Etiopía. Rompiendo prejuicios

Jesús C. Lens Espinosa de los Monteros

“No hubo un solo amanecer en África en que no fuera absolutamente feliz”

Ernest Hemingway.

EL ORIGEN: UN PICO, UN PLATO Y UNA CRUZ

Etiopía, por lo escuchado, visto y leído, es un país difícil y complicado. Ya sólo escribir su nombre cuesta trabajo. Se mezclan las letras y el acento tiende a irse para la vocal que no es. Hay que poner cuidado y tener mucho tacto para no cometer erratas al escribir “Etiopía”. Y, por lo que he ido leyendo, también debe ser necesario tener mano izquierda una vez estemos allí. Qué malos y negativos, qué injustos, son los malditos prejuicios. Vamos a Etiopía, en primer lugar, fundamentalmente porque Concha y Dani, compañeros de viaje en mi aventura maliense, nos lo recomendaron vivamente.

Como si me estuvieran sometiendo a un test psicológico en los que has de relacionar inmediatamente una palabra con la primera que se te venga a la cabeza, cuando escuché “Etiopía”, inmediatamente pensé “hambre”. Y pondría la mano en el fuego porque a ti te ha pasado lo mismo. Etiopía = Hambre. No sé hasta qué punto es inevitable dicha asociación de conceptos pero, hace unos días, cuando le comentaba nuestro proyecto a Paco Camarasa, mi librero de referencia, hizo otro juego de palabras que, me gustaría, fuese mucho más que un simple divertimento lingüístico: “Etiopía rima, suena y huele a Utopía.” Y es que Paco, diría nuestro ficticio psicólogo, es un tipo sano de coco…

El caso es que empecé a curiosear sobre Etiopía. Y, a nada que rasqué la superficie del tópico, éste se deshizo en pedazos. A modo de sencillo ejemplo, hablamos de uno de los pocos países africanos que jamás pudo ser colonizado por los gobiernos de las voraces potencias europeas, que extendieron su puño de hierro a casi todo lo ancho y lo largo del continente. Hablamos de un país en que se ha conservado vivo el amárico, un idioma propio y común de toda una nación y al que el todopoderoso inglés no ha conseguido aplastar.

Hablo de “nación” de forma intencionada porque Etiopía es uno de los pocos países africanos en que dicho concepto tiene un sentido claro y diáfano, por encima del de tribu, etnia o pueblo. El origen fabuloso, en la más amplia acepción del término, de la nación etíope, parte de un hecho fundacional mitológico: los apasionados amoríos entre Salomón y la Reina de Saba, que llevaron consigo que el Arca de la Alianza viajara de Jerusalén a la cuenca del Nilo. Ello hizo que el etíope fuera, por supuesto, el pueblo elegido. Sobre la base de un mito, al igual que en su día ocurriera con griegos y romanos, nace una nación con histórica vocación de Imperio. Y el mito ha llevado a los etíopes a ser inmunes al acoso al que el Islam les viene sometiendo desde tiempos inmemoriales.

Los etíopes, por ejemplo, pobremente armados, consiguieron hundir otro mito, éste de una naturaleza muy distinta: el de la superioridad de la raza blanca, representada por los ejércitos fascistas de Mussolini que, utilizando para ello armas químicas y la tecnología más avanzada de la época, únicamente consiguieron estar en Etiopía de tres años antes de ser barridos por la resistencia local. Masacraron a la población, instauraron un severo apartheid y esquilmaron la poca riqueza que había en Abisinia, la otra denominación de Etiopía, pero fueron derrotados.

Pero ¿qué nos lleva a viajar a Etiopía? Simplificando, tres cosas: un pico, el Ras Deshen, la cima más alta de los Montes Simien. Una cruz: la que da forma a los templos excavados en las rocas de la ciudad de Lalibela. Y un plato. Ese plato que, de más pequeño a más gande, se ponen las mujeres mursi en los labios, desde que son pequeñas, a modo de abalorio decorativo.

EL PICO

Empezando por lo que será el comienzo de nuestro viaje, y tras un primer contacto con Addis Abeba, la capital de Etiopía, nos vamos a la montaña. Al norte. Casi hasta las orillas del Mar Rojo y, por tanto, del Yemen y Arabia Saudí. Una cumbre, la quinta más alta de África, el Ras Dashan o Ras Deshen, corona los fastuosos y escarpados Montes Simien. Puede tener 4.453 metros de altitud, según unos mapas, e incluso pasar de los 4.600, según otros. Pero lo importante es que se trata de una cumbre humanamente accesible, como ya se ha dicho en alguna ocasión. Un buen par de piernas y, si todo va bien, tras seis horas de caminata desde Ambiko, la cumbre será nuestra.

Pero volvamos al punto de partida. Porque, con la excusa coronar la quinta cumbre más alta de África, vamos a hacer un amplio recorrido a pie de unos 130 kilómetros de recorrido, dividido en siete etapas, por el Parque Nacional de los Montes Simien. Etiopía es un país inmenso, pero ello no es óbice para intentar, aunque sea durante unos pocos días, conocerlo de forma tranquila y pausada. Al paso, como a nosotros nos gusta. Y para ello, nada mejor que los Montes Simien, famosos por albergar unos paisajes majestuosos.

Según hemos podido leer, su constitución geológica hermana a los Simien con el Gran Cañón del Colorado, dado lo escarpado y abrupto de su paisaje. Vegetación única, con especial preponderancia para las lobelias gigantes y especies animales endémicas, hacen que la caminata se nos aparezca como muy, muy excitante. Parece que los babuinos, una modalidad de simios del tipo gracioso y simpático, serán continuos testigos de nuestra travesía. Y desde el cielo nos vigilarán unas majestuosas rapaces, unas águilas de blanco plumaje que nos harán mirar continuamente hacia arriba.

