Varanasi

Patricia Ibáñez

- Patricia Ibáñez es viajera y nos cuenta: "Tras siete años en la capital británica decidí que era hora de cumplir un sueño: viajar por el mundo. Viajaría en buena compañía y con lo básico: una mochila con ropa, algunas medicinas básicas, la cámara de fotos y el ordenador"-

Su blog es Impresionesdelmundo.com

 

Llegué a Varanasi (o Benarés) tras haber pasado un día y medio metida en el tren. Recorrí la India de sur a norte, desde Chennai hasta la ciudad sagrada de la que tanto había oído hablar, y la que tantas ganas tenía de ver. Y es que ciertamente, Varanasi es un sitio especial, de esos que más que visitar, se sienten. 

 

Después de tantos meses de sol, palmeras y chanclas, Varanasi me recibió con frío, un manto gris como cielo y una neblina tan densa que todo se veía difuminado y con colores menos saturados. Era raro volver estar en un clima frío y húmedo y para mi sorpresa le daba a la ciudad un toque exótico, diferente, y muy alejado de los paisajes que vi en el sur de India. Cuando por fin llegué al albergue, después de perderme por las estrechas calles cerca del ghat principal, el dueño me acompañó a la terraza del edificio. Desde ahí y bajo ese manto húmedo y gris pude ver por primera vez el Ganges en todo su esplendor. Desde allí arriba se veían también las infinitas terrazas de los edificios y a un montón de niños y no tan niños que hacían volar cientos de cometas para celebrar el festival de MakarSankranti con el que se conmemora el cultivo de cereales y ferias de ganado de bueyes, caballos y camellos. De hecho, durante los 10 días que permanecí en Varanasi el cielo siempre estaría salpicado de vistosas cometas mientras que al nivel del suelo mis zapatillas se enganchaban todo el tiempo con el hilo de las mismas.


Varanasi es una ciudad de rincones. Digo esto porque cuando crees que lo has visto todo, giras en una esquina y de repente ves algo que te sorprende aún más. En los barrios más antiguos sus empedradas calles se estrechan de tal forma que a veces hay que caminar como en procesión. La basura, que se acumula en todos los rincones, hace las delicias de las cientos de vacas que se plantan en mitad de la calle a comer y a deleitarse con el buffet libre, ajenas a todo lo que pasa a su alrededor. Hay veces que se cruzan y es necesario empujarlas o hacer ruidos con la boca para que se muevan y despejen el camino. Al principio yo siempre esperaba a que alguien lo hiciese por mi, pero después de unos días uno aprende que si tienes prisa no queda otra que hacerlo tú mismo.

 

Varanasi es la ciudad de las puertas. Señoriales, con grandes aldabas y cierto toque árabe, sus desconchadas capas de pintura son el mejor testigo del paso del tiempo y del fluir del día a día. Detrás de las mismas se esconden casas o pequeños almacenes donde se guarda el género que muchas tiendas venden.

 

Algunas de sus calles son verdaderos amasijos donde, en el mismo metro cuadrado, confluyen una vaca, un perro pulgoso, un burruño de cables que pende de 4 palos mal puestos, un puesto de chai, una pila de basura, un motorista que trata de hacerse paso pitando como un loco y algo así como 10 personas intentando pasar a la vez.

 

Uno de mis pasatiempos favoritos en la ciudad era pararme a tomar un especiado chai en uno de los miles de puestos que hay en la calle. De todos los sitios que he visitado en la India, y de todos los tés que degusté en 5 meses, he de decir que los mejores chais fueron los de Varanasi. En cualquier esquina, encima de 4 ladrillos mal puestos o lata que hace las veces de hornillo, siempre había un cazo o una tetera con el té calentándose. Cardamomo, canela, gengibre, clavo y otras especias añaden al chai un sabor único que ayudan al cuerpo a entrar en calor.

 

Me encantaba levantarme temprano para ir a desayunar y ver cómo cada mañana había alguien encendiendo incienso en los mini templos que salpican las calles. Es lo primero que hacen los indios al levantarse y seguramente sea lo último que hacen antes de acostarse. Arreglar el rinconcito del templo, hacer un homenaje y ofrenda a los dioses es algo primordial en la religión hindú.

 

La vida en India sucede de puertas para afuera y Varanasi no es ninguna excepción. Siempre hay algo que ver, siempre hay algo a lo que seguir con la atenta mirada. Los indios son muy fisgones en general, y cuando no tienen clientela los mismos dueños de los negocios se paran en la puerta a tomar chai y ver a la gente pasar.

