Katmandú

Además de ser el punto de entrada y de salida del país, y de ofrecer motivos suficientes para dedicarle al menos un par de días, Katmandú es también el lugar desde donde organizar las visitas a los numerosos puntos de interés del valle: Patan, Bhaktapur..., es el punto de partida hacia Pokhara y los parques nacionales de Chitwan y Sagharmata y también el origen de las excursiones aéreas -mountain flight- sobre el Himalaya que ofrecen unos paisajes verdaderamente únicos.

Las calles de Katmandú son estrechas, polvorientas y bacheadas, llenas de coches, motos, rickshaws y bicicletas, tocando cada uno su bocina, y entre medio peatones, que sobreviven con esfuerzo a tanto caos y desorden. Las tiendas se expanden hacia afuera para mostrar sus productos invadiendo calles, plazas, accesos a templos y cualquier espacio disponible, sin que eso inquiete ni a peatones ni a vehículos que siguen adelante con su ritmo de bocinazos y adelantamientos. Abundan las tiendas de ropa y equipamiento para montañismo, vestimenta tibetana, camisetas e imitaciones chinas.

Incrustados en este laberinto de callejuelas sin nombre ni orden aparente, se encuentran un sin fin de antiguos palacios y templos budistas e hinduistas con grandes estatuas de dioses protegiéndolos, casas newaris de ladrillo rojo, espectaculares balcones y ventanas de madera tallada, talleres artesanos, patios y estanques centenarios, mandalas, molinillos de oración, mercados, velas, ungüentos de tigre, motos, taxis, refugiados tibetanos, montañeros, guías de senderismo, vacas sagradas que pasean a sus anchas e incluso monos.

En Katmandú el caótico y polucionado tráfico se mezcla con los mercados, las antiguas tradiciones y con una rica herencia artística y cultural que a menudo se usa como objeto de uso cotidiano.

Es frecuente ver chaityasy -pequeñas estatuas de dioses- utilizadas como tendederos públicos, o plataformas de templos empleadas como aparadores de un mercado de frutas y verduras. Pero es todo este desorden y confusión lo que confiere a esta legendaria y mística ciudad de un aura especial. Pasear por el laberinto de calles que rodea Durbar Square, llenas de templos, santuarios, patios, chaityas y estatuas escondidas entre tiendas, mercados y transeúntes, permite contemplar el día a día de los habitantes de Katmandú, y su fascinante relación con los abundantes tesoros arquitectónicos de la ciudad.

Katmandú, es el punto ideal para hacer excursiones de un día al resto del valle, que en un radio de 20 km ofrece siete enclaves protegidos por la UNESCO. Entre ellos destacan:

Patan: Se cree que fue construido en el siglo III a.c. por la dinastía de Kirat, ampliada por los Lichhavis en el siglo VI y otra vez por los Mallas en el período medieval, que fue cuando alcanzó pleno esplendor. Por tamaño, Patan es la tercera ciudad de Nepal, y aunque está separada de Katmandú por el río Bagmati las dos ciudades son tan vecinas que se confunden. Sus habitantes llaman a Patan Lalitpur, que significa ciudad de las artes, y de ello hay muestra en la infinidad de templos, grandes plazas, monasterios, casas antiguas, imágenes, esculturas talladas en piedra, puertas de bronce o tallas de madera que abundan en su Durbar Square y alrededores.

Bakhtapur: está a unos 45 minutos en coche de Katmandú. La ciudad de los devotos es la tercera de las ciudades medievales de Nepal, junto a Patán y Katmandú. Fue fundada en el siglo XII por el rey Ananda Deva Malla y hasta el siglo XVI dominó política y económicamente todo el país. Los impuestos y peajes cobrados a los comerciantes que la atravesaban en su estratégica ubicación en la ruta comercial entre India y Tíbet le reportaron gran riqueza. Y esta prosperidad animó su vida cultural y la convirtió en un verdadero museo al aire libre. Con su aire rural y la ausencia de tráfico, un laberinto de calles adoquinadas donde proliferan los templos hindúes y los santuarios budistas, además de tallas y de esculturas en plazas, calles y fachadas de edificios, la hacen un lugar muy agradable de visitar y por donde pasear.

Pasupatinath: se encuentra a 5 km de Katmandú, muy cerca del aeropuerto. Si se va en taxi, la parada natural es junto a las taquillas para el acceso al centro histórico. Pasupatinath es para el visitante una experiencia única, tanto por el paisaje verde y de naturaleza viva, como por la posibilidad de acercarse a los rituales de devoción del hinduismo que normalmente no se ven en otros lugares. Permite contemplar cómo los devotos se mojan, lavan o incluso beben en las sucísimas y contaminadas aguas del río, a donde no sólo van a parar las basuras de todo Katmandú, sino también animales muertos y cuerpos no completamente incinerados. Todo ello, unido al propio espectáculo de los entierros y cremaciones, lo convierten en una experiencia de sabores contradictorios, pero intensa e interesante, en cualquier caso.

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