Fervientes admiradores de Estambul

Carlos Díaz Marquina

www.diazmarquina.com

 

Una ciudad de besos suspendidos. Los rostros de Oriente y Occidente se atraen con la fuerza del destino, labios enamorados que se acercan y nunca se juntan, nadie sabe por qué oscuro despropósito. Porque la pasión casi les ha unido, aunque no ha querido consumar el idilio.

Asia y Europa coquetean desde las orillas del mar. Y ese ritual amatorio provocará el nacimiento de la ciudad en los labios entreabiertos del Bósforo. Pero esos labios no llegarán nunca a unirse, ni con los dedos tendidos de los puentes, ni con las caricias de los barcos que navegan por sus aguas, ni por las gentes que intercambian sus lugares a uno y otro lado del estrecho.

Esa es su tragedia. Y, también, el origen de su belleza extrema.

 

 

Montañas de especias, pirámides de dulces, de frutos secos y miel, una cortina de ojos para ahuyentar la mala suerte, tarros y botes de contenidos coloridos y misteriosos, una balanza de tiempos del sultán, un comerciante que se afana en regatear sin descanso: estás en el Bazar Egipcio.

Mar prefiere la visión de las joyas: pulseras, collares, brazaletes, sortijas, pendientes, oro, plata, piedras preciosas y falsificaciones o copias deambulan por los escaparates iluminados. Iluminan los ojos de Mar. Esa mirada sólo tiene una explicación: comprar.

Quizá las mercancías se han mezclado en exceso pero el aroma imperante es el de las especias. El azafrán se junta con la canela, la pimienta de todas clases con el curry, los afrodisíacos con los calmantes. Todo es una orgía de colores intensos que arrebatan de la monotonía.

Los vendedores son simpáticos, dicharacheros, no pierden la ocasión para atraerte a su negocio, para "engañarte sólo un poco", como algunos irónicamente dicen. Su español es limitado y gracioso. Su sonrisa es infinita.

"Tenemos veneno para la suegra", reza un cartel, que afirma engañar menos que "El Corte Inglés". Por supuesto, sus precios no tienen rival. El precio es el que seas capaz de negociar con tan feroces comerciantes. Siempre llevan ventaja, siempre te vencen, siempre sales contento.

La galería respira al ritmo de las transacciones. La noche ha revitalizado a los vendedores tras el ayuno del Ramadán que está a punto de concluir y se notan las fuerzas renovadas. La amabilidad que no falte.

Vamos rebotando de una a otra tienda en busca de un anillo. Quizá sea un anillo de poder o su magia transforme la vida de su portador. Puede que por ello Mar lo busque con tanto ahínco y se decepcione tan intensamente cuando la hacen esperar para no traerle el anillo deseado. Ya nos conocen en todas las joyerías.

Ahmed viste un buen traje. Es de ademanes refinados y trata de seducir a su compradora con las artes de un encantador de serpientes. No ceja en ofrecer y en buscar las ansias de la hermosa contraparte. Enaltece sus mercancías como si fueran reliquias. Entre Mar y él se traza una comunicación en brillos de oro blanco. Acompasan deseos, juntan al anillo un colgante que será mi regalo de cumpleaños y cierran la operación.

Entrega su tarjeta y su amistad. Está a nuestra disposición no como comerciante sino como amigo. 

 

 

De lo mundanal a lo divino: la Yeni Camii, la Mezquita Nueva, alza sus brazos iluminados hacia el cielo. Las cúpulas caen en cascada formando un arco que se confunde con una más de las colinas de la ciudad. Desde el Puente Gálata, se refleja su luz abstracta en las aguas.

La fuente de las abluciones queda protegida por un hermoso templete octogonal. Las celosías le dan un punto de misterio. Un grupo de hombres se acerca a cumplir con el ritual antes de los preceptos. Para ellos sólo es el lugar donde limpian simbólicamente sus pecados.

Mar rodea con la mirada la galería porticada que rodea el patio, se concentra en los dos colores de la piedra que decoran sencillamente este ámbito.

Retira tu calzado, olvida tu divinidad humana y sumérgete en la sala de oración. La luz de las ventanas te dará la impresión de ser observado por una multitud de ojos del cielo. Los terrenales han bajado la vista para postrarse.

La mezquita es relajación. La luz se suaviza en el interior para honrar una decoración que facilita la vida interior, la que va exaltándose en las entrañas de Mar, que camina ensimismada en la atmósfera creada entre los cuatro grandes pilares.

Personas de toda condición caminan sobre las alfombras hasta situarse frente a la quibla, ante el ábside que es el mihrab ricamente adornado. Se arrodillan, tocan el suelo con la frente, imploran algo desconocido, transmiten su fervor.

