Japón

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Contenido

[editar] Primer avance

En el templo Senso-Ji
Mercado del pescado en Tokio

Japón es un país distinto y de ahí su atractivo. Su cultura, exquisita en tantos aspectos, sedujo a Europa en el siglo XIX y desde entonces sigue siendo un objeto de sentida admiración para los occidentales. Japón es el reino de la sensibilidad, del cuidado detalle que envuelve a las cosas pequeñas, del matiz que genera una sombra, de la forzada curvatura de la rama de un árbol de un jardín, de la estudiada armonía que ordena a lo asimétrico, de los gestos corteses que rodean a las relaciones sociales, de la serenidad que acompaña a todo lo que busca acercarse la perfección.

Pero Japón aparece también como el escaparate de la más rabiosa modernidad. Las luces de neón en las calles, los empujones para subir al metro, los ruidosos pasos elevados para los coches en las ciudades, los aglomerados pasillos de las estaciones, los vendedores llamando la atención en la calle a viva voz, la chillona composición de las primeras páginas de los periódicos o el exagerado estilismo de los jóvenes muestran que mucho ha cambiado y de manera radical.

¿Dónde está Japón?¿Cuál de ellos es verdad? Quien viaje a Tokio puede hacerlo sin encontrar nada o casi nada de ese Japón que enamoró a occidente. El Japón de las ilustraciones manga, del mundo de los videojuegos, del karaoke y del consumo compulsivo se ha puesto en cabeza de la visibilidad a la que accede el viajero en muchos lugares.

Pero la realidad es que Japón aúna ambos extremos: mantiene santuarios y jardines del estilo más tradicional al mismo tiempo que ha desarrollado una sociedad moderna con formas de vida que en nada se parecen a las que tuvieron padres y abuelos.

Un cambio rapidísimo ha barrido muchas de las señas de identidad de Japón. Japón se despidió del feudalismo a finales del siglo XIX y desde entonces y sobre todo desde el final de la segunda guerra mundial ha entrado aceleradamente en la senda de la modernidad.

Pero apariencias aparte y al contrario de lo que pudiera indicar una primera impresión, el Japón de hoy sigue siendo hijo del Japón de entonces. En el Japón de hoy sigue asomando la antigua cultura y muchas de las cosas que sorprenden al viajero hay que interpretarlas a la luz de ella. Uno de los juegos más fascinantes del viaje a Japón es el de preparar la mirada para descubrir en sus expresiones más modernas muchos rasgos que sólo pueden venir del viejo Japón tradicional.


[editar] Un país lleno de contradicciones

Japón sorprende. Sorprende porque siendo un país moderno -o muy moderno, según se mire- conserva rasgos que se dirían de un tiempo muy lejano. Y sorprende porque conserva una cultura con raíces que nada tienen que ver con las nuestras. El resultado es que algunas cosas que se ven en Japón parecen propias de otro mundo. Quizás, lo más sorprendente es lo contradictorio que resulta el país a los ojos del viajero.

Kioto, castillo Nijo
Estilo manga
Mascarilla para no contagiar

Los que desde a mediados del siglo XIX hasta principios del XX ‘descubrieron’ Japón para los europeos -Lafcadio Hearn, Kipling, Blasco Ibáñez- hablaron de sus curiosas tradiciones y de unas formas de vida que llamaban poderosamente la atención. Con ellos se cultivó una moda en occidente que vio Japón como un mundo de ensueño, un paraíso de la serenidad, de la estética más refinada y de la sutileza llevada a cualquier aspecto de la vida.

Los antropólogos sin embargo fueron más críticos y descubrieron en los japoneses un universo lleno de extremos. Los japoneses eran lo más ceremonioso pero podían ser lo más rudo sin que ello se viera como algo fuera de lugar. Podían ser obedientes hasta el extremo pero incomprensiblemente indisciplinados a ojos de los occidentales. Eran cuidadosos y sutiles en el trato con la naturaleza y sin embargo crueles en una medida que parecía irreconciliable con lo primero.

