Nuestra particular Tirreno-Adriático

Carlos Díaz Marquina

www.diazmarquina.com

 

Pisa es algo más que una torre inclinada.

Caos en el embarque. Podría ser el título de un ensayo o el nombre de un cuadro de contenido social. Sin embargo, es más prosaico: la consecuencia de volar en una aerolínea de bajo coste. Aunque el precio no sea de tan bajo coste.

Desde antes de las seis de la mañana se van tomando posiciones para tener alguna posibilidad de invadir los compartimentos del avión con los trolleys. Son muy pocos los que facturan las maletas (de pago) o que llevan asignado asiento (de pago). La cola es a la española, ancha, caótica, por acumulación. Buen plantón para iniciar el día y el viaje. El vuelo será un continuo intento dormir y descansar un poco. A las nueve de la mañana aterrizamos en el aeropuerto de Bolonia. Tres cuartos de hora después estamos en ruta hacia Pisa. Mi hermana, Amparo, y mi cuñado, José Luis, van detrás. Mi sobrino Carlos, de copiloto con el navegador. Yo, al volante.

Es un día soleado. Con la ayuda del navegador encontramos pronto la carretera hacia la Toscana. La autopista de peaje es añeja, un tanto estrecha y con bastante tráfico. Es imprescindible llevar cuidado.

Nos introducimos en las montañas y se van sucediendo túneles y viaductos en una naturaleza sugerente. La nieve está agazapada en laderas y cumbres. La cordillera está salpicada por pueblecitos hermosos. Los bosques esperan la primavera para volver a vestirse de hojas verdes. Paramos para reponer fuerzas.

Saltamos Florencia y tomamos el desvío hacia Pisa. Abandonamos las montañas de los Apeninos. La temperatura sube y el sol gana potencia. También nuestro ánimo. Podríamos desviarnos hacia muchos destinos hermosos.

Desde la autopista (12,80 euros por un trayecto de unos 170 km) tomamos una carreterilla que atraviesa un bucólico campo con casas salteadas. Nos acercamos al mar. Porque Pisa fue durante mucho tiempo un importante puerto y una de las cuatro repúblicas marítimas, junto con Génova, Amalfi y Venecia. Su mayor esplendor brilló entre el siglo XI y finales del siglo XIII. La derrota en la batalla de la Meloria, en 1284, contra la flota genovesa, marcó su decadencia. Desde tierra, Lucca y Florencia también presionaron contra su poder. Finalmente, quedó incorporada a Florencia. El puerto principal de toscana sería en adelante Livorno.

No recordábamos que la ciudad estuviera amurallada. Unas altas murallas almenadas ocultan casi en su totalidad los monumentos principales. Como toda la ciudad vieja es de estacionamiento regulado buscamos un parking junto al estadio que cobra 60 céntimos por hora.

El gran atractivo de Pisa (para muchos el único que conocerán) es la piazza dei Miracoli, la plaza de los milagros o la plaza de la catedral. Y, sin duda, la "torre pendente”, la torre inclinada, la más popular del mundo. Es increíble que un defecto de la ingeniería y la arquitectura haya sido recompensado con tanto cariño y afluencia de visitantes. Porque a Pisa se viene por esta torre. Durante los años en que estuvo cerrada por los trabajos de consolidación el turismo se resintió tremendamente.

Lo que es tremendo es el precio para subir: 18 euros por persona. Estuvimos a punto de sacar las entradas por internet, lo cual hubiera elevado el pago en otros cinco euros. Los responsables de los monumentos han habilitado un sistema de reservas, con lo cual lo más sensato es ir primero a las taquillas, obtener las entradas y, con arreglo al horario, organizar el resto de las visitas: el baptisterio, la catedral (la entrada es gratuita), el camposanto monumental y los museos dell Ópera del Duomo y de las Sinopie. Se puede comprar una entrada combinada que vale una pasta con una a cuatro visitas de las indicadas.

Hasta la hora de subida (algo más de media hora) paseamos por la explanada. Cada monumento está exento y rodeado de un césped verde intenso que al mediodía se va poblando de turistas que retozan. Esos minutos se pueden aprovechar para comprar algún recuerdo en los puestos junto al edificio marrón que alberga el museo Sinopie, el antiguo hospital de Santa Clara. Aunque lo más habitual es buscar la foto turística por antonomasia: la que convierte al que posa en sustento de la torre. Alarga el brazo y acopla tu mano a la torre para que no se caiga. Estas maniobras dan lugar a posturas curiosas y escenas extrañas. Pero si no puedes hacer el chorras cuando viajas mejor quedarse en casa. Nos entregamos al ritual.

El campanario de la catedral, que eso es la torre inclinada, no es la única torre con este defecto en la ciudad. También lo están las de San Nicola y San Michelle degli Scalzi, incluso el palacio Toscanini en Lungarno Pacinotti, junto al río. La razón es que el terreno es poco estable. La ciudad vieja está sobre terreno pantanoso.

La torre está hueca. En ese hueco nos reúnen a los de la hornada de las 12,45 para una breve explicación ante un panel. Ojalá fuera un panel que ocultara un ascensor, porque la alternativa son 294 escalones. Pero estas pequeñas hazañas del viaje son las batallitas que se cuentan al regreso.

La torre, de 56 metros, se inició en 1173, con posterioridad al baptisterio (iniciado en 1152) y antes que el camposanto. El primer edificio de la plaza fue la catedral. El primer arquitecto fue Gerardo di Gerardi, el que ocupaba ese puesto en la construcción de la catedral en aquel momento. Realizó los tres primeros niveles. Le sucedió, 90 años después, tras una prolongada paralización, el arquitecto del camposanto y del hospital de Santa Clara, Giovanni Simone, que construyó los siguientes tres pisos y medio, antes de morir en 1284 en la fatídica batalla de la Meloria. La concluyó Tommaso Pisano entre 1350-1356 con la celda del campanario.

Desde el principio la torre se inclinó y amenazó con derrumbarse. En 1964 era preocupante, lo que no impidió que Amparo y José Luis subieran en 1974 y yo en 1983. En 1990 se cerró y en 2001 reanudaron las visitas tras eliminar 38 m³ de tierra de la base. Aun se inclina a razón de 1 milímetro al año, que se suma a la inclinación máxima de 4,54 metros.

Se tomaron la construcción con calma. Tardaron 177 años. Los demás edificios de la plaza también sufrieron los reveses políticos y la falta de fondos que se producían periódicamente. Con el tercer piso se paralizó el proyecto durante un siglo. Los siguientes cuatro cuerpos se construyeron con cierto ángulo, para compensar la inclinación. La derrota contra los genoveses volvió a paralizar las obras. En 1372 se construyó el campanario y se instalaron las campanas. La inclinación pasó de norte a sur.

La inclinación produce en los visitantes cierto mareo, algo similar a cuando bajas de un velero tras una travesía. Con un poco de ritmo y mucho humor acometemos la subida. Estamos en forma y superamos a la mayoría de nuestro grupo en el esfuerzo.

El premio es una soberbia vista de la plaza y de los tejados de la ciudad. La ciudad vieja es uniforme, de escasa altura, agradable. Tratamos de situar las otras torres inclinadas y otros monumentos para el paseo posterior. Observamos las campanas. Cada una de las siete toca una nota. Nos sentamos un breve instante porque el tiempo de disfrutar de las alturas está tasado.

Los edificios de la plaza son de una deliciosa piedra blanca en la que se alternan otros colores que le aportan una belleza decorativa elegante. Asoman las cúpulas del baptisterio y la catedral, el patio del edificio que aloja el museo dell’Opera del Duomo, torres, palacios, los arcos góticos del camposanto, el campo en el horizonte. Extramuros, el cementerio judío. Buscamos el Arno. Seguimos con la vista el trazado de las calles.

El siguiente objetivo es la catedral. Dedica unos instantes a las puertas de bronce. No son las originales de Bonano Pisano, que perecieron en el incendio de 1595. Las actuales son de discípulos de Giambologna y representan escenas de la vida de Cristo. Uno de los cuadros reproduce un rinoceronte. Sobre la fachada, cuatro filas de arcos superpuestos. Las galerías son una constante en las fachadas de la plaza. Un acierto para embellecerlas. El león aparece con cierta frecuencia. Supongo que es una referencia a San Marcos.

