Entre mineros y moriscos: El valle del Almanzora (con las sierras de los Filabres y de la Estancia)

Carlos Díaz Marquina

 

Las nubes han pactado con un jardín

que parece haber tomado parte en la alianza con Ismael.

(Al-Ramadi).

 

Era finales de noviembre pero el tiempo parecía no querer atestiguarlo. El sol dorado era intenso y labraba los campos con un color terso. El cielo estaba despejado y lucía un azul que hubiera deseado cualquier paisajista antes de sentarse a realizar su trabajo frente al lienzo. Esa combinación de luz y color podría enamorar a cualquiera. Me elevó la moral inmediatamente.

El valle era accesible desde Baza o desde Huércal-Overa por la A-334. Yo había elegido la segunda opción, quizá con la intención de considerar la primera en un segundo desplazamiento a mediados de diciembre. Esperaba tiempo de otoño, de mi idea del otoño, claro: gris, melancólico, de cielo un poco huraño, con frío, un tiempo insensible a mi presencia efímera.

El valle era amplio y las montañas no habían querido comprimir los campos. Habían prestado sus faldas a los pueblos de una estupenda blancura para que se escalonaran con esfuerzos geométricos. Como piezas cúbicas se amoldaban al espacio, eso sí, apretados y con calles estrechas. Desde luego, no porque no se pudieran extender sin problemas, sino por la herencia defensiva de otros tiempos.

El río Almanzora, que daba nombre al valle, era el elemento vertebrador. Estaba completamente seco. La sequía se había cebado con su cauce. En perpendicular lo atravesaban las ramblas, también sin restos de agua, una carencia que marcaba la vida de toda la zona, de la provincia y de parte de Andalucía. Pero el terreno era fértil y desde antiguo se habían aposentado en él todos los pueblos que habían participado en la historia de España. Quizá la huella que había quedado como identidad era la de aquella al-Ándalus árabe y musulmana, de los Nazaríes y los moriscos. Se habían marchado pero su espíritu aún permanecía. Su forma de pensar, de vivir o de entender el futuro era tributaria de aquellos siglos.

Después de atravesar un pequeño tramo de carretera de doble sentido con naranjos bien cargados de frutos, la autovía se prolongaba hasta Cosentino, la inmensa planta de producción de piedra, la empresa más grande y de mayor influencia de la zona. Macael era famosa por sus canteras de mármol blanco. Aunque la carretera volvía a reducirse a un carril por sentido, con bastante tráfico, ya que los lugareños la utilizaban como una calle más, estaba bien trazada y asfaltada. Los pueblos se iban sucediendo y me llamó la atención la cantidad de pequeñas industrias, de naves, de polígonos. Me había hecho a la idea de que aquello era netamente agrícola.

La zona que más veces atravesé fue la comprendida entre Fines y Armuña, de unos 15 kilómetros, que recorrí cinco veces en cada una de mis incursiones. En Fines di clase, frente al ayuntamiento. En Armuña estaba mi hotel, el Oasis o Valle de Almanzora. Olula del Río, Purchena, Sierro y Suflí jalonaban ese trayecto. Hacia las montañas, a ambos lados, otros pueblecitos anunciados en los indicadores de la carretera.

El tercer elemento que discurría paralelo a la carretera y el río era la antigua línea férrea minera ya desmantelada y convertida en vía verde para senderistas, caminantes, ciclistas y curiosos. Aún permanecían las antiguas estaciones, los muelles de carga y aquel pasado que fue de prosperidad hasta que en la década de 1960 echó el cierre y terminó una época. Fue trazada entre 1887 y 1894 y unía Guadix, Almendricos, Baza, Lorca y Águilas. Para poder conocerla había que poner pie en tierra y buscar esos vestigios. Si, como yo, esperaba encontrarlos por casualidad, el resultado era negativo. Era un consejo de los diferentes folletos.

No había hecho bien los deberes y había achacado mi falta de información a la falta de disponibilidad. En Internet no estaba muy asequible y en las guías que había consultado el valle no existía. Era como si lo quisieran mantener en secreto o sólo para iniciados. Pero Reme y Carmen, dos de de mis alumnas, se encargaron de sacarme del error y me proveyeron con mapas y folletos fiables. Eso sí, en inglés. Los desplegaron y el resto de sus compañeros se animaron a señalarme lugares de interés. Para Antonio, Chercos, por la A-349. Me mostró unas fotos de Internet que me pusieron los dientes largos. Para otros, la zona del mármol y otros destinos que memorizaba sobre la marcha.

En lo que coincidían todos, junto con David, el jefe de curso, era en la visita de Las Menas, el antiguo poblado minero en dirección sur y hacia las montañas. Se podía completar el recorrido con el observatorio de Calar Alto, hacia Gérgal, pero si no había concertado antes una visita sólo lo contemplaría por fuera. Como no tenía clase el viernes por la mañana hacia allí me propuse ir.

No me hacía demasiada idea de las características de la carretera y de los kilómetros que implicaba. Como en otras ocasiones, preparé un recorrido elástico que podía alargar o comprimir. Tomé la carretera paralela al río Almanzora, con su cauce seco, pasaron pueblos, casas y pedanías, por supuesto de color blanco, y tomé un desvío. 

El primer pueblo que llamó mi atención fue Serón. Nació en el siglo XIII como plaza defensiva de los Nazaríes para controlar el valle del Almanzora. Mi impresión es que también controlaba el paso por la Sierra de los Filabres, que actualmente era la carretera hacia Gérgal y Almería. El castillo dominaba una colina y sobre él asomaba una torre reciente, del siglo XX, que contenía en su seno el mecanismo de un reloj y que parecía querer cambiar la naturaleza del lugar, de militar a religiosa, de musulmana a cristiana.

El pueblo se desplegaba por las laderas de un montículo. Era compacto, blanco, geométrico y sólido. En otro extremo, sobresalía la iglesia de la Anunciación, entre mudéjar y cristiana. El conjunto era fotogénico y fui buscando la perspectiva más completa, el punto desde el que pudiera fotografiarlo. Pero, para eso, necesitaba encontrar un lugar donde parar el coche, lo que no era empresa fácil. Cuando lo conseguí, el pueblo se me había venido encima. Como no me conformaba con ello, no lo perdí de vista, incluso controlándolo por los retrovisores. Una carreterilla, que marcaba la entrada oeste del pueblo, estrecha y que quería atar otra loma, me dio una nueva oportunidad y en una pequeña explanada aparqué y me bajé del coche. El premio era Serón a mis pies, alargado, enclavado en un precioso entorno que me permitió comprender la ubicación elegida por sus fundadores.

