Great Ocean Road

Carlos Díaz Marquina*

* Carlos Díaz Marquina es Secretario de Australia Spain Business Association (ASBA)

 

El temor al enrevesado tráfico de tranvías y giros peculiares de Melbourne desapareció inmediatamente: era domingo. Después de dos días de experiencia urbana tocaba iniciar nuestra road movie.

Después de varios días de viaje nuestro acoplamiento era perfecto: maletas listas y desayuno en tiempo récord. Estábamos en la oficina de alquiler del coche antes de que abrieran. 

El único empleado de esta pequeña oficina algo alejada del centro, bastante cerca de nuestro hotel, volvió a demostrarnos el sentido del servicio al público de los australianos. Con overbooking antes del horario oficial, lejos de manifestar con mala cara que esperáramos, con gran amabilidad, nos atendió sin importarle el adelanto. Nos entregó un Corolla más antiguo que el que habíamos utilizado en el Norte, aunque con la ventaja de que el maletero era mayor. Ya no habría que hacer épicas maniobras para acoplar las maletas. A las nueve estábamos en movimiento.

-Creo que nos hemos equivocado de salida.

En Australia, los puentes de peaje no están atendidos por garitas donde pagar en efectivo o con tarjeta. Nuestro error, nos introdujo en un glorioso puente que cruzaba el río Yarra, una grata experiencia, sin duda, aunque rumiamos nuestro temor a que nos sancionaran por no pagar, elucubramos con un sonido que procedía del parabrisas, y que era el dispositivo electrónico de peaje, y nos regalamos un recorrido extra por los alrededores de la ciudad. En una zona industrial encontramos la sede de Lonely Planet, nuestro más habitual proveedor de guías para los viajes. Les rendimos homenaje desde el interior del vehículo. El navegador nos situó en el buen camino.

Nuestro primer destino fue Geelong, la segunda ciudad del estado de Victoria, famosa por su equipo de fútbol australiano, que acaparaba las televisiones de todos los bares, y por la factoría de Ford. Alguna atracción más tenía pero iniciar el día liándonos en una ciudad era un seguro suicidio viajero. La bordeamos y bordeamos también la amplia bahía de Port Phillip.

The Bay, como la llaman los locales, abarca una superficie de 1.930 km² y una costa de 265 kilómetros. Es poco profunda, entre 8 y 24 metros de profundidad. Hasta finales de la Edad de Hielo era una llanura cruzada por el río Yarra y sus afluentes, que desembocaba directamente en el estrecho de Bass. La elevación del nivel del mar la ganó para el océano.

La primera parada la realizamos en Torquay para abastecernos de comida y bebida. Cumplida esta maniobra aparcamos junto a la playa y dimos un paseo por The Esplanade, el paseo marítimo. La hierba llegaba hasta casi la arena. Para bajar a la playa había que salvar un escalón considerable. En primera línea montaban guardia unos fornidos pinos.

Dos aspectos nos llamaron la atención: el buen nivel de vida y la fuerza de la naturaleza. El primero se manifestaba en lo cuidado que estaba todo y en las viviendas unifamiliares con vistas al mar, modernas, de amplios ventanales. Buen lugar de retiro.

El viento había peinado los árboles y había tumbado los troncos. El fuerte viento fue una de las constantes de la jornada. El mar batía con intensidad y provocaba unas espumosas olas. Por algo Torquay era la ciudad del surf y la sede de dos de las marcas más conocidas de este deporte: Ripcurl y Quicksilver. Para los más aficionados, el Surf World Museum.

Mirando hacia el este, el cielo se cubría de nubes grises y amenazaba lluvia. En dirección contraria, el sol bendecía la mañana. Con el viento impulsando las nubes no nos extrañaron los cambios de tiempo y las tormentas breves, que coincidieron con los desplazamientos en coche.

Bajamos a la playa, nos cruzamos con un matrimonio mayor (como la mayoría de la gente que vimos en la ciudad), nos empapamos de viento salado y regresamos al coche.

A 7 kilómetros de Torquay se encontraba Bells Beach, la más importante de la sucesión de playas de la costa. Bells Beach era lugar de culto para los surferos por su long right hander, una ola a derechas rápida, larga y tubular. Aquí se celebraba el Rip Curl Pro, valedero para el campeonato del mundo. Una solitaria persona observaba esas míticas olas desde la arena.

