La grandeza olvidada de Balasagún

Carlos Díaz Marquina

Hubo un tiempo en que Balãsãghun (o la forma más sencilla, Balasagún) fue el centro del mundo. Así lo entendió el geógrafo Mahmud al-Kashgari al situar a esta ciudad en el centro de su mapa del orbe. Por supuesto, Europa occidental era completamente ignorada en estas tierras durante los siglos X y XI.

Balasagún fue fundada por los sogdianos. Tras el revés de la dinastía Tang en la batalla de Talas, en el 751, los Uigures, que habían sido grandes colaboradores de los Tang, se beneficiaron de su crisis y obtuvieron varios territorios, lo que les obligó a construir emplazamientos permanentes para una mejor defensa. El más importante fue Balasagún, al que denominaron Quz Ordu, en donde establecieron su capital o el lugar donde el khagan o jefe tenía su trono. Como escribe Peter Frankopan, “era una curiosa mezcla de ciudad y campamento, con el jefe en una tienda con una cúpula dorada y el trono en su interior. La ciudad tenía doce puertas y estaba protegida por murallas y torres”.

Vivió sus años de mayor esplendor en el siglo X con la dinastía Karajánida, que la convirtió en su capital sustituyendo a la ciudad de Suyab como centro político y económico del valle Chuy. En el siglo XII fue tomada por el janato de Kara-Khitan y en 1218 por los mongoles de Gengis Kan, que la denominaron Gobalik, la ciudad bonita. Desde entonces, declinó su importancia y los terremotos y la desidia mandaron al olvido a esta próspera ciudad que contó con una importante población de cristianos nestorianos. Su cementerio siguió en uso hasta el siglo XIV.


De todo aquel esplendor quedaba la orgullosa torre Burana, un minarete que alcanzaba los 46 metros de altura, aunque actualmente se había quedado reducida a 24 metros, algunos restos de edificaciones, un campo de petroglifos, el bal-bals, y un pequeño e interesante museo donde se exhibían algunas de las piezas obtenidas en las excavaciones.


El yacimiento estaba a pocos kilómetros de la ciudad de Tokmok. A la entrada de la carretera se alzaba un avión de combate. Hace años, hubo una escuela de pilotos y un aeropuerto. Su población era de unos 70.000 habitantes. Era zona de ajos y fresas que los agricultores vendían en la carretera.

En sus tiempos de apogeo, la ciudad abarcaba todo el valle y era mayor que las grandes ciudades europeas, como París, como destacó Edil, nuestro guía. Los Karajánidas se extendían desde Tien Shan y el río Ill hasta el río Amu Daria. Con esta dinastía la zona vivió un periodo de intenso desarrollo urbano y cultural.

La mejor forma de soñar con la Balasagún perdida era subiendo a lo alto de la torre de vigía o minarete que imponía el concepto vertical sobre el predominante horizontal del terreno sin excavar. La escalera de caracol era estrecha y los escalones retorcidos, una pequeña tortura que excitaba la respiración desacompasada de los viajeros ávidos. Recuperado el ritmo cardíaco era el momento de observar con tranquilidad los campos verdes hasta topar con las montañas pardas sobre las que se alzaban los picos nevados disueltos en la bruma de agosto. Los árboles estaban lejos.

En una zona más cercana los montículos marcaban el trazado de las antiguas murallas de la ciudadela, el centro político de la ciudad. Una pequeña colina mostraba los restos lavados por la lluvia y el viento del antiguo palacio, muy deteriorado, que aún mantenía el perímetro de sus diversas estancias. De las antiguas tumbas reales sólo quedaban las bases. En algunas fotos antiguas aparecía el conjunto con la torre en muy mal estado y con andamios. Las restauraciones de la década de 1970 le devolvieron el esplendor y la decoración geométrica de sus bandas de ladrillo. En una maqueta se reproducía lo que pudo ser esa parte señorial de la ciudad. Quizá algún día tuvieran fondos para excavar y para recuperar el pasado esplendor.

El otro gran atractivo eran las estelas y los petroglifos. La mayoría de ellos fueron traídos a este lugar, por lo que era imposible trazar su origen. Eran de épocas muy diversas, algunas de antes de nuestra era y hasta el siglo XIV. Representaban rostros, algo vetado por el Islam, quizá porque fueran anteriores a la consolidación de dicha religión o porque la islamización posterior fuera más leve. Las que representaban mujeres se distinguían por los collares

Eran de formas alargadas, a veces fálicas, como pequeños menhires, pulidas, esquemáticas, casi de arte cubista o abstracto. Podían ser intrigantes al tener la impresión de que te observaban. Algunos pilares llevaban inscripciones en árabe, pero eran la excepción. Otros, tendidos en el suelo, recordaban a fustes de columnas pero eran realmente elementos de un sistema de arado. Más allá, piedras de molino.


Entre los petroglifos tallados sobre una capa natural que recubría la piedra de color casi negro, predominaban las cabras montesas de cuernos enroscados, algún ciervo, escenas de caza. Procedían de las regiones montañosas de Naryn, Issyk Kul, Talas, Alai y otras regiones de Kirguistán. La mayoría eran anteriores a Cristo.


El pequeño museo mostraba piezas interesantes obtenidas en las excavaciones, como cruces nestorianas de los siglos XI al XIV. También, inscripciones en árabe, tuberías antiguas de barro cocido, monedas, adornos, restos de cerámica y alfarería, o armas.

En un lugar destacado se encontraba un busto del eminente Has Hajid Yusup Balasadyn, autor del Kutadgu Bilig, o Libro del conocimiento. Fue el más ilustre hijo de la ciudad y un exponente de ese impulso que supusieron los Karajánidas en el siglo XI. Su estatua se alzaba ante la Universidad Nacional, en Bishkek. Su efigie aparecía en los billetes de 1.000 soms.

El poeta, filósofo, visir y estadista uigur escribió este largo poema para el príncipe de Kashgar Taughach Bughra Khan. Sólo se han conservado tres manuscritos de la obra, uno de ellos en Viena (realizado en Herat en el antiguo alfabeto uigur), otro en El Cairo (en árabe) y el de Namangan. El libro refleja aspectos de la sociedad de la época, como las creencias, sentimientos o prácticas de entonces, muchos referidos al propio autor. La justicia, la fortuna, el conocimiento y la muerte son sus temas principales. Se considera que es el primer libro escrito en turco. Quien estuviera interesado podía comprar en la tienda un ejemplar de la obra traducida al inglés. También vídeos, postales, gorros típicos de fieltro y otros recuerdos.