El valle, limitado por la otra línea de montaña (la Sierra de la Estancia), la vega agrícola, los pueblos que se incrustaban donde podían, se desplegaba en un ámbito amplio. Era increíble lo desperdigada que estaba la población y qué poblado estaba el valle. En la montaña era otra cosa. En el horizonte se delineaba un extenso parque eólico. Pegaba el viento con fuerza y permanencia.

Esta era zona de buen jamón, buenos embutidos y quesos y, por supuesto, de excelente aceite. Los olivos estaban por todas partes. Lo que no llegué a contemplar fueron vides, que, según leí, estaban entre la Sierra de los Filabres y la de las Estancias.

La carretera subía, serpenteaba y se despoblaba. La vegetación era cambiante. Algunas lomas estaban completamente peladas y expuestas a las inclemencias del tiempo. En otras, los árboles, principalmente pinos, daban verdor. Que aquella era zona de nieve en invierno lo atestiguaban las señales de peligro por hielo y los palos que marcaban la altura de la nieve. El clima ese día era fantástico y no había amenaza alguna de nieve.

Mis referencias sobre el pasado minero de Almería se reducían al vistoso muelle de la capital de la provincia y a Minas de Gádor, que fue cliente del despacho donde trabajé. Por eso me llamó la atención los múltiples simbolillos que en la guía Campsa aparecían ubicando minas en la provincia. En Arboleas querían recuperar la Mina de los Espejuelos, de época romana, como reclamo turístico. En la zona de Cabo de Gata, en Rodalquilar, hubo una mina de oro. Con esos antecedentes la visita a Las Menas ganaba en atractivo. La carretera ya merecía la pena por sí sola.

Sin embargo, la primera impresión fue de desolación. Bajé hacia el camping (que ocupaba el lugar del antiguo hospital, según leí), aparqué en una pequeña explanada junto a un barranco y contemplé unos edificios de piedra sin tejado. Saludé a un empleado que descargaba un vehículo, me ubiqué en el mapa de un panel y me puse a caminar sin una idea preconcebida.

El valle era bonito. El destrozo ecológico que suele acompañar una explotación minera no se apreciaba demasiado. Había zonas de tierras removidas, algunos agujeros en la montaña, como bocas hambrientas. También pequeñas extensiones de bosque. Diseminadas por una extensión bastante grande había antiguas dependencias, antiguos edificios, todos ellos sin tejado y en estado ruinoso. El abandono parecía vencer a la conservación. El cierre en 1968 trajo el expolio de lo que no se pudo o no se quiso desmantelar.

Unos metros más allá encontré dos largos edificios: las antiguas viviendas de los obreros (los solteros ocupaban el pabellón de Santa Bárbara) reconvertidas en apartamentos turísticos. Eran de piedra y bien conservados. Los obreros debieron disfrutar de un nivel de vida envidiable para la España de la posguerra.

Fue la compañía belga Mines et Chemins de Fer Bacares-Almería et Extensions la que construyó el poblado a finales del XIX. Otra de las compañías que explotó los ricos yacimientos de hierro fue la británica The Bacares Iron Ore Mines Limited. La holandesa W. H. Müller y cía se fusionó en 1925 con la belga y formaron la Sociedad Minera Cabraga San Miguel.

En 1860, al inicio de aquella aventura, la explotación era aún con pico y pala, mulas para transportar el mineral y unas condiciones duras. En 1918 y 1919 hubo dos huelgas que obtuvieron la jornada de 8 horas pero que terminaron con el Sindicato Minero, las listas negras y la expulsión de los mineros que más se habían significado. Después se impuso la maquinaria y los vagones diésel y los avances técnicos mejoraron la vida del minero. Hubo que esperar a las décadas de 1940 y 1950 para que se introdujera el agua corriente fría y caliente, el suministro de luz eléctrica o la entrega de leña, comodidades de las que no gozaban los vecinos de los pueblos cercanos. 

Las compañías mineras extranjeras se preocuparon de que el poblado fuera un lugar con cierta prosperidad y bienestar. Abrieron una escuela donde podían estudiar los niños, construyeron un cine-teatro donde se proyectaban películas o se interpretaban obras de teatro, había baile los sábados, jugaban al fútbol, se celebraba por todo lo alto la festividad de Santa Bárbara, construyeron una plaza de toros, un casino para los gerifaltes y un casinillo para los obreros, disfrutaban de biblioteca, hospital y un economato que impedía que los proveedores se aprovecharan y elevaran los precios. Buscaron, en la medida de sus posibilidades, la felicidad de los trabajadores.

El director, que de hecho era la máxima autoridad incluso por encima del alcalde pedáneo, y los otros directivos de la empresa, muchos de ellos extranjeros procedentes de Inglaterra, Holanda, Bélgica o Francia, gozaban de mayores comodidades. Sus edificios eran como grandes chalés británicos que paliaban el aislamiento y las inclemencias del tiempo. Estaba a unos 1500 metros sobre el nivel del mar. Supongo que era un destino hacia un posterior gran salto en la empresa. Vivían como en otro mundo respecto de los mineros.

La importancia del poblado, que llegó a contar con más de dos mil personas y un cuartel de la guardia civil con ocho guardias, quedaba patente en ese despliegue de medios, en la casa del médico, que daba servicio permanente a aquellas gentes, o la del delineante, un profesional importante para el diseño de las galerías, o las huertas que ahora eran un jardín botánico. Los colores del otoño y el buen tiempo me elevaron el ánimo en ese recorrido.

El centro de interpretación, dependiente de la Junta de Andalucía, estaba cerrado. Dos operarios realizaban reparaciones. Me acerqué al monumento al minero y al sendero donde antes hubo unos rieles para bajar el mineral, el plano inclinado. No encontré los antiguos cables aéreos, otro de los orgullos de la explotación.

En el bar del camping tomé un café en compañía de uno de los encargados.  Charlé poco con él porque tuvo que solucionar unos temas con los operarios. Me había facilitado unos folletos, me aconsejó bajar por la carretera antigua, seguir el sendero hasta la iglesia de Santa Bárbara, muy nórdica, y caminar por aquellos lugares que ofrecían sorpresas y bellos paisajes.

La carretera antigua era estrecha y plagada de curvas pero indudablemente era un acierto seguirla y parar de vez en cuando para dejarse captar por el lugar. Algún alojamiento rural había por allí en el que no me hubiera importado quedarme.

Mi amigo Fernando, almeriense de adopción y buen conocedor de la provincia, me aconsejó un ejercicio: cerrar los ojos, trasladarme hasta este lugar y volver a abrirlos. ¿Creería que me encontraba en Almería?

