On the road: Rutas sudafricanas

Eva Giménez Cotanda

Sudáfrica es un país tan colorista como la bandera que lo identifica, con costas llenas de furgonetas nómadas aparcadas por doquier a orillas de las carreteras que bordean el océano Índico y el Atlántico. Nada más llegar por allí uno se entera enseguida (si no lo sabe ya) de que el navegante portugués Vasco de Gama fue de los pioneros que viajaron por estas costas hacia la India. En el medio de los dos océanos vive la reserva natural del Cabo de Buena Esperanza.  


 

Lo primero que hice al llegar a Ciudad del Cabo (aún en tiempos de la reciente salida de Nelson Mandela de la presidencia), aparte de visitar sus calles de edificios coloniales y subirme en el teleférico que nos lleva a las alturas de la Table Mountain (o la montaña en forma de mesa) fue acercarme a Stellenbosch, situado a menos de 40 kilómetros de nuestro punto de partida y desde donde se accede, a través de las diferentes carreteras principales que la bordean, a todas las bodegas de la popular Ruta del Vino sudafricana. Existen tantas que sería imposible recorrerlas todas en pocos días. En cada una se distingue en la entrada el logo que las enmarca dentro de la ruta oficial, lo que significa que en ellas se ofrecen visitas en su interior con degustación de vinos. En Stellenbosch elegí la bodega Morgenhof, que tiene más de 300 años de historia, entre todas las que van apareciendo en la ruta de este paisaje tan de película.

 

Con todo este espectáculo natural a nuestro alrededor me confundo y pienso que sin duda estoy en un sueño. Descubrí que este paisaje embriaga, y nunca mejor dicho, a todo aquel que lo pisa. Solo nos quedó ese día acercarnos a Franschhoek, localidad de herencia francesa y reconocida como capital culinaria de Sudáfrica. Aquí los franceses elaboraron vino hace tres siglos y actualmente esta tradición continúa con los miembros pertenecientes a los Viñadores de Franschhoek, que son el grupo de bodegueros de esta zona. Visitamos allí Grande Provence Estate, donde después de probar toda clase de vinos de sabores y colores, me decanté por el vino blanco Angels Tears, del cual me traje varias botellas. En su restaurante trabajó un chef, Peter Tempelhoff (que luego años más tarde de mi visita fue reconocido como chef del año por el Sunday Times) y donde se come, entre otras comidas exóticas, springbok (un tipo de antílope africano), claramente no apto hoy en día para veganos.

Después de pasar unos días entre copas nos encontramos con la cara más silvestre y salvaje de Sudáfrica, que es -para mi asombro- la de ver pingüinos cruzando la calle como civilizados peatones en la localidad costera de Simon’s Town, muy cerca de Ciudad del Cabo, o amables ballenas nadando libremente y realizando piruetas delante de mí por todo el litoral que lleva hacia la bahía de Mossel, en la llamada Garden Route. En esta ruta costera, llena de surferos y ballenas durmiendo a solamente un metro de la playa (o de tu terraza, si eres un backpacker pernoctando en alguno de los privilegiados hostels o bed&breakfast costeros), destacan lugares como Knysna, donde se celebran festivales como el gastronómico en el mes de septiembre, que combina la comida, la salud y la sostenibilidad, o desde el año 2009 la celebración del Festival literario, con experiencias donde todos los visitantes pueden participar. 

Y ya hacia el interior, los ansiados safaris, como nuestra visita al Parque Kruger y la estancia en uno de los lodges cercanos de allí en Kwa Thabeng, en plena naturaleza africana, regentado por mi amiga Simone y su hospitalaria familia, quienes me hicieron experimentar momentos tan distintos a los que estamos acostumbrados en Europa, con barbacoas y asados nocturnos (braaivleis o braais), mientras podían oírse los mágicos sonidos de los lejanos tam-tams de fondo.