Unos kilómetros más adelante en nuestra ruta nos esperaba Point Addis, con unas hermosas vistas sobre la costa salvaje de acantilados de arenisca que moldeaba el oleaje, todo cubierto de un matorral denso de tonalidades verdes por el que discurrían varios senderos. El Surf Coast Walk ofrecía un camino por la costa desde Point Impossible hasta Fairhaven. Curiosos nombres que parecían apostar por un camino iniciático desde un punto imposible hasta un refugio bello y sereno.

Intensamente hermoso era el paisaje marino acompañado por el viento, como si fuera a despertar una tempestad que lo destruyera todo para poder seguir manteniendo la preeminencia de una naturaleza ajena al hombre.

William Buckley fue un convicto de principios del siglo XIX que logró escapar y buscó refugio entre los Wathaurong, los aborígenes de la zona, con los que convivió 32 años. Probablemente el paisaje no haya cambiado mucho desde aquellos lejanos tiempos. De regreso al mundo de los europeos, relató sus experiencias entre los aborígenes, sus costumbres, sus formas de vida, la lucha entre clanes. Se le concedió el perdón y acabó sus días a la edad de 76 años en Tasmania.

Desde Torquay teníamos el honor de conducir por la Great Ocean Road, la espectacular carretera paralela a la costa que se adaptaba a su orografía montañosa.

Se construyó como memorial a los caídos en la Primera Guerra Mundial y participaron como obreros unos tres mil soldados que sobrevivieron a la contienda y a los que se dio un trabajo digno. Digno y duro, porque utilizaron picos y palas, maquinaria rudimentaria, mucha fe y voluntad. Algunos perecieron en la obra.

Los trabajos se prolongaron desde septiembre de 1919 hasta 1932. Esos soldados reconvertidos en obreros se empleaban de lunes a viernes y la mañana del sábado, dormían en tiendas y gozaron de algunas comodidades, como un piano, periódicos y abastecimientos regulares de bebida.

The Great Ocean Road Trust, de capital privado y presidido por el filántropo y político Howard Hitchcock, que murió antes de ver finalizada la obra, compensó las cantidades aportadas con el peaje que se cobraba. En 1936 se suprimió y su titularidad pasó al estado.

Las lomas provocaban el ascenso y el descenso de la tira de asfalto de dos carriles, las curvas la arrojaban en brazos de la montaña o la asomaban al abismo del mar, jugaban, se alternaban, se distraían con sus movimientos y dejaban en el parabrisas y las ventanas del coche una hermosa película de naturaleza impresionante. Los 243 kilómetros de su recorrido se completaban con hermosos pueblos o casas fantásticamente situadas para vigilar la carretera y el mar, con desvíos hacia otras atracciones, otros ámbitos.

Hasta la construcción de la carretera, la única forma de llegar a estos lugares era por barco. Atravesar el estrecho de Bass era peligroso y muchos navíos naufragaron en estas costas entre el sur del estado de Victoria y la isla de Tasmania. El primero que lo hizo fue Matthew Flinders, quien decidió poner al paso el nombre del médico del barco, George Bass.

La costa era traicionera por su escasa profundidad, las rocas sumergidas y los arrecifes que ponían a prueba la habilidad de los navegantes. Los vientos del sudoeste empujaban a las naves a vela hacia el norte, hacia esta costa. Las nieblas, las tormentas y otras circunstancias de la navegación provocaron varios centenares de naufragios. De algunos barcos no se llegó a saber nada, lo que dio lugar a leyendas e incluso a la creencia de que esta zona era propicia para los fenómenos paranormales. Eran las corrientes entre el océano Antártico y el mar de Tasmania las que generaban grandes olas, las que contemplábamos, capaces de engullir los buques.

Para facilitar esa traicionera navegación se construyeron varios faros que sirvieron como referencia para evitar peligros y que debieron suponer un soplo de esperanza para los marinos. Uno de esos faros, aún en funcionamiento, era The Split Point Lighthouse, aunque la gente local prefería llamarlo The White Queen. Se encontraba en Aireys Inlet.