La escritura es ininteligible pero poética. Elegante, se riza y cabalga por los frisos, en los enormes medallones del centro de la cúpula, de las pechinas, de cualquier lugar donde es necesario el mensaje.

Mar disfruta el momento. Yo lo disfruto a través de ella.

 

 

El tranvía remonta la cuesta desde el mar hasta Taksim. Sus dos luces rojas como antenitas y los ventanales enmarcados en blanco le dan un aspecto orgánico. Su color rojo alegra la calle montado en sus raíles.

Taksim es animación nocturna. Es el contraste a las calles vacías al otro lado del Cuerno de Oro. Las tiendas abiertas, los restaurantes donde la gente cena, los paseantes locales, los turistas, le otorgan una vida que es la ventana al espíritu de diversión de los habitantes de Estambul.

Istiklal Caddesi es un breve resumen del espíritu de Pera, de la zona tradicionalmente occidentalizada al otro lado del Cuerno de Oro. En su trazado se vive la animación de una ciudad que está a punto de terminar el Ramadán y sumirse en la fiesta.

Un pescadero reacondiciona el poco género que aun no ha vendido e incorpora su imagen a la de tipismo que impera en estas calles. La noche está avanzada y resulta curioso que aun estén abiertos la mayoría de los comercios de alimentación. Para los golosos, la oferta es espléndida. Los rezagados tienen tiempo para completar sus necesidades. Los vendedores sonríen indefectiblemente.

Las aceras han sido invadidas por las mesas de los restaurantes. Se suceden sin límite en una de las perpendiculares. No hace demasiado frío, aunque Mar va helada y se refugia en las mullidas plumas de su cazadora. Los ganchos intentan atraernos al interior de sus establecimientos resaltando las virtudes de sus productos. Sin un buen captador en la calle la ruina es segura.

El Pasaje Cicej es una opción interesante. Es una galería cubierta donde se confirma el espíritu occidental, sus formas y su decoración, el gusto de hace un siglo. Lo paseamos, nos asomamos a sus ventanas y escaparates pero nos decidimos por un restaurante coqueto. Rebosa intimidad. 

Amenizamos la velada con la conversación de nuestros vecinos, dos profesores franceses de la Universidad, que resaltan el frío intenso del invierno en Estambul.

 

 

Desde Topkapi se ejerció el poder durante siglos. El poder se centralizó en Estambul y desde el palacio un ejército de funcionarios dominaba una parte del mundo. Europa no lo pudo ignorar desde que los otomanos se asentaron en la ciudad y acabaron con el Imperio Bizantino.

Los pabellones ocupan los patios sucesivos. Dejan espacio al jardín, al paseo que no pudieron realizar las mujeres del harén. A la derecha, las cocinas y sus chimeneas. A la izquierda, el Diván, la sala donde se reunía el consejo del sultán.

En otros tiempos me hubieran cortado el cuello los eunucos y hubieran integrado a Mar en el harén. Pero en el puesto de vigilancia sólo cortan el paso los maravillosos azulejos y un tropel de turistas.

No vivían mal las concubinas. Se agrupaban en un patio en el que se reunían para charlar, sospechar, intrigar o resistir la estancia en su celda dorada. No podían aspirar a salir de ella.

Pero las grandes conspiradoras tenían otro espacio. Las esposas del sultán, la favorita, la madre del soberano, pululaban entre estos pasillos y salones. Tras las ventanas tapadas por celosías se podía captar una conversación menos convencional y más interesante.

Mar suspira por aquellos tiempos. Pasea con dignidad por los apartamentos vacíos de mobiliario, admira los árboles que crecen en las columnas recubiertas de azulejos. Siente que su señor la agasajaría y ella le daría todo el placer y el amor necesario para la felicidad del reino. Como favorita, influiría en las decisiones del estado, sería admirada y envidiada.

La luz penetra con fuerza en el Salón del Sultán. Nos divertimos en los antiguos baños, nos fascinamos con los colores de la sala de Murad III. Alza la vista hasta los artesonados.

Los pabellones recuerdan a sofisticadas tiendas nómadas. Son sencillos para la riqueza que alcanzaron sus habitantes. Bibliotecas, salas de audiencias, quioscos y estancias de amplios aleros, arcos abiertos y delgadas columnas se suceden.

Nos asomamos al Bósforo. Uskudar está tras la neblina. Los barcos se enfrascan en sus recorridos. Las murallas llaman poco la atención.

Los pabellones de Revan y Bagdad han elegido buenas vistas en el último patio. Los árboles las velan ligeramente. En el Baldaquín del Sultán Ibrahim podría permanecer horas meditando.

