Letonia

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Letonia limita al norte con Estonia, al sur con Lituania y al este con Rusia y Bielorrusia. Tiene una superficie de 64.589 km2 -muy parecida a la de Lituania- y una población de 2,2 millones de habitantes. La mayoría de ella, un 62%, es de origen letón, aunque los rusos representan casi el 30%, seguidos de los bielorrusos, y aunque en la capital Riga la población letona es una minoría. La población obedece en su mayoría a la iglesia ortodoxa, que en última instancia depende de Moscú.


Contenido

[editar] Palacio de Rundāle

El Palacio de Rundāle es una de las paradas que se supone debiera hacer cualquiera que visite Letonia. En parte es así porque no representa un gran desvío en el camino que se suele utilizar hacia Riga desde Lituania -o al revés, desde Riga a Lituania. Pero es más que eso, a pesar de que fue expoliado sin compasión y perdió buena parte de la decoración de sus interiores. Restaurado con esmero, la realidad es que es un poderoso edificio de corte italiano, situado en medio de un bello jardín. Fue construido por encargo del duque de Curlandia en el siglo XVIII por Bartolomeo Rastrelli, el mismo arquitecto que construiría el Palacio de Invierno en San Petersburgo. El interior, por supuesto, ha recuperado los aires palaciegos en las estancias abiertas a las visitas y el esplendor barroco que correspondía a la importancia de su dueño.

Tan inspirador como el palacio es la historia del duque. Ernst Johann, que así se llamaba, de origen alemán, se casó con Anna Ioánnovna. Anna no era una noble cualquiera, era la hija de Iván V de Rusia, y acabó convirtiéndose en emperatriz. No habiendo heredero masculino al trono, había sido elegida por un consejo de nobles rusos que deseaban asegurarse una reina obediente a quienes movían los hilos en el palacio. Pero no contaron con el carácter de Anna que uno a uno, envió Siberia a quienes le hacían sombra y se rodeó de nobles fieles procedentes de los países bálticos. Su marido, el duque de Curlandia fue uno de ellos, pero a la muerte de la emperatriz las cosas cambiaron. Los nobles desterrados regresaron y el duque, mal visto, fue quien emprendió a su vez el camino a Siberia, donde permaneció durante veinte años. Tardó este tiempo hasta que, Catalina la Grande, de origen alemán como él, lo sacara del destierro y pudiera finalmente regresar a su casa.

Palacio de Rundāle
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Palacio de Rundāle
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Palacio de Rundāle
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[editar] Riga

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La capital de Letonia se halla a orillas del río Daugava, en un ensanchamiento muy próximo a la desembocadura en el Báltico, lo que hizo que el puerto fuera en la práctica un puerto de mar. De ahí su importancia a lo largo de la historia y la riqueza que adquirió con el comercio y con su participación en la Liga Hanseática. Pero contar esto es quedarse muy cortos, porque la ciudad tiene una riqueza que no se explica considerando sólo unos pocos siglos al final de la Edad Media. La vida efervescente de Riga se extiende en el curso de una larga historia y se debe su posición en el cruce de importantes caminos, sobre todo el que comunicaba Rusia y el occidente de Europa y por el que pasaba un sustancioso tráfico comercial.

En el siglo XVII, cuando se hallaba bajo dominio de Suecia, Riga fue la ciudad más importante del imperio nórdico, superaba a la capital de la propia metrópoli. Y a continuación, cuando Rusia incorporó la ciudad a sus dominios, Riga pasó a ser la tercera ciudad en importancia del imperio de los zares después de Moscú y San Petersburgo. No es de extrañar pues que el centro histórico de la capital letona cuente con numerosos y bellos edificios cuyos estilos van desde el gótico al art nouveau, y que pasear por él sea fuente de continuas sorpresas.

Un día y medio bien aprovechados son una buena medida para ver lo más importante de la ciudad.


[editar] El casco histórico

Se encuentra rodeado por dos vías de agua. Una, al oeste, es el río Daugava y la otra es un canal, pequeño, comparado con el río, pero navegable lo que permite darle la vuelta entera a la ciudad a bordo de una agradable embarcación (http://rigabycanal.lv/en#!route).

Sin duda, lo mejor es callejear con un mapa en la mano. Las calles, de trazado irregular, con agradables terrazas de bares o restaurantes en muchas de ellas, y con tiendas interesantes, no ayudan a fijar un recorrido por el que guiarse. Pero en cambio, las distancias son cortas, y no habrá dificultad para pasar andando de un lugar a otro y acercarse a ver lo más importante.


Casa de los Cabezas Negras. Es seguramente el edificio que más llama la atención y mayor interés despierta entre los visitantes. Se construyó en el siglo XIV para alojar a comerciantes alemanes. El edificio fue remodelado con los siglos y hoy aparece tal como era en el siglo XVIII, pintado en tono rojizo y en todo su esplendor. Lo cierto es que durante la segunda Guerra Mundial la Casa fue tan dañada que hubo que destruirla y lo que hoy se ve es una meticulosa reconstrucción del original, cuyos planos, afortunadamente, se conservaban.