La vida japonesa con los pies en extremos opuestos resulta todavía hoy llamativa. El contraste es una marca de identidad de Japón. Y la contradicción que ello supone puede leerse más como una expresión de coherencia, como una forma de orden, que de desorden en la vida de los japoneses.


Llaman la atención:

Las sentidas reverencias que habitualmente se prodigan como signo de atención y respeto.

La dificultad en la comunicación entre extranjeros y nacionales, incluso cuando unos y otros pretenden estar hablando en inglés.

La sonrisa permanente que conforma el trato con los demás.

La distancia y absoluta falta de contacto físico en la relación entre las personas en los comercios o en cualquier actividad cotidiana. El dinero o la tarjeta para el pago no se dan en la mano. Se dejan en una bandeja donde a su vez el vendedor devuelve el cambio con el ticket de la compra.

Las aglomeraciones en el metro cuando un ‘empujador’ ayuda a entrar a los viajeros en los vagones a las horas punta.

La mascarilla que llevan en los espacios públicos algunas personas cuando tienen alguna enfermedad y piensan que pueden contagiar a los demás.

La pulcritud extrema que reina en las calles de las ciudades, a pesar de no haber ni una sola papelera.

El orden primoroso en los escaparates de las tiendas y en las estanterías donde muestran sus productos.

La frenética sucesión de anuncios -luminosos por las noches- que cuelgan de las fachadas de los edificios en los barrios más comerciales.

Los guantes blancos que llevan los taxistas y las fundas de ganchillo blanco que ‘visten’ los respaldos en los asientos de los taxis.

El gusto pésimo a los ojos occidentales del diseño de carteles, folletos o portadas de periódicos.

La lentitud en cualquier tarea burocrática que sujeta al cumplimiento milimétrico de las tareas establecidas.

El cumplimiento riguroso de las normas de convivencia: nadie cruza con el semáforo en rojo, ni nadie pinta un grafiti en la calle o en una estación de metro

En las grandes ciudades, los 'corralitos' dispuestos en algunas calles para que los fumadores no molesten al resto de viandantes.


[editar] Para comprender Japón: un poco de historia

Al principio

A diferencia de lo ocurrido en otros países o en otros imperios, en Japón una sola dinastía desde tiempos inmemoriales ha ocupado el trono del emperador.

No es un detalle menor, porque esta certeza creó entre los japoneses la idea de que formaban parte de un país distinto, con una historia y una legitimidad enraizada en el origen de los tiempos y asentada en la fidelidad a una autoridad y unas leyes tan antiguas como el mundo.

Palacio del emperador, en Tokio
Castillo Matsumoto, en Nagano

Japón ha sido un país de ‘orden’ aunque a veces de un orden revuelto Y esto equivale a decir que es y ha sido un país que ha tenido que asumir muchas contradicciones para mantenerse en una misma senda a lo largo de los siglos. Lo que en otros lugares se resolvió mediante cambios y revoluciones, en Japón se hizo buscando recovecos que dejaran intacta la legalidad y el sistema de valores en que se asentaba la sociedad.

Si Lampedusa hablaba de que algo cambie para que todo siga igual, la historia de Japón hubiera ido al lado opuesto y apostado por que nada cambie aunque con ‘cintura’ suficiente para adaptarse a todo aquello que no tiene cabida dentro de tanta rigidez.

Japón era un pequeño imperio, empobrecido y aislado, cuando China ya había desarrollado una cultura sumamente sofisticada. En medio de tanto atraso, el emperador decidió, en el siglo VIII, copiar a los chinos e importar no sólo la forma de sus instituciones sino también su alfabeto y otros elementos de su cultura.

La importación no resultó fácil, pero tampoco quedó en nada. El resultado fue, con el tiempo, una adaptación a la propia manera de lo que el coloso continental había conseguido.

La religión antigua, poblada de dioses y personajes legendarios del mundo celestial siguió viva a través del sintoísmo que se practica todavía hoy.

