Adis Abeba o La Flor Nueva

Carlos Díaz Marquina

 

Aterrizaje en otro mundo.

Otro mundo: eso era lo que imaginaba que percibiría cuando aterrizara por primera vez en Adís Abeba. Había llegado a otro mundo.

Esa sensación ya la había vivido en mis primeros contactos con otros lugares en Asia, en Hispanoamérica o incluso en Europa del Este. Porque el mundo es realmente un conjunto de otros mundos, una aglomeración de diversidades que nos impactan en un primer momento, captan nuestra atención y tratamos de comprender. Posiblemente no logremos comprenderlos totalmente nunca, por mucho que nos esforcemos. Por eso, sólo quiero dejar constancia de esos impactos y de esa intención, sin éxito, de asimilar uno de esos mundos que forman el mosaico de la tierra. Algo quedará de ese intento.

Entramos con buen pie, ya que aterrizamos a las 6.30 de la mañana, poco después del amanecer y del inicio para los etíopes de un nuevo día. Porque las horas para ellos se rigen por el sol, con lo que habríamos aterrizado a las 0.30. A las 6 de la tarde serían las 12 y coincidiría con la puesta de sol. Como aconsejaban en la guía, mejor preguntar a un etíope por qué hora se regía al citarnos. Puede haber una confusión monumental. Esto confirmaba que estaba en otro mundo horario. A esa hora de la mañana el sol se abría paso con dificultad entre la niebla, que se despejaría poco después.

Tampoco sabía muy bien en qué día de qué año visitaba el país, según el calendario etíope. No se regían por el calendario gregoriano (el suyo era el juliano), por lo que no era 2017 y no era el 5 de agosto. Me esforcé por averiguar la diferencia de día y de año para evitar conflictos. Otra confirmación de un mundo diferente.

No habíamos rebasado el Ecuador, con lo que oficialmente estábamos en verano. Sin embargo, aquí la diferencia de estaciones se regía por las lluvias. Había aterrizado en estación lluviosa. Cuando viajara al sur me acercaría a la mitad del globo, aunque sin pasar al hemisferio sur. Allí, era estación seca. La altura era el otro elemento que matizaba la variación del tiempo. Las temperaturas eran bastante estables a lo largo del año y las variaciones las ofrecían las lluvias o su ausencia. Las temperaturas bajaban a mayor altura sobre el nivel del mar y subían al descender. Una parte importante del viaje, especialmente en el norte del país, transcurriría a más de dos mil metros sobre el nivel del mar (Adís Abeba estaba a dos mil quinientos metros), lo que garantizaba estar a salvo de la malaria y una temperatura templada. Por la noche, refrescaba considerablemente, un poco como en Castilla. Estaba también en un altiplano o una meseta, pero mucho más elevada. Otra preocupación era si tendría problemas con la altura, el soroche que denominan en Perú. A más de dos mil metros, la concentración de oxígeno bajaba considerablemente y el cansancio aparecía más rápido. Eso sí, regeneraba la sangre de una forma espectacular, uno de los secretos de la fábrica de campeones de atletismo que es Etiopía.

Elegir la ropa adecuada era complicado. Mejor ropa ligera, multicapa, como las cebollas, para poner y quitar según fuera necesario, pantalón largo-ayuda a evitar las picaduras de mosquitos y otros insectos-, camisas de manga larga-mismo efecto-, una gorra, protector solar y un repelente de mosquitos potente, tan necesario como la vestimenta. El calzado, cómodo, con buena suela que se adhiriera a un terreno cambiante. El chubasquero siempre a mano, aunque lo normal era que lloviera por la noche, para no molestar demasiado al turista, al viajero o al visitante.

La gestión del visado fue rápida y cara: 48 euros o 50 dólares. Una forma legal aunque no demasiado agradable de sacar el dinero a los visitantes. Tampoco es tanto.

Lo que fue un auténtico desmadre fue la recogida de maletas. Entre las cuatro cintas con que contaba la terminal se amontonaban las maletas de gentes que probablemente se preguntaran dónde estaban. Me entró un sudor frío ante la posibilidad de que mi maleta se convirtiera en una de ellas. Como no estaba demasiado claro qué cinta correspondía con nuestro vuelo, fui fijándome en la gente con la que había compartido avión para averiguar por dónde tenían que salir. De esta forma, también memorizaba los posibles compañeros de viaje. Sin demasiados retrasos nos juntaron a todos y montamos en un minibús.

Me sorprendió el aeropuerto, que era enorme, bastante moderno y en obras.


