Rusia

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Palacio de Invierno
Celebrando victorias

Contenido

[editar] Para empezar

Bendiciendo a los fieles
La calle en Moscú

Rusia tiene un atractivo muy especial. Es un país en buena medida desconocido por lo lejano, pero también por lo complejo de una historia que ha transcurrido en los límites de Europa y con una mirada siempre puesta en Asia.

Cristiana, Rusia nunca ha sido amiga de la iglesia latina. Miró al imperio bizantino y de él heredó la obediencia a la tradición ortodoxa.

Pero sobre todo Rusia es un país eslavo y ello significa marcado por un carácter muy particular que en la relación con las personas se traduce en seco, bordeando la antipatía.

Es verdad que la 'escuela' soviética no ayudó a fomentar una cara amable entre las personas, pero muy bien podría argumentarse al revés y decir que la falta de cordialidad del temperamento eslavo dio una imagen del comunismo soviético especialmente dura.

La realidad es que para los rusos la relación de afecto viene después. No es lo normal en un primer contacto. La educación no presupone una sonrisa o un gesto de complicidad en un encuentro entre desconocidos. Una pregunta da lugar a una respuesta que quien la recibe, si es extranjero, puede interpretar como arisca y desatenta. Nada de eso está en el ánimo del interlocutor. Es simplemente una distancia en el trato aprendida a lo largo de siglos y a lo mejor condicionada por el frío. Los rusos del sur tienen fama de más relajados y amables, mucho menos fríos.


[editar] El alfabeto

El alfabeto ruso está próximo al cirílico y tiene mucho que ver con el griego. A primera vista resulta incomprensible.

Pero los carteles y las indicaciones que encontrará el viajero van a estar, la mayor parte de las veces, escritos en alfabeto ruso.

Si hubiera un consejo particularmente útil para quienes viajan a Rusia sería el de ejercitarse un poco con el alfabeto porque va a ser muy práctico poder leer el nombre de las calles o de las ciudades y de muchas otras informaciones cuyo significado se despeja cuando se pueden leer.

Alfabeto ruso


[editar] Historia

La Rus de Kiev
San Elías
Iván el Terrible
Pedro el Grande
Catalina la Grande
Palacio de Catalina en Pushkin
Alejandro I victorioso sobre Napoleón
Lenin
La utopía socialista
Los nuevos líderes
Mirando al futuro

Rusia ha vivido marcada siempre por dos hechos que la han conformado a lo largo del tiempo. Uno es la falta de una frontera que la separase de Asia, o mejor, que la defendiera. Una amplia llanura la comunica con oriente y la pone a merced de los sobresaltos y de las invasiones que desde allí se han dirigido a occidente. La otra es su falta de salida al mar. Con un territorio pequeño en sus orígenes, limitado por los reinos europeos en su frontera occidental, su crecimiento no la libró de ser un país sin costas al mar, a un mar accesible a lo largo del año porque el Báltico de hiela y más aún el Mar del Norte, lo que deja a todo su territorio sin salidas al océano.

Como por algún punto hay que empezar, pongamos que la historia de Rusia empieza con la Rus de Kiev, una especie de federación de principados con orígenes nórdicos algunos de ellos y eslavos otros con capital en Kiev. Estamos entre los siglos IX y XIII, cuando esta 'Rus' se extendió hasta el mar Negro y se convirtió al cristianismo porque vivía en parte a la sombra de la gran potencia que era el imperio Bizantino.

Las cruzadas contribuyeron a debilitar Bizancio y además a modificar las rutas comerciales sobre las que se articulaba la Rus de Kiev. Por otro, lado el crecimiento territorial, la aparición de nuevos principados y la de intereses distintos entre ellos pusieron las semillas de una división que acabaría dando lugar con el tiempo a Ucrania en el oeste, a Bielorrusia al noroeste y a Rusia al noreste.

La importancia de los príncipes de Vladimir-Suzdal (en lo que ahora se llama el 'Anillo de Oro', próximo a Moscú) y del de Moscovia y también de los de Novgorod que tenían importantes relaciones con las ciudades de la Liga Hanseática, desplazó el poder hacia el norte, fuera de Kiev.

Llegan los mongoles

Pero el vuelco histórico lo dio la invasión de los mongoles que sucedieron a Gengis Khan, que en el siglo XIII arrasaron el territorio de la Rus de Kiev, incendiaron la todavía modesta población de Moscú y desbordando las fronteras llegaron hasta el Adriático.