La nave central es alta y luminosa. Al fondo, en el ábside, un Cristo pantocrátor de cierta influencia bizantina. Cimabúe trabajó en su conclusión realizando el San Juan Bautista de la derecha. El techo está rematado con brillantes casetones barrocos. El espacio es luminoso. Somos pocos visitantes.

En algún pilar aún se conservan restos de frescos, destruidos por el incendio de 1595. Trato de imaginar el lugar poblado de escenas en los muros. Éstos están cubiertos por enormes cuadros algo oscuros con escenas religiosas.

Curiosamente, el inicio de la construcción en 1073 fue financiado con el décimo del botín obtenido en un ataque para la conquista de las Islas Baleares, aún en manos de la taifa de Denia. Es contemporánea a la reconstrucción de San Marcos de Venecia. El poderío naval pugnaba también por la preponderancia estética. Buscheto la inició, la continuaron Rainaldo y Guglielmo y la terminó Giovanni Pisano.

Los arcos de medio punto donde se alternan el blanco y el gris recuerdan a nuestro arte islámico. Las columnas son poderosas, procedentes de la mezquita de Palermo, botín de la batalla en la “Cala”, en 1063, una empresa conjunta con los genoveses. La Asunción es el motivo que adorna el interior de la cúpula. En el arco de triunfo, la Virgen con el niño de un discípulo de Giotto. El número de tesoros es inmenso.

El púlpito es una maravilla. En el incendio de 1595 se salvó, pero lo desmontaron para los trabajos de restauración y no se volvió a montar hasta 1926. Es obra de Giovanni Pisano, hijo de Nicola Pisano, que realizó el púlpito del baptisterio. Ambos fueron también arquitectos. Las escenas de la vida de Jesús son extraordinarias. Como las cariátides y las imágenes de la base.

Aquí también trabajaron grandes pintores toscanos como Andrea del Sarto, Sodoma y Doménico Beccafumi, que dejaron sus obras tras el altar mayor. Buscamos la lámpara de Galileo, que parece que inspiró al científico para sus conclusiones sobre el isocronismo. Leemos que la lámpara es posterior, con lo que aquello tiene bastante de leyenda.

El peculiar románico pisano de claras influencias orientales se prolonga en el baptisterio. Su precedente del siglo VII estuvo donde el camposanto. Es una gran cúpula maravillosamente decorada con arcos y bustos de santos. La cúpula troncocónica se inspiró en la cúpula de la Roca de Jerusalén. Su primer arquitecto, conocido como Deustesalvet, Diostesalve o Diotisalvo fue un adelantado de su tiempo, el siglo XII. Como la construcción duró más de dos siglos dio para varios maestros (Guido Bigarelli da Como y Zibellino de Capraris). Hasta cambió de estilo hacia el gótico.

El interior está desnudo. Se acabó el presupuesto y no hubo para frescos. Las ventanas están adornadas con vidrieras.

Inmediatamente posas la vista sobre el púlpito, intenso, aunque, para mi gusto, inferior al de la catedral, de Nicola Pisano, el padre. Es una maravilla de ejecución y de expresión. La pila bautismal de Guido Bigarelli, enorme, para bautizos por inmersión que quizá ya no se practicaban al instalarse, ocupa el centro. Sobre ella, una estatua de San Juan Bautista.

La estructura es de gran simbolismo. Es circular, con un deambulatorio entre los muros y las columnas. En el suelo se dibuja en mármoles de dos tonalidades un octógono: el paso del cuadrado al círculo, de lo humano a lo divino que significa el sacramento. Se aprecia mejor desde la altura del primer piso.

Entra una guía con su pequeña prole y nos hace una demostración de la excelente acústica del baptisterio. Su voz resuena, se multiplica en un eco, permanece flotando en el ambiente.

Hubo un tiempo en que los viajeros se desviaban a Pisa atraídos por el camposanto monumental y sus frescos. Quizá les pareciera curiosa aquella torre mal proyectada que se tumbaba ligeramente. O la hermosa catedral y su ciclópeo baptisterio. Pero, como aquellos, también sufrió una devastadora desgracia: el bombardeo de 27 de julio de 1944 por parte de las fuerzas aliadas. Una bomba provocó un incendio que derritió el plomo del tejado que arrancó parte de los frescos y dejó en la ruina el edificio. Unas fotografías dan testimonio de este horror de la guerra. Al desprenderse los frescos quedaron a la vista las sinopias o bocetos, los dibujos previos que se ejecutaban sobre un estrato de cal aplicada a la pared por falta de papel. Se utilizaba para trazarlos un ocre rojo procedente de la ciudad de Sinope, en Siria. Las sinopias dieron lugar al museo del mismo nombre en la plaza del Duomo.

Entramos bajo un tabernáculo con la virgen y santos y penetramos en un lugar que parece un claustro. Se dice que en el centro se depositó tierra traída desde los Santos Lugares y que tendría la propiedad de disolver en 24 horas los cadáveres que se sepultaban en ella. El nombre dio lugar a esta denominación que luego se extendería a otros cementerios. Aunque la impresión no es de convivencia con la muerte, a pesar de las lápidas y los sarcófagos, muy abundantes y de excepcional factura artística.

Quizá es el sol que sigue siendo protagonista y que se filtra por los arcos góticos finamente cubiertos de parteluces y tracerías. O el espíritu que aún perdura de la iglesia planificada aunque no concluida. Desde luego, son los frescos, en algunos lugares arrancados para ser restaurados, en otros, desleídos, y siempre magníficos, lo que alumbra la monumentalidad del lugar.

Benozzo Gozzoli (escenas del Viejo Testamento, muy dañadas), Taddeo Gaddi (historias de Job), Andrea di Buonaiuto y Antonio Veneziano (historias de San Raniero), Spinello Aretino (San Efisio y San Potito) o Pietro di Puccio (Cosmogonía Teológica) dejaron su huella en las escenas de los frescos. La primera fase fue la del lado este: la Crucifixión, de Francesco Triani, guardada en los almacenes del Museo dell’ Opera para su restauración, según mis referencias.

El ciclo de “El triunfo de la muerte” se atribuye a Buonamico Buffalmacco. Parece que los frescos son anteriores a la peste de 1348 ya que los personajes aparecen vestidos a la moda antigua, que cambia a partir de 1342. Entramos en la sala donde admiramos la profusión de figuras y escenas, los rostros de los personajes, el realismo del pintor toscano del Trecento, que nos deja anclados observando esta joya inspirada en el carácter moralizador de la época, harta del lujo y la corrupción de la iglesia. Ninguno de nosotros había visitado el camposanto antes y no sabíamos de la existencia de esta obra maestra. Es el mejor regalo de la mañana.

Pasamos por las capillas, observamos los sarcófagos romanos y etruscos, la tumba de Ottaviano Fabrizio Mossotti, unas cadenas que fueron devueltas por Génova en circunstancias que no he anotado.

Salimos con la sensación de haber visitado algo singularmente privilegiado.

Pisa es algo más que una torre inclinada. Pero antes hay que reponer fuerzas en una terraza al inicio de via Santa María y junto a la iglesia de los Tedescos. Se agradece el sol y unas estupendas cervezas que acompañarán unas deliciosas pizzas. De postre, capuchino, como no puede ser de otra forma.

Pisa es ciudad universitaria. Via Santa María, que atraviesa la ciudad vieja desde la plaza de los Milagros hasta el río Arno, testimonia esta condición. Varios de los palacetes son dependencias de la Universidad, de gran prestigio en Italia. La fundó el papa Clemente VI, el 3 de septiembre de 1343. Desde el siglo XI había estudios de derecho. A la derecha queda el jardín botánico fundado en 1544. Aquí estudiaron Galileo, el poeta Giosué Carducci, el papa Clemente XII, presidentes de la República, premios Nobel y científicos.

Los edificios, de tres alturas, muestran tranquilas fraileras verdes. El conjunto es armonioso.

Al llegar al Arno podríamos seguir por la izquierda hasta el Palazzo Reale pero nos decantamos por cruzar el río por el puente Solferino, que queda a nuestra derecha, y utilizarlo como mirador sobre la Ciudadela y sobre las hermosas casas que dan al Arno. Son los lungarnos o lungarni, el paseo junto al río que cambia de nombre a tramos regulares.

