Cuatro semanas en Myanmar

Pablo Strubell

Tras el "éxito" de 4 semanas en Nepal, llega... mi relato del viaje con Itziar por Myanmar. Desde ya aviso que es largo (como era el otro también) pero se lee fácil y entretiene, o eso me gusta creer. Ideal para unas vacaciones. Así dice:

 

El recibimiento que te da Yangon es en forma de bofetón húmedo. De esos que hacen que todo el cuerpo te empiece a sudar, que se te pegue la ropa y que te acuerdes de lo bien y fresquito que estabas en el avión antes de bajar la escalerilla. En mi caso particular, además, me empaña las gafas por completo, acrecentando la sensación de haberme metido en una sauna en vez de salir al exterior del avión. Y eso que estamos en la época fría, nos dicen... Visto el plan, al llegar al centro, no te extraña ver que el musgo y las plantas forman parte de los edificios. Algunos son jardines verticales sin pretenderlo, simplemente por dejadez.

 

Nuestro centro es la pagoda de Sule, uno de los miles de templos dorados que vamos a ver en este viaje. Decenas de miles, más bien. Es como casi todos: con forma de una enorme campana, está recubierta de una capa de oro en cuyo interior, normalmente, hay una cavidad con un buda (dorado también) a la que acceder para rezar. A veces tienen 4, una en cada punto cardinal con su correspondiente buda. Algunas también, a su alrededor, decenas de tiendas de recuerditos para los feligreses: más estatuas de budas, camisetas, postales, comidas… Dato importante para no ofender a nadie: uno siempre tiene que entrar descalzo, aunque el suelo esté trufado de cagadas de paloma, murciélagos o piedrecitas que siempre se acaban clavando donde más duele.

 

La ciudad es una enorme cuadrícula que se extiende alrededor de Sule, salpicada de edificios coloniales de la época en que Myanmar fue parte del imperio británico el siglo pasado. Un trozo de ésta es Chinatown, llena de comercios y negocios. Otro, Little India, con animados templos hindúes y mezquitas. Y ambas, con lo que más nos gusta: decenas de restaurancillos y puestos de comida callejera. Estos últimos normalmente regentados por mujeres y compuestos de 4 o 5 mesas, con taburetes de plástico, y una especialidad por chiringuito. Nos encanta la mohinga, sopa de pescado con tallarines, un clásico de esta ciudad. Pero también las samosas indias, los rollitos de primavera, unas crepes rellenas de verduritas, o tallarines pegajosos con salsa de cacahuete, y el pescado y verduras a la parrilla (con salsa de tamarindo y cilantro para mojar)… Y el yogurt, con azúcar de caña, ¡delicioso! Ojalá cada día hubiera tenido dos noches para probarlo todo.

 

Nuestro recorrido de 4 semanas por el país va a llevarnos a los grandes iconos turísticos, por supuesto, pero decidimos meter en la ecuación una zona poco transitada: las ruinas y templos de Mrauk U. Para llegar tenemos dos opciones: en bus (24 horas teóricas) o el avión. Y, sabiendo que para salir de allí sí tomaremos otro bus (que serán otras 24 horas teóricas), decidimos ir en avión hacia esa ciudad de Rakhine, el estado donde se ha llevado a cabo una limpieza étnica vergonzosa. El año 2017 el ejército remató lo que llevaban haciendo durante años: matar, violar y expulsar del país a los Rohinga, una minoría étnica (centenares de miles de personas) que vivía allí desde hacía décadas. ¿Tendrá algo que ver que son musulmanes, cuando este país es mayoritariamente budista? ¿Qué hay de ese supuesto buen rollo, respeto y no violencia que predican los budistas hacia el resto de animales y seres humanos? 

 

“Miaú” (como allí pronuncian Mrauk U) fue capital de un imperio anterior al famoso de Bagán (que visitaremos más adelante) y sobre el papel promete lo que allí nos encontramos: una tranquila población agrícola, casi ningún turista y decenas de antiquísimas estupas dispersas por colinas, valles y, en realidad, cualquier lado donde se mire. Alquilamos bicicletas, incómodas por lo diminutas (tallas birmanas) pero a solo un euro el día, y nos dedicamos a recorrer la zona de templo en templo, saludando a los habitantes que, según nos gusta constatar, aún miran al turista algo sorprendidos por verlo allí. Otro día salimos de “aventura”: atravesamos un río en una barcaza y recorremos caminos entre arrozales, llegando a pueblos donde claramente no esperaban ver a guiri alguno. Venimos a ver qué nos encontramos y la gente asume (erróneamente) que queremos ver el templo. Nos acompañan, es su orgullo. Y mientras viven en casuchas de madera con paredes de bambú y techos de chapa, todo el mundo pone dinero para su conservación. Como se hacía con las iglesias en España, en otra época más devota.

