Berlín: Una joven ciudad unificada

Carlos Díaz Marquina

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Y recuerda también que muchos lugares que te
gustaría ver están fuera del mapa, y muchas
cosas que deseas saber no están a la
vista o quedan un poco fuera de tu alcance.

Norton Juster. “La cabina mágica”

Bitte. Danke

Todo llega en esta vida. Amparo piensa desde el abandono del pesimismo. José Luis, como una concesión del privilegio y yo como una bendición que nos permitirá viajar separados para llegar juntos. Para los tres, este viaje es alcanzar un objetivo. Cada uno le dará su matiz.

Nuestra alegría por pasar el puente juntos ha podido quedar truncada por el overbooking y por el desmadre del turismo en las fechas más señaladas. Habíamos sacado los billetes en enero, nos habían asignado asiento pero no habíamos caído en que en estos días no se respeta nada y si no has sacado la tarjeta de embarque con bastante antelación puedes encontrarte con una desagradable sorpresa. De nada sirven las malas caras, las amenazas y las gestiones a tumba abierta: su asiento está ocupado, nada puedo hacer, esto es lo que dice el ordenador. La informática impone su dictadura y de nada sirve el documento impreso hace meses.

Aunque todo tiene solución y un final feliz, como en las películas de Hollywood de los años 30. El argumento nos elige como protagonistas. José Luis tira de Iberia Plus oro, mete la cabeza en el mostrador de atención al público, desplazan a otro desdichado como nosotros para que pueda viajar Amparo y gestiona con ahínco la plaza de su cuñado, la mía. Amparo está hundida. Yo estoy tranquilo: me garantizan plaza en el siguiente vuelo.

Hasta que no se cierra el vuelo y saben los excedentes de plazas la emoción es desasosegadora. La zona vip no es el bálsamo de otras ocasiones. No terminamos el café, ni el agua ni el refresco. El muro infranqueable que forma el sistema se interpone en nuestras vacaciones. La sobredosis de tensión causa silencio y caras hoscas.

La gestión de la crisis por la aerolínea es pésima. El ocultismo es la tónica. Los desheredados nos apretujamos como los refugiados a la espera de bienes de primera necesidad en un campamento. Para colmo, los de un lado de atención al cliente remiten al otro para obtener las tarjetas salvadoras. Los empleados de Iberia no se solidarizan con el desaguisado formado por su empresa y caminan arrogantes sin mirar a los clientes. La próxima vez que vea su publicidad y hagan referencia a que lo importante es el pasajero y la excelencia les voy a responder de malos modos. Son sólo falacias. El cliente es masa, un ser incómodo que quiere hacer valer derechos y al que se vapulea sin reparos.

Obtenida la tarjeta de embarque queda el retraso. Tampoco dan razones. Hay un par de amagos, un par de intentonas, un par de conatos de revolución...

Al menos viajamos en business. Aunque José Luis, que es el que tendría derecho de ello, se sacrifica y ocupa la única plaza de turista junto a un brasileño que se niega a cambiarse con mi hermana y despotrica porque vamos con retraso. Como si sólo él fuera el afectado. Se queda sin mejora de plaza.

Desde la ventanilla del avión se divisa un paisaje hermoso. Los lagos se alternan con los meandros de un río. El agua adopta un color metálico, aunque la hora de la puesta de sol aún tardará. Es una llanura de campos fragmentados donde el agua se lo toma con calma, se pasea, gandulea, brilla.

El japonés encorbatado que viaja a mi derecha-con un asiento libre de por medio-no para de utilizar el portátil. Excepto otra señora y Amparo, los demás de la zona business son hombres de negocios extranjeros. Quizá todos se conozcan.

Anuncian 25º en Berlín. Los hombres de negocios no se inmutan. Los adoptados de la clase business iluminamos nuestros rostros. El turismo con sol es garantía de buen recuerdo.

Miniloft es una palabra acogedora.

Con las indicaciones del correo de Marina el taxista se orienta. Herrischesstrasse es una calle pequeña que baja desde Invaliden, bastante conocida. Como es larga, el tramo lo individualiza la estación de U-Bahn, el metro, Zinovitzerstrasse. La zona es tranquila y quizá por ello no somos conscientes de su valor cultural. En Chaussestrasse con Invaliden se encuentra la que fue casa de Bertolt Brecht y su esposa hasta que murieron. Un poco más al sur, descansan los restos de muchos alemanes ilustres en un pequeño cementerio que es difícil de percibir si no se ha leído la guía o te ha advertido un lugareño. Frente a nuestra casa, en Invaliden, un edificio decimonónico con trazas de museo confirma ser el de Ciencias Naturales, con una colección prodigiosa. Hacia el oeste, por donde hemos venido, la Hamburger Banhof, una antigua estación de tren contemporánea de Atocha, ha sido reconvertida en Museo de Arte Contemporáneo con unos fondos magníficos del arte más avanzado.

Las calles están solitarias y el tráfico es escaso. Las fachadas son de variada calidad, aunque todas están bien pintadas. Nos preguntamos si dormiremos en el antiguo Berlín Oriental. Nos falta orientación.

El miniloft es minimalista y acogedor. El nuestro se ubica en el edificio antiguo, el rehabilitado. El nuevo exhibe una fachada metálica vanguardista. Convive lo más moderno con lo tradicional. Es una constante en toda la ciudad. La mesa ha sido desplazada junto a la entrada y la cocina y resta encanto al hall. En contraprestación, el salón-dormitorio es amplio. Dos camas futón juntas y el sofá que se transforma en cama son los muebles principales. El armario es sustituido por unas estanterías de tela colgadas. El baño es perfecto.

Jurgens y Matheus, dos jóvenes arquitectos, tuvieron que enfrentarse a la burocracia de la ciudad, a los bancos, que han calificado como delincuentes, a los constructores y otras fuerzas del mal para hacer realidad, hace cinco años, éste su primer proyecto. Viven en el edificio nuevo. Su ilusión da un toque hogareño a nuestra estancia. En la nevera han dejado zumo, dos cervezas y agua con gas. Un detalle de buenos vecinos.

Al ataque. Freitag nacht

El espíritu combativo aflora inmediatamente. Soltamos el equipaje y salimos a la calle. Amparo, que es la que se ha leído la guía de Lonely Planet, propone ir hasta Alexanderplatz. No anda lejos. La elección de ruta va a ser determinante para nuestro primer éxito.

El primer tramo, Invaliden y Chaussestrasse, está matadillo. Nulo  movimiento en los hoteles cercanos, la Universidad de Humboldt y los museos, que están cerrados. Nos hacemos un lío sobre ir a la derecha o a la izquierda. Cerca del metro preguntamos.

La acera de la derecha de Chaussestrasse está algo más iluminada. Inauguran un par de exposiciones en galerías de la calle. En el restaurante thai “Good time”, se cena animadamente. Pasa el tranvía y nos remontamos al pasado. Crece la ansiedad desde los activos pies.

En Oranienburgerstrasse empezamos con los nombres largos. Se transforma el panorama: cachondeo. La calle es una sucesión de bares y restaurantes que han sacado las terrazas a la acera, las han cubierto con los toldos y las han atemperado con las estufas en forma de columna. El tiempo es engañoso. Seduce con su sabor a primavera pero el viento devuelve al cercano invierno. No sobra la cazadora. Es aventurado sentarse sin la protección de la butana.

La gente, previsiblemente turistas alemanes y extranjeros, han tomado los locales. En unas mesas se cena, en otras se charla en torno a una copa. Habrá que estar atentos porque las mesas libres son un gran botín. Los sitios son bastante atractivos, con decoración étnica, minimalista o de cualquier otro gusto pero invariablemente seductora. La iluminación hace el resto.

Nos sentamos, nos relajamos después de tantas emociones y compartimos experiencias y sensaciones. Es ahora cuando se ofrece el segundo matriz de "todo llega en esta vida". Amparo y José Luis querían venir desde hace tiempo. El año pasado estaban decididos pero la boda de nuestro hermano Antonio trastocó ligeramente los planes. Lo aplazaron. Volvieron a la carga en enero y se decidieron: sacaron los billetes. Conocedores de mi afán de regreso, me lo dijeron y aquí estamos los tres.

Nos sirve las ensaladas Andreas, un chavalote alto y guaperas que nos insta a hablar en español. Tuvo una novia española y estuvo una temporada en Ibiza. Su español es envidiable.

La calle está repleta de paseantes despistados. Unas invitadas inesperadas jalonan a intervalos las aceras. Son las prostitutas. No son asiáticas ni africanas. Si no son alemanas serán de los países del este o de las antiguas repúblicas soviéticas. Son altas, bien formadas, rubias, guapas, subidas en botas de tacón gigante que se elevan hasta la rodilla, visten tan solo una especie de corsés y cazadora para no enfriarse. Faldita corta o shorts. Son bastante decididas y atacan al menor despiste. Si les mantienes la mirada te saludan y entran en tratos. No, gracias.

Por nuestras referencias, estamos en Scheunenviertel, el antiguo barrio judío. Su nombre significa Barrio de los Graneros. Se ha convertido en la zona más animada de Berlín. El recuerdo del gueto queda difuminado por el ocio. El recuerdo de lo sufrido por los judíos altera la percepción por un instante.

Alexanderplatz es inmenso. La torre de televisión es tan alta que engaña. Al ser el terreno tan plano, las distancias son igualmente engañosas. Parece que está cerca pero no es así.

Fue el centro comercial del Berlín Este. Ahora, duerme. La zona central tiene algo de planetaria con la aguja mirando al cielo y su base consistente. Tras el vidrio de un edificio de ocio se mueven las personas. Entramos en la estación. Quienes rondan son de aspecto algo siniestro. Para entrar en el aseo la cuota son 80 céntimos. Entran unas chicas con vestimenta de juerga.

La otra referencia es el Rathaus, el ayuntamiento rojo con su reloj de Polifemo y sus líneas atractivas. Nos recuerda al de Bruselas. La plaza entre las dos iglesias, Santa María y San Nicolás, está desierta.

Pasamos ante el Instituto Cervantes y un lujoso hotel que exhibe en la entrada un oso, el emblema de la ciudad.

Camino de regreso y a dormir. Ya habrá tiempo para un repaso en toda regla.

Sábado de Reichstag

La visita de hoy está mediatizada por los horarios y por el cierre de los museos el lunes.

Desayunamos cerca del metro en un “Balzac”, que es la versión berlinesa de “Starbucks”. Los que asistimos a esa temprana hora somos turistas. El camarero se parece al lanzador de peso español Martínez, cachas y bonachón. Zumo, café y bollos, a lo que sumamos un bocadillo de jamón y queso para compartir.

Regresamos para lavarnos los dientes y tomar la mochila y las cámaras.

No es fácil conseguir un taxi en nuestra calle. Por supuesto, si alguno asoma es por el sentido contrario. Cambiamos de esquina, nos ponemos ligeramente nerviosos y lo obtenemos.

Nos dirigimos al Reichstag, la Cámara Baja del Parlamento alemán, el correspondiente a nuestro congreso de los diputados. El sistema alemán es bicameral y se completa con el Bundesrat, el correspondiente al senado. De camino, nos sorprendemos con la Hoptbahnhof, la estación central, un reciente monstruo de cristal que es la primera estación central de Berlín. La otra referencia es el Charité. Es un centro hospitalario que alberga un edificio sin encanto, alto y pardo.

Por un instante, al cruzar el río por uno de los puentes que comunica con el barrio gubernamental, contemplamos el conglomerado de edificios ultramodernos desde donde se rige el país. Todo esto es desconocido para mí. En 1991 no existían esos edificios. Ante el Reichstag se extendía un descampado y el edificio clásico mostraba un rostro triste.

Mala suerte: la cola para subir a la cúpula de Norman Foster es bastante larga. Muchas otras personas han tenido la misma idea que nosotros: madrugar. Otros han madrugado más que nosotros y nos preceden en una fila densa que baja por las escaleras y se prolonga más allá de una patriótica bandera.