Y el budismo floreció como religión nueva pero a la manera zen, es decir, mirando de reojo a los texto sagrados como material prescincible y apoyándose en una ética mucho más independiente que hacía del budismo japonés algo ajeno a las grandes tendencias que cobraron vida en el continente.

Una y otra convivieron religión sin conflicto a lo largo del tiempo, el sintoísmo más próxima al estado porque al no tener doctrina no resultaba propiamente una religión y la otra como un refugio más para la devoción de una masa importante de fieles.

Pero había un asunto más, y era que a diferencia de China donde el emperador tenía un poder claramente superior al de los otros nobles, en Japón su poder era muchas veces menor aunque su dignidad estuviera por encima de la de todos.

Así las cosas, Japón vivió con un régimen feudal donde los ‘daimos’ -los nobles-, con un poder territorial claramente establecido, prosperaron con sus ejércitos de samuráis gobernando sus territorios y bajo la fidelidad a una ‘ley’ que ponía al emperador en lo más alto de la escala simbólica de la legitimidad y de la autoridad del universo en el que vivían.

Por supuesto, un sistema así era inestable y propiciaba conflictos y guerras frecuentes entre unos y otros. Forzosamente alguien, que no era el emperador, resultaba vencedor en las contiendas y acababa por sobresalir entre los demás. El Shogún fue la figura que encabezó una institución a la que se concedía un poder sobre toda la nación. El shogun, además de noble, era la cabeza militar con autoridad sobre todos los demás señores, el que imponía tributos a los daimos y les exigía fidelidad. Era también el último recurso a la justicia.

Samurais
Calle en Takayama


Doscientos años de paz: el período Edo

El emperador reconocía el papel del shogún como gobernante de hecho al tiempo que el shogún aceptaba la dignidad suprema del emperador. El puesto de shogun pasó de una familia a otra a medida que variaba la correlación de fuerzas hasta el siglo XVI cuando accedió al shogunato la familia Tokugawa. La habilidad, la determinación y el poder mostrados por la familia Tokugawa apagó cualquier veleidad de los daimos de salirse de la línea que tenían marcada.

Para que no hubiera dudas, el shogún obligó a los daimos a fijar su residencia en la capital y, entendiendo que estos debían también administrar sus territorios, les obligó a dejar a sus mujeres en sus residencias capitalinas cuando ellos regresaban a sus tierras.

Pero hubo más y de suma importancia. Porque para imponer su nuevo orden, el shogun mandó cerrar las fronteras, suspender las relaciones comerciales y aislar por completo el país del resto del mundo. Prohibió construir embarcaciones que pudieran alcanzar las costas de China y todo se organizó de cara adentro, evitando la mirada al exterior.

Japón tenía ya asumido que su historia y su cultura eran únicas y que nada había en su entorno que pudiera enriquecerlas. El valor de sus códigos morales, de sus normas de conducta y de su organización como sociedad ponía a Japón por encima del resto de países y no necesitaba de ellos para abrirse camino.

Durante doscientos años se mantuvo el shogunato en manos de los Tokugawa y durante todo este tiempo concluyeron las guerras, Japón vivió una excepcional época de paz y también de prosperidad.

Como sociedad muy reglamentada, la de Japón estaba ordenada por clases, que bien podrían llamarse castas. Los samurái eran una de ellas, importante en cuanto a reconocimiento aunque pobre en muchos de los casos. Tenían derecho a portar espada y vivian de una pensión que les concedía el daimo. En épocas de turbulencias se incorporaban a las campañas de su señor o a bandas movilizadas para poner orden, y en épocas de paz se quedaban ociosos a la espera de que los conflictos requirieran de ellos.

El shogunato de los Tokugawa no fue el más exigente para ejercer el oficio de las armas, pero las familias samurái seguían existiendo de modo que todo llevó a su reconversión. El prestigio de que gozaban -aunque no su situación económica- les hizo moverse hacia disciplinas de mayor contenido intelectual. Seguían siendo gente de confianza de los señores y así se ‘reciclaron’ a administradores, funcionarios al servicio del estado, maestros… de manera que mantuvieron su dignidad a pesar que se sus funciones originales se fueron extinguiendo.