El mayor atractivo lo ofrece una pequeña iglesia gótica, Santa María della Spina. Está cerrada. Disfrutamos de su decoración exterior con gabletes, tabernáculos, pináculos y los doce apóstoles con Cristo. Los mejores escultores de la época trabajaron en ella. Se dice que guarda una reliquia: una espina de la corona de Cristo. Su emplazamiento original estaba más cercano al río pero fue trasladada por el peligro que suponían las crecidas del mismo.

Caminamos por el lungarno admirando los edificios: el palazzo alla Giornata, el palazzo Agostini, que identificamos con las fotos de un libro de la ciudad. El río baja con fuerza y el reflejo de los palacetes queda desdibujado. Dan ganas de colarse por las callecillas que dan al río y que guardan pequeñas e interesantes sorpresas. Pero tenemos poco tiempo. Pasamos ante el palacio Blu, de color azul, convertido en museo con colecciones de los siglos XVI y XVII. Otros museos interesantes son el Nazionale di San Mateo y el Centro d’Arte San Michele degli Scalzi, dedicado al arte contemporáneo.

Cruzamos el puente Mezzo hasta la animada plaza Garibaldi. El héroe de la unificación italiana no puede faltar en ninguna ciudad. Nos filtramos en la urbe por Borgo Stretto, peatonal, comercial, animada: es la zona donde más gente circula. Una hermosa iglesia blanca marca nuestro giro hacia la izquierda en dirección a la piazza dei Cavalieri, la plaza de los caballeros.

La plaza ocupa el antiguo foro romano de la colonia Julia Pisana Obsequens. En la Edad Media se la llamaba piazza delle Sette Vie, de las siete calles, por confluir en ella las siete calles principales. Era el centro político de la ciudad. En el siglo XVI fue reconstruida por el Gran Duque florentino Cosimo I de Medici en estilo renacentista. Su estatua está frente al palacio de los Caballeros. La plaza se convirtió en sede de los Caballeros de Santo Stefano, creada para defender la costa toscana contra los turcos y los piratas. Giorgio Vasari fue el autor de la transformación.

El edificio más espectacular es el palazzo della Carovana, sede de la orden y que ocupa el lugar del antiguo palazzo degli Anziani, que albergaba a los representantes del gobierno de la Ciudad. Su decoración es muy llamativa, a base de alegorías y signos del zodiaco. Ahora es la sede de la Scuola Normale Superior de Pisa, fundada por Napoleón.

A la derecha está la iglesia de Santo Stefano dei Cavalieri, también del siglo XVI. El edificio en restauración es el palazzo dei Consiglio dei Dodici, sede de los tribunales de la Orden, sede actualmente de la Escuela Superior de Ciencias Aplicadas. El palazzo dell’ Orologio, o del reloj, era antiguamente el hospital. Fue el resultado de unir las torres de las Siete Vías y la torre del Hambre donde murieron de hambre Ugolino della Gherardesca, sus hijos y sobrinos y que Dante recoge en uno de los cantos del Infierno. El poeta florentino volverá a aparecer en nuestro recorrido ya que estudió en Bolonia y murió y fue enterrado en Rávena.

Volvemos a salir a via Santa María. Regresamos a la plaza de los Milagros y nos acercamos al palacio arzobispal, hermoso ejemplo renacentista.

El regreso será algo más silencioso. Estamos cansados y los demás aprovechan para echar una cabezada, absolutamente necesaria. La entrada a Bolonia nos sorprende con un atasco cerca del estadio: el Bolonia juega contra el líder, la Juventus.

El hotel nos acoge brevemente porque saldremos a disfrutar de nuestra primera noche en la ciudad. Pero es mejor contarlo un poco más tarde.

 

La ciudad de los mosaicos.

Nos despertamos temprano bastante repuestos del día anterior. La única queja es que la habitación estaba fría. Cada uno ha buscado sus artimañas para solucionar el problema.

El desayuno es suculento. No hay nada por la mañana como cargar las pilas con un buen desayuno. Volvemos a disfrutar de los fiambres boloñeses, con especial atención al salami y a la mortadela. Los dulces, muy sabrosos. Fruta, yogures, cereales y lo habitual en un buffet de hotel.

Poco después de las nueve de la mañana las calles de la ciudad están vacías. Es la tónica en cualquier ciudad un día de fiesta.

El navegador nos hace atravesar la zona de la feria, la segunda en importancia de Italia, con unos enormes pabellones, y otra zona industrial bastante fea. Nos hacemos una idea de la riqueza de Bolonia.

Desde Bolonia, la oferta de visitas a otras ciudades es amplia. Módena y Ferrara están cerca aunque nos decantamos por Rávena por un consejo de mi amigo Alfred. La ciudad de los mosaicos queda un poco a desmano de otras rutas. Hay que ir a ella, no la encuentras de camino.

Rávena está a pocos kilómetros de la costa adriática. Se formó sobre una zona pantanosa de pequeñas islas que facilitaban su defensa, algo parecido a Venecia. Aunque estuvo habitada desde varios siglos antes de nuestra era por tirrenos, tesalios y umbrios, fue Augusto quien le dio un fuerte impulso al construir en Clesse, a 5 kilómetros, un puerto para la flota imperial del Adriático.

El paisaje es plano, fértil, una recta con pocas variaciones. Lo más peculiar, en la segunda parte del desplazamiento, son las viñas en alto. Estamos en zona del Lambrusco, característico de la provincia de Emilia-Romagna, cuya capital es la ciudad de nuestro destino. El cielo está parcialmente cubierto. Confiemos en que no llueva. Las predicciones obtenidas por Amparo en Whether se van cumpliendo.

Aparcamos en una calle que quizás fue muralla. A unos cientos de metros se atisba la puerta Adriana. El domingo no funcionan los parquímetros.

Lo primero que encontramos es una torre cilíndrica de ladrillo que asoma sobre unos tejados. En Rávena los campanarios son siempre cilíndricos. Confundimos la edificación con una de las iglesias principales. Cuando nos acercamos comprobamos que su fachada principal, barroca, no coincide con su aspecto posiblemente milenario. Es una de las muchas iglesias con varios siglos de vida que salpican la ciudad. Unos carteles nos ayudan a orientarnos hacia la basílica de San Vitale y el mausoleo de Gala Placidia.

De camino, nos atrae la Domus dei Tappeti di Pietra, famosa por sus suelos de mosaico. Se accede por la iglesia de Santa Eufemia. Los dejamos para la vuelta (craso error). Tres metros bajo tierra se encuentran varias salas de una antigua casa bizantina cubierta de impresionantes mosaicos de los siglos V y VI. Otra constante: los suelos de los edificios históricos se encuentran a dos metros y medio o tres metros por debajo del nivel actual.

De esos siglos V y VI datan la mayoría de los monumentos que han merecido la calificación de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. En el 402, el emperador Honorio estableció en Rávena la capital del Imperio Romano de Occidente. El lugar gozaba de buenas defensas y estaba cerca del Imperio de Oriente ante la eventualidad de una invasión bárbara que se confirmó en 476: caía Roma.

Damos un salto hasta el rey ostrogodo Teodorico el Grande que conquistó la ciudad y la dotó de edificios grandiosos decorados con mosaicos. Entremos en uno de los principales.

Los indicadores de San Vital y Gala Placidia nos conducen al despiste: por allí no hay acceso. Volvemos sobre nuestros pasos, como otros visitantes, y encontramos la puerta. Nos mandan a las taquillas y compramos una entrada conjunta por 9,50 euros cada uno. Ahora sí.

San Vital está en un hermoso lugar que es entre un jardín y un bosquecillo de pinos. Muy bucólico, casi una incitación a la meditación. La iglesia se erigió en el lugar donde fue martirizado el santo. Es un edificio octogonal de cúpulas escalonadas iniciado en 527, reinando Teodorico, bajo el patrocinio del arzobispo Ecclesio y la financiación del banquero Juliano Argentario, que aportó 26.000 besantes de oro, vaya usted a saber qué inmensa cantidad de dinero era aquella. Fue consagrada por el arzobispo Maximiano en 547.