Cualquier hora es buena para ver la Casa de los Cabezas Negras, pero quienes quieran disfrutar de su preciosa fachada y hacer buenas fotografías de ella harán bien en ir hacia las últimas horas de la tarde, cuando los rayos del sol inciden casi verticalmente sobre ella y la iluminan con más fuerza.

Casa de los Cabezas Negras
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Casa de los Cabezas Negras
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Casa de los Cabezas Negras
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Museo de la Ocupación. Está en un edificio moderno junto a la Casa de los Cabezas Negras y eso puede ser una buena excusa para visitarlo. No es un museo grande, pero es suficiente para ilustrar la historia reciente de Letonia. Una historia que dejó marcada a la población y que hoy, borradas casi todas las huellas de lo que significó ser un 'estado satélite de la URSS', sirve, a modo de documental, para recordar cómo fueron las cosas en ese tiempo. Fotografías, periódicos, documentos y objetos varios compone una colección que tiene indudable interés, que se deja ver sin esfuerzo y que se visita, si no se desea dedicarle mucho tiempo, en poco más de media hora.


Iglesia de San Pedro. De ladrillo y austera, no renunció, sin embargo, a disponer de un campanario con una elevada aguja sostenida sobre varias cúpulas superpuestas para marcar su importancia y sobresalir entre los tejados de las casas que la envuelven. Hay que entrar en ella porque es una iglesia importante. El interior sobrio como corresponde a la espiritualidad luterana, de traza gótica, paredes casi desnudas y bóveda muy elevada cede el protagonismo a las familias más poderosas de la ciudad en tiempos pasados. Grandes escudos, de bella ejecución, con dorados y distintivos de nobleza adornan las paredes y ocupan lo que en las iglesias católicas hubiera sido el espacio dedicado a las imágenes de vírgenes y santos.

Un ascensor permite subir al campanario. Desde lo alto, las vistas sobre la ciudad son espléndidas.

Iglesia de San Pedro
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Iglesia de San Pedro
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Iglesia de San Pedro
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Detrás de la iglesia, se abre una animada plaza y se halla un monumento a los Músicos de Bremen, muy visitado, con su asno, su perro, su gato y su gallo en recuerdo del cuento de los hermanos Grimm y de la ciudad Gemela de Bremen que fue quien obsequió el monumento a Riga.


Iglesia de San Juan. Aunque solo sea un minuto, vale la pena asomarse a la nave central de la iglesia, austera pero menos, porque el juego del blanco de los muros y el ladrillo visto de los arcos, y sobre todo el dibujo de líneas finas de las bóvedas consigue un efecto singular que llamará sin duda la atención.

Iglesia de San Juan
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Iglesia de San Juan
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Iglesia de San Juan
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Catedral. La catedral luterana se levanta en una plaza, activa a todas horas, y bordeada de edificios interesantes. La antigua Bolsa, hoy convertida en un restaurante, llama especialmente la atención.

El exterior del templo, barroco, oculta en el interior una nave gótica, pinada de blanco, de ambiente estricto y de hechuras menos esbeltas que la de San Pedro. En verano son habituales pequeños conciertos de órgano, de modo que si hay suerte se podrá disfrutar de media hora de música clásica elegida para gustar a todo el mundo. El claustro, modesto y convertido en un pequeño museo, se visita como reliquia de las partes más antiguas del edificio.

Catedral
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Catedral
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Claustro de la catedral
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Pza. Catedral, antigua Bolsa
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Pza. Catedral
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Pza. Catedral
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Los tres hermanos

Tres Hermanos. Buena parte de la ciudad vieja la ocupan las casas que una boyante burguesía construyó en el siglo XIX. Por eso llama la atención encontrar tres pequeños edificios, bautizados como los Tres Hermanos, que evocan la ciudad más clásica de mercaderes y comerciantes de siglos anteriores. El edificio en el número 17 -a la derecha- es la vivienda más antigua de la ciudad y data del siglo XV. Cuentan que sus pequeñas ventanas se deben a que, en la época, el tamaño de las aperturas a la calle determinaba los impuestos y el ahorro fiscal requería hacer huecos lo más pequeños posible.


La casa de los gatos. Es otra de las curiosidades de la ciudad, cuya arquitectura, hermanada con los movimientos modernistas europeos, daba pie a ejercicios de fantasía ricos en imaginación por parte de arquitectos y propietarios. Un buen ejemplo de ello es la casa de los gatos con una bella decoración en sus fachadas y la figura de un felino en el pico de un tejado, que se ha acabado convirtiendo en un símbolo de la ciudad.