 

Aún habrá tiempo para ver reliquias, retratos y obras de arte pasmosas.

 

 

Quizá pudiera ser más orgullosa. Motivos no le faltarían. El paso de varios imperios ha dejado sus huellas. Unos imperios devoraron los anteriores. Otros reutilizaron sus maravillas. Había que ser práctico. En esa combinación de actitudes se formó y transformó la ciudad. Siempre con grandiosidad.

Se dice que algunos monumentos se erigen para honrar a Dios, sin olvidar a su constructor o a quien promovió su construcción. Justiniano fue un emperador conquistador y reformador, aunque, probablemente, si no se asociara su nombre al de la iglesia, que fue mezquita, su recuerdo se difuminaría en el olvido y la ignorancia. O se trasladaría al mundo del derecho. La obra trascendió a su presencia en el mundo, a sus batallas, a su poder temporal.

Santa Sofía sigue siendo sagrada para todo aquel que sepa buscar lo invisible. La autoridad civil la descalificó como templo, pero continúa su comunión con la autoridad divina. El museo es algo más que una creación de visita ineludible. Su lado laico está en su nombre, la Divina Sabiduría, Hagia Sofia. 

La primera impresión es la grandiosidad que acompaña a toda la ciudad. Luego, aposentados en la observación, la proporción se mete en los huesos. Artemio de Tralles e Isidoro de Mileto supieron traducir las matemáticas y la geometría a la dimensión trascendente.

En el ábside, la Virgen comparte el espacio con el mihrab y el minbar, con el palco del sultán, con los grandes círculos con alabanzas al Islam. Visto así, sería un ejemplo de convivencia. Y de armonía de estilos.

Desde la galería superior la sensación de grandeza se acrecienta. Aunque también se aprecian mejor las huellas de las humedades. Mejor deleitarse con los mosaicos de temas cristianos mezclados con la decoración floral y geométrica. O de la curiosa sustitución de la cabeza del marido de la Emperatriz Zoé en el mosaico que comparten con Cristo.

 

 

Si fueran rostros, estarías convencido de que se mantienen la mirada retadoramente. Una frente a otra pugnan por ser las más admiradas, las que más exalten su culto, la superioridad de sus arquitectos y benefactores. Entre ambas, una amplia plaza que espacia los egos. Era el Augusteion, del que no quedan restos. Sus seis puntiagudos minaretes le otorgan una alta dignidad. La Mezquita Azul es digna de su oponente.

En tiempos del Sultán Ahmet el imperio había sufrido sus primeros reveses, aunque nadie dudaba de su poderío. Los otomanos mantenían una buena parte de su prestigio, pero ya no eran invencibles, ya no se expandían sin freno. Quizá por ello era conveniente relanzar su imagen con una mezquita que impresionara por su lujo y grandiosidad. Esas serían sus señas de identidad.

El cielo se perfila hosco y pronto descargará un aguacero. La lluvia será una constante del día y las calles se poblarán de paraguas. Todos nos hemos puesto de acuerdo para acudir al mismo sitio y saturarlo. 

El azul domina el interior de la mezquita. La luz penetra y le da una vivacidad tremenda. Hacia el mihrab y el minbar los ojos se llenan de la luz azul de las vidrieras. En la sala de oración se arrodillan y se arrojan al suelo alfombrado los creyentes de Alá. Besan el suelo con la frente. Es sumisión. Algunos hacen corrillos y dan un carácter social a sus plegarias. Los chiquillos corretean ajenos a la solemnidad. Ya tendrán tiempo para adherirse a ella.

Cerámica de Iznik: cercanía al paraíso. Unas veces ambienta un vergel. Otras, un mundo de cristalizaciones. Sus colores brillan en las paredes y las cúpulas de la mezquita. No hay mejor decoración para un lugar sagrado. Es el paraíso de tonalidades azules.

La cúpula central descansa sobre cuatro medias cúpulas, la solución que aportara el arquitecto Sinán, y forma una pirámide de formas redondeadas, al exterior y, al interior, un dinamismo que se apoya en gruesos pilares. El espacio creado es inmenso.

Inmensidad y sutileza son nuestros recuerdos.

 

 

El Obelisco Egipcio, la Columna de Constantino y la Columna Serpentina ocupan el centro del Hipódromo. Ahora es una plaza alargada, agradable de pasear y con interesantes edificios. Hace siglos, lugar de acontecimientos y pulsos entre facciones.

Con la lluvia, el público queda derrotado. Abandona. Se abren los paraguas y se crea un ambiente de setas andarinas que no tienen claro cómo pasarán las horas de la mañana. 