La columna del faro se exhibía poderosa sobre una loma cubierta de matorral tupido, un lugar idílico en donde desembocaba el río y provocaba unos atrayentes meandros. Este cuadro se apreciaba mejor desde la colina y, para quien tuviera la suerte, desde lo alto del faro. En la playa contigua, el mar azotaba con su acostumbrada dureza. Varias personas observaban esa fuerza de la naturaleza y el producto de su erosión sobre un peñasco aislado que retaba al mar con valentía, aunque sabedor de que a la larga perdería la batalla irremediablemente.

El paseo hasta el faro ofrecía unas increíbles vistas. Para darles más dramatismo, el cielo se puso negro, cerraron filas las nubes para impedir el paso del sol y nos dio una primera advertencia en forma de lluvia fina, como un simulacro para que nos fuéramos preparando. Confiábamos en el viento para que disolviera esa concentración hostil y nos devolviera el rayo de sol que tan fielmente nos había acompañado. Estas luchas de la climatología eran divertidas hasta que terminaban en tormenta.

Por cierto, cerca estaba Fairhaven, ese refugio hermoso donde terminaba el sendero desde el punto imposible. El faro y Fairhaven alentaban nuestras esperanzas.

En este ámbito era normal liarse con continuas paradas. En una, se preparaba un grupo de surferos (estábamos en la lúdica Surf Coast) para su ritual. Sus camionetas iban atestadas de cachivaches, emulando a las de los hippies de los 60. Con disciplina se acoplaban los neoprenos para poder resistir la temperatura del agua. Más abajo, otros ya estaban tumbados sobre las tablas y se impulsaban hacia el interior del mar con sus brazos. En el momento preciso se incorporaban, balanceaban el peso del cuerpo para acoplarse a la ola y se dejaban llevar hasta que la fuerza decrecía. Y vuelta a empezar.

En otra, un solitario pescador lanzaba la caña y esperaba a que picara algún pez. Quizá en esa espera apreciara los diferentes matices del mar, el juego de sus olas, el vuelo de las gaviotas. O el salto de un delfín o una ballena que hubieran salido a dar un paseo dominical.

El domingo era día familiar y los niños, bien abrigados con impermeables, correteaban en la arena o las rocas, cargaban sus cubos, coleccionaban conchas o caminaban ensimismados ajenos a las conversaciones de los mayores. Algunos adultos se internaban más en busca de algún molusco para la comida.

El cartel sobre un arco de troncos de árbol nos recordaba que estábamos en la Great Ocean Road. Cuando se inauguró era de un solo carril para las dos direcciones. A intervalos regulares se establecían apartaderos. A pesar de ello, fue un factor importante en el desarrollo de la región, rica en madera, lana y productos lácteos y con unas posibilidades turísticas que posteriormente se confirmaron. Por supuesto, la carretera mejoró pero siguió manteniendo su espíritu de homenaje a los caídos y el deseo de que quien la atravesara dedicara el tiempo necesario para empaparse de su belleza.

La población estable era escasa. Las casas eran la excepción en el bosque y, probablemente, tras la primera línea de colinas, el bosque se extendiera de forma continuada con la sola presencia de excursionistas que atravesaban los senderos en busca de la flora y la fauna que atesoraba.

Fuimos pasando campos y playas, el color del mar mutaba por la acción del cielo y evolucionaba con el día. Había que estar atentos a esos cambios.

Uno de esos pueblos que jalonaban la costa era Lorne. Volcado al turismo, ofrecía playas y cascadas y era un buen punto para explorar los ríos Cumberland, Wye y Kenneth, zona de koalas, como Aire River, ya en el parque Otway. El arco de Loutit Bay, la bahía donde había crecido Lorne, era amplio. El invierno lo había despojado de gente. Al acercamos al pueblo se concentró la población.

Atravesamos Lorne y paramos junto al Aquatic Club. Recorrimos un largo muelle de madera y empezó a llover. Los pescadores aguantaban estoicamente bajo sus impermeables. Desde el extremo que ocupaban se dominaba toda la bahía.

El mar redobló esfuerzos para impresionarnos mientras conducíamos hacia Apollo Bay. Junto a la costa se instaló una banda blanca de espuma y los morros de los cabos se volvieron grises. Daba un poco de miedo avanzar hacia ellos, como si el destino de los barcos naufragados fuera a resucitar esta vez sobre la carretera. Avanzamos en silencio con el monótono ruido de los limpiaparabrisas.

Y volvió a abrir el día.