Realmente, era un buen ejercicio de abstracción. Me olvidaba de los kilómetros conducidos, reseteaba la mente para que funcionara de una manera pura y sin apriorismos, sin ideas preconcebidas que mediatizaran la percepción y dejaba que entraran aquellos paisajes en mi mente. Complicado, pero enormemente útil. Un auténtico reto. Y, efectivamente, parecía estar en otro mundo que no coincidiera con un lugar de Almería.

Abrí los ojos de forma ostensible para absorber las imágenes que se iban sucediendo en el camino. Como indicaba un folleto, esta vertiente norte era de orogenia alpina, de montaña cercana a los 2000 metros con bosques de pinos carrascos o encinas (algunas centenarias como la de La Peana), matorral de tomillo, romero o retama. Este matorral era el responsable de la magnífica calidad de la miel de la zona. Los chopos, serbales, nogueras y cerezos eran mucho más escasos. Por debajo de esa naturaleza se escondían ciervos, cabras montesas, jabalíes, zorros, liebres, conejos, culebras bastardas y de herradura, lagartijas ibéricas y colirrojas y lagartos ocelados (todo ello lo copio del folleto que me entregaron). Por el cielo, águilas reales, grajos, urracas, gorriones o perdices. Toda una riqueza de flora y fauna.

La zona estuvo poblada desde antiguo. Leí que había restos prehistóricos en Tahal y Senés, las Piedras Labrás de Chercos contaban con unos 4000 años, en Albánchez había un acueducto romano y en Tíjola restos de villas romanas.

Durante siete siglos la zona fue musulmana. Pero en 1489 pasó a manos de los Reyes Católicos. En 1492, Gérgal y Bacares cambiaron de señor: Alonso de Cárdenas y Osorio, comendador mayor de León. Aunque Gutierre de Cárdenas gobernó este territorio hasta su muerte en 1503 con comprensión y tendiendo la mano a sus nuevos súbditos, la convivencia entre musulmanes y cristianos se fue deteriorando hasta producirse la rebelión de las Alpujarras. Durante la misma, Aben Humeya fue especialmente cruel con los conversos, que habían abrazado la nueva fe en parte por el buen comportamiento de Gutierre de Cárdenas. Al ejecutarse la orden de expulsión de los moriscos en tiempos de Felipe III, la zona quedó despoblada y se repobló con familias de Vizcaya y Valencia. Los vizcaínos trajeron la afición a la pelota vasca, que aún perduraba en aquella comarca. Una parte de su pasado ardió y se esfumó al convertirse en cenizas los archivos municipales en la Guerra Civil. 

Después de muchas curvas y revueltas, de disfrutar desde el vehículo de un paisaje hermoso paré cerca de Bacares y contemplé la población desde lo alto. Se encontraba al fondo de un valle, en la confluencia de tres ríos, en una hondonada fértil. De vida tranquila y sencilla, era un lugar aislado donde era posible la felicidad. Sobresalía la torre de la iglesia. Afinando la vista observé los restos del castillo, que también databan del siglo XIII, como los de Serón. Era un pueblo blanco con tiestos de flores y parras, calles estrechas y mucho encanto. Su origen era fenicio o tartesso, según parece deducirse de la importancia de las minas de la zona. Habían localizado restos de fundiciones a campo abierto, propias de los fenicios. Lo que más me llamó la atención fue que las montañas estaban completamente abancaladas y cubiertas de árboles, olivos o almendros.

Me habían hablado de cierta cueva pero no apunté su nombre. Tampoco encontré ningún cartel que me orientara o informara. En la página del ayuntamiento localicé que había varias cuevas y simas interesantes. La más larga de la provincia recibía ese nombre, Cueva Larga o del Periodo. No tuve ocasión de visitar ninguna de ellas.

Sobre la población aparecía La Tetica, una montaña a más de 2000 metros desde la que, en los días claros, se podía ver África. En lo alto habían instalado una estación de radio que había sustituido al enlace geodésico y astronómico entre España y Argelia de hace más de un siglo.

Continué hasta Bayarque, población fundada en 1572, tras la Reconquista y las revueltas moriscas. Fue adjudicada al marqués de Villena. Estaba dividida en dos barrios, el de la Ermita y el del Pueblo, separados por la rambla. Cómo no, sobresalía el campanario del templo parroquial dedicado a la Virgen del Rosario, del siglo XVI. También lo contemplé desde la carretera, algo más cercano que el anterior.

Aquí hubo una pequeña mina de mercurio de gestión familiar que estuvo activa entre 1943 y 1945 y en un segundo periodo entre 1968 y 1972. Como en toda la comarca, el cierre de las minas trajo en los años 60 una fuerte emigración que disminuyó considerablemente la población de todo el valle y la sierra. Como escribiera Abu Tammam, muchos siglos antes:

Los días de emigración se sucedieron con tristeza

como si de años se tratara.

Después pasaron aquellos años y sus gentes

como si de sueños se tratara.

 

Terminé mi recorrido en la balsa de Cela. Buscaba los restos de villas romanas pero la señalización era tremendamente mala y no tuve ocasión de localizarlas. Con un poco de intuición, seguí las indicaciones hasta alcanzar este lugar que estaba rodeado de restaurantes, varios de ellos cerrados. Me senté en una pizzería con una terraza orientada a la balsa y tomé una caña con una tapa de  pulpo de buen sabor aunque un poco duro. Las tapas eran uno de los rituales más arraigados de la provincia y, sin duda, de mayor aceptación.

Hacía sol, cantaban los pájaros y sus trinos se mezclaban con las palabras en inglés. Todos los que estaban en las fuentes eran extranjeros, menos algún español despistado. Incluso, varios ingleses se bañaban desenfadadamente. Por lo que me comentaron mis alumnos, había pueblos habitados exclusivamente por ingleses, que se habían instalado atraídos por el sol y las buenas condiciones de vida. Seguían manteniendo su estilo de vida alejado del de los pobladores tradicionales del valle pero se habían adaptado sin ningún problema.

El otoño se apagaba y se acercaba el solsticio. El cielo estaba cubierto y una lluvia fina chocaba contra el parabrisas. Una mañana tristona. Puse música y dejé pasar los kilómetros.

Esta vez había tomado la carretera de Andalucía para entrar por Baza y cambiar de planteamiento del viaje. Al pasar Despeñaperros fue aclarando el cielo. Me gustaban los desfiladeros de Andalucía. El navegador me desvío por un atajo hacia Guadix. La carretera no era mala, con poco tráfico. A esas alturas mi espalda se iba resintiendo. En Alcóntar nacía el río Almanzora: había entrado en el valle.

