Un día en Hanoi

Mario Bros

El ritmo de vida en las calles de Hanoi es acelerado. Y lo es todavía más si el visitante a la ciudad viene de algún país vecino más centrado en la serenidad budista que en la carrera hacia el despegue económico.

Como las cosas hay que hacerlas con orden y empezar por lo más importante, nosotros comenzamos las visitas a la capital por el complejo del mausoleo de Ho Chi Minh.

Aunque antes que otra cosa, nos hemos encontrado con la imagen de las calles de la ciudad atestadas de motos. Unas circulando sin aparente orden ni concierto, en todas direcciones cualquiera que sea el punto hacia el que se mire. Otras, ocupando materialmente las aceras, aparcadas unas al lado de las de las demás sin que quede sitio para otra cosa más que para ellas. Se trata de motos pequeñas, relativamente silenciosas, ordenadas -se descubre al cabo del rato- dentro de un mayúsculo desorden de circulación y ocupadas por uno, hasta cinco, pasajeros o por el conductor y algún objeto inverosímil de enorme tamaño.

 


Muchos conductores, a pesar del calor, llevan una especie de anorak con capucha calada, bozal, gafas oscuras y manga larga con una extensión que cubre hasta por encima de la mano y deja la palma libre para agarrar el manillar. 

Son mujeres. La moda es estar blancas y se cubren de arriba a abajo para no llevar un centímetro de piel expuesta a los rayos UVA. Los chicos, nos cuenta Minh, nuestro guía, dicen que para ver chicas guapas hay que salir de noche, cuando se dejan ver porque no les preocupa el sol.

El complejo de Ho Chi Minh es enorme y lleno de gente que acude a rendir homenaje al líder que reconocen como padre de la patria. La visita es curiosa y exige cierta formalidad, pero el ambiente es incomparablemente menos tenso de lo que sería en la visita al mausoleo del Eterno Presidente en Corea del Norte.

Aquí van las familias con niños -estamos en época de vacaciones escolares- los turistas, adolescentes en grupitos. Y la cola, muy larga, va deprisa. No se para. Cuando se llega cerca de la entrada al mausoleo el ambiente se pone más solemne. Los guardias visten uniforme de blanco impoluto, están en posición de firmes a cada pocos metros sin moverse un ápice y dan la impresión de vigilar rigurosamente a las personas que se acercan en la cola.

Pero todo va tan veloz que la fluidez de la marcha y la prisa por no rezagarse quita rigor a la ceremonia. 

 

 

 

 

 

 

 

 

La cámara donde está la urna de cristal que guarda el cuerpo de HCM está con luz atenuada, el silencio es total y las miradas de los visitantes recorren el espacio dirigiéndose primero al cuerpo del respetado primer Presidente del país, luego a los soldados que en cada esquina montan guardia totalmente inmóviles, al mármol rojo oscuro de las paredes y a la arquitectura sobria, sin alegría alguna, que lo envuelve todo.

A la salida vemos el edificio por fuera desde la amplia explanada que se utiliza para los grandes desfiles.

La visita continúa por el parque que ocupa una buena parte del complejo. Se ve -por fuera- el palacio del antiguo gobernador francés, la casa donde HCM vivió al final de su vida -extremadamente modesta para un presidente- y la casa de madera al borde de un laguito, más modesta todavía donde vivió anteriormente.

Junto a este laguito, agradable, bordeado de árboles, se encuentra la pagoda del Único Pilar,  reconstruida después de que la volaran los franceses cuando abandonaron Vietnam en 1954. Los fieles la veneran y siguen haciendo ofrendas en ella, aunque la pequeñez del edificio y el saber que se trata de una reconstrucción de hace cuatro días resulte para el visitante un poco decepcionante.

 

 

 

 

 

 

 

La etapa siguiente es el Museo de Etnología. No es muy grande, la instalación es moderna y los fondos que guarda (vestidos, objetos, herramientas, fotografías), además de paneles explicativos acerca de las numerosas etnias del país, lo hacen interesante. 

Pero más interesante aún son las casas -casas reales transportadas hasta el museo e instaladas en su extenso jardín- de una buena parte de las etnias vietnamitas. Son casas casi siempre de madera, singulares por lo grandes y bien conservadas, que todavía son representativas de las viviendas de los habitantes de muchas aldeas de lugares apartados. Vale la pena detenerse un rato en ellas y entrar en su interior para acercarse al modo como se ha vivido en el campo hasta hace muy poco.

Terminada la visita pasamos por un negocio de fabricación de laca. En realidad se trata de un taller de demostración de pintura sobre tablillas, terminadas con una superficie lacada. Nada que ver con el primor de la fabricación de cuencos y recipientes de Birmania. Allí lo hubieras comprado todo y aquí nada. Aunque es verdad que el oficio es detallista y el dibujo de algunas de las piezas delicado. 

Vamos a comer a un restaurante para turistas donde nos clavan, en la medida en que los precios de Vietnam permiten el uso del concepto clavar.

Terminada la comida y tras el acoso -leve- por parte de una vendedora que quiere 'colocar' a una de nuestras compañeras una piña por haberse hecho una foto con sus cestas llenas de fruta al hombro, vamos al templo de la Literatura.

Ajardinado, con cierta dejadez romántica, consiste en una sucesión de patios rectangulares, situados uno a continuación del otro. Cada uno de estos patios tiene su templo, dedicado a algún personaje cuya relevancia lo ha convertido en santo o al menos en venerable. 