Aprovechamos para comer frente al mar en Apollo Bay. Nos acompañaron las gaviotas y algún cuervo o grajo, todos interesados en lo que pudiera caerse. Volaron un par de patatas fritas y las aves se lanzaron con locura hacia ellas. Después, recuperaron la calma. Prolongamos la parada con un café, en compañía de otros visitantes que buscaban entrar en calor y evitar los ramalazos de mal tiempo que se sucedían en cortos espacios de tiempo.

Había que tomar una decisión. Aún nos quedaba un buen trecho del camino y no queríamos perdernos el espectáculo del atardecer sobre Twelve Apostles. Nos quedaban unos cien kilómetros pero el avance era lento como consecuencia de las paradas y el ritmo, ambos lógicos por lo hermoso del trayecto. Había que empezar a seleccionar y el sacrificado fue Cape Otway. Y los koalas, que implicaban un nuevo desvío. Sí que atravesamos la parte interior de Great Otway National Park. Bosque en estado puro. El parque formará parte de nuestros objetivos para un nuevo viaje. Cuidado con la caída de árboles que bloquean la carretera. La carretera es traicionera cuando la climatología se empeña en tener un absoluto protagonismo negativo. Y el invierno es momento para ello.

Otway es lugar para practicar el senderismo, tomarlo con calma y dedicarle un día completo, alcanzar las cascadas, internarse en el rainforest y bajar hasta el mar. En el cabo termina la Surf Coast y comienza la Shipwreck Coast, la costa de los naufragios. De lo lúdico a lo tenebroso. Great Ocean Walk, 104 kilómetros hasta Twelve Apostles, es la mejor opción para caminantes. No olvides hacer picnic, ineludible.

La riqueza forestal que contemplábamos desde el coche y que formaba casi una bóveda de ramas a nuestro paso, fue una importante fuente de riqueza hasta 1961, fecha en que se redujeron las talas para que se regenerara el bosque. Regeneración que también se producía por el fuego. Los incendios forestales naturales ayudaban al mantenimiento de la diversidad y el equilibrio.

Cuentan que el faro de Cape Otway es el más antiguo de Australia, construido en 1848. El paso del estrecho de Bass exigía estas señales para su seguridad. Hubo de ocurrir una desgracia de dimensiones colosales para que se acelerara esa construcción: el naufragio del Cataruqui. Murieron 399 pasajeros. El faro costó 1200 libras de la época y se utilizó como mano de obra a convictos.

 

Al salir del bosque se abría una sucesión de granjas, de campiña, de ganado ajeno a nuestros pasos, de paisajes que recordaban a Escocia, Irlanda o Inglaterra, o a Asturias, Galicia y Cantabria. Tierra ondulada, tierra bucólica, lugar de trabajo duro y aislamiento con el premio de la belleza del terreno y los frutos de la tierra. Al verlos desde una zona alta daban una sensación de felicidad que llenaba el corazón.

Regresemos a la costa. Poco a poco las playas se fueron encajonando, sus límites convertidos en acantilados altos y amenazantes. El mar atacaba con furia.

Shipwreck Coast vivió el naufragio de 638 naves. Sólo se encontraron los restos de 240. El resto, las engulló el mar y dejó un rastro de desaparecidos. Los vientos antárticos alcanzaban el lugar sin obstáculos. Las olas eran habitualmente altas, largas y fuertes. Resonaba en los oídos el trueno constante de su actividad, acallado por ese viento frío e incansable. En días de tormenta las olas podían alcanzar los 30 metros. Flinders decía que en su vida había contemplado un segmento de costa tan pavorosa. Los vientos del sudoeste arrojaban hacia el norte a esos buques que retaban a su destino. Las nubes negras dramatizaban la escena.

A Twelve Apostles hay que llegar al atardecer, cuando el sol se va sumiendo en el horizonte y provoca una luz dorada y unos contrastes violentos. Contemplar los islotes aislados resistiendo la violencia del mar es un gran espectáculo. Los stacks, como los denominan geológicamente, llevan luchando contra la erosión del agua desde hace siglos.

-En cada choque, de cada ola, escucho algo.

Un espíritu, el alma de algún desaparecido, el canto de los marinos ajenos al desastre, el poder infinito del mar, la pericia del capitán que salva del naufragio.