Por qué visitar Adís Abeba.

Es muy probable que la primera reacción que provoque Adís Abeba (también la verás escrita como Addis Abeba o simplemente Adis) en el viajero sea de rechazo. El denso tráfico que genera enormes atascos, el fuerte olor a combustible altamente contaminante, un urbanismo desbordado por el tremendo crecimiento de su población, la pobreza o la miseria combinada con modernos edificios de hormigón, cristal y acero, los jardines devorados por la expansión de la gran ciudad, causan en el visitante un sentimiento negativo, como lo provoca cualquier gran urbe que se ha desarrollado sin ningún orden.

Pero la ciudad también ofrece sus atractivos (vamos, que tiene su corazoncito), que el viajero debe estar dispuesto a buscar y encontrar, una labor a veces fácil y otras casi desesperante. La ciudad trata de adaptarse a su nuevo papel de capital moderna del país y del continente. La sede de la Unión Africana se encuentra en Adís Abeba. Sus amplias avenidas y sus edificios modernos, que van ocupando zonas antaño habitadas por infraviviendas, van transformando el panorama urbano. El mejor exponente es el barrio de Bole, el del aeropuerto, donde se refugia la gente adinerada de la ciudad y del país. Llama la atención la variedad de restaurantes de comida de diversas cocinas nacionales. Nunca había visto un restaurante sudanés. Las calles estaban abarrotadas de gente.

La ciudad parece aún por hacer, como si estuviera permanentemente en construcción. No es extraño observar nuevas construcciones que se elevan al abrigo de los andamios de madera de eucalipto. Andamios y obras forman parte de la personalidad de la misma. Construcciones e infraestructuras caminan hacia el futuro transformando la ciudad fundada en el siglo XIX en una moderna urbe africana.

Ha sido testigo de los últimos grandes eventos de la historia reciente del país. La habitaron los últimos emperadores y los primeros presidentes de la joven República Federal. Es, sin duda, el epicentro del país.

Las megaciudades son un desmadrado resultado del desarrollismo. Su manifestación es el cinturón de chabolas que contemplas desde el cielo cuando vas a aterrizar en el aeropuerto. Se intenta eliminar ese aspecto indeseable mediante sucesivas reformas. Kapuszinski, en su libro El emperador, recoge un texto de Evelyn Waugh (el escritor de Retorno a Brideshead), quien en 1930 asistió a la coronación del emperador, muy ejemplificativo de la sensación que describo de provisionalidad: “parece que sólo ahora se hubieran puesto a construir la ciudad. En cada esquina había un edificio a medio terminar, algunos ya estaban abandonados, en otros trabajaban unos cuantos puñados de desarrapados indígenas”. La ciudad mejoraba ante un evento importante, mientras que el resto del tiempo languidecía, quedaba a su aire, a su destino. El escritor polaco, que la visitó a mediados de mayo de 1963 para cubrir la reunión de presidentes del África independiente y la creación de la Organización para la Unidad Africana, nos cuenta el disgusto del emperador al ver el aspecto de la ciudad. Ante aquella trascendental reunión de presidentes que sería un gran escaparate para su país dio orden de construir nuevos edificios modernos: “Addis Abeba era entonces un pueblo grande de varios cientos de miles de habitantes, situado sobre colinas, en medio de bosques de eucaliptos. En el césped de la calle principal, la Churchill Road, pastaban rebaños de cabras y vacas y los coches debían detenerse cada vez que los nómadas cruzaban la calzada con sus numerosos y asustados camellos. Llovía. En los callejones adyacentes los coches se atascaban en el barro pegajoso y pardo, hundiéndose en él más y más hasta formar, finalmente, columnas de vehículos inmóviles con las ruedas enterradas”.

Había desaparecido ese trasiego de ganado, aunque la enorme población de la ciudad se infiltraba por todas partes. El barro seguía siendo protagonista en las calles secundarias, las transversales de las avenidas amplias, como la de los dos hoteles donde estuvimos.

El primer contacto con la gente del país fue muy positivo. Cuando me dieron la habitación en el hotel y subí a la misma, fui recibido por dos hermosas camareras que continuaban las labores de limpieza y que me sonrieron plácidamente. Cuando intenté infructuosamente conectarme a Internet, me salvó el botones, que me instaló una aplicación que aceleraba la velocidad del móvil y permitió mis comunicaciones. Hablaba un más que aceptable inglés, era amable, sonreía continuamente, compartíamos equipo de fútbol y aplicó sus buenos conocimientos de informática a mi favor. Para que luego digan que son herméticos.