 

Tras tres días por allí, salimos en bus nocturno, nuevo y con asientos reclinables, por una eterna carreterucha serpenteante entre mil y una colinas. Vamos 6 guiris y 34 locales. Al subir, el auxiliar del conductor nos pide a todos la documentación: vamos a ir parando toda la noche en controles militares rutinarios. Aún hay muchos conflictos abiertos entre el ejército y etnias armadas que reivindican mayor autonomía desde la independencia, momento en que las obligaron a formar parte de un nuevo país llamado Birmania. Conflictos por fronteras delineadas en época colonial y que duran más de 50 años: un triste clásico en tantos lugares y continentes.

 

Llegamos cansados a Kalaw, en las montañas del centro del país, ¡vein-ti-cua-tro horas después!, repartidas en veinte horas de bus, una de mototaxi y tres de furgoneta. Palizón: pasarte un día de traslado te deja atontado el día siguiente, como resacoso, al menos cuando tienes 43 años. Ser mochilero talludito se cobra un alto peaje. En momentos así es cuando te regalas una  pizza (que te esfuerzas para que te sepa buena) y un capuccino que sabe a gloria (aunque tampoco sabe como debe). Y agradeces más que nunca una ducha de agua caliente y una cama dura con sábanas limpias.

 

Si bien no es un país tan barato como otros de la zona, Myanmar en términos absolutos es un regalo. Duermes en hoteles decentes (como el de arriba) por algo entre 10 y 20 euros la doble (aunque a los que llevaría a mi madre salen por 30-40); comes en restaurantes populares por 2-4 euros. Y los traslados en bus salen a 1 euro por hora, aproximadamente. Con todo, es muy habitual y casi oficial, la doble tarificación: los guiris pagamos un precio; los locales, otro mucho menor. Normalmente nos sale al doble, pero hemos llegado a pagar 20 veces más (sí, veinte, veinte) en Yangon por un trayecto de 10 minutos de barco (nosotros 1€, ellos 0,05€). Cierto que el importe, para nuestros estándares es poco, pero… ¿dónde está el límite de lo razonable? ¿Pagar el doble lo es? ¿Y el triple? ¿y 20 veces más? 

En Kalaw aparecen pinos en la montaña y la gente va con abrigos y gorro. ¡Hace fresco!, aunque ellos lo llaman “frío”. Allí organizamos una caminata de tres días hasta el lago Inle. En un grupo de seis con otros dos franceses (de viaje de año sabático) y dos canadienses (jubilados a los 50) es uno de los momentazos del viaje. Pasamos por pueblos agrícolas en plena cosecha del arroz y secado del chile; de casas de ladrillo, con paneles solares y agua de pozo. Dormimos todos juntos en el salón de casas de locales, sobre una colchoneta, debajo del templete de buda que tienen todas las casas. Probamos licor de maíz y de arroz, suave en una primera destilación (20º), bueno en una segunda (40º) y desinfectante tras una tercera (60º). Y tenemos la suerte de coincidir con una boda el tercer día, siendo invitados a desayunar un curry de cerdo con arroz y ensalada de hojas de té fermentadas, mientras la boda en cuestión se desarrollaba en la intimidad de la casa del novio. Los invitados todos superelegantes y nosotros sin habernos duchado en 2 días y con la camiseta sudada de los días anteriores. 

 

Inle sería un lago realmente plácido, si no fuera por los estruendosos motores de las piraguas que lo surcan. La mayoría de los pueblos que lo rodean están construidos en palafitos sobre el agua y las canoas motorizadas son la manera habitual de trasladarse, de salir a trabajar (pescar) o a cosechar en los huertos (tomates, judías y otras hortalizas crecen en montículos flotantes en las orillas del lago). Una excursión en barco es imperativa: recorres los “callejones” entre las casas, te llevan a las tiendas (hay talleres de tela de loto y seda, de cerámica, de joyas) y al atardecer junto al pueblo principal aparecen a posar para la foto hábiles pescadores que simulan atrapar los peces con unos curiosos embudos. Paradójicamente, esa estampa de pesca es la más famosa del lago pero hoy ya no se practica: se imponen las redes convencionales. El sistema sigue vivo solo para la foto del turista.