Los pasos sobre el lugar que albergó hermosas esculturas nos llevan hasta la Fuente de Guillermo. Es un detalle que nos permita guarecernos de la tormenta. Las dos grandes construcciones religiosas quedan difuminadas tras la cortina melancólica de agua.

Imaginamos el Hipódromo repleto con cien mil ciudadanos ansiosos de diversión, un alto muro y los partidos disputándose el honor de la victoria. Pero los Cruzados arrasaron este símbolo de reunión.

 

 

Mar lleva nerviosa todo el día. Por ella, hubiéramos acortado las visitas y nos hubiéramos consagrado a las compras. No le falta razón: hoy cierran. Cuando vuelvan a abrir los comercios habremos regresado.

Las compras en Estambul son un ritual, algo más que un complemento en busca de un recuerdo. Y para ello, ningún lugar como el Gran Bazar.

Durante todo el día ha preguntado cuándo nos dirigiríamos al templo de las transacciones. Cuando le pedía paciencia exaltaba su ansiedad. Ahora aflora la niña que tiene dentro. Caminando hacia el Bazar se le iba iluminando el rostro. Sus ojos se agrandaban. La calle está atestada, lo que parece una constante en la ciudad. El acercamiento nos permite conocer la arquitectura de madera que hace frente a los terremotos.

El Gran Bazar ha perdido una parte de su encanto. Las mercancías tradicionales, las artesanías, han dado paso a las imitaciones, más lucrativas y fáciles de vender. Los vendedores siguen exhibiendo una paciencia y una sabiduría envidiables. Nadie como ellos para detectar un comprador. Mar es un caso evidente.

Se emborracha de mercancía y los vendedores se sortean a tan buena compradora. Cuando cambia de opinión o se prueba cien piezas cambian de opinión. Si cierran las transacciones podrán tomar un descanso de unos días con los riñones bien cubiertos.

Los turistas somos las estrellas. Sin embargo, no faltan los lugareños. En otra ocasión hice gran acopio de adornos para mi familia. El regateo llegaba hasta extremos hilarantes. Esta vez no será una excepción. Hasta haré un amigo con el que meditaremos sobre la condición de las mujeres. Orientales u occidentales, tienen mucho en común saliendo de tiendas.

 

 

Estoy rodeado de las aguas más hermosas. A mi lado, el agua hecha mujer. Frente a ambos, la cisterna más suntuosa que se pueda imaginar. Para permanecer bajo tierra es un lujo que pudiera calificarse como innecesario. Pero, a veces, eso es lo que da origen a joyas como Yerevatán.

La “basílica subterránea” es un infinito de columnas. Las gotas que se filtran y caen sobre el manto de agua provocan una silenciosa musicalidad y una onda que expande los reflejos hasta los extremos del estanque rectangular.

"El Amor es el agua de la vida", escribió Rumí. Agua, vida y amor se funden en este espacio. "¡Bébela con el corazón y con el alma!", era su consejo. Y al caminar sobre las aguas dejamos que corazón y alma vaguen en libertad por la tenue luz rojiza. 

Dicen que quien hace girar la mano sobre la columna de los ojos tallados encontrará marido o mujer. Sin dudarlo, ejecutamos el rito. Amor y agua.

La cabeza de Medusa da un poco de miedo. Su cabellera es devorada por las serpientes. Temo que abandonen la piedra y nos sometan. El rostro está apaciguado. Con todo, mantenemos cierta distancia.

 

 

Solimán aterrorizó al mundo cristiano, estuvo a las puertas de Viena y marcó el apogeo del poder turco en el Mediterráneo. Para enfatizar su recuerdo se encaramó a la colina y construyó una mezquita que debía competir en prestigio con las de sus antecesores.

Un taxi nos deposita en la oscuridad total de una plaza. Las tiendas están cerradas y no se intuye presencia humana. En las callejuelas adyacentes se vive la soledad. El Ramadán concluye y a estas horas de la tarde la gente se refugia en casa. No podremos disfrutar de la actividad del kulliye, de la fundación pía que agrupaba la medersa-la universidad coránica-, las tumbas, el hospital y otras dependencias. El complejo es inmenso.

El recuerdo arquitectónico de Solimán se asocia con la figura de Sinán. La relación entre sultán y arquitecto fue fructífera y éste aportó soluciones novedosas a las necesidades de Estambul con un sello bien definido. La culminación de la evolución de la arquitectura otomana es Sinán.

En su infancia fue arrebatado de su familia cristiana, alistado en la guardia personal del sultán, los jenízaros, y convertido en ingeniero. Hacia la mitad de su centenaria vida se le dio la oportunidad de demostrar su talento como arquitecto y desde entonces no paró de embellecer la ciudad. Honró al lugar que le acogió.