La capital tras la unificación.

Adís Abeba era una ciudad que “fue fundada en 1887 por el rey de Showa, Menelik II, a petición de su esposa, la emperatriz Taitu, tras que ésta comprobara los beneficiosos efectos de las fuentes termales de Filwoha y descubriese la belleza de sus alrededores”, según leí en la guía.

Menelik II, tío de Haile Selassie, el último emperador, fue primero rey de Showa (o Shoa) entre 1865 y 1889. Tras la caída del emperador Teodros, del que ya habrá tiempo para hablar, era uno de los candidatos a ocupar el trono imperial. Sin embargo, ascendió al mismo Yohannes IV, quien tuvo un reinado complicado. Hasta su coronación como emperador, Menelik se dedicó a ampliar los territorios de su reino. A partir de 1889, el padre de la Etiopía moderna, tras la Época de los Jueces, dos siglos de reinos de taifas, el gran unificador, se dedicó a modernizar el país. Lástima que sus últimos años, en los que le acompañó una terrible enfermedad, oscurecieran su legado.

Las montañas que enmarcaban el horizonte, las de Entoto, le otorgaban un fuerte atractivo. Pero “la ciudad de los bosques” había caído en las garras del desarrollo descontrolado de una gran ciudad que cobijaba a unos cuatro millones de habitantes y que seguirá creciendo por la fuerte emigración interna desde todos los puntos del país.

Los eucaliptos que le dieron su verdor parecían haber sido talados para alimentar la fuerte demanda de andamios con los que se fabricaban. Cuando los observas, forrados de plásticos andrajosos, te preguntas cómo pueden seguir en pie. Porque Adis está llena de estructuras de hormigón y edificios pendientes de terminación. De ahí a una burbuja inmobiliaria puede haber poco trecho.

La alternancia de edificios modernos y chabolas, ya comentado, se evidenció más en nuestra primera visita. Abundaban las infraviviendas con techo de uralita o metal o gente que dormía a la intemperie o bajo una tela sujeta por dos palos. La miseria se identificaba por todas partes.

La conducción iba acompañada de fuerte olor a contaminación y vehículos viejos que provocaban atascos desesperantes. Había pocos semáforos y una filosofía de conducción de buscarse la vida. Sería incapaz de conducir por esta ciudad. La “nueva flor”, que es lo que significa su nombre en amariña, y que encontró la emperatriz junto a un manantial de agua caliente, según la leyenda fundacional, es una flor decrépita. La flor era la mimosa.

El movimiento de las calles era incesante aunque el número de personas paradas y aparentemente esperando algo era mucho mayor. Algo matizaba que aquel día fuera sábado.

La variedad étnica se manifestaba en los diferentes matices del color de la piel y en los rasgos más o menos redondos o puntiagudos. Las combinaciones entre rasgos blancos y piel oscura o rasgos de raza negra con tonos suaves de piel eran constantes.


Lucy y el museo Arqueológico.

Nuestra primera visita nos llevó al museo Arqueológico Nacional de Etiopía, junto a la Universidad. Una de las fachadas estaba adornada con andamios. En el jardín había diversas esculturas, la más significativa la que representaba a Haile Selassie dirigiendo su arenga a los escolares, firmes y uniformados.

La estrella indudable de las colecciones era el esqueleto de Lucy o Denkenesh, el homínido que caminaba erguido más antiguo del mundo. Nada menos que tres millones y medio de años. Nuestro guía, Mamush, nos comentó que había surgido una polémica en torno a si lo que se exhibía era una copia o el original. Lucy había estado de gira por Estados Unidos y en su ausencia se había exhibido una copia. Los rumores apuntaban a que pudiera estar en poder de los americanos y que lo que observábamos fuera aquella copia.

Lucy era frágil, pequeña, con el tórax muy desarrollado y el cráneo pequeño. Las investigaciones de las últimas décadas apuntaban a que fue en esta región de África donde aparecieron los primeros ancestros del hombre. Algunos de sus antepasados se mostraban en cuidadas vitrinas y con didácticas explicaciones en el idioma local, amariña, y en inglés.

El museo era una mezcla de colecciones que agrupaba objetos tan dispares como los tronos y otros elementos del boato de los emperadores con utensilios de las diversas etnias, cuadros de tradición antigua con otros de vanguardia y abstractos, artefactos o armas y un poco de todo con unas explicaciones algo más deficientes. Necesitaría una mano de pintura, una reestructuración bajo conceptos más museográficos y algo más de cariño. No obstante, era una de las visitas esenciales de la capital. Tenía bastante aceptación entre la gente local.