Confucio, reyes, generales de siglos pretéritos que forman parte de la historia de Vietnam tienen aquí su templo y su altar frente al que se siguen depositando ofrendas de comida o de dinero -dinero algunas veces falso pero que se acepta como ofrenda porque lo importante es el gesto de ofrecer.


Hay que conocer la historia para que cada templo no resulte una versión algo cambiada del anterior. Todos son de madera, todos tienen altares, todos un ambiente donde domina el rojo y todos imágenes irreconocibles para un extranjero.

Lo que nos añadió singularidad a la visita fue un plantel de modelos monísimas, vestidas de brillantes colores y ropa ceñida que dejaba suelta una falda con la que jugar y que participaban en el ejercicio de un grupo de fotógrafos que había elegido el templo como escenario para poner a prueba sus habilidades.

Un pequeño giro en el torso, la cara mirando un poco más alto, el brazo un poco más atrás, la falda cayendo con delicadeza sobre la rodilla...

Alguno de los fotógrafos, con autoridad y concentrado en su papel, daba a voz en grito las instrucciones a su modelo. Otros, con otra sensibilidad, las cogían suavemente por los hombros, giraban insignificantemente su cintura, un poquito, otro poquito, con dos dedos de la mano acompañaban en un movimiento imperceptible su talle hacia adelante, se aproximaban para matizar la posición de la cabeza sin descomponer el resto de la figura, acercaban la cara a su cara para percibir la posición exacta de la modelo, ver con sus ojos lo que veían los ojos de ella, captar su sentimiento en ese instante mágico antes de tomar la foto. 

¿La foto, pero qué foto? Ni los visitantes del templo ni menos aún el fotógrafo estaban ya para bajar al miserable ejercicio de hacer fotografías a pesar de que, en otra esquina, el fotógrafo a punto de transfigurarse en Mario Testino seguía berreando, sudoroso, ordenes a una modelo que parecía poco probable que fuera a llevarle a las alturas desde donde Confucio y demás deidades contemplaban en qué cosa se había convertido el Templo de la Literatura.

Tanto derroche de espiritualidad no podía durar más que lo que durara la estancia en el templo. Fuera, de regreso a tierra, la marea de motos devolvía sin remilgos al mundo real.

Todavía quedaba un templo en el programa, el templo del puente rojo -templo Den Ngoc Son, en el lago Huan Kiem , que a pesar de ser un lago, está en plena ciudad, al lado del barrio antiguo.

Se trata de un templo coqueto, y de un puentecillo más coqueto aún, donde cualquier turista debe hacerse una foto, si o sí. El caso es que el templo está ligado a  la leyenda de una tortuga y una espada. Una leyenda compleja para una mentalidad occidental como casi todas las leyendas asociadas a personajes o lugares míticos de Vietnam. Aunque para que todo no sea leyenda se guarda en el templo el cascarón enorme de una tortuga que se supone  vivía en el lago y que, para alimentarse y mantener su tamaño, debía pegar un mordisco a cualquiera que se acercara a ella.

 

 

 

 

 

 

 

 

Un poco separado del templo,  hay un pabellón que mira al lago y es una delicia. Bajo su techo unos cuantos jubilados sentados en el suelo juegan tranquilamente a algo mucho más complejo que un tres en raya y avisan a los forasteros de que alrededor del lago es habitual que los  lugareños se reúnan y ejerciten en grupo sus aficiones. Nosotros vimos a gimnastas levantando pesos y haciendo estiramientos, pero nos dicen que por la mañana hay grupos de danza tradicional y de otros asuntos.

Justamente, para confirmar que Hanoi era una locura hicimos una excursión en triciclo por el barrio antiguo que resultó una inmersión en la más frenética actividad.


Los triciclos de Hanoi no son de tipo rickshaw -conductor/pasajero- en el que teníamos ya experiencia, sino al revés -pasajero/conductor- lo que convierte al vehículo en una silla propulsada, por delante de la cual se desarrollan las escenas de la vida callejera de Hanoi a un ritmo al que no estábamos acostumbrados.

Para el pasajero del triciclo todo ocurre en primera fila: atropellos a punto de producirse y que se frustran en el último segundo, choques con una motocicleta que circula de frente y que se evitan de casualidad, estrujamientos entre dos automóviles, uno a cada lado, que convergen peligrosamente y que sin embargo ni siquiera rozan la endeble silla sobre ruedas en la que uno va sentado...  Y todo pasando junto a aceras donde se acumulan, motos, cubos y cajas, gente, tiendas, cables, fogones, bidones, agujeros, vendedores ambulantes de frutas o de escobas... Y circulando sobe un asfalto lleno de remiendos o, mejor, falto de remiendos que hacen del viaje una sucesión de brincos y trastabilleos, todos con una calificación elevada en la escala de Richter, y que hacen perfectamente inútil cualquier pretensión de enfocar para tomar una fotografía.

Para descansar vamos al teatro de marionetas sobre el agua. Tiene su gracia, aunque sólo hay turistas y la cosa no pasa de un divertimento ingenuo. Escenas compuestas por pequeños personajes que encarnan a  campesinos, animales, peces, dragones... movidos sin que lo vea el espectador mediante una caña y todo sobre una lámina de agua buscan la sonrisa con pequeñas historias propias de la vida en el campo y ocurrencias chistosas para producir alguna sorpresa o pretenden producir en el espectador un halo de  embelesamiento recurriendo a una escenografía más poética o misteriosa.

Al fin, terminamos el día en un restaurante en el Barrio Francés que recomienda Lonely Planet. Es agradable, lo mismo que el paseo en el camino de ida y vuelta desde el hotel. El vino, lógicamente, ha sido francés.