Antonio, el de Chercos, comentaba que la ausencia de lluvias había impedido sembrar el cereal en la zona más amplia y llana del valle, la de la provincia de Granada. Por eso me extrañaba que los campos estuvieran arados y no hubiera signos de cultivo, como si se hubiera decidido dejarlos en barbecho. Por supuesto, el río y las ramblas seguían secos aunque al haber descendido la intensidad del sol el matorral lucía un verde más oscuro.

Esta vez me fijé más en las antiguas estaciones del tren, muchas de ellas abandonadas y de muros decrépitos y en la zona de las vías reconvertida en senda verde.

Me gustó la visión de Serón desde la carretera principal. Me propuse regresar por la zona y explorar las calles sobre el cerro y los alrededores.

Días antes anoté un hermoso poema zen que me recordó esta zona:

Los árboles meditan en invierno.

Gracias a ello, florecen en primavera

dan sombra y frutos en verano,

Y se despojan de lo superfluo en el otoño.

 

En una zona agrícola, los árboles eran el termómetro que marcaba las estaciones con sus cambios. En otoño, se volvían más puros al despojarse de lo superfluo. Pero también estaban cargados de frutos, como los naranjos. O conservaban la mayor parte de sus hojas perennes. Con esos ojos contemplé los campos, con la velocidad del coche y desde la perspectiva de quien quería llegar. Disfruté de la escasa nieve en lo alto de las montañas, de los colores frágiles, de los días cada vez más cortos y del sol que cada vez se hacía más de rogar.

Me sentí como el viajero marcado por el destino, que se mueve impulsado por otros, según sus designios, los designios del trabajador que se desplaza a donde está el lugar donde realizar sus funciones.

Al llegar al hotel me asusté. Noté que me afectaba una terrible afonía. Teniendo en cuenta que tendría que dar diez horas de clase, temí que tuviera que suspenderlas. Al salir de casa no arrastraba ese problema, aunque sí un catarro que me había dejado una tos incómoda. Mis alumnos lo achacaron al polvo de mármol en suspensión y me aconsejaron hidratarme abundantemente para combatirlo. El remedio fue bastante eficaz.

Fines continuaba igual de tranquilo. Aparqué a unos metros de la plaza donde se ubicaba el ayuntamiento y la iglesia, que había sido adornada con unos árboles navideños. En esa ocasión, todos los pueblos se habían engalanado para las fiestas de Navidad.

Al entrar en la biblioteca noté cómo el frío se había acastillado en la sala. Lo expulsamos a base de aire acondicionado invertido. Antes de que nos diéramos cuenta la noche se había afianzado.

El valle del Almanzora estaba formado por veintidós pueblos de escasa población-muchos de ellos con menos de 500 habitantes-. La solución para ellos fue la creación de una mancomunidad que los agrupaba y ordenaba sus servicios.

Cuando les planteé que quizá deberían formar un solo municipio, desaprobaron mi opinión. Si se hiciera, muchos de estos pueblos desaparecerían. Habría uno preponderante que acapararía todo y dejaría morir al resto. Algo muy español: barrer para casa. El español es tanto más nacionalista o localista cuanto más pequeño es el ámbito. La lucha entre pueblos es más encarnizada que entre provincias o entre comunidades. Si el alcalde fuera de un determinado pueblo engrandecería al mismo pero dejaría a sus suerte al resto.

Algunos alcaldes habían consagrado sus fuerzas por sus localidades. Creo que ninguno cobraba por el cargo, lo que hacía más altruista y entrañable su actuación desinteresada y a favor de la comunidad. Otros, habían dejado pasar el tiempo y no habían movido un dedo, para desesperación de los vecinos. Aquí la iniciativa del ayuntamiento era esencial para algunos servicios, más aún para implantar las reformas y muy importante para iniciativas de ocio. Destacaban que algunos alcaldes y concejales no vivían ni trabajaban en el pueblo donde ejercían, con lo que malamente podrían conocer sus problemas. Otros, al sufrir los mismos baches en la carretera, por poner un ejemplo, tomaban las riendas y se implicaban mucho más.

Me acompañaron estos versos del poema Declinar de las estrellas, de Ibn Hami Al-Andalusi, en la mañana:

Las tinieblas se retiran siguiendo el paso de sus estrellas

pues el ejército de la aurora ya ha entrado en formación contra la noche.

 

Un ejército de luz con nubes hermosas y amenazantes había sustraído el dominio de la noche. Era la primera vez que observaba nubes que amenazaban lluvia. El viento era intenso. En toda la contornada se habían activado los molinos eólicos y los árboles iban perdiendo las hojas que aún conservaban. Los de hoja perenne se balanceaban sin cesar.

La fuerte afonía no remitía, por lo que me acerqué a Armuña en busca de una farmacia. No sabía muy bien qué me encontraría, si el castillo, la iglesia o el mirador que anunciaban en internet.

En el ascenso por una cuesta pronunciada se me ofreció una vista sobre el valle hacia el este, amplio, coronado por nubes grises, en ascenso, con los puntos blancos de las casas. En Armuña se formaba un meandro que tallaba una península y abrazaba el montículo que fue el lugar donde erigieron un castillo. El fenómeno se repetía aguas abajo.

El pueblo lucía galas de navidad. Las funcionarias que limpiaban las calles iban ataviadas con gorros de papá Noel. Un rato después, gozaban de sus bocadillos al sol.

Más abajo, después de la iglesia y el ayuntamiento, cerca de la farmacia, se juntaban a charlar las mujeres de edades variadas a la espera de la furgoneta del pan, que llegó unos minutos después. Acudían con tiempo para poder charlar con las vecinas, no porque se fuera a marchar el panadero sin servirlas. Estas escenas cotidianas eran entrañables.

Pregunté a un lugareño por el castillo y me indicó que era donde estaba el tanatorio y el cementerio y donde hubo una ermita a un santo local que produjo un fenómeno de rayos y truenos. No le entendí muy bien, con lo que me quedé con las ganas de saber la leyenda.

El cerro estaba rodeado por una pasarela: el mirador. Merecía la pena recorrerlo y admirar el paisaje con las altas montañas y la vega. En la vega, cerca del hotel, se extendía un amplio palmeral, con naranjos y olivos en los extremos, como un oasis peculiar. El restaurante del hotel se llamaba Las plataneras y subiendo al pueblo observé el fragmento de una anciana e inmensa platanera. La calle donde en varias ocasiones aparcaba mi coche era una avenida de plataneras robustas que habían quedado despojadas de sus hojas.

La comarca del mármol, el oro blanco, daba trabajo a casi cinco mil personas agrupadas en trescientas empresas.