Un inmenso Merkato.

Nadie queda indiferente después de la visita al inmenso Merkato, el mercado más grande de África. Sus cifras, que encontré en la guía, eran impresionantes: 133,6 hectáreas a las que acudían unas doscientas mil personas. En ese barrio residían unas 64.000 personas. Además, la estación de autobuses de Tera formaba parte de su ámbito. Quizá el mayor atractivo radique en el caos que se respira en sus calles y callejones. Por si acaso, es muy conveniente recorrerlo sin el reloj, el móvil o demasiado dinero, que se debe poner a buen recaudo. Probablemente mis prevenciones fueron excesivas.

La visión del Merkato es un salto en el tiempo, al tiempo de los artesanos, a la reutilización, transformación y reciclaje que impide tirar nada, a comprobar que el mundo tradicional está mucho más extendido en determinados ámbitos que la modernidad.

Sorprende ver a porteadores que llevan sobre la espalda o la cabeza una docena de colchones, o un haz de leña propio de una estampa, u otros que arrastran docenas de garrafas de plástico, o burros que avanzan ajenos a las personas, coches y camionetas que sufren el mayor de los pesares. Nadie debería perderse este espectáculo.

Desde luego, si un inspector de sanidad penetrara en este laberinto le daría una lipotimia. Pero el turista o el visitante no perciben miseria ni insalubridad, sino tipismo. Va fotografiándolo todo y provoca mayores atascos de los razonables cada vez que se para. Nuestro guía, que rompió con nosotros lo pactado, visitarlo desde el vehículo, gracias a Dios, instaló por precaución a dos personas para que fueran reagrupando a este conjunto de indisciplinados clientes que se paraban en todos lados. Si alguno se desprendiera del grupo y se perdiera no habría forma humana de encontrarlo. Aunque al estar organizado por sectores siempre cabe preguntar o pedir ayuda para salir.

Las calles estaban mojadas por las interminables tormentas. El sistema de alcantarillado no era una maravilla pero daba para que se pudiera mover la gente evitando chocar con los porteadores o sorteando el impacto con las terribles cargas. Visitamos la zona de alimentación, la de fabricación de gigantescos quesos caseros-al etíope no le gusta el industrial-pasamos por la del metal o la ropa. Había compradores para todos.

Abundaban los puestecillos de dos por dos atiborrados de género, lo que obligaba a la vendedora a emplazarse en la calle o en un minúsculo espacio entre los sacos o las cajas; otros, comerciaban con una sábana o un tejido donde desparramaban unos ajos o unas cebollas, unas patatas o piezas inservibles o repuestos en desuso para nosotros. Las vendedoras llevaban mal que las fotografiaran. Tampoco los hombres, que a veces reaccionaban de forma furibunda. Los niños buscaban más el objetivo y siempre había alguien que pidiera algo a cambio de un posado o, directamente, limosna.

El mercado mezclaba aromas con colores, los vistosos ropajes de algunas mujeres con la viveza de los sacos de especias, el movimiento continuo con la lentitud en cerrar una transacción, gente ajetreada con mirones pasivos, rótulos que quizá brillaban en la noche con sencillos mensajes en amariña.

En tiempos del último emperador, en las vísperas de las fiestas nacionales, el cumpleaños del Emperador, el aniversario de su coronación o la vuelta del exilio-cuenta el taleguero del tesorero imperial a Kapuscinski-, “nuestro longevo Soberano se dirigía al barrio más poblado y bullicioso de Adís Abeba, llamado Mercato, donde yo depositaba sobre un estrado especialmente levantado para la ocasión aquel saco, difícil de llevar y que despedía un sonido metálico y de donde el más Bondadoso Señor sacaba la calderilla a puñados y la arrojaba sobre una muchedumbre de mendigos y demás populacho ávido”.


Otra escena que intento recrear con la mente a la vista de ese espacio enorme y lleno de gente. Veo levantarse a todas esas personas en aquel momento pasivas y arrojarse hacia el dinero, cómo la masa se encrespa para poder coger unas monedas. Para nosotros la escena es tercermundista pero para quienes eran tremendamente pobres era una forma de salir de esa pobreza por unos instantes.

Una curiosidad: la iglesia de San Rafael, una de las cinco catedrales ortodoxas, y la gran mezquita de Anuar estaban muy cerca una de otra, lo que reflejaba la buena convivencia entre credos.