El espacio ante el Reichstag es enorme. Ese espacio libre simbolizaría el deseo de libertad de toda la ciudad y de todo el país después de la etapa de separación soberana y física.

La idea es acoplarnos a la espera y aprovechar para pasear por la zona. No nos daría tiempo, pensamos en principio, para adentrarnos en el Tiergarten, el parque que une los antiguos sectores este y oeste. Realmente, nos hubiera dado tiempo a caminar hasta el otro extremo y regresar.

En el sentido de la cola, con el Reichstag enfrente, el parque queda a la derecha y a nuestra espalda. A nuestra espalda y a la izquierda, queda la Cancillería (Bundeskanzleramt), un cubo blanco con aberturas circulares, la lavadora, como la han bautizado los berlineses. Una estatua de Chillida adorna el patio previo a la entrada. Más allá, la Haus der Culturen der Welt, la Casa de las Culturas del Mundo, la “ostra preñada”, por su techo parabólico. En ella se celebran exposiciones, conciertos, actuaciones. A la izquierda, las oficinas de los parlamentarios, el Paul Hole Haus, salas de conferencias y despachos. Al otro lado del río, la Elizabeth Haus con la biblioteca parlamentaria y otras instituciones. La bandera roja y blanca que ondea es la Embajada de Suiza.

Los edificios llevan nombres ilustres de la historia del país y de la lucha por las libertades. Las tres constantes de este espacio son la amplitud, los edificios de una arquitectura vanguardista envidiable y los nombres históricos.

El viento se cuela por el cuello. Parados, sentimos el frío. Amparo y yo nos despegamos del grupo. Dejamos a José Luis haciendo guardia. A la derecha, llama la atención una escultura en el suelo. La placa es indescifrable. Esperemos que venga alguna explicación en la guía. Está formada por sucesivas lajas de metal, como pequeñas montañas, de formas diversas. En las crestas aparecen nombres y fechas. Intuimos que son en memoria de alguien. Quizá quienes perecieron en el asalto que dio origen a la época nazi o los que lo defendieran contra la destrucción de los invasores soviéticos. Para nosotros, son nombres sin sentido, sin historia, sin razón para ocupar un lugar tan privilegiado. El desconocimiento del idioma y de la historia lleva aparejada incomprensión.

En la verja del parque observamos unas cruces, flores, velas, otro memorial. Es el homenaje a los que desearon la libertad y perdieron la vida intentando cruzar el muro. Situamos por primera vez el Muro de Berlín.

La Puerta de Brandemburgo queda un tanto empequeñecida por los nuevos edificios. La recordaba exenta, regente en la zona, grandiosa. La Puerta quedaba al otro lado, en el Oriental. El Reichstag era patrimonio aliado, federal, occidental. No hay tráfico.

A la espalda de la fachada principal, una plaza amplia repleta de vacío y grandiosidad. Unos pasos más y el meandro del río Spree unido por los puentes y con dos edificios modernos, uno frente al otro. Se produce un contraste de épocas y estilos. El pasado imperial se mezcla con el presente unificado de cristal, acero y hormigón.

El Reichstag estuvo cubierto por una cúpula que fue destruida en la Segunda Guerra Mundial. Pero la decadencia del edifico había llegado de la mano de Hitler. El 30 de enero de 1933, ascendía a la Cancillería. En febrero se producía el incendio del Reichstag. Se echó la culpa del mismo a los comunistas e izquierdistas en general, lo que permitió su purga y el abandono del régimen democrático.

Cuando se encargó a Norman Foster la reconstrucción del edificio, su proyecto incluía una curiosa cúpula de vidrio que se ha convertido en una de las atracciones turísticas inevitables. Dicen que el diseño lo copió de Calatrava y se suscitó una fuerte polémica sobre la misma.

La cúpula alberga un restaurante que permite el acceso directo y sin esperas. El único inconveniente es que es carísimo. El común de los mortales hemos hecho cola-un par de horas-, hemos subido en un abarrotado ascensor y estamos deseosos de subir por los dos caminos que simulan la hélice de brazos del ADN. No van paralelos, no se juntan en ningún momento.

Desde la base, la cúpula impresiona. Es de otro mundo. El mundo del Berlín unificado. El sol de la mañana la hace brillar intensamente.

No nos metemos en su interior inmediatamente. Nos asomamos para tomar conciencia de la ciudad, para una visión de conjunto, para ubicar zonas y edificios. La identificación es más sencilla con el folleto que nos han entregado. Una foto panorámica marca los puntos más importantes.

La estructura clásica ha permanecido. Las gárgolas nos miran. Los remates combinados con la nueva arquitectura provocan unas fotos jugosas.

El Tiergarten, el jardín de los animales, se muestra en toda su extensión. Resaltan sobre las copas de los árboles los tejados de las construcciones más avanzadas. En varias ocasiones lo atravesé, hace años, regresando desde la zona occidental.

Lo que no existía era Postdamer Platz y el conjunto de acero y vidrio. Hoy no dará tiempo a visitarla. Ni tampoco la sede de la Filarmónica de Berlín, tan parecida al Auditorio de Madrid, o los museos.

La siguiente referencia es la Puerta de Brandeburgo, la cuádriga, la cúpula del DZ Bank, el Hotel Adler, Unter der Linden. Más allá, la torre de la televisión de Alexandre Platz, torres altas. Berlín se prolonga en una extensa llanura.

El meandro del río agrupa varios edificios parlamentarios, a ambos lados. Es el Lazo de la Federación, el Bund des Bundes, el Barrio Gubernamental, Regierugsviertel. Ahora observamos sus techos, su estructuración espacial.

La estación central es una vigorosa mancha negra. Berlín está a nuestros pies.

El ascenso por la cúpula permite ver todo de nuevo. Vamos girando, nos reflejamos en la aguja de espejos que cae sobre la sala de plenos, el cristal filtra las sensaciones.

Un espacio de secesión.

Cayó el Muro y nació un descampado inmenso. Horrible.

Yo me imaginaba, no sé por qué, que el Muro era como una tapia, un panderete que separa dos apartamentos. El Muro era alto y vigoroso, de hormigón, una muralla interna. Junto al Muro, una amplia zona de seguridad, torres de vigilancia, alambre de espino. Un completo símbolo de represión.

Recuerdo aquel espacio vacío como una avenida abandonada. Terreno inútil, maldito. Derribada la opresión había que reconvertir la vergüenza en algo útil. Tras “Manolo y Benito” en versión teutona llegaron los divos de la arquitectura y el urbanismo.

José Luis tiene razón en que Berlín sigue viva y aún se está formando. La constante presencia del binomio destrucción-resurrección se magnifica en este lugar.

Berlín busca su identidad entre lo antiguo y lo moderno, entre la piedra y el vidrio. La ciudad se mueve, se construye, avanza.

Es una ciudad dinámica y en continuo cambio. Si se hiciera un seguimiento año a año se apreciaría esa evolución tan gráficamente como cuando visitas a un niño pequeño y te extraña cómo crece. Los saltos son evidentes.

No reconozco la ciudad. No porque hayan transcurrido dieciséis años, no porque yo haya cambiado. La ciudad ha trabajado para ser irreconocible.

En el viaje del 91, fui a la oficina de turismo de Alemania, cerca del Palace. Mi sorpresa fue que no tenían planos de Berlín. Quizá no habían tenido tiempo para imprimirlos con la ciudad unificada-más de un año-, quizá es que no interesara porque la previsión de mutación era absoluta y todo quedaría obsoleto. La guía Berlitz que compré era de juguete. Habrá que revisarla. Allí venía la distinción entre Berlín Este y Oeste. Y era real.

La ciudad fue unida pero el remiendo había sido trazado por un zurcidor bastante chapuzas. Hasta que un modisto de alta costura supo utilizar una hermosa sutura para que no se notara la antigua fractura.

En el suelo queda la evidencia del trazado del Muro. Seguir su rastro es sencillo y conduce a lugares de memoria, a exhibición de vanguardia, a las señales del terror, al puesto donde se intercambiaban los espías.

El Muro ha desaparecido físicamente pero es algo más que una simple memoria.

Berlín se liberó de su muralla y, desde hace pocos años, del Muro. Viene a mi memoria el disco de Pink Floyd, The Wall.

Las referencias a Hitler y los nazis son escasas o nulas. Es un periodo tenebroso. Si pudieran, lo eliminarían de la memoria histórica, de los libros, de la conciencia alemana. ¿Han aprendido la lección de aquella salvajada? No hay que olvidar, hay que reflexionar. Esa reflexión sí aparece con frecuencia.

¡Cuántas lágrimas han inundado estas calles, cuántas lágrimas han intentado lavar el rastro de esas lágrimas de sufrimiento!

Cuando concluyó la Segunda Guerra Mundial la ciudad estaba arrasada. Una parte importante eran escombros y la población que había sobrevivido estaba machacada física y anímicamente. Sólo un país como Alemania es capaz de sobreponerse a esa catástrofe y gozar de un envidiable nivel de vida en la actualidad. Hasta han sido capaces de prohijar a la República Democrática y mantener el tipo. La Alemania Oriental era un lastre pero asumieron que el coste no era un obstáculo para la Unificación. Una Unificación que se inicia aquí, al caer el Muro.

La ocupación de los vencedores concluyó hace mucho tiempo y quizá esa experiencia haya servido para conocer los dos mundos o las dos concepciones en debate.

Una puerta prusiana y una avenida con tilos.

La Puerta de Brandenburgo (Brandenburger Tor) es el centro del universo berlinés. Un eje clásico. Un arco de triunfo en el que se exhibe el espíritu imperial en piedra. Es la primera imagen que aflora al tener que identificar esta ciudad. El pasado prusiano se sitúa en el lugar más preeminente. La historia ha girado en torno a esta puerta. Sobre ella, una cuádriga, tan famosa como la propia estructura arquitectónica. Otro símbolo.

Una puerta es acceso. Esta puerta no cierra nada porque sus arcos están abiertos a los dos frentes.

Pariser Platz es la plaza adyacente a la Puerta de Brandeburgo y el inicio de Unter den Linden, bajo los tilos. Cuadrada, amplia, resplandeciente.

Si quieres pasar mucho tiempo en ella te aconsejo el Hotel Adlon, el lujo traducido a residencia temporal. Es una pena que no nos hayan invitado nunca a hospedarnos porque jamás les hubiéramos hecho un feo. La cuenta puede ser astronómica pero nos equipararíamos a artistas, mandatarios y magnates. Las leyendas tienen esos pequeños inconvenientes.

La vanguardia de vidrio es la Academia de Bellas Artes. Uno se imagina una academia como algo serio, vetusto, adusto. El edificio es todo lo contrario a la tradición.

Le sigue el DZ Bank, del que hemos contemplado su cúpula desde el Reichstag. Se anuncia una sala de sesiones orgánico-expresionista. Sólo por el nombre dan ganas de colarse y abrir una cuenta.

Nada menos que las embajadas de Estados Unidos y Francia ocupan el “Salón de Berlín”.

Unter den Linden es la avenida más hermosa. Toda la elegancia y el tronío se agrupa a los lados de esta vía aristocrática. Lo suyo sería recorrerla en una lujosa carroza tirada por seis caballos blancos exquisitamente enjaezados. Con parsimonia, recreándose en ver y ser visto.

Esta ancha calle une la Puerta de Brandemburgo con la Catedral. Era la vía principal de la antigua capital de Prusia y de Berlín Oriental, la que agrupaba lo más atractivo del pasado.

No nos cansaríamos de recorrerla una y otra vez, repasar las fachadas cargadas de historia, embriagarse. Ese placer a pleno sol alza nuestro ánimo a cotas tan altas como su estilo.