Desde la carretera se percibía fácilmente: las naves y los talleres dedicados a la piedra eran una constante. Los bloques o las montañitas de fragmentos acaparaban los laterales de la carretera.

La señalización era mejorable. Anunciaba Macael pero luego en la rotonda siguiente desaparecía su referencia. Un consejo: seguir hacia Olula, un pueblo grande y próspero, atravesarlo y, un kilómetro después, estará Macael.

 

 

 

 

Lo primero que encontré fue el Parque Tecnológico de la Piedra. Después, el mortero de mármol más grande del mundo, récord Guiness. Luego, la subida hacia el centro de la localidad. Las calles eran bastante estrechas. Cada vez que se alzaba una ráfaga de viento, cargado con polvo o arena de mármol, al chocar contra la chapa del coche producía un fuerte ruido.

El Centro de Interpretación estaba cerrado. Me imaginé lo peor, pero llamé al teléfono que ofrecía un cartel y me contestó la persona encargada. Estaba realizando una visita guiada y regresaría en unos minutos. Me dio unas breves y precisas instrucciones para visitar algunos de los atractivos del pueblo.

La iglesia era agradable. En el interior guardaba varias tallas interesantes. Lo más reseñable era que los pilares, el fondo del ábside y los marcos y repisas eran de mármol local.

La réplica de la Fuente de los Leones de la Alhambra estaba detrás, en la plaza del ayuntamiento y junto a éste. Estaba reluciente. La original también salió de estas canteras y de estos artesanos, como el mármol de la mezquita de Córdoba o el de El Escorial. Hicieron otra réplica para la reproducción de la Alhambra que se encontraba en Arabia Saudí.

Desde allí me acerqué al río, completamente seco. Tanto, que su cauce se utilizaba como aparcamiento para los que acudían al mercadillo semanal de los viernes. Estaba animado y los productos locales tenían un aspecto magnífico.

Junto al río, exponían varias esculturas de artistas locales que habían tallado el mármol blanco con maestría. De Macael habían salido excelentes escultores que quizá les había faltado algo más de marketing para ocupar el lugar que les correspondía.

Al lado del ayuntamiento, imponente, habían instalado un belén enorme con múltiples escenas. Lo contemplé con interés y encontré en un lado la reproducción de escenas relacionadas con el mármol, más con lo que era hace décadas que con la explotación mecanizada actual.

De regreso, mi sorpresa fue mayúscula. Mi guía en el centro de interpretación era una de mis alumnas en el curso: Carmen. Era entusiasta y trasmitía el amor que sentía por la tradición cantera de su localidad. El museo era interesante y realizar la visita con ella fue todo un lujo.

El museo abrió hace tres años por iniciativa popular. Era entrañable porque las piezas habían sido donadas por los antiguos trabajadores del mármol. Me sorprendió gratamente que acompañaban a las piezas algunos paneles explicativos muy completos, en español e inglés. Un detalle para los visitantes de otros países.

Carmen insistió en empezar ante una fotografía que reproducía una imagen ampliada de 1920. Los canteros vestían como cualquier otro lugareño, llevaban sombreros de paja (nada de casco), ninguno llevaba gafas protectoras (tampoco de sol, pese al reflejo del mármol), con lo que cualquier esquirla les produciría una lesión peligrosa y cubrían sus pies unas alpargatas con la suela hecha de cubiertas de neumático. Hubo un tiempo en que iban con alpargatas de esparto. El mármol las desgastaba rápidamente y podía cortarles las plantas de los pies. Desde luego, las medidas de seguridad eran inexistentes. Aunque trabajaban a cielo abierto las condiciones eran durísimas. Quedaban sometidos a temperaturas desde cero grados, en invierno, a 40 grados en verano. También, a la lluvia o la nieve. El instrumental era rudimentario: mazo y escoplo. Las máquinas fueron muy posteriores.

Los chavales empezaban a los seis u ocho años. Eran los encargados de subir las comidas a las canteras, que estaban a 7 kilómetros de fuerte subida. Tardaban dos horas para cada trayecto. Además del tiempo de espera para que comieran y recogieran y luego entregaran los cestos en cada casa. Había que ganarse un hueco. Poco tiempo quedaba para la escuela. Posteriormente, les iban enseñando las tareas más sencillas. En otra imagen se contemplaba a un grupo de jóvenes. 

En una de las vitrinas, Carmen me mostró algunas piezas de las distintas épocas de la zona, que iban desde la cultura del Argar, los fenicios, los romanos, los visigodos o la época de al-Andalus. Las canteras fueron una gran fuente de riqueza ambicionada por todos los pueblos que ocuparon esta zona.

Otra de las vitrinas exhibía diversos documentos. Uno de ellos fue clave para declarar que las canteras eran comunales, propiedad del pueblo y no de los caciques. Entre 1912 y 1947 tuvo lugar un pleito sobre la propiedad. Al final, la Audiencia Territorial de Granada dio la razón al pueblo, que lo celebró con euforia en las calles. Pero durante aquellos largos años, los caciques impidieron que determinadas cuadrículas se explotaran y no dieron trabajo a los obreros que se posicionaron en su contra. Fueron años de hambre y de emigración. Aquel evento se recordaba con una recreación histórica que en abril había celebrado su segunda edición.

También me mostró los carnets de la mutua que habían formado los trabajadores. Aportaban 10 pesetas de su sueldo. Para muchos fue la forma de sobrevivir en tiempos de enfermedad o accidente. Una baja prolongada hacía peligrar el puesto de trabajo.

El ayuntamiento concedía las licencias de explotación. En la actualidad, los derechos por las licencias suponían el 30% de los ingresos del municipio. En aquella época, los carros que bajaban cargados de piezas eran pesados en la báscula municipal y pagaban según el peso. Ello explicaba que una parte importante del trabajo se realizara en la propia cantera, de donde salía una bañera, una lápida o cualquier otro objeto prácticamente terminado.

En una maqueta se desplegaban todas las canteras. En las fotos del museo se observaba que para extraer el mármol había que eliminar la pizarra, había que buscar la veta y luego cortarla de acuerdo con los dibujos que presentaba. Esto se realizaba en la actualidad de forma mecanizada y científica. Hace décadas era fruto de la intuición o la experiencia. Se buscaba, se limpiaba y escalonaba y se extraía.

La extracción podría ocasionar un auténtico atentado ecológico, por lo que en el Parque Tecnológico habían desarrollado diversas soluciones para que las zonas se regeneraran con piel de coco, con vegetación y flores autóctonas para que el paisaje no fuera víctima de la erosión y la destrucción.

