José, a través de un paisaje moteado de cafetales. Día que dedico a las últimas gestiones y a organizar los dos próximos días antes del regreso a España del lunes 29. Es curioso que, por primera vez en este cuaderno, pongo delante del la fecha el día de la semana de que se trata. En vacaciones, da igual qué día sea. Cuando terminan ya es otra cosa.

Nada más llegar a San José, tras una agradable charla en la guagua con un tico que quiere ser trotamundos, dos encuentros fugaces bien distintos:

Primero. Diálogo muy bonito con el conserje del edificio donde está la oficina en que voy a cambiar los últimos euros. Me habla de lo mucho que quiere a nuestro país, a pesar de que es consciente de que nunca podrá visitarlo, me habla de la literatura española, de que es amante de la zarzuela, y de cómo se emociona leyendo a un poeta costarricense que le sumerge en la naturaleza y en sí mismo. Soy yo quien se emociona. Qué absurdos son los prejuicios que nos hacemos. Ahí, en un oscuro puesto de trabajo, en una persona ya mayor que tiene mucho escrito de su vida, en alguien que parece que tendría que ser gris, surge la sensibilidad, la cultura, la capacidad de comunicación y de vibrar cuando se estrecha la mano. No es nada en apariencia extraordinario, pero esos diez minutos son quizá lo más importante que me ha sucedido durante mi estancia en este país. Es difícil de explicar, pero son momentos y personas que te reconcilian con la vida. Después, cómo no, hablamos del Real Madrid. Sólo sé que te llamas Don José y que, seguro, no te volveré a ver, pero daré un beso a mi tierra, que es también tuya, de tu parte. Gracias amigo.

Segundo. A los diez minutos de lo anterior, y en el Parque Central, un señor me saluda muy efusivamente, momento que aprovecha para quedarse con mi reloj. Me doy cuenta a tiempo, y consigo quitárselo y recuperarlo. Ni siquiera me enfado, y sigo adelante. Quién sabe qué hay detrás de la vida de este hombre, también mayor, para que acabe así sus días.

Me quedo con el primer encuentro, y creo que al final, en el fondo de cada persona, lo más importante es lo que ese primer encuentro significa. Es lo más importante también en el ratero.

Comida en McDonald´s (con perdón). Ya en el albergue, al fin me doy gel de aloe vera en las múltiples picaduras y mordidas de bichos, con lo que consigo al fin un alivio. Este aloe vera majorero es verdaderamente milagroso. Meteorología: leo en el periódico que este invierno (estación de lluvias) es más agresivo que el del año pasado, y que en este mes de Septiembre se superan ya en un diez por ciento los niveles de precipitación registrados en el mismo período del 2002. Se notó.

27 de Septiembre

Ya sólo quedan dos días en Costa Rica. Permaneceré en San José haciendo escapadas de un día. Hoy lo dedico a visitar el Parque Nacional del Volcán Poás, al que se puede acceder cómodamente en transporte público. De camino algún detalle. Pasamos por delante del Colegio Oficial de Enfermeras. Mira que nos cuesta cambiar. Supongo que aquí, como en todas partes, también habrá enfermeros. Pero la tradición de que los hombres médicos y las mujeres enfermeras, parece que sigue arraigada, al menos en los rótulos. Otro