Bajando por Friedrichstrasse entramos a la zona comercial. Quartier 205, 206 y 207 son los templos de la moda. Tres grandes almacenes diseñados por arquitectos de primera línea. En el 207, Jean Nouvel ha diseñado una estructura interna de cristal que convierte a las Galleries Lafayette en la vanguardia de los grandes almacenes. Curioso que, a un paso, conviva con el pasado de Gendarmenmarkt.

Por Gendarmenmarkt merece la pena desviarse y abandonar el bulevar Unter den Linden. La plaza, durante la época de la República Democrática, se denominaba Platz der Akademie.

Tres monumentos configuran este espacio: Schauspielhaus, el teatro, al centro, Franzosischer Dom y Deutischer Dom, las catedrales francesa y alemana, a los extremos.

La plaza es simetría. El lugar central lo ocupa la Schauspielhaus que se ha reconvertido en sala de conciertos. Es una de las obras emblemáticas de Schinkel en estilo clásico griego. Enfrente, la escultura de Schiller mantiene la presencia de la literatura.

A los lados, la catedral francesa y la catedral alemana: también han cambiado de uso. La francesa alberga una exposición sobre los hugonotes y la alemana sobre el parlamentarismo. En 1685 llegaron 5600 hugonotes procedentes de Francia y como consecuencia de la revocación del Edicto de Nantes por Luis XIV. Resultaron ser estupendos artesanos.

Los tres edificios comparten una entrada clásica y una esbelta cúpula. Los edificios del perímetro son elegantes.

El sol ha hecho florecer las terrazas. Es agradable sentarse y tomar una cerveza o un café o reponer fuerzas mientras admiras la plaza. Sentado en este lugar te sientes como un bon vivant

El tramo de Unter den Linden más cercano a la Isla de los Museos acumula otra concentración de edificios históricos de estilo barroco o neoclásico.

A la espalda del monumento de Federico el Grande quedan la Biblioteca Estatal de Berlín y el Deutsche Guggenheim, una colaboración de la Fundación Guggenheim con el Deutsche Bank.

Mirando hacia el río, a la izquierda, contemplamos la Universidad Humboldt que debe su nombre a un hermano del conocido naturalista, Alexandre. Su hermano, Wilhelm, fue el fundador de la universidad más antigua y prestigiosa de la ciudad. Ocupa un antiguo palacio real.

La fachada de templo griego que va a continuación es el Neue Wache, de Schinkel, el gran arquitecto con el que te topas a cada instante en Berlín. Es el alma del neoclasicismo prusiano.

Siempre hacia el río, el edificio rosado es la Zeughaus, la Armería Real. Es el museo de historia alemana. Y si te internas un poco abandonando el bulevar serás premiado con una de las obras más vanguardistas y sorprendentes de Berlín. Es el anexo al museo de I. M. Pei, el que fuera autor de la Pirámide del Louvre. Todo arquitecto actual que se precie debe tener una obra en Berlín.

Al otro lado, en la otra acera, el interés lo centra Bebelplatz. Sin embargo, un siniestro hecho ensombrece su memoria. Fue el lugar donde en 1933 se realizó por los nazis la primera quema de libros. Pero concéntrate en la arquitectura. La gran cúpula a lo Panteón de Roma es la Catedral de Saint Hedwigs. Es católica. Lo manifiesto por la preponderancia de templos protestantes. En el lado más alejado del río, al oeste, la Alte Konigliche Bibliothek. Enfrente, la Staatsoper Unter den Linden, la más prestigiosa ópera de las tres de la ciudad. Dos manzanas más y el Palacio de los Príncipes Herederos, el Kronprinzenpalais, que se embelleció en el primer tercio del siglo XVIII. Durante la República de Weimar se transformó en Galería Nacional. Los nazis la cerraron por su arte degenerado. Ahora es el Opernpalais.

La Isla de los Museos. Antigüedad posada sobre una isla

Si no has quedado abrumado por la historia del arte en doscientos metros, salta el río y prepárate a una orgía de museos. Museuminsel es impresionante.

La isla está en obras. Una pena porque quita relumbrón a las fachadas. Son algo pesadas aunque de una presencia tremenda. Las casetas de las obras quizá resaltarán más el contenido.

La primera cuestión a resolver es qué museos visitar. Todos, imposible. La selección ha de ser radical. El Pergamon es esencial. El Bode merece mucho la pena pero su restauración impide la entrada. Aún conservo el libro de hace años. Lo repasaré en casa. En la guía destacan la colección de escultura, la de arte bizantino, las tallas de marfil de Constantinopla y los iconos rusos. La numismática me atrae menos.

La entrada al Museo de Pérgamo es lenta. La cola es densa aunque fluye a buen ritmo. La espera es más corta de lo que imaginábamos.

La tradición arqueológica de Alemania cristaliza en las importantes colecciones de estos museos. Es increíble la cantidad y calidad de las piezas que desmontaron y trasladaron a Berlín y a otras ciudades. En la misma línea de lo que ejecutaron ingleses o franceses. Los arqueológicos de Europa están repletos del resultado de expediciones que descubrieron al mundo las civilizaciones antiguas. A veces, el expolio ha ensombrecido esa labor.

La sala más inmediata y espectacular es la consagrada al Altar de Pérgamo. Es un sepulcro del siglo II a.C. El friso que lo rodea muestra unas figuras realistas en posiciones dramáticas. La lucha entre dioses y gigantes es puro movimiento. Subimos la escalinata central y vamos estudiando los fragmentos. Leemos los nombres de los personajes: Phoibe, Asteria, Hekate… Los ropajes clásicos se mezclan con guerreros desnudos, unos actores se defienden con escudos circulares mientras que otros atacan con sus violentas espadas, los animales se entrecruzan, se forma una extraña escena por el vacío de un fragmento, una serpiente gruesa se desliza entre los cuerpos, Athena domina entre seres alados a personajes subyugados. Las escenas continúan en las paredes del perímetro. Nos sentamos en la escalera para gozar de una visión global y de las explicaciones de la audioguía.

Misia, la región a la que pertenece Pérgamo, era aliada de Troya. Recuerdo poco de mi visita a Pérgamo en 1991. La sensación era que quedaba muy poco de la ciudad antigua, quizá porque la habían desarmado y trasladado al continente vecino.

El mundo clásico se prolonga en la Puerta del Mercado de Mileto. Es una pena que la cubra un andamio. Es una espectacular estructura en dos niveles, tres arcos separados por columnas dobles y una armonía y equilibrio envidiables. Ante él, un hermoso mosaico con animales y escenas de caza. En la otra pared, una construcción de columnas acanaladas y un balcón en arco que sobresale de la fachada. Paseamos entre otras piezas de menos lustre.

La siguiente sorpresa es la Puerta de Ishtar, “la conquistadora de sus enemigos”. Seis siglos antes de Cristo, los babilonios, por iniciativa de Nabucodonosor II, maravillaron a la humanidad con este homenaje a la diosa de la guerra y la sexualidad, a la "señora del cielo", a quien se manifestaba en el planeta Venus. Domina el color azul y lo exalta el ocre que divide los paneles. Los animales en ella representados están vivos y caminan en libertad por los muros. Los visitantes de la ciudad se quedarían asombrados ante esta visión de la urbe. Esta exhibición de arte otorgaría prestigio a la ciudad y amedrentaría a sus enemigos.

El animal sagrado de Ishtar es el león. Ocupa los muros de la vía procesional que preparaba al caminante hacia la entrada a esa ciudad de leyenda. Los toros de la puerta representan al dios de la climatología, Adad, y los dragones al dios Marduk. Los problemas para el traslado de las cajas donde se habían depositado las piezas, que se reconstruirían en Berlín, son narrados por la audioguía. El estallido de la Primera Guerra Mundial y la derrota alemana supuso un considerable retraso en el traslado, e incluso, que el montaje en algunos casos no respondiera a la configuración original.

Otras piezas de Anatolia y el Creciente Fértil se suceden en las siguientes salas. Hititas, asirios, piezas de Nínive, reinos de la antigüedad que dejaron un patrimonio en piedra con la representación de animales alados, grifos, ejércitos disciplinados con curiosas vestimentas, símbolos, fetiches, deidades imposibles de comprender, alfabetos que narran batallas y hazañas, sacerdotes que se dirigen a sus ofrendas, nobles que muestran rostros amenazantes, arqueros que esperan órdenes, barbudos personajes con espadas, o alados y adosados a cuerpos de animales. Es una pena no poder dedicarle más tiempo.

Regresamos al mundo clásico. Fragmentos de edificios, estatuas, obras funerarias, mosaicos. Otra sala es consagrada a esculturas en mármol blanco, a personajes romanos, a emperadores, a anónimos desnudos.

Cerca, en el mismo complejo museístico, el Altes Museum, consagrado al arte de la antigüedad. La colección egipcia nos invita a entrar. El objetivo es el busto de Nefertiti. Y la sorpresa es una reunión de piezas singulares. Quizá estamos acostumbrados a contemplar estatuas de faraones, escenas palaciegas o jeroglíficos, pero la calidad de éstos es excepcional. En una sala han agrupado cabezas exentas. En otras, grupos de sarcófagos. La estructura es similar a la de otras colecciones egipcias.

El busto de Nefertiti recuerdo haberlo visto en los museos cercanos al Charlottenburg, junto con el resto de la colección egipcia. Es una pieza de una belleza equilibrada. Es un rostro perfecto. Aunque haya perdido los ojos. El adorno sobre la cabeza le otorga dignidad.

Llegar hasta aquí ha merecido la pena. Nos ha permitido hacernos una idea de la riqueza de la colección. Sería absurdo intentar alargar el placer de la visita. Nos vamos sintiendo plenitud. Por cierto, el Altes Museum es obra de Schinkel. La columnata de la entrada es la mejor pista para identificar su clasicismo griego.

Una misa singular

La anécdota jocosa del día-probablemente del viaje-tiene lugar en la Catedral.

Es sábado y qué mejor forma de conocer la Catedral que escuchar una misa en ella. Efectivamente, como estás pensando, no sabemos alemán, con lo que la comprensión de las escrituras o el sermón serán imposibles, pero seguiremos la liturgia y rezaremos en nuestra lengua. Hasta aquí, inconvenientes pero no insalvables.

Como otros feligreses, esperamos la salida de los turistas-un celador corta el paso a los visitantes-. Los asistentes van bien vestidos, con vestidos serios ellas y con chaqueta y corbata ellos.

El interior es majestuoso. Nos sentamos en los soberbios bancos de madera oscura, a mitad de templo, quizá para controlar todo el ámbito con un giro de cuello.

La ceremonia empieza con el sonido atronador del órgano y el canto de un salmo. Entra el oficiante con sus ayudantes. La vestimenta difiere algo de la que estamos acostumbrados en Madrid. En un tablón aparecen números de los salmos.

Lo primero que nos extrañó fue que hubiera una estatua de Lutero. Después, que la oficiante fuera mujer, aunque poco femenina. Por mucho que nos esforzábamos no ligábamos los trámites eclesiásticos que escuchábamos con los que nosotros conocíamos. La estructura era diferente. Al cabo de un rato nos miramos a las caras, sonreímos y somos conscientes de que nos hemos colado en un rito protestante. Nos da corte levantarnos y marcharnos. No queda otro remedio que concentrarse en los cantos y en la profusa decoración de la iglesia neorrenacentista.

El poder prusiano previo a la Gran Guerra se manifiesta en esta iglesia. El Kaiser buscaba contrarrestar los movimientos de los trabajadores con la influencia de la iglesia. Durante esa época se promovió la construcción de iglesias para que su edificante mensaje apaciguara los ánimos de los desfavorecidos.

Continuación por Mitte

La senda majestuosa que es Unter den Linden vuelve a acogernos. Al fondo, la entrada principal de la ciudad. El otro extremo, el que ahora es más cercano a nosotros, estaría ocupado por el Palacio Real. Con él se completaba este bulevar imperial.