La era Meiji

Emperador Meiji
La modernidad en el período Meiji

El final de la era Tokugawa estaba anunciado porque el mundo había cambiado mucho desde el siglo XVI y no era posible seguir en el aislamiento. La economía de Japón tocaba techo estancada en un modo de vida tradicional que no conocía de más avances que los nacidos en el propio país.

Además, las potencias occidentales, embarcadas en la expansión colonial tampoco admitían una frontera a sus ambiciones que no hubieran puesto ellas mismas. A mediados del XIX Perry se plantó frente a la bahía de Edo con una flotilla de guerra equipada con la artillería más moderna para ‘negociar’ en nombre de Norteamérica la apertura de Japón al comercio internacional. El fin de una era estaba anunciado y tardaría muy poco en producirse.

La era Meiji (1968-1912) abrió un tiempo radicalmente nuevo para Japón. Tan nuevo como imprevisible y lleno de éxito. Fue una ventana a la modernización que el país aprovechó de manera sorprendente incorporando cuantas novedades llegaron del exterior.

Pero no resultó fácil ni automático el cambio. Demasiadas cosas debían moverse al mismo tiempo para que una sociedad y unos poderes tan apegados a la tradición pusieran rumbo en una dirección tan distinta de la que había sido la norma hasta el momento. El proceso se inició con la ‘restauración’ del emperador. El gobierno de los shogunes no tenía sentido cuando el siglo XX estaba ya a la vuelta de la esquina. Y el modelo de una sociedad feudal tenía menos cabida aún si el país estaba obligado a abrirse al exterior.

La figura del emperador, con su indiscutida legitimidad y con un aura semidivina, cultivada a lo largo de los siglos, resultó la base sobre la que construir un gobierno nuevo, homologable al de los países avanzados. Y la tradicional concepción de Japón como potencia basada en una cultura superior y en la convicción de componer una sociedad con valores más sólidos que los de cualquier otra impulsaron la determinación de convertir el país en una potencia. La industria fue sistemáticamente apoyada, lo mismo que el comercio y la agricultura. También las infraestructuras dieron un vuelco con el desarrollo de los ferrocarriles, la construcción naval y la llegada del telégrafo a las principales ciudades.

De la nada, Japón pasó a convertirse en un país industrializado a punto de despegar para ocupar uno de los primeros puestos den el mundo.


El nacionalismo japonés y la Segunda Guerra Mundial

La era Meiji tomó el nombre del emperador en torno al cual pivotó el cambio. Tras él e importando conocimientos, técnicas y expertos de otros países Japón siguió el camino de convertirse en una nación poderosa, al tiempo que crecía en la sociedad y en ciertas áreas del poder la idea de que tenía derecho a convertirse en la potencia colonial de oriente lo mismo que habían hecho otras potencias de occidente.

No sólo entendía que tenía la misma legitimidad que los ingleses que se habían apropiado de la India y Birmania, los franceses de la Conchinchina o los americanos de Filipinas sino que en su concepción del orden mundial consideraba que su superioridad justificaba que tomara las riendas de países que no se habían ganado el derecho de andar en solitario.

La bandera imperial
Hiroshima

Una oleada de nacionalismo se instaló en la sociedad japonesa al tiempo que el poder se fue decantando a favor del ejército de Tierra y la Marina. De un gobierno civil se pasó a un gobierno en manos de los militares y las aventuras de expansión en el continente tomaron cuerpo con la invasión de China.

La expansión por el continente se había producido unos años antes. La guerra ruso-japonesa había dado a Japón entrada en Manchuria. Y con los aliados ocupados en el frente europeo durante la Segunda Guerra Mundial Japón vio la oportunidad de ganar territorio en el continente y también en el Pacífico. Su objetivo era llegar a Australia.