Al terminar, comimos en el restaurante Lucy, junto al anterior museo. Estaba bien montado, con gusto, era acogedor y ofrecía buena comida. Allí descubrimos por primera vez la enjera.


El último emperador y el Etnográfico.

Después de la comida nos dirigimos al museo Etnográfico, ubicado en el antiguo palacio Guenete Leul o Paraíso de los Príncipes (también denominado palacio Nuevo) que mandó construir en 1930 el último emperador, Haile Selassie, como casa de huéspedes. El primero en ocuparlo fue el príncipe de Suecia Gustavo Adolfo.

Atravesamos una soberbia puerta de piedra y el vehículo se movió por los hermosos jardines hasta la entrada del edificio que formaba parte de la universidad. Durante muchos años constituyó la residencia del emperador hasta que se produjo el intento de golpe de estado de 1960. La guardia personal del emperador, los golpistas, condujo a los principales miembros de la corte al Salón Verde y en él se perpetró una masacre que produjo un inmediato rechazo al emperador que, pocos meses después, lo donó a la universidad y se trasladó al palacio del Jubileo, actual sede del presidente de la República. Años después, pasó a denominarse edifico de Ras Makonen, el nombre del padre del emperador y primer propietario del terreno.

Transitando por las salas del antiguo palacio del último emperador, Pablo recuerdó las anécdotas que Kapuscinski reflejaba en su libro y la tropa de peculiares funcionarios que acompañaban a su corte. Sentía la presencia del emperador moviéndose por las salas acompañado de sus fieles sirvientes, como el que portaba el cojín del emperador. O aquel cuya función consistía en “ir de un dignatario a otro limpiándoles los orines de los zapatos” que dejaba el pequeño perro de raza japonesa que saltaba de sus rodillas con toda libertad durante las recepciones y al que se le permitía transitar y mearse en los zapatos de los dignatarios que no podían mostrar su disgusto al estar prohibido. O el ministro de la Pluma, que acompañaba en todo momento al emperador y recogía las palabras del Venerable Señor, ya que el emperador no escribía nada ni firmaba nunca de su puño y letra. Sus órdenes y disposiciones, no siempre claras, quedaban reflejadas por este ministro, la persona de más confianza del emperador y un personaje con un enorme poder. Pero su labor, como la de muchos otros, no era sencilla: “si la decisión tomada por el emperador deslumbraba a todo el mundo por acertada y sabia, era una prueba más de la infalibilidad del Elegido de Dios. En cambio, si un murmullo de descontento se dejaba oír en el aire y de diversos rincones llegaba a los oídos del emperador, el Honorable Señor podía achacarlo todo a la estupidez del ministro.” Quizá el insigne escritor polaco exageró en lo que escribía y quiso denunciar con ello lo que pasaba en aquella época en su propio país.

Recuerdo la descripción de la rutina diaria del emperador, que empezaba con su paseo matinal por el parque y con la hora dedicada a escuchar las denuncias que le formulaban el jefe del servicio de espionaje, el ministro de industria y comercio o el jefe de la policía política del gobierno. “El trabajo al que se dedica esta gente es duro y peligroso-contaba uno de esos funcionarios imperiales-. Viven en permanente estado de miedo pues temen dejar de denunciar algo en un momento dado, lo cual les haría caer en desgracia o que la competencia reúna denuncias mejores y que entonces el Emperador piense: ¿por qué Solomon me ha ofrecido hoy un banquete y Makonen tan sólo me ha traído unas migajas… El aspecto mismo de aquellas personas-continúa-mostraba a las claras bajo qué sensación de permanente amenaza vivían. Faltas de sueño, cansadas, actuaban en un febril estado de tensión continua, buscando víctimas en medio del fuerte olor a odio y terror que las rodeaba por todas partes”. El ritual de la hora de los nombramientos en la sala de audiencias tampoco tenía desperdicio. O la hora de la caja, de diez a once, o la de los ministros, que pululaban constantemente por los pasillos de palacio. De doce a una, la hora del tribunal supremo, para impartir justicia. A la una, el almuerzo le llevaba al palacio de las Ceremonias, su residencia. Tras el intento de golpe de estado de 1960 amplió su horario oficial.

No disponíamos de demasiado tiempo para la visita. El edificio estaba casi vacío. En la gran escalera había una gran foto en blanco y negro que me hizo recordar una expresión de mi madre: “tienes pelos de abisinio”. En la foto aparecían varios soldados que presentaban pelos encrespados de lo más cómico.