El poderoso gobernante la dotó con generosidad para que nunca faltara el esplendor a su obra pía. Las rentas que le tributan son casi tan impresionantes como su arquitectura. Cúpulas, semicúpulas, arcos y columnas: son los elementos básicos para enardecer a la divinidad.

Mar busca el lugar de encuentro entre lo ascético y lo místico, lo eterno del alma, la relación más cercana con lo divino. Aunque sea con una divinidad que no es la suya.

La mezquita la acoge, la envuelve en su estructura sagrada, la ilumina con el brillo de sus azulejos, la atrae hasta donde, con un leve movimiento del cuello, observa el cenit. El espacio es amplio. El silencio resuena entre los pocos visitantes.

Camina sin la obligación de dirigirse a su lugar en el culto, sin interrumpir ceremonia alguna. El templo descansa y, en su pasividad, se integra su búsqueda. 

 

 

El atardecer llega demasiado temprano, frío, acerado. Un erizado de lanzas marca el paisaje urbano. Los alminares son delgadas columnas que flanquean las mezquitas y les otorgan su categoría. La oscuridad va seduciendo esos alminares y cúpulas. El cielo se apasiona con la puesta de sol y se tiñe de rojo. A sus pies, la gente se dirige fervientemente a sus hogares para reponer fuerzas. Es una imagen para siempre.

La ciudad se vuelve un perfil delineado por las colinas y las construcciones. La llamada a la oración evidencia que es el momento para comulgar con la intimidad. Despiertan las luces tímidas.

Hacia un lado, los contraluces. En dirección opuesta, el color dorado. Y, entre ambas tendencias, nosotros.

 

 

Cuestas: desde que salimos del hotel son una evidencia. Se despeñan hacia lo desconocido u obligan a dar órdenes de disciplina a las piernas. Una ciudad sobre siete colinas es siempre atractiva, pero tiene estos inconvenientes. Las calles de pendientes inimaginables llaman al esfuerzo.

Los edificios luchan contra la adversidad. Los terremotos los han dejado seriamente dañados y el apoyo de vigas es claramente insuficiente. Hasta les resta dignidad. El abandono de fachadas que en otro tiempo fueron lujosas hace pensar en lo efímero.

Hemos pasado ante el Hotel Pera Palas, un símbolo del pasado. Mantiene un sabor a espionaje. La sofisticación se prolonga en otros edificios y nos transporta a París o Londres, a un siglo atrás, a la época en que era indudable la caída de un mundo y su sustitución por las nuevas ideas que ahora imperan.

Genoveses y venecianos impusieron su ley comercial durante los últimos tiempos del Imperio Bizantino. Se aposentaron frente al poder en declive y crearon su propia ciudad amurallada. La Torre Gálata es la atalaya que permite conocer el barrio de un solo vistazo.

En su base, dos limpiabotas esperan no se sabe muy bien a quién. Sonríen, como si fuéramos candidatos a clientes. De la panadería a sus espaldas sale un delicioso olor a pan recién hecho. El barrio está solitario. Es fiesta y casi no hay turistas.

Las imágenes están tamizadas por un componente bíblico. En cualquier momento, las nubes pueden abrir sus puertas y producirse un diluvio. Mientras, los rayos de sol se filtran como pueden entre los tonos grises oscuro. El haz de luz manda en ese instante.

Mezquitas y puentes dan las referencias. Al frente, Gálata, con el vaivén de su flotación. En su extremo, la Mezquita Nueva. A la derecha, el Puente y la Mezquita Fatih. Cada colina está coronada por una mezquita. Ningún edificio que no sea religioso sobresale. Habría que mirar al horizonte del interior para adivinar altas torres. Más allá de Taksim. Por la izquierda, el Ataturk, que no pudo absorber todo el tráfico entre los dos continentes y pidió ayuda al Puente del Bósforo.

Las casas se apretujan sin piedad. Y les saltan los colores.

 

 

Un grupo de chavales nos saludan. Son risueños y ruidosos. Parecen felices. Les pedimos que se hagan una foto con nosotros y lo consideran un orgullo.  Preguntan por nuestro equipo. Ellos son de Fenerbahce. Cuando menciono Besiktas hacen un gesto elocuente de que es el contrario. Tampoco son muy felices con Galatasaray. Por la proximidad, este equipo debería ser el dueño del estadio frente a nuestro hotel, pero el verdadero se sale del plano.

Son grandes aficionados. Fieles, pasionales, quizá sea la forma de salir un poco del tedio. Quizá no se diferencien de nuestros forofos.

