Petra -Fragmento del libro 'Una Biblia enterrada en el Desierto'

Carlos Díaz Marquina

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Un camino iniciático llamado Siq

Quizá la forma más exacta de hacerse una idea de cómo era un poblado nabateo sea dar un paseo pausado por nuestro hotel. También la más cómoda.

Ayer tuvimos poco tiempo para disfrutar de sus calles, las casas de piedra color desierto, las vistas sobre el barranco. No es de extrañar que en su reciente visita a Jordania, la Reina Sofía lo eligiera como su lugar de reposo. Destila tranquilidad. Aunque sea temporada alta y esté lleno (que no lo está) no lo imaginamos como un sitio ruidoso. Estamos bastante alejados de Petra y de Wadi Musa, lo cual es una ventaja relativa porque el trayecto permite una visión excelente sobre las montañas herméticas.

El desayuno es copioso. Nos armamos de alimentos porque el día será duro. Comprobaremos la eficacia del descanso en las hermosas habitaciones, sencillas y adaptadas al paisaje.

Nada hace imaginar que Wadi Musa fuera el lugar donde afloró el agua al contacto de la vara de Moisés sobre las rocas. Con ella calmaría la sed del pueblo de Israel camino de la Tierra Prometida. Se habían desviado hacia el sur en busca de pueblos menos belicosos y la desesperación cundía en unas gentes agotadas y necesitadas de alimento y agua. Wadi Musa significa "Torrente de Moisés". El caserío es átono y el único interés que despierta es el de encontrar un buen hotel o un restaurante donde saciar el hambre.

Indiana Jones popularizó este lugar en la película de la "última cruzada". El templo del Grial se ubicaba en Iskenderún y para alcanzarlo había que atravesar "el Cañón de la Media Luna". O sea, el Siq.

No es extraño que Spielberg ambientara las escenas finales en Petra. La película gira en torno a las leyendas, la lucha de poder y la arqueología y todo ello rebosa en estos escenarios naturales. Habrá que volver a ver la película. La ciudad se esconde y esconde su pasado a todos menos a los elegidos. Las hipótesis dan juego. La realidad se manifiesta en piedra tallada. Qué significado darle es mucho más complicado.

Hace muchos años, cuando era niño y la televisión era en blanco y negro, me impresionó un reportaje sobre este lugar. Me conjuré para visitarlo algún día y mi paciencia ha dado sus frutos. Gracias al impulso de Amparo y José Luis. Nuestro objetivo es el de viajeros curiosos. Con un toque aventurero y arqueológico.

Entrar a caballo hubiera resucitado las escenas de la película. Estaban contratados. Ahmed muestra los billetes, aunque aconseja disfrutarlo a pie, despacio. Lo que intuíamos ayer lo descubriremos hoy. La entrada son 21 dinares.

Los espíritus han quedado apostados en la senda que lleva a la ciudad. Sus moradas son grandes cubos de piedra exentos procedentes de la talla de la roca. Los beduinos creyeron que eran cisternas. Siempre han mantenido un halo de misterio. Son las Tumbas Djin, las de los espíritus, quién sabe si malignos. Colocados antes del desfiladero, contribuirían con su actividad duende a preservar la seguridad de Petra. Otra teoría apunta a que estos cubos representan a la deidad suprema asociada también al agua, el elemento más importante para la supervivencia de la ciudad. Otros cubos similares se alojan cerca de cisternas, de ahí que se haya elucubrado en este sentido.

A unos metros, al otro lado, la Tumba de los Obeliscos. Es fácil de identificar por los cuatro obeliscos de la fachada. Lo que llama la atención es que están sobre la Tumba del Triclinio, de frontón clásico y pilares erosionados. Son dos elementos independientes con usos diferentes. Lo percibes al colocarte de frente y apreciar una ligera asimetría. No nos asomamos al interior, ni al de ninguna de las otras cuevas, pequeñas aberturas en la roca, agujereada por todas partes.

Se acercan las montañas hasta formar una garganta. Era el antiguo cauce del torrente. Fue desviado para evitar acometidas por sorpresa y desgracias personales. Nos recibe un arco triunfal que lleva más de un siglo desaparecido. Hasta ahora, todo son sorpresas respecto de las intuiciones de anoche.

Es entrar en el desfiladero y sentir la magnificencia. La naturaleza se despliega con generosidad, a ratos con vanidad. Es un camino extraño, como debe serlo un camino iniciático.