Pero lo mejor es que, aunque sean Parque Nacional, los Simien albergan a una gran cantidad de población. No es un parque al estilo del Serengeti, donde las fieras no permiten la presencia humana. A lo largo del camino iremos pasando por multitud de pueblos y aldeas y nos cruzaremos con decenas de nativos que bajan y suben de las montañas a la llanura. Será, pues, una caminata con una fuerte presencia humana, aunque, por las fechas en que nos vamos, Noviembre, nos cruzaremos con pocos blancos. Mejor, la verdad.

Habrá quien piense que montañas las hay en todos los sitios y no es necesario irse a Etiopía para subirlas. Es cierto. Pero, componente humano aparte, los que hemos visto amanecer desde el Mulhacén y el Veleta, desde el Monte Perdido y el Toubkal, sabemos que cada montaña es única, diferente y espectacular. Decir que subida una montaña, subidas todas; es como defender que con un amigo en la vida es suficiente. Ni mucho menos. Cuando no has terminado de descender, ya estás pensando a cual subirás la próxima vez. Es una necesidad. Es un placer irrenunciable.

LA CRUZ

Habíamos comentado que, en el mito fundacional de Etiopía, el componente religioso estaba muy presente. Según la leyenda, la auténtica y genuina Arca de la Alianza está depositado en la etíope ciudad de Axum. Pero empecemos por el principio. Hace muchos, muchos años, había una hermosa mujer que reinaba en las tierras del África oriental. Su nombre: Negesta Azeb (Reina del Sur), también conocida como Amhara. Hasta sus oídos llegaron noticias de un rey que gobernaba sus dominios con una proverbial sabiduría y sentido de la justicia: Salomón. Su fama era tal que la reina de Saba, entre cuyos dominios se encontraba la región del Tigray y la ciudad de Axum, decidió viajar a Jerusalén para conocerlo en persona. Preparó una fastuosa expedición, atravesó montañas y valles, mares y desiertos, hasta que consiguió arribar al Oriente Medio.

En persona, el Rey Salomón se demostró como más sabio, justo e inteligente de lo que las leyendas contaban. La reina de Saba quedó tan impresionada que adoptó la religión de los israelíes. Éste, sin embargo, no se dio por satisfecho con la conquista emocional de Saba. La noche previa a su marcha de vuelta a África, a través de un pequeño y justificable subterfugio, Salomón consiguió gozar de los favores carnales de la reina africana.

- Si los amores de esta noche trajeran fruto, dale al niño este anillo. Así sabré, sin atisbo de duda, que es mi hijo.

No iba desencaminado Salomón. A los nueve meses de su relación nació Menelik, que creció alto y fuerte, y cuyos rasgos eran idénticos a los del rey. Cuando se hizo hombre, Saba lo envió a Jerusalén, para que se presentara a su padre. No hizo falta que llevara el anillo, tan sorprendente era su parecido con Salomón. Éste, por supuesto, lo reconoció nada más verlo. Pidió a Menelik que se quedara con él en Jerusalén y se convirtiera en su sucesor. Pero éste quería volver a África, lo que hizo llevándose en su caravana, sin saberlo, el Arca de la Alianza que se encontraba depositada en el Templo de Jerusalén. Fue robada por dos de los miembros de su comitiva, que le informaron a Menelik del hurto cuando se habían alejado de la ciudad judía.

Cuando Salomón se enteró del robo, mandó a su ejército tras la comitiva de Menelik, quien, aún a sabiendas de que el Arca había sido robada, aceptó llevarla a su madre como presente. Los poseedores del Arca milagrosa avanzaban trece jornadas por cada una que lo hacían las tropas del Rey. Ello fue considerado como un augurio inequívoco por parte de los sacerdotes del Templo de Jerusalén, quienes pidieron al Rey que cesara en la persecución ya que los caminos del señor son inescrutables. Salomón, en su inmensa sabiduría, así lo hizo.

Menelik mandó construir un templo en Axum, donde descansa el Arca desde entonces. La reina abdicó en su hijo y, desde entonces, los reyes etíopes se entroncan directamente con los salomónidas, teniendo, por tanto, de generación en generación, la sangre del Rey Salomón y de la Reina de Saba. No deja de ser curioso que, tras acceder a la jefatura del gobierno, lo primero que hizo Menelik fue establecer que la línea sucesoria habría de ser obligatoriamente masculina, lo que no dejaría de sorprender a su madre.

Tras la conversión al cristianismo, en Etiopía se ha mantenido viva la llama del rito ortodoxo o copto, fiel al monofisismo, que considera que en Cristo sólo hay una naturaleza, la divina (y por eso en las cruces coptas no se representa al Mesías sufriendo ya que, al no ser humano, no pudo sufrir los tormentos del martirio en la cruz) Es una modalidad de cristianismo enormemente impregnado de un judaísmo sorprendente. Puro mestizaje religioso. Durante el siglo XVI, el padre Pedro Páez consiguió la conversión de los etíopes al catolicismo, pero tras su muerte, la lamentable y cerril actuación del jesuita que le sustituyó, hizo que dicha conversión no tuviera continuidad.

El mejor ejemplo del cristianismo copto de Etiopía lo encontramos en la ciudad de Lalibela, segunda gran escala en nuestro periplo. Allí hay una serie de Iglesias excavadas en la piedra y que están consideradas como integrantes de la mejor y más misteriosa iconografía religiosa africana. Se suele considerar a las iglesias de Lalibela como una de las ocho maravillas del mundo. La UNESCO las declaró Patrimonio de la Humanidad e intenta, por todos los medios, que la ruina que las amenaza se mitigue lo máximo posible. Las catedrales de Lalibela se excavaron en la roca para defenderlas del acoso implacable que el Islam comenzó a ejercer en toda la zona. Por un lado, pretendían ser invisibles. Por otro, en caso de ser descubiertas, serían casi imposibles de destruir. Ojalá que lo que no consiguieron las guerras de religiones, no lo logre el paso del tiempo.