Nada se resistió a los mongoles que, además de un enorme poder militar, disponían de una administración capaz de manejar un imperio. Los principados pasaron a pagar tributo a los kanatos -reinos- mongoles que muy pronto abandonaron la cultura nómada y se establecieron en ciudades.

Los principados de Vladimir-Suzdal, Moscú y Novgorod sobrevivían precariamente y estaban destinados a fusionarse pero antes debían adquirir poder suficiente para vencer tanto las frecuentes embestidas mongolas y como las nuevas amenazas que venían de occidente.

Nace Rusia

Cuando las cruzadas terminaron, los caballeros lituanos que participaron en ellas y que quedaron ociosos vieron en Novgorod una presa fácil de dominar. De confesión latina, los conocidos como los caballeros Teutones, veían a los principados del norte, de obediencia ortodoxa, enemigos de la fe. Justificaban así una invasión a cuyo encuentro acudió Alexander Nevski, príncipe de Vladimir, quien consiguió sobre los teutones una sonada victoria y una importante legitimación para su principado. Tras él, Iván III s. XV unificó el principado de Moscú con los de Vladimir-Suzdal y Novgorod dando nacimiento a Rusia, expandió su reino e impuso su autoridad sobre los demás príncipes y señores, lo que le valió el título de Iván III el Grande.

Iván el Terrible

La historia tiene sus ritmos, que acostumbran a ser lentos y tuvo que ser el hijo de Ivan III, Iván IV, quién reforzara la autoridad real ejerciéndola sin contemplaciones. Iván el Terrible no sólo puso a sus pies a la nobleza -los boyardos-, adoptando el título de Zar, sino que terminó también con la asignatura pendiente de los mongoles, que seguían acosando las fronteras orientales.

Si las fronteras con occidente estaban marcadas por una relación de fuerza con imperios y reinos europeos sólidos, y al sur con el imperio otomano, las del este se dibujaban sobre un territorio confuso en el que había que ganar espacio. Iván IV se alió con los cosacos del Don y estableció con ellos una relación de confianza que duraría siglos. Los cosacos eran pueblos medio nómadas con una larga tradición militar. En en el futuro, establecidos en los límites orientales de Rusia y con un estatuto de semi independencia serían para los zares los guardianes de las fronteras orientales. Con la gran victoria en la batalla de Kazán Iván IV no sólo derrotaba a enemigos históricos sino que despejaba el camino para la expansión por Asia. La brillante catedral de San Basilio de la plaza Roja de Moscú fue construida bajo sus órdenes para celebrar el final del imperio tártaro.

Pero no fueron las cosas fáciles a continuación. Además de conflictos internos, con problemas religiosos e intrigas de los boyardos -los nobles-, una prolongada guerra con lituanos y suecos que disputaban a Rusia una salida al Báltico fueron causa de graves problemas que atenazaron al país desde mediados del siglo XVI a finales del XVII.

Los Romanov. Pedro el Grande

Al borde del siglo XVIII el zar Pedro I entiende que el progreso pasa por la occidentalización de Rusia. Ha viajado de incógnito por Europa. Ha visitado París y Londres y apuesta por un desarrollo del país en la línea de las potencias europeas. Primero pone a los nobles -una vez más- y a la iglesia bajo su autoridad. Desarrolla el ejército y sobre todo la marina. Con distintas alianzas europeas, y tras veinte años de guerra, derrota a su enemiga tradicional, Suecia, y asegura una salida al mar por el golfo de Finlandia. En el antiguo territorio sueco a orillas del Neva crea de la nada San Petersburgo que convierte en una gran capital y a donde lleva el gobierno. Funda la Academia de Ciencias, en Moscú da acceso público a la Universidad, atrae a expertos de toda Europa, construye palacios y obliga a cambiar las costumbres para modernizarlas. Y al final de su reinado lleva la frontera oriental hasta el Caspio. Pasará a la historia como Pedro el Grande.

Sucesores de Pedro

La sucesión de Pedro I no fue fácil porque la nobleza recelaba de una monarquía demasiado fuerte, seguía con sus intrigas y la muerte del zar, en 1725, le brindaba una oportunidad.

A Pedro lo sucedió por un tiempo muy corto su mujer Catalina I. Y a su muerte los nobles impusieron un sucesor que consideraron manipulable, a Pedro II, un nieto de Pedro el Grande que murió de viruela siendo poco más que un niño.