Casa de los gatos
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Casa de los gatos
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Casa de los gatos
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[editar] El barrio Art Nouveau

Aunque el casco antiguo posee una colección envidiable de edificios de corte modernista -y la Casa de los Gatos es uno de ellos-, justo al lado, en un ensanche de la ciudad de muy a finales del XIX y principios del XX, se despliega un barrio entero, convertido en una joya que disfrutarán todos los amantes de la arquitectura. Se trata, a juicio de muchos, del barrio art nouveau mejor conservado y más bello de Europa.

El art nouveau se extendió con energía en Riga a partir de 1900, en un momento de prosperidad y de la mano de arquitectos que se habían formado en Alemania. Fachadas muy decoradas, jugando con elementos vegetales, con esculturas, buscando movimiento a base de curvas y de asimetrías y empleando materiales y colores diversos para dar vida a los edificios fueron dando un carácter nuevo a la ciudad y modificando su apariencia en muy pocos años.

Los estudiosos distinguen tres momentos o tres estilos con personalidad propia dentro de este art nouveau cuyo furor duró poco más de quince años. En el primero, el más alemán de todos, primó la decoración. Más que el edificio, era la fachada la que ocupaba el interés con expresiones decorativas singulares y de fuerte impacto. La revolución de 1905 en Letonia fue una réplica de las que se estaban produciendo en Rusia contra el zar. Tras ella, el estilo giró con intención de realzar los elementos y símbolos que mejor representaran el espíritu y los valores nacionales. Una especie de romanticismo patrio matizó colores y temas en la decoración. Finalmente, en la tercera de las etapas, el gusto se inclinó por la verticalidad y el diseño de las fachadas evolucionó hacia composiciones en altura, mucho menos -o casi nada- decoradas, que acentuaban la apariencia de elevación de los edificios.

La visita al barrio consiste en pasear y, de nuevo, las distancias no son grandes. Los edificios más singulares están sobre todo en el rectángulo que forman las calles Elizabetes Iela, Strelnieku Iela, Alberta Iela y Antonijas Iela. Pero explorar otras calles deparará muchas y cautivadoras sorpresas.

Aunque modesto en cuanto a tamaño, merece la pena visitar el Museo del Art Nouveau en Alberta Iela, 12. El museo ocupa el piso donde vivió Konstantīns Pēkšēns, un célebre arquitecto de la época. La simple vista, desde abajo, de la escalera del edificio justifica por sí sola la visita.

Quienes quieran preparar con más detalle el recorrido por el barrio encontrarán, sin duda, información muy interesante en la siguiente web dedicada a la Belle Époque.

Barrio Art Nouveau
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Barrio Art Nouveau
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Barrio Art Nouveau
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Museo del Art Nouveau
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Museo del Art Nouveau
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Museo del Art Nouveau
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[editar] Parque Nacional de Gauja

Lo conforma una extensa región boscosa y con un considerable relieve que contrasta con el paisaje de llanura habitual en los países bálticos. Senderos, lagos, ríos, masas arbóreas, praderas dan ocasión de disfrutar de la naturaleza y de practicar los màs variados deportes de aire libre.


[editar] Sigulda

Sigulda es la capital de la región y el punto de partida para visitar castillos, cuevas y otras curiosidades. La atracción más sobresaliente es el funicular que pasa sobre el río Gauja, ofreciendo unas magníficas vistas, para llegar a la casa y el castillo de Krimulda y dejar cerca de la cueva de Gūtmaņa, la mayor de los países bálticos.

Mansión de Krimulda
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Vista sobre el río Gauja
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cueva de Gūtmaņa
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[editar] Turaida

Muy cerca de Sigulda se encuentra el Parque de Turaida. Es un lugar turístico y sin embargo agradable porque integrado en el parque nacional es un rincón ajardinado cuidado con mucha atención, con praderas y árboles y con antiguos edificios de madera -incluida una iglesia- que dan al conjunto un aire tradicional.

Distintos caminos permiten pasear y pasar un buen rato al aire libre, aunque lo que más llama la atención es el castillo y su torre circular, típica de las fortalezas livonias. Vale la pena subir a lo alto de la torre por unas escaleras estrechas pero perfectamente practicables para disfrutar de un espléndido panorama sobre los alrededores.

Parque de Turaida
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Parque de Turaida
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Parque de Turaida
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[editar] Cēsis

A unos 40 km de Sigulda, Cēsis tiene fama de conservar los rasgos típicos de las antiguas poblaciones de la región y de ahí su interés. Quizás la fama sea exagerada. Pero el camino hasta ella por un paisaje natural y por entornos rurales es más que grato. Lo cierto es que los letones acuden a Cēsis y la celebran con entusiasmo, conectan con las esencias patrias y disfrutan de su ambiente agradable. El castillo livonio y los jardines que lo acompañan son la atracción principal y la excusa para detenerse a pasear y contemplar el bello paisaje que los envuelve.

Cēsis
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Cēsis
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Cēsis
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