La referencia del palacio desapareció bajo el impulso de las bombas y de la piqueta comunista. Lo consideraban un símbolo del antiguo régimen burgués y opresor. Conste que los daños causados por la guerra eran cuantiosos y que se trataba de una reconstrucción más que de unas reparaciones de grado menor.

La RDA lo sustituyó por el Palacio de la Republika. El edificio era un mamotreto de tendencia soviética y un atentado al buen gusto. Esa herejía, que aún existía en mi primera visita, pasó a mejor vida. Si hubo protestas por la desaparición del Palacio Real, también las hubo por las del Palacio de la República. Una pancarta preguntaba si el siguiente paso sería la venida de los Hohenzollern, sus antiguos ocupantes.

Como otros lugares emblemáticos, vive actualmente el tránsito para recobrar su esplendor. En Alemania son muy dados a reconstruir los monumentos según los planos originales con una fidedigna minuciosidad. Se agradecerá poder visitar el Palacio Real. Aunque sea la versión original reconstruida en el siglo XXI. Luego compararemos con el esperpento. Para ello cuento con una foto de 1991 del anterior edificio de la RDA. Ahora disfruta de las obras.

Cruzamos el puente y bordeamos el río Spree y el extremo del Parque Monbijou, mi joya, como sería su traducción. Eran los jardines del Palacio Real. La inspiración francesa original es evidente. El tiempo y el césped mandan un mensaje que incita al ocio y a tumbarnos en el espacio verde. La tentación no es suficiente porque vamos de regreso al apartamento.

El Spree es el hilo conductor de la ciudad. Sin embargo, pasa un tanto desapercibido. Qué aportará un crucero fluvial es una incógnita que despejaremos en otro viaje. En éste no toca. Si quieres hacerlo, a la espalda de la Catedral, por donde ahora caminamos, están los muelles de salida. En invierno, no los ofrecen, quizá porque el río se congele o se congelen los sufridos turistas. Recuerda, en verano es posible.

En Berlín es habitual que se aprovechen los espacios bajo los rieles aéreos para instalar pequeños centros comerciales. Son una peculiaridad. Se rellena esa fachada de ladrillo, se divide en locales, se aprovechan los espacios entre pilares de metal. La curiosidad es si el paso de los trenes hará vibrar las compras. En Hackescher Hofe se encuentra uno de los mejores ejemplos.

Scheunenviertel, el antiguo barrio judío que ya visitamos brevemente anoche, es otra de las zonas en transformación. Era zona de fábricas y parte de ellas se han reconvertido en espacios alternativos y vanguardistas. Las pintadas y el aspecto exterior hacen pensar en okupas.

Berliner Luft vendría a significar "aire de Berlín". No es sólo la brisa o el viento que choca contra las mejillas. Es el impulso de independencia que impera en la ciudad y que han sufrido los gobernantes de turno desde tiempos remotos. Por eso, procuraban alejarse de la ciudad. El espíritu contestatario es consustancial con Berlín y quizá donde mejor se manifiesta es en este barrio de aire rebelde.

Pero la rebeldía también puede ser un negocio y cuando lo es se aburguesa y pierde su carácter. Ese mercantilismo alternativo cristaliza en tiendas, restaurantes y clubes modernos y de éxito entre la progresía. El paraíso de la cultura alternativa también tiene derecho a vivir cómodamente. Zona de shopping, cuidado con gastar la tarjeta de crédito.

No sé si la presencia judía hay que denominarla ausencia. Subiendo por Grosse Hamburger Strasse encontramos a la derecha el antiguo cementerio hebreo. Fue mancillado por los secuaces de Hitler. Alter Jüdischer Friedhof es hoy un espacio verde. El asilo, la escuela de niños y la Casa Desaparecida son presencias inmanentes.

El 9 de noviembre de 1938 se produjo la Kristallnacht o noche de los cristales rotos. Los escaparates de los establecimientos regentados por judíos fueron destrozados. Organizados por los nazis, la falsa espontaneidad de las multitudes clamaba venganza por el asesinato del Embajador de Alemania en París Von Rath a manos de un refugiado en Francia, Herschel Grynszpan. Su familia fue una de las deportadas a Polonia a finales de octubre de ese mismo año. La barbarie destruyó sinagogas, comercios, cementerios y vidas. Era el preámbulo del Holocausto.

Hasta Auguststrasse nos espera la iglesia barroca de Santa Sofía.

Cena en “Pepita”.

Para cenar regresamos a la Puerta de Brandemburgo. La oferta es amplia en esta zona. La Puerta se delinea a contraluz e imaginas que la cuádriga llegaba a saltar hasta la calzada del bulevar de los tilos en una marcha triunfal. El bulevar está iluminado y goza de buen ambiente.

Cenamos en el restaurante Pepita. Aunque se piense lo contrario, no es un bar de tapas. La camarera, atractiva y talludita, esboza un mal gesto a José Luis. Es el momento álgido del servicio y la estamos importunando. Un nuevo ataque con una sonrisa ayuda a que la camarera, que es la jefa, se desprenda de otra sonrisa, nos mande a la barra y nos pida calma. Todo esto hay que deducirlo porque nos dirigimos a ella en inglés y nos contesta en lo que interpretamos como perfecto alemán. Si tiene acento no se lo notamos.

Con una buena cerveza de medio litro y este encontronazo dialogamos sobre el estereotipo del alemán como persona seca y cuadriculada. En un primer momento de esta experiencia la generalización tendría su razón. Como si hubieran enviado a un inspector turístico, la camarera jefe de inicial gesto hostil y posterior sonrisa leve nos atiende y casi se disculpa. Una buena sopa, salchichas, snitzel y filete pepita nos aportan calorías abundantes. Pagamos un poco más de 20 euros por cabeza. La comida y la bebida en Berlín son baratas.

La noche es fantástica pero se impone la cordura de regresar en taxi. Poco comunicativo el conductor. Aunque muy disciplinado.

Postdam y la Prusia de Federico

Una gigantesca urna de cristal: eso es Hauptbanhof. Pero no es algo tremendamente enorme e impersonal. La estación central es otro hito de modernidad consagrado al eje de las comunicaciones.

Anhalter Banhof, cerca de Postdamer Platz, recordaba mucho a la antigua estación de Atocha. Era una de esas estaciones de ferrocarril que consagraban el glamour de los viajes entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Lo que ahora queda de ella es un muro con tres arcos de su orgullosa fachada principal. Anhalter sería el precedente de esta hermosa estación de tren en la que esperaremos unos minutos para trasladarnos a Postdam.

Un dinosaurio adorna el interior y se asoma hacia el barrio gubernamental. No sé si los constructores eran conscientes de que este frontal de cristal era un extraordinario mirador sobre la zona de decisión del país. Las tiendas son nuestra distracción hasta la hora de salida. El tren es puntual en su partida.

Un tramo de parque, bloques de viviendas y la visión del estadio olímpico son los hitos principales de la travesía. Berlín acogió las Olimpiadas de 1936 para mayor gloria de Hitler. Después comienza el campo, los bosques y barrios o urbanizaciones de construcciones unifamiliares. No da tiempo a aburrirse.

Postdam fue el lugar elegido por los aliados para celebrar una conferencia que dio lugar a la división de Alemania, Berlín y Austria en cuatro sectores. La conferencia se celebró en el pabellón Cecilienhof. En el Puente Glick  intercambiaban prisioneros durante la Guerra Fría. Filmpark Babelsberg son unos antiguos estudios cinematográficos. Estas son algunas de las atracciones de la capital del estado de Brandemburgo.

Tomamos un taxi en la estación, pasamos el río, nos extrañamos ante una mezquita que verdaderamente es parte del sistema de abastecimiento de agua del palacio (Dampfmasinenhaus, o casa de la bomba) y somos depositados en la entrada ante un singular molino de viento. Unos pasos más y estamos entre la doble columnata en arco que conforma el Patio de Honor. Entramos por la puerta de los grandes señores. Como corresponde a nuestro rango.

La residencia de verano de los Reyes de Prusia es el Versalles de Brandemburgo. Aquí se refugiaba Federico el Grande después de guerrear contra sus vecinos. No es casual que este palacio fuera bautizado como Sans Souci, sin preocupación. Alejado de Berlín, descansaba de sus súbditos. Lo dotó de todos los lujos. Hasta de un eminente filósofo francés: Voltaire. En la corte sólo se hablaba francés. Eran los tiempos de hegemonía francesa y de los Luises. España pasaba a un segundo término.

Sacamos las entradas y optamos por una espera activa: visitar los jardines. La fachada posterior dialoga con ellos.

Las pérgolas de las alas relajan. Nos imaginamos al rey paseando por estas mismas avenidas, deleitándose entre parras y flores, en contacto con una naturaleza amaestrada, a la sombra de esas construcciones que son grandiosas jaulas adornadas por barrocos soles de rayos apretados. Soles que recuerdan al Rey Sol, el ejemplo para el monarca que impulsara esta edificación. Soles que simbolizan que el mundo giraba en torno a otro astro rey: el soberano absoluto.

Espectacular es el jardín escalonado que termina en una hermosa fuente. Desde arriba, la vista es gratificante pero la teatralidad se aprecia soberanamente desde abajo. No hay tiempo ahora para bajar y regresar.

La fachada es de tono albero y blanco. El primer boceto del palacio fue diseñado por el rey. Los arquitectos le dieron forma. Está sobrecargada de figuras. La coronan rechonchos chavales que corretean por los aleros y a los que alguien debería advertir para que no se cayeran. Por todo el jardín revolotean montones de tías en pelotas de duras y blancas carnes transformadas en estatuas.

Prusiano se identifica con marcial y militar. Quizá marcial se asocia con austero. Nada más lejos del espíritu prusiano afrancesado de Postdam. El lujo es evidente. Ya habría tiempo para el posterior neoclásico griego de Schinkel. El rococó se traduce en una orgía de decoración, en dorados, angelotes, profusión de vegetación que se adhiere a las paredes en escayola, en puro barroco. Da la impresión de nuevo rico que deseara exhibir su poder recién establecido. Es hora de pasar al interior.

Viñas, dorados, mitología, nubes, elementos clásicos, frescos nubosos plagados de angelotes, escenas cortesanas, suelos prodigiosos, lámparas de cristal, esculturas de desnudos, armas e instrumentos musicales que conviven pacíficamente, montones de cuadros de autores franceses, más dorados, relojes, porcelana, candelabros, pianos, sillas y sillones de varios estilos y tapicerías, velas, remates, ilusiones, vides, chimeneas acogedoras, bronces, libros, recuerdos, rastros de majestad. Ese es el recuerdo tras el paso fugaz por las salas.

Un paseo por el palacio lo es por el recuerdo de Federico el Grande y por la dinastía prusiana de los Hohenzollern. Es también un paseo por el arte entre el rococó y el clasicismo. Los muros están impregnados de historia y arte.

El vestíbulo es luminoso. Esperamos a que nos agrupen para iniciar la visita. Lo hacemos en el mismo lugar donde lo hacían quienes venían a visitar al rey, a darle novedades o a formular peticiones. Blanco y dorado. La escultura de Marte ha sustituido a los soldados que montan guardia.

El suelo de mármol y sus vistosos decorados anuncia una sala de fiestas en la ovalada Sala de Mármol. No olvides el techo, una desmesura dorada que acaba en la ventana que culmina la cúpula.

En la Sala de Audiencias regresamos a la forma rectangular, los muros planos y no redondeados. Comedor o lugar de tertulias. Voltaire le dio un lustre especial. La Sala de Conciertos es más lujosa. Vuelve el espíritu recargado y ningún adorno se queda quieto, se arquea, se convierte en escenario. El despacho-dormitorio es el regreso a cierta sencillez. Quizá porque lo redecoró su sucesor. La imagen del rey se multiplica, algo que él jamás hubiera querido en vida.