Inicialmente era la iglesia de los arrianos de Teodorico, muy tolerante en aspectos religiosos, lo que provocó la cohabitación con los católicos. Con la conquista por parte de Justiniano, fanáticamente ortodoxo, según leemos, se convirtió la iglesia al catolicismo. Ello explica que los mosaicos pertenezcan a ambos reinados.

El interior nos deja anonadados. Su decoración es impresionante. Mira al suelo y encuentras unos hermosos mosaicos. Miras al hueco de la cúpula y te sorprenden unos frescos del siglo XVIII. Pero concéntrate en el ábside y en el presbiterio. Los mosaicos son obras maestras del arte bizantino.

La Iglesia se edificó como templo principal de la segunda ciudad del Imperio, al servicio de la Iglesia y también del prestigio y del poder temporal, ambos muy unidos en aquel tiempo. El siglo de Justiniano fue la primera edad de oro del arte bizantino, con Rávena como uno de sus principales centros. Todo ello confluye a este extraordinario interior.

Damos un breve paseo por el deambulatorio de la planta octogonal, entre el muro y las columnas. Mármoles veteados, la planta superior, que era la destinada a las mujeres, las ventanas que filtran la luz. Nos acercamos a la zona principal, el presbiterio y el ábside.

La distribución de las composiciones no era libre y estaba sometida a un orden y una jerarquía. Preside en la parte alta del ábside Cristo, muy joven. Le acompañan dos ángeles, San Vital, a la izquierda, y el obispo Ecclesio, a la derecha. No es el habitual pantocrátor solemne. Brilla el fondo dorado. Más abajo, a los lados de las ventanas, dos escenas del emperador Justiniano, a la izquierda, y Teodora, la emperatriz, a la derecha. Ambos acompañados de la corte. Representan la consagración del templo, una escena imposible ya que nunca estuvieron aquí para la ceremonia debido a su avanzada edad. La emperatriz murió ese mismo año.

En el arco triunfal, Cristo y los doce apóstoles. Las escenas del Antiguo Testamento representan a Abrahán e Isaac, Jeremías y Moisés en el Sinaí. Del Nuevo Testamento, el tetramorfos, los cuatro evangelistas y sus símbolos. Los santos pululan por todas partes a un nivel inferior, propio de quienes son nexo entre lo divino y lo humano. Deja llevar la vista según tu intuición. En lo alto, el cordero pascual. Goza de la espiritualidad del lugar. Dios salva a los hombres por medio de la eucaristía.

A unos pasos, en el mismo recinto, el mausoleo de Gala Placidia, de la etapa de formación del arte bizantino, como el baptisterio de los Ortodoxos. La construcción es pequeña, sencilla al exterior y tan espectacular en su interior como San Vital. Es anterior a éste, del 425-430. Marca la transición del arte paleocristiano al bizantino.

Gala Placidia era hija del emperador Teodosio, esposa de Ataulfo y de Constancio III, madre del emperador Valentiniano III y gobernadora de Rávena y del Imperio de Occidente. Quizá nunca estuvo enterrada aquí.

Entras a un cielo estrellado. La muerte te llevará al cielo. Allí están los evangelistas, los apóstoles, San Lorenzo (el mausoleo es también conocido como oratorio de este santo), el Buen Pastor, una decoración exuberante. El tono dramático lo ponen los sarcófagos que acogen a los ilustres familiares de Gala Placidia.

Los mosaicos están cercanos. Es también la razón por la que se limita el tiempo de estancia. Vamos del alfa al omega por un paraíso azul cubierto de vegetación que se enrosca y se ilumina en flores. Dos ciervos se enfrentan. La parrilla del martirio de San Lorenzo arde con su protagonista demasiado cercano. Se eleva nuestro espíritu y viaja en el tiempo hacia esa época de esplendor que se fue disolviendo.

Muy cerca se encuentra la iglesia de Santa María Maggiore. Nos asomamos: la misa está en su última fase. Dos mendigos flanquean la puerta y nos informan de los horarios.

La ciudad es tranquila y hermosa, provinciana en tamaño, saludable para vivir. El paseo dominical es la principal distracción. Las mesnadas de turistas son para otras fechas porque el número de los visitantes es moderado. Caminamos entre casas de tres alturas, contraventanas de madera blanca, aspecto elegante. La entrada al mercado parece un arco de triunfo. La torre de una iglesia románica ha quedado absorbida por un edificio con un efecto singular sobre el tejado.

Las construcciones son de ladrillo. La piedra quedará probablemente lejos y sólo se importará para piezas especiales. El ladrillo aporta su personalidad a la ciudad, tanto en edificios nuevos como antiguos, civiles o religiosos.

La piazza dei Popolo es el centro administrativo. En torno al rectángulo de su perímetro se estructuran varios edificios hermosos, sin ostentación, de tonos suaves. Por supuesto, no sólo aloja el gobierno municipal y provincial; allí se reúne el pueblo soberano a tomar el sol, a charlar con los amigos y vecinos, a ver y ser vistos. El reloj de la torre del palacio de la Banca Nazionale del Lavoro marca las 11.30. Ondean las banderas. Sobre dos columnas, ante el palacio veneciano, San Vital, que sustituyó al león de San Marcos al término de la dominación veneciana, y San Apolinar, primer obispo de la ciudad. La Prefectura y el palacio del Crédito Romagnolo completan la plaza. Con permiso de las bicicletas y las terrazas de los restaurantes.

Contigua está la plaza de Garibaldi, con un mercadillo de antigüedades que hace picar a mi cuñado. El héroe de la Unificación nos contempla.

Dante, el gran escritor florentino autor de la Divina Comedia terminó sus días en Rávena. Murió en el exilio. Fue enterrado inicialmente en un túmulo junto al conjunto de San Francisco. El templete claro de su tumba contrasta con el ladrillo marrón rojizo de los edificios del callejón. Asoma la torre cuadrada del monasterio.

El interior de la capilla es sencillo. Reconocemos su perfil en el bajorrelieve de Pietro Lombardo, encargado por el alcalde Bernardo Bembo. Los huesos del poeta no tuvieron descanso tras su muerte. En 1519 los florentinos obtuvieron permiso del Papa León X para trasladar los restos, que reposaban en una urna, urna que encontraron vacía por la sustracción realizada por los franciscanos. Cuando éstos abandonaron el lugar en época napoleónica, escondieron los restos en la puerta Braccioforte. En 1865 los restos regresaron a la urna. El epitafio en latín de Bernardo Canaccio dice así: "los derechos de la monarquía, los cielos y las aguas de Flegetonte visitando conté, hasta que quiso mi destino mortal. Sin embargo, como mi alma fue huésped en lugares mejores y más beata alcanzó entre las estrellas a su Creador, aquí estoy enterrado yo, Dante, exiliado de la patria tierra, generado por Florencia, madre de poco amor".

Quizá San Francisco, cuya iglesia data del siglo V aunque ha sido muy modificada en estilo barroco, mereciera más atención porque su exterior y los claustros son bastante atractivos. Quizá con más tiempo.

Por via Marini salimos a via Roma y a otro eje monumental. Atrás quedan el teatro Allighieri y la iglesia de Santa María del Sufragio. Pero el objetivo es San Apolinar Nuevo. A la derecha de su fachada están los restos del palacio de Teodorico. No se puede confirmar su uso como tal palacio.

La torre redonda del campanario con sus ventanas sencillas, dobles y triples, el pórtico renacentista y la nave central con su cubierta a dos aguas componen la imagen exterior de San Apolinar, construido inicialmente como iglesia del Redentor por Teodorico y redenominada de San Martín de Tours al cambiar al rito católico. Cuando se trasladaron por seguridad las reliquias desde San Apolinar in Classe hasta aquí adoptó el nombre actual.

Una procesión de santos y otra de vírgenes transita por los muros de la nave central hacia la Virgen y Cristo Redentor. Hacia la entrada, la representación de la ciudad de Classe amurallada, con su puerto, a la izquierda, y el palacio de Teodorico, a la derecha. Brilla el dorado de los mosaicos, eres observado por los personajes representados. Los Reyes Magos se aprestan a entregar sus regalos en el lateral de la Virgen. El ábside es barroco y el techo es de casetones dorados. Un nivel más alto, el de las ventanas, se adorna con santos y profetas. En el tercero, más estrecho y junto al techo, otras escenas de la vida de Cristo. Una parte pertenece a los mosaicos originales de la época de Teodorico. La transformación en iglesia católica supuso la eliminación o sustitución de diversas figuras.