Desde los miradores sólo se aprecian siete farallones. Alguno más aparece desde el cielo pero no alcanzan el número doce. Desde que perdieron su antigua denominación los islotes, Sow and Piglets (la cerda y el lechón), por la de los bíblicos personajes, nada iba a impedir que acoplaran su número.

Lo que contemplábamos era una magnífica obra geológica de la erosión. La masa de esos acantilados se formó hace diez o veinte millones de años, en el mioceno, cuando esta costa estaba bajo el mar. Los restos de animales marinos, como moluscos o algas ricas en calcio, se sedimentaron y compactaron formando rocas de caliza (limestone), frágil y quebradiza, de diferente dureza. Las aguas se retiraron provocando fracturas. A finales de la Edad de Hielo volvió a avanzar la línea del mar hasta el nivel actual. El viento y el mar fueron tallando la piedra, se formaron cuevas que se fueron comunicando y después colapsando dejando aislados los farallones.

Eran caprichos geológicos, estampas de gran hermosura, de dureza, de lucha y supervivencia. Soportar esa mezcla de fuerzas era una heroicidad. Quizá eso los hace más atractivos. Algún día pueden ser vencidos.

Un rayo rasga la tranquilidad de la tarde. El trueno lo paraliza todo. En el barco se preparan para lo peor, para la tormenta, para la lucha épica del mar, para la posibilidad del naufragio, para el espíritu de la supervivencia. Se intuye el Apocalipsis, el fin del mundo, la conclusión de una historia sin final feliz.

El cielo se resquebraja y arroja un torrente de agua que el mar aplasta con sus olas.

El mar es gris, el horizonte es gris, el cielo es gris, casi negro. Ninguno de los colores corresponde a una descripción correcta.

La visita de la tormenta es intensa: una exhibición de poderío, una orgía de demencia. Es un impulso hacia la muerte. El paisaje ha cuidado su imagen tenebrosa. El diálogo con esa escena es abrupto.

A lo lejos, un barco atraviesa esa carretera del diablo. Ha plegado velas y trata de vencer a los elementos. Agarrado al mástil, un aventurero. Sólo un valiente se atrevería a hacer una incursión por un lugar tan peligroso. 

-Mira, ese señor se parece a Errol Flyn.

-Australiano ilustre, hombre de acción, aunque con una biografía plagada de drogas y mujeres.

-La gente con valentía y vidas de novela tiene esas cosas.

Caminamos hasta uno de los acantilados que se adentraba en el mar y permitía la mejor visión. Se acumulaba la gente y nos amontonamos donde la visibilidad era mejor. Mientras, el sol agonizante jugaba con las nubes y provocaba un destacado juego de luces y sombras. Las rocas cambiaban de color. Mirando hacia el este, teñían de color dorado la piedra. Al contraluz del poniente, se volvía gris.

En el mismo Port Campbell National Park, a poca distancia y como una prolongación de ese paisaje, Loch Ard Gorge combinaba la belleza con la tragedia. Observando esa garganta uno quedaba sobrecogido por la estrecha entrada hacia la playa. Las olas gateaban con su espuma blanca por los muros verticales, se colaban por las cuevas y los puentes con un sonido ensordecedor. Esa misma exhibición de fuerza provocó el hundimiento del clipper Loch Ard el 1 de junio de 1878 cuando estaba casi finalizando el viaje que le llevó de Inglaterra a Melbourne. Los que emigraban en busca de una nueva oportunidad murieron. De 37 miembros de la tripulación sólo se salvó el aprendiz Tom Pearce. De los 19 pasajeros, sólo Eva Carmicheal. Esta no sabía nadar pero se agarró a los restos del naufragio y fue arrastrada hasta la garganta, donde Pearce la ayudó. El muchacho subió los acantilados y pidió ayuda.

La noche se nos echó encima. No queríamos conducir de noche por temor a atropellar a algún animal pero no hubo más remedio que avanzar en la oscuridad durante casi una hora para dormir en Port Fairy.

El hotel estaba en un extremo del pueblo. Por el número de vehículos del patio de entrada se deducía que éramos muy pocos los huéspedes. Lógico, no era época de turistas.