Un lugar sagrado: la biblioteca. Solo es accesible desde el dormitorio del rey, lo cual da idea de su deseo por mantenerlo como su sancta santorum. Dos mil ejemplares bien encuadernados le hacían compañía. La madera es adornada por guirnaldas doradas.

La Pequeña Galería era su galería de arte. Watteau y sus discípulos se apropian de los muros para darles alegría. Estatuas clásicas en los nichos se reflejan en los espejos que agrandan la estancia.

Las habitaciones de invitados son sencillas. En el siglo XIX les dieron nuevos usos. Dan al jardín. A su espalda, las habitaciones de los criados. La de Voltaire era la más lujosa. Cuando se amplió el palacio se construyó el Ala de las Cortesanas y la cocina.

La fuente es el elemento vertical entre los elementos horizontales: los escalones y el pabellón palaciego.

Una cascada de viñedos se escalona entre la fachada y la fuente con el bosque. Los bancales perfectamente ordenados incitan a pasear. El viñedo es el origen de la transformación de la montaña desolada en un palacio. El viñedo es la esencia de la imagen más cautivadora. Desde la fuente, a pie de jardín y de bosque.

Una de las curiosidades del jardín y del bosque es el Pabellón Chino. La atracción por lo oriental se tradujo en las cortes europeas en habitaciones, estancias y pabellones chinos. Junto a las palmeras de la entrada, que sirven como columnas, se agrupan figuras cortesanas con toques orientales. El pabellón está cerrado.

Caminamos hasta el Nueus Palais o Palacio Nuevo. Observamos sobre la colina L’Orangerie, de estilo renacimiento italiano. El parque es un tramo de bosque domesticado. La distancia es larga y nos planteamos si será posible visitar la obra que Federico el Grande mandó construir tras la victoria en la Guerra de los Siete Años. Dicen que su lujo es exagerado y que fue una fanfarronada del rey. Sería una exhibición ante los dignatarios que pidieran audiencia.

El Palacio Nuevo es poderoso. La fachada es roja y blanca y está rematada por una multitud de estatuas. Rodeamos el edificio desde la fachada trasera. Al otro lado de la fachada principal, enfrente, los Communs, que eran las estancias de los criados y las cocinas. Son ahora parte de la Universidad de Postdam. Hasta los sirvientes disponían de un edificio regio.

Tomamos nota de las salas más emblemáticas: la Gruta, Grottensaal, la Marmorsaal, o Sala de Mármol, que era el salón de banquetes, la Sala de Caza o Jagdkammer, el pabellón de las piezas de caza y el teatro.

La Gruta es impresionante aunque puede cansar por el exceso de decoración: conchas, piedras preciosas, fragmentos de piedras varias. En ella hacemos tiempo antes de la entrada en las salas de recepciones, las habitaciones del rey y un entramado de doscientas estancias de las que se pueden visitar unas sesenta.

La enumeración de las riquezas podría resultar aburrida. Por eso me remito a tu percepción de los espejos, los frescos con escenas mitológicas, los dorados, los estucos, el mármol que no se escatima, galerías interminables, recuerdos de emperadores, representaciones de ninfas, atmósfera palaciega.

Paseamos por el casco antiguo de Postdam. Merece la pena un breve paseo por sus calles. La principal es Brandemburger Strasse, que termina en Luisenplatz y en la puerta de Brandemburgo, que es como del exin-castillos. Las paralelas son también interesantes.

El Barrio Holandés está un poco más alejado, sólo unos minutos. Las casas las construyeron los obreros holandeses que se instalaron en la ciudad en 1.730. Forman un conjunto muy agradable.

Comemos junto a la puerta de Brandemburgo en una acogedora terraza. Descansamos un poco, tomamos una deliciosa cerveza y nos planteamos la siguiente etapa. La tarde dará para bastante.

Al sur de la Puerta de Brandeburgo.

Desde la que fuera la segunda capital de Pusia y Alemania regresamos a Berlín.

Atravesamos el Tiergarten desde la estación. El jardín de animales, que eso significa, fue un coto de caza de los príncipes hasta que Federico el Grande lo transformó en un parque al estilo francés.

Este pulmón está situado en territorio del antiguo Berlín Oeste, pero parece el árbitro de la separación. Un alivio entre dos polos de la ciudad. Una bisagra verde. Pero es algo más que eso.

Lo atravesé un par de veces allá por el verano de 1991. Me tumbé en su césped mullido y me dieron ganas de vaguear más de la cuenta entre sus setos y árboles. La actividad era enorme. En invierno, no creo que tenga tanto público.

Cuando lo hemos atravesado en coche hemos pasado ante el Palacio Bellevue, la residencia del presidente, la alta representación del país que es eclipsada por la figura del canciller, el primer ministro o presidente del gobierno. Cerca de la zona del ejecutivo y el legislativo pero manteniendo las distancias, como corresponde a un árbitro entre los poderes del estado federal.

El parque, que te traerá a la memoria El Retiro, Hyde Park o Central Park, está atravesado por la calle 17 de junio. En 1953, en la mencionada fecha, se produjo una insurrección de trabajadores de la construcción que acabó sofocada por los tanques soviéticos.

Siegessäule es la Columna del Triunfo. Ocupa el centro de una plaza redonda en la calle 17 de junio. Primero se denominó Konigsplatz y después Platz der Republik. En los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, era muy popular como fondo de las fotos para los visitantes. "El ciudadano adulto de Berlín jamás subía a ella", afirmaba Joseph Roth en uno de sus artículos. En 1921 sufrió un atentado fallido.

Conmemora los triunfo sobre Francia, en la guerra de 1870, sobre Austria, en 1866 y sobre Dinamarca, en 1864. Es un monumento a las victorias que llevaron a la unificación y a la creación del estado alemán. Se fundió el hierro de los cañones y los despojos de la guerra y se inmortalizó el triunfo.

El parque lo atraviesa un lago en serpentín. Buen lugar para hacer brazos a los remos o echar pan a los patos.

En la zona sudeste, se encuentra el Centro Cultural, Kulturforum, un conglomerado de edificios bastante interesante. Uno de ellos es la sede de la Filarmónica de Berlín, asociada con el nombre del director Herbert Von Karajan. Su aspecto exterior es similar al del Auditorio de Madrid. Creo que éste se inspira en aquel.

Los museos dan para un día completo. Recuerdo haber visitado la Nationalgalerie. El edificio de cubierta negra y muros de vidrio es obra de Mies Van der Rohe. El magnífico arquitecto se exilió a Estados Unidos al llegar al poder Hitler y regresó para este último proyecto que finalizó un año antes de su muerte.

El otro gran museo es la Gemaldegalerie, que incluye obras de los siglos XIII al XVIII.

El Museo de Artes Aplicadas (Kunstgewerbemuseum), el Museo de Grabados y Dibujos (Kupferstichkabinet), el Museo de Instrumentos Musicales (Musikinstrumenten Museum), la enorme biblioteca estatal y la iglesia de San Mateo completan el área.

Un Muro, dos mundos.

La película “Good bye Lenin”, describe con maestría la transición entre el régimen comunista de la República Democrática Alemana (RDA) y la unificación bajo un régimen capitalista al que no todos los alemanes se adaptaron bien. La competitividad era un término desconocido para la Alemania Oriental.

Terminaba la década de los ochenta. El 7 de octubre de 1989, el protagonista participa en una manifestación en el Berlín Oriental en pro de la libertad de prensa, contra el Muro y a favor de la libertad de movimiento. Alexandre es detenido y su madre le sorprende en ese momento. La madre cae en coma. Mientras permanece en ese trance se producirán los cambios que transformarían la ciudad y el país. En junio de 1990 cae el Muro y desaparece la frontera con Alemania Oriental. Soplan aires de cambio. Alexandre pierde su empleo y participa en un experimento de reunificación laboral como instalador de parabólicas. Allí conoce a su amigo, que colaborará con él en el capítulo siguiente.

La madre despierta sorprendentemente. Ha quedado muy débil y cualquier impresión negativa se la puede llevar al otro mundo. Todo aquello en que ella creía está desapareciendo. Su madre era una convencida colaboradora del anterior régimen. Que nada la altere, es el consejo.

Como el mundo capitalista-occidental devora al oriental-comunista, no habrá otro remedio que recrear aquella atmósfera, lo que dará lugar a situaciones hilarantes.

En 1991 ese tránsito se percibía con claridad. Las calles aún estaban invadidas de Trabant, los horrorosos y contaminantes coches orientales. Carentes de diseño, alienantes, eran un buen resumen del espíritu soviético trasplantado a tierras alemanas. Y, sin embargo, era una aspiración de todo buen camarada. Para obtenerlo había que esperar muchos años. Y tener muchos méritos.

Cuando preguntamos una tarde de aquel agosto dónde podríamos encontrar un retazo de esa Alemania a extinguir, nos señalaron una estación de metro, que nunca más he vuelto a recordar, y nos dirigimos allí con un interés casi científico. El panorama era desolador. No sé por qué, no había nadie en las calles. Los edificios eran adefesios de hormigón impersonales, colmenas deshumanizantes renegridas por la contaminación. No nos atrevimos a explorar esas calles. Nos daba miedo. Quizá el mismo que a Alexandre. No he podido encontrar ninguna diapositiva que ilustrara ese mundo perdido. Por la curiosidad, probablemente malsana, porque estéticamente no tenía ningún valor.

Me imagino que esos edificios fueron el objetivo de gente como nuestros caseros, deseosos de la resurrección de la ciudad.

Esa división de mundos nos ha venido a la cabeza al leer en el suelo una inscripción: “Berliner Mauer-1961-1989”. El antiguo trazado del Muro ha quedado inmortalizado en el pavimento mediante una línea que recuerda el lugar donde se encontraba ese símbolo de división. Desde la Puerta de Brandemburgo seguimos el vestigio en el asfalto del Muro. Al encontrarnos con alguno de sus restos escrutamos las tripas de hormigón armado que se muestran con impudicia.

Desviándonos a la izquierda entramos en contacto con el Monumento al Holocausto. En una gran explanada alterada por las olas del terreno se han instalado 2711 tumbas que simbolizan un silencioso y sobrecogedor cementerio. Puedes pasear por sus calles. Como las tumbas son de distintas alturas, en algunos puntos quedas sumergido y producen un poco de angustia. Las sombras que provocan son siniestras.

No existía en mi anterior visita. La reordenación urbanística ha llevado este monumento cerca de donde se reunía la plana mayor del nazismo. No es casual. Siéntate sobre uno de los ataúdes anónimos y reflexiona sobre la barbarie. O sobre la ausencia de compromiso que condena a "los otros". Hasta que tú eres uno de ellos.

Una recuperación asombrosa

Postdamer Platz es un compendio de las nuevas tendencias arquitectónicas. Para la recuperación de este espacio emblemático de la ciudad se han elegido a los mejores arquitectos del mundo, entre los que se encuentra Moneo. El proyecto de renovación de la plaza era de Renzo Piano.

La plaza era un lugar importante antes de la Segunda Guerra Mundial. Las fotos antiguas la muestran ajetreada, cruzada por tranvías y vehículos, invadida de transeúntes. Sus edificios eran vistosos. Los bombardeos, la destrucción, el Muro y el abandono la convirtieron en un erial.

El primer edificio que exploramos es el Sony Center. En la plaza interior que forma el edificio nos espera otra cúpula de cristal. Un dosel de cristal en forma de tienda de campaña, lo describe la guía. Una aguja apunta al centro. Como un láser amenazante. Nos asomamos al vestigio del Hotel Esplanade, la Kaisersaal. Su ubicación real estaba a 75 metros. Se ha transformado en un restaurante. La plaza es puro ocio.

Al otro lado de Bellevuestrasse, está el Beisheim Center, construido por iniciativa del multimillonario Otto Beisheim. El Marriot, el Ritz-Carlton y cinco bloques de apartamentos conforman este complejo.