Salimos al pequeño claustro.

 

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Continuando por via Roma alcanzas Santa María in Porto y la Loggetta Lombardesa. Sin embargo, nos decantamos por caminar hacia el baptisterio Arriano y la iglesia del Espíritu Santo, de rito ortodoxo. La iglesia se percibe desde la calle por su nave central y su campanario, aunque la torre que asoma sobre las construcciones bajas es la torre Communalle.

Teodorico era de culto arriano, una tendencia cristiana condenada como herejía por el concilio de Nicea de 325. Para los arrianos, Cristo es hijo de Dios pero no es el mismo dios. Los visigodos, en España, también lo cultivaron hasta el 589 y el III Concilio de Toledo. Al convertirse Recaredo I al cristianismo se extinguió.

Convivieron arriarnos y católicos, de ahí que tuvieran baptisterios y catedrales separados. Quien no fue tan tolerante fue Justiniano, que eliminó todo rastro de los arrianos.

Nos asomamos a la iglesia del Espíritu Santo durante el oficio religioso. La separación del ábside nos confirma que es ortodoxa. Afuera, los fieles comparten una bebida.

A unos pasos está la pequeña estructura del baptisterio, sencilla, octogonal, de ladrillo, que pudiera pasar inadvertida. Los bombardeos aliados sobre la ciudad eliminaron otros edificios que lo rodeaban. Lo más destacado es el mosaico del techo, circular, como su cúpula. En el centro, San Juan Bautista bautiza a un jovencísimo Jesús con un aspecto muy humano, en línea con la concepción religiosa de esta herejía. Sobre su cabeza, una paloma que simboliza al Espíritu Santo. Es una representación peculiar porque los arrianos no reconocían la Trinidad. Al lado, una alegoría del río Jordán.

Rodea esa escena una procesión de los apóstoles guiados en diferentes direcciones por San Pedro y San Pablo. Otros mosaicos debieron acompañar estas escenas en las paredes ahora desnudas. Salimos del pequeño oratorio y nos dirigimos al otro baptisterio, el Neoniano o de los ortodoxos.

La composición del techo es muy similar, con San Juan Bautista, Cristo, la paloma del Espíritu Santo y la alegoría del río Jordán. También la procesión de los apóstoles con San Pedro y San Pablo dirigiéndoles. La diferencia está en las paredes cubiertas por mosaicos y bajorrelieves de un exquisito colorido. Todo el espacio está decorado. En el centro, una enorme pila bautismal para bautizar por inmersión. Nos sentamos para disfrutarla.

El baptisterio fue concluido por el obispo Neón (de ahí su nombre) y ocupa el lugar de unas antiguas termas. Sus ocho lados simbolizan la resurrección, los siete días de la semana y la vida eterna al que se accede por el bautismo. Descansamos un instante, vaga nuestra vista por la decoración sacra.

No entramos en la catedral y damos un paseo por el Museo Arzobispal. Recorremos las salas observando capiteles y pinturas y dedicamos un poco más de tiempo a la cátedra de marfil de Maximiano, impresionante, y a una pequeña capilla recubierta de mosaicos.

De regreso al coche caminamos por una hermosa zona de palacetes. Nos asomamos al jardín botánico, que fue el jardín de un palacio con el que comparte plaza. Callejeamos brevemente.

El coche nos permitirá ir a San Apolinar in Classe, la otra gran basílica. Al salir de la ciudad contemplamos los restos de las murallas y la fortaleza de Rocca Brancaleone. Muy cerca anda el mausoleo de Teodorico, que tiene la peculiaridad de ser de piedra y no de ladrillo. Los indicadores no ayudan mucho para alcanzarlo.

El navegador nos sitúa en medio del campo, lugar de casas de recreo, quizá de veraneo, porque las playas están muy cerca. Tras unas indecisiones, Carlos logra programar los lugares de interés y conducirnos hasta la basílica.

Llama la atención su grueso campanario circular y las ventanas que lo adornan. Sobresale por encima de la nave central. Aparcamos y rodeamos el edificio hasta el otro lado. En el campo que queda entre la basílica y la carretera han situado tres bisontes de bronce. Cualquiera sabe por qué razón.

Se construyó en el siglo VI y fue financiada por Giuliano Argentario para el obispo Ursicino. La consagró en 547 el primer arzobispo de Rávena, Maximiano.

La nave central es amplia y la sostienen columnas poderosas. Un pequeño altar ocupa el centro. Sobre los arcos, medallones de obispos. El resto de los muros están desnudos. Lo más destacado es el ábside.

La parte central la ocupa una escena bucólica, pastoril. Hacia una figura central se dirigen las ovejas (que simbolizan a los apóstoles), hacia el Buen Pastor que es San Apolinar. Preside una gran cruz con Moisés y Elías a los lados. Arriba, los evangelistas en su representación del tetramorfos. Junto a los muros, sarcófagos. Deambulamos y observamos.

Es hora de comer y un restaurante sin pretensiones nos ofrece buena comida a buen precio junto a la basílica. Lo ocupan familias de lugareños, lo que nos da cierta confianza. Probaremos los famosos tagliatelle al ragout, un buen pan mojado en aceite virgen de la zona, unos antipastos ricos.

No nos demoramos mucho porque aún nos espera Bolonia.

 

Soportales para una ciudad universitaria.

Bolonia es la ciudad de los soportales. En ningún lugar los encontrarás tan abundantes y hermosos. Puedes recorrer toda la ciudad bajo su protección, admirar su decoración, disfrutar de sus tiendas. Son parte esencial de su personalidad.

Los soportales son un claro indicador del tiempo que impera. Hace frío y las lluvias son habituales. Por eso dicen que la mejor época para visitarla es a partir de abril. El frío húmedo se cuela por las prendas de abrigo y penetra hasta la piel. Obliga a ir bien cubierto y en guardia para no constiparse.

Nuestro hotel está muy cerca de la estación Central de tren, la de mayor movimiento de Europa. Es, desgraciadamente, conocida por un atentado neofascista que en 1980 dejó muchas víctimas. Queda extramuros. Dentro de las antiguas murallas queda nuestro hotel ya que enfrente asoma un lienzo de la antigua protección de la urbe. Quizá su trazado coincidía con el polígono de calles destacadas en amarillo en el mapa, los viale, que conforman un anillo de avenidas que circunvalan el centro. Por supuesto, la muralla era de ladrillo, como todas las construcciones de la ciudad.

El primer ejemplo de soportales continuos lo disfrutamos entre la plaza XX Settembre y la antigua Porta Galliera y el centro administrativo y religioso, el centro histórico, la ciudad vieja. Esas dos áreas están unidas por via dell’ Indipendenza, recta, soberbia, siempre animada. En su trazado se suceden las mejores tiendas, hoteles, restaurantes, gelaterias, pastelerías (que nos vuelven a hablar de un clima duro), palacetes, iglesias y vida urbana. Tendremos tiempo para tomarla cariño ya que será nuestro trayecto de ida y vuelta de cada incursión en la ciudad.

El problema de los soportales es que te impiden contemplar un lado de la calle. La solución es pasar dos veces, una por cada acera, pero la reiteración no es buena y en muchas ocasiones no hay oportunidad porque se van explorando nuevos territorios. Sí, puedes caminar por medio de la calle, con el inconveniente de ser atropellado, muy relativo ya que en el centro histórico el tráfico no es muy abundante y en las calles estrechas bastante menos.

Una perfecta combinación de soportales, poco tráfico y edificios apuestos y con empaque lo ofrece via Galliera, una alternativa más estrecha aunque igualmente atractiva para nuestro desplazamiento al centro ya que es paralela a Indipendenza. Los palacios Tanari, Felicini, Androvani, Dal Monte y Ghislardi-Fava (que acoge el museo Medieval) alegran la vista del transeúnte. Intercaladas, algunas iglesias, entre las que destaca la de la Madonna di Galliera. Después tendrás que realizar un pequeño slalommedieval por sugerentes callejones hasta el destino clásico de la piazza Maggiore.

