Cuatro semanas en Nepal

Pablo Strubell

El otro día lo pensaba: ¿cómo es posible que haya tardado tanto en venir a Nepal?

Seguramente porque las montañas, su principal reclamo, es algo que ha llegado a mi vida con algo de retraso. Porque decir Nepal es pensar en montañas, en el Himalaya, en el Everest, en los Annapurnas o en otros picos enormes menos conocidos (al menos, para los que no prestábamos demasiada atención a eso de los ochomiles…). Pero mi sorpresa es que, en realidad, este país es pura colina… o montaña. Creo que en un mes no hemos visto una extensión lisa mayor a la de la pista de aterrizaje del aeropuerto de Kathmandú.


Llegamos a Nepal a mediados de octubre, la época seca, que aquí dura hasta mediados de diciembre. Llueve poco y, sobre todo, las nubes tardan en llegar a las montañas, permitiendo visibilidad de sus picos, así que es temporada alta turística. Y os aseguro que somos muchos guiris los que andamos por aquí.

Vinimos con la idea de hacer dos caminatas “cortas” (una semana de duración cada una) para dejar otras dos de visitas a pueblos y ciudades. Las elegidas: una por el valle de Langtang (el que más sufrió el terremoto de 2015 y que tanto daño causó a este país) y otra en la zona de los Annapurnas.

Kathmandú fue la puerta de entrada. El barrio de Tamel la base para explorar durante tres días las desordenadas calles del centro. Además de la anarquía urbanística (un edificio de 4 plantas junto a otro de 1), sorprende desde el primer momento el polvo en sus calles (el asfalto deteriorado da paso a la arena) y la cantidad de gente que lleva mascarilla; los cables eléctricos que apenas dejan pasar la luz a la calle; los templetes en cada esquina y pequeñas ofrendas de arroz, frutas y flores a los incontables dioses hinduistas; el trajín de motos y coches por los callejones centrales; la cantidad de patios de manzana en los que descansar del ruido y trajín de las calles comerciales: puestos de verduras, ropa y menaje en las principales plazas de la ciudad; y la mezcla étnica de este país: los rasgos de la gente apuntan hacia India, hacia Tíbet hacía el Sudeste Asiático. A primeras es difícil saber quién es de aquí o de allí.

Salvo por los turistas de verdad, los que vamos equipados con ropa montañera no falsificada (que sepamos) y que damos trabajo a las innumerables tiendas de equipamiento para la montaña, empresas de trekking y restaurantes con cocinas de todo el mundo. El turismo representa el 10% del PIB, como en España (si no estoy equivocado) y si te alojas en el barrio de Thamel a veces crees que estas en Europa por la gente que te rodea.


Partimos en un bus deluxe cutre cutre, pero en el que las rodillas no chocan con el asiento delantero, cosa que se agradece cuando tienes por delante 10 horas para recorrer 127 kilómetros. Sí, sí, no hay errata, ciento veinte siete kilómetros. Pero mira, sale puntual, y no meten ni pollos ni maletas en los pasillos. Casi parece “civilizado”. Nos adentramos hacia el norte, camino al Tibet, al valle de Langtang, con nuestro porteador Ilhom que viene del sur del país. Música india, vídeos incluidos, “ameniza” un trayecto en el que, sorprendemente, no apilan a la gente en los pasillos. Un cuarto del pasaje somos guiris. Pasamos por 3 o 4 controles superficiales de la policía y los militares: estamos acercándonos al Tíbet, ocupado hace ya varias décadas por China.

Caminar por algunos valles de Nepal es una gozada, que me recordó al Camino de Santiago: hay pueblos con teahouses (casas de té, en realidad, casas de huéspedes) en los que dormir (manta incluida), darte una ducha (a veces caliente, a veces con cubo y fría) y cenar (siempre el mismo menú, que a medida que vas alejándote del primer pueblo del valle que surte de alimentos al resto, va encareciéndose). Es decir, puedes caminar bastante ligero y variar la duración de las etapas como te apetezca. Nuestra rutina era desayunar a las 7, salir a las 8, y caminar durante 5 o 6 horas, parando para comer, descansar y disfrutar del paisaje que, a medida que avanzaba la caminata cambió el bosque denso y tupido, húmedo y puro, lleno de líquenes en los árboles, por paisajes de alta montaña. El tercer día llegamos a dormir a 4.000 metros, rodeados de picos de 7.000, glaciares, neveros, picos escarpados y un colorido espectacular. El mal de altura apenas nos dio un poco de dolor de cabeza y ya.