En 1828, el cutter del capitán Wishart, Fairy, que significa hada, buscó refugio en una pequeña bahía para guarecerse de una tremenda tormenta que amenazaba con hundir el barco y mandar al fondo del mar a la tripulación. En agradecimiento, bautizó aquel lugar como Port Fairy, el puerto de las hadas.

Hubo que esperar a 1835 para la fundación del pueblo en la desembocadura de Moyne River. Pronto se establecieron cazadores de focas y ballenas. Para la década de 1850 era un ajetreado puerto donde se cargaba lana, cereal y oro hacia la metrópoli. Fue su época de esplendor.

De aquella época de finales del siglo XIX databan algunos de los edificios que daban a la calle principal, por la que caminamos buscando dónde cenar. Respiramos un aire pionero, de poblado del lejano Oeste, de prosperidad de otro tiempo. Esos edificios, con sus marquesinas sujetadas por tirantes que protegían en los días de lluvia, fueron evolucionando hacia un importante y sofisticado lugar de veraneo. El puerto y la flota pesquera no desaparecieron pero la economía pasó a depender más de las galerías de arte, los restaurantes o las tiendas. A las 7:30 de la tarde, más bien de la noche, casi todo estaba cerrado y con las luces apagadas porque no había quien los visitara.

Los restaurantes permanecían abiertos y vacíos, el personal aburrido. De vez en cuando entraba alguien a recoger la comida encargada para hacerle los honores frente a la televisión de su casa. La noche no era excesivamente desapacible pero invitaba poco al paseo.

De la oferta de la calle principal nos decidimos por un chino (también era acogedor un italiano). La persona que nos atendió era occidental mientras que el cocinero y otra persona que se asomó brevemente eran orientales. Comimos un buen arroz que correspondía a nuestro arroz tres delicias, tallarines, pollo y ternera. La cerveza era inevitable.

En el folleto de la ciudad leímos sobre los atractivos naturales de la zona, muy abundantes, sobre el Port Fairy Folk Festival a principios de mayo, sobre su arquitectura antigua y sobre el avistamiento de ballenas entre julio y septiembre, cuando emigran para aparearse y criar. Situamos Lady Julia Percy Island, con una importante colonia de focas, en el plano.

Los balleneros debieron llenar estas calles con sus canciones y su alboroto. En estos locales gastaban el dinero que ganaban, se desprendían de sus miedos, ahogaban en alcohol sus pesares:

A near Little packet from Hobart set sail,
For to cruise ‘round the westward for monster sperm whales,
Cruise in the westward, where the stormy winds blow,
Bound away in the Waterwitch, to the West’d we go.

We’ll spend our money freely with the pretty girls on shore,
And when it’s all gone we’ll go whaling for more,
Bound away, bound away, where the stormy winds blow,
Bound away in the Waterwitch, to the West’d we go.

Descubrimos que las camas estaban dotadas de mantas eléctricas que cubrían por completo la extensión del colchón, mejorando el sistema de calentar la cama con aquellos artilugios tradicionales de la abuela, o la bolsa de agua caliente, que transformaban el suplicio del frío en el confort cálido.

Nos levantamos a las siete, desayunamos y abandonamos el motel con sensación de agradecimiento.

Observamos nuevamente el pueblo a la luz de la mañana, poco tiempo después de que el sol entrara en escena, con permiso de las nubes. Parecía un pueblo abandonado de las películas. Nos concentramos en los detalles y nos orientamos hacia el puerto, la esencia más antigua de la población.

La flota pesquera estaba amarrada a lo largo de las postrimerías del río. Los cottages estaban arropados por pinos de Norfolk, una clase de pino característico de la zona. Buenas embarcaciones de recreo.

Los pelícanos y los cormoranes fueron nuestro comité de bienvenida. Allí permanecieron pacientes, mirando al último meandro que formaba una lengua de arena. Todo estaba verde.

Robert Gott escribió Port Fairy murders ambientado en esta pequeña ciudad durante la Segunda Guerra Mundial. Uno se sorprende al imaginar que este tranquilo y hermoso pueblo pueda ser el escenario de un asesinato. Gott exploraba en su novela las amargas divisiones entre católicos y protestantes, especialmente en pequeñas comunidades rurales como la que representaba Port Fairy. El libro era continuación de The holiday murders en que exploraba los poco conocidos grupos fascistas que surgieron en Australia antes y después de la gran contienda mundial.