Esos palacios son el emblema de una ciudad que ha gozado de buena salud económica que ha alimentado las fachadas y los interiores de historia y vida. La fuerza de la ciudad se asoma a la calle en diversidad de estilos, repleta de leyendas e historias, de comerciantes y burgueses, de aristócratas y clérigos que diseñaron los perfiles de la ciudad. Una pequeña historia del arte se ofrece de forma gratuita al viandante. Sin ellos nadie recordaría al científico y naturalista Bartolomeo Felicini, o a Panfilio Dal Monte. O a los artistas encargados de hacer perdurar sus resonantes nombres.

No tengas prisa por alcanzar el centro y, a la altura de via Marsala, tuerce a la izquierda. Nuevamente te envuelve el trazado anárquico y recortado, el muy medieval palazzo Grassi y su peculiar soportal de madera, el ambiente de mercado. A un paso, la piazza San Martino y su iglesia. Esta fue la zona del ghetto. Otras curiosidades obligan a estar atento, que el camino es tan importante como el destino.

La catedral no se ubica en San Petronio, la inmensa basílica inacabada que es una visita obligada, sino en San Pietro, en Indipendenza. La cubre una tela por las reformas y reparaciones. El papa Gregorio XIII la consagró en 1582 como sede arzobispal. El edificio del siglo X fue destruido por un incendio en 1141 y el posterior sufrió varias modificaciones. No carece de encantos y de joyas en su interior. Asómate y lo comprobarás. Recuerda que Bolonia perteneció a los Estados Pontificios hasta la entrada de Napoleón en 1796.

Piazza Maggiore es el centro político y administrativo de Bolonia. También su centro turístico. Concentra varios palacios en un espacio amplio muy agradable para pasear, siempre que el tiempo lo permita.

El edificio de aspecto acastillado de la derecha-que corresponde en el mapa al oeste-es el palazzoCommunale (palacio Comunal), de los siglos XIII al XV. Su estilo es gótico. Es un conglomerado de edificios. Fue reserva de grano, sede judicial y del gobierno municipal. En un extremo, la torre del Reloj. En el pórtico, una estatua del papa Gregorio XIII. En su interior, salas y museos. Todo cargado de historia. Inmenso.

En www.bolognawelcome.com encuentro interesantes referencias del complejo y de otras zonas de la ciudad. Cuando en 1200 la Comuna expropió varias casas e iglesias para configurar la plaza Mayor, puso las primeras piedras de la sede municipal y del palazzo del Podestà (del alcalde). Estaba rodeado de artesanos y comerciantes y en la primera planta se encontraban los notarios. Sobre sus dos plantas asoma una poderosa torre cuadrada que tenía por objeto llamar a la población en caso de emergencias. Contiguo, elpalazzo Re Enzo, que acogió como prisionero al rey Enzo de Cerdeña, capturado en la batalla de Fossalta de 1248 entre Güelfos y Gibelinos. Aquí paso 23 años, hasta su muerte.

Al este se aposenta el palazzo dei Banchi, del siglo XVI, con fachada de Vignola, que oculta las callejuelas del antiguo mercado y que ocuparon en su día los cambistas. Junto a San Petronio, elpalazzo dei Notai, de los notarios, gótico, iniciado en el siglo XIII y que, cómo no, ha sufrido varias transformaciones. Los gremios más poderosos se posicionaron adecuadamente en la plaza.

Entre el palacio del Podestà y el Communale, la fuente de Neptuno aglutina a un buen número de turistas y curiosos. La estatua es obra renacentista de Giovanni Bologna o Giambologna, quien no pudo hacerse con el encargo de las puertas de la catedral de Florencia. Dejó su huella en otros monumentos de la ciudad. Dicen que para tener suerte, los estudiantes dan dos vueltas alrededor de la obra en dirección opuesta a las agujas del reloj, que fue lo que hizo Giambologna para inspirarse. Cumplimos el rito para que nuestro viaje sea fructífero y sin incidentes.

La carga erótica del conjunto (de Tommaso Laureti), que escandalizó a la población durante años, se aprecia en las ninfas que acompañan al dios marino. De sus pezones mana el agua. Durante cierto tiempo el dios lució unos pantalones de bronce para ocultar sus atributos. Por cierto, quien promovió la obra fue nuestro tocayo, el cardenal legado Carlos Borromeo.

La última vez que un emperador fue coronado por un papa tuvo lugar en Bolonia. Los protagonistas fueron el papa Clemente VII y el emperador Carlos V. Era 1530 y el lugar elegido fue la basílica de San Petronio.

La fachada quedó incompleta. Queda tras un panel que la reproduce, ya que están en obras para devolverle su esplendor. La parte inferior está cubierta de mármoles. La superior permanece con el ladrillo visto. La puerta principal es del escultor Jacopo de la Quercia, que dejó su impronta en otros lugares de la ciudad allá por el siglo XV. La lista de arquitectos, escultores y pintores que trabajaron en la enorme iglesia es larguísima.

Estaba claro que la Iglesia pretendía ser una muestra de poder y quizá una provocación a Roma y el Papado, que regía los destinos de la ciudad. Y, entre medias, quedaba el santo patrón, el obispo San Petronio, del siglo V. El papa Pío IV paralizó las obras, iniciadas en 1390 bajo la dirección del arquitecto Antonio di Vicenzo.

La planta es de 132 metros de largo por 66 metros de ancho. La altura alcanza los 47 metros. El interior se presenta inmenso. Aprovechamos los momentos previos a la misa para conocer las capillas. Para hacerse una idea de cómo debió estar decorada con frescos nos acercamos a la capilla de los Reyes Magos, con acceso de pago. En el suelo topamos con el meridiano de Giandomenico Cassini, de 1655 y 66,8 metros, el más largo del mundo. La capilla Bolognini, que ese es su nombre, muestra estupendos frescos de Giovanni de Módena. En uno de ellos se representa a Mahoma en el infierno siendo torturado por demonios, lo que provocó las iras de los islamistas y un posible complot para destruir la Iglesia.

En el centro, el ciborio de Vignola, que tendremos el honor de contemplar largamente durante la celebración y mientras nuestros pies se quedan helados. Suena el órgano con tonos apocalípticos, el más antiguo de los que se conservan en el mundo.

Para entrar en calor nada como un capuchino (o una birra spina media, cuatro euros) en el bar Giuseppe, enfrente de la Iglesia. La pastelería es suculenta.

Tomamos por via Rizzoli, cómo no, elegante y soberana, hacia uno de los elementos más característicos de la ciudad: las dos torres de Asinelli (de los asnos) y Garisenda, del siglo XII.

El mayor periodo de prosperidad de Bolonia fue entre los siglos XI y XIV, el período denominado de la Commune, cuando aspiró a ser una ciudad libre. Fue la época de la Liga Lombarda contra el emperador Federico Barbarroja (1164), la fundación de la Universidad (1088), la expansión de la ciudad, las luchas entre Güelfos y Gibelinos, entre partidarios del Papa y del emperador. También de la edificación de torres de vigilancia o de defensa. Muchas de las doscientas que jalonaban el cielo urbano desaparecieron. Exhibían el prestigio de las grandes familias.

Imaginamos el efecto que tendría sobre el caminante que entraba a la ciudad por la puerta de Rávena. Dos enhiestas torres altas y delgadas, la Garisenda ligeramente inclinada, sus muros exclusivamente adornados por las ventanas.

Subir a la torre Asinelli, de 97 metros, es un esfuerzo de 498 escalones. Convencemos a Amparo para la hazaña y nos introducimos en el interior. Unos tubos sujetan la estructura como andamios. No es que esté muy limpia. El aire penetra en ocasiones con violencia, percute sobre los plásticos desprendidos que han sustituido a los cristales, falta el aire en el ascenso. Nos vemos obligados a parar por la estrechez que impide pasar a dos personas en distintos sentidos. En lo alto nos sorprende la tormenta. Asomarse es peligroso. No podemos disfrutar de las estupendas vistas aunque quedan unos instantes para captar esas imágenes. Oteamos los tejados, que tanta impresión dejaron en el escritor alemán Goethe, que mantenía que la inclinación de la otra torre era intencionada para diferenciarse de las otras numerosas torres. La vista no alcanza demasiado lejos en el horizonte. Las agujetas están garantizadas.