El ataque a Pearl Harbour se considera el gran error de Japón, a pesar del éxito de la operación, porque indujo a los EE.UU. a entrar de lleno en el conflicto.

La misma cultura que había marcado el alma de Japón históricamente, seguía viva en pleno siglo XX para bien y para mal. El estamento militar japonés, conservador en la visión del mundo y en los códigos de conducta samurái, entendió que el orden mundial exigía que Japón ocupara en Asia el puesto de dominio que le correspondía. Y entendía que la disciplina y la fidelidad de los japoneses a los principios vitales que habían sostenido durante siglos al país harían invencible a su ejército. No importaba cual fuera el enemigo porque siempre iba a ser más débil que Japón.

Nada se cumplió. La realidad es que como potencia industrial Japón estaba años luz por detrás de los EE.UU., como musculatura económica la suya era minúscula comparada con la del gigante norteamericano y como determinación la de los norteamericanos en ganar la guerra era tan fuerte como la japonesa.

Si al principio Japón salió ileso de una guerra que tenía lugar lejos de sus fronteras, la intervención masiva de Norteamérica fue llevando la guerra al interior de país y los bombardeos se hicieron masivos. La destrucción fue enorme.

Un apunte aclara el curso de la guerra y el peso singular de la cultura japonesa. Un año antes de terminar la guerra, Japón estaba convencido de que la iba a ganar. Y con la certeza de una guerra ganada, los aliados no sabían cómo terminarla. Para los japoneses caer prisioneros era un deshonor por no haber cumplido hasta el final su deber de derrotar al enemigo. El ejército japonés se convirtió en un ejército suicida, en términos de los propios japoneses.

Sólo la abrumadora masacre de las bombas nucleares americanas sobre Hiroshima y Nagasaki determinaron la rendición incondicional de Japón.


[editar] Situarse para el viaje

Almacén antiguo en Tokio
Porcelanas
Estética joven
Detalles en la mesa
La carta del restaurante
Jarrones de sake

[editar] El idioma

Aunque la gente sea exquisitamente educada, no es fácil entenderse con los japoneses. La mayoría no habla inglés Y los que lo hablan muy a menudo son difíciles de comprender. Y el deseo de los japoneses de no importunar al otro les lleva a explicaciones tan breves y concisas que quien pregunta se queda muchas veces lleno de dudas sobre si habrá entendido o no a su interlocutor.

Sólo hay que acostumbrarse para manejarse bien en medio de la inconcreción

[editar] Tarjeta SIM

Las ciudades, incluso las grandes, son seguras y en este aspecto no hay problemas. Pero suelen ser complicadas. Los mapas son de ayuda, pero nada como disponer de un navegador para orientarse cuando se anda por la calle y se quiere llegar a algún lugar.

Una excelente solución es comprar una tarjeta para el teléfono móvil que permita disponer sin problemas y con poco coste de una conexión de datos para utilizar Google cuando se necesite. El precio es más que razonable y resulta una ayuda que se va a agradecer.

¿Dónde comprarla? Las tiendas grandes de material electrónico, o tipo grandes almacenes suelen tenerlas. Pero se venden también por internet y pueden comprarse desde casa antes de salir de viaje. La dirección es http://www.bmobile.ne.jp/english/index.html

[editar] Dinero y pago con tarjeta

Naturalmente, el uso de tarjetas de crédito está más que extendido. Pero algunos lugares -tiendas o restaurantes pequeños- no tienen previsto el cobro con ellas. La conclusión es que hay que llevar dinero en yenes para atender algunos gastos.

Las tiendas Seven Eleven están presentes en las ciudades grandes y disponen de cajeros automáticos donde sacar dinero a través de la tarjeta de crédito.

[editar] Propinas

Japón es de los pocos países donde la propina no existe. No forma parte de la costumbre y nadie, ni en los taxis, o en los restaurantes, o en los bares, espera que se ofrezca una gratificación fuera del precio de un servicio.