La otra sensación es la de seguridad. Si vienes en son de paz, por supuesto. Porque aniquilarte desde lo alto sería sencillo. Es el lugar ideal para una emboscada, si eres defensor, claro.

En el plano, Petra aparece como una completa red hidrográfica. Cada trazado sinuoso se asimilaría a un río, a un arroyo, a un torrente, una red de venas en el cuerpo de la montaña. Cada uno de esos cauces es la avenida principal de un barrio. Con agua, sería una zona fértil. Pero impera la arena, la piedra parda o rosada y la fantasía de formas y vetas. Cautiva.

El agua es vida y los nabateos eran muy conscientes de ello. Sin ella, la ciudad hubiera perecido antes de cualquier desarrollo embrionario. No hubiera podido ofrecer agua y vituallas a las caravanas, una de sus fuentes de ingresos. Por eso se especializaron en aprovechar la mínima gota, excavaron cisternas, construyeron presas, desviaron cauces. Así se convirtieron en una ciudad opulenta y envidiada. Y, como todo llega a su fin, abandonada.

Un conducto tallado en el costado de la montaña canaliza el agua de lluvia. La trasladaba desde cualquier lugar donde cayera y la destinaba a Petra. También construyeron una presa al principio del Siq para desviar el torrente de Moisés. Esas aguas volverían a entrar en la ciudad y serían aprovechadas con celo.

El Siq es una sucesión de santuarios, lo que provoca volver a pensar en un camino que transforma al caminante. Los laterales de piedra abundan en hornacinas talladas y borradas en sus contornos por la lija de la arena transportada por el viento. Dentro, un cilindro, un cubo, formas sencillas. Al principio, los nabateos representaban con esos perfiles geométricos a sus divinidades. Con posterioridad, bajo la influencia de griegos y romanos, les dieron formas humanas. Hasta esa personificación, Dushara y Uzza, las deidades masculina y femenina, eran formas simples. Su paralelo estaría en Zeus y Afrodita, Júpiter y Venus. El Yin y el Yang.

Cada viajero rezaría a su Dios en esta entrada a la ciudad cosmopolita que permitía todos los credos. Quizá los sacerdotes se refugiaban en las cuevas que ahora observamos. Puede que el único requisito que se precisara fuera una bolsa llena.

Las plantas y los arbustos crecen en grietas inverosímiles. En grietas que permiten una breve entrada de luz y que provocan hermosos contrastes. Cuando la luz penetra con violencia las sombras son igualmente terribles. Ambas, luces y sombras, entorpecen el vigor cromático. Es la leve penumbra la que deja que se manifiesten las vetas, los tonos rojizos y amarillentos en lienzos fantásticos. Al moverse y jugar con la luz, las transformaciones son únicas y jugosos. Dedico un breve instante a ese juego de luces. Lo traslado a la cámara de fotos y a la de vídeo, donde los contrastes se acrecientan y son más teatrales. Podría estar así todo el día y comprobar cómo el tamizado de luz provoca la metamorfosis. Pero el grupo avanza y debo alcanzarlo.

La calzada romana es menos incómoda que anoche. Faltan muchas de sus piedras, tramos completos. Pasa un carro tirado por un caballo. Al apartarte tienes la impresión de que te vas a dar con un saliente de la roca.

En el último tramo se distinguen los restos de figuras talladas. Los pies y las patas de lo que parece ser un grupo de mercaderes acompañados por sus animales han sufrido demasiado la erosión. Comentan que durante unas las excavaciones una máquina amputó las piernas de estas esculturas.

La ciudad dibujada por el Cálamo Supremo

La explosión se produce con la primera imagen parcial del Tesoro, el Khasné. Se vislumbran sus columnas, los dos cuerpos, el tarro de esencias que lo corona, el tholos, el frontón partido, el tono rojizo de la piedra fácil de tallar. Era más sencillo y barato tallar que construir. Los terremotos han dejado sus huellas de destrucción y, sin embargo, han permanecido en pie los elementos que pertenecían a la montaña. La piedra ha sido azotada por la naturaleza, que se ha cebado con los adornos de las fachadas. Los relieves desleídos simbolizan el poder y la riqueza que el tiempo arranca con el paso de los siglos. Ni siquiera la piedra da garantías de permanencia.

Lo que nos asombra es la elegancia del conjunto. A primera vista es una pieza clásica, helenística, un fragmento de cultura greco-romana. Quizá por eso nos resulta tan sencillo de asumir y comprender. Lo hemos visto infinidad de veces en imágenes impresas o en documentales.