 

 

Serenidad es lo que transmite el rostro. La mirada fija penetra hasta las profundidades.

El Cristo Pantocrátor en majestad es una representación que se repite con insistencia en los muros adornados por mosaicos de las iglesias bizantinas. Algunas se transformaron en mezquitas y aquellas biblias gráficas de gran potencia expresiva se olvidaron tras una capa de yeso. Ese olvido ayudó a su conservación. San Salvador de Chora, la Kariye Camii, es una de esas joyas.

No está en ninguna ruta: hay que proponerse llegar hasta aquí. Pero el esfuerzo merece la pena. Por algo está arropada por las murallas de Teodosio, que no fueron capaces de impedir la caída de la ciudad.

Teodoro Metoquita se humilla y ofrece la iglesia de la que fue benefactor a Cristo. La escena simboliza la sumisión del poderoso a Dios. Puso sus bienes a disposición de la exaltación de su fe y de esa colaboración nace el brillo de las escenas, de los personajes, de los mensajes.

Caminamos por el exonártex y nos encontramos a Fermín, al que nunca habíamos visto. Me reconoce por las fotos de Mari Angeles y Elena, con las que compartí crucero este verano. Se ha acercado, ha preguntado por mi identidad y la sorpresa ha sido manifiesta.

Mar ha transitado hasta el paraclession. Los frescos con arcángeles, ángeles y evangelistas resaltan la figura de la Virgen. Las mujeres se contemplan una a otra.

 

 

Pierre Loti gustaba de las zonas más auténticas de la ciudad. Detestaba Pera y en sus visitas se alojaba en los barrios donde la vida no había quedado alterada por la influencia europea.

Subir hasta su café, en lo alto de la colina, es un homenaje a un ferviente admirador de Estambul y de sus gentes. Desde el café, a la puesta de sol, se comprende fácilmente por qué al Cuerno de Oro se le denomina así. El sol del atardecer lo tiñe de dorado.

Hay demasiada concurrencia. El lugar íntimo y romántico que recordaba ha perdido su encanto. Menos mal que no ha perdido las vistas. Vistas sagradas a nuestros pies, porque el compañero del Profeta, Eyup, duerme en un lugar de peregrinación señalado por la mezquita.

Disfrutamos el paisaje, nos relajamos, nos acompañan los lugareños. Subir en el teleférico y saborear la ciudad es un placer para todo el mundo. 

Los cementerios dan miedo. O, al menos, respeto. Sin embargo, el Cementerio de Eyup es de carácter nostálgico y romántico. Es un concepto diferente de la muerte. No hay constancia del fracaso que le adjudicamos los occidentales.

Las lápidas y las estelas se amontonan en desorden. Turbantes, cilindros y mensajes de última voluntad se confunden entre las ramas y las hojas de los árboles y los arbustos.

Los alrededores de la mezquita están engalanados con luces. Una pequeña feria evidencia que el Ramadán ha concluido y que los creyentes pueden entregarse a la fiesta. En un puesto nos preparan un crèpe. En una carpa, degustamos un te en un ambiente familiar.

Nos acercamos hasta el turbe, el mausoleo de Eyup, hombre santo. Los que han peregrinado hasta allí le dedican una plegaria. Nosotros le profesamos respeto.

Hemos subido al piso superior de la mezquita y cuando hemos querido salir nos ha sorprendido el inicio de la oración. Tenemos la impresión de que estamos violando las reglas. Niños y mujeres nos miran extrañados. Con las cámaras y el aspecto de turistas no hay duda de que no somos de su credo. Asistimos al rezo, a la voz unificada de los feligreses. Es un momento de emotividad sublime.

 

 

En “De parte de la princesa muerta”, se describen los últimos días de un mundo que llevaba varias décadas ausente en las grandes decisiones de política internacional. Esos últimos estertores de poder y de boato se tradujeron en el esplendor extravagante de Dolmabahce.

Hace quince años me quedé a las puertas y me conjuré para regresar y visitarlo. Mar ha hecho una concesión: no es mucho de palacios.

El suelo aparece mojado, la humedad se filtra hasta la piel. No tardaremos en sacar el paraguas.

Recordaremos la Torre del Reloj no por su forma occidental sino por la grosería de la rubia que atiende la información y que se niega a hacer un esfuerzo de comprensión. Esa imagen es pasajera porque inmediatamente vuelve a aflorar el buen carácter turco.

Dolmabahce tiene algo de emulación. Trasladado a otro lugar nadie lo calificaría como otomano. La apertura hacia Europa era necesaria y el precio era el de la pérdida de identidad. Quizá ahora están viviendo algo parecido con su deseo de entrar en la Unión Europea. La barroca suntuosidad de un palacio tipo Versalles lo aleja de la imagen tradicional.

