El sonido de Marrackecht

Torcuato Romeo López

Anochecía ya cuando llegamos a Marrackecht. Era viernes. Cruzamos la ciudad y fuimos directamente a la plaza Djemaa el Fna. No era la primera vez, así que no tuvimos problemas. Metimos en coche en un garaje y fuimos al hotel. Estabamos cansados. Habían sido demasiados kilómetros para un solo día, pero nos duchamos y salimos a cenar.

Nos sentamos en la terraza de un restaurante. El camarero nos trató con la amabilidad que tienen reservada para los turistas, y desde luego eso éramos, unos turistas en viaje de placer. Pero ninguno de nosotros olvidaba que teníamos una cita.

A la mañana siguiente estábamos descansados y con más ánimo para sortear a los chiquillos que constantemente nos rodeaban para vendernos cualquier cosa o para pedirnos unas monedas. Dimos una vuelta y vimos a los encantadores de serpientes, a los contadores de historias, a los músicos callejeros, a los vendedores de los bazares, a otros turistas, y a una multitud de gente que estaba allí. Nos tomamos un zumo de naranja en un puesto callejero y nos fuimos a desayunar.

Nos preguntábamos si entre tanta gente nos encontraría. No habíamos quedado en ningún lugar exacto ni a ninguna hora, la única referencia era que aquel sábado nos buscaría por la plaza. De todas formas no sería muy difícil localizar a unos extranjeros sentados en una terraza bastante visible, y menos para alguien que llevaba dos años viviendo en Marrackecht.

Y es que hacía ya dos años desde aquel otro viaje en el que nos marchamos sin él. Dos años ya. A veces, durante todo este tiempo, nos hemos reprochado nuestra actitud, demasiado pasiva quizás. Pero la verdad es que intentamos convencerlo y que fue inútil.

Él decía que hasta cuando estaba en el hotel, el sonido de la calle, y sobre todo aquella música obsesiva, se colaba por las rendijas y se le metía en las entrañas, y entonces sólo pensaba en dejarlo todo, en abandonar y zambullirse entre sonidos extraños y tardes al sol, y perderse.

Y eso pasó. Nosotros nos volvimos con el encargo de comunicarle a ciertas personas su deserción –Laura, entre otras_ y de solucionar otras cuestiones prácticas, como por ejemplo mandarle algunas cosas al hotel.

Desde entonces no habíamos tenido contacto con él hasta que nos llegó la carta. "Necesito que vengáis. Es importante para mí. El último sábado de febrero os buscaré por la plaza. Si no estáis lo entenderé. ", decía.

Evidentemente fue una sorpresa. Nosotros ya no nos veíamos como antes, pero nos pusimos de acuerdo y decidimos venir.

En cierta manera su mensaje nos tranquilizó, ya que a pesar de las postales que de cuando en cuando mandaba a su familia, era inquietante no saber nada seguro sobre él. Ahora al menos sabíamos que le pasaba algo, pero que estaba vivo y que recordaba mi dirección. Por otra parte si hubiera necesitado ayuda inmediata nos habría mandado un telegrama o llamado por teléfono.

Decidimos andar un poco por la Medina. El sol empezaba a calentar en serio y lo mejor era dar un paseo por las callejuelas estrechas donde siempre había sombra y donde los vendedores nos recordarían que éramos turistas y que estábamos en Marrackecht. Afortunadamente teníamos algo que hacer y eso nos salvaba de la tentación de comprarlo todo. De todas formas nos quedamos con algunas cajas de madera de cedro para hacer tiempo y para conversar con los vendedores. Estuvimos tentados a preguntar por él en algunos bazares, seguro que lo conocían, pero no nos atrevimos.

Cuando nos cansamos de andar y del asedio de los muchachos que se ofrecían como guías, nos fuimos al hotel. Ya volveríamos por la tarde o a la mañana siguiente si todo iba bien.

A veces, también hemos sospechado que aquel repentino desplante suyo fue sólo un montaje, una puesta en escena de algo que ya tenía preparado. Laura desde luego no se mostró especialmente sorprendida ni lo atribuyó a un arrebato del momento. Nos dijo que ella se esperaba algo así desde hacía tiempo, que era como una idea que estaba ahí, latente, esperando un decorado propicio para manifestarse, y en eso sí que tenía algo que ver Marrackecht.

Lo que nadie esperaba es que se quedara de verdad. Al principio todos creíamos que sería una temporada más o menos larga, unos meses a lo sumo, y que después volvería. Al fin y al cabo siempre lo había gustado viajar. Pero fue pasando el tiempo y su recuerdo se fue mezclando con la palabra Marrackecht hasta que al final pensábamos en él como en alguien que estaba lejos y al que algún día veríamos. Ahora ese día había llegado y estábamos en el mismo hotel que la última vez.