Con más tiempo nos hubiéramos aventurado hacia Griffith Island y su faro, que acogía una colonia de pájaros protegidos, los mutton. La contemplamos desde la costa, donde el sol provocaba unos hermosos reflejos plateados y las olas una espuma constante. Al mar se asomaba una línea de privilegiados unifamiliares.

Mientras nos acercábamos casi de noche hacia Port Fairy intuimos entre lomas, matorrales y sombras algunos lugares impresionantes que no deseábamos que se quedaran sin visitar. Como el camino de regreso era largo, hubo que renunciar al último pueblo, Portland (¡cuántas poblaciones habrá en el mundo con este mismo nombre!) que fue el primer establecimiento europeo del estado de Victoria. En él desembarcó en 1862, procedente de Melbourne, Mary Mackillop, la primera santa australiana y la fundadora de la primera orden religiosa del país.

Pasamos Killarney, el desvío hacia Tower Hill Reserve, aconsejado por la guía y los folletos locales, Warrnambool y su fábrica de quesos, campiñas, dos cementerios, otro hermoso y tranquilo puerto cuyo nombre no apuntamos, nos acompañaron rebaños de vacas pastando plácidamente y una hora después estábamos en Bay of Islands.

Los habitantes originarios de Bay of Islands Coastal Park, y que aún permanecían en este territorio, los Kirrae Whurrong, continuaban celebrando sus rituales y mantenían su especial vínculo físico y espiritual con un medio que siempre les ofreció abundantes recursos. En el mar, mariscos y peces; en tierra, pequeños mamíferos y reptiles. Aquel paraíso se desvaneció para ellos con la llegada de los europeos, sus enfermedades, las luchas y los conflictos que redujeron su número drásticamente. Los que quedaron acabaron en las misiones. Pero las relaciones con los aborígenes habían cambiado y se buscaba que su integración no fuera traumática.

Un cartel informaba de los animales protegidos: las focas (fur seal), los pied oyster catcher, aves de plumaje oscuro y largo pico o los hooded plover o rufous blistle birds. La flora era variada, exuberante, de color intenso. Sin embargo, lo que nos atrajo de este lugar fue una extensa bahía, realmente varias concatenadas, de altos acantilados que el sol volvía dorados.

Cerca de la costa asomaban islotes aislados, los stacks, separados de la roca por el cincel del mar. Un mar que permanecía hosco.

Asomaban los perfiles pétreos, agudos, veteados, coronados, cuando así lo permitía, de un verdor que se aferraba a la tierra con ahínco. Las aves revoloteaban emitiendo graciosos graznidos.

Era como si hubiéramos regresado a Twelve Apostles. Geológicamente se parecían. Aquí los islotes eran más discontinuos. El espectáculo era igual de sublime. El mar se filtraba con estruendo entre los huecos que dejaban los paredones. La costa retrocedía cada año dos centímetros. Acompañaba el cielo, que había abierto para iluminar adecuadamente el escenario.

El espectáculo se prolongaba en la siguiente parada, en Bay of Martyrs. La costa era más abierta y los islotes parecían ir a la deriva o ser barcazas de desembarco. Se difuminaban en la niebla del horizonte. Se agitaba el mar recordando que éste fue lugar de naufragios.

Entre los caprichos del mar metido a escultor estaba The Grotto, un agujero en la roca desde el que se contemplaba la violencia del mar. Ese ojo abierto al oleaje concentraba a los madrugadores y nos brindaba la exhibición de fuerza que esperábamos.

London Bridge tuvo que cambiar su nombre a London Arch. El 15 de enero de 1990, el puente más cercano a la costa se hundió y dejó aislados en la nueva isla a dos aterrorizados turistas que fueron rescatados por un helicóptero. Quedaba un segundo puente, aunque menos marcado, en la isla. Y se mantenía la belleza. El mar era capaz de estas gestas. Sólo necesitaba tiempo. Y no le faltaba paciencia.

La última formación curiosa fue The Arch.

Después de tanto acantilado nos acercamos a Port Campbell (que daba nombre al parque nacional que abarcaba estos lugares singulares) con la única playa practicable para el baño. Aunque el oleaje se peleaba por entrar en la cala y la temperatura del mar no animaba a darse un baño.

Regresamos a Melbourne por el interior, como nos habían aconsejado. Pero ese será otro relato.