En Daimler City se encuentra la Marlene Dietrich Platz, en honor de la gran actriz berlinesa. Cerca, el museo dedicado al cine. Entre los edificios que forman esta plaza está uno de nuestro compatriota, Moneo, junto a los de Arata Isozaki y Renzo Piano. El Postdamer Platz Arkaden es un animado centro comercial.

Leipziger Platz es la prolongación de Postdamer Platz. Se inauguró en 1736. Su forma octogonal ha sido respetada. A unos pasos, el Bundesrat, el correspondiente a nuestro senado, que da cabida a la representación de los estados federales o landers.

Recuerdos del terror

Seguimos dirección sur y torcemos hacia la izquierda buscando un segmento de Muro que anuncia la guía. Damos vueltas y nos introducimos entre edificios y plazas. Alcanzamos el edificio Martin Gropius. Cerca, otra semblanza del pasado nazi: Topografía del Terror.

Entre 1933 y 1945, se encontraban en este solar la oficina central de la Policía Secreta del Estado, la Gestapo, la sede de la Oficina Central de Seguridad del Reich, desde 1939, y la jefatura de la SS, en el Hotel Prinz Albrecht. Un lugar absolutamente siniestro. De aquí partió la represión sistemática.

Los edificios quedaron dañados por los bombardeos y fueron demolidos en la década de los 50. Al estar en una zona cercana al muro, cayeron en el olvido.

Se han desenterrados restos de las celdas. Nos asomamos a esos cuadrados en el suelo. En unos paneles se reflejan fotos y textos relacionados con las torturas, documentación de aquellos actos salvajes. Es sobrecogedor trasladarse a ese mundo inhumano. A Amparo le da mal rollo. Se contagia al resto. Es una dura experiencia.

En "El hundimiento" se retratan los últimos días del Tercer Reich y la caída de Berlín a manos de los rusos. El director Oliver Hirschbiegel lleva al cine las memorias de la última secretaría de Hitler, Traudl Junge. Berlín se va convirtiendo en escombros, las tropas abandonan la ciudad y los que quedan son conscientes del desastre. Leí que era el primer acercamiento directo de los alemanes a la figura de su loco caudillo.

El pueblo no tenía importancia. Tres millones de berlineses. Los oficiales se entregaban a sus últimas orgías. Sabían que iban a morir. Los bombardeos eran la constante. Se suspendieron las comunicaciones. Un sector de la cúpula estimaba procedente abandonar la ciudad. Hitler se oponía. Consideraba que debía morir en Berlín si no podía controlar la situación. Los rusos estaban por todas partes. Por todas partes se combatía. Imperaba el absurdo.

Los reservistas eran carne de cañón, sin armas y sin experiencia. Pero no hubo piedad para ellos. Ni por los que les mandaban ni por los que combatían contra ellos.

Se calcula que en el subsuelo de Berlín continúan enterradas unas 3000 bombas aéreas de más de 250 kilos cada una. Eso da una idea de la intensidad de los bombardeos sobre la capital de los nazis. Una parte importante de la ciudad quedó arrasada con la guerra. La paz y la reconstrucción creó singulares montañas en medio de una amplia llanura, como Tefelsberg, la Montaña del Diablo. Está formada por escombros causados por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. En invierno, es una fácil pista de esquí. En verano, la hierba impide ser consciente de lo que hay debajo. En la antigua guía se menciona la instalación de un radar militar americano en lo alto. Quizá haya desaparecido o hayan mantenido ese recuerdo de la Guerra Fría como curiosidad para turistas. Da mucho que pensar.

La Guerra Fría y Checkpoint Charly.

El clima fronterizo anterior a la caída del Muro y la unificación de Alemania se reconstruye con algunos detalles de la guía antigua, inadaptada en 1991, cuando fue utilizada.

Advertía que donde menos tensión se apreciaba era en los pasos fronterizos de Checkpoint Charly y Friedrichstrasse. "Los temidos requisitos de pasaporte y control de aduanas están todavía en vigor, pero no se aplican tan estrictamente como en el pasado. Sin embargo, hay que respetar la ley". Un dato importante para entender esta cita: tres millones de personas emigraron de la RDA a la República Federal y un millón seiscientos mil lo hicieron por Berlín.

No se podía importar moneda de Alemania Oriental. Sólo los recibos oficiales permitían un flujo limitado. Como había mercado negro de divisas, se apelaba al sentido común para no efectuar cambio de moneda en la calle. Esto era común en todos los países del Pacto de Varsovia. Al final, tenían que imponer el pago en moneda extranjera.

Cuidado con las compras. Podías tener un lío si lo comprado estaba prohibido o limitado. "Muéstrese tranquilo y correcto cuando trate con las autoridades; con cortesía resolverá mejor las dificultades inesperadas". En el capítulo de conducción por Berlín Este, advertía que cualquier infracción era algo serio y que "las multas se pagan en el lugar mismo y con monedas fuertes". ¡Qué peculiar que hubiera que abonar las multas de tráfico en marcos de la República Federal o en dólares! Una incongruencia. Pero el mundo funcionaba con esas monedas y rechazaba las de pacotilla de los países del Este.

Otra curiosidad: algunas casas de revelado del Oeste se negaban a revelar carretes de la marca Orwo, de Alemania del Este.

Los trámites fronterizos duraban un mínimo de media hora y el visado costaba 5 marcos.

Una visión irónica de esta tensión la plasmó Billy Wilder en “1, 2, 3”. La hija de un acaudalado estadounidense se enamora de un ferviente prosoviético anticapitalista. El enredo estaba servido.

“You are leaving the American Sector” (Está abandonando el Sector Americano), reza un cartel en una enorme foto donde se enfrentan un tanque ruso y otro americano. Es una imagen clásica que resumía la tensión de la Guerra Fría en la ciudad dividida. Es una escena de guerra en la paz tensionada.

El Café Adler era el otro puesto de vigía. Su cercanía al puesto fronterizo le convirtió en lugar privilegiado para conspiraciones y espías. Los sacos terreros junto a la caseta de los soldados y el mástil de la bandera se controlan perfectamente desde sus ventanas. Ahora queda como una instalación de un artista moderno que se emperrara en condenar la política de bloques.

Observamos un fragmento de Muro y un escudo: Deutsche Demokratische Republik. Una exposición te dará toda la información que deseas. Un retrato de Leonid Breshnev recuerda donde se ubicaba cada sector.

Cena cool.

Para cenar optamos por Hackesche Hofe. Es un conjunto de patios interiores de manzana que han rehabilitado y se han convertido en auténticos pequeños centros comerciales con una personalidad especial. Un patio da acceso a otro y a un segundo, a un tercero... hasta el octavo. El saneamiento los ha convertido en lugares atractivos y útiles. Puro diseño. Lo más cool del barrio. A estos atractivos se une la cercanía a nuestro apartamento.

Domina la decoración Art Deco. La iluminación es tenue. Nos atiende una camarera alta y delgada, impresionante. La gente charla en un murmullo. El ambiente Jugenstil anima a ello.

La cena vuelve a ser momento de calma y de regreso a los recuerdos del día. La noche es la tranquilidad de no tener que cumplir etapas, de relajarse, de charlar sin la presión de llegar tarde. Sin cenas los viajes serían más pobres en sentimientos.

Berlín Oeste y Charlottenburg.

José Luis se queja con razón: ¿dónde está Berlín Oeste?

Hemos pateado con intensidad el sector oriental, más monumental, pero no hemos entrado en contacto con la zona que se defendió del mundo soviético.

Los objetivos de hoy están un poco lejanos. Nada como una buena dosis de metro por la mañana y desembocar junto a uno de los palacios prusianos más hermosos: Charlottenburg.

El palacio fue inicialmente una residencia de verano de la esposa del elector Federico III, Sofía Carlota, la reina filósofa. A ella se debe su nombre definitivo. Inicialmente, se denominó Lützenburg o Lietzenburg. Con el tiempo, competiría por el afecto de los reyes de Prusia con el Palacio de Berlín y el de Postdam y los otros palacios dispersos por los alrededores.

Entramos entre dos guerreros en actitud defensiva. El patio de honor es un espacio cuadrado dominado por la estatua ecuestre del Gran Elector Federico. A su alrededor, cuatro esclavos realzan su soberanía.

El cuerpo central, el primer edificio, se erigió entre 1695 y 1698. Carecía de un ala para el servicio. Su arquitecto fue Nering. Las ampliaciones del siglo XVIII son del arquitecto sueco Eosander. Las dos alas laterales que forman el patio y la galería que llega hasta el teatro son obra suya. El Ala Nueva, a la derecha, es de Knobelsdorf, el arquitecto predilecto de Federico el Grande. Esta actuación data de 1740-1746. Las diferentes etapas guardan armonía. Quizá porque cuando quedó destruido el palacio tras la Segunda Guerra Mundial se optó por reconstruirlo conforme a los planos originales y eliminar algunas reformas no demasiado afortunadas. Una gran cúpula marca el centro y el elemento más vertical del conjunto.

La ventaja de este palacio radicaba en que estaba alejado de Berlín pero no tan alejado como Postdam. Cumplía el deseo de los reyes de estar cerca de la ciudad sin meterse con ella. La casita de campo se fue desarrollando hasta transformarse en una joya de la que estaban orgullosos los reyes prusianos y alemanes. El palacio se haría eco de las sucesivas modas y las adoptaría en sus muros, techos, decoración y muebles. Barroco, rococó y clasicismo impregnan el conjunto.

Nuevamente aprovechamos el tiempo hasta nuestra hora de visita para rodear el edificio y pasear por los jardines, entre la fachada posterior y el río Spree.

La casita de dos alturas que parece un chalet es el pabellón nuevo creado por Schinkel. En el extremo del jardín, cerca del río, una casa de te, el Belvedere, ofrecía unas vistas magníficas sobre el jardín. El Mausoleo de la Reina Luisa, un templo grecorromano que sirve de última residencia para varios personajes reales, es la expresión de una historia de amor del rey Federico-Guillermo III y su esposa, muerta prematuramente.

Para el diseño del jardín, donde se desarrollaba una parte importante de la actividad social, se eligió a un discípulo del creador de los jardines de Versalles. Lo francés estaba presente en la arquitectura y el parque adyacente. El jardín francés es la parte más cercana al palacio. El diseño es geométrico y simétrico. Las flores lucen con vigor. Desde el estanque de carpas se modifica su carácter y se toma como ejemplo los jardines ingleses.

El jardín era un estupendo lugar para meditar o para las intensas charlas durante los paseos de la princesa Sofía Carlota con el sabio Leibnitz. Su presencia y la de una extraordinaria capilla musical dieron lustre cultural a este palacio.

La zona central del palacio es visita guiada. El Ala Nueva la podremos recorrer libremente. Entramos y nos entregan unas audioguías que acompañarán una visita silenciosa. No tendremos que ajustarnos al ritmo de un guía y apelotonarnos en torno a él.

La organización de las salas y habitaciones se orientaba a la vida palaciega, como no podía ser de otra forma, compatibilizando las funciones ceremoniales con los aposentos privados. La privacidad de los soberanos estaba subordinada al boato cortesano y la burocracia de la corte.

Estupendos suelos de madera, retratos por todas partes, mucho espacio y pocos muebles, barroquismo oriental como tónica general. Esas son las primeras sensaciones.

Miramos al techo de la Sala de Audiencias y nos sorprendemos de su teatralidad. Los tapices belgas adornan las paredes. Es espaciosa. Falta el rey y un señor haciendo reverencias para que se complete la escena.

Otra sala reseñable es la cubierta por damasco rojo y ribetes dorados. No puede dejar indiferente. Impacta el color pero una estancia larga en ella provocaría ansiedad. Unos colores tan vivos son un inconveniente.

Las habitaciones se harán más privadas hasta la capilla. Dorados y más dorados. De una estancia a otra por un trayecto estudiado para crear la impresión de un camino cuyo protagonista era la realeza.