El relevo de Pedro I fue la princesa Ana, sobrina de Pedro el Grande que supuestamente iba a ser una gobernante dócil. Pero los hechos discurrieron fuera de lo previsto y la realidad es que con ella se inauguró una sucesión de mujeres inteligentes y duras que ocuparían el trono con mano firme hasta casi llegar al siglo XIX.

Ana retomó el proyecto de engrandecer San Petersburgo, que a la muerte de Catalina I había decaído en favor de Moscú.

Isabel, su sucesora, hija de Pedro el Grande, no sólo continuó con la idea de afirmar la capitalidad de San Petersburgo sino que reunió en ella la corte más lujosa de Europa con los palacios más espléndidos y la suntuosidad más desmedida.

Pedro III fue el siguiente zar. Pusilánime y, esta vez sí, manipulable, se casó con una noble prusiana de familia poco relevante. Nadie pensó que el matrimonio fuera a pasar a la historia. Lo cierto es que la esposa del zar llegó a San Petersburgo con la idea de sentar plaza. Aprendió ruso, pasó del cristianismo latino al ortodoxo, tomó el nombre de Catalina, el mismo que el de la esposa de Pedro el Grande, se hizo un hueco entre los importantes de la corte, ejército incluido, y aprovechó la ocasión para dar un golpe de estado y coronarse como Catalina II.

Catalina afianzó su posición en Europa asegurándose Bielorusia y Ucrania, empujó la frontera con el imperio otomano llevándola hasta el Mar Negro, se alió con los tártaros de Crimea y extendió el dominio sobre Siberia hasta el Pacífico. En su obsesión por salir de su encierro y por contener a sus enemigos asiáticos, Rusia se había convertido en un enorme imperio.

A su muerte y con el título de emperatriz, Catalina II fue conocida como Catalina la Grande.

El siglo XIX

Frente a una Europa envuelta en problemas pero pujante, da la impresión de que Rusia se descuelga del tren del progreso.

Alejandro I subió al trono tras el asesinato de su padre Pablo I. Educado en la corte de los Romanov fue en sus comienzos un hombre moderno y de alguna manera revolucionario. Pero sus ideas de modernización chocaban con una Rusia demasiado grande, atrasada e incontrolable para implantar los modelos y las ideas que venían de Europa. Poco a poco Alejandro I viró para refugiarse en las posiciones más conservadoras y en la religión.

Tampoco lo ayudo el que empezó siendo su aliado: Napoleón. Aunque derrotado por los rusos y por el 'general invierno' , el emperador francés llegó a las puertas de Moscú, que resultó incendiada en buena parte, y causó enormes pérdidas al país.

Nicolás I fue coronado zar en 1825. Pero Rusia, atrapada entre su pasado más arcaico y las ideas revolucionarias de los intelectuales y pieza fundamental de las intrigas europeas no consiguió imponerse como la gran potencia que pudo ser.

Pushkin, Lermotov, Gogol, Dostoyewski, Tolstoi sólo un poco más tarde, hablan de un renacimiento de la cultura. Pero derrotas como la de la Guerra de Crimea hablan de fracaso y miseria y de aislamiento de Rusia en una Europa dentro de la que aspiraba a ser una potencia.

Hay que esperar a 1861 para que Alejandro II termine con la esclavitud, con los siervos de la gleba, presionado por los movimientos revolucionarios que marcarán la vida de Rusia hasta la Revolución de Octubre de 1918.

Alejandro II muere asesinado por un grupo revolucionario, lo mismo que Nicolás II bajo el dominio de los bolcheviques.

El siglo XX

La Primera Guerra Mundial desencadena la Revolución. Un tercio de la población rusa muere como consecuencia de la guerra y el país pierde la mitad de su industria. Rusia empieza su nueva andadura arruinada.

Tampoco les fue fácil a los revolucionarios articular una política que contentara a todos y que sirviera a los grandes retos que tenían en frente. Una Guerra Civil con intervención extranjera añade, durante casi seis años, más destrucción y desorden y alienta motines -Kronstadt- entre los propios revolucionarios.

Lenin, autoridad indiscutida y gran artífice de la Revolución, fallece pronto, 1924. Le sucede como secretario general del Partido Comunista Stalin. Las secuelas de las guerras siguen vivas y el propósito de controlar la situación conduce a una caza de disidentes que pondrá al país entero bajo sospecha. Los famosos juicios de Stalin llevarán a la Unión de Repúblicas Soviéticas a un callejón sin salida.