En la primera planta se encontraban algunos de los regalos realizados al emperador por parte de dignatarios locales y extranjeros o los entregados por éste en premio a sus súbditos. El más llamativo era un león disecado que solía ser el regalo más importante que entregaba.

Visitamos las estancias del emperador, su dormitorio con la gran cama, el cuarto de baño, un tanto destartalado, y otras habitaciones. Por lo que nos comentaron, el palacio había sufrido diversas modificaciones y adiciones no siempre compatibles con los usos antiguos.

Quizá las salas del palacio y su significado histórico eran más interesantes que las colecciones, que adolecían de los mismos errores que el anterior museo. Allí se exhibían objetos tradicionales, maquetas y reproducciones y, sobre todo, fotografías en blanco y negro de mujeres de las diferentes etnias, con especial énfasis en las menos desarrolladas del sur del país. Era una buena introducción a lo que nos depararía posteriormente el viaje.

Me sorprendió la veneración que los etíopes aún sentían por su último emperador, a quien depusieron del trono por ser un freno a la solución del país. El tiempo sanaba las heridas y dotaba al olvido de un carácter devorador de los malos recuerdos. Los etíopes eran conscientes de que sus emperadores dieron prestigio al país en un continente caracterizado por la tribalidad.

Un pariente mío recordaba una visita de Haile Selassie a España. Lógicamente, yo no recordaba nada de aquel tiempo durante la época de Franco-era muy niño-en que Madrid se engalanaba con las banderas de los dignatarios que nos visitaban. El recordaba el impacto de un personaje peculiar, pintoresco o exótico (su tocado con plumas) rodeado de un boato inasumible en un dirigente europeo o americano, pero aceptable en uno que venía de África y cuyo título era el de emperador. Realmente, nos visitaba el dios personificado de los etíopes y un dios siempre iba acompañado de un halo entre místico y sobrenatural.

El último emperador, que murió creyendo que aún lo era del país que le había derrocado, fue un gran viajero, tanto por su país como por todo el mundo. Buscaba fuera el prestigio del que carecía en Etiopía. Era un personaje contradictorio y extraño al que fui conociendo un poco más tras leer El emperador, de Kapuszinski. En él recoge los testimonios de quienes le sirvieron y formaron parte de una pintoresca corte anclada en el pasado y en un ritual que por momentos era surrealista, como el privilegio que suponía un número mayor o menor de accesos a su persona. Esos testimonios denotan el inmenso respeto que despertaba en ellos, que lo consideraban un ser mitológico. Para nosotros puede resultar ridículo o un personaje totalitario pero hay que ponerlo en contexto con el país en aquellos tiempos. Un dato que resulta significativo es que fueron encarcelando al gobierno, a los nobles, a los que pululaban en torno al emperador pero a éste lo dejaron para el final, lo confinaron y no lo juzgaron por la corrupción, por la arbitrariedad que dimanara de su persona. Era como si consideraran que haberlo juzgado y condenado hubiera podido poner en peligro la revolución iniciada, como si aún le quedara un último servicio desde esa posición a la que se le marginaba.

Pero más me sorprendió que en los dos museos visitados apareciera la figura del intrigante Menguistu Haile Marian, cabeza del DERG y responsable de la limpieza de cientos de miles de opositores en la denominada época del terror rojo, entre 1978 y 1979. Al final, tuvo que ser depuesto y el 28 de mayo, día de la huida de este personaje, se declaró fiesta nacional, según la guía.

De la euforia por la revolución se pasó a una época oscura que Kapuscinski denomina la locura de las fetashas, término que en amara significa registro. La amenaza era constante y constantes los registros en las calles, en la carretera, en el hotel o en el trabajo. Una y otra vez se veían sometidos a ese ritual macabro: “Porque las fetashas no se suman en una única y de-una-vez-para-siempre definitiva purificación, en una declaración de inocencia, en una absolución, sino que cada vez, cada par de metros, cada par de minutos, una y otra vez debemos volver a purificarnos, probar nuestra inocencia y conseguir esa absolución”. Desgraciadamente, como destacaba nuestro guía y el misionero comboniano González Núñez, parece que quien subía al poder mediante las armas solamente era depuesto por estas mismas.


En torno al Palacio Viejo. La colina de Entoto.