Desgraciadamente, el valle de Langtang fue muy tocado por el terremoto de 2015. Algunos pueblos, como el homónimo, fueron literalmente arrasados por un derrumbe de un glaciar, que arrastró hielo, nieve y rocas enterrándolo por completo. Más de 200 personas permanecerán sepultadas allí para siempre. Por eso, esta caminata no fue muy interesante desde el punto de vista humano: los pueblos eran, en realidad, concentraciones de casas de huéspedes para caminantes. La vida tradicional en el valle ha sido golpeada con virulencia. Con todo, los pastores de yaks continúan criándolos, produciendo un queso excelente y una cuajada bien ácida. Los pueblos más bajos tienen huertos con repollos, patatas y algún invernadero en el que cultivar otras verduras (tomates, judías). Y algún emprendedor local ha montado alguna pastelería en la que probar sucedáneos de tarta de manzana, croisanes y bollería así.

Eso pensando en nosotros, los guiris. Claro que también disfrutamos con los desayunos locales (té con leche y especias; pan frito; curry de patatas, en el que rebañar el pan) y con las comidas/cenas: si por ellos fuera todo el día comerían Dal Bhat, un plato combinado a base de mucho arroz blanco, un guiso de lentejas que se esparce por encima del arroz y se mezcla con unas pocas verduras rehogadas y un tarkhali (curry) de verduras o pollo. A veces le ponen achar, una salsa o encurtidos de verduras picantes y un papadam, una tortita crujiente. Lo bueno es que al pedir ese plato se puede repetir las veces que quieras, te van ofreciendo una y otra vez si quieres comer alguno de los componentes de este plato. Como os digo: si por ellos fuera, lo desayunarían, comerían y cenarían. Les pirra (y llena).

 

Salimos del valle en el mismo bus que vinimos pero nos bajamos antes de llegar a Kathmandú, pues queríamos ir en dirección contraria: hacia Pokhara, la segunda ciudad más importante del país. Lo bueno de países poco desarrollados como Nepal, es que puedes bajarte en la carretera en cualquier lado y esperar a que venga algún autobús, furgoneta o minibús en dirección contraria y cogerlo. Moverse es fácil, aunque no siempre sea cómodo. Lo malo es el estado de los autobuses, de las carreteras y, sobre todo, cómo conducen. Desde este viaje, Nepal está en el Top 5 de países en los que conducen de manera más arriesgada, adelantando en curvas, sacando tres carrilles allí donde solo hay dos, y con esa confiada manera de conducir por la cual parece que no vaya a pasar nada. Hasta que pasa.

Lo de Pokhara fue como un flechazo. Apenas estuvimos un día y nos enamoramos de este lugar. Situada en el extremo oriental de un lago, rodeada de montañas (y con los Annapurna visibles a escasos 20 o 30 kilómetros al norte) es una pequeña ciudad, que es y se siente tranquila, manejable y cómoda, comparada con Kathmandú. Tiene su barrio turístico en el que comer una buena pizza o tomarte un capuccino bien puesto, pero más allá es una ciudad provinciana sin pretensiones. Nuestro hotel en el límite del barrio turístico estaba flanqueado por un terreno con huertos, una pequeña olorosa vaquería y casas y negocios locales (fruterías, supermercados, lavandería, sencillos cafés…). Por la noche llegábamos a él a oscuras por una calle sin asfaltar.


Esta ciudad es el punto de arranque y finalización de los trekes alrededor y por la zona del macizo de los Annapurnas (es una cadena montañosa de varios picos de 7 y 8.000 metros), y nosotros nos decantamos por hacer uno de los menos trillados en esa zona: subir al mirador llamado Kopra Danda, justo debajo del imponente Annapurna South. Con un nuevo porteador, local, emprendimos el camino, un primer día duro de caminos entre pueblos, subiendo escalones sin cesar (muchos caminos en las zonas bajas están empedrados, con enormes placas de pizarra, para facilitar la comunicación y caminar por ellos incluso en época de lluvias). La primera noche la hicimos en Ghandruk, una población en la que conviven preciosas casas de adobe y piedra, de techos de pizarra, con horribles hoteluchos modernos hechos con cemento y ladrillo, y, sobre todo, muy mal gusto. Una pena.

