La cigarra del octavo día

Kiwako entra en la habitación y ve al bebé. Se ha desabrochado el abrigo para meterlo dentro, como si lo envolviera. Después ha empezado a correr a ciegas. Desde ese día, Kiwako y el bebé robado vivirán una huida sin fin. La lucha desesperada de Kiwako por vivir su maternidad atrapa al lector sin que pueda abandonar la lectura hasta un final que se lee con un nudo en la garganta.

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