[editar] Bares y bebidas

En Japón, lo de entrar en cualquier bar a tomar un refresco o una cerveza es menos habitual de lo que puede ser en occidente. Los restaurantes no suelen funcionar como bares y muchos locales pueden ofrecer un té pero no otras bebidas.

Los japoneses acostumbran a tomar alcohol en lugares previstos para ello. Tienen el aspecto más de ‘club’ que de bar, las entradas invitan poco a pasar y el interior suele ser de luces atenuadas para beber con tranquilidad y en la intimidad.

El sake está fuera de esta condición. Se sirve en los restaurantes y se suele tomar con las comidas.

Hay que saber que, en un lugar tan ‘contenido’ como es Japón, los efectos del alcohol no están mal vistos. La distancia que se mantiene entre las personas en una relación normal, se puede convertir en animada cordialidad entre contertulios si hay sake de por medio, sin que ello resulte chocante o una transgresión. Lo mismo en estado sobrio se vería como un auténtico pecado. También hay que saber que la bebida en Japón suele resultar pacífica y amistosa. No estar asociada problemas de violencia de ninguna clase.

[editar] El Rail Pass

Para moverse por Japón cuando las distancias no son muy grandes -hasta unos pocos cientos de kilómetros- el tren es una excelente solución. Existen trenes locales y regionales con paradas frecuentes y existen los famosos trenes bala (Shinkansen) de alta velocidad, con paradas alejadas unas de otras.

El Rail Pass es la fórmula ideada para los visitantes de modo que puedan utilizar las red JR de ferrocarriles las veces que quieran durante el tiempo de validez (7, 14 o 21 días) que marca el documento. Su uso resulta extraordinariamente cómodo (vale para algunos metros de Tokio integrados en la red) y suele ser muy ventajoso económicamente.

Está previsto que el viajero adquiera su Rail Pass en su país de origen y que disponga de un visado de estancia temporal en Japón. Una vez en el país, el Rail Pass deberá activarse en las oficinas correspondientes de las estaciones de tren. Para ello es preceptivo mostrar el pasaporte y a partir de ese momento empieza a contar el plazo de validez del pase.

[editar] Tomar el tren

No hace falta repetir que Japón es un país ordenado. Los trenes son puntuales y los de largas distancias llevan asientos reservados en la mayor parte de sus vagones. Por ello, una vez activado el Raíl Pass, conviene reservar asientos para los trayectos que se vayan a utilizar. La reserva, una vez hecha, puede cambiarse sin coste, si se desea. Y en todo caso, en el extremo del tren hay siempre vagones con asientos sin reserva de modo que también existe la posibilidad de una decisión de última hora.

Otra cosa son las estaciones. En las ciudades grandes, especialmente en Tokio, hay estaciones inmensas con multitud de pasillos que conectan sus distintas partes. A menos que se esté familiarizado con ellas, lo prudente es ir con tiempo para no correr el riesgo de pasar sustos a la hora de encontrar el andén o la vía que se está buscando.

[editar] Comer

En la calle, se encuentran restaurantes grandes y pequeños donde comer, aunque la mayoría se encuentran en centros comerciales y muchos en algún piso de un edificio frente al cual el viajero pasa sin conocer su existencia a menos que sepa leer japonés.

Para resumir, existen dos tipos de restaurantes. Los estupendos, donde pasar un buen rato comiendo y de precio elevado, y los que suelen utilizar los japoneses de precio mucho más ajustado. Dicen que en las estaciones de tren o de metro están los mejores, aunque su aspecto pueda parecer modesto.

Los japoneses suelen ir al restaurante a comer, no a estar. Muchas veces comen solos y no es habitual hacer sobremesa. En muchas ocasiones los restaurantes de los japoneses más que mesas y sillas tienen taburetes y un mostrador donde se come y de donde se marcha uno cuando ha terminado. Ello no significa que el restaurante sea mediocre. A veces, una larga cola de espera muestra que se trata de un local muy apreciado por su comida.