Comimos en un restaurante que había justo al lado y después subimos a nuestras habitaciones. Hacía mucho calor. Nos pusimos a charlar un rato pero con aquel sopor lo único que apetecía era dormir.

Después del sueño y de una ducha nos sentamos en la terraza del hotel y pedimos té con hierbabuena. Empezaba a anochecer. Llevábamos ya un día entero en aquella plaza y estábamos en el mejor momento para saborear el espectáculo. Con la entrada de la noche la plaza se despereza y se comporta como el hormiguero humano que realmente es. Miles de personas salen a la calle y se mueven incesantemente, los chiringuitos de comida despiden aromas a especias que se mezclan con el sudor, el polvo y el azahar. Y entonces es cuando los contadores de historias reúnen a su mejor público y cuando los músicos callejeros te envuelven con una melodía de apariencia simple, pero que repetida hasta la eternidad, se te mete de verdad en las entrañas y te incita a la danza y al misterio. Y eso era lo que estábamos contemplando cuando lo vimos aparecer.

Nos abrazamos e intercambiamos palabras de emoción. Nos pusimos contentos de verdad. Estaba casi igual que antes, si acaso más moreno, y desde luego había perdido la apariencia bobalicona de todos los turistas. Le preguntamos por él, por su carta, pero nos dijo que más tarde. Se sentó con nosotros y hablamos de los amigos comunes, de nuestros trabajos, de algunas novedades, de Laura...., le contamos que se había casado y que esperaba un hijo; y en todo momento se comportó como si nada hubiera pasado, como si hubiera estado ausente durante unas vacaciones y a la vuelta charlara tranquilamente con los amigos.

Nos llevó a cenar a un restaurante de lujo. Estaba en un segundo piso de una calle que desembocaba en la plaza. En las paredes había tapices y unas cortinas que parecía de seda. Nos sentamos junto a un gran ventanal con vistas al cielo y a los tejados de la ciudad. También se veía el minarete de la koutoubía desde donde por unos altavoces salía la voz que llamaba a la oración. Allí comenzó a hablar. Nos dijo que había aprendido a vivir en Marrackecht y que le gustaba, que era como una mezcla de delicadez y de basura en la que se sentía cómodo. Al principio, dijo, solo se relacionó con extranjeros como él, incluso tuvo una historia con una chica holandesa que duró poco. Fue conociendo a gente de la ciudad y trabajó ocasionalmente en hoteles y cosas así. Nos contó que algunas veces estuvo a punto de volver, se acordaba de Laura y de todo aquello, pero que se enredó en una tela de araña y se dejó llevar; que en esa tela de araña el dinero era importante y que se metió en asuntos turbios. Cuando nos mandó la carta estaba en apuros por una historia de joyas y necesitaba que alguien que no infundiera sospechas hiciera de correo dentro de Marruecos, pero afortunadamente ya se había resuelto todo. También dijo que sentía si nos había preocupado, pero que se alegraba porque tenía ganas de vernos.

Después dejó el tema y nos preguntó otra vez por Laura. Nos dijo que no le había escrito, pero que a menudo pensaba en ella, claro que ahora evidentemente estaba fuera de juego. Nosotros respondimos a sus preguntas: el nombre del otro, el embarazo y demás detalles. Y fue entonces, al ver su expresión ausente, cuando nos dimos cuenta que algo en él había cambiado. Aquellos dos años no había sido exactamente unas vacaciones. Quizás la nostalgia, la duda de haber elegido correctamente o esos asuntos turbios le habían dado a su sonrisa un toque de distanciamiento que no tenía antes. Pero desde luego no pensaba volver, aunque ninguno de nosotros sabía realmente porqué.

Al acabar de cenar fumamos hashish. Nos dijo que por la mañana tenía que ir a Rabat, pero que nos quedaba toda la noche. Salimos del restaurante y volvimos a la plaza. Era ya tarde, pero la calle seguía igual, indiferente, poniendo a cada paso trampas para los sentidos de sonidos envenenados y olores antiguos, tragándose tras su bullicio miles de historias y la nuestra también. Así era Marrachkecht, o al menos una de sus caras.

Estuvimos casi toda la noche charlando, riendo, fumando, bebiendo té con hierbabuena. Despidiéndonos. Esta vez era todavía más inútil tratar de convencerlo de nada. Cuando nos volvimos al hotel, llevábamos cada uno un regalo que nos había dado con la condición de que lo abriéramos a solas y lejos, quién sabe porqué. Quizás era esencia del veneno de Marrackecht.