La Segunda Guerra Mundial marca de nuevo a Rusia que pierde a 20 millones de habitantes y hace de Stalin una figura clave en el reparto de las áreas de influencia de las potencias en la posguerra. La Guerra Fría subirá de tono y se impondrá como forma de relación crecientemente hostil entre el bloque soviético y occidente.

Consciente la cúpula dirigente de que Stalin ha llevado al país a un callejón sin salida, Kruschev, emprende un proceso radical de desestalinización, pone a la URSS a la cabeza de la conquista del espacio y consigue cierto apaciguamiento con los EE.UU. a pesar de la gravísima crisis de los misiles. Tras él con líderes cada vez menos relevantes -Brezhnev, Andropov y Chernenko- se llega a 1985 y al ascenso de Gorbachov al cargo de Secretario General del Partido Comunista de la URSS.

La renuncia al modelo socialista está servida, lo mismo que un complejísimo diseño para llevar a cabo un proyecto lleno de tensiones. Gorbachov, celebrado como un gran estadista en occidente, paga en su país el precio del derrumbe de la economía y de muchas instituciones que se tardará en reconstruir. Un golpe de estado en 1991 pone contra las cuerdas a un Gorbachov agotado que debe abandonar el poder.

Si Gorbachov soñaba con mantener, libre del dominio del Partido Comunista, la unión de repúblicas que configuraba la URSS, Boris Yeltsin se muestra más pragmático y más consciente del esfuerzo y de los riesgos que Rusia tiene por delante. Con él se desmantela el imperio soviético, se concede independencia a las distintas repúblicas y se centra toda la atención y los recursos a recuperar la salud de la vieja Rusia.

La pobre imagen de Yeltsin en occidente se corresponde en Rusia con el respeto de quien supo enderezar el rumbo del país y comenzar a trabajar para recuperarse de la catástrofe que para gran parte de la población supuso la muerte de la URSS.

Los últimos años

Con Putin se estrena el siglo XXI en lo que podría ser la estela de los pasos dados por Yeltsin. Una evidente mejora de la economía y la lenta pero constante reconstrucción de muchas instituciones, entre ellas del ejército, han hecho de él un líder popular y han recuperado entre la población la aspiración de ver a su país como la potencia que históricamente ha sido.

La corrupción, el recorte de libertades, el autoritarismo indisimulado, los ataques a cualquier forma de oposición tienen como contrapartida en la opinión pública la confianza en un gobierno sólido que ha sabido sortear los más graves problemas y que mira a occidente sin complejos.

El viejo problema de las salidas al mar ha asomado la cabeza con la ocupación de Crimea que devuelve a Rusia el dominio sobre su principal base en el Mediterráneo y con el apoyo a Siria donde Rusia tiene una importante base naval. Y el control de las fronteras colea de nuevo sin que el enemigo sean ahora las hordas asiáticas. Las viejas inquietudes rusas aparecen con la amenaza que supone para ella la ambición de la OTAN de extender sus límites a lo que habían sido los países del Este. Los Países Bálticos, Ucrania muy especialmente, la implicación en Siria de la que depende la estabilidad del Cáucaso y del Kurdistán, y los puntos calientes de Abjasia y Osetia hablan de nuevas y viejas fricciones en las siempre complicadas fronteras de Rusia.


[editar] Población y territorio

La población de Rusia alcanza aproximadamente los 150 millones de habitantes.

De ellos, el 80% son de ascendencia rusa, menos de un 4% tártaros y les siguen comunidades màs pequeñas caucásicas, ucranianas y de otras procedencias.

A pesar de la época soviética, un 40% de la población se reconoce cristiana ortodoxa y probablemente debido a ella casi la misma proporción de personas afirma no tener religión o ser directamente atea. Los musulmanes alcanzan el 8% de la población.

La superficie del país es de 17 millones de Km2, lo que viene a suponer 34 españas puestas una al lado de la otra.

A pesar de la desaparición del antiguo imperio soviético y de la independencia de las grandes repúblicas centro asiáticas, Rusia sigue contando dentro de sus fronteras con 14 repúblicas, 9 krays o grandes territorios, 47 oblasts o regiones...y así hasta 85 'sujetos federales' con sus particularidades y regímenes administrativos.

La Federación Rusa


[editar] Qué ver

Sobre el Transiberiano, ver en El Viajero, de El País



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