En el Palacio Nuevo vivía el emperador, frente al Africa Hall, “pero desempeñaba sus funciones oficiales-destacaba Kapuscinski-en el Palacio Viejo, construido por el emperador Menelik y situado en la colina que se alzaba justo al lado. Nuestro Ministerio-el de la Pluma-tenía su sede precisamente en el Palacio Viejo, que asimismo albergaba la mayoría de las instituciones imperiales, porque Haile Selassie quería tenerlo todo a mano”. El palacio Imperial o palacio de Menelik, que eran sus otras denominaciones, se encontraba en una colina y había sido inicialmente construido para la emperatriz Taitu, que tenía por costumbre acercarse a tomar las aguas medicinales del cercano Filwoha. Cuando Menelik II decidió trasladar la capital a Adís Abeba, lo reconstruyó y engrandeció. A la caída del último emperador, el DERG lo convirtió en sede del gobierno y en sus bodegas se hacinaron los presos políticos. Menguistu lo convirtió en su residencia y, con el tiempo, pasó a ser la residencia del primer ministro, uso que retiene actualmente. Por supuesto, era inaccesible para los turistas. Lo más cerca que podían estar era al realizar las visitas de Bete Maryam, la iglesia de la Virgen María, o del mausoleo de Menelik II. Llamaba la atención que hubiera una prohibición de hacer fotos en el entorno de estos dos monumentos. La razón era esa cercanía a la sede del primer ministro.

Nuevamente, las palabras del escritor polaco nos trasladaban a aquellas escenas que se producían durante el reinado del último emperador: “Ante la puerta de entrada lo esperaba ya una multitud de súbditos que intentaban entregarle sus peticiones”. Al tener que mantenerse inclinados los súbditos ante el paso del vehículo del emperador, eran los miembros de su guardia los encargados de recoger esas peticiones del pueblo llano. Frente al palacio, la gente más cercana al mandatario buscaba una simple mirada para ser identificado y obtener un cargo. Había que imaginarse esa escena con centenares de pedigüeños del círculo más cercano al emperador.

Un taxi nos llevó hasta una de las puertas cercanas a Bete Maryam. Estaba en una zona de un amplio parque, la colina de Entoto, que era aprovechado por los lugareños para pasear bajo los eucaliptos. Fue edificada tras el matrimonio de Menelik con Taitu y aquí tuvo lugar la ceremonia de coronación de Menelik II en 1894. Entramos en el recinto y contemplamos la iglesia octogonal. Estaba cerrada y no pudimos acceder a su interior ni a su aconsejable museo, donde se guardaba la corona de Menelik y la medalla de oro olímpico del atleta y héroe nacional Haile Gebre Selassie. Sí que aprovechamos para rodear completamente el templo y observar a los feligreses con sus vestidos blancos pasando de forma intrascendente la mañana del domingo.

Buscamos la salida para subir por una cuesta a la sombra de altos árboles y bajo la atenta mirada de un soldado en una garita, que nos advirtió para no realizar fotos en el lugar. El mausoleo de Menelik II, el fundador de la capital, también conocido como Taeka Negest o lugar de descanso de los reyes, fue construido a instancias de la emperatriz Zewditu en 1911. Era también octogonal, seguía el estilo neoclásico, estaba cubierto por una vistosa cúpula rematada por una corona y su parte subterránea se había convertido en el panteón o mausoleo imperial que albergaba los restos de varios miembros de la familia real, como Menelik II, su esposa, Taitu, su hija, la emperatriz Zewditu, o la hija de Haile Selassie, la princesa Tsehai. Tampoco pudimos acceder a su interior.

Otra iglesia interesante era Bete Giorgis, San Jorge, construida por Menelik en el año 1896 en conmemoración de la victoria de Adua sobre los italianos. Estaba cerca de Piazza o Arada, el centro de la ciudad. En la plaza contigua, estaba la estatua ecuestre del emperador, que daba nombre a la plaza. El interior reflejaba en sus murales, pintados por el prestigioso artista etíope Afewerke Tekle, detalles de aquella gran victoria sobre los invasores coloniales. No eran los originales ya que durante la dominación italiana la iglesia ardió y fue restaurada en 1942. En ella fueron coronados la emperatriz Zewditu, en 1917, y Haile Selassie, en 1930, quien siguió acudiendo a la iglesia en el aniversario de tal coronación.