Las calles que desembocan en via Rizzoli son una buena opción para cenar. El sábado nos perdimos por ellas y nos asomamos a algunos restaurantes, todos llenos. El sábado la colonia estudiantil sale en masa y anima las calles. Sin reserva es complicado cenar. En via Caprarie encontramos Tamburini, antica salsamenteria bolognese, con tienda de embutidos artesanales, taberna y restaurante. Como en la ciudad es habitual compartir mesa, la camarera se apiadó de nosotros y nos hizo un hueco, temporal, que se convirtió en definitivo. Calentamos motores con unas cervezas de abadía oscuras y potentes de sabor, con poso, exquisitas. Como el fiambre: salami, mortadela, jamón de Parma, queso parmesano. El bullicio y el continuo trajinar nos despertó y nos animó.

Nuestra impresión es que las iglesias de la ciudad son enormes. Hasta las anónimas en el mapa son de grandes proporciones, armónicas, interesantes por dentro, sencillas por fuera. Están desperdigadas por toda la ciudad. El que quiera acogerse a sagrado lo tiene fácil.

Lo difícil es hacer una selección sin prescindir de alguna joya. La breve lista de la guía ofrece una pauta que se amplía sobre la marcha.

Hacia el sur, a unas calles de San Petronio, no olvides visitar San Domenico, la iglesia que alberga la tumba de Santo Domingo. En la plaza previa se encuentran unos sarcófagos sobreelevados que nos dejan un tanto perplejos. Se repetirán en San Francisco. Sobre una alta columna, una figura del santo.

El templo está vacío y silencioso. Resuenan nuestros pasos. La nave central es alta y profunda, clara. Las capillas laterales acopian grandes obras que merecerían más tiempo y más atención. Nos dirigimos directamente a la capilla de Santo Domingo. El sepulcro de Nicola Pisano describe momentos de la vida del santo con gran maestría. Rodéalo, mira a la cúpula con los frescos de Guido Reni. Salimos: van a preparar la misa y cierra la capilla. La riqueza de toda la iglesia nos deja sin habla.

Amparo lleva una pequeña lista de restaurantes que aconsejaban en los foros. Varios de ellos están en via Pratello, hacia el oeste, más allá de San Francisco. Atravesamos el palacio Communale, una plaza interior tranquila ya casi sumida en la oscuridad, la plaza Rooseveld y la prefectura de policía. En una placita se enfrentan en belleza y majestuosidad el palacio Marescalchi y la iglesia de San Salvador. Mucha iglesia para una calle tan estrecha. Nos refugiamos en los soportales: cae una lluvia muy fina que apenas moja. Nos topamos con la basílica de San Francisco, del siglo XIII, primer ejemplo de gótico francés en Italia. Por supuesto, está cerrada y sólo podremos disfrutar de su ábside iluminado, de sus muros y de sus torres. Nuevos mausoleos elevados.

Via Pratello es zona de estudiantes, algo así como una combinación de Huertas y Moncloa. Tiene su atractivo. El ambiente es coleguilla, distendido, a ratos ruidoso. Hay restaurantes para todos los gustos pero no nos convencen demasiado. La recorremos completa.

De regreso y en via Ugo Bassi entramos a cenar en Il Saraceno. Buena comida, decoración moderna, personal silencioso y una pareja de españoles que nos piden que les fotografiemos. Una mesa de italianos pide pizzas y pastas hasta dar miedo. En la calle la lluvia se encoleriza, para, toma impulso y se queda en algo asumible. Nos acompañará hasta el hotel.

Bolonia cimentó su comercio y su prosperidad en base a un complejo sistema de canales que permitía el movimiento de mercancías en grandes embarcaciones. Después de haber pateado parte de la ciudad esa afirmación nos extraña porque no hemos visto rastro de esos canales. Leemos que paulatinamente se fueron cubriendo y pasaron a formar parte del mundo subterráneo de la urbe. Por debajo de la piel de asfalto y piedra fluye aún el agua que tanta riqueza trajo. Los ríos Savena, Aposa y Reno aportaban el caudal y la energía hidráulica necesaria para sus manufacturas textiles. Parece como si esas aguas se hubieran levantado en guerra contra nosotros en forma de intensa lluvia.

Hemos atravesado la zona del antiguo ghetto y bajamos por via Zamboni. Nuestra primera visita de la mañana será San Giacomo Maggiore, una iglesia del siglo XIII que se asocia con una de las grandes familias boloñesas, los Bentivoglio. Rigieron los destinos de la ciudad durante un siglo aportando prosperidad. Hasta que en 1506 las tropas de Julio II asediaron y capturaron la ciudad, depurando a la familia y apoderándose de sus riquezas.

Los Bentivoglio utilizaron la iglesia como centro de su poder. A cambio, la embellecieron. La fachada asoma a una hermosa plaza. El pórtico de via Zamboni aún conserva restos de frescos que adornaron su exterior.

No tenemos suerte: están celebrando la misa de la mañana. Nos asomamos al interior, amagamos con ir hacia la capilla privada de la familia pero nos cortamos. No queremos molestar durante la misa. Habrá que esperar otra oportunidad para admirar la tumba de Anton Galeazzo, obra maestra de Jacopo de la Quercia, el de San Petronio. Crucifijos, polípticos góticos, pinturas, frescos, el oratorio de Santa Cecilia y otras obras nos acompañarán en otro momento. Siguiente etapa: Santo Stefano.

Muchas curiosidades se concentran apiñadas en las rutas secundarias, en un dédalo de codos y recodos, de encrucijadas, de estrechos pasajes, de lugares propios de un duelo o una seducción a la luz de la luna, escenarios de opereta, de lance, de espadas que defienden el honor de quien las porta.

Atravesamos la plaza Rossini hacia San Vitale, el palacio Fantuzzi, la Strada Maggiore y Santo Stefano. Por los soportales, porque el aguacero es épico. Donde no los hay se cala uno, a pesar de los paraguas.

La plaza de Santo Stefano es triangular, como un abultamiento geométrico de la calle, con vistosas arcadas y soberbios palacios. Paramos a contemplarla porque merece la pena. Por cierto, por Corte Isolani, una galería comercial cubierta, hubiéramos llegado sin mojarnos. El palacio que la alberga es muy bonito.

La abadía de Santo Stefano es conocida como las siete iglesias. Es un complejo de construcciones religiosas que se han superpuesto sin aparente orden hasta formar un laberinto que es de obligada visita.

Dos mil años de historia se acumulan entre sus muros y patios, desde la época romana, con un oratorio sobre un manantial santificado con agua traída del Nilo, hasta nuestros días. De templo de Isis a la iglesia principal de los lombardos o abadía benedictina.

La catedral o iglesia del rey lombardo Luitprando es la más alta de las tres que dan a la plaza, la del balcón ciego. No sé si recibe su nombre del crucifijo de Simone de Crocifissi, de 1380, sobre el arco que da acceso al presbiterio barroco, elevado sobre el nivel general de la nave. Realmente es otra iglesia. Nos deja fríos este espacio, no nos dice nada. A la izquierda, una Piedad de hondo sentimiento escultórico.

Debajo del presbiterio está la cripta donde se custodian las reliquias de San Vital y San Agrícola, mártires del siglo IV. Lo mejor de la sala hipóstila son sus capiteles.

El santo manantial se encuentra en la contigua basílica del Santo Sepulcro. Sus frescos han desaparecido. Reproduce la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén. Al exterior es octogonal; al interior, dodecagonal. El número de lados es de clara simbología. Al centro, la reproducción del sepulcro de Cristo que mandó construir Constantino Monómaco. En el interior, una urna con los restos de San Petronio. Por unas monedas se enciende la iluminación y nos regala unos instantes para contemplar el conjunto con calma.

La siguiente iglesia, la basílica de San Vital y San Agrícola, es la más desnuda de las tres. Queda el ladrillo visto, algún resto de frescos, unos hermosos capiteles. La domina una tenue oscuridad que ayuda al recogimiento.

Salimos al patio de Pilato, un falso claustro con galerías en los lados y limitado por San Vital y San Agrícola y por la iglesia del Martirio. En el centro, una pila. Observa la tumba de un sastre, marcada por unas tijeras, unos frescos protegidos por cristales que estaban en la iglesia del Calvario o del Martirio, las capillas, los adornos geométricos de ladrillo.

La iglesia del Martirio, del Calvario o de la Santa Cruz acoge un hermoso grupo de los magos al fondo y algunos frescos. Las columnas separan sus naves.