Los vecinos creían que guardaba un tesoro. Las huellas de las balas de los beduinos son evidentes. De ese supuesto tesoro de un faraón toma su nombre. La disputa entre si era un templo o una tumba parece decantarse por esto último. El interior es una amplia sala a la que no se puede acceder. Está vacía y lo más atractivo es el veteado y el colorido de paredes y techo. El polvo campea a sus anchas y da un poco de sensación de abandono. Un soldado monta guardia en una de las entradas laterales. Girando, observo la salida del Siq como un inmenso sexo femenino.

A los pies de esa fachada conocida aflora un nuevo nivel subterráneo que han excavado parcialmente. Hace pensar que el nivel de hace siglos era bastante más bajo y que las cabañas junto al torrente, las viviendas, quedaban a una altura que no entorpecía la visión de la línea de tumbas, auténtico decorado escenográfico de toda la ciudad.

Me detengo en los detalles de los capiteles. Sobresalen los espolones característicos del estilo nabateo. El trabajo es preciso, fino, experto. Los relieves de los intercolumnios casi han desaparecido. La roca no tallada es rugosa, áspera.

El Khasné es un compendio de mitologías. Dioses y héroes, personajes inmortales y mortales adornan su fachada. Las figuras se han ido desvaneciendo, como si la irrupción de dioses y religiones más fuertes les hubieran restado protagonismo físico y sólo quedara el recuerdo. De esas deidades se pueden extraer datos sobre la función o, al menos, sobre las intenciones de los constructores o promotores.

En el lugar más preeminente, el centro del tholos, una diosa que simbolizaría la Suerte o la Fortuna, Tique, Isis o Al-Uzza. Podría interpretarse como la suerte o la fortuna que acompañó a quien allí yacía como último destino en la tierra o la suerte y la fortuna que otorgaría a quien acudiera a venerar aquel templo.

En los intercolumnios, un ejército de protectores. Dióscuros, ménades, amazonas y gorgonas. Los mortales o medio inmortales héroes Cástor y Pólux, los hijos gemelos de Leda al ser seducida por Zeus, se alternarían entre el Hades de los mortales y el Olimpo de los dioses. Esos dióscuros serían útiles para el vivo o el muerto en su relación con ambos mundos.

Las ménades serían más irracionales en sus funciones. Sus relaciones con Dionisio o Baco las acerca al lado oscuro, al éxtasis, al sexo, a la violencia. Su presencia en la piedra amilanaría a quien fuera con malas intenciones. Qué mejor que mujeres guerreras para esa defensa. Las féminas de túnica corta y hacha en disposición de ataque también mantendrían a ralla a extraños de malos impulsos. Y, para reforzar, las gorgonas, que quien las miraba quedaba petrificado. Su representación como serpientes que se enroscan al pelo o como águilas de alas desplegadas aterra. Por eso los iconoclastas destruyeron sus rostros y figuras.

El circo de montañas forma una plaza de perfiles irregulares. Ahora descubrimos por qué olía a meados anoche: los camellos descansan plácidamente en donde nos sentamos. Periódicamente, descargan sus vegigas y amenizan con su aroma el lugar. Un pequeño bar y zona de souvenirs reúne a los que quieren descansar. La plaza es animación. Los visitantes merodean, se desplazan, se admiran. Fríen a fotografías al monumento más emblemático.

A la izquierda, con el Tesoro al frente, la unión de montañas está tallada de escaleras. El destino es desconocido para nosotros. A la derecha, se prolonga con el Siq exterior. Continúa la ciudad.

Frontones y columnas, dobles cornisas y arquitrabes se suceden en la Vía de las Fachadas y en el Sepulcro de las Diecisiete Tumbas. Pensamos si Petra es una gran necrópolis, una ciudad de los muertos que toma vida con la visita de los curiosos.

Las tumbas asoman sus bocas negras y crean un escenario singular. Las puertas suelen estar adornadas por frontones. Más arriba, las coronan almenas, dobles escaleras que se separan al ascender, cornisas sencillas o dobles, arcos y esgucios o molduras cóncavas. Se representan todos los estilos. También a todas las divinidades del entorno geográfico. Los nabateos eran gente abierta y sincretizaron creencias y estéticas. Gentes del Creciente Fértil, de Egipto, de Grecia o Roma se sentirían identificados.

Parecen bloques de viviendas rupestres. Cada una está separada de la fachada contigua, con la que mantiene armonía. Por escaleras y rampas se pasa a otro nivel y da la impresión de una aldea que ha aprovechado la roca.