¿Y cómo aclararse? Las cartas de los restaurantes ‘normales’ suelen tener imágenes de los platos que sirven y que ayudan a elegir. Pero además, muchos de ellos tienen en el escaparate una muestra de platos hechos con resinas varias que reproducen el aspecto del plato con inquietante fidelidad.

[editar] Los platos de la cocina

La variedad es inmensa, con nombres y matices de lo más diverso. Para una idea superficial pero amplia al mismo tiempo, nada como la lista de la página de gastronomía japonesa de Wikipedia para aprender al menos los principales nombres y familiarizarse con el tema.

https://es.wikipedia.org/wiki/Gastronom%C3%ADa_de_Jap%C3%B3n


[editar] Población y geografía mínimas

La gran ola
Peces

La población de Japón ronda los 130 millones de habitantes.

El archipiélago japonés se compone de alrededor de 7.000 islas, muchas de ellas meros islotes, y la superficie de tierra es de 378.000 km2. Honshu, la isla mas grande ocupa 230.000 km2, lo que viene a ser la mitad de la superficie de España.

El perfil del suelo es muy montañoso. El 70% aproximadamente de la superficie total es montaña, el 66% lo ocupan bosques y solamente en torno al 12% es tierra cultivable.


[editar] Clima

Japón se extiende de norte a sur en un amplio arco de latitud (3.000 km) que alcanza desde climas fríos a climas subtropicales. Los vientos y corrientes marinas afectan también al clima según las costas miren al Pacífico o al continente. Pero es en buena medida la altura la que determina de manera importante las temperaturas. Japón es un país muy montañoso y las regiones altas pueden estar cubiertas de nieve durante meses.

Primavera y otoño son los mejores meses para viajar. Hasta finales de mayo, las temperaturas son suaves y las lluvias, que empiezan por el sur, benignas. De septiembre a noviembre el fuerte calor ha remitido ya y las lluvias no son abundantes. El verano es al principio (mediados de junio) caluroso y muy lluvioso y a medida que avanza se hace más seco, aunque la humedad de la atmósfera es elevada y las temperaturas se mantienen muy altas. El invierno es más seco, especialmente en la costa del Pacífico, pero los vientos que proceden de Siberia llevan las temperaturas a niveles muy bajos, sobre todo en el área que mira al Mar de Japón donde se producen fuertes nevadas.


[editar] Para leer

Además de las guías, que serán buenas compañeras de viaje, leer sobre la cultura o la historia de Japón ayudará a comprender el país y a su gente.

El crisantemo y la espada es un clásico que no ha perdido vigencia y que, a pesar de haberse escrito a finales de la Segunda Guerra Mundial, aporta información muy relevante sobre los japoneses y su particular manera de ser.

Breve historia de Japón ofrece una visión amplia sobre el país, su evolución a lo largo del tiempo y su cultura. Una visión que ayudará a situarse y a comprender el pasado y el presente de un país que vivió hasta hace muy poco tan alejado de occidente.

Japon-mapa.jpg

Japón, el paisaje del alma reúne a Kipling y a Inazo Nitobe con dos textos de una claridad y un interés que serán un goce para el lector.

Para ver una selección de libros, de guías y de mapas, entrar en Libros de Viaje.


[editar] Algunas sugerencias de viaje

Japón se compone de innumerables islas, pero son cuatro (Hokkaido, Honshu, Shikoku y Kyushu) las de un tamaño considerable y que constituyen el corazón del país. De ellas, Honshu es la más visitada. Tokio, Kioto, Osaka, Hiroshima y el famoso monte Fuji se sitúan en ella y por esta razón es la que más atracción ejerce sobre los viajeros.

Japón tiene contenido suficiente como para dedicarle varios viajes. Pero también se halla en un lugar que permite enlazar con la visita a algún otro país ya sea vecino (Corea), ya sea situado en el camino o con una buena conexión aérea desde España (Birmania, Bali, Maldivas).

Ver distintas alternativas de viaje a Japón.


[editar] Qué ver


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