La decadencia se olvida al contemplar la marcialidad de los soldados en el cambio de guardia. Un sargento ajusta la vestimenta de uno de sus soldados en el puesto  asignado. Queda hierático. Es una imagen del país para los visitantes y hay que cuidarla en extremo.

Paseamos por el jardín entre el palacio y el embarcadero. Nos asomamos al Bósforo con su tráfico intenso. Sus aguas están tan plomizas como las nubes del cielo. La verja es imponente y continúa durante muchos metros.

Imaginamos la escena de la salida del Sultán con su séquito para la oración del viernes. Atravesaría una de las suntuosas puertas, le saludaría el pueblo, que vería aliviada su pobreza con la contemplación del lujo de sus dirigentes. Ese ritual paliaría la decadencia evidente.

Somos recibidos en el Salón de Embajadores y nuestra dignidad se multiplica. Aunque otros muchos nos acompañan. Siento el contacto de Mar, que aun está un poco debilitada, y que se cuelga de mi brazo y mi hombro. Rodeo su cintura. Subimos la escalera de cristal hasta el piso superior. Es una estancia amplia, acogedora, lujosa.

El lujo en el mobiliario de las grandes salas, de techos fantásticos y paredes repletas de cuadros, son una constante. La realeza se combina con el recuerdo del Ataturk.

El salón del trono impacta. Ser recibido en esa estancia debió causar más de una suculenta impresión en los embajadores y visitantes que se acercaban a comprobar la madurez del final de la dinastía. 

El harén, el espacio destinado a las mujeres, podrían ser los salones de cualquier corte europea. Si ese era el deseo de los sultanes lo consiguieron sobradamente. El lujo es algo más intimista.

 

 

Kemalistas, islamistas y militares: todos pugnan por el poder.

La Primera Guerra Mundial acabó con el sultanato y se abrió una larga etapa de laicismo. Sin embargo, la religión siempre ha estado presente, es parte de la vida de los habitantes de este país. Quizá la más importante. También, por desgracia, la presencia de los militares ha sido una constante. La dictadura militar dejó huella. En mi primera visita aun se notaban formas militares en la policía, aun se percibía la resaca de aquellos tiempos y el recuerdo de su dureza en las imágenes de “El expreso de medianoche”. Las cárceles eran inhumanas.

Paseamos y leemos todas las tendencias islámicas. No faltan los burkas, aunque son una curiosidad. En algunas zonas son habituales. El velo está más extendido y aceptado como una seña de identidad. La vestimenta occidental impera. Quizá esa chica en vaqueros vota a Erdogán y a su Partido de la Justicia y el Desarrollo, el AKP, islamista moderado. El Partido Republicano del Pueblo, los laicos de corte tradicional y seguidores del fundador de la Nueva Turquía, Ataturk, son la segunda fuerza política.

Los islamistas en el poder están muy lejos del extremismo de ciertos vecinos. Han impulsado las reformas y el alejamiento de la corrupción, han avanzado hacia la Unión Europea. La pregunta es si han logrado convencerla.

 

 

El Puente de Gálata es una escuela de pescadores. Todo el que puede empuñar una caña se asoma a sus barandillas y lanza sus anzuelos en busca de capturas. Quizá sea el pescado que luego te sirvan en alguno de los muchos restaurantes que se suceden en sus bajos.

En su extremo se han aposentado varios puestos de pescado. Los lugareños hacen uso de ellos y devoran tortas de pan con sabrosos peces a la parrilla. No los mires con aprensión y anímate a compartir ese placer. Mar ha sido valiente y ha pedido dos de esos bocadillos. 

Desde la barandilla de pescadores o desde los bajos donde se ubican los restaurantes el mar es un protagonista ferviente. Tanto como el tráfico, de vehículos por encima, como de barcos por debajo. Es punto de encuentro, nexo de unión.

 

 

En el Bósforo, Mar recordará haber sufrido dos escalofríos. El primero, causado por el frío. Por eso se recluyó en el interior de la embarcación al poco de empezar el recorrido. El segundo, ya dentro, cuando descubrió que la familia que se sentaba frente a ella venía de Irak. Sintió que estaba bombardeando su casa.

La ciudadela de Rumeli Hisar fue construida por los otomanos un año antes de caer Bizancio. Estaba rodeada y la esperanza de que llegara ayuda estaba más en la mente de los invasores que de los invadidos. La ciudadela será el punto más alejado de nuestro viaje por el estrecho.