La capilla es otra exhibición desmesurada. Un manto dorado es el marco de una gigante corona sostenida por ángeles. Bien vale una misa.

El Gabinete de Porcelanas, a pesar de la destrucción que sufrió por las guerras, aglutina un sinnúmero de platos, jarrones y tallas orientales. Los espejos multiplican las piezas. El contraste son los frescos que simulan una balaustrada a la que se asomaría la Aurora y una corte celestial.

El Ala Nueva supone la consagración del rococó, del gusto de Federico el Grande. Por supuesto, no faltará la biblioteca, esencial para este rey. En este ala ubicó sus apartamentos, blancos y dorados, forrados de pintura francesa y especialmente de Watteau y Pesne, como ocurría en Postdam. En el comedor espera la vajilla puesta para un almuerzo que no se celebrará nunca. El comedor de verano simula una tienda adornada con imágenes chinescas. La Galería Dorada es pura filigrana recargada de adornos que reptan por los muros verdes. Recuerda a un jardín. Es espectacular.

Más sencillez se aglutina en las estancias que fueron diseñadas por Schinkel, presente en todos los lugares emblemáticos de Berlín. Desaparece el dorado, el blanco gana terreno y la comodidad prima sobre el boato.

Si te interesan los museos, en el antiguo teatro visita el Museo de Prehistoria e Historia Antigua. Lo más destacado son las antigüedades troyanas traídas por el descubridor de esta ciudad de la costa de Asia Menor, Schliemann. También podrás observar el cráneo del Hombre de Neanderthal. Si tu preferencia es por el arte moderno acércate hasta el Museo Berggruen. Lo que ya no podrás contemplar es el busto de Nefertiti, trasladado al Altes Museum.

Un fragmento de Berlín en el pasado: Spandau

El autobús para Spandau lo tomamos a la salida del palacio. Se hace esperar. Después, su ritmo es lento, paciente, preocupado de que admiremos la transición al campo, al bosque, a los lagos. El cemento se difumina a cada parada.

Spandau se asocia con la estancia no demasiado voluntaria de algunos personajes no demasiado queridos. Su fortaleza acogió a los criminales nazis que en el proceso de Nürenberg no fueron condenados a pena de muerte. Sólo eran siete. Cada mes se relevaban las tropas del país vencedor que montaban guardia. En 1987, murió su último ocupante, Rudolf Hesse, con más de 90 años. Desde 1966 estaba solo. Se optó por demoler la prisión.

En esos muros, Albert Spree, el arquitecto de Hitler, redactó su famoso “Diario de Spandau”. Aunque era “la prisión mejor guardada del mundo”, Spree logró filtrar algunos de sus escritos. Cuando salió después de sus 20 años de condena había escrito 25.000 páginas que, una década después, se transformaron en libro.

Pero también en Spandau encontrarás cómo era Berlín hace muchas décadas. Es un pueblo con mucho encanto.

La ciudad antigua se fundó en la confluencia de los ríos Havel y Spree. Los alrededores abundan en bosques, lagos y campos. En verano se acercan a una playa a orillas del Havel, Bürgenablage. Sufrió menos bombardeos que otras zonas de Berlín.

Las calles  de la Altstadt o ciudad vieja están adormecidas. Pasamos ante la iglesia de San Nicolás, del siglo XV y con abundantes transformaciones posteriores. Aquí se celebró la primera misa protestante de Brandemburgo.

El conjunto es armónico. Quizá la zona más interesante es el barrio de Kolk. Se aconseja introducirse entre las casas de vigas entramadas y visitar la iglesia de St. Marien am Behritz. Por desgracia, está cerrada.

Cruzando un puente, la silueta de la Ciudadela, donde se ubicaba la prisión, es inconfundible. Asoman sus aristas e imponen sus altos muros. Dentro, la Juliusturm, la torre de una fortificación desaparecida. Fue atalaya y prisión, depósito de las monedas de oro pagadas por los franceses como indemnizaciones de la Guerra Franco-Prusiana de 1870-71. Subimos por las tripas de la torre que nos regala unas hermosas vistas al río y a la ciudad. Unos lugareños están celebrando una fiesta campestre con abundantes embutidos y cerveza. El toque negativo lo marcan unas horrorosas fábricas que sirven de telón de fondo.

De vuelta a Spandau, gozamos de un típico…kebab. No es broma. La población de origen turco los hace de maravilla y si lo tomas al sol, en una terraza, te sabrán muhco mejor.

Ku’Damm y sus alrededores. Aroma de cabaret

Regresamos al Barrio de Charlottenburg y a su zona más comercial y animada. La estación del Zoo nos devuelve a la superficie.

Con niños sería una visita innegociable. Para los adultos también es una atracción interesante. El zoo de Berlín es el más antiguo de Europa y su colección de animales goza de merecido prestigio. Nos contentamos con la imagen de los elefantes de la entrada.

Beitscheidplatz y la Fuente del Mundo (la albóndiga mojada, como la han apodado) concentran el punto de arranque de esta visita. Alzamos la vista y contemplamos la Iglesia Conmemorativa del Kaiser Guillermo. La iglesia neorrománica fue bombardeada y destruida. No se plantearon reconstruirla. La destrucción convive con una nueva edificación moderna: el campanario se separa de la torre. El carácter moderno de ese campanario construido durante la República contrasta con la destrucción y el pasado que supone la etapa del imperio. Es melancolía y el testimonio de una guerra salvaje. Entramos a contemplar las vidrieras y los mosaicos.

El edificio alto que guarda las espaldas a la plaza es el Europa Center. Fue el primer rascacielos de la ciudad. Combina oficinas, ocio y unas buenas vistas desde lo alto.

El punto comercial lo pone KaDeWe, Kaufhaus des Westens, los grandes almacenes más populares de Berlín. Los de toda la vida. En mi anterior visita les hice los honores y compré algún recuerdo. En aquellos tiempos la diferencia entre esos grandes almacenes y los españoles me parecía más amplia que la de hoy en día.

Berlín era una ciudad del placer entre las dos guerras mundiales. Se pobló de cabarets y de vida nocturna. Cabaret es una palabra que se asocia indefectiblemente con Berlín. Con este Berlín Occidental. El cine, y la película homónima, los popularizó. En aquella situación, era una huida hacia delante. Hasta que entró en la etapa tenebrosa del nazismo. La naturaleza alegre y festiva de esta ciudad se ensombrece con el recuerdo del Tercer Reich, de los nazis, de Hitler. Una época espantosa de la historia de Alemania y de Berlín, en particular. Los locos años 20 darían paso a la crisis económica y a una etapa de oscuridad. No nos habituamos a compaginar ese momento de la historia con esta ciudad vanguardista y pacífica.

Ese ambiente es magníficamente dibujado por Irmgard Keun en "La chica de seda artificial". Doris, la protagonista, va de fiesta en fiesta, de un amante a otro hasta que es consciente de la irrealidad que reina en su mente. Contemplando los cabarets de Berlín occidental o de la zona cercana a Ku’Damm uno se traslada a esas páginas.

"La zona oeste es distinguida y tiene la luz rutilante de esas piedras fabulosas y carísimas engastadas en una de esas monturas con contraste. Aquí los anuncios luminosos son completamente desmesurados. Todo refulgía a mi alrededor". Habrá que confirmar la visión de Keun, aunque a la luz del día.

El otro elemento de la bohemia y la subversión eran los cafés literarios. A unos pasos se destaca el rótulo del Café Kranzler. Creo que no queda nada más de aquel emblema de una vida en torno a estos establecimientos, muy habitual en toda Europa, incluso, en nuestro país. Eran lugares de reunión, de tertulia, de leer el periódico y charlar con los amigos. Era la mejor alternativa a la casa. Ahora el Kranzler ha sido absorbido por el Neues Kranzler Eck, la esquina diseñada por Helmut Jahn, el del Sony Center. Otro complejo de oficinas y tiendas, aunque con el toque vanguardista que es la seña de identidad de la nueva ciudad unificiada.

Bismarck transformó un antiguo camino en una moderna avenida al estilo parisino. Desde entonces, sería el escaparate de la gente bien pero se mezclaría con la bohemia. La mezcla de lo vulgar y lo elegante es el sello de Kurfurstendamm, Ku’Damm para los amigos. Buenos hoteles (sirva el Kempinsky como referencia), mejores restaurantes, tiendas de lujo, cines (Film Palast) y cabarets (Dorett-Janz) se despliegan para hacer el paseo del visitante más agradable. Estupendas fachadas modernistas. Zara y H&M están presentes, como no podía ser de otra forma.

Fassenenstrasse es otra de las calles que imprimen personalidad a la zona. Hacia el norte es un reducto de arquitectura y decoración Jugenstil, modernista. Asómate a los portales, asciende tímidamente las escaleras y contempla los estupendos techos. Hacia el sur es una sucesión de villas o palacetes con preciosos jardines interiores. Una de ellas es Villa Grisebach, que acoge a la colección de Kathe Kollwitz. Para los jardines, Literaturhaus y su Café Wintergarten. Comprobamos que su fama está bien ganada.

En los aledaños estuvo una famosa sinagoga que fue destruida en la noche de los cristales rotos. Ahora es el Jüdisches Gemeindehaus, un centro de la comunidad judía.

Para reconstruir la historia de Berlín puedes visitar el Ku’Damm Karre y la exposición que te aportará interesantes datos. Tomamos el folleto y damos un breve paseo por el centro comercial.

Lietzenburgerstrasse y Bleibtraustrasse mantienen la tónica elegante y la excelente arquitectura. Los detalles decorativos nos hacen parar continuamente. Azulejos y esmaltados. Curioso, el Restaurante Don Qujote, bar de tapas. Aunque resulta más atractivo para cenar el Savignypassage. La estación de tren elevado ha dejado un espacio, como en Hackesche, que se ha convertido en un pequeño centro comercial con buenos restaurantes y tiendas. Los mismos elementos que encontrarás en Savignyplatz, amplia y señorial.

Kantsrasse es calle de buenos edificios modernos: Kantdreike y su inconfundible vela en lo alto, el Centro Comercial Stilwerk, construcciones de vidrio y acero.

Cerca está el Museo de Fotografía y la Colección Helmut Newton. Para museos raros, el de las salchichas (Currywurst) y el erótico.

Llegamos al Theater des Westens y al Cine Delphi. El primero luce unas torres puntiagudas en sus cuatro extremos. El segundo es una de las sedes del Festival de Berlín. Son símbolos del ocio del barrio de Charlottenburg.

Cena en Gugelhof

Es nuestra última cena juntos. No lo tomes como algo bíblico. Todo llega y en nuestro caso los días se van sucediendo. Para esta noche optamos por Gugelhof, un restaurante de comida alsaciana en el barrio de Prenzlauer. Es una zona que aun no hemos tocado. Por lo que leemos, es zona pija y ha incrementado su oferta de restaurantes y vida nocturna. Tomamos un taxi.

Uno de los atractivos del restaurante es que podemos encontrarnos con algún famoso. Si es famoso local va a ser complicado que le reconozcamos pues nuestro conocimiento de la vida social berlinesa es deficiente. No creo que Clinton haya vuelto para tomarse unas buenas salchichas.

Nada más entrar detectamos el buen ambiente. Menos mal que hemos reservado. El bullicio, el estruendo de voces y risas nos hacen sentirnos en casa. Nos sientan en una mesa pequeña pero bien situada. Dominamos una parte importante del local. La primera cerveza nos sienta de maravilla. Brindamos por la armonía que ha reinado entre nosotros en estos días. Repetiremos la experiencia de visitar juntos otras ciudades.

El taxista que nos conduce a casa se descojona con nuestra pronunciación de las haches como jotas. Baja por Kastanienallee como enloquecido. La comunicación con él es imposible.