Las canteras también tuvieron un atractivo cinematográfico. En ellas se filmó la película de Ridley Scott, Exudus, que poco tiempo antes habían repuesto en la televisión. Una fotografía mostraba al director de cine con el mortero de mármol que le había regalado el pueblo.

En otro extremo exhibían algunas de las piezas más señeras: dos leones de la Alhambra, un lavabo, una escultura, una cúpula funeraria. Estos oficios se estaban abandonando, como me comentó Carmen, y quizá sería el momento de que la formación se dirigiera a recuperarlos y, sobre todo, a la viabilidad económica de esas actividades, que triunfaban en el mundo. Mármol de Macael se había instalado en el salón presidencial del Kremlin, en el Palacio Real de Madrid, en Burj Al-Arab de Dubai, en la biblioteca pública de Kansas y en una larguísima lista de lugares de todo el mundo. Cosentino, la principal empresa de la zona, se había consolidado en Estados Unidos.

Macael era la única zona de España donde se producía mármol blanco. Su gran competencia era Carrara, en Italia. En otros lugares del mundo, que mostraba un mapa, producían otras variedades de mármol. Quedaban desplegadas en un panel. Cada una tenía algo especial.

Me marché a las canteras. Salí del pueblo y giré a la derecha en dirección a Tabernas, en ascenso. El viento era más evidente. Aparecían naves y talleres, piezas de todas clases, las primeras canteras. A la altura de un huerto solar giré a la derecha. Un pequeño panel indicaba el camino hacia el mirador de las Canteras. Aparqué y lo recorrí. En un momento, escuché una tremenda explosión y un trozo de montaña se desprendió formando una gran masa de polvo. Era una voladura controlada.

Pasé la vista por las canteras. Los camiones aparecían pequeñísimos. Las vetas afloraban entre otros minerales. Era un paisaje descarnado, quizá cruel con la tierra. Se cubrió el cielo de nubes muy negras. El viento las desplazaba. Recordé un poema árabe, Antítesis, de Abu Tammam:

La lluvia diluye el horizonte despejado

dejando tras ella una claridad

que casi se echa a llover de tan bella.

 

El espectáculo era impresionante.

La lluvia, que tan esquiva había sido a lo largo de los días se consagró por la noche.

Milagrosamente, el día amaneció claro, despejadísimo, aunque con frío. Un día delicioso. Desayuné, recogí mi equipaje y me despedí de Eva y del personal del hotel, que me habían tratado como a un miembro de su familia.

El primer objetivo de la mañana fue Suflí y Sierro. El desvío hacia las montañas tomaba un barranco ascendente poblado de pinos que se alternaban con olivos. El sol reflejado en la parte alta de sus copas provocaba un hermoso efecto cromático.

Atravesé Sufli por lo que me pareció ser su calle principal. Era pueblo de cuestas y calles estrechas con encanto, como los demás pueblos asentados en las montañas. Al entrar en la Sierra de los Filabres y abandonar el valle, la población disminuía y se dispersaba. La iglesia, un antiguo lavadero y los restos de un molino conformaban sus lugares a visitar. Me llamó la atención el nombre de una calle, la Mina, con la que asocié el pueblo con la actividad minera, tan habitual en la zona.

El acercamiento desde Suflí a Sierro podía resultar aburrido aunque, de pronto, el valle se estrechaba y trazaba un hermoso barranco. El meandro del río rodeaba al pueblo y le dotaba de un tajo que hacía las funciones de foso defensivo. Al fondo de la carretera aparecía, en lo alto, el castillo. Sierro estaba escalonado. Sus dos puntos de referencia básicos eran la iglesia, a un lado, y el castillo, al otro. El cerro estaba repleto de casas blancas.

Me introduje por el pueblo, un laberinto sin Minotauro de callejuelas en zigzag. Ascendí hasta el castillo, el más privilegiado mirador. Observé la salida del desfiladero y el valle en el horizonte. La iglesia quedaba algo más abajo. El caserío se extendía hacia el otro lado.

Me crucé con un lugareño pero cuando habló (dijo “bueno pueblo”), con una sonrisa que dejaba al descubierto su mala dentadura, me di cuenta de que era extranjero, posiblemente británico. Me pregunté qué le habría traído hasta aquí y qué le habría atraído para quedarse a vivir. Sin duda, la tranquilidad y el sol, que en diciembre tenían una fuerza y una luminosidad que no se conocían en el norte de Europa. Ya hubo viajeros y escritores que quedaron cautivados por la zona, como Gerald Brenan, Chris Steward y otros que alumbraron libros tan entrañables como Al sur de Granada o Entre limones.

Regrese a Suflí y conduje hasta Purchena, la Hisn Burxana andalusí. Antes de llegar al pueblo una carreterilla marcaba la subida al castillo, a las ruinas árabes y a la ermita del Carmen. Pensé que de esta forma me ahorraría otra subida intensa a pie. Sin embargo, desde el parking, aun quedaba una buena subida. En lo alto, el Sagrado Corazón de Jesús.

El pueblo estaba a mis pies, con la iglesia en primer plano y con la vega desplegada hasta el horizonte.

Los cerros que se asomaban al valle estuvieron ocupados por castillos y atalayas que conformaban un completo sistema defensivo. Aunque la alcazaba de Purchena era del siglo X, edificada por marinos de Almería, su momento de máxima efectividad fue durante los siglos XIII y XIV, la época Nazarí, por la fuerte presión cristiana. Y recordé unos versos del poeta Ibn Jafaya:

Lo que en tu juventud estaba poblado, desierto ha quedado.

Me he detenido a llorar por unos vestigios borrados.

Las mejillas, ennegrecidas cual trébedes,

Parecen ahora una zanja abandonada.

 

El eje defensivo fue precisamente esta fortaleza. Las atalayas emitían señales lumínicas para comunicarse con los diversos puestos y trasladar las informaciones sobre amenazas o ataques. Busqué en los otros cerros, ayudado por un panel informativo, dónde podrían estar ubicadas esas posiciones. Me ayudó a comprender ese ámbito y a apreciar el paisaje. Desde este lugar escuchaba una banda de música, las sierras que utilizaban los trabajadores y el movimiento de los coches.

Para resistir los asedios era necesario acumular alimentos y agua. La torre del agua encerraba un nacimiento con un aljibe que abastecían al castillo y la población. Estaba detrás de la ermita, que había sido restaurada con fondos aportados por las gentes del lugar, gente solidaria.

Las Capitulaciones de Santa Fe, firmadas por los Reyes Católicos a la caída del reino Nazarí de Granada, establecían el mantenimiento de la religión, costumbres e idioma de los granadinos. Eran un ejemplo de tolerancia. Cabe recordar que son del mismo año que la expulsión de los judíos.