El trajín que reinaba en el embarcadero nos hizo sospechar que nos montáramos en el barco que no fuera. Nos señalaban uno pero nuestra indecisión cubría las indicaciones, mal pensados, de engaño. Finalmente, acertamos.

En cubierta, el frío es intenso. El movimiento lo acrecienta. Lo modera la visión de Pera con la Torre Gálata que protege las apiñadas casas. Al otro lado, las mezquitas y Topkapi. Al frente, Asia.

La música ambiental es estridente. Rompe una parte del encanto. Atrás queda Dolmabahce, otro palacio que es ahora hotel de lujo, la torre del Hilton, los rascacielos en lontananza.

La Torre de Leandro es un sencillo faro que no se ha rendido al progreso y quiere mantener su identidad entre tanto tráfico. Nos anuncia Uskudar, el lado asiático, otro continente.

Las casas tradicionales de madera que siempre han poblado las orillas del estrecho, los yilis, se alternan con las modernas. Aun vencen en los corazones de los visitantes. Si tuviera libertad para elegir optaría por el Palacio de Beylerbey, el de la “Princesa Muerta”, y nos aventuraríamos a visitar a los regios vecinos de la otra orilla.

El petrolero y el Puente del Bósforo marcan el tránsito. 

 

 

Hamam es sinónimo de relajación al atardecer. Una fantástica forma de terminar la jornada. Nos sentamos en un patio cubierto y esperamos nuestro turno degustando un te. El tiempo ha perdido toda importancia.

Entre vapores descansan nuestros cuerpos vapuleados por todo un día de visitas. Tumbados sobre la piedra, bajo la cúpula edificada por Sinan, se abren los poros, sudamos copiosamente, nos mantenemos la mirada tierna, saboreamos los ojos del otro. Sólo tenemos ojos para nuestras miradas. Contemplar a Mar es lo que más me relaja y deleita.

El masaje tiene un componente de rehabilitación y de erotismo. Somos conscientes de nuestros cuerpos, de sus necesidades, de su fuerza, de la potencialidad que unas manos expertas hace aflorar. 

Si en el hamam se dialoga y se conspira, nuestro diálogo es sólo de miradas. Nuestra conspiración, de sensualidades.

 

 

No todo tiene que ser caminar y visitar monumentos: se impone la tranquilidad de un te.

El cafetín está situado en un patio con mucho encanto. Es la serenidad de un reducto de paz en una ciudad ajetreada. Bajo las cúpulas de la galería porticada se disfruta de una bebida suave, se fuma en las largas pipas y se dialoga con la sensación de intemporalidad.

El rojo domina. Se alterna en las dovelas, se exhibe en alfombras y tapices, da acomodo en las tapicerías, cubre un extremo del patio, forma panales historiados en las pechinas. El blanco es su complemento.

Unos vendedores bostezan. Sin duda están demasiado acostumbrados a lo que para nosotros es excepcional y cargado de tipismo.

Nos relajamos, a pesar de que el día acaba de empezar. A pesar de que nuestra estancia llega a su fin.

Toda la calle es una sucesión de oratorios, mezquitas, patios y cementerios. En la mediana se amontonan las piedras de un carácter arqueológico pero a las que nadie hace demasiado caso. Cada patio es un pequeño centro comercial tradicional.

 

 

De la Mezquita de Beyazit  a la entrada de la Universidad, que antaño fue Ministerio de la Guerra. Un cambio tan significativo debe tener un significado poderoso. Quizá tanto como el paso de la religiosidad al laicismo. Y para completarlo, lo mejor es sumergirse en la cuna del saber: el Bazar de los Libros.

No es tan visitado, no es tan espectacular como otros bazares más comerciales. Pero la magia de los libros y su caligrafía intrigante son una garantía para el disfrute de la mente. Elige un Corán o un libro de informática, repara en los puestos y la tradición de sus servidores: tan importante es la mercancía como el entorno en que se ofrece.

 

 

Cemberlitas es una columna con aros que marca el último vestigio del Foro de Constantino. Aunque antes de este emperador la ciudad ya era milenaria, a él debe el honor de ser la capital del mundo conocido durante siglos. Constantinopla se convirtió en la nueva Roma. Cuando Roma decayó, tomó su relevo en la competición del esplendor.

Dicen que en su base se enterraron diversas reliquias y que el báculo de Moisés comparte espacio con el hacha de Noé y sobras de los siete panes que Jesús distribuyó. Ahora está rodeada de mezquitas y a un paso del Gran Bazar. Todo ello no ha sido suficiente para preservarla de las penurias y los desastres, los incendios y las tormentas.

 

 

Es mi tercer adiós. Nunca pensé que tanto hubiera cambiado mi ser frente a la permanencia de Estambul.