 

Y es que aquí ya empezamos a ver mucho turismo y una industria dedicada a él. Sin embargo, reconforta comprobar lo bien recibido que se siente uno, saludado constantemente, mirado con curiosidad e ingenuidad. Agrada comprobar que aún no somos vistos solo como un monedero andante a pesar de que es evidente que somos una fuente de riqueza. Así, el contacto con la gente es fácil, aunque nadie hable inglés, y aunque hay una distancia tan típica en Asia, respetuosa, hay mucha querencia por el acercamiento. Ya lo comprobé hace 13 años cuando vine por primera vez, y lo achaqué a lo cerrado que estaba el país por culpa de la dictadura militar. Parece que no fuera solo eso, sino algo del carácter de esta gente. Humilde, sencilla, digna y curiosa.

 

Los rezos amplificados de los monasterios budistas empiezan pronto, a las 4 o las 5 de la mañana. Luego dirán de los musulmanes, pero aquí también les gusta compartir sus oraciones, con quien quiera escucharlas ¡y con quien no! Poco después empieza la ronda de los monjes y monjas por las calles, casas y negocios en busca de donativos para comer. Equipados con grandes cuencos de aluminio, caminan descalzos en formación recaudando dinero y, sobre todo, alimentos para llevar al monasterio. Viven de los donativos y generosidad de la gente, que los admira por dedicar su vida a la práctica religiosa y, con ello, a la mejora espiritual a la que tantos aspiran.

 

Su vida no se circunscribe al monasterio, donde viven, estudian y rezan. También salen de peregrinación y nos encontramos a decenas de grupos de monjes por Bagán, una de las mayores concentraciones de pagodas del país y una de las joyas arquitectónicas de Asia. Allí también nos encontramos a miles de turistas chinos y franceses. Todos legañosos, pues es “imprescindible” levantarse a ver amanecer entre los templos. Y al atardecer, nuevamente, buscar algún mirador o pagoda en la que uno pueda subirse para ver el horizonte llenándose de humo procedente de las casas (aquí se usa mucho carbón y madera, todavía) mientras el sol tiñe el ambiente de naranja y rellena el horizonte de decenas de campanillas.

 

A lomos de motos eléctricas chinas, nos dedicamos a recorrer la infinidad de caminos arenosos que unen las más de 3.000 pagodas. Visitamos las más importantes, llenas de autocares, puestos turísticos y restaurantes, y muchas otras menores que nos encontramos en el camino, silenciosas y olvidadas. Y entre medias campos de maíz, jengibre y cacahuete, rebaños de cabras y cebús, y un sol abrasador que nos obliga a recogernos entre la una y las cuatro.

 

A Mandalay llegamos en barco turístico, remontando el río Ayewardy, lo que nos lleva 10 plácidas horitas. Anclados a las butacas del piso de arriba, nos distraemos viendo barcazas bajando cargadas de enormes troncos y piedras; pescadores echando las redes; pueblecillos ribereños de casas de bambú y madera. Vamos casi solos, la mayoría de la gente hace el trayecto a la inversa, a favor de la corriente.

 

Cuando lees cosas poco entusiastas de un lugar lo normal es que al llegar te guste más de lo que te esperabas. Al menos eso nos pasó con la capital cultural del país, Mandalay. Seguramente porque nos encantan los mercados y había unos cuantos interesantes. Caminamos horas por su mercado central, lleno de pescados en salmuera, hojas de té fermentadas, nueces de betel (que mascan con fruición y que les tiñe los dientes de rojo sangre), tanakha (polvo de la corteza de un árbol que se aplican en la cara para protegerse del sol y embellecerse) y millones de longys, los pareos que hombres y mujeres usan en lugar de los pantalones. Visitamos su mercado de flores, una potente industria para las ofrendas religiosas. Y el mercado del jade, en el que se comercia esa piedra semipreciosa tan valorada por los budistas, desde la piedra en bruto, hasta pulseras, pendientes y tallas de lo más refinadas. 

 

Por supuesto visitamos pagodas, monasterios de teca y demás de esas atracciones imprescindibles que a estas alturas, para qué negarlo, ya nos aburrían. Lo hicimos más de la cuenta, creo, para no quedarnos con la duda del turista estresado de “¿y si esta es realmente especial, más interesante que el resto?”... Porque aunque lo intentemos evitar muchas veces nos sale (a mí en particular) esa cosa tremebunda del turista, que lo tiene que ver todo, hacer todo y probar todo, sin pararse a pensar si realmente es lo que apetece. Pero también hay esa sensación de “a saber cuándo volveré”… Tal vez por eso, nuestro último desayuno, fue uno de nuestros favoritos: mohinga, sopa espesa de pescado, con tallarines y mucho cilantro. A saber cuándo volveré a probarla. Esa sí que la echaré de menos.