En solitario por los barrios residenciales: Kreuzberg

Para el último día voy a ser un fiel seguidor de la guía. Me sumergiré en barrios menos conocidos, algo más alejados. Confirmaré si son tan interesantes como afirma la Lonely Planet.

Amparo y José Luis se han marchado de madrugada. Nos hemos despedido, he vagueado un rato más en la cama y el sol me ha invitado con cariño a no portarme como un zángano. He dejado la maleta en un cuartito de nuestro edificio y, tras el tradicional desayuno donde todos los días, me he metido en el metro. Ya casi lo domino.

Contrastes y fragmentación me esperan en Kreuzberg. Disciplinadamente, salgo de la estación de U-Bahn en Mehringdamm. El puesto de salchichas Curry 36 desprende un olor penetrante y agradable. Dos buenos ciudadanos me hacen una demostración de cómo comer un perrito caliente.

La ancha calle con bulevar atesora unos edificios de viviendas burguesas y atractivas. Casas de hace un siglo, cuando los metros cuadrados no eran tan caros. Buen barrio para vivir. Y para comprobarlo me introduzco bajo dos forzudos que soportan un elemento arquitectónico con una pose de no trabajar demasiado. Esa arcada da acceso a un patio. Es Riehmers Hofgarten. Los edificios cierran la manzana para abrazar a un jardín interior. Aquí sí que me encantaría residir. Como el señor bien trajeado que sale con parsimonia y maletín. Las casas no son altas: cuatro plantas. La elegancia está servida. Junto a uno de los muros, dos bicicletas con carrito cubierto para los niños. Muy ecológico.

Las manzanas de casas hermosas se suceden con armonía. El contraste a las fachadas claras son las flores rojas de los árboles. La primavera está en plenitud. Me gustaría compartir estas imágenes con Amparo y José Luis.

La calle tranquila me conduce a la base de la Montaña de la Cruz (esa es la traducción de Kreuzberg, nombre del barrio) y del Viktoriapark. Una cascada (artificial, según he leído) une el puntiagudo monumento de Schinkel con el estanque donde se entretiene Neptuno con una ninfa. El verdor oculta la montaña. La variedad de árboles y arbustos se traduce en variedad de tonalidades. La zona está desierta.

Tomo uno de los ascendentes senderos. La pendiente haría pensar en una montaña alta pero sólo alcanza los 66 metros.

Desde lo alto, la vista es atractiva, pero las copas jugosamente verdes tapan el horizonte más cercano. El hueco de la cascada se prolonga en la calle por la que he venido. La aguja de una iglesia roja marca una referencia en el paisaje urbano. Las torres de San Bonifacio contrastan con unas viviendas cúbicas y vanguardistas que ocupan una antigua fábrica.

La protagonista del mirador es la aguja conmemorativa de las victorias prusianas sobre Napoleón. La obra en hierro fundido verde es otra de las muestras de talento de quien fuera supervisor de la comisión de edificios de Prusia. Bien podría ser este monumento el remate de una catedral gótica o neogótica. El tradicional estilo neogriego del arquitecto está ausente.

Como la base tiene forma de cruz, kreuze en alemán, la montaña Tempelhof fue rebautizada con ese nombre al popularizarse el monumento.

El pasado industrial de la zona queda patente con una fábrica de ladrillo rojo intenso, como el de la iglesia de San Bonifacio. Esas fábricas han dado paso a edificios y urbanizaciones de diseño. Los proletarios son sustituidos por las clases altas.

Continúo por Methfesselsstrasse. Tengo la sensación de equivocarme de camino. Es una zona residencial sin demasiado atractivo.

El siguiente hito es Platz der Luftbrücke, con el monumento al puente aéreo que durante el inicio de la Guerra Fría permitió el abastecimiento de la ciudad ante la dura e intransigente postura del bloque soviético. El “rastrillo del hambre”, por su forma de siniestro tenedor, es un homenaje a los 79 muertos por esa operativa. Las tres puntas del tenedor o rastrillo simbolizan las tres pistas del aeropuerto de Tempelhof.

Tempelhof es parte de la historia de la aviación. Inició su actividad a principios del siglo XX. Fue el orgullo de Hitler, que lo convirtió en el mejor y más grande aeropuerto de Europa. Ahora, este campo de pioneros, se ha quedado en el centro de Berlín, está obsoleto y es deficitario. Su cierre es seguro.

(Cuando escribo estas notas sé que en noviembre de 2008 vivió su último vuelo).

Norman Foster lo admiraba y lo denominó "la madre de todos los aeropuertos". Cualquiera sabe a qué se destinará el terreno. Son 380 hectáreas que darán para un desarrollo de la ciudad impresionante. No lo salvarán los servicios prestados. La nostalgia no ha podido contra la economía. Su arco de 1200 metros que conforma la terminal ya va poco con las nuevas necesidades.

Un zigzag de Mehringdamm a Fidicinstrasse cambia el tercio a lo cultural. La cisterna de ladrillo rojo, Wasserturm, que se podría confundir con la torre de una muralla extinguida, es un centro cultural. Un poco antes, una fachada blanca poco atractiva anuncia la entrada a “Friends of Italian Opera, the English language theatre”. El patio acoge a varios artesanos. El ladrillo rojo, omnipresente en la zona, es cubierto por la enredadera. En uno de los talleres observo a un escultor trabajar el metal. Como es previsible que no nos entendamos, me quedo en la puerta y contemplo las evoluciones de sus manos sobre una forma futurista. Me sonríe y le hago una foto. Una fachada blanca muestra una ilustración que se puede interpretar como una petición: "Wir und die frösche brauchen frische luft”. En el centro, un mural de una calle con coches y una chimenea.

La actividad de este patio recuerda el pasado anarquista y progre que anuncia la guía. Me asomo a una sala donde se enseña, estoy tentado de sentarme en unos cómodos muebles de mimbre, oteo un poco.

Friends of Italian Opera ofrece teatro en inglés. Su programación es amplia y variada. Gozan de prestigio en la ciudad y en el mundillo del teatro. Ese nombre comercial es utilizado por la compañía English Theatre Berlin. La ciudad de Berlín y otras instituciones culturales de habla inglesa hacen posible esta actividad. Te puedes unir a sus clubes y ayudar a su financiación: The Tenessee Williams Club, The Samuel Becket Club, The William Shakespeare Club. Este último es el que exige una cuota más alta.

En Kopischstrasse se regresa a la burguesía, a las casas del principio del recorrido, a cierta opulencia ciudadana. La gente debe estar trabajando porque no me encuentro con nadie hasta Chamissoplatz. Al parque central se asoman los colores pastel de las fachadas. Es una plaza muy cinematográfica. Berlín Chamissoplatz es una película dirigida por Rudolph Thome, de 1980. Es una historia de amor.

Por indicación de la guía me acerco al pissoir o antiguo urinario de color verde.

Los sábados por la mañana se desarrolla un mercado ecológico, el Ökomarkt am Chamissoplatz, desde 1994. Los granjeros de los alrededores se concentran en la plaza para vender directamente sus productos.

Esta es una buena zona para comprar ropa de segunda mano. O para tomar un tentempié en alguno de sus restaurantes. La zona está también animada por la noche. Es zona de copas. Es la calle Bergmannstrasse.

Paso ante el mercado del siglo XIX Marheineke Markthalle. Le hubiera gustado a mi cuñado. Un paseo por su interior me devuelve a lo cotidiano y a una forma de comprar de barrio, de cercanía, de las antiguas galerías que van muriendo ante el empuje de los hipermercados. Estos mercados decimonónicos van desapareciendo progresivamente en todas las ciudades europeas.

Salgo de la ruta para caminar por los cementerios de Bergmannstrasse. No me atrevo a hacer más que una foto desde fuera. Las flores le impiden ser tétrico. Aquí yacen personajes ilustres e ignorados ciudadanos.

El Canal Landwerkanal me devuelve a la luz. El Spree queda al norte. Pasa una barcaza de una excursión fluvial. Los cisnes están acostumbrados a estos visitantes. Unas embarcaciones amarradas en el ensanchamiento de Urbanhafen son viviendas flotantes. Sobre las copas de los árboles se observa la cúpula de la iglesia de la Pasión.

Me tumbo en el césped y me solazo al sol, como un berlinés más. Corro el peligro de dormirme. Estoy cansado y el lugar incita al descanso. Leo un poco la guía, cierro los ojos, escucho la brisa que mueve suavemente las hojas.

Camino hasta una antigua sinagoga. Unos pasos más y encuentro el Barrio Turco, la Pequeña Estambul. Su eje es Kottbusser Damm.

Durante la década de 1960, éste era un lugar degradado. Süd-Ost 36, el distrito postal del bronx berlinés, era centro de inmigrantes y okupas. Los planes de saneamiento de la IBA-87 fueron esenciales para que abandonara el sambenito de barrio bajo. La multiculturalidad no tiene que llevar aparejada la marginalidad.

El 40% de la población de Kreuzberg es turca. Si contamos con que la parte de la que vengo es previsible que participe poco en ese porcentaje, da como resultado que estas calles sean un pedacito de Estambul muy auténtico.

Los turcos, unos tres millones en la actualidad en toda Alemania, empezaron a ingresar en el país tras la Segunda Guerra Mundial. Hoy andan por la tercera generación. Recuerdan bastante a la inmigración española.

Pañuelos sobre la cabeza, vestidos largos, carteles en turco, tiendas de fruta y verdura, puestos de kebab, peluquerías repletas.

En barrios como la Pequeña Estambul cobra significado el término “kiez”: lo que abarca la mirada. Es un término localista, de una territorialidad atroz. Es un pequeño fragmento del barrio, algo así como el entorno inmediato donde te mueves de forma cotidiana. El terruño urbano.

El barrio turco se prolonga en Oranienstrasse.

Kreuzberg disfruta de su propio museo. No es un museo de barrio. El edificio, moderno, en acero y cristal, me agrada. Parece un esbelto invernadero.

Es momento de comer. Lo hago en un local juvenil, de universitarios. El menú del día es barato: 10 euros. La cerveza de medio litro me reconforta mientras contemplo a la gente pasar. Estoy casi en la terraza, un mirador privilegiado sobre el movimiento del barrio.

Prenzlauer Berg.

Tomo el metro y desemboco en Senefelderplatz. Mis últimas horas en Berlín las pasaré en otro barrio residencial que evolucionó de barrio obrero a barrio de gente guapa. Es un sector eminentemente residencial. Prenzlauer Berg, en el antiguo sector soviético o de la Alemania del Este, tiene un claro paralelismo con Kreuzberg.

Este barrio forma parte del distrito de Pankow. Fue ciudad hasta 1920. En época comunista era zona de artistas y disidentes. Luego, de gente joven y alternativa. Y, en la actualidad, de gente pija.

También debió ser un importante lugar para los judíos. A mano derecha, un cementerio judío lo testifica. Una parte asoma tras un cristal. Son las lápidas que sobrevivieron a la destrucción nazi y los bombardeos. Es la última residencia de muchos judíos ilustres. La entrada es gratuita pero no dispongo de suficiente tiempo.

Abandono Schönhauser Allee y tuerzo a la derecha por Wörtherstrasse hasta Kollwitzplatz. El clima es placentero y placentera la vida entre estas casas de hace un siglo y mucho estilo. Las terrazas animan a sentarse. Las chicas que cuidan a pequeñines charlan distendidamente. No hay críos en el parque del centro de la plaza. La rodeo. Da un poco de pena que esas ilustres fachadas estén plagadas, en su parte baja, por pintadas. Da una sensación de abandono que se conjuga mal con la elegancia.

La plaza debe su nombre a la escultura Kathe Kollwitz, cuya colección está en Fassenenstrasse. Su memoria en bronce es objeto del cariño de los chavales que se suben a su volumen cúbico. Leo el recuadro de la guía: "sus obras profundamente conmovedoras, y a menudo descorazonadoras, que ahondan en las miserias, sufrimientos y penas humanas”. La pobreza del barrio donde