Montenegro

Montenegro es el país más pequeño de todos los que he visitado en mi viaje por los Balcanes. Tanto es así que este joven estado apenas supera los 600 mil habitantes, y sin embargo, a pesar de su escasa superficie, es seguramente uno de los países más interesantes y atractivos de la antigua Yugoslavia.

Viajar a Montenegro es trasladarse a un territorio repleto de espacios naturales y parques nacionales, lagos, bosques y montañas. Pero también a un país salpicado de pequeños pueblos medievales, dotado de una línea costera bellísima y playas de escándalo.

Podgorica, la capital montenegrina no es uno de los puntos fuerte del país. Tiene poco que destacar a excepción de su catedral. Fue totalmente inesperado ver esta estupenda catedral ortodoxa, nueva y reluciente, y su impoluto y colorido interior. Al entrar tuve el privilegio de ver cómo rezaban los fieles, y cumplían con sus tradiciones de besar siempre el icono que preside la iglesia y salir sin dar la espalda a la venerada imagen.

Tomando Podgorica como punto de partida comencé mi viaje por Montenegro, dispuesta a dejarme llevar y descubrir sus secretos. Así, podríamos dividir la ruta en tres partes bien diferenciadas: el interior y sus parques nacionales, la zona costera, y finalmente la bahía de Kotor.

Montenegro cuenta con cinco Parques Nacionales, para deleite del viajero amante de la naturaleza en su estado más puro. En el noroeste se encuentra el Parque Nacional Durmitor, una de las reservas naturales más bonitas del país, donde poder hacer rutas de senderismo a través de sus montañas y lagos glaciares. Asombra sin duda el cañón del río Tara, un magnífico río de aguas azul turquesa que surca el Parque creando el cañón más largo de Europa.

Otra de las maravillas de Montenegro se encuentra junto a la frontera con Albania, y se trata del Parque Nacional del lago Shkodra. Este impresionante lago -el más grande de los Balcanes-es un paraíso para la vida animal, y en él habitan numerosas especies de aves, muchas de ellas por desgracia en grave peligro de extinción. También de su superficie emergen cerca de 50 islotes que, tiempo atrás sirvieron de refugio a monjes dedicados a la copia de libros sagrados.

Finalmente, muy cerca del Parque Nacional de Lovcen merece la pena visitar la ciudad de Cetinje, capital histórica de Montenegro hasta que este título pasó a manos de Podgorica. En su centro histórico se encuentran el Monasterio de Cetinje, el Blue Palace, el Teatro Zevski, la Iglesia de Cipur… y una gran cantidad de agradables calles, plazas y parques. Se trata por tanto de un lugar tranquilo para comer por ejemplo un sabroso plato de ćevapi acompañado por un rico postre como el baklava, y continuar el viaje.

Con un litoral de 290 kilómetros, Montenegro es un destino idóneo para todos los que disfrutamos del sabor mediterráneo y por eso conocer las localidades costeras del país era uno de mis principales objetivos.

Quise visitar todas las ciudades con encanto que encontré por el camino, entre las que destacaron Bari, Sveti Stefan, Perast o la bulliciosa y turística Budva, y en todas ellas disfruté de la buena conservación de sus cascos medievales.

A unos 8 kilómetros de Budva se encuentra Sveti Stefan, una antigua aldea de pescadores convertida ahora en hotel de lujo. Hace tiempo este espacio era una auténtica isla pero ahora está conectado con tierra firme a través de un estrecho pasadizo, cuya entrada está celosamente vigilada ya que hasta este resort de lujo acude gente famosa de todo el mundo a pasar sus vacaciones y a disfrutar de una absoluta intimidad en sus playas de aguas cristalinas.

Kotor y su bahía son las joyas más valiosas de este país, declaradas junto a Durmitor Patrimonio de la Humanidad. Esta antigua ciudad amurallada que formó parte del imperio colonial veneciano es hoy un lugar maravilloso donde callejear e ir al encuentro de sus edificios más significativos: la bonita iglesia ortodoxa de San Nicolás o la iglesia de Trifon, además de los portones de entrada a la ciudad vieja.

El esfuerzo de subir a lo alto de su fortaleza se ve recompensado con unas magnificas vistas de la bahía, que simplemente te dejan sin palabras. Un paisaje digno de los fiordos noruegos en un país todavía poco explotado por el turismo.

La bahía de Kotor también esconde otros secretos, como el de sus playas de Ulcinj, casi en la frontera de Albania, o de Sutomore, cerca del puerto de Bari. Además, subirse a una de las barcas turísticas que parten de Perast y conocer las dos curiosas y minúsculas islas de Gospa od Skrpjela y Sveti Djordje puede ser el broche final a nuestra visita a la bahía.

Como curiosidad para finalizar este relato del viaje por Montenegro destacaría la visita al Monasterio de Ostrog, del siglo XVII, uno de los centros de peregrinación más importantes para los montenegrinos.

Se encuentra incrustado en la pared de roca de una montaña y para llegar a él hay que subir por una carretera llena de curvas, pero merece la pena ya que las vistas desde lo alto se extienden hasta kilómetros de distancia en un día claro.

Reflexionando al final de mi viaje me di cuenta que a menudo los países menos conocidos son los que mayor impacto te producen al irlos descubriendo a través de sus gentes y lugares. Y con Montenegro sucedió justamente eso, pues este pequeño país, a la sombra como destino turístico de su vecina Croacia, llenó mi mochila viajera de nuevos y gratos recuerdos.

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