La segunda etapa recibimos una mala noticia. Nuestro porteador estaba enfermo, con problemas de estómago, así que al habla con la empresa con la que lo contratamos, decidimos reemplazarle con el chaval que gestionaba la homestay (alojamiento en una casa particular) en la que nos habíamos quedado. Autorizado por sus padres, nos acompañó con ilusión y alegría el resto de los días, visitando pueblos y miradores en los que no había estado, y cobrando el mismo dinero que los porteadores profesionales (17€), una buen salario para quien no está metido en el mundillo.

La caminata fue preciosa. Una sorpresa sus bosques húmedos de altura. Vimos pájaros, serpientes, monos y un bicho que aún no hemos sabido identificar (como un hurón grande, negro y blanco ¿alguien sabe?). Por la mañana los picos nevados y sus glaciares asomaban entre los árboles. A eso de las 11 o 12, entraban las nubes y poco a poco desaparecían. Al igual que lo turistas: si te sales de la ruta estándar, apenas te encuentras durmiendo con 10 guiris en el hostal por la noche. Nos sorprendió la cantidad de locales que había, claro que estábamos en un periodo entre las dos fiestas más importantes del país, y algunos aprovechan para salir al monte. Mayoritariamente grupos de chicos, pero también familias y gente por la que yo no apostaría un duro a que llegaran al mirador, situado a 3.500 metros. Pero allí les vimos, con sus zapatillitas, mochilitas de día y muuuucha ilusión por llegar al mismo punto que nosotros.


El regreso a los pueblos, y a Pokhara, coincidió con la celebración hindú del Tahir (conocida en india como Deevali o Deepavali). Una fiesta de cinco días de duración. El segundo coincidió con nuestra presencia en Tikot, un pueblo fantástico, precioso, como el que no habíamos visto hasta la fecha, y en el que los únicos alojamientos que había era en casas de familias. Aunque éramos los únicos turistas que dormimos allí la gente no nos hizo demasiado caso. Estaban muy ocupados con la festividad: jugándose el dinero a las cartas. En la pista del colegio, sentados en corros, se pasaron horas (hasta que se hizo de noche) jugando a algo parecido al continental, con apuestas de 5 rupias la partida (0,03€) por persona… Algunos bebían licor de arroz, pero no fue demasiado etílico.

Tampoco en Pokhara las celebraciones se les fueron de la mano. El cuarto día fue muy musical: en algunos negocios, o en los portales de algunas casas, grupos de vecinos o amigos se reunían para ver como los más jóvenes bailaban trabajadas coreografías musicales. Todas tenían una pequeña mantita en la que echar dinero para, decían, pagar los gastos escolares y otros similares de los niños.

Por supuesto, el que dos guiris se pararan a ver de qué iba eso, provocaba desconcierto e ilusión, y siempre acabábamos siendo invitados a un bailoteo. Descoyuntado, como el suyo, inocente y divertido, como el suyo. Hay vídeos, hay testimonio gráfico, pero dejadnos deciros que se quedaron atónitos con nuestro estilazo, como era de esperar.

Y en nada ya nos tuvimos que ir. Nos habíamos dejado para el final algunas poblaciones del valle de Kathmandú, antiguas capitales de reinos que compitieron con esta siglos atrás: Bakhtapur y Patán. Poblaciones muy similares a la capital en su configuración (templos, patios, polvo, tiendecitas…) pero más pequeñas y manejables. Y, desgraciadamente, también bastante dañadas por el terremoto. Es evidente que hubo muchas pérdidas humanas y materiales, irremplazables, pero también que la vida sigue, que este ha sido uno más de tantos reveses que ha sufrido este país. Por eso, tal vez, sea estos años venideros el mejor momento de regresar a Nepal. A apoyar con nuestra presencia la recuperación de uno de los países más bellos que he visitado. Volveré.