Dicen que la pérdida de las fachadas por la erosión ha dado lugar a obras abstractas. No les falta razón. Impera el color y las formas no figurativas. Los restos son atisbos de unión con la realidad. Las que estaban más resguardadas han resistido mejor. Las de trabajo más fino correspondían a las familias más adineradas. Si se excavara, se encontrarían las puertas de muchas de ellas. Los aluviones de los torrentes las han tapado.

Sentimos la admiración del conjunto. Ahmed nos lleva más rápido de lo que sería deseable para poder paladear el lugar. Porque a cualquier lugar que mires vislumbras algo interesante. Dan ganas de romper la disciplina y explorar desordenadamente. Nos darán tiempo libre después de comer y podremos dar rienda suelta a nuestra curiosidad.

Una beduina cargada con algo que no distingo, asciende por una escalera. Quizá utilice aún una de las antiguas tumbas como refugio. Las ruinas de la ciudad estuvieron habitadas por beduinos hasta que Petra fue declarada Patrimonio de la Humanidad. Ello obligó a que salieran. Puede que en compensación, aparte de viviendas en la ciudad, se les haya permitido instalar sus puestos de adornos, que alquilen sus burros, camellos y caballos para pasear por el recinto y alguna otra contraprestación por la salida de un territorio que consideraban como propio.

El teatro también está tallado en la piedra. Son treinta y tres gradas para unos tres mil espectadores. En algún lugar he leído otros datos mayores. Se inició cuando aún Petra era independiente y se amplió cuando ya estaba anexionada a Roma. La ampliación eliminó algunas tumbas. El coronamiento de la montaña con diversos agujeros daría testimonio de aquellos antiguos enterramientos. Queda pintoresco hasta que se reconoce que son eso, tumbas. Sí, es insólito un teatro incrustado en un cementerio, pero el cementerio es lo que rodea a la parte baja, la de los ricos. Los muertos estaban muy presentes en la vida de esta comunidad.

Pasado el teatro, giramos a la izquierda y subimos la colina por una senda desleída. Nos alejamos del sector de las Tumbas Reales, lo que parece un contrasentido. Sin embargo, las vamos a apreciar mejor en su conjunto desde la distancia. Y, sobre todo, vislumbraremos la Vía Colonnada desde lo alto. Era la zona urbana, y la zona más abierta entre las montañas. Se sucedían los mercados, el Gran Templo, unas termas y las Ruinas del Faraón. Es curioso que a un faraón se atribuyera el Tesoro y que un faraón reuniera unas posesiones en este lugar. Todo es leyenda.

A nuestros pies sólo se diferencian las plantas de los monumentos y sus separaciones por muros. Alguna columna se mantiene. Los terremotos y las inundaciones fueron más destructivas con la zona urbana que con las fachadas excavadas.

El Gran Templo es el que mejor se define. La plataforma inferior poco conserva. En la superior, la del santuario, se modela entre restos de columnas y muros. Quizá se adoraba en él a Uzza, la suprema divinidad femenina.

Al otro lado, la estructura del Templo de los Leones Alados. En algunos de sus capiteles aparecían leones alados y de ahí recibió su nombre. Escuchamos sobre si estuvo consagrado a la misma divinidad femenina que el templo que tiene enfrente y que nosotros contemplamos a nuestros pies, el Gran Templo. Las columnas parecen apiñarse.

Ksar al Bint Faraun, o el Palacio de la Hija del Faraón, es el monumento que ha conservado unos soberbios muros. Es el que mejor ha resistido la destrucción de los terremotos. Probablemente, porque contó con la benevolencia de las principales divinidades nabateas. Entre tanta columna caída, unos muros sólidos que aún permanecen en pie son un verdadero milagro.

La montaña que cierra al frente es Al Habis, la ciudadela o la acrópolis de Petra. Impone. No obstante la confianza de los nabateos en su poder disuasorio, no impidió que se construyeran murallas en la zona baja. No las defino desde este punto.

Contemplamos la Tumba Inconclusa o la Tumba Naciente, como podría ser denominada. Un arquitrabe y el principio de los capiteles es lo único visible. Como se iniciaban desde arriba, sólo se pudo excavar la parte superior. Por qué se abandonó, es un misterio.

Más misterio es el del cercano Columbarium. No es un palomar. Las celdillas de la fachada se repiten en el interior. No dan para depositar urnas funerarias. Quizá acogían pequeños exvotos. El colorido rosa incrementa su atractivo y su misterio.