El emperador Carlos V, su nieto, mantuvo el carácter tolerante en sus Disposiciones de 1526. Pero Felipe II, inmerso en la lucha contra el Islam (la batalla de Lepanto tuvo lugar en 1571) no continúa esta línea. En 1567 dictó un edicto que prohibía la lengua y costumbres moriscas, con el problema adicional de que los moriscos desconocían la lengua castellana. Muchas de las costumbres que se prohibían no eran musulmanas: eran simplemente granadinas.

Fue también la época del Concilio de Trento y del espíritu de la Contrarreforma, poco propicia para la tolerancia. Uno de los religiosos más activos del concilio fue el arzobispo de Granada, que al regresar de Trento pasó por Roma y recibió una amonestación por no cuidar más el cristianismo en su diócesis, en clara referencia a los moriscos, que eran mayoritarios en sus dominios.

Las prohibiciones de Felipe II no llevaron consigo inicialmente el castigo, aunque enrarecieron el ambiente e inquietaron a los moriscos. Los piratas berberiscos campaban a sus anchas por el Mediterráneo Occidental y realizaban continuas incursiones en el levante español. Considerar a los moriscos como la quinta columna del Islam en España fue habitual.

Las autoridades locales eran conscientes de que una rebelión morisca sería difícilmente controlable, por lo que realizaron diversas gestiones ante el rey para que se impusiera la distensión. De nada sirvió y el alzamiento tiñó de sangre las Alpujarras y otras zonas cercanas, como esta del valle del Almanzora.

Los jefes de la rebelión, Abén Humeya y Abén Aboo, contactaron con Argel y Turquía para pedir ayuda. Llegaron a reunir a 25.000 combatientes. Es sintomático que Felipe II se desplazó a Córdoba para seguir más de cerca los acontecimientos y que en esa misma ciudad firmó la Santa Liga con el Papa y Venecia, la que luchó contra el turco en Lepanto, en 1571.

Esta rebelión puso de manifiesto, según leí en la Historia de España de Planeta, de la que he sacado los datos, la debilidad de la monarquía española en una región de mayoría musulmana. El siguiente capítulo fue la expulsión ejecutada en el reinado de Felipe III, en 1609. La zona quedó despoblada, los campos desatendidos y hubo que recurrir a nuevos pobladores procedentes del norte de España. Como escribió Ibn Al-Abbar de Valencia: 

La paz se nos volvió guerra

cuando el tiempo puso límite

a nuestra ilimitada paz.

 

En Catoria instaló Juan de Austria su campamento durante la sublevación.

Abén Humeya, nombre hispanizado de Muhammad Ibn Umayya, y de nombre cristiano Hernando de Válor y Córdoba, fue de origen noble. Se consideraba descendiente de los Omeyas (de ahí su apellido Umayya). Su abuelo pactó su conversión al cristianismo y su colaboración con los Reyes Católicos, que le concedieron el señorío de Válor.

“Según los historiadores-leí en Wikipedia- la arbitrariedad y tiranía que muestra Abén Humeya, junto con su carácter despótico y receloso, le hicieron perder el apoyo de los rebeldes, siendo asesinado en su palacio de Laujar de Andarax el 20 de octubre de 1569 por su primo Abén Aboo”. 

Quizá la acusación de tiranía se compensa con la de liderazgo en un colectivo dividido y donde las disputas internas fueron la tónica. Y, divididos, no se ganan las guerras. La personalidad de Abén Humeya quedará envuelta en el romanticismo y la polémica. Alguien que rompe con su pasado, renuncia a su cargo oficial, a su religión postiza y se une a la rebelión siempre es atractivo. Quizá la tiranía era el deseo de mantener la unidad ya que era consciente de que sin ella el fracaso estaba garantizado, como demostró el tiempo. Aunque no fue escrito este panegírico de Ibn Jafaya para él, es plenamente a él aplicable:

El sable empuña gozosamente la victoria

en la mano ensortijada que lo blande.

Si un día le clavase la mirada al enemigo,

éste, aterrorizado, renunciaría en el acto al desquite

mientras él, estremecido de orgullo

y presa de una feliz carcajada,

desaparecería bajo el polvo levantado.

 

Días antes de su muerte, en septiembre de 1569, convocó los Juegos Moriscos en Purchena, tras abandonar el cerco de Vera. Incluían pruebas deportivas, concursos de canto y danza y su objetivo era tener entrenada a la tropa y recuperar sus tradiciones, vestimentas y nombres. Habrá que esperar hasta 1993 para recuperar esta tradición, que tiene lugar el primer fin de semana de agosto.

De esta tradición se hizo eco el compositor Albert Hay Marlotte, que compuso Fiesta en Purchena, en 1938. Lo curioso es que jamás visitó el municipio. Le atrajo el pasado morisco que leyó en un libro, Música en la antigua Arabia y España, de Eleanor Hague, inspirado en los escritos de Ginés Pérez de Hita. El compositor de bandas sonoras para Disney ha dado nombre a un festival en esta localidad, que también alumbró la única biografía y estudio de sus obras.

Aparqué en la calle que comunicaba el pueblo con el puente. El entramado de calles había que recorrerlo a pie. Pregunté a un lugareño por el Centro de Interpretación de Arqueología Islámica o el Museo Municipal de Arte Islámico y me puso cara de extraterrestre. Le sonaba que al otro lado del pueblo había una habitación con “cosillas” de lo que se había extraído en los alrededores. De estar abierto, que lo dudaba, debía preguntar en el ayuntamiento.

Me colé por las callejuelas siguiendo más mi intuición que los carteles. Alcancé la plaza España, la iglesia de San Ginés y una capilla a su costado, contemplé el castillo desde abajo y me di por vencido. Pero pregunté por el ayuntamiento, rehice el camino y lo alcancé. Había un mercadillo de navidad y era el lugar de donde provenía la música que escuché en lo alto.

En el pueblo había varios paneles con textos que aludían a los tiempos andalusíes, a Abén Humeya, a los Juegos Moriscos. El pasado islámico había calado en estas gentes.

Uno de los imprescindibles del valle era, sin duda, el museo Ibáñez, en Olula del Río. Tomé la salida del tanatorio, rebasé éste, giré a la derecha, bajé hacia la carretera, siguiendo los indicadores, y un giro a la izquierda me llevó ante una enorme cabeza blanca que había admirado en días pasados desde la carretera. Era obra de Antonio López, con el que el Ibáñez mantenía una gran relación. A un costado, una estatua le homenajeaba.