Como sobre casi todo en este país fascinante, sobre la construcción de Lalibela también existe una leyenda. Hace unos meses, embrujado por este mito legendario, escribí un pequeño cuento. Se trataba de hacer ficción partiendo de la leyenda. En parte, aquélla lectura, aquélla escritura, se pueden considerar también como inicio, como fuente de esta aventura:

... es en estos momentos, cansados, tras otra jornada de marcha, tomando el té caliente junto a un buen fuego en una fría noche sin luna del mes de Enero; sabiendo que aún quedan varios días de caminata por delante para llegar a nuestro destino, en pleno corazón de Etiopía, cuando una buena historia no tiene precio...

LALIBELA. UN CUENTO

“Hace muchos, muchos años, estas tierras pobres y yermas que se extienden ante vosotros estaban gobernadas sabiamente por un pacífico rey, de nombre Bieta, que vivía en lo alto de aquéllas impresionantes montañas y que tenía dos hijos. El pequeño era dulce y cariñoso. El mayor, de nombre Maskal, era pérfido y cruel. Un día los dos hijos del rey habían salido del poblado para bajar al río, y, cuando su hermano pasaba junto a un panal de abejas, Maskal arrojó una piedra e hizo que un enjambre se lanzara enfurecido contra el pequeño. Incomprensiblemente las abejas, en vez de atacar al niño, se posaron tranquilamente sobre él, cubriéndole por completo y sin infligirle ni una sola picadura. Desde entonces al segundo hijo del rey se le conoció como Lalibela, “al que respetan las abejas”.

Los hermanos crecieron y la animadversión y odio de Maskal hacia su hermano no hizo sino aumentar. Cuando el viejo y venerable rey, que conocía a la perfección a sus dos hijos, designó a Lalibela como su sucesor; Maskal sufrió un brutal arrebato de ira que, sin embargo, supo controlar de inmediato. Frío y calculador, aparentó aceptar la situación y decidió esperar tranquilamente a que muriese su padre. Luego le sería mucho más fácil acabar con Lalibela y convertirse él mismo en rey. Aquél, ajeno a las perfidias de su hermano, crecía fuerte y hermoso, formándose con sus maestros, preparándose para suceder dignamente a su padre y ganándose el aprecio de todos sus futuros súbditos, a los que respetaba y quería.

Murió Bieta, y su pueblo, triste y apenado, cumplió el luto de forma sincera y sentida, no en vano el rey fallecido había sido justo y amado por sus súbditos. Tras los fastuosos funerales, Lalibela, el nuevo rey, se confirmó como un digno sucesor de su sabio padre y el pueblo estaba contento pues parecía que los años de paz y prosperidad se iban a prolongar. Pero Maskal no dejaba de rumiar su venganza. Intentó conseguir que alguien, a cambio de varias cabezas de ganado, matara al joven rey, pero era tan grande el aprecio que todos sus súbditos le tenían, que no hubo nadie en todo el reino que quisiera cometer semejante infamia.

Tendría que ser el propio Maskal quien matara a su hermano y, como todo lo que tenía de cruel y envidioso, lo tenía de cobarde, le aterraba enfrentarse directamente a Lalibela temiendo que éste lo desharía de un soplido, no en vano el niño enclenque de antaño se había convertido en un hombre fuerte y musculoso. Y por eso decidió envenenarlo, vertiendo una letal ponzoña en la comida que el confiado Lalibela devoró con su proverbial apetito.

El efecto del brebaje pareció ser inmediato puesto que Lalibela cayó inconsciente al suelo apenas terminado su almuerzo. Pero al igual que las abejas no mataron al niño, el veneno no consiguió matar al hombre, sino que quedó sumido en estado de catalepsia. En ese estadio intermedio entre la vida y la muerte, un ángel se llevó el alma de Lalibela al cielo. Y visitó la ciudad de Dios, conformada por unas desconocidas e inimaginables construcciones. Una de ellas era especialmente atractiva e impresionante: una iglesia con planta de cruz griega proyectada hacia el cielo en un único bloque de piedra.

Y el mismísimo Dios se dirigió a Lalibela con las siguientes palabras:

Lalibela, nos volvemos a encontrar. Ya no eres aquél débil niño al que protegí de las abejas enfurecidas. Cumpliste tu palabra y te convertiste en un rey sabio y justo. Por eso vuelvo a interceder en tu favor. Pero, igual que entonces, te devolveré a la vida con otra encomienda que cumplir. Sigue siendo justo y sigue reinando con sabiduría. Pero además, si aprecias lo que he hecho, no ya sólo por ti, sino por tu pueblo, por tu gente, por tu tierra; al no permitir que Maskal se convierta en rey, habrás de erigir en la tierra un monumento en mi memoria.

Ya sé que monumento voy a construir- dijo Lalibela mientras señalaba la iglesia que tanto le había impresionado. – Voy a levantar allá abajo esa misma iglesia en tu nombre, y le voy a dar el nombre de mi padre y el del ángel que me ha traído a tu presencia: Bieta Ghiorghis.

¡Ah! mi querido Lalibela, esa es una empresa titánica que, por fuerte que seas y sólo con la ayuda de tu pueblo, por mucho amor que te profesen, no podrás llevar a cabo. Tu ángel te acompañará y te ayudará en el empeño – le contestó Dios.

Dios, deja que me acompañen diez ángeles y no sólo levantaré para ti Bieta Ghiorghis sino que erigiré en mi tierra una réplica idéntica a esta ciudad en que ahora estamos, con cada templo, cada iglesia, cada monasterio. ¿Cómo se llama esta ciudad?

Jerusalén.