Entramos a una pequeña capilla repleta de fotos de los caídos en la Segunda Guerra Mundial, situada aproximadamente sobre el ábside de San Vital.

El homenaje a los caídos regresa en el claustro con placas donde se recogen sus nombres. También por los que murieron en la Guerra Civil española. El pozo del centro está cubierto por los trastos de las obras de reformas y rehabilitaciones. Contemplamos los capiteles antropomórficos de la galería superior. Llueve intensamente por lo que nos refugiamos en la tienda y en el museo, ubicado en la antigua iglesia de la Benda, con interesantes piezas de pintura y escultura. Compramos el librito de la abadía, del que se obtienen valiosos datos. Charlamos con un monje olivetano (los que actualmente la ocupan) encantador.

Via Farini es una calle elegante con soportales soberbios y dos plazas de ineludible visita rumbo al Archiginnasio. En la primera, desde la calle Castiglione, un conjunto de edificios que forman un espacio que da aire al tejido medieval. El palacio de Correos y el palazzo di Residenza della Cassa di Risparmio de Bologna (la sede de la caja de ahorros local), en estilo ecléctico, son magníficos.

A la izquierda, un poco más abajo, la plaza Cavour, la segunda referencia en forma de vistosa plaza de este eje, famosa por sus soportales. No nos es desconocida ya que pasamos por ella hacia Santo Domingo. El movimiento de vehículos y de personas le da vida. Son ajenos al vigor estético del cuadrado edificado.

A la espalda del Archiginnasio, una galería cubierta aglutina a las mejores marcas en un suntuoso centro comercial. La atravesamos con la esperanza de que nos deje junto a nuestro destino, porque la lluvia ha vuelto a empaparnos. Salimos al palazzo Pepoli Vecchio, gótico, donde se ubica el museo de Historia de Bolonia. Habrá que tragar más agua hasta nuestro destino.

La Universidad de Bolonia fue fundada en 1080 y es la universidad europea más antigua y una de las más prestigiosas. Se calcula que unas 100.000 personas de la ciudad y sus alrededores están relacionados con ella. Durante siglos, sus dependencias estuvieron dispersas hasta que en 1563 se terminó la sede permanente con el palacio del Archiginnasio.

Para una universitaria de pro como es Amparo, la visita es obligada. También es obligada porque es parte de la esencia y la historia de la ciudad. Sin ella, nunca hubiera sido la urbe abierta, intelectual, científica, también contestataria y progresista. La mezcla de cultura y economía fue una simbiosis que otorgó personalidad a Bolonia. Los comerciantes financiaban los sueldos de los profesores con sus impuestos y esos profesores otorgaban prestigio a la ciudad mercantil.

Tras el largo pórtico nos asomamos al patio. La lluvia provoca un estruendo que nos deja silenciosos y aporta solemnidad a nuestra entrada. El espíritu de Legistas y Artistas se mueve bajo las arcadas y nos anima a subir por las primorosas escaleras. No se puede acceder a la capilla de los Bulgari.

Actualmente, el edificio alberga la Biblioteca Comunal (municipal) con 800.000 volúmenes y singulares joyas. El tránsito de jóvenes hacia sus salas de lectura es constante. Quizá los visitantes somos un cierto elemento incómodo.

Desde el principio nos llama la atención la profusión de emblemas, escudos y memoriales. El homenaje a profesores y alumnos ilustres (uno de ellos fue Dante) es constante y llena muros y arcos. Los alumnos se clasificaban en citramontaniultramontani, según fueran de este lado de los Alpes o del otro (Italia aún no existía como tal). Hay curiosidades para todos los gustos.

Nuestro principal objetivo es el teatro anatómico, en el piso superior. Nos entregan una hoja con interesantes datos que recojo en estas líneas. La sala está cubierta de madera clara. En el centro, la mesa donde se depositaban los cadáveres para enseñar anatomía. La cátedra, casi un trono, está flanqueada por los desollados, dos figuras humanas sin piel, como su nombre indica, delgadas y muy realistas obra de Ercole Lelli y Silvestro Giannotti. En las paredes, célebres médicos que aquí enseñaron. Nos sentamos como aplicados alumnos en los bancos. En el techo, el dios Apolo y las constelaciones.

Recorremos la galería superior. No nos decepciona. Por cierto, si vas a los servicios di que eres profesor porque a los turistas no les está permitido el paso.

El aula magna de los Artistas es hoy salón de lectura. La de los Legistas se denomina Stabat Mater por haberse estrenado en ella esa obra de Rossini, dirigida por Donizetti en marzo de 1842.

Muy vinculado a la Universidad está el Real Colegio de España, fundado por el cardenal arzobispo de Toledo Gil de Albornoz en 1364 para albergar a los estudiantes españoles que eran becados en la Universidad. Está cerca, por viaFarini, via Carbonesi y la iglesia de San Paolo. El diluvio casi nos desanima. Hasta que vemos la fachada con balcones y rejas. En otra fachada se exhibe un escudo de Fernando VI. Leemos que ésta era zona de buenas tabernas.

El cardenal, que había dirigido las campañas para la recuperación de territorios de los Estados Pontificios, testó a favor de la creación de este establecimiento, único colegio medieval aún en uso en Europa. Desde Carlos I, en 1530, cuenta con la protección de los reyes de España. Aún se mantiene con el patrimonio que dejó el cardenal.

El portón lo flanquean dos bicicletas aparcadas junto a sus muros. Carlos se aventura a cruzar la calle, empuja la recia puerta de madera y nos invita a entrar. Nos acoge una galería porticada y un pequeño jardín previos a la portería. Hasta allí penetramos. Observamos el patio de doble galería y un pozo al centro. En el interior quedan hermosas salas que puedes contemplar en la webwww.bolonios.it. Bolonios eran los españoles que estudiaban en Bolonia. El archivo, la biblioteca, la sala de música o la capilla están adornados con frescos en techos y paredes.

De camino, buscando dónde comer, entramos en el palazzo della Mercanzia, un hermoso edificio gótico desde donde se ha regido el comercio y los negocios de Bolonia desde el siglo XIV. Actualmente es la sede de la Cámara de Comercio. Buscamos refugio a la impertinente lluvia y al frío penetrante. No es que tengamos un especial interés en visitar su interior pero el diluvio y el frío en nuestros huesos nos impulsan a entrar. Y no nos decepciona pues nos regala un salón en la planta baja donde preside un pendón y está decorado con pinturas alusivas al comercio y los gremios. Alargamos la visita para entrar en calor.

Desde el balcón blanco de su fachada espléndida se leían las sentencias del tribunal mercantil a quienes se arracimaban en la plaza convocados por el tañido de la campana Lucardina. A los condenados por quiebra fraudulenta se les encadenaba, para escarnio público, a un poste de la galería. Ésa parece ser la inocentada que practica un grupo de estudiantes pasados de alcohol.

En Bolonia hay costumbre de tomar el aperitivo, precisamente en la zona universitaria en que nos encontramos. Aunque el aperitivo es una cena temprana, sobre las siete de la tarde. Sólo se paga la bebida, que permite comer de los manjares que ofrece el establecimiento. Aunque las bebidas son más caras a esas horas, es muy rentable, sobre todo para el maltrecho bolsillo de los estudiantes. La bebida más típica es el spritz, un cóctel a base de Campari, Pernod o Cynar al que se le añade soda y vino blanco. Quien lo pide es un auténtico boloñés.

Como no podemos cambiar la hora y el hambre aprieta, buscamos dónde comer. En viaZamboni, 24 está Il Ristoro delle fate, bar y restaurante en el interior del palacio Malvezzi. Como está la cosa algo complicada nos decidimos por café Zamboni. Está repleto de gente joven, de grupos que suenan a despedida antes de vacaciones. Nos acogemos al buffé y nos sentamos al fondo, junto a la otra puerta de entrada, por donde entra un frío que corta.

Ya no queda más que regresar al hotel, tomar nuestras maletas y que un taxi nos conduzca hasta el aeropuerto. Es un breve repaso de la viadell’ Indipendenza, de los soportales, de las imágenes.

Y del deseo de regresar.

 

Para el viaje, 17 al 19 de marzo.

Para el texto, 21 de marzo al 5 de abril