Reconozco que nada sabía sobre Andrés García Ibáñez, el artista que había impulsado este museo que aglutinaba su colección privada y obras de diversos artistas españoles desde Goya hasta nuestros tiempos. El museo lo gestionaba la Fundación Ibáñez Cosentino. Entré al edificio donde me esperaba una alberca con un pequeño genio y varias de las pinturas del artista almeriense.

La relación estilística con Antonio López se evidenció en las primeras salas. Sus cuadros me recordaban inmediatamente a los del manchego. La serie Mitos femeninos, en que aparecía habitualmente su compañera y posteriormente esposa, Rita (que también tenía su propia serie), y cuadros como Fidelidad o Miss Talita Brito, que fue devuelto por el padre de la modelo, eran claramente hiperrealistas. Estaban impregnados de sensualidad y erotismo.

La segunda sala me recordó a Lucien Freud y estaba teñida de ironía, como La sátira de la Democracia o Sacra Conversación, otra de las características del pintor, que gozaba de un humor fino o ácido. Algunos personajes como la reina de Inglaterra, la Duquesa de Alba, Fraga como el Conde-Duque de Olivares, o Franco en Las Meninas, no salían muy bien parados. El espíritu crítico se manifestaba en La muerte de Dios, posmoderno y turbador, fruto de su experiencia en el Tercer Mundo. También estaba influido por el expresionismo de Saura.

En la sala 3 criticaba la España negra, la de tradiciones caducas, en la serie Los Putrefactos, con Torero o La matanza. En la 4, la serie Naturalezas muertas. La siguiente era de paisajes, como Las ramblas del Saliente o las alegorías venecianas y la gran familia.

El museo homenajeaba a los pintores almerienses, como a Federico Castellón Martínez, que emigró de niño a Estados Unidos y llegó a comandar el surrealismo americano. José García Ibáñez, su hermano, José Parra Menchón, “Ginés Parra”, amigo de Picasso, Perceval y los Indalianos, eran otros representantes locales.

También su colección incluía cuadros de pintura española de los siglos XIX y XX y los Caprichos, Desastres y Disparates de Goya.

La última sala, en la planta baja, la más amplia, recogía paisajes y escenas cotidianas del pintor.

Me quedé impresionado con lo bien montado que estaba el museo y la gran calidad de las obras expuestas.

Cantoria, agua, fuego… historia, era el lema de esta población que, en época andalusí tuvo un castillo y estuvo emplazada en otro lugar, el Lugar Viejo. Entre 1570 y 1573 se creó la población actual.

La web local destacaba el carácter acogedor y hospitalario de sus habitantes. Quizá por ello había atraído a residentes extranjeros. En 2010 había censados 1095, sobre todo, del Reino Unido. En el periódico local había leído una información que, aunque relacionada con Zurgena, pueblo que no visité, trataba de la solidaridad de la comunidad británica, que había realizado una donación de alimentos a favor de sus vecinos más desfavorecidos. Estaba claro que se implicaban con una comunidad que consideraban suya.

Atravesé el pueblo buscando dónde aparcar y llegué a una calle cortada. Pregunté al policía municipal dónde podía comer y me mandó al hogar del pensionista. No había mucha más oferta astronómica, según comentó.

En la terraza, al sol, un par de ancianos con un aspecto bastante saludable y tres británicos disfrutaban de unas cervezas. Dentro, me acompañaron tres trabajadores en un almuerzo eterno, pausado y lleno de diálogo, y tres hombres de mediana edad que quizá tomaban el aperitivo antes de ir a comer. Otros lugareños se sentaban y tomaban una cerveza o un café. El hogar era el club social del pueblo. Los pensionistas acogían a todos. Tomé una ensaladilla rusa y nos calamares a la plancha, todo gustoso y bien hecho. De postre, pan de Calatrava. El policía había acertado.

En 1488, fue conquistada por los Reyes Católicos y en 1515 quedó ligada al marquesado de los Vélez, cuando Pedro Fajardo la adquirió, junto con Partaloa, por dos millones y medio de maravedíes. Aquí instaló Juan de Austria su campamento durante la sublevación morisca.

Mis notas previas no eran demasiado correctas. Había varios monumentos a visitar: la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Carmen, la ermita de San Cayetano y San Antón y varias casas de diversa importancia. Bien alimentado salí a confirmarlo.

Caminando por el pueblo descubrí varios bares donde podría haber comido. El primer monumento que salió a mi paso fue la descomunal iglesia parroquial, construida con piedra y ladrillo. Acumulaba cinco siglos de historia, testimonio de la antigüedad y prosperidad del lugar.

A dos manzanas, el teatro Saavedra, tan bien pintado que parecía que lo iban a inaugurar. También cerca, el ayuntamiento. En lo alto, la ermita. Las calles estaban bien ordenadas, con el centro cultural, el mercado o las vistosas casas que quizá fueron palacios.

Subí a la ermita. La primera cuesta era tremenda, tanto por la inclinación como por unas chabolas que daban un poco de miedo. La ermita era, una vez más, mirador privilegiado sobre el pueblo y la vega más inmediata. Busqué con la mirada entre las calles por si me había olvidado de algo. La luz del atardecer era tierna y fervorosa. Me gustó el punto de intensidad que presentaba.

Tomé la carretera hacia Partaloa, crucé la autovía e inicié el ascenso por la Sierra de las Estancias, la que limitaba al norte el valle. Un lugar perfecto para descansar, según tenía apuntado. Lo era por su buen clima. Se habían encontrado asentamientos de la época del Argar. Tras ser conquistada por los Reyes Católicos la entregaron a Diego Hurtado de Mendoza, duque del Infantado. El pueblo fue casi destruido en su totalidad por un terremoto en 1972. Ello obligó a demoler la iglesia y construir una nueva.

Estaba rodeado de montañas amenazadoras, los famosos derribos o desplomes que se producían por la diferencia de dureza de los estratos, los más blandos en la parte inferior. En el lado derecho de la carretera se acumulaban en desorden  varios bloques enormes desprendidos. Cualquiera de ellos, en movimiento, aplastaría lo que tuviera en su camino. Se apreciaba mejor desde lo alto, desde la ermita nueva. Tomé el desvío a unos apartamentos rurales. Más allá, el cementerio.

Disfruté de la visión geológica y del paisaje hasta las montañas del horizonte. Era verdad que el lugar destilaba tranquilidad.

Terminé mi periplo por el valle continuando hacia Huércal-Overa y Cuevas del Almanzora, con las casas trogloditas que le daban nombre y un interesante casco antiguo. Nuevamente, traducción en piedra de la prosperidad.