Tres días completos pasó el joven rey en Jerusalén. Su vuelta a la vida se produjo justo cuando Maskal se aprestaba, tras los funerales, a prender la pira funeraria que serviría para incinerar el cadáver de Lalibela. Cuando éste abrió los ojos y, sujetando la mano homicida de su hermano, clavándole unos ojos fríos y duros, le dijo: - ¿Qué he hecho para me quieras quemar en vida, hermano? – Maskal, aterrorizado por la mirada de Lalibela, convencido de que había resucitado de entre los muertos para vengarse de él por su infamia; dejó caer la antorcha al suelo y, aturdido, inició una precipitada huida hacia la sabana...a la que no debió llegar dado lo escarpado de las montañas. O quizá sí, y por eso los leones rugían fieros y satisfechos aquella noche.

Ardió finalmente la pira preparada para incinerar a Lalibela, pero ningún cadáver se quemó esa noche. Fue una noche de fiesta y alegría. Cuando Lalibela transmitió a su pueblo el encargo que Dios le había encomendado, todos sus súbditos, como si fueran uno sólo, vitorearon a su rey prometiendo ayudarle con todas sus fuerzas. Y desde la mañana siguiente, trabajando codo con codo ángeles y humanos, rey y súbditos, nobles y plebeyos; consiguieron erigir una singular ciudad en mitad de las montañas, a 2.700 metros de altitud.

Y cuando estuvo terminada bajó Dios del cielo, y le gustó la obra que ángeles y personas habían construido juntos y santificó la ciudad. Al pequeño arroyo que discurre por sus dominios lo llamó Jordán y decidió que el mejor nombre que podía dar esa maravillosa Jerusalén africana era el de la persona sabia y respetuosa que siempre cumplía sus promesas.

Por eso y desde entonces, amigos míos, para celebrar el nacimiento de nuestra ciudad, la resurrección de nuestro rey y la venida de Dios a nuestro pueblo; todos los años, cuando se acerca la época del timkat; los cristianos nos ponemos en marcha y vamos en peregrinación a Lalibela”.

UN PLATO

Concretamente, un disco de terracota. El plato que, desde que éramos críos, veíamos en el labio inferior de las mujeres mursi. Es otra de las imágenes recurrentes que tengo en mi cabeza. Aquellos documentales de entonces son parte de una educación sentimental poblada de masais vestidos de rojo, bebiendo la mezcla de sangre y leche de sus vacas, imágenes de guepardos derribando gacelas por la sabana y de misteriosas mujeres con un enorme plato en la boca.

Esa será la tercera parte del viaje, bajar al Sur, a las riberas del Río Omo, y ver de cerca de esas tribus milenarias y fascinantes, que mantienen unas costumbres tan extrañas como llamativas. Habrá quien piense que eso de ir metiendo platos cada vez más grandes entre el labio y la mandíbula es algo bárbaro y salvaje. Yo, desde luego, no lo haría. Pero yo tampoco llevo tatuajes en los brazos ni piercings en la ceja, así que quizá no sea el más indicado para opinar. Reconozco que me da morbillo ver esos labios y orejas deformadas. Lo mismo luego siento una intensa repulsión. O lo mismo me gusta y vuelvo con la nariz taladrada, aunque, conociéndome… lo dudo.

No está claro si la tradición de arrancar a las niñas los incisivos y seccionarles el labio inferior nació como un signo de embellecimiento, porque se consideraba así que la mujer era más hermosa, o como todo lo contrario, es decir, para evitar que fueran secuestradas en las razzias esclavistas árabes al estar horriblemente mutiladas. Hasta tal punto puede llegar a ser incoherente una tradición centenaria.

En cualquier caso, creo que todo acercamiento a lo diferente, a lo que se sale de lo común, a lo extraño; que toda aproximación a lo desconocido es buena. Hace tiempo, Martín Prieto, en una de sus columnas lúcidas, hacía una propuesta referida a la situación de América Latina: Ir y verlo. Volver y Contarlo. Así de sencillo. Pasando por encima de tópicos, de visiones partidistas, de referencias de decimocuarta mano… ir y ver con los ojos de uno mismo. Y en eso estamos.

EL VIAJE

Viajar a Etiopía, digámoslo desde el principio, es tan duro como satisfactorio. Tan incómodo como espectacular. Tan cansado como revelador. Como dijimos al preparar el viaje, hay pocos nombres que, pronunciados en voz alta, sugieran tantos a prioris y prejuicios como el de Etiopía.

Afortunadamente, la Etiopía del siglo XXI dista mucho de ser así. Lo que no quiere decir que se encuentre en una situación idílica, pues Etiopía sigue siendo una de las naciones más pobres de la tierra. Ello repercute, obviamente, en la calidad de las infraestructuras turísticas, que, siendo digna, no es excelsa según los baremos occidentales. Pero, aún así, el viajero encontrará estímulos más que suficientes como para que las incomodidades queden en segundo plano ante las maravillas que el país africano alberga en su interior y anhela mostrar a los afortunados visitantes que acudan a su reclamo.

El primer contacto con Etiopía será, en la mayoría de los casos, su capital, Addis Abeba, fundada en 1887 por el emperador Menelik II y bautizada por su esposa como la Flor Nueva cuando descubrió en las colinas de Entoto en que está radicada, una hermosa y, para ella, desconocida flor. A lo largo de más de un siglo, la flor ha ido creciendo y expandiéndose sin orden ni concierto. Es curioso que ya por 1930, el periodista y escritor inglés Evelyn Waugh, desplazado a Addis para cubrir la coronación del emperador Haile Selassie, hiciera una descripción de la ciudad completamente válida para este comienzo del siglo XXI: los modernos edificios en construcción, el asfalto y el humo de los tubos de escape conviven en caótica armonía con los rebaños de cabras y los borricos que cruzan tan campantes avenidas con hasta siete carriles repletos de rugientes automóviles.