 

 

En cada esquina aguarda una sorpresa, envuelta en oxidados colores, en bicicletas abandonadas, en planchas de carbón, en coloridos puestos que venden desde saquitos de tabaco, jabón de lavar, galletas o papel higiénico. Perderse por las calles sin tener ningún rumbo en mente, dejar que los pies te lleven y que lo que ves te vaya guiando es una de las mejores formas de descubrir Varanasi. Recuerdo que cuando llegué estaba muy cansada debido a la paliza de las 33 horas de tren pero aún así quería caminar un rato. El rato acabó convirtiéndose en 6 horas andando, dando vueltas por los ghats y las callejuelas, como si estuviese hipnotizada por todo lo que veía.

 

Varanasi es también una ciudad de niveles, donde tienes que clavar la mirada en el suelo si no quieres pisar nada indebido. Levantando un poco más la vista te topas con las tiendas, su mercancía, las escuelas de música tan populares y solicitadas donde se puede aprender a tocar el sitar y la tabla, y con todos los puestos de comida callejera donde es posible comer por un módico precio. Si sigues alzando la vista te encuentras con las fachadas de los edificios. Muchos de ellos fueron palacetes en su día. Aunque esa época de esplendor quedó atrás, todavía hoy es posible deleitarse con la decadencia de sus fachadas y las plantas que trepan por ellas. 

 

Todo lo que veía en Varanasi, mezclado con la densa neblina mañanera, me hacía recordar a una estampa típica de portal de Belén. Los gorros y las mantas con los que la gente se protegía del frío, el humo saliendo de las teteras, las hogueras espontáneas en cualquier rincón, las calles empedradas, los yogures servidos en cuenquitos de arcilla… todo era como volver al pasado, como estar en un lugar diferente de esos que ya no se ven en el mundo occidental.

 

Unas flores esparcidas al lado de una pila de basura; una vela encendida al lado de excrementos de vaca; lo bello y lo sucio, lo sublime junto a algo que te produce una sensación de asco. Así es Varanasi, un conglomerado donde todo pasa y todo es posible; donde sentarse a tomar un chai puede ser algo de lo más entretenido, y donde si en un momento dado uno viera una cabra haciendo el pino ya no le sorprendería. En la India, y sobre todo en este lugar, todo vale y todo te llega muy hasta el fondo.

En cada esquina aguarda una sorpresa, envuelta en oxidados colores, en bicicletas abandonadas, en planchas de carbón, en coloridos puestos que venden desde saquitos de tabaco, jabón de lavar, galletas o papel higiénico. Perderse por las calles sin tener ningún rumbo en mente, dejar que los pies te lleven y que lo que ves te vaya guiando es una de las mejores formas de descubrir Varanasi. Recuerdo que cuando llegué estaba muy cansada debido a la paliza de las 33 horas de tren pero aún así quería caminar un rato. El rato acabó convirtiéndose en 6 horas andando, dando vueltas por los ghats y las callejuelas, como si estuviese hipnotizada por todo lo que veía.

 

Hay barrios que merece la pena ser visitados, y de nuevo, perderse por sus calles. Uno de ellos es el musulmán, muy famoso por los talleres de sedas que confeccionan saris. En un momento dado, vaya usted a saber en qué calle fue o a qué altura, unos amigos y yo descubrimos tras una ventana a un hombre trabajando en un inmenso telar. Dándose la vuelta hacia nosotros y levantando un pañito nos enseñó la joya que estaba tejiendo: un sari de seda rosa bordado. Su sonrisa lo decía todo y creo que nuestro asombro fue el mejor agradecimiento que le pudimos hacer.

 

En Varanasi los nenes van a la escuela, además de en tuk-tuks, en unos carros empujados por hombres en bicicleta. En general hay muchos hombres que se ganan la vida pedaleando y sudando la gota gorda con los cyclerickshaws. Algunos de ellos son tan delgados y tienen unas piernas tan finas que en alguna ocasión me daban ganas de cambiarles el puesto y ser yo la que pedalease. Para ir a visitar el Fuerte de Ramnagar un amigo y yo tomamos un cyclerickshaw. Recuerdo ver sus agrietados pies como si fuese hoy, y también recuerdo el sentimiento de tristeza que me invadió al pensar en las condiciones, ya no laborales sino de vida que tiene esa gente. Muchos van a Varanasi y alquilan uno de estos vehículos para así mandar algo de dinero a su familia. Todavía me da apuro cuando pienso en cómo suelen dormir allí subidos, en un asiento maltrecho que hace años debería haberse jubilado. Es su único sustento y aún así antes de utilizar uno de ellos tienes que negociar el precio. Son 30 rupias arriba o abajo, una cantidad que para mi no supone nada mientras que para ellos… qué afortunada soy de no saber la respuesta a lo que eso supone… y qué miserable también. En fin… Varanasi. Un sitio que más que visitar, lo sientes, te atrapa, te hipnotiza, te pega una bofetada, y si estás dispuesto y te entregas, logra hacerte cambiar y ver la vida con más humanidad y gratitud. Hasta siempre Varanasi.