Menelik trató de atraerse a las diversas potencias extranjeras, entre ellas Gran Bretaña, Francia o Italia. Con ésta firmó el tratado de perpetua paz y amistad de Uchale en 1889. El tratado se firmó en italiano y en amariña. El problema surgió con el artículo 17, que difería en una palabra trascendental. “Mientras la versión amhárica-escribió González Núñez-decía que Etiopía “podía” usar los servicios del gobierno italiano para comunicarse con otros gobiernos europeos, el texto italiano afirmaba que Etiopía “debía” usar esos servicios”. Ello implicaba que Etiopía se convertía en un protectorado, presentándose así ante los otros países europeos. Al detectar el engaño, denunciaron el tratado, lo que abrió la puerta al conflicto. Italia ya había ocupado Eritrea y se proponía seguir hacia el sur. En Adua se enfrentaron los ejércitos el 1 de marzo de 1896. Los italianos fueron barridos. Reconocieron la soberanía etíope pero retuvieron Eritrea. En 1936 consiguieron ocupar el país y se mantuvieron en él hasta 1941. Mientras se negociaba la liberación de los soldados capturados, éstos contribuyeron en la construcción.

La Iglesia, probablemente la más grande que visitamos en la capital, era octogonal y de estilo neoclásico. El lugar estaba especialmente concurrido ya que llegamos unos minutos antes de que concluyera una de las ceremonias que se celebraban con motivo de la época de ayuno. En el patio que rodeaba la Iglesia rezaban los feligreses. El interior estaba abarrotado. Nos descalzamos y entramos con la sensación de que íbamos a durar muy poco, hasta que nos invitaran a abandonarlo por interrumpir el desarrollo de la ceremonia. Lejos de ello, nos dejaron meternos por todas partes y no hubo ningún inconveniente para realizar fotografías y algún pequeño vídeo.

La ceremonia fue una experiencia impresionante.

No pudimos visitar otra de las cinco catedrales ortodoxas (las otras eran san Jorge, san Manuel, san Rafael y la del Salvador en Bole), la de la Santísima Trinidad, frente al Parlamento. Nos conformamos con su visión desde fuera. Se construyó con motivo de la liberación de los italianos en 1941. Por ello, se convirtió en lugar de enterramiento de los patriotas que lucharon contra los fascistas. También de los soldados británicos que ayudaron en la liberación, o los primeros represaliados por el DERG. Pero el más ilustre de los enterrados era, sin duda, Haile Selassie, al que acompañaba su esposa Menen. Cuando fue asesinado por el DERG fue enterrado secretamente y de forma ignominiosa bajo el excusado del dictador.


La noche en Adis.

El viajero se pregunta cuál es el ambiente de la noche de la ciudad que visita. La respuesta la encuentra en el barrio de Bole, cerca de los hoteles en que se ha alojado.

Fue en el entorno de los hoteles Caravan y Sunland donde se acumulaba la vida nocturna de Adís Abeba. La primera noche estaba tan cansado que ni siquiera bajé a cenar a la cafetería del hotel. Algunos compañeros se decidieron y encontraron una buena oferta de restaurantes en los alrededores, alguna pizzería agradable y un restaurante francés, La Mandoline, con buena cocina a un precio similar al de nuestro país. En Etiopía los lujos occidentales se pagaban caros.

Namibia Street era uno de sus ejes. Al regreso de nuestro periplo por el norte, una parte del grupo buscamos un restaurante. En una de las bocacalles había un italiano muy bien montado pero todo estaba reservado. En otras bocacalles surgieron otras opciones, algunas donde acudía sólo gente local. Todos estaban bien. Al final, en la propia avenida principal nos sentamos en un agradable restaurante abierto a la calle con una pequeña plaza interior que compartía con una galería y una joyería. La mesa más cercana estaba ocupada por un grupo etíope de mediana edad que se quedó asombrado por nuestra animada charla y por nuestras voces algo elevadas a las que no estaban acostumbrados.

No teníamos demasiado apetito por lo que pedimos unas pizzas, muy bien preparadas, y una botella de vino etíope que era parecido a un vino joven, un beaujolais, agradable aunque no demasiado convincente. Había que llevar cuidado con el picante porque el aperitivo que nos ofrecieron llevaba un jalapeño extraordinariamente picante. No llevé demasiado cuidado, lo probé y la lengua y los labios se me quedaron adormecidos.

El ambiente nocturno del sábado se prolongaba hasta muy tarde. Parece que también el viernes, ya que hubo más de un compañero que comentó el sábado por la mañana que la música se prolongaba hasta altas horas. Curiosamente, lo comprobamos cuando nos recogieron a las 5.30 para llevarnos al aeropuerto y atravesamos la zona de discotecas, bares de copas y locales de diversión.

En la puerta de los locales había muchas mujeres jóvenes de “aspecto guerrero”, lo que nos hizo pensar que hubiera prostitución. País pobre y mujeres jóvenes y guapas es el caldo de cultivo para ello.