Lo mejor que tiene visitar un país como Etiopía es que la falta de, por ejemplo, pinacotecas de fama universal se suple con la continua sorpresa que hasta las cosas más cotidianas provocan en el viajero: los taxis colectivos, desde los que el cobrador vocea su destino para captar posibles clientes, las blancas túnicas de las mujeres, el distinguido porte de los hombres, los inverosímiles y complicados peinados de las jóvenes, portadoras de auténticas obras de arte confeccionadas con su largo pelo trenzado, la cálida sonrisa del joven, vivo y descarado, que te pregunta de dónde vienes y te da la bienvenida a su país...

Addis es una ciudad cómoda y tranquila. Y segura. Como en todas las grandes urbes, conviene tener cuidado con carteristas y mangantes, pero el riesgo de sufrir un atraco violento es prácticamente inexistente. Tras una suculenta cena en el exquisito restaurante Lalileba, por ejemplo, no habrá el más mínimo problema en caminar hasta el hotel para, con un agradable paseo, asentar la comida en el estómago.

Etiopía es un país grande, aproximadamente, como dos veces España, lo que implica la necesidad de ser selectivos a la hora de planear un viaje. Lo más normal será elegir entre el Norte de las capitales imperiales, monumental y paisajístico; y el Sur, más salvaje y natural.

EL NORTE

La corte de los monarcas etíopes, hasta terminar de radicarse en Addis Abeba, fue errante. Dada la vastedad del país y lo montañoso del mismo, no en vano más del sesenta por ciento de las montañas africanas se encuentran en su territorio, lo que hace que a Etiopía se la conozca también como el Tejado de África; los monarcas se desplazaban con su corte itinerante a todo lo ancho y largo de sus dominios en busca de los mejores pastos y las zonas de lluvias. Era tal el volumen de personas y bestias de carga que se desplazaban con los monarcas que, cuando se instalaban en una zona determinada, no podían estar allí más de cuatro meses, pues todo quedaba esquilmado a su alrededor, de tal forma que eran necesarios diez años para que volviera a su estado anterior.

Así las cosas no es de extrañar que haya diversas localidades en que queden rastros de la capitalidad de los diversos imperios etíopes. Por ejemplo, Bahir Dar, a orillas del majestuoso Lago Tana, con sus ferrys y su desaforada fauna y vegetación lacustres. En las cercanías existían unas famosas cataratas, las Blue Nile Falls, consideradas como uno de los saltos de agua más hermosos del mundo. Digo bien “existía” porque, por desgracia para los turistas e, imagino, beneficio de los nativos, el Humo del Nilo, se utiliza desde hace unos años para generar energía eléctrica en la central allí construida. Una decisión arriesgada y perjudicial para el turismo, pero necesariamente comprensible. La modernidad exige ciertos sacrificios.

La ciudad de Gondar tiene restos arquitectónicos de tres siglos de antigüedad: un castillo en excelente estado de conservación... y un resto palaciego ruinoso proveniente de los desmanes de la II Guerra Mundial. Tras la ocupación de Abisinia, los italianos instalaron su cuartel general de la zona norte en el área monumental de Gondar. Los aviones ingleses, en el fragor de la batalla, no tuvieron empacho en arrojar sus bombas sobre la misma para inutilizar el parque móvil de los fascistas. El resultado: los fascistas perdieron sus posiciones en Etiopía y los etíopes se quedaron sin buena parte de su patrimonio arquitectónico. Pero el castillo, excelentemente restaurado, presenta al visitante ahora mismo su mejor aspecto y su cara más luminosa. Torreones y pasillos, amplias estancias y pequeños ventanucos. Un testimonio de que Etiopía es mucho más que naturaleza salvaje.

Aunque los mejores y más impresionantes vestigios del genio arquitectónico etíope los encontramos en la célebre ciudad de Lalibela. Allí se encuentran las famosas iglesias excavadas en piedra, oficiosamente consideradas como la Octava Maravilla del Mundo. Y por Dios que todo el que las contempla no puede sino estar de acuerdo con ello. Porque son impresionantes. Impresionantes en el sentido más literal y exacto del término. Por sorprendentes, por espectaculares, por anonadantes. Por imposibles.

Porque parece imposible que en el siglo VII, cuando el Islam se extendía imparable por Egipto y Sudán, los fervorosos cristianos coptos decidieran, como protección y defensa, erigir hacia abajo sus templos dedicados a Dios. Para ello buscaron una superficie rocosa de unos novecientod metros cuadrados y fueron excavando un foso alrededor hasta dejar al aire un compacto monolito rocoso de unos ochocientos metros cuadrados y once metros y medio de altura, que posteriormente, fue vaciado por dentro hasta dejar construido un templo sostenido por treinta y seis pilares externos y otros tantos internos. Hoy, Bet Medhane Alen es la iglesia excavada en piedra más grande del mundo. Luego llegaron Bet Emanuel, Bet Golgota, Bet Sinaí, Bet Abba Libanos y un largo etcétera. Llegaron los túneles y pasadizos que unían unos templos con otros y que conforman una ciudad subterránea que hace suspirar de emoción e incredulidad a todo el que la contempla y pasea por sus recovecos. Pero Bet Medhane Alen es especialmente sobrecogedora. Aunque el turismo en Etiopía es creciente, todavía es posible pasar dentro de este templo media hora completamente a solas. Y las sensaciones son poderosas e íntimas. No es tanto cuestión de religiosidad o espiritualidad cuanto de magnificencia ante una obra humana de proporciones divinas.

La conmoción que provoca Lalibela es tan mayúscula que a nadie sorprende el origen mitológico que las leyendas etíopes otorgan a la octava maravilla del mundo: cuando el rey Lalibela era joven, su hermano, celoso, intentó acabar con él vertiendo ponzoña en su comida. Pero Lalibela no murió, quedando sumido en un profundo estado de catalepsia. Un ángel tomó su espíritu y lo subió al cielo para presentarlo ante Dios, quién, por haberle salvado la vida, le pidió que erigiera en la tierra un monumento en su memoria. Lalibela, maravillado ante la contemplación de la ciudad de Dios en el paraíso, prometió construir una réplica exacta a su vuelta. Dios, impresionado por la determinación del joven, le mandó la ayuda de diez ángeles para que, hombro con hombro con los humanos, levantaran una ciudad de Dios en Etiopía. Y así se construyó la nueva Jerusalén.

Los arqueólogos y estudiosos, menos amigos de las leyendas mitológicas, sí están de acuerdo, sin embargo, en que la fe fue el origen del nacimiento de Lalibela. Dado que los etíopes eran cristianos ortodoxos, cada año centenares de ellos iban de peregrinación a Jerusalén. En su viaje se veían obligados a cruzar el Sudán y Egipto, donde los musulmanes mataban a gran número de ellos. Para acabar con dicha sangría, los monarcas abisinios decidieron construir una nueva Jerusalén en su tierra y, de esa manera, vivir su religión en paz. Escondieron los templos bajo tierra, de forma que fueran invisibles para sus enemigos. Y los construyeron de roca viva, el más indestructible de los materiales, de tal forma que, aunque fueran descubiertos, resistieran cualquier intento de destrucción.

Y así han perdurado a lo largo de los siglos. Hoy día, el mayor enemigo de Lalibela es uno con el que, a buen seguro, no contaron los coptos del siglo VII: el agua, el viento y la erosión. Un plan de choque de la UNESCO ha intentado proteger lo máximo posible a los templos, por medio de unos andamios y unos techados de uralita y chapa que harían morirse de rabia y clamar de indignación a cualquier restaurador moderno. Esperemos que la chapuza allí realizada sea temporal y que se destinen los esfuerzos y euros necesarios para que la Octava Maravilla del Mundo siga en pie durante veinte siglos más... de forma atractiva y presentable para los viajeros que la visiten.

EL SUR

Todo viaje al sur de Etiopía habrá de partir, obligatoriamente, de Arba Minch una de esas ciudades con las que alguna vez ha soñado todo enamorado de África. Una ciudad pequeña situada al pie de una cadena montañosa cuyas altas crestas superan los 4.000 metros de altitud; establecida al borde de un inmenso lago, el Chamo, poblado por centenares de inmensos cocodrilos e hipopótamos así como de miles y miles de las más diversas especies de aves. Los alrededores de Arba Minch son un inmenso vergel en el que abundan los plátanos y las papayas, los monos y las águilas. Y en las cercanías de la ciudad, el Parque Nacional de Nechisar, uno de los más espectaculares y singulares parques africanos. El Parque de la Hierba Blanca, una inmensa planicie en la que cientos de cebras y gacelas transportan al viajero al interior de esa África soñada y anhelada por todos los que, siendo niños, nos sentimos intrépidos exploradores una tarde de sábado después de ver en la televisión una película de Tarzán o de leer las aventuras de Allan Quatermain en busca de las minas del rey Salomón.

Pero la verdadera sorpresa para el viajero le espera aún más al sur, cerca de las fronteras con Kenya y con Sudán. El río Omo alberga en sus riberas a los pocos representantes que quedan de una serie de etnias muy especiales y características: los hamer, los karo y, sobre todo, los mursi. Son gentes que en pleno siglo XXI viven igual que hace cien, quinientos, mil años. Gentes nómadas que llevan encima lo muy poco que necesitan para vivir. O para sobrevivir, si medimos sus necesidades con baremos occidentales. Pero iniciar esta conversación nos llevaría a enzarzarnos en una discusión sin fin. La misma que, durante horas y horas hemos tenido nosotros al calor de una hoguera en nuestro campamento, al que regresábamos por la tarde tras visitar el poblado Karo en lo alto de una colina, junto a un meandro del Omo. O tras presenciar el Salto del Toro, tras el cuál, un joven hamer es considerado lo suficientemente maduro como para comenzar a buscar esposa.

Pero, sobre todo, la discusión acerca de las costumbres y modos de vida en la zona del Omo se desata en su versión más furibunda tras haber estado con los mursi. Porque el impacto que provocan en todos aquellos que les vistan es devastador. No es sólo que el aspecto físico de sus mujeres, con los incisivos arrancados y los labios cortados para poder albergar el famoso plato, sea completamente repulsivo; sino que son personas agresivas, duras, fuertes. Te gritan, te cogen y te zarandean. Tú estás allí para hacerles fotos y ellos se muestran lo más fieros posible, pues eso es lo que tú buscas. ¿O no? Tipos semidesnudos, la mayoría armados con un kalashnikov, el cuerpo y la cara pintados con ceniza, de musculatura poderosa. A dos birrs la foto. Y todos quieren sus dos birrs, por supuesto. Las sensaciones son extrañas y, en muchos casos, contradictorias. Tras media hora, te refugias en el interior del coche y notas cómo, aunque el calor no es excesivo, estás sudando a mares. Un sudor denso, de fuerte olor.

Horas después llegará el momento de la charla, la conversación y los intentos de racionalización. Pero esa media hora compartida con los mursi ha sido de una intensidad, de una fuerza y de una tensión tales que, en tu fuero interno, te sientes distinto. Estás convencido de que, aunque sólo haya sido por esa media hora, el viaje a Etiopía ya ha merecido la pena. Habrás podido ver documentales y películas, leído sesudos estudios de antropología o emocionantes novelas de aventuras, pero el haber estado allí, el haber visto con tus ojos y sentido con tu cuerpo que en el siglo XXI hay personas que viven, no ya como en el neolítico, sino directamente en el paleolítico; esa estupefacción no se puede describir fácilmente con palabras.

Afortunadamente, como dijera Dylan, los tiempos están cambiando. Etiopía crece e intenta salir de la penuria en que agoniza desde hace siglos. Cada vez hay más carreteras asfaltadas y pistas de despegue y aterrizaje de aviones. La infraestructura hostelera cada día es más variada y completa. Pero, por fortuna, todavía es posible la aventura. Aventura no quiere decir correr riesgos innecesarios y absurdos. Ni mucho menos. Aventura es descubrir un mundo que está ahí y del que nada sabemos. A unas pocas horas de avión de nuestros hogares hay todo un universo casi desconocido y prácticamente virgen, esperando a ser descubierto. Hay millones de personas, vitalistas, alegres y amistosas, nacidos y crecidos en unas culturas y unas formas de pensar radicalmente distintas a la nuestra y que estarán encantados de charlar, de compartir, de reír y de mostrar, orgullosos, su fascinante e irresistible país: Etiopía.

DE LA INJERA… (y otras delicias gastronómicas etíopes.)

Cuando el viajero comenta que se va de viaje a Etiopía, además de una mirada de conmiseración y extrañeza, suele recibir algún comentario alusivo a las hambres que va a pasar por aquellos lares. Es cierto que si hay un nombre que lleva aparejado un hálito de hambruna y miseria, ése es Etiopía. Por eso, cuando nada más llegar a Addis, el viajero se sienta a comer en la deliciosa terraza del Square Garden Café y pide un par de platos del país, no puede evitar sentir una cierta curiosidad.

El plato tradicional de Etiopía es la Injera. Consiste en una torta grande y esponjosa, blanda, hecha a base de sorgo fermentado y cocido en agua*, sobre la que se echa carne frita con pimientos, o carne en salsa o carne picada, o carne… y, eso sí, siempre ha de llevar su buena dosis de picante, al que los etíopes son más adictos que simplemente aficionados.

Una vez que le volcaron el cacillo de carne sobre la torta, el viajero, novato, no supo que los cubiertos eran innecesarios, ya que la costumbre es cortar trozos de injera con la mano y usarlos, a modo de ¿tenedor? ¿cuchara? ¿pinza? ¿pan?, para coger la carne, untándolos en la salsa y comiéndolo todo de un bocado. Las injeras tienen un tamaño estándar, unos 45 cm. de diámetro y se comen igual que se preparan: en comandita, esto es, por todos los comensales a la vez. A medida que se van terminando, se encargan las siguientes.

El sabor de la injera no es ni bueno ni malo, sino todo lo contrario. Obviamente y dependiendo de según qué carne, le gustaba más o menos al viajero; a quien lo que más extrañaba y sorprendía era la blandengue textura de la masa. Como postre, el viajero se acostumbró rápidamente a los batidos. Enormes batidos de papaya, de naranja, de aguacate… sin una gota de agua que los arruinara. Disfrutó deleitándose con los productos de una naturaleza sorprendentemente feraz y lujuriosa, lo que jamás habría imaginado que encontraría en Etiopía.

Posteriores investigaciones gastronómicas le condujeron al restaurante “Lalibela”, en el que radicó su base de operaciones mientras se encontraba en Addis. El ambiente cálido y acogedor, el trato amable de las hermosas camareras, y esa ternera a la salsa de coñac, acompañada de cualquiera de las variedades de cerveza que se producen en el país, le hicieron disfrutar de inolvidables veladas, arrulladas al son de una suave música de jazz interpretada por la banda de la casa.

Y, al final, el café. El setenta y cinco por cierto de las exportaciones etíopes es de su afamado y apreciado café. En el “Lalibela” lo tostaban frente al viajero, lo molían y lo cocían sobre brasas humeantes. La ceremonia de preparación podía llevar más de una hora, pero el resultado era, ni más menos, que el mejor café que el viajero jamás hubiera probado hasta la fecha. Durante su travesía por los Montes Simien, por las mañanas, cuando únicamente era posible tomar el subproducto soluble, el viajero se encontró añorando ese café artesanal que tan buen sabor de boca le dejara en el “Lalibela”.

Pero lo que terminó de desarmar por completo al viajero fue el pescado. En Awasa, en Arba Minch, ciudades cercanas a inmensos lagos de agua dulce, disfrutó de diversas variedades de pescado preparadas de las más variopintas formas: en goulash, a la plancha, frito y a la brasa. Un pescado blanco muy sabroso, casi sin espinas, que no dejaba de sorprenderle: la perca del Nilo. Antes de partir, el Ministerio de Asuntos Exteriores advirtió al viajero que de tomar pescado del Indico, nada de nada puesto que estaba infectado con algún tipo de peligrosa e insana bacteria. Pero del Nilo no le dijeron nada, así que no tuvo reparos en atiborrarse de percas sin que, hasta la fecha, haya tenido que arrepentirse.

Con lo que el viajero no se atrevió, sin embargo, fue con la delicia gastronómica etíope por excelencia: la carne cruda. El viajero, que, de hecho, ni siquiera ha probado el steak tartar en España, no llegó a plantearse la posibilidad de hincar el diente a un trozo de carne desnuda, sin el más mínimo aderezo. El steak, por lo menos, está triplemente picado y lleva su sal, su pimienta, su cebolla, su mostaza, su huevo… pero la carne cruda etíope es eso, carne cruda en una pieza, que, en todo caso, se moja en alguna salsa picante, y, la verdad, aunque el viajero no es excesivamente escrupuloso, por ahí no pasó. Ni tampoco pasó por las ensaladas. Y mira que da rabia ver esos tomates jugosos, esas lechugas, esos olorosos pimientos y no poder tomarlos. Pero hay que ser prudentes y, la verdad, rabia, lo que se dice verdadera rabia; le daría en caso de coger unas fiebres tifoideas o una hepatitis.

En cualquier caso, los dos kilos que el viajero se dejó en Etiopía no fueron más que fruto de su propia bribonería: al terminar el trekking no pudo evitar, haciendo honor a su cariñoso apelativo gastronómico, el sentarse a tragar, tragar y tragar… hasta que su estómago dijo “basta” y cursó una orden inapelable a las tripas: era perentorio el conseguir, como fuera, que el tragón cejara en su ímpetu masticador hasta quedar convenientemente purgado. Y el viajero da fe de que las tripas cumplieron dicha orden a la perfección y con la diligencia debida.

* La masa de la injera es relativamente fácil de hacer: se confecciona una pasta a base de sorgo (una pequeña gramínea que nos es necesario moler), agua y levadura, quedando una crema lechosa que se extiende, formando círculos, sobre un gran plato de barro puesto al fuego. Se cubre con una tapadera confeccionada con elementos vegetales, hasta que la injera se despega del plato. En ese momento se saca y se va apilando sobre las ya hechas. Es un procedimiento comunitario para el que las mujeres se reúnen en una zona concreta del pueblo, donde se encienden los fuegos, se cocina, se cotillea, se habla, se ríe…

DEPORTES

A finales de Noviembre se viene celebrando en Addis la conocida como Gran Carrera de África. Son 10 kilómetros que recorren buena parte de la capital etíope y en la que toman la salida los mejores y más conocidos atletas africanos. Está patrocinada por el gran campeón olímpico Haile Gebregelassie y la edición del 2003 ha reunido nada menos que a 18.000 atletas. Correr en Etiopía, como el comer injera, que ya hemos dicho, es cuestión de orgullo. Antes del amanecer, cientos de atletas vocacionales transitan por las cunetas de las carreteras. No es extraño, pues, que los mejores fondistas del mundo provengan de este país privilegiado en el que la altitud de la mayor parte del mismo supera los 2.500 metros.

TRÁFICO

Cuando el viajero decide visitar Etiopía sabe que se encontrará con muchas peculiaridades en sus gentes, costumbres y paisajes. Sin embargo, para lo que no está preparado, por mucho que le hayan contado, es para enfrentarse al tráfico. Porque el viajero, antes de la partida, se centra en estudiar los parque nacionales, las diferentes etnias y los templos más impresionantes, la historia y la geografía del país. Así, cuando se encuentra en una carretera nacional, varado en mitad de un atasco provocado por un rebaño de vacas o un borrico díscolo a las órdenes de su dueño, no puede evitar quedarse sorprendido.

Y eso que en Addis Abeba, la capital etíope, había aprendido a cruzar sus amplias avenidas parapetado en un nutrido rebaño de cabras, lo único que hace detenerse a los coches que, rugiendo, cubren todo el ancho de la calzada. El contraste es brutal: siete carriles abarrotados de modernos coches que amenazan, apretando el acelerador… mientras esperan a que las ovejas terminen de cruzar en su tránsito hacia quién sabe dónde.

Otra cosa que anonada al viajero es comprobar cómo el elemento más imprescindible de un coche no son las ruedas, el volante, los frenos o los faros. Un buen conductor, si es avezado de verdad, podrá llevarle a su destino sin cualquiera de esos prescindibles elementos. Con pericia, astucia e imaginación suplirá su falta sin excesivos esfuerzos. Pero el cláxon es otra cosa. El cláxon es el mejor amigo del chofer. Le sirve para anunciar su presencia, para espantar al ganado, para asustar a los chavalines incautos que juegan junto a la calzada y para bromear con las jovencitas.

Cuando el viajero se mete en carretera tiende a medir las distancias, como en su Europa natal, en kilómetros. Pero, desconcertado al comprobar que, con un coche en perfecto estado, recorrer cincuenta kilómetros puede llevar más de una hora, rápidamente cambia de registro mental y empieza a medir las distancias en tiempo. Ya no preguntará, incauto, cuantos kilómetros hay de Awasa a Arba Minch, o de Key Afar a Jinka sino que indagará acerca de las horas que llevará cumplimentar dicho trayecto.

Y es que las carreteras etíopes, para los que nos hemos acostumbrado a la rapidez y a la brutal monotonía de las autovías y autopistas occidentales, son un espectáculo en sí mismo. Las carreteras concitan la vida en torno a sí. Los cafetines, los puestos de fruta, los aguadores, los asaderos de carne… y el ganado. Porque la preferencia de paso en todos los caminos, aunque estén asfaltados, la tienen las vacas, las cabras, las ovejas y hasta las gallinas. La sorpresa es continua. Por ejemplo, al viajero le merece la pena ir atento a los peinados de las mujeres. Si fuera buen fotógrafo se podría llevar para su tierra una maravillosa exposición confeccionada a base de retratos de distintos tipos de trenzados de pelo. Trenzas grandes que se cruzan o minúsculas que quedan colgando. Trenzas anudadas con hilos de colores y trenzas rematadas con pequeños y sorprendentes adornos.

Para el viajero es un placer ir en coche, parar en una cuneta y comprar un racimo de plátanos a un precio de risa a alguno de los chavales que, con su sonrisa, intenta hacer la mejor oferta. Continuar luego el camino, deleitarse con las bananas y, al cabo del rato, dar una alegría a los mandriles que, temerosos primero y más confiados después, se acercan al coche en busca de su comida favorita. ¿No es lógico, pues, que los kilómetros transcurran deliciosamente lentos?

Los caminos están abarrotados. La gente camina, pasea, mira, habla, saluda, ríe. La gente se mueve, viaja, se transporta, transita. La gente va. Y el sencillo hecho de contemplar un segundo en la vida de cientos, de miles de personas cada día hace que por la noche, cuando cierra los ojos, al viajero se le aparezca una sucesiva e ininterrumpida oleada de rostros alegres y sonrientes, de grandes ojos de acogedora mirada que le dicen al viajero que es bienvenido en